AVISO: este capítulo podría clasificarse como Angst.

CAPÍTULO XV - SANGRE

La ambulancia avanzaba con soltura por la calzada, entrando en el núcleo urbano de Tokio con las sirenas a todo volumen y las luces rotatorias encendidas, rápida y llamativa como un relámpago. Justo detrás, un Porsche negro iba pegado a ella, saltándose los mismos semáforos y aprovechándose de cómo los coches se apartaban para dejarla pasar. Oyó pitidos e insultos, y gritos que le reclamaban que tenía un morro que se lo pisaba, pero en esos momentos a Inuyasha no había nada que pudiese importarle menos. También le daba igual que el volante se estuviese ensuciando con la sangre con la que instantes antes se había manchado las manos, cuando estuvo sentado en el asfalto sujetando el cuerpo inconsciente de Kagome contra su pecho, sollozando y rogándole a un dios en quien no creía que no se la arrebatara.

-Kagome…Por favor, Kagome…Dime algo…Resiste, te lo suplico… - no podía parar de pronunciar como un demente, acunándola contra él y abrazándola con desesperación.

Una brecha muy aparatosa en el nacimiento del cabello de la chica estaba tiñéndole medio rostro de abundante líquido rojo, por no hablar de los mil cortes de cristal que tenía por todas partes. Y el cuerpo inerte del otro conductor, que había atravesado el parabrisas de su coche y ahora estaba tirado en el capó con la mirada vacía, hacía la escena todavía más terrorífica.

Desde que llamó a la ambulancia hasta que ésta apareció, pasaron los quince minutos más horribles de su vida, porque fueron los quince minutos en los que estuvo convencido de que Kagome estaba muerta. Y quince minutos durante los que sintió, por primera vez en su vida, que él también quería morir.

Cuando llegaron los sanitarios y se la arrebataron de los brazos, se quedó de rodillas en el suelo, paralizado y temblando como una hoja mientras les veía trabajar sobre su paciente, contemplando la escena sin mover ni un músculo. Nada más escuchar ahí delante la frase "Está viva", solo alcanzó a apoyar la frente en el suelo, sintiendo que el alivio le embargaba de una forma tan intensa que se sintió desfallecido.

Ahora solo podía pensar en no perder de vista la ambulancia, en mantener la atención a toda costa, a pesar de la gran ansiedad que le estaba recorriendo. Esos esfuerzos no eran debidos al miedo a perder la localización de Kagome, pues sabía perfectamente a dónde la llevaban.

-A la Clínica Hakurei.

-Señor, eso es un hospital privado, no puedo ir ahí por defecto – le explicó el joven conductor con paciencia, teniendo en cuenta que no era el primer acompañante alterado con el que lidiaba y sabía que tampoco sería el último.

-Ya lo creo que sí puedes – pronunció Inuyasha con una voz gutural y una expresión siniestra que reflejaban de forma completamente justa su tormento interior, al mismo tiempo que le tendía un fajo de billetes que había sacado de la guantera del coche, y que el muchacho miró con ojos brillantes pero también con cierta vacilación.

-Pero…es que yo no puedo…el sistema sanitario no funciona así…

Inuyasha se limitó a sacar el doble de dinero de su bolsillo y entregárselo también, mostrando indiferencia total ante la pérdida del primer asalto.

-¿Nos estamos entendiendo ya? – insistió con una seriedad absoluta pero tan natural que jamás podría haber conseguido en ninguna actuación.

-Claro…Nos entendemos. Clínica Hakurei– confirmó el joven, asintiendo con la cabeza y mirando a todos lados con disimulo para asegurarse de que el intercambio de favores no era descubierto.

El solo pensamiento de que Kagome podría perder la vida cada segundo que pasaba en el vehículo de delante, le retorcía las entrañas y le cortaba la respiración. El trayecto se le hizo eterno, sus manos movían el volante y la palanca de cambios en éste de forma automática, tiñéndolos de esa sustancia escarlata que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no mirar. Su mente estaba dispersa en un bucle de pensamientos tan agresivo que tenía que concentrarse el doble para no perder el control de la conducción. No porque le importara lo que pudiese pasarle a él, sino porque no soportaba la idea de que Kagome pudiese irse lejos de su alcance.

Cuando al fin las luces de las ventanas y el letrero de neón de la Clínica Hakurei hicieron acto de presencia en medio de la noche, agudizó la mirada para asegurarse de que veía por dónde se metía la ambulancia. Ésta cogió un carril de incorporación a la derecha de la calzada que llevaba a una rampa que hacía bajada, y al principio de la cual había un cartel bastante grande en el que ponía "Sólo ambulancias". Bien acorde a su personalidad impulsiva, el actor se pasó ese cartel por el forro de los pantalones cuando entró justo detrás de la furgoneta blanca y roja. En cuanto estuvo en el pabellón de recibimiento de Urgencias, frenó con tanta brusquedad que las ruedas derraparon y el ruido de la goma contra el asfalto llamó la atención de un grupo de celadores que estaba ahí fuera tomando un café.

-¡Señor! – exclamó uno de ellos, acercándose a él con cara de enfado en cuanto le vio salir del coche a toda velocidad – No puede dejar su coche aquí, hay un aparcamiento…

-Pues déjelo ahí – se limitó a decirle Inuyasha sin dignarse a mirarle, al mismo tiempo que le lanzaba las llaves del coche y le dejaba plantado cuando echó a correr hacia la ambulancia, que ya había abierto sus puertas traseras varios metros más allá.

-¡Oiga, que yo no soy un aparcacoches! – se quejó el celador, fastidiado por la desfachatez de ese hombre, pero el enfado le duró sólo el par de segundos que tardó en darse cuenta del modelo de automóvil que le habían dejado. Miró estupefacto la figura del escudo que había en el comando que había llegado volando a sus manos, como si quisiese comprobar que no era una alucinación, y luego corrió hacia el volante como un niño pequeño con un juguete nuevo, más que dispuesto a hacer lo que le habían pedido.

Inuyasha llegó junto a la ambulancia justo cuando el personal estaba bajando la camilla en la que estaba Kagome. Nada más volver a verla, se detuvo en seco y se sujetó del borde de una de las puertas, sintiendo que las piernas iban a fallarle de un momento a otro. Le habían puesto una mascarilla de oxígeno y un collarín. Varias gasas estaban en su frente, intentando contener la hemorragia que a esas alturas ya le estaba manchando casi toda la cara y el hombro. Su camisa en origen blanca, ahora estaba tan roja en un costado que daba verdadera impresión verla, y rasgada por los pequeños pero abundantes cristales que todavía permanecían en la piel de su dueña.

"Por favor, por favor, por favor, no te la lleves…". Nada más el mundo dejó de darle vueltas, siguió corriendo a los sanitarios hacia el interior del edificio de Urgencias. Les oyó hablar apresuradamente entre ellos sobre signos vitales e informaciones varias en lenguaje clínico que no llegó a entender, aumentando así su frustración. Llegaron a la entrada de los quirófanos y entonces un par de celadores se interpusieron en su camino, impidiéndole que continuara siguiendo al resto de profesionales y haciéndole sentir como si se estuviesen llevando un trozo de él muy lejos.

-Más allá de aquí no puede entrar – le informaron tan pacientemente como pudieron, sujetándole de los brazos con consideración pero a la vez con firmeza cuando Inuyasha les ignoró y pretendió atravesar él también las puertas.

A partir de ahí, todo fueron gritos, insultos y amenazas por parte del actor, que despertaron la curiosidad de los demás pacientes que estaban en la sala de espera. Varios se asomaron a ver el espectáculo que estaba armando ese hombre fuera de sí, vociferando y llamando de incompetente para arriba a todo el personal mientras que éste, acostumbrado a lidiar con esas situaciones, intentaba tranquilizarle diciéndole que "su chica" estaba en las mejores manos, y que por el bien de todos él debía calmarse.

Inuyasha no alcanzaba a escuchar lo que le decían, lo único en lo que era capaz de centrarse en ese momento era en las puertas por las que había desaparecido Kagome y en intentar alcanzarlas, aun a pesar de las cuatro personas que estaban agarrándole. Todo aquello terminó en cuanto sintió la punzada de una aguja traicionera enterrándose en su brazo. Se giró a mirar horrorizado esa jeringuilla que había aparecido de la nada en manos de una enfermera muy ágil, antes de que hubiese podido impedirlo. Y entonces, en cuestión de segundos, la realidad se desvaneció y todo se volvió negro.

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Cuando despertó, le dolía la cabeza y sentía los músculos flácidos, dormidos. La luz de la habitación donde estaba se hallaba encendida, lo que le hizo parpadear con incomodidad hasta que pudo adaptarse a ella. Cuando al fin pudo mantener los ojos abiertos, miró aturdido a su alrededor, dándose cuenta de que estaba tumbado en una camilla, en el interior de un box. Y eso no fue lo único de lo que se percató: vio la figura de una mujer de pelo negro muy largo sentada en una silla justo al lado de él, que abrió los ojos de golpe en cuanto notó movimiento junto a ella, pues solo había estado dormitando.

-Mi niño…Hola, cielo ¿cómo estás? – le preguntó enseguida, poniéndose en pie y acercándose a él con la mirada bañada de amor. Le puso una mano en la frente, acariciándole el pelo – Cuando me han llamado me he pegado un susto…

-Mamá… - susurró Inuyasha, que no había tardado nada en caer en la realidad y cuyo rostro se había desencajado otra vez por la congoja – ¿Kagome? Mamá, ¿cómo está Kagome? – insistió con el corazón encogido, intentando incorporarse - ¿Está…? – la pregunta era tan horrible que se le cortó la voz antes de poder terminar de pronunciarla. La mujer impidió que se levantara posando ambas manos en sus hombros, frotándoselos con adoración.

-Está viva, cariño.

La oleada de alivio que se lo llevó por delante le dejó de nuevo sin fuerzas. Se dejó caer en la camilla de nuevo, sintiéndose mareado por la avalancha de nervios que le había arrollado durante un momento, empeorando así su dolor de cabeza. "Gracias, gracias, gracias…", no podía parar de repetir como un mantra. Le llevó unos segundos recomponerse y dejar de ver lucecitas parpadeantes, que tenían su origen probablemente en que se había incorporado demasiado rápido.

-Quiero verla. ¿Dónde está? – exigió saber en cuanto se hubo recuperado del susto y del breve desvanecimiento. Sin hacer caso de las advertencias de su madre, se movió otra vez deprisa y en cuanto se puso en pie, las piernas le fallaron. Izayoi se apresuró en sujetarle, volviendo a acercarle a la camilla para que se sentara.

-¡Oye! Cielo, tranquilo…Tu médico ha dicho que el calmante que te han puesto puede provocarte descoordinación, podrías caerte…

-¡Me importa una mierda mi médico! ¡Es con el de Kagome con el que quiero hablar! - el único motivo por el que no se hallaba histérico otra vez eran los restos de la medicación ansiolítica que todavía corría por sus venas. Era una sensación extraña, como si no pudiera canalizar el contenido de su mente a través de su cuerpo.

-Cariño, siéntate…He hablado con él durante este rato y algo te puedo contar, pero por favor, no hagas esfuerzos – ante el desconcierto e incredulidad reflejados en el rostro masculino, añadió – Ha habido una confusión…En el estado en que has llegado, han creído que eras su novio, y por lo tanto que yo era la suegra. Me han informado sin ni siquiera preguntarme…

Inuyasha atravesó a la mujer con su mirada dorada abierta de par en par y enloquecida cuando esas últimas palabras le confirmaron que aquello no era un farol piadoso de madre para que se estuviese quietecito. Le cogió ambas muñecas de sopetón, interrumpiendo su palabrería – y a esa manía tan irritante que tenía de irse siempre por las ramas - como si el hecho de enterarse de que su progenitora tenía esa información que tanto ansiaba hubiese hecho que ahora quisiera a toda costa impedir que se le escapara.

-¿Qué sabes? – cuestionó absorto y sin pestañear.

Izayoi suspiró por la desesperación que reflejaban esos ojos que ahora escrutaban los suyos con urgencia. Se soltó con delicadeza del agarre del hombre, intentando obviar el leve dolor por la fuerza involuntaria que había usado, y le tomó las manos entre las suyas, transmitiéndole todo el cariño y el apoyo de los que era capaz.

-La policía ha dicho que el coche que chocó con Kagome, por suerte no dio de lleno en su puerta, sino en la de detrás. Eso le ha salvado la vida, pero…

Se interrumpió para acariciar otra vez el pelo de su pequeño, tragando saliva para darse fuerzas. Odiaba tener que ser ella la que le diese las malas noticias a Inuyasha, pero por lo menos se aseguraría de que las recibiría con todo el tacto del que era humanamente capaz. Su sexto sentido de madre le revelaba que su hijo sentía algo muy fuerte por esa muchacha, y tenía que ser muy precavida en el modo en que le contaba los hechos para hacerle el mínimo daño posible. Ajeno a sus pensamientos, él la apremió.

-¿Pero…? – murmuró congelado por la fuerza de esa palabra tan simple, y a la vez presionándola para continuar.

-Pero…ella no llevaba puesto el cinturón de seguridad.

Inuyasha cerró los ojos derrotado, sintiendo el corazón lacerándose y su mundo derrumbarse. Ya se había dado cuenta de que la chica no se había puesto el cinturón cuando la sacó del coche, pero ahora que le estaban confirmando que aquello había tenido relevancia en su estado, se sintió morir. "No se lo puso porque estaba concentrada en huir de mí".

-Al grano, mamá – dijo con un hilo de voz, sabiendo que a partir de ese momento tenía que ponerse en lo peor.

Izayoi cogió aire y no pudo mirarle a la cara cuando concluyó su explicación.

-El impacto la arrojó contra el otro lado del coche…contra la otra puerta. No se ha roto ningún hueso de milagro, pero se dio un golpe en la cabeza muy importante. Kagome ha entrado en coma, Inuyasha. Lo siento mucho, mi amor…

Lo último lo dijo con los ojos húmedos por lo mucho que estaba empatizando con el dolor en la expresión de su hijo y solo alcanzó a abrazarle, acunándole entre sus brazos como cuando era un niño. Aquello fue lo que impidió que viera las lágrimas de consternación que mojaron esas facciones todavía sucias del polvo de la carretera y desencajadas por el shock.

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Cuando apareció en el pasillo que daba entrada a la unidad de cuidados intensivos, caminando todavía con algo de dificultad y siendo vigilado de cerca por su madre, vio a Ujiko que salía de dentro, con los ojos enrojecidos y una enfermera del servicio rodeándole los hombros, pronunciando palabras de apoyo. Nada más verle, la madre de Kagome rompió a llorar y fue directa hacia él, rodeándole con los brazos y temblando con violencia.

-¡Inuyasha! Esto es tan terrible, tanto…Mi Kagome, mi pequeña…Ella también no, por todos los dioses…¿por qué se ceban tanto con nuestra familia…?

Él apretó los puños y los párpados, sintiendo su corazón encogerse por el intenso dolor de madre que Ujiko le estaba transmitiendo, sobre todo cuando ella empezó a pronunciar en bucle la palabra "Gracias". Quería devolverle el abrazo a la mujer, pero no se sentía digno siquiera de que ella le dirigiera la palabra.

"¿Gracias? ¿Gracias por qué? ¿Por haberla presionado como un cabrón hasta que ha huido hacia su parca?".

-Dios mío, Inuyasha…Gracias, gracias, mil gracias…Suerte que estabas ahí…Gracias por salvarle la vida a mi niña, por cuidar siempre tanto de los míos…Eres nuestro ángel de la guarda…

Esas palabras trajeron a su cabeza cierto recuerdo que le sentó como una patada en el vientre, para después tener que soportar a sus cinco sentidos atormentándole por automático. Vio la sonrisa de Kagome, olió su aroma, notó el sabor de sus labios, oyó su dulce voz pronunciando su nombre y sintió la suavidad de su cabello hormigueándole en los dedos. Pero ahora ya no habría sonrisa, esos labios sabrían a sangre y ya no dirían nada.

Un sollozo rompedor le sacó de las despiadadas evocaciones de su inconsciente. Ujiko seguía lamentándose contra su torso y su estómago se retorció otro tanto. Se dio cuenta de que esa mujer estaba muy sola en la vida en esos momentos, con su marido ya fallecido, con un hijo pequeño apenas recuperándose de una enfermedad mortal y la mayor con la vida colgando de un hilo. Hizo de tripas corazón para devolverle el abrazo, pensando que quizá en ese momento solo él podía ser su paño de lágrimas. Tenía que tragarse sus remordimientos y consolarla.

-No tienes nada que agradecerme. Siempre voy a estar ahí para vosotros – musitó ronco, sintiéndose un desgraciado y un hipócrita. La mujer se separó de él, aferrándose a sus antebrazos y le encaró. Los mismos ojos de Kagome le miraron con adoración, y él sintió un nudo en la garganta tan fuerte que ésta le escoció.

-Eres una persona muy importante para nuestra familia, y sobre todo para Kagome. Lo sé, puedo sentirlo, una madre sabe esas cosas…

A Inuyasha se le contrajo la mandíbula, e Izayoi supo interpretarlo como señal de que tocaba intervenir, aun sin saber los motivos de la incomodidad que desprendía su hijo por todos los poros. Se apresuró en llamar la atención de la madre de Kagome, disculpándose por la interrupción y dándole su más sincero apoyo, pues podía empatizar perfectamente con la desesperada mujer que tenía delante. Aquello le dio carta blanca a Inuyasha para poder tener, al fin, despejado el camino para pasar a ver a Kagome.

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Le habían hecho ponerse una bata verde desechable, un par de polainas en los pies y un gorro vaporoso cubriendo sus cabellos. La misma chica vestida de azul que le había recibido le hizo rodear el pabellón de la unidad de cuidados intensivos, que era circular con la estación de enfermería en el centro y los boxes rodeándola, estratégicamente diseñado para que el personal sanitario pudiese tener bien a la vista a todos los pacientes.

Pasaron por delante de varios de los compartimentos. En uno había un hombre muy obeso, en otro una señora mayor que deliraba, y en un tercero otro anciano. En un momento dado, la enfermera le puso una mano contra el pecho indicándole de repente que se detuviera, para no entorpecer el paso a un grupo de otros dos enfermeros y un médico que entraron a toda prisa en el cuarto box, precipitándose sobre un chico joven que estaba convulsionando al mismo tiempo que las máquinas conectadas a su cuerpo soltaban una serie de pitidos de alarma. Inuyasha dirigió una mirada instintiva y alterada hacia allí, pero la muchacha que le estaba guiando se apresuró en cerrar la puerta del box y le dedicó una suave sonrisa, como excusándose. Siguieron andando, y a cada paso que daban Inuyasha se sentía más y más intimidado por ese escalofriante lugar, hasta que llegaron al box siete y ahí se detuvieron.

-Adelante. No está permitido cerrar la puerta – le informó la profesional. Ante su mirada interrogante, añadió – Es por el bien de la paciente, el acceso a ella tiene que estar garantizado en todo momento.

Inuyasha solo asintió con indiferencia, mientras la jovencita le dejaba solo y volvía a sus quehaceres. Tragó saliva con dificultad, cogió aire y lo soltó de forma entrecortada, delatando su nerviosismo, y solo entonces tuvo fuerzas para levantar la mirada del suelo y dirigirla hacia dentro del box, al igual que a sus pies.

Lo primero que pensó cuando vio a Kagome, era que le habían llevado a la cama que no era. Quien tenía delante era una figura de aspecto tan frágil que no tenía nada que ver con la persona llena de vida que conocía. Se acercó varios pasos con inseguridad, como si se tratase de una momia maldita que en cualquier momento podía levantarse queriendo matarle, y cuando estuvo lo suficientemente cerca como para poder verle la cara, sintió en ese momento que algo se quebraba en su interior.

Kagome estaba muy pálida, no solo en el rostro, sino que ese tono perlado también se apreciaba en los brazos que se asomaban por el batín hospitalario de manga corta y color aguamarina. Le habían quitado la mascarilla de oxígeno y dejado un par de cánulas menos aparatosas que desaparecían dentro de sus fosas nasales, pero habían mantenido el collarín. Al fin le habían limpiado la cara y colocado un apósito encima de la brecha que horas antes había sangrado tanto, con el relieve de éste delatando que debajo se ocultaban varios puntos de sutura. Casi toda la parte derecha de la mandíbula se estaba poniendo morada, probablemente debido al golpe contra la puerta del copiloto que ya había sido descrita. Había raspones en un pómulo, en la frente y en el mentón. Los cortes del cuerpo parecían haber sido atendidos, pues todos tenían todavía restos amarillos de yodo desinfectante. Una vía intravenosa había sido insertada en el dorso de cada una de las dos manos, ambas conectadas a bolsas de sueros medicamentosos. Kagome tenía varios parches colocados en el torso, que a través de cables de colores que salían por el cuello de la bata, enviaban información de sus constantes vitales a las tropecientas pantallas que la rodeaban. Pero lo peor de todo era la expresión de su cara, totalmente lívida y vacía, como si debajo de sus negras y tupidas pestañas no hubiese alma alguna.

Inuyasha sintió que las fuerzas le abandonaban y a duras penas llegó a dejarse caer en el sillón que había junto a la cama. Estuvo muchos minutos contemplando a Kagome en medio de una especie de trance, respirando más rápido de lo normal por la amenaza de recaída de la ansiedad, con los ojos y el pecho quemándole. En algún momento levantó una mano temblorosa para tomar la más cercana de la chica, y el sentirla tan fría fue lo que acabó de precipitar que las lágrimas se le acumularan en los párpados.

-Kagome…- la llamó con la voz rota. Su parte racional sabía de antemano que no recibiría respuesta, pero aun así el cruel silencio fue como una cuchillada más – Kagome, por favor…No me hagas esto…Kagome…

Su otra mano también alcanzó la de ella, con cuidado de no alterar la vía de acceso venoso. Luego dejó caer lentamente su frente, con intención de apoyarla también en la mano femenina pero tuvo que contentarse con la muñeca puesto que de nuevo no quiso arriesgarse a mover la aguja. Sus dedos estrecharon los de Kagome como si pudiesen tirar de su alma con ese gesto, retenerla junto a él e impedir que se alejara.

-Tú no te mereces esto…Eres el ser más puro y bueno que se ha cruzado nunca en mi camino, y yo…he sido un egoísta y un cretino al que no deberías dignarte ni a mirar. Y aun así…sólo alguien tan increíble como tú podría amarme a pesar de todo … - dejó un delicado beso en las falanges que sujetaba y levantó su mirada dorada humedecida para ver su rostro – Es culpa mía. Todo esto es mi maldita culpa…Necesito que despiertes para pedirte perdón…Tenemos que arreglar esto, Kagome…Todavía no sé cómo, pero te juro que lo arreglaremos…Pero por favor, para eso necesito que abras los ojos… Te lo suplico, pequeña, lucha por tu vida…

Sus ojos se abrieron con desmesurada sorpresa cuando notó una leve presión contra sus dedos y eso le distrajo de su desconsolado discurso. Se incorporó para dirigir la atención hacia sus manos unidas justo a tiempo para ver como la de Kagome se contraía un poco, dándole un muy sutil apretón a la suya que le arrancó un jadeo de pura incredulidad.

-¿Kagome? ¿Me estás…apretando la mano? – murmuró pletórico, asomándose una esperanzada sonrisa a sus comisuras.

-Es posible – intervino una voz intrusa un poco menos grave que la suya.

Inuyasha se dio la vuelta sobresaltado, ya que había estado tan absorbido que no se había dado cuenta de que alguien más se había asomado a la puerta del box. Debido a la indumentaria de ese hombre, la misma que llevaba él por protocolo, y también a su propio estado de agitación que le alteraba la conciencia, le costó varios segundos reconocer al oncólogo de Sota.

-Doctor Suikotsu – pronunció, recuperando enseguida la compostura y secándose las lágrimas con tanto disimulo como pudo, un poco avergonzado por haber sido sorprendido en un momento de tanta vulnerabilidad. Pero aun así se recompuso de forma casi inmediata, aprovechando el hecho de tener un médico delante para interrogarle con el ansia remanente de su último descubrimiento - ¿Qué significa que ella esté reaccionando? ¿Es que acaso…?

-No, señor Taisho – interrumpiéndole las ilusiones que se estaba haciendo por su propio bien, el doctor se acercó a él, dedicándole una pequeña pero cálida sonrisa de compasión y le puso una mano en el hombro– No significa que esté despertando.

Al instante pudo ver el destello de entusiasmo apagarse en los ojos del actor. Se sintió realmente mal por ello, pero dar malas noticias era parte de su trabajo y la experiencia le había enseñado que ante todo había que ser sincero con los pacientes y sus seres queridos, ya que permitir que se vinieran demasiado arriba solo traía más dolor a largo plazo. Había una gran diferencia entre ayudarles a mantener la esperanza, y llenarles la cabeza de pajaritos. Inuyasha encajó la aplastante verdad a duras penas, sintiendo su fugaz alegría desaparecer tan rápido como había llegado. Perdiendo el interés, volvió a desviar la mirada hacia Kagome.

-¿Qué hace aquí? – preguntó sin energía, como si la presencia de la otra persona hubiese pasado de ser una bendición a un inconveniente en un segundo.

-Esta noche estoy de guardia en Urgencias. He venido tan rápido como he podido nada más me han informado y he visto el nombre de Kagome. Lo lamento sinceramente.

-Ajá… - una parte de él clamaba por volver a quedarse a solas con ella, pero otra más necesitada de apoyo agradecía en silencio la presencia de ese médico que con el paso de las semanas, había ido ganándose su respeto y su aprecio. No era tonto, sabía que debido a su apellido en esa clínica habría un complot para hacerle la pelota, pero pondría la mano en el fuego a que la presencia de Suikotsu allí era un gesto humanitario y sincero – Ya que está aquí, ¿podría decirme lo que sabe? – le pidió, abatido.

-Por supuesto – el doctor se sentó al pie de la cama, observando con sutileza esas manos enlazadas sobre el colchón. No se le permitía revelar información clínica a quien no fuera un pariente inmediato o pareja consolidada, pero habían convivido el tiempo suficiente como para haberse dado cuenta a esas alturas de que entre la hermana de su pequeño paciente y el hombre que tenía delante se cocía algo más que amistad, por lo que hizo la vista gorda – El cirujano le ha drenado el exceso de hematoma que tenía dentro del cráneo por el golpe. Como puede ver, también le ha suturado el corte de la frente, aunque por suerte eso resultó ser menos grave de lo que parecía, es simplemente que esa zona es muy aparatosa. Y por otro lado…el estado de coma todavía es un misterio médico para todos.

-¿Despertará? – preguntó Inuyasha con extrema cautela, temiendo la respuesta.

-No se sabe. Y en caso de que lo haga, no podemos saber con exactitud si habrá o no secuelas. Sin embargo, se cree que los pacientes en coma evolucionan mejor, y su pronóstico es más favorable, si están constantemente atendidos por sus seres queridos.

-¿Qué quiere decir? – interrogó Inuyasha, viendo un poco de luz al final del túnel - ¿Ella sabe que estoy aquí?

- Puede oírle, aunque no le entiende. Pero es posible que reconozca su voz, y que por eso haya habido un poco de reacción.

-Kagome…- el nombre de la chica se escapó en un susurro de entre sus labios cuando se giró automáticamente a mirarla, como si esperara que ella le corroborara esa nueva e inquietante información.

- Aun así, señor Taisho…Solo le pido que no se haga ilusiones, deben estar preparados para cualquier cosa.

-Gracias, doctor – se le había encogido el corazón ante la dura advertencia del médico, pero aun así su voz sonó firme porque creía en la verdad de sus palabas – Pero estoy seguro de que saldrá adelante. Es la mujer más fuerte que conozco.

Cuando Suikotsu le dejó solo de nuevo, Inuyasha volvió a observar a Kagome, tragando duro porque cada vez que la miraba, la visión de su estado le oprimía el espíritu sin piedad. Estuvo así durante mucho rato, sosteniendo su mano. No supo cuándo, una de las suyas se había movido para acariciarle el pelo de la frente, ordenándoselo con mimo, volviendo a ponerlo en su lugar después del accidente y el paso por quirófano. Llegó un momento en que la enfermera que antes le había atendido entró en el box y le anunció que otra persona quería entrar a ver a la paciente, de modo que era necesario que saliera porque sólo podían entrar de uno en uno. Contrariado, pero sabiendo que no era el momento ni el lugar para volver a armar un escándalo, asintió y ella le esperó fuera para que se despidiera con un poco de intimidad. Inuyasha se levantó de la silla, le dedicó otra intensa mirada a Kagome como si quisiese absorber la imagen de ella y memorizarla bien antes de dejarla, y se inclinó sobre su oído para susurrarle:

-Quédate conmigo…

Obedeciendo a una innata necesidad que salió de lo más profundo de él, sólo fue consciente de que había llevado sus labios hacia los de ella cuando el plástico de la cánula de oxígeno le rozó la nariz. Descolocado al darse cuenta de lo que la inercia le había llevado a hacer, vaciló. Darle un inocente beso de adiós a quien ya había sido su amante en una ocasión podría considerarse cariñoso e inofensivo, pero aun así…La recordó gritándole sus sentimientos hacia él y eso le hizo apretar los dientes. Esa noche había quedado claro que los besos entre ellos nunca habían sido un juego. Ella le había ofrecido ese derecho en bandeja de plata, y él se había quedado callado. Ahora no podía hacerlo estando ella inconsciente. No sin concederle al menos la posibilidad de rechazarle. Se lo debía. Dolido consigo mismo, se desvió hacia arriba y presionó los labios contra la frente de Kagome, sintiendo que se dejaba el alma en ese significativo gesto. Sonrió un poco contra su piel cuando notó que los dedos delgados volvían a temblar entre los suyos.

Cuando salió de nuevo al pasillo, habiéndose deshecho ya de ese atuendo que en otras circunstancias le hubiese parecido cómico, vio que Miroku y Sango estaban sentados en las sillas de espera, uno al lado del otro con las manos cogidas en silencio. Nada más reparar en su presencia, ella se levantó con el rostro contraído y se dirigió hacia la puerta por donde Inuyasha acababa de salir y donde la enfermera aguardaba para recibirla. Cuando pasó por su lado no le dedicó ni una palabra, pero no hizo falta. La mirada helada con la que le atravesó se lo dijo todo, dejándole paralizado en el sitio.

Miroku fue consciente de eso y suspiró, levantándose él también de la silla. El mánager sí se dirigió hacia Inuyasha, poniéndole las manos en ambos hombros.

-Hey…¿Cómo estás? – al ver que el hombre tenía la mirada irritada y húmeda perdida en sus propios mundos, añadió – No le hagas caso, se le pasará. Es muy protectora con sus amigas y está alterada…

-Me culpa de lo que ha pasado. Y hace bien – pronunció apenas, medio ausente.

-No digas eso, no es…¿Inuyasha?

Se había interrumpido cuando el actor había bajado la cabeza, ocultando sus ojos. Y entonces se dio cuenta de que lo que Inuyasha llevaba por dentro poco tenía que ver con la rabieta de Sango. Sin dudar ni por un segundo en lo que tenía que hacer, se acercó más y le rodeó los hombros con un brazo, queriendo transmitirle su afecto más sincero. Inuyasha aceptó la invitación, rendido, cuando dejó que su frente se apoyara en uno de los hombros de su amigo, y finalmente lloró.

Lloró como un niño.

Continuará…

Sé que me odiáis U.U Creedme que lo sé, yo también me odio un poco ahora mismo…

Este capítulo ha sido cortito porque no me he entretenido a rellenarlo demasiado cuando me he puesto a editarlo. No estoy en mi mejor momento, me tienen algo bloqueada cosas que están sucediendo en mi vida. No tengo mucho ánimo para ponerme a crear todavía más drama. Intentaré hacer un esfuerzo para no dejaros demasiado tiempo sin actualizaciones, aunque no puedo prometer nada y quería que supierais al menos a qué se deben mis demoras.

Un beso.

Dubbhe