Dejad de buscar disclaimers morbosos en los principios de capítulo, venga ;) Ya llegará, ya…
CAPÍTULO XIV – AL DESCUBIERTO
Con la inquietante sensación de haber sido pillado haciendo algo muy malo, Inuyasha tardó varios segundos en reaccionar al encontrarse a su asistente de repente delante de él por segunda vez en un mismo día. Teniendo en cuenta que ya se habían visto horas antes y que ni siquiera eso parecía haber formado parte de los planes de la muchacha, jamás habría podido prever esa visita sorpresa. ¿No se suponía que Kagome le estaba evitando como si tuviera la peste? Por no hablar de que él había dado por supuesto que estaría ocupada calentándole la cama a quien no debía ser nombrado.
-Ka…Kagome…Hola, no te esperaba...¿Qué haces aquí? – balbuceó como si fuera tonto.
Kagome bajó la vista al suelo, sintiéndose ridícula. Sentía dos cosas arder a la vez: su rostro y su corazón. Pero ahora no era momento de recrearse en sus desgracias, la pareja que tenía delante la estaba mirando, esperando una respuesta después de su inoportuna entrada triunfal. Ella, curiosa como si estuviese presenciando en primera fila un culebrón sudamericano, y él con cara de haber visto un fantasma.
-Hola, yo…Eh… Venía a hablar contigo, porque antes apenas hemos tenido tiempo, pero no sabía que estabas acompañado. Culpa mía por no avisar, ya volveré otro día – "de otra vida" – Disculpad por la interrupción, ya me voy…Un placer volver a verte, Tsubaki.
La aludida le dedicó una correcta media sonrisa y un gesto educado con la cabeza, antes de que la otra mujer se apresurara en salir de ahí como si la cocina estuviese en llamas. Luego se hizo un silencio raro en la habitación. Tsubaki giró la cabeza hacia su amigo, que estaba inmóvil, todavía mirando como un pasmarote hacia la dirección donde Kagome se había marchado. La cantante resopló al ver ese cuadro y puso los ojos en blanco.
-¿Piensas seguirla, o vas a quedarte ahí plantado como un imbécil? – masculló con una voz plana pero certera que expresó lo mucho que la estaba exasperando ese comportamiento tan torpe.
-¿Crees que debería…?
-Corre, lumbreras, corre… - espetó como armándose de paciencia, y hablándole como si fuese cortito – Hombres… - farfulló sacudiendo la cabeza mientras observaba al actor ejecutar su consejo rápidamente.
En pocas zancadas promovidas por la prisa, Inuyasha se plantó en el exterior y corrió varios metros sintiendo el césped rozarle las plantas de sus pies descalzos. Rodeó deprisa la casa para ir a parar a la parte delantera, justo a tiempo para ver centellear los faros del coche blanco de Ujiko, señal de que Kagome acababa de abrir las puertas con el comando a distancia en lo que iba hacia el vehículo caminando a toda velocidad.
-¡Kagome! ¡Espera!
La chica se hizo la sorda y siguió dirigiéndose hacia la plaza del conductor, no porque creyera que tenía posibilidades reales de librarse de esa, sino básicamente para ganar tiempo. Cuando llegó junto al automóvil, llevó su mano a la manilla de la puerta pero la de Inuyasha llegó antes por la derecha y se la tapó con la palma. Las falanges de Kagome rozaron las de él por la inercia y fueron automáticamente apartadas por ella, con el vello de ese brazo erizado por la corriente eléctrica que la había recorrido a traición.
-Espera, por favor. No te vayas otra vez – le rogó él, que había frenado su carrera casi abalanzándose sobre el costado del coche. Tanto sus palabras como su ímpetu les sorprendieron a ambos por un momento, e Inuyasha se ruborizó cuando Kagome se le quedó mirando un poco alucinada. No le extrañaba, lo suyo había parecido una súplica algo comprometedora - No hace falta que te vayas, pasa y hablemos – matizó intentando disimular ese arrebato de entusiasmo.
Kagome entrecerró los ojos y negó suavemente, como si el simple hecho de oír la propuesta ya la agotara por adelantado.
-Da igual, Inuyasha, de verdad. No quería interrumpir, hablamos otro día, no pasa nada ni es algo urgente – aclaró sin mirarle. Por un lado quería apartar la mano del hombre para poder abrir la puerta y marcharse cagando leches de ahí, pero por otro no quería volver a tocarle. No si le interesaba mantener sus estoicas murallas en pie.
Los labios masculinos se entreabrieron al apreciar las facciones heladas de Kagome, y una parte innata de él se vio reanudando el habla sin su permiso racional.
-Kagome…Eso no era lo que parecía.
No tenía muy claro de qué rincón de su ser había salido la necesidad de hacer esa afirmación, solo sabía que en ese momento le había parecido imprescindible aclarar el panorama, fuera cual fuera la lógica retorcida de esa acción. Kagome chasqueó la lengua y arrugó la nariz, un gesto que con el tiempo que hacía que la conocía, ya era capaz de achacar al fastidio.
-Ni que fueras mi marido, Inuyasha. No tienes que darme explicaciones de nada – ella se preguntó de donde había sacado el valor para decir esa verdad tan cruel en voz alta sin que ésta le temblara, por no hablar del espectáculo muscular que tenía a la altura de sus ojos.
Inuyasha no contestó enseguida porque sabía que la joven estaba en lo cierto, pero intuía que algo sonaría desagradable si le daba la razón. Tragó saliva y valoró la situación. Él no se había levantado y corrido como un poseso para excusar la presencia de su amante en su casa y aun así era lo primero que había hecho como un acto reflejo en cuanto había tenido la atención de Kagome. Pensó en la conversación que había tenido con Tsubaki dentro de la vivienda, y se preguntó si estaría empatizando con unos posibles celos por parte de Kagome que ahora mismo no se podían descartar.
-Aun así…yo también tengo que hablar contigo – le dijo al fin, recordando sus intenciones iniciales. Éstas consistían en impedir que su asistente volviera a esfumarse dejando más misterio detrás de sus pasos, de modo que trató de ajustar sus palabras a sus deseos - Pasa y tomamos algo.
-Eso podemos hacerlo otro día que no tengas a tu colega con derecho a roce medio desnuda en tu cocina – replicó Kagome inesperadamente, para después poner una cara rara de quien se maldecía por no haberse mordido la lengua. "Mierda, mierda, mierda…¡He sonado demasiado resentida!"
Inuyasha arrugó la frente, pues no se esperaba esa salida tan gratuita por parte de ella. Ese comentario un tanto mordaz le hizo recordar otra vez la teoría de su amiga y le reforzó la idea de que definitivamente tenían que hablar. Iba a insistir en su invitación, pero entonces ambos oyeron una voz soprano aproximándose por el caminito de entrada de la casa.
-La colega con derecho a roce se va a su casa – anunció Tsubaki, que era lo bastante aguda como para saber que la que estaba fuera de lugar era ella, y no la mujer de en frente que parecía no compartir esa opinión. Se había vestido rápidamente, cogido sus cosas, salido por la puerta principal y ahora se dirigía a su Mustang rojo, que estaba aparcado dos o tres coches por delante del de Kagome – Inuyasha, ¿podemos hablar un momento?
"¿Cómo no he visto que estaba el coche de Tsubaki aquí, si es tan llamativo que sólo le falta el neón? Qué vergüenza, por Dios…", se lamentó Kagome, queriendo esconder la cabeza en un agujero cual avestruz. Y ahora encima la tenía ahí delante, con su figura perfecta desfilando sobre esos tacones imposibles a los que no parecía afectarles la presencia del césped, pavoneándose frente a su amor platónico y otorgándole a ella otra vez el papel de sujetar el candelabro.
El actor observó a la cantante ir hacia su vehículo, y luego a la asistente. Dirigiéndose a esa última, suspiró antes de volver a hablarle:
-Kagome, entra en casa, por favor. Te prometo que no has interrumpido nada, Tsubaki ya se iba. Me apetece mucho pasar un rato contigo, y además hay algo que quiero comentarte. Vamos, ve y espérame dentro.
Conmovida por la insistencia de esa petición, y también sintiéndose incapaz de negarle nada, aun menos si le ponía su mirada de perrito siendo abandonado, Kagome hizo de tripas corazón y asintió rendida. Rodeó el coche seguida de él y se arrastró hacia la casa como un condenado desfila hacia la silla eléctrica. Cuando estuvo seguro de que la chica no intentaría volver a huir en cuanto se diese la vuelta – pues ya se esperaba cualquier cosa - Inuyasha dejó de mirar con recelo en su dirección y fue hacia donde Tsubaki, que ya había entrado en su coche y le esperaba sentada delante del volante, con la ventanilla bajada. El actor apoyó ambas manos en el borde y esperó a que su amiga empezara con lo que tuviera que decirle.
-¿"No era lo que parecía"? – se burló Tsubaki con una sonrisa socarrona, adornando las palabras con un rintintín dramático para ridiculizar más la frase - ¿En serio?
-¿Lo has oído? - le preguntó cohibido. No había sido consciente de en qué momento había alzado la voz. Ella soltó una carcajada.
-Los astronautas que están en la estación espacial internacional lo han oído.
-¿Me has hecho venir solo para reírte de mí? – se quejó irritado, frunciendo el ceño. Ya se sentía lo suficientemente ridículo por la torpeza con la que había gestionado la situación, como para que ahora ella se recreara.
-En realidad no. Sólo quería comentarte que para tener tan claro que para ti fue sólo sexo, te veo un poco agobiadillo.
Inuyasha alzó las cejas y la mandíbula se le tensó ante la afirmación de la cantante. Parpadeó y la miró con cautela. Sabía reconocer cuando una mujer le estaba lanzando una indirecta por el lenguaje no verbal, el problema era descifrarla.
-¿Qué estás insinuando? – cuestionó mirándola con los ojos entrecerrados, desafiante casi.
-Sólo te estoy sugiriendo que reflexiones y te aclares tú, antes de sacarle el tema a ella – le acarició sensualmente el mentón a modo de despedida y luego le lanzó un beso con una mano – Suerte.
Dicho esto, encendió el motor y maniobró el volante, obligando a Inuyasha a apartarse del coche, y tras un par de movimientos para salir del hueco donde estaba aparcada, pisó el acelerador y desapareció con su flamante deportivo a través de la noche. Él puso los brazos en jarras mientras la veía alejarse, como intentando aplazar al máximo el momento de entrar en la casa.
Había tenido muy claro que lo último que quería era que Kagome se marchara, cuando por fin tenía la oportunidad de charlar de un modo extenso y civilizado cuando ella se lo había estado poniendo tan difícil. Pero ahora que tocaba afrontar la situación, sintió que no sabría cómo abordarla. Resopló, dejó que sus pies le dirigieran al escenario correspondiente, y que las cosas salieran como tuviesen que salir. Cuando volvió a estar bajo techo, lo primero que hizo fue hacerle una fugaz visita al cuarto de la colada para coger una sudadera del cesto de la ropa limpia, pensando en que ya había hecho suficiente exhibicionismo por ese día. Después de ponérsela, buscó a su asistente por toda la planta baja. Cuando estaba empezando a pensar que Kagome había huido por la puerta de atrás, decidió llamarla en un último intento de localizarla antes de ponerse a maldecir al mundo entero.
-¡Kagome!
-Estoy aquí.
Sintiéndose aliviado al oírla, siguió la dirección de su voz hacia el jardín. Le extrañó que ella se hubiese decidido por esperarle fuera con el frío que hacía en enero, pero luego cayó en que quizá se sentía incómoda en el salón, teniendo en cuenta lo que habían compartido ahí antes de que se fuera. Él tampoco había conseguido dar con el modo de tratarla con normalidad después de aquello, así que no podía culparla.
Salió por la puerta de cristal corredera del salón y la encontró sentada en el margen de una tumbona, junto a la piscina. Inuyasha encendió las luces de exterior, que por suerte no escaseaban en esa zona de la casa, y se acercó hasta tomar asiento en la tumbona de al lado, del mismo modo que Kagome y quedándose frente a ella. Se hizo un silencio poderoso, mientras el actor miraba a la chica, y ella miraba el suelo. En público y en medio de la calle había sido relativamente más fácil la interacción, pero ahora que estaban compartiendo esa potente soledad, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Inuyasha supo por la actitud de Kagome que si él no tomaba la iniciativa, estarían minutos y más minutos callados, así que crispó un poco los dedos encima de sus rodillas antes de hacer los honores él mismo.
-¿Cómo te va todo en el otro lado del charco? – empezó, convirtiendo esa pregunta despreocupada en su modo de mover ficha - ¿Era lo que esperabas?
-Sí, del todo – respondió ella enseguida. "Sobretodo porque tú no estás". Enseguida sintió que estaba siendo demasiado seca y se forzó tanto a colaborar, como a mostrarle una pequeña sonrisa de agradecimiento por su interés – Nueva York es increíble, me encanta vivir ahí. En la agencia todo el mundo es muy amable y estoy aprendiendo un montón, la verdad. Y estoy estrechando lazos con mi prima Kaguya, que teníamos la amistad un poco abandonada.
-Me alegro.
Más silencio. Kagome tragó saliva antes de decidir ser ella la que pusiera de su parte en la siguiente intervención.
-¿Y tú? ¿Has estado bien? – preguntó con una timidez que si no fuera por las circunstancias, habría sido incoherente a esas alturas de su relación.
Inuyasha se encogió de hombros, molesto y dolido a partes iguales por estar teniendo una conversación de besugos que sonaba más a compromiso que a los dos amigos que solían ser.
-Sí, bueno, no me puedo quejar. He estado bastante liado, así que no es que tenga nada interesante que contar – se inclinó un poco hacia atrás apoyando sus manos en la tumbona, intentando aparentar un estado de relajación que no sentía y como si sintiera que podría insuflar algo de esa calma fingida al aire enrarecido que les rodeaba.
-¿Pudiste encontrar a otro asistente?
Inuyasha hizo una mueca al oír esa pregunta y no la miró cuando la respondió, aun cuando el tono que había detectado era sigiloso, temeroso casi. ¿Remordimientos? Probablemente.
-No, no lo hice – respondió con cierta acidez, pero al verla bajar la mirada con un abatimiento y una culpa evidentes, algo en él se ablandó y se vio añadiendo por automático - Aunque tengo que decir que tampoco lo busqué.
-¿Has estado estos dos meses sin asistente? – Kagome abrió los ojos sorprendida. Una cosa era que hubiese sido una tarea imposible encontrar a un candidato viable, y la otra que no le hubiese dado la gana buscar un sustituto – Pero Miroku me dijo que se encargaría…
-Yo le dije que lo dejara correr.
-¿Pero por qué? Habrás estado muy agobiado, ¿cómo te las has apañado? – insistió, con su cara de consecuencia dejando claro que aun con la aclaración tranquilizadora de Inuyasha, seguía sintiéndose martirizada por la situación que le había tocado vivir a causa de su egoísmo.
-Bueno, ha habido una redistribución de tareas – le explicó, rascándose detrás de la oreja como si lo que estuviese diciendo no tuviese importancia e ignorando deliberadamente la primera pregunta porque ni siquiera él tenía clara la respuesta – Entre Miroku y yo llevamos lo que tiene que ver con mi trabajo. Y tengo a Kaede que me cocina y…
-¿Quién es Kaede? – preguntó ella por curiosidad, interrumpiendo por un momento su nube negra de mala conciencia. Era imposible que no se sintiera interesada por instinto en el círculo de gente en el que se movía el hombre que tenía enfrente….sobretodo si dicha gente tenía nombre de mujer.
-Kaede es…era, mi nana. Viene por las mañanas y me deja hechas las comidas. También hace la colada. Cuando me reencontré con ella estaba un poco deprimida porque nadie la contrataba a su edad, y eso fue lo que se me ocurrió. Ahora la veo más contenta.
Kagome no pudo evitar sonreír, esta vez con sinceridad, y eso se debió tanto a la buena obra que él le contaba y que la estaba haciendo recordar uno de los cincuenta mil motivos por los que la había conquistado sin pretenderlo, como al alivio que la embargó al oír hablar de la que parecía ser una ancianita inofensiva. Pensó que quizá se había vuelto loca de tener que aguantar tantos celos con el tiempo. Su posesividad la hizo sentir avergonzada por un momento, y después profundamente disgustada. ¿Ya había gastado dos meses y eso era todo lo que había superado? Era penoso.
-Los mayores necesitan moverse y estar ocupados, les ayuda a envejecer mejor – fue todo lo que se le ocurrió decir en medio de sus amargos pensamientos, aunque logró mantener los labios ligeramente curvados.
-Sí, supongo…aunque no voy a negar que no lo hice del todo por caridad, fui un poco oportunista. Apareció en un momento en el que a mí no me daba la vida.
Esta vez Kagome sí perdió la sonrisa y dejó la cabeza gacha. Sus dedos juguetearon entre ellos, buscando las palabras más adecuadas para expresar lo que se le estaba pasando por la cabeza.
-Inuyasha, al venir aquí, yo lo que quería era decirte… que siento mucho el modo en que me fui. Tuve mis motivos pero admito que eso no me justifica. Te dejé tirado de un día para otro y te pido disculpas.
Inuyasha cogió y soltó aire pesadamente. Se mordió el labio mientras la miraba con fijeza, y apretó un poco ambos antes de hablar.
-Lo hiciste – confirmó, sin poder evitar que el rencor saliera a relucir. Cuando vio que la expresión de Kagome se ponía todavía más sombría, suspiró y volvió a inclinarse hacia ella, intentando dulcificar su tono de voz y no le costó nada hacerlo. No se le daba bien ser duro con ella, y tampoco era justo hacerlo cuando la tenía disculpándose con una honestidad palpable – Pero sé que eres una persona formal, y si dices que tuviste tus motivos, solo me queda decirte que no te preocupes más por eso. Espero que fuera lo que fuera, pudieras resolverlo.
No se le pasó por alto el estremecimiento que recorrió el cuerpo de Kagome ante sus palabras, ni tampoco el destello de tensión que cruzó sus facciones durante una fracción de segundo. Inuyasha sintió que tirando de ese cabo podría, poco a poco, empezar a encarrilar el diálogo hacia el punto que él quería, pero entonces ella rompió sus esquemas cuando se puso en pie.
-Bien, ya te he dicho lo que quería, así que…Voy tirando – dijo como excusándose en lo que recogía su bolso, y a Inuyasha no se le pasó por alto el modo en que había evadido contestarle a lo último que le había dicho.
-¿Ya te vas? – el tono de voz le salió más lastimero de lo que hubiese querido, y eso le habría turbado si la prioridad en ese momento no fuera ponerse en guardia ante la inminente y prematura marcha de Kagome que no quería que sucediera bajo ningún concepto - Yo sí tengo algo que decir.
-Tú dirás – ofreció deteniéndose junto a la puerta, mirándole por encima del hombro con expresión cansada y sintiendo al instante un escalofrío recorriendo su columna, ya que no esperaba encontrar la penetrante mirada dorada de repente tan seria y tan directa sobre su persona - ¿Qué ocurre?
Inuyasha inspiró hondo, reflexionó durante unos segundos y luego soltó el aire, armándose de valor y preparándose para una conversación que sabía que podría poner todavía más en peligro esa apreciada relación que ahora mismo ya estaba colgando de un hilo. Recordó el consejo de Tsubaki y supo reconocerse a sí mismo que su amiga tenía razón. Estaba a punto de ser tremendamente impulsivo e inconsciente, pero Kagome iba a irse al día siguiente, y de sólo pensar en volver a perderla de vista por tres meses más con un interrogante tan poderoso en la cabeza, le daban ganas de ponerse a gritar, así que su decisión se basó en el descarte de opciones. Se levantó para acercarse a ella y se cruzó de brazos, como si aquello fuera a darle fuerzas para enfrentarla.
-Cuando te fuiste me dio la sensación de que no estabas siendo sincera, la cual cosa me pareció demasiada casualidad porque cuando pasó cierta cosa entre nosotros, ahí – indicó, señalando con un dedo el sofá dentro de la sala y haciendo que a Kagome se le cayera el alma a los pies, sin poder creerse que realmente fueran a hablar de eso - también me dio la sensación de que me estabas mintiendo. Lo que quiero saber es…¿fue una coincidencia?
Kagome había dejado de mirarle. Había vuelto la vista al interior de la casa, dándole la espalda para que no le viera la cara. Su mano se había quedado aferrando con fuerza el marco de la puerta e Inuyasha se dio cuenta de ese detalle. Se acercó unos pasos hasta quedar justo detrás de ella, tan cerca que le vino ese aroma que ya se la había jugado esa misma tarde. Cerró los ojos por un instante, sintiendo como le inundaba las fosas nasales y le encandilaba, como si planeara entretenerse con eso mientras esperaba a que ella contestara, pero pasado medio minuto le pareció evidente que no lo haría sin un poco de presión.
-Kagome, te he hecho una pregunta. ¿Tuvo algo que ver lo que pasó entre nosotros, con que te fueras corriendo de mi lado?
La aludida tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta y en el vientre. Inspiró hondo, confiando en que el tener aire contenido en los pulmones la ayudaría a no tartamudear. Para sus piernas ya era tarde, las rodillas empezaban a sacudirse sutilmente, pero lo justo como para obligarla a rezar con tal de que él no lo notara.
-En su momento ya te dije que todo estaba bien con eso, y que no insistieras más – respondió ronca, de forma tan plana como fue humanamente capaz – Pero te lo repito si así te vas a quedar tranquilo: no, no fue por eso.
Inuyasha arrugó el entrecejo, sintiendo el corazón latiéndole a toda velocidad, golpeándole las costillas. Cuando habían sucedido los hechos, estaba ebrio y poco sensible a las señales. Pero ahora no, estaba bien consciente, y por eso sonó del todo seguro cuando dijo:
-En su momento no terminé de creerte. Y ahora…tampoco te creo.
-Ese es tu problema, no el mío - pero Kagome notó que se mareaba y lo identificó como síntoma de ansiedad. Percibió las palpitaciones en el cuello cuando le sintió acercarse todavía más a ella, hasta que le tuvo murmurando a la altura del oído.
-Deja que te diga que no es muy inteligente intentar actuar delante de un actor. Te voy a hacer otra pregunta más directa y esta vez espero que sepas mentir mejor. Kagome…¿te fuiste porque sentías algo por mí?
Kagome sintió que tanto su sistema respiratorio como el cardiovascular dejaban de trabajar al mismo tiempo. El temblor en sus piernas se volvió más violento y tuvo ganas de chillar, pero en lugar de hacerlo, optó por otra opción que no le hiciera parecer una loca acorralada.
-Aun suponiendo que fuera así…¿acaso importaría? - tanteó, con voz ahogada.
-Por supuesto que importaría – afirmó, luchando por mantener la calma cuando en realidad él también estaba nervioso al borde del colapso. Ya no quería conocer esa información: lo necesitaba, rallando la desesperación - Porque necesito saber si herí tus sentimientos. ¿Lo hice, Kagome?
-Suficiente. Quiero irme a casa.
Nada más dar un paso hacia adelante, Inuyasha de inmediato le rodeó la cintura con un brazo y la retuvo contra su cuerpo, impidiendo que se escapara tal y como lo había hecho cuando se despidieron dos meses atrás. Esa acción que en su momento la había dejado anulada de defensas y con el cuerpo hecho gelatina, ahora sólo potenció su histeria.
-¿Ya estás huyendo otra vez? – masculló, irritado – Sólo di sí o no, que ya somos mayorcitos.
-Deja que me vaya, Inuyasha.
- ¡No es tan difícil, carajo! Si es que no, sólo dilo y ya.
-Suéltame – esa palabra tan simple sonó a pura advertencia, la turbación se estaba metamorfoseando en ira, pero él estaba demasiado metido en su compulsión como para captar ese peligroso matiz.
-No hasta que me contestes.
-¡He dicho que me sueltes! – reclamó empezando a revolverse con para librarse de él, con movimientos tan bruscos como sus palabras.
-¡Estás siendo una niña pequeña, Kagome! – la acusó, fastidiado.
-¡Y tú un desgraciado! – gritó de repente y sin aviso, perdiendo la paciencia y la compostura. Se zafó de él con agresividad y se dio la vuelta para encararle, descolocándole al mostrarle sus ojos enrojecidos y húmedos - ¡¿Tantas ganas tienes de oírlo?! ¿Tan ansioso estás de que te regale los oídos? ¿Quieres ver cómo me humillo sólo para satisfacer tu curiosidad? Muy bien, tú ganas - cogió aire - ¡La maldita verdad es que sí, estaba y sigo estando muy enamorada de ti! ¡Tanto que esa noche me subí al cielo, para luego despeñarme cuando tu jodida indiferencia me hizo trizas! – exclamó con los puños apretados y la garganta ardiéndole.
Inuyasha se había quedado de piedra en el sitio. Había pasado de ser el que estaba al mando de la situación, a una estatua paralizada por el arrebato de sinceridad de Kagome. Si hacía medio minuto había estado ansioso por confirmar su teoría, ahora que la chica lo había hecho se sentía desbordado y poco preparado para asimilarla. Kagome le estaba hablando de amor, y eso eran palabras mayores que él jamás debería haber forzado. Palabras que le golpearon como un mazazo. Palabras que le crearon un nudo en el estómago y un estallido de emociones en el cuerpo tan potente que le dejó completamente bloqueado.
-Kagome… - susurró apenas, más por impulso que porque tuviese algo coherente que decir.
-¡Ahora te callas! – espetó ella fuera de sí, como acto reflejo en cuanto le vio con ademán de intervenir - ¿Querías que te soltara las verdades, ¿no? ¡Pues ponte cómodo porque allá van todas! Sí, me dejé hacer de todo porque hacía meses que estaba loca porque pasara algo entre nosotros y yo era la primera que lo deseaba. Cuando eso al fin pasó, yo estaba haciendo el amor y entregándote mi corazón, mi cuerpo y mis traumas, para que tú después lo resumieras como un polvo que no había significado una mierda. ¡Como los que les echas a todas tus fulanas!
-No, eso no…- intentó hablar por segunda vez, esta vez con voz conciliadora intentando calmarla, aunque era cierto que cada vez se sentía más empequeñecido por la furia descontrolada de la chica y las acusaciones como cuchillos que estaba recibiendo. Su interrupción solo pareció enfadarla más.
-¡Que te calles! Fue un golpe muy duro para mí que eso que me había llevado a la cumbre de la felicidad a ti no te hubiese despertado absolutamente nada. Así que sí, ¡me sentía tan perdedora que a la que tuve la oportunidad me fui pitando de tu lado porque no podía ni mirarte a la cara! ¡Y al mismo tiempo, no podía soportarme a mí misma por seguir queriéndote como una estúpida!
Una vez hubo soltado todo el dolor que llevaba dentro, y le hubo dicho todo aquello que tantas veces había fantaseado con tirarle en cara en esas noches eternas de llanto en la cama, jadeó dándose cuenta de cuanto le había faltado la respiración durante su despiadado monólogo, y solo entonces cayó en que había descuidado su autocontrol y que estaba llorando.
Inuyasha lucía pálido y estupefacto, envuelto en una cálida pero angustiante sensación causada por ese estado de alteración tan notable que le estaba dificultando la respiración. Sintiéndose sudar frío, le llevó unos largos instantes reaccionar y cuando lo hizo, de sus labios sólo salió esa palabra que ya había liberado con anterioridad, porque su mente se había quedado completamente en blanco:
-Kagome…
Ella cerró los ojos al oír su nombre siendo pronunciado con esa entonación gutural tan afectada y movió un poco la cabeza, como si estuviese intentando no oírle.
-No digas nada, no hace falta. Ya sé lo que hay – le interrumpió como un lamento, como un ruego porque no dijera aquello que terminaría de hundirla – Espero que te hayas quedado a gusto, y ahora deja que me largue de una puta vez.
El verla alejarse fue el único estímulo lo suficientemente potente como para arrancar a Inuyasha de su trance. Su reacción fue instintiva, adelantándose al retenerla por la muñeca tan rápido como si la vida le dependiera de ello.
-No, por favor…No te vayas otra vez, no…No así.
Kagome mantuvo los ojos cerrados y apretó más los párpados. No se sacudió la mano varonil sólo porque el tono de voz suplicante del hombre le había calado en el alma. Jamás podría negarle nada, no si se lo pedía de esa forma y aun menos en un momento de tanta fragilidad como ese. Inuyasha se acercó rallando el temor y la rodeó hasta pararse frente a ella, sin soltar el agarre cauteloso que la retenía. La vio llorar en silencio, con el rostro desencajado y la mirada perdida, como si estuviera asimilando todo lo que acababa de liberar por la boca, y esa visión le hundió hasta el punto en que sintió ganas de imitarla. Kagome parecía haberse quedado sin fuerzas después de la explosión y estar desconcertada por ésta. Dio un respingo, pero no hizo ademán de apartarse cuando sintió las manos de Inuyasha tomarla de los brazos con suavidad. Él le habló tan dulcemente como pudo, como si fuese una cervatilla a la que temiera asustar.
-Kagome…No voy a negar que nunca he tenido con nadie la química que tengo contigo, no en vano pasó lo que pasó hace dos meses – era demasiado pedir que la voz no le temblara dado su avanzado estado de agitación, y tragó duro para aclarársela en la medida de lo posible - Pero trabajamos juntos y…
-Por enésima vez – interrumpió quebrada, incapaz de mirarle a los ojos – Deja que me vaya, Inuyasha. No me hagas suplicártelo.
Estaba claro que no esperaba ni quería oír una respuesta desfavorable que ella al parecer ya había dado por hecho. Se la veía tan derrotada que Inuyasha supo que si seguía intentando forzar la situación se arriesgaba a que se rompieran todavía más vínculos, y el miedo a que eso pasara le hizo enmudecer. Una parte muy grande de su ser lo agradeció, porque las palabras que había estado pronunciando de ese modo tan improvisado le habían sabido amargas y hasta traicioneras. Le hicieron sentir como una basura, le inspiraron un odio hacia sí mismo que le hizo serrar los dientes.
No obstante, lo que también terminaría de mandar su relación con la muchacha al matadero sería permitir que ella se fuera con ciertas ideas erróneas en su cabeza que él no podía tolerar, así que hizo un esfuerzo para prolongar ese doloroso momento, aferrándose a la idea de que el fin tenía que justificar los medios.
-Déjame aclarar una cosa al menos…y luego prometo que no te detendré, si eso es lo que quieres.
Le puso una mano en la barbilla y la instó a mirarle. De los ojos castaños brotaron más lágrimas, pero le concedió sus intenciones y él se lo tomó como una aceptación. Inuyasha sintió la tierra abrirse bajo sus pies cuando se los vio, estaban tan rojos, húmedos y hundidos, que reflejaban a la perfección el tormento que estaba soportando su propietaria. Le costó encontrar la voz ante la visión de toda esa congoja que mimetizaba a la suya. Sentía su propio espíritu ahogarse en ella.
-Kagome…me duele mucho que todo este tiempo hayas estado sintiéndote como una de tantas – tragó duro, como si oírse a sí mismo diciéndolo en alto le hiriera más que cuando ella lo había hecho - Si lo que te dije te hizo sentir así, entonces no me expresé bien y te pido perdón. Lo que pasó entre nosotros es un recuerdo tan valioso para mí como tú lo eres. Nunca has sido un ligue de una noche al que dar largas al día siguiente. Al contrario, eres una persona importante en mi vida, y no quiero que te quede ni una duda al respecto.
Kagome tomó una profunda inhalación por la nariz e inclinó la cabeza un par de centímetros hacia atrás, pues los pocos instantes en que había sido obligada a mantener la vista en los orbes dorados, éstos le habían quemado el alma como los dos soles inalcanzables que eran. Librándose del contacto masculino en su mentón, lo menos hostil posible para no tener que enfrentarse a un reproche que ahora mismo no sabría cómo gestionar, le fue más fácil observar las letras añiles de la sudadera gris que él vestía en lo que encontraba una respuesta justa que darle. Estaba recuperando el temple después de la escenita que había montado al declararse, y lo que él acababa de decirle tan abatido hizo que el bochorno y la culpa la golpearan en toda la cara. Era cierto que ella había pensado todo eso malo de él en un principio pero había sido todo producto del despecho, y a esas alturas ya sabía que gran parte de lo que le había gritado no tenía ni pies ni cabeza. Había querido hacerle daño para arrastrarle junto a ella en su sufrimiento, y eso no era justo.
-Está bien, gracias por decírmelo pero…no te tortures con eso. No lo decía del todo en serio, me he puesto nerviosa… – se frotó un ojo para enjuagarse el agua que sentida acumulada ahí, saturándole las pestañas, como si pensara que eso la ayudaría a recuperar la dignidad - En todo caso, nada de eso importa ya.
-Claro que importa, maldición. Todo lo que has dicho importa.
Al oír esa determinación afligida supo que él no se refería a lo último que habían mencionado, y Kagome se esforzó por levantar los ojos, esta vez por propia voluntad. La expresión torturada que vio con ellos le provocó una mezcla de tristeza y ternura que hizo que curvara un poco sus labios. Definitivamente, confesarle sus sentimientos había sido una locura. Le conocía lo suficiente como para saber cómo se estaría sintiendo ahora Inuyasha después de enterarse de algo así, y también le quería lo suficiente como para no querer verle así de hundido, ni por ella ni por nadie.
- ¿Ves? Esa es la cara que no quería verte poner - musitó con pena, sacudiendo la cabeza con resignación y volviendo la mirada al suelo - No deberías haberte enterado nunca pero no te preocupes, se…se me pasará.
-No hables de algo tan bonito como si fuese una enfermedad – se quejó contrariado, torciendo el gesto con disgusto.
-Inuyasha, dejemos ya de hablar de esto, por favor. Me va a estallar la cabeza – se llevó las manos a las sienes y apretó los párpados, soportando una terrible jaqueca provocada por los nervios y por toda la tensión soportada durante la última media hora – Ahora sí me voy a ir, y espero que se te hayan pasado las ganas de detenerme.
El actor se la quedó mirando fijamente. Sus puños se apretaron a ambos lados de su cuerpo, conteniendo estoico un deseo tan fuerte de estrecharla entre sus brazos que hasta sintió un ligero hormigueo en ellos. Todo su ser clamaba la compulsiva necesidad de dar un paso hacia adelante y consolidar sus intenciones. Sentía que algo horrible pasaría si no lo hacía, que esa pasividad se convertiría a la larga en una imperdonable equivocación. Y en cambio, lo que salió de sus labios no tuvo nada que ver con sus sensaciones.
-No voy a retenerte más – murmuró ronco, esta vez siendo él quien no consiguió mirarla a la cara. De repente no se sentía digno de ello.
Su mirada esquiva hizo que se perdiera el escrutinio de los ojos marrones sobre sus facciones, memorizando cada detalle de éstas y atesorándolos en la mente de su dueña sin ser más descarada de la cuenta, como si eso fuese a darle fuerzas para afrontar los tres meses de separación que quedaban. Kagome ya no sabía si eso era algo bueno o malo.
-Bien. Sólo me queda pedirte que olvides todo lo que te he dicho – le dijo cuando empezó a entrar en la casa para irse.
-No digas tonterías, eso es imposible – le oyó espetar a su espalda, sonando ahora malhumorado en cierto modo.
-Pues inténtalo al menos. Será más fácil.
- ¿Más fácil para quién? – replicó irritado.
-Touché – Kagome volvió a sonreír con resignación, e hizo ademán de girar la cabeza pero no llegó a mirarle – Te cojo una aspirina de la cocina. Nos vemos, Inuyasha. Cuídate mucho.
-Tú también – susurró apenas, dudando de si ella le habría oído ya desde el interior del salón.
En cuanto se vio solo, Inuyasha se dejó caer sentado de nuevo en la tumbona y ocultó el rostro en sus manos durante un par de minutos. El pecho le dolía. Los ojos le ardían. Muchas emociones le estaban envolviendo en ese momento, pero una de ellas protagonizaba el torbellino: estaba furioso. ¿Con ella? Eso no tenía sentido. No, seguro que no. ¿Con el universo? ¿Con el mundo? Quién lo sabía, estaba demasiado agotado para seguir haciéndose preguntas, exhausto de tanto mantener el corazón en un puño. Kagome no era la única a la que le había entrado dolor de cabeza. Las punzadas en sus sienes empezaban a ser tan fuertes que también le estaban entrando ganas de tomar medidas, incluso si él solía dejar la química como último recurso.
Y de repente, algo hizo clic en su cabeza. Sacó la cara de su escondite, pestañeó concentrado y su frente se arrugó.
Durante esos meses en que Kagome había estado trabajando para él, habían convivido muchas horas y eso les había dado a su vez mucho tiempo de conversación, tantas que eran mucho los detalles que conocía acerca de su asistente. Su grupo musical favorito era SixTones. Siempre escogía la pizza pepperoni. A la pobre se le morían todas las plantas. Su peor miedo era que un ser querido sufriera daño. Antes de él nunca había tenido un orgasmo. Le fascinaban los gatos. Y era alérgica a tres cosas: los perros, las gramíneas y…la aspirina.
Reaccionando como si la hamaca le hubiese dado un calambrazo en el trasero, entró en el interior de la casa a un paso lo más ágil posible, embargado por una corazonada que no le estaba haciendo ni pizca de gracia. Cuando llegó a la cocina, fue justo a tiempo para ver la silueta de Kagome alejarse por la ventana. Lo primero que hizo fue echarle un vistazo al fregadero. No había ningún vaso usado ahí, ni tampoco en la bayeta donde se dejaba reposar la vajilla para que se secara. Guiado por un impulso interior, se abalanzó sobre el cajón de los medicamentos como si aquello fuese una yincana de la que dependiera su vida.
Y al encontrar uno de los post-it de la nevera en el interior del cajón, la visión de la caligrafía de su asistente detuvo todo su mundo:
"Creía que podría…pero no puedo. Perdóname"
El post-it había sido pegado a un objeto que no pintaba nada allí: el móvil del trabajo de Kagome. Y a su lado, su recambio de llaves de la casa.
-¡MALDICIÓN! – exclamó golpeando el mármol con los puños. Se hizo daño en la muñeca derecha, pero lo obvió en cuanto se precipitó hacia la calle por la puerta más cercana.
Por segunda vez en esa noche, corrió por el césped como alma que lleva el diablo en dirección a la calzada.
-¡Kagome! Joder, ¡Kagome! – la llamó desesperado cuando la vio cerrar la puerta del coche, varios metros delante de él. El motor se puso en marcha y ella no le miró ni por un segundo, probablemente ni siquiera le habría oído. El vehículo ya estaba desapareciendo por la esquina cuando Inuyasha se plantó en la plaza donde había estado aparcado, destilando ira por todos los poros - ¡Mierda, mierda, mierda…!
Menos de dos minutos después, el Porsche se incorporaba a la calzada con un derrape nacido de las prisas, y reseguía la trayectoria que el coche blanco había trazado instantes antes. Soltando mil maldiciones y jurándose a sí mismo que las cosas no iban a quedar así, Inuyasha apretó el volante, duplicando el límite legal de velocidad, más por desfogar su enfado que porque creyera que fuera necesario correr tanto. Dudaba mucho que Kagome lo estuviese haciendo, ya que lo más probable era que no se imaginara que él fuera a descubrir su mentirijilla tan rápido. De hecho, tenía pinta de que él no tendría que haber encontrado su delito hasta el día en que necesitara un medicamento. Un día lejano, porque cualquiera que le conociera bien sabía que él no recurría a los analgésicos a la ligera. Un día en que ella ya estuviera lejos.
El que subestimara el nivel de detalles que conocía acerca de ella era otra prueba más de que Kagome no era consciente de lo importante que era para él, y esa certeza tan ofensiva le hizo clavar sus incisivos en el labio hasta hacerlo sangrar. Se estaba dando cuenta de que estaba siendo muy egoísta tratando de retenerla a su lado cuando eso la hacía sufrir. La chica tenía razón, era un desgraciado. O al menos, se estaba comportando como un déspota irracional que era incapaz de dejarla marchar.
Por suerte, y posiblemente gracias a su trauma automovilístico de la infancia, Kagome no era una conductora demasiado temeraria, a diferencia de él, que manejando con destreza y atrevimiento el deportivo diseñado para esas velocidades y maniobras, no necesitó más que unos minutos para divisarla en la distancia. En la siguiente recta, que les dejó alineados, Inuyasha pisó el acelerador y el motor respondió. Se estaban acercando a una intersección de cuatro brazos. La señal de stop la tenían quienes venían por los lados y no ellos, de modo que sólo siguió adelante.
Y entonces, todo pasó muy rápido. Inuyasha ya estaba lo suficientemente cerca como para poder ver en primera fila como otro coche azul aparecía por la izquierda, se saltaba el stop e impactaba contra el lado del conductor del vehículo blanco. Se oyó un horrible ruido de carrocería quebrándose y cristales rompiéndose, y ambos fueron arrastrados varios metros hacia la derecha, delante de la mirada de un hombre paralizado por el horror que sintió como la vida se le escapaba del cuerpo.
Continuará…
Empieza la parte dramática no-romántica del fic. El siguiente capítulo es (en mi opinión) el más duro de la historia, de hecho lo clasificaría como Angst, así que mucho cuidado a aquellas personalidades sensibles. Quien avisa no es traidor. No me lancéis demasiado mal de ojo por esto, por favor.
Me estoy dando cuenta de que estáis empatizando más bien con Inuyasha, y algunas hasta demonizando a Kagome. Estoy alucinada, porque es justo lo contrario a lo que me esperaba. ¿Ya nadie se acuerda de lo que tuvo que aguantar la pobre Kagome cuando él era un rompe-bragas frente a sus ojos? No seáis malas, pobrecilla…
¡Un abrazo!
Dubbhe
