CAPÍTULO XVI - OBSESIÓN
Después de contemplar el anillo de oro blanco y diamante que lucía esa fina mano de dedos largos, desvió la mirada con disimulo para observar el perfil de las facciones de su asistente, haciendo un escrutinio clandestino de esa belleza que le había cautivado en secreto desde el primer día. Ajeno a ese gesto tan sutil, Totosai sonrió y le dedicó a la chica mil alabanzas sobre lo bonitas que tenía las manos y lo preciosa que se veía la sortija en ellas. Medio taciturno, Inuyasha asintió mostrando su acuerdo, pero luego tuvo que recordarse por qué razón estaban allí. De repente le molestó que ella tuviese puesta esa joya, tan pretensiosa que evocaba a la mujer a quien iba dirigida. Había algo en ese dúo que se sentía rompedor e incómodo, y no porque no le quedara bien. No era Kagome la que corrompía al anillo. Era al revés.
-Me lo llevo – sentenció saliendo de su trance, como si súbitamente tuviese prisa por terminar con ese asunto.
Kagome y el joyero lo miraron sorprendidos.
-¿En serio? ¿No quieres mirar otros antes de decidir? – le preguntó ella con una ceja alzada, quitándose la pequeña pieza brillante de la falange que la albergaba. Esa acción reconfortó el espíritu de Inuyasha con un notable alivio.
-Rara vez el primer anillo es el anillo – le comentó Totosai, cruzando los dedos encima del mostrador como siempre que se disponía a poner en práctica su sabiduría profesional.
Inuyasha se recostó en la silla e hizo un mohín de irritación, chasqueando la lengua.
-¡Keh! Qué más da, si esa perra me va a dejar tirado igual. Me voy a gastar un dineral y luego me voy a comer el condenado anillo con patatas, ¿qué más da cuál sea?
-Eso también es verdad – dijo Kagome, encogiéndose de hombros y asintiendo con la cabeza – Y luego vendré yo a tu rescate– añadió, guiñándole un ojo – Soy tu ángel de la guarda, ¿eh?
-Oye, que no se te suba a la cabeza… - se quejó, simulando aires de suficiencia - Pero es verdad que sí lo eres – añadió inesperadamente con una sonrisa picarona. Se acercó al rostro de la muchacha y llevó los dedos a su mentón, capturándolo en una sensual caricia – Un ángel de la guarda…caído – completó la frase con un aire insinuante que Kagome le devolvió, acercándose también a él y rozándole la nariz.
-Cierto. Caído… y muerto – musitó a escasos centímetros de sus labios.
La sonrisa se borró del rostro de Inuyasha tan rápido como había aparecido, y él abrió de par en par esos ojos que ya había entrecerrado. Carraspeó inquieto, buscando la mirada del joyero para ver si se había quedado igual de descolocado por el comentario que la joven había soltado durante ese breve flirteo, pero dándose cuenta entonces de que se había quedado a solas con ella.
-¿Qué has dicho? – exigió saber, volviendo a mirarla y sujetándola de la barbilla ahora con más firmeza, aunque aquello no le sirvió de mucho ya que, después de poner los ojos en blanco, Kagome se alejó disgustada como si hubiese sido él quien le había cortado el rollo a ella. Inuyasha le impidió que pusiera demasiada distancia tomándola de un brazo.
-No me seas dramático, venga. Ya sabes, estoy medio muerta, toda llena de cables y esas cosas – gesticuló distraídamente con la mano libre, acompañando las palabras que estaba pronunciando con ese desconcertante desparpajo.
-¡¿Qué mierda estás diciendo, Kagome?! – exclamó alterado - ¿Cómo vas a estar muerta? Estás aquí, conmigo…
Kagome parpadeó y esbozó una sonrisa de costado, lo suficientemente sardónica como para que no le pegara nada.
-¿Estás seguro de eso? – le preguntó burlona, señalando con los ojos el punto donde la tenía agarrada.
Los dorados se trasladaron ahí de inmediato, e Inuyasha la soltó como si su contacto le quemara cuando vio que estaba ejerciendo fuerza sobre un brazo lleno de cortes que estaba manchando de rojo la ropa que lo envolvía. Se quedó mirando ese cuadro sintiendo que le faltaba la respiración, y aquello empeoró cuando se percató de que ahora todo el cuerpo de Kagome estaba lleno de heridas sangrantes.
-Kagome…¿qué…? – balbuceó apenas, al límite del tartamudeo.
La miró a la cara buscando una pista de lo que ella podía estar sintiendo, una explicación a ese desastre o ambas cosas. El estómago se le revolvió de la angustia cuando vio esa palidez, esas profundas ojeras y media mandíbula con un cardenal púrpura que dolía sólo de verlo. Junto al nacimiento del cabello, de una brecha chorreaba sangre, manchando el rostro hasta el punto de gotear en el suelo y en la blusa.
-No te pongas así, es lo de siempre – dijo ella con una calma escalofriante - Nos echas un polvo y luego nos echas de tu vida, sólo que en mi caso va a ser más definitivo. Conmigo te luciste, por ti voy a morir.
-No digas eso…No… - sacudió la cabeza, tratando de no oír esas palabras que eran demasiado terribles como para poder encajarlas. Pero Kagome ya no le escuchaba, se alejaba por la joyería en dirección a la salida. Inuyasha se levantó en medio del pánico y quiso perseguirla, pero resbaló con algo y cayó de rodillas al suelo. Al ver de qué se trataba, se miró horrorizado las manos.
Esas manos que ahora estaban manchadas de sangre.
-Inuyasha, despierta.
Abrió los ojos de golpe, respirando con dificultad, al notar que alguien le llamaba y le zarandeaba con considerada delicadeza por el hombro. Los apagados orbes dorados se enfocaron poco a poco a su alrededor, distinguiendo las luces fosforescentes de esa sala de espera que últimamente era su segunda casa, y al girar la cabeza hacia un lado, focalizó el rostro de su mánager justo delante del suyo.
-Te has quedado dormido otra vez– le explicó Miroku. Sus palabras sonaban como un amistoso reproche, pero lo que se escondía detrás de ellas no era otra cosa que una piedad palpable - ¿Has vuelto a dormir mal esta noche?
Inuyasha parpadeó molesto, sin saber muy bien si ese estado de ánimo se debía a la vergüenza de haber sido descubierto por enésima vez tirado en las sillas como un saco de patatas, a que la cara de su amigo no develaba que hubiese noticias nuevas, o a las dos cosas. Como si quisiese corregir al menos lo primero, se incorporó para quedarse sentado, soltando un quejido al notarse en los huesos las consecuencias físicas de haberse quedado frito encima de esa madera tan rígida.
-Mierda…¿qué hora es? – murmuró ronco, frotándose un ojo con la mano. La sala tenía la mitad de las luces apagadas y se había quedado solo.
Sucumbir al sueño en medio de sus ininterrumpidas visitas al hospital empezaba a ser algo bastante común, tanto que Miroku se había visto obligado a ofrecerle una atractiva suma de dinero al personal para que mantuviera la discreción acerca del famoso actor que estaba desarrollando esos hábitos lamentables en su sala de espera desde hacía un par de semanas.
-Son las ocho. Vengo de dentro – señaló la entrada de la UCI con la cabeza, y luego curvó un poco los labios con compasión cuando los ojos de su jefe le interrogaron, incluso ya sabiendo la respuesta a su pregunta no pronunciada – Nada nuevo.
La expresión de Inuyasha se oscureció de esa forma en que ya hacía muchos días que la caracterizaba. Su mirada ausente develó que su mente se había trasladado lejos de ahí. No obstante, aterrizó enseguida por ser consciente de que no estaba solo y se pasó las manos por la cara, como si eso pudiera desvelarle y darle fuerzas para no volver a bajar la guardia.
-Vete tú. Yo me quedo un poco más – sentenció resuelto, como si la vida no ofreciera más posibilidades que esa.
Miroku le observó quietamente, preocupado. Él mismo estaba tocado por lo ocurrido, el trágico suceso de hacía medio mes también estaba calando en su ánimo de forma inconsciente, pero eso no era nada comparado con cómo estaba afectando la situación a Inuyasha. Como más días pasaban sin que Kagome despertara, más hundido y perdido se le veía.
-Inuyasha…Si sigues así vas a enfermar – al no recibir respuesta, se levantó con aire derrotado – Y eso sí que no va a ayudarla a ella en nada. Vamos, arriba – insistió, haciendo un gesto de cabeza hacia la puerta de salida.
El aludido lo fulminó con la mirada unos segundos, contrariado, pero terminó resoplando y cedió. Se levantó sintiendo un tremendo dolor en los lumbares, pues definitivamente esas sillas de madera no estaban preparadas para sus largas acampadas. Se dijo a sí mismo que su mánager tenía razón, debía ir a casa a coger energías para seguir aguantando al pie del cañón, aunque no sabía cómo pretendía conseguir ese descanso tan necesario. Hacía muchas noches que apenas lograba conciliar el sueño al meterse en la cama, cuando lo hacía nunca era durante más de cuatro horas…y siempre tenía pesadillas. Paradójicamente, sí se dormía justo cuando no convenía hacerlo, cuando su cuerpo caía agotado en los lugares menos oportunos, como aquél del que su amigo le estaba sacando en esos momentos.
- ¿A dónde quieres ir? – le preguntó Miroku, distrayéndole de sus pensamientos, cuando estaban saliendo por la puerta principal de la clínica Hakurei. Cuando el otro hombre le interrogó con su mirada cansada, aclaró - Me prometiste que hoy nos iríamos a cenar una hamburguesa bien guarra.
Inuyasha bufó y rodó los ojos, torciendo la boca en una mueca que le decía "No me fastidies" como quien se había comprometido a un plan que no le apetecía sólo para que la otra persona se quedara contenta, y a quien luego le jodía el tener que cumplir con su palabra.
-Dije que cenaríamos algo, pero lo de la hamburguesa te lo has inventado – replicó a regañadientes, dirigiéndole un vistazo acusador – Ya sabes que no puedo permitírmelo ahora mismo – le recordó haciendo una mueca, pues su entrenadora personal había dimitido a los pocos días del accidente de Kagome.
"Primero conviertes a nuestra Kagome en una de tantas y ahora esto…¿Por qué siempre que ella sufre estás tú por en medio? Me has decepcionado tanto que ya no puedo ni mirarte a la cara". Recordar las duras palabras de Sango sólo lo irritó más. A falta tanto de planificación profesional como de ganas, había dejado de nadar y de ir al gimnasio. Lo único que estaba manteniendo era el correr por la mañana y sólo porque la adrenalina y las endorfinas le ayudaban a canalizar esa ansiedad que se lo estaba comiendo vivo.
-Pues te pides una ensalada, que también tienen – seguía diciendo un incansable Miroku.
-No me apetece. No tengo hambre, Mir.
-Dijiste lo mismo ayer. Y que perdieras masa muscular por no comer, perjudicaría igual a tu trabajo que si engordaras, así que no te pongas pesadito. ¿Vamos al WacDonald?
-Vamos donde te dé la gana – masculló con voz hastiada de tanta perorata, mientras movía el cuello hacia un lado y el otro, intentando estirar las fibras que notaba tan contracturadas por la postura en que se había dormido.
Media hora después, Miroku volvía del mostrador hacia la mesa donde él se había sentado a esperarle, y dejaba felizmente delante de él una bandeja de plástico roja que contenía dos raciones de patatas fritas, una cajita para compartir de alitas de pollo, dos refrescos, y dos hamburguesas especialidad de la casa. Sonriendo de oreja a oreja, se frotó las manos con impaciencia reflejando la gula que le estaba poseyendo, contemplando el exquisito manjar que se avecinaba como si ya hubiese empezado a comérselo con los ojos.
-¡Que aproveche! – exclamó, lanzándose sobre su hamburguesa. Le quitó el envoltorio de papel a toda velocidad y le pegó un gran mordisco. Cuando levantó los ojos de nuevo, con la boca tan llena que estaba teniendo serias dificultades para masticar sin escupir, se encontró a su jefe de brazos cruzados, con la espalda apoyada en el banco y la vista ensimismada hacia la ventana. Qué decir que no había nada que mostrara que tenía intención de tocar la comida.
Miroku esperó a haber tragado para dirigirse a él, y mientras lo conseguía, no pudo más que observarle en silencio. Inuyasha tenía unas ojeras negras considerables y la cara cada día más pálida, corroborando el hecho de que estaba durmiendo muy poco. Hacía dos semanas que no se afeitaba, y aunque era demasiado agraciado como para que la barba le quedara mal, su aspecto era desaliñado por no estar molestándose siquiera en retocarla.
-Come, boss – pronunció en cuanto fue capaz de articular sonidos – Matarte a ti mismo de hambre no solucionará nada.
-Ya te he dicho que no tengo hambre – replicó Inuyasha por automático. Desde que había pisado ese local, no podía parar de evocar el recuerdo de la última vez que estuvo allí. No era difícil, teniendo en cuenta que él casi nunca frecuentaba los negocios de comida rápida. Cada vez que miraba la bandeja llena de comida basura, se le venía a la cabeza la que compartieron con Kagome hacía unos meses, la víspera de su cumpleaños. Con los mil restaurantes distintos que había en Tokio, ¿por qué diablos había accedido a ir ahí si sabía que ese sitio se la recordaría?
-Ya oíste a Suikotsu hace un par de días, eso es porque estás somatizando pero tienes que obligarte un poco, venga – insistió Miroku, arriesgándose a presionarle un poco.
Inuyasha murmuró un par de palabrotas, se inclinó hacia adelante y se metió un par de patatas en la boca sólo para que su acompañante se callara. Su insistencia no hacía más que desquiciarle en un momento en que sólo quería que el mundo entero le dejara en paz. Pero en cuanto su cuerpo famélico cató la comida, fue pidiéndole cada vez más y él se lo concedió, ante la observación aprobatoria y satisfecha de su mánager.
-Bien, así me gusta – Miroku le dio otro bocado a la hamburguesa y cuando terminó de engullirlo, añadió - ¿Está buena, verdad? – le preguntó cuando el actor hubo probado la suya.
-Si tu novia me hubiese visto en su día, me la habría metido por…
-No es mi novia – atajó antes de que su malhumorado acompañante soltara una expresión sucia mientras comían. Todo el mundo tenía sus manías, y su educación le había hecho susceptible a las groserías en la mesa.
-Lo que sea que es – farfulló cogiendo ahora una alita y permitiéndose liberar una diminuta sonrisa malévola, sintiéndose distraído cuando al fin un tema morboso captó su interés - ¿Lo habéis hecho ya?
Miroku puso los ojos en blanco. Con lo que costaba últimamente que Inuyasha luciera entusiasmado por algo… ¿Había tenido que ser a su costa? En fin, por algo se empezaba, así que decidió sacrificar su orgullo y seguir en el blanco de la conversación, si aquello podía ayudar a su amigo a evadirse de sus fantasmas.
-No – confesó con simpleza.
Inuyasha alzó una ceja y soltó una carcajada incrédula.
-No te creo. La coges de la mano y le das besitos en la frente, ¿y no te has acostado con ella? ¿Quién eres tú y qué has hecho con Miroku?
El susodicho se encogió de hombros. A él no le incomodaba para nada hablar de sus intimidades sexuales, más bien al contrario. Antes de decidirse a darle una oportunidad a la monogamia con esa mujer que le había cautivado tanto, había sido un casanova de tal rango que Inuyasha había parecido un novatillo a su lado. Era de los que no perdía el tiempo haciendo un recuento de sus triunfos, pero sí compartía orgulloso sus hazañas con sus amistades. Sin faltar al respeto a ninguna dama, por supuesto, aunque eso pudiese sonar paradójico. Las mujeres no sólo eran hermosos seres increíbles que le fascinaban, también eran sagradas.
-Sí que estamos un poco… juntos, más o menos. Estábamos en nuestra primera cita la noche que…ya sabes.
El principio de sonrisa que tanto le había costado esbozar, se borró progresivamente del rostro de Inuyasha y éste bajó la mirada, pensando que ese tema siempre volvía a él, por mucho que lo evitara. Bien, a quién quería engañar, no había ni intentado quitárselo de la cabeza, ni aunque fuera durante un minuto para desconectar de ese infierno. No podía permitírselo. Tenía la sensación de que si daba un solo paso en falso, de que si se relajaba durante un miserable minuto, si dejaba de intentar controlar todo lo que tenía que ver con Kagome, el universo se la arrebataría. Tsubaki lo había definido en una palabra, después de consultarlo con su terapeuta número cuatro: obsesión.
"¡Keh! Estúpidos psiquiatras…".
Miroku entró en pánico cuando la cara inexpresiva de su amigo delató que estaba volviendo a perderle en los laureles, y se apresuró a seguir entregando en bandeja la historia de su vida con tal de seguir distrayéndole.
-Bueno, ella está pasándolo bastante mal y … nos hemos besado varias veces, con la excusa del consuelo. Parece que la cosa podría ir bien, pero aun así, ahora no está receptiva para…eso.
-No es el momento, está claro – coreó Inuyasha con voz plana, pero su mirada le dijo que ya había desconectado de la conversación.
Miroku carraspeó, disgustado consigo mismo. Si bien había pretendido llevar el diálogo por otro camino, lo había hecho como la mierda. Rendido, decidió abordar otro tema pendiente que sin duda el actor no acogería con entusiasmo, pero que aun así era necesario y al menos, quizá le serviría para volver a captar su atención.
-Esta mañana me ha llamado Tanaka.
A Inuyasha se le adivinó un sutil tic en la ceja al oír el nombre del director de la película en la que estaba trabajando, pero no dejó de mirar hacia la calle a través del cristal mientras roía una alita. Ante esa indiferencia que no sabía si tomarse como una aceptación del cambio de tema, o como si estuviese siendo mandado a freír monos, a Miroku no le quedó otra que proseguir:
-Se ha interesado por cómo estabas lo primero, y por Kagome. Ha sido muy correcto, pero está preocupado.
-Que se apunte al club – replicó lúgubre.
-Me refiero a que está preocupado por la película. Hace medio mes que no apareces por plató, y se les están acabando las escenas en las que el protagonista no aparece.
-Que se pongan a editar las otras.
-Ya están editadas. Tanaka dice…
-Tanaka me puede lamer las…- le cortó, acompañándolo de un gesto despectivo.
-Inuyasha – interrumpió su grosería, desesperado, ya que en esos momentos estaba profesionalmente en un aprieto y si no conseguía la colaboración de su jefe, no sabía cómo iba a manejar la situación – Tanto él como el productor también tienen derechos. Entiendo que lo último que te apetece ahora mismo es trabajar, pero…
-No, no lo entiendes – masculló, girándose a mirarle, mostrando una furia repentina - ¿Me puedes explicar cómo se supone que tengo que fingir estar contento, enérgico, enamorado, divertido y un largo etcétera, si hace dos semanas que apenas tengo ánimo para levantarme de la cama? – exigió saber, alzando cada vez más la voz – No digas que lo comprendes, porque no sabes lo que es eso. ¡Tú no eres actor!
-Está bien, cálmate, no grites – le pidió Miroku con cautela, sacando de dentro de sí mismo su pequeño rol de relaciones públicas y rezando para que nadie estuviese grabando o sacándole fotos a su cliente – Tienes razón, no soy actor. El actor eres tú. Tú eres el profesional que se supone que sabe hacer esas cosas, el que domina el arte de sobreponerse a uno mismo y meterse en la piel de otra persona completamente distinta, con emociones también distintas. ¿Me equivoco?
A Inuyasha se le tensó la mandíbula y se le endureció la mirada. No tenía argumentos para replicar ni tampoco ganas de hacerlo, de modo que se levantó de mala gana.
-Me largo. Dile a Tanaka que el día que tenga a su mujer hecha un trapo en la UCI, podrá venirme con exigencias.
-Kagome no es tu mujer, Inuyasha - le recordó con el ceño fruncido, herido por los modales que había tenido que aguantar siendo sólo el mensajero.
-¡Keh! Qué sabrás tú…
-Está claro que por parte de ti, nada.
Inuyasha se detuvo en seco cuando ya le había dado la espalda. No dijo nada durante unos segundos, asimilando ese reproche tan significativo. Se giró para estudiar la expresión seria de Miroku, y nada más verla e interpretarla, resopló con frustración.
-No tengo la más mínima intención de ponerme a chismorrear contigo sobre algo que al parecer ya sabes – bufó fastidiado cuando el otro hombre le miró con una ceja levantada - No pongas esa cara de estúpido, ¿o es que piensas que lo soy yo? Sango ya te lo habrá contado todo.
-¿Contado el qué? – inquirió, poniéndole a prueba sin duda alguna.
-Olvídalo.
Sin añadir nada más, Inuyasha salió de la hamburguesería. Miroku dejó caer la espalda en el respaldo y miró hacia el techo, recuperándose del asalto. Hacía demasiado que Inuyasha estaba así de intratable, y cada vez era más difícil tener paciencia con él. Como también era complicado superar el hecho de que su amigo siguiese sin confiarle ciertas cosas de las que había tenido que enterarse por otra persona. Suspiró dolido por eso, y pensando en las últimas palabras que había oído. Sí que sabía lo que le pasaba a Inuyasha con respecto a Kagome, pero porque lo llevaba escrito en la frente, no por los hechos que Sango efectivamente le había contado sobre lo sucedido entre ellos.
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Cuando el Lexus estuvo aparcado dentro del garaje, una vez la puerta automática se hubo cerrado y el motor estuvo apagado, Inuyasha se cubrió la cara con las manos, arrastrando un resoplido de puro agotamiento. Al paso que iba, tendría que pedirle cita al médico para que le recetara algo para dormir. Los ojos le picaban y los párpados le molestaban por la falta de sueño. La cabeza le dolía horrores, aunque aquello podría deberse también a su estado permanente de agitación, y a los pensamientos obsesivos a los que no podía parar de dar vueltas.
Se destapó el rostro con mala uva y se apoyó en el reposacabezas. Si bien había reaccionado a la defensiva ante ese asunto laboral que su mánager le había comentado, se había calmado considerablemente durante el paseo nocturno que hubo de la hamburguesería al coche, y después durante el trayecto al volante. Conducir siempre había sido como un bálsamo para él, era ese ritual de meditación que le ayudaba a tranquilizarse y a ver las cosas con perspectiva. En el fondo sabía que esa situación no podía prolongarse mucho más tiempo. Mejor pronto que tarde, tendría que retomar su carrera y su trabajo, sintiera como se sintiera y pasara lo que pasara, ya que había muchas personas involucradas en el proyecto que dependían de él.
Miró distraídamente hacia su derecha y tragó duro al ver su otro coche, el agresivo Porsche negro, aparcado junto al crossover que ahora estaba ocupando. La primera vez que dejó el hospital después del accidente, Miroku le había visto tan descompuesto que no le creyó en condiciones de conducir, de modo que había insistido en llevarle a casa y luego volver con un taxi. Era un acierto que hubiese tenido esa ocurrencia, pues cada día que pasaba Inuyasha tenía más claro que no hubiese sido capaz de volver a ponerse al volante de ese coche. De hecho, desde entonces no había vuelto a usarlo. No podía. Cada vez que pensaba en hacerlo, sentía un rechazo inmediato que le hacía descartar la idea, y sabía por qué: demasiado horror asociaba su cerebro con ese vehículo.
No pudo evitar fijarse en el volante. Miroku o bien el celador a quien se lo había cedido, había tenido la delicadeza de limpiarlo pero aun así, Inuyasha seguía viéndolas cada vez que enfocaba su vista ahí: esas manchas rojas mordaces. La sangre de Kagome. Sacudió la cabeza, intentando desconectar de esos dolorosos recuerdos, los pocos minutos que su tortuosa mente le permitiese y salió del coche.
Una vez en el salón, se dejó caer en un sillón y se apalancó perezosamente. Miró el sofá de soslayo, y al instante bufó con los ojos cerrados. Otra cosa que también le daba reparo usar, tanto que a ese paso sabía que acabaría cambiándolo por uno nuevo. No había tenido ningún conflicto emocional por utilizarlo los dos meses posteriores a haber tenido sexo con Kagome en él, pero después de esa noche de revelaciones por parte de ella y de saber lo que había significado ese íntimo encuentro para la muchacha, así como las terribles conclusiones erróneas a las que ella había llegado, era como si su inconsciente evitara el escenario del crimen a toda costa. Se odiaba a sí mismo por haberle hecho daño, y el que hubiese sido intencionado o no, le parecía irrelevante.
Su móvil de última generación le sacó de sus ensoñaciones masoquistas cuando casi se había quedado dormido. Masculló una palabrota y extrajo de los vaqueros el aparato extraplano y con la pantalla tan grande que cabía en esos bolsillitos de milagro, para después sentir que la estupefacción le despertaba de golpe al ver quién le llamaba.
¿Cuánto tiempo hacía que no se hablaban? O de forma directa al menos, no a través de su mánager por temas estrictamente laborales. No le hizo falta hacer mucha memoria, ya que le fue fácil recordar aquél duro episodio, el de la que fue la confrontación que más hondo le había calado en toda su vida. ¿Se atrevería a contestar? ¿Se lo merecía esa persona, acaso? Finalmente le pudo la curiosidad y deslizó el dedo de izquierda a derecha para atender la llamada. De inmediato sintió que todo su ser se ponía a la defensiva, y que por instinto volvía a ponerse el disfraz receloso del rencor.
-Tú dirás – se limitó a decir con neutralidad en cuanto tuvo el teléfono apoyado en la oreja.
-¿Inuyasha? Hola – le saludó una descolocada voz masculina al otro lado de la línea - Vaya, creí que no me cogerías el teléfono…
-Si era un farol no hay problema, te cuelgo y…
-¡No, no cuelgues! Por favor.
Inuyasha soltó aire por la nariz como un rinoceronte cabreado. Aquello fue lo único que le hizo saber a su interlocutor que seguía ahí, pues él no añadió ninguna palabra. No tenía nada que decir. Y ante eso, el otro suspiró.
-Hacía mucho que no hablábamos, ¿eh?
-No me vengas con hipocresías fraternales. Si Miroku no te coge el teléfono, llámale mañana, dudo mucho que sea tan urgente.
-No es por trabajo que te llamo, es sólo que…me he enterado de lo de Kagome. Lo siento. De verdad que lo lamento, Inuyasha.
El aludido sintió que se le contraían todos los músculos de la cara, que los dedos se le crispaban sobre el móvil, y que la rabia brotaba en el centro de su pecho.
-No está muerta, Sesshomaru.
Odiaba que todo el mundo le dijera lo mucho que lamentaba la suerte de su asistente cuando se enteraban de lo que le había sucedido. Le ardía la sangre en las venas cuando la gente la daba por muerta al saber de su estado de coma. Le entraban ganas de gritar cuando les veía en sus estúpidas caras de consecuencia la verdad que él mismo se negaba a aceptar: que cada día que pasaba sin que Kagome despertara, las posibilidades de que lo hiciera eran menores. Y si encima era su hermanastro el que asumía esa desquiciante actitud…De repente sintió que necesitaba romper algo y miró a su alrededor en busca de una víctima material, pero Sesshomaru le distrajo al contestarle rápidamente con tono de disculpa:
-Ya, ya, lo sé, perdona. Quiero decir que lamento la situación. Es una gran chica.
-No la conoces – replicó fríamente, más para sabotear el discurso conciliador del otro hombre que porque tuviese algo relevante que aportar con su intervención.
-He tratado con ella lo suficiente como para saber que es una bellísima persona…y para darme cuenta de que os tenéis en mucha estima. Te he llamado para preguntarte cómo estabas, porque me han dicho…
-Estoy bien. Gracias – interrumpió seco, deseando dar por terminada esa conversación de besugos.
-Gracias a ti por corroborarlo, pero… a mí me ha llegado que estás pasándolo muy mal, y estaba preocupado.
-¿Quién mierda te ha dicho eso? Como sea Miroku… - empezó a farfullar, apretando el puño libre.
-No, no la tomes con Miroku porque no ha sido él.
Inuyasha frunció el entrecejo, con la mente trabajando a toda velocidad, y a los pocos segundos cayó. Nada más comprender la situación, serró los dientes airado.
-Tanaka, maldito bastardo… - espetó con veneno - ¿A eso os dedicáis los directores en vuestro tiempo libre? ¿A cotorrear sobre las desgracias ajenas?
-Sólo me llamó para preguntarme si sabía algo de ti, porque Miroku hace mucho que le está dando largas con la película. De hecho, fue así como me enteré de lo de Kagome, he estado fuera unas semanas y…
- ¡¿Ese calvo de mierda te ha utilizado para llegar a mí?! – vociferó, incorporándose de golpe en el sillón por el enfado.
-No, cálmate. Está preocupado.
-¡Sí, por sus asquerosos sacos de billetes! – hizo una pausa, conteniéndose de soltar mil maldiciones. Se desordenó el flequillo entre los dedos y siseó - ¡Mira, acabo de comerme un sermón de Miroku y no pienso aguantar ni uno más! Vosotros ganáis, dile a ese engendro que mañana estoy en plató, pero como oiga una sola queja de que no lo hago con una sonrisita en la cara, cogeré y me largaré.
-Inuyasha, te prometo que no te he llamado por eso…Quería saber de ti, nada más – musitó Sesshomaru abatido, con la voz apagada de quien daba una batalla por perdida.
-Misión cumplida, entonces. Buenas noches.
Y dicho esto, colgó y arrojó el móvil sobre el sofá. Apoyó los codos en sus rodillas y la frente en sus manos, con la respiración acelerada por la cólera. Si ya de por si estaba muy susceptible últimamente, esa conversación tan poco bienvenida e inesperada le había sacado de sus casillas. Hacía años que no se hablaba con ese hombre, y tenía que hacer acto de presencia justo en ese momento…
Sintiendo la imperiosa necesidad de moverse para liberar su agitación, se dirigió a la cocina para beber un vaso de agua. Una vez dejó la pieza de cristal azul en el fregadero, se dispuso a salir otra vez de la estancia pero sus ojos se quedaron mirando las botellas del mueble bar. Hizo una tentativa, su alma atormentada le suplicó un respiro y estuvo a punto de ceder, pero terminó siseando y desechando la idea. Había tenido arrebatos de emborracharse para evadirse de la pesadilla que estaba viviendo, pero cada vez que se había dispuesto a ello, dos cosas se le habían pasado por la cabeza: la primera, que a Kagome le decepcionaría despertar y verle convertido en un alcohólico; y la segunda, que la última vez que se emborrachó, la consecuencia había sido tenerla para justo después perderla. Había bebido alguna que otra copa de vino después de eso en algún evento social, pero jamás se arriesgaba a perder la sobriedad, como si no quisiera darle al alcohol la oportunidad de arruinar más cosas en su vida.
Se arrastró escaleras arriba y sin molestarse en ponerse el pijama, se dejó caer en la cama, donde debido a lo enfadado que estaba tardó todavía más de lo normal en dormirse. Luego soñó que salía de noche al jardín siguiendo la voz de Kagome llamándole, y que al encender las luces de exterior, el cuerpo sin vida de ella le recibía tirado en las baldosas de piedra.
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Al día siguiente, con no más de tres horas de sueño asimiladas en el cuerpo, se encontró con una llamada perdida y un mensaje de Miroku en cuanto recuperó el móvil en el piso de abajo.
"Ya me he enterado de que vas a ir a trabajar hoy. Me alegro. No vayas a los estudios, se ve que van a aprovechar que estás para ir a grabar las escenas del parque Kasumigaura, de Tsuchiura".
Inuyasha chasqueó la lengua, fastidiado, cuando su hipótesis le fue confirmada: Sesshomaru y Tanaka se habían compinchado. El primero había contactado al segundo anoche después de su conversación, y luego Tanaka con Miroku para hacerle llegar la confirmación de que estaba dispuesto a volver a los rodajes. O quizá Sesshomaru había llamado directamente a Miroku. Fuera cual fuera el tejemaneje, se sentía como un niño bobo con tres canguros.
Descartando de nuevo el Porsche, condujo el Lexus algo más de una hora hasta la ubicación que le había sido indicada. Durante ese tiempo, encendió y apagó la radio, bajó y subió las ventanas, se puso y se quitó las gafas de sol, intentando encontrar una mínima sensación de comodidad que parecía evadirle. Estaba inquieto y sabía por qué: era la primera vez después del accidente que se alejaba tanto de la vulnerable víctima. Apretó el volante desfogando su tensión, intentando no pensar en que ese iba a ser el primer día en que no iba a ir al hospital para custodiar a Kagome, el primero en que ella no le oiría hablarle junto a su cama. ¿Ella notaría su ausencia? ¿Y si pasaba algo mientras él no estaba allí? Le embargaba una sensación de falta de control muy, muy agobiante, y rezó para que el enorme esfuerzo que tendría que hacer para cumplir bien con su trabajo fuera suficiente para distraerle de esa compulsión.
Cuando llegó a su destino no le costó encontrar al equipo, considerando que estaba compuesto por muchas personas y muchísimo material que no ocupaba poco espacio precisamente. No tuvo que preguntar demasiado al resto de visitantes del parque para localizar a su grupo. A medida que se acercaba al montaje, sus compañeros fueron dándose cuenta de su presencia y algunos le saludaron con una sonrisa, otros también pero con una cara más cautelosa, y unos pocos se pusieron a murmurar entre ellos. Estaba claro que las noticias sobre su asistente se habían esparcido como la pólvora. Rodó los ojos, expresando lo que opinaba de su mala educación, pero siguió andando decidido hacia un hombre que llevaba pantalones de pana y camisa, que tenía la cabeza afeitada, y que estaba de brazos cruzados y de espaldas hablando con un cámara. Al verle acercarse, el segundo le hizo una señal discreta con la barbilla al director, que se dio la vuelta y le dedicó una aliviada sonrisa.
-¡Inuyasha! – exclamó contento al verle y le tendió una mano – Me alegro mucho de…
-Eres un hijo de perra– le espetó con la voz y la mirada heladas.
-Yo también me alegro de verte, amigo – puso los brazos en jarras para disimular lo ridículo que se había sentido cuando el otro había ignorado deliberadamente su gesto.
-¿Cómo pudiste utilizar a Sesshomaru para…?
-No me dejaste otra opción. Hay muchos millones en juego, y el tiempo corre en nuestra contra. Entiendo tu situación, pero…
-Tú no entiendes una mierda, sólo te importa el maldito dinero.
-Oye, tengamos la fiesta en paz, ¿quieres? Por el bien de todos. ¿Cómo está Kagome?
-Postrada. En la UCI, que es donde yo debería estar. Pero gracias a ti y a tus intereses, estoy aquí y quiero acabar cuanto antes.
-De acuerdo, de acuerdo… - aceptó pasándole un brazo por los hombros e incitándole a ir hasta la zona donde trabajaban los esteticistas - Venga, ve a cambiarte, y espero que hoy esté la maquilladora buena, porque estás horrible.
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Después de una jornada interminable, en la que tuvo que hacer de tripas corazón para tragarse todas sus preocupaciones y su estado de ánimo deprimente con tal de dar todo de sí actuando, al fin el vanidoso Renkotsu Tanaka dio por finalizada la sesión. Inuyasha se arrastró hacia el rudimentario camerino que le habían habilitado y se quitó la peluca, los ropajes medievales y el maquillaje. No podía negar que ese día se había sentido un poco mejor. Había estado tan metido en la oscuridad de su propio pozo que había descuidado lo demás, hasta el punto de olvidar lo mucho que le llenaba su trabajo. Le había distraído y calmado lo suficiente como para que ahora se encontrara impaciente por volver a la clínica, pero por lo menos no peleado con el resto del mundo. Y al final, Renkotsu había aprovechado su – textualmente - "cara de alma en pena" para cambiar los planes a última hora y grabar las escenas dramáticas, que según él habían quedado de fábula.
"Maldito insecto oportunista…".
Después de recoger todas sus cosas, se despidió del grupo y se dispuso a dar el correspondiente paseo junto a los lagos hasta su coche, pero se detuvo cuando oyó una voz femenina llamándole por su nombre. Volteó con expresión cansada para ver cómo se acercaba a él una joven bajita, vestida de negro y con unos auriculares bastante grandes acomodados en el cuello, pues formaba parte del equipo de sonido. Le resultaba muy familiar y agudizó la mirada, estudiándola. Tenía el pelo largo y una expresión muy dulce. De inmediato cayó en por qué le sonaba, pero…¿quién había sido esa? ¿La del jacuzzi? ¿La de la ducha? ¿O tal vez la de la piscina? Tenía que ver con agua, eso seguro.
-¡Hola! Eh… - balbuceó, bloqueado, cuando la tuvo frente a él.
-Shima – le ayudó la chica, demasiado embelesada y hechizada por sus encantos como para sentirse ofendida.
-Shima, claro. Me acordaba, ¿qué te crees? – le contestó, sonriéndole con amabilidad y mintiendo como un bellaco - ¿Cómo estás?
-¡Bien! ¿Y tú? – le preguntó alegremente.
-He tenido momentos mejores, pero voy tirando – contestó, conteniéndose de arrugar la nariz por lo mucho que solían irritarle las conversaciones banales. Además, nunca era un buen momento para tener una con un ligue de una noche, y cambió el peso de una pierna a otra por la incomodidad. Qué dura era la vida de playboy…
- Bueno, me alegro - al parecer, Shima era de las pocas personas de su círculo que no se había enterado de las desgracias de su asistente, y estaba tan harto de lidiar con preguntas comprometidas que una parte de él lo agradeció - ¿Ya te vas? Es que hemos dicho de hacer todos una cena hoy…¿Te quedarías?
Él negó con la cabeza, echando un vistazo impaciente al camino de tierra que había empezado a recorrer antes de que la chica le detuviera, disimulando a duras penas las ganas que tenía de que le dejaran largarse de una vez por todas.
-Ya me lo han dicho, pero creo que voy a pasar esta vez.
-Bueno, si no te apetece estar en comunidad, podemos…hacer algo por nuestra cuenta – le propuso, mostrándose primero tímida, y luego coqueta cuando le lanzó una mirada sugerente.
El Inuyasha del otoño anterior se hubiese lanzado sobre ella como un tigre. Él no era de los que les importaba repetir con la misma persona, si la mujer le atraía estaba abierto a todo, y después era extremadamente fácil dar largas si era necesario. Pero el Inuyasha de entonces sólo podía pensar en lo poco que le llamaba ese plan que se le estaba proponiendo. No había estado muy receptivo para el sexo casual últimamente, de hecho se había encamado con pocas mujeres ese invierno, para después haberse sentido insatisfecho y hasta un poco vacío. Había debutado en esa desmotivante sensación con Tsuyu, y desde entonces su arrebato temporal de cazador de hembras había ido decreciendo en intensidad paulatinamente, volviendo a ser poco a poco el que era antes de su ruptura con Kikyo.
-Suena muy bien, pero de verdad que no puedo.
-Vaya, qué pena…¿y estarías libre el sábado? – inquirió Shima, pero antes de que el hombre pudiese ingeniarse otra excusa, frunció un poco las cejas y le echó un vistazo a su mochila - ¿Esto que suena es tu teléfono?
Inuyasha agudizó el oído y comprobó que ella tenía razón. Agradeciendo a una divinidad anónima por haberle librado de esa, se disculpó con la muchacha - que se despidió de él y se alejó decepcionada - y se apresuró a buscar el móvil. Estaba convencido de que se lo había dejado en el coche esa mañana, despistado por las ganas que tenía de encarar al impresentable de Renkotsu, y había renunciado a consultarlo durante las pausas del rodaje por creer que no lo llevaba encima. Cuando al fin lo encontró, descolgó y se lo puso en la oreja rápidamente.
-¿Quién es? – más que preguntarlo, exigió saberlo después de haber visto que era un número oculto, porque así era como solía ponerse en contacto con él el personal de la clínica.
-Señor Taisho, soy el doctor Suikotsu. Me han llegado novedades.
El corazón de Inuyasha se detuvo. Las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Sentía una enorme necesidad de cuestionar qué había ocurrido de nuevo, pero el miedo a saberlo le atenazó el cuerpo. Ante su acongojado silencio, el médico se tomó la libertad de proceder con sus noticias:
-Kagome ha despertado hace unas horas.
Continuará…
Bien, este ha sido un capítulo de transición. Los últimos dos habían sido bastante intensos, y aquí hay que meter un poco de todo, ¿no os parece?
Muchas gracias a todas los que os habéis preocupado y me habéis mandado vuestros deseos. Quiero que sepáis que ya estoy mejor, y que me alegro de haber podido cumplir con los tiempos de entrega de siempre (una vez a la semana aprox), a pesar de todo. Sois geniales y os adoro.
¡Un abrazo, hermosas!
Dubbhe
