CAPÍTULO XVII - TREGUA

Kagome observó a su alrededor con curiosidad, estudiando el aspecto de la que sería su habitación durante un buen número de días, pero sin olvidarse de hacer los movimientos de cuello tan delicados como fuera posible, por recomendación de los doctores. Las paredes estaban revestidas en paneles de madera, la cama era individual pero generosa para ser de hospital, el sofá donde estaba sentada su madre parecía muy cómodo, y los amplios ventanales llenaban la estancia de luz. Era la última planta, por lo que las vistas de la ciudad desde ahí eran espectaculares.

-Cariño, no hagas esfuerzos, ya te han paseado bastante por hoy… – le pidió Ujiko, alarmada por nada. Se levantó y le puso una mano en la frente, como si quisiera persuadir a la chica para que volviera a recostar la cabeza.

-Estoy bien, mamá – aseguró con paciencia, sonriéndole para tranquilizarla y alcanzando el mando de la cama para incorporar el respaldo. Estaba agobiada de tanto estar estirada.

Vio como su progenitora la miraba contrariada y ponía esa cara tan suya de estar mordiéndose la lengua para no ponerse pesada. Kagome valoró esa consideración más que nunca, pues no había que ser madre para entender sólo la mitad de lo mal que tendría que haberlo pasado la pobre mujer. Se le encogía el corazón sólo de pensarlo. Para ella había sido un abrir y cerrar de ojos, pero Ujiko sin duda habría vivido un infierno.

-Su hija es una muchacha muy fuerte, señora – comentó la sonriente enfermera que estaba pinchando un medicamento en uno de los sueros colgados al lado de la cama – Su cuerpo es a prueba de balas, no hay de qué preocuparse.

Las dos mujeres le sonrieron. Ese trato tan cercano y humano le venía de perlas a Kagome para romper un poco ese estado de agitación incrédula que todavía llevaba encima, teniendo en cuenta que asimilar que había estado medio mes en coma no había sido fácil. De hecho, ya habían pasado horas desde que había abierto los ojos, pero aun así tenía la sensación de que todavía estaba procesándolo todo. Le resultaba surrealista el hecho de que su cuerpo hubiese podido estar "dormido" tanto tiempo.

Había despertado sobre las nueve de la mañana, estando su madre al lado de la cama y fue ella quien avisó al equipo médico. Permaneció en la UCI hasta después de la hora de comer, vigilada de cerca y recibiendo mil pruebas que ponían a prueba sus reflejos y el estado general de su cuerpo. Las apreciaciones fueron tan positivas que a las tres de la tarde se descartó el peligro inmediato y se decidió trasladarla a planta. Cuando la habían sentado en la silla de ruedas – ya que descubrió que no mantenía bien el equilibrio de pie - y la habían paseado por el servicio para sacarla de ahí, no había podido evitar fijarse en los otros pacientes y en el mal aspecto que tenían, y preguntarse si ella había tenido las mismas pintas todo ese tiempo.

En un inicio la habían llevado al tercer piso, donde fue instalada en una habitación compartida, con una abuelita entrañable al lado que le contó la historia de su vida. No obstante, no llevaba ni tres horas allí cuando apareció un camillero joven con otra silla de ruedas, anunciándole que había habido un error al ubicarla y que se la llevaban a otra ala. Ni Kagome ni Ujiko le dieron importancia, pero cuando las puertas del ascensor se abrieron y les mostraron un pasillo que parecía más el de un hotel que el de un hospital, Kagome resopló y se puso una mano en la frente, cerrando los ojos por la magnitud del bochorno.

-Lo voy a matar – farfulló en un lamento, comprendiendo lo que estaba pasando.

-¿Qué ocurre, cielo? – había preguntado su inocente madre, quien todavía no había atado cabos.

Pero Kagome no tuvo tiempo de contestarle, porque un señor de unos cuarenta años de cara afable que había estado charlando distraídamente en el panel de enfermería con el resto del equipo, se apresuró por el pasillo hacia ellas para recibirlas.

-Buenas tardes, señorita Higurashi. Le pido mil disculpas por el descuido de los administrativos, esperamos que se encuentre cómoda en esta planta más adecuada para usted – la saludó, ofreciéndole la mano. Kagome se la estrechó con educación pero sintiéndose algo incómoda. Era raro para alguien de clase humilde como ella, el que la consideraran tan bienvenida en lo que parecía ser la planta VIP del hospital – Soy el doctor Takeda, su neurólogo.

Kagome tuvo que soportar la tentación de poner los ojos en blanco. En la tercera planta donde estaba la gente "normal" había esperado horas sin verle el pelo a su médico, pero ahora que estaba en la zona de privilegiados ya no sólo se apresuraba en visitarla, sino que además parecía que formaba parte del comité de bienvenida. Estaba claro que el maldito dinero movía el mundo…

Takeda estrechó también la mano de Ujiko y guió al camillero hasta la habitación dieciocho, que estaba al final del pasillo. Una vez allí, el mismo chico que la había llevado allí la ayudó a meterse en la cama, mientras una enfermera iba colgando sueros de las perchas que se alzaban justo al lado, conectándolas después a la vía de acceso venoso que Kagome todavía llevaba puesta en el dorso de la mano. Después de ojear los papeles que llevaba en las manos, y de esperar a que la paciente estuviese bien instalada antes de abordarla, el médico le sonrió y empezó con su papel.

-En fin, Kagome, el intensivista me ha dado el parte y la verdad es que tu pronóstico es muy, muy alentador. Tendremos que hacerte algunas pruebas más, pero los reflejos están recuperándose favorablemente y tus funciones viscerales también. No hemos encontrado signos de secuelas, al menos por ahora. Lo que vamos a hacer es tenerte unos días más ingresada para asegurarnos de que estás fuera de peligro, y sobre todo vigilaremos muy de cerca esa cabecita – puntualizó, haciendo un gesto con el boli señalando su cabeza - Has estado en coma dos semanas, de modo que estarás aquí más o menos el mismo tiempo, pero de todas formas lo iremos viendo sobre la marcha en función de como evoluciones. ¿Tienes alguna pregunta?

-Sólo una.

-Dime.

-¿Cuándo ha llamado el señor Taisho? – cuestionó, lanzándole una mirada acusadora.

La sonrisa amable se congeló en los labios del médico, que intentó disimularlo tan bien como le fue posible pero la improvisación le salió fatal, y lo único que se reflejó en su descolocado rostro fue una mueca extraña. A Ujiko se le escapó una risita, hasta tuvo que ponerse los dedos en la boca y mirar hacia otro lado.

-No es a mí a quien debería hacer esa pregunta. Yo me limito a atender a los pacientes que se me asignan – contestó el galeno con serenidad apenas lograda.

-¿Le ha dicho él que dijera algo como eso?

-Kagome, insisto en que me mantengo al margen de esos asuntos, yo sólo he venido a hacer mi trabajo. ¿Puedo?

La aludida inspiró hondo, relajó la expresión y se acomodó en el respaldo de la cama, que ahora estaba lo máximo de inclinado hacia adelante y hacía más de sillón que otra cosa. Ese señor era demasiado profesional para ponerse borde, y más con una paciente al parecer destacada, pero sus ojos verdes le decían que si seguía presionándole terminaría por cabrearlo y de nada le serviría eso. De todas formas, tarde o temprano la respuesta a sus preguntas aparecería por sí sola.

-Sí, por supuesto – dijo cansada, rindiéndose – Disculpe mi indiscreción.

Takeda negó como para quitarle importancia, habiendo recuperado la sonrisa calma.

-Bien, ahora haremos un pequeño ejercicio de memoria. Algunos pacientes sufren amnesia al recibir un golpe en la cabeza tan grave, y me gustaría poner a prueba hasta qué punto esto puede haberte afectado. ¿Vamos allá? – la chica se limitó a asentir – ¿Has ido acordándote de cosas a lo largo del día, que al despertar no te constaban?

Kagome volvió a afirmar con la cabeza, y sus párpados se entrecerraron un poco en señal de concentración.

-Pues sí…cuando me he despertado sólo recordaba hasta después de comer, más o menos. Después he ido recordando parte de la tarde.

-De acuerdo, cuéntame qué hiciste esa tarde – le propuso empezando a tomar notas.

-Recuerdo haber ido a hacer un recado, y después al cine con un amigo – narró progresivamente, a medida que iba haciendo el pequeño esfuerzo que se le pedía.

-¿Qué película visteis?

-Una comedia romántica que no me acuerdo de cómo se llamaba, pero sí recuerdo el argumento.

-Bueno, eso está bien. ¿Y luego fue cuando cogiste el coche?

Kagome negó y se mordió el labio por un momento, ya que ahí era cuando la primera laguna esta haciendo acto de presencia.

-No, diría que…me desplacé en transporte público, y luego sé que mi acompañante me llevó de vuelta a casa de mi madre. Además que sé dónde me accidenté, y ahí tenía que haber ido expresamente porque está en las afueras.

-¿Sabes qué habías ido a hacer ahí?

-Bueno, es la carretera que lleva a la urbanización donde vive mi jefe. No se me ha perdido nada más allí, que yo sepa – explicó, encogiéndose de hombros y sin poder evitar reprimir un suspiro - Recuerdo que ese día quería tener una conversación con él, pero…ni siquiera me acuerdo del trayecto de ida. Lo que digo es sólo por deducción.

Takeda frunció los labios mientras iba escribiendo todo lo que oía en sus apuntes. Hablaron unos pocos minutos más, pero en vista de que más allá de ese punto Kagome no lograba evocar más memorias, terminó concluyendo que la amnesia sólo afectaba a las últimas dos horas antes del accidente aproximadamente y que aquello era algo muy bueno, teniendo en cuenta que algunos pacientes olvidaban a sus seres queridos y hasta su propia identidad.

Una vez el médico terminó con la visita y se despidió, Kagome se dedicó a hacer llamadas el resto de la tarde. Empezó con su hermano, que se había quedado a cargo de una amiga de la familia, y que usó el móvil de ésta para poder hablar con su hermana, entusiasmado por haber pasado tantos días sin saber de ella. Ujiko no le había contado nada acerca del estado de Kagome, en un deseo de proteger a su pequeño niño de sufrir más dolor del que ya llevaba encima esa temporada. Luego llamó a Sango, a Miroku, a Kaguya, a Ayame y a Koga. Todos se llevaron una enorme alegría al oír su voz por sorpresa, y se mostraron pletóricos por las buenas noticias. Tuvo que decirles a todos que estaba muy cansada, que había sido un día muy raro y muy duro, y que necesitaba estar sola para procesarlo todo, con tal de evitar que se presentaran ahí inmediatamente. Le supo muy mal pedirles eso con lo mucho que sabía que se habían preocupado por ella, pero se sentía tan desbordada que decidió ser egoísta por una vez en su vida. Todos lo comprendieron y le prometieron visitarla al día siguiente.

Justo cuando colgó el teléfono después de su conversación con Ayame, los dedos de la muchacha se quedaron acariciando la pantalla con aire taciturno. Sólo le quedaba una persona por llamar, y ya se le habían acabado las demás a las que había ido pasando por delante. No tenía más pretextos para aplazarlo. Aquello no tenía nada que ver con el rencor esa vez, no era tan desgraciada como para seguir siendo tajante con su jefe en unas circunstancias tan vitales como esas, y aun menos teniendo en cuenta que él se había hecho cargo de todos los gastos con tal de que estuviera atendida por los mejores profesionales. Había estado a punto de morir, y aquello se sobreponía obviamente a sus desgracias amorosas. Aunque afirmar que el contactar con él sería por pura consideración, sería a su vez una mentira absurda.

Quería ver a Inuyasha. Había estado muy cerca de no poder volver a hacerlo, y su corazón le suplicaba verle una vez más. Lo deseaba con tanta fuerza que el sólo pensamiento de oír su voz le aceleraba las pulsaciones. La expectativa la ponía tan nerviosa que el estómago se le encogía. Paradójicamente, había atrasado el momento porque las ganas de vivirlo eran tan arrolladoras que la intimidaban.

Su pulgar se desplazó sobre el móvil, lista de contactos abajo. Cuando vio el nombre suspiró de forma apenas disimulada, pero justo entonces sintió encima de ella una mirada penetrante. Cuando ladeó la cabeza con el corazón latiéndole mil veces más rápido que hacía un minuto, ya sabía a quién se encontraría.

Los ojos de Inuyasha la observaban casi aturdidos, como si estuviesen viendo un espejismo. Después de haber vuelto conduciendo como un loco desde Kasumigaura y medio corrido por los pasillos del hospital, se había quedado irónicamente petrificado al llegar a su destino final. El dorado y el castaño conectaron de una forma tan potente que el aire se enrareció. Él, pasmado por tenerla despierta ahí delante, tan…viva.

Y por su parte, el mundo de Kagome se derrumbó en un segundo cuando mil imágenes empezaron a bombardearla, a rellenar su mente como si la mirada de él hubiese sido una chispa detonante.

"¡La maldita verdad es que sí, estaba y sigo estando muy enamorada de ti!"

Si hubiese estado de pie, habría caído de rodillas al suelo, desbordada por ese recuerdo traicionero que no se había dignado a aparecer hasta el último momento. Sintió que podría estallar en llamas cual ave fénix por el calor que se apoderó repentinamente de su rostro, sólo que en ese caso preferiría permanecer como cenizas neutras para siempre con tal de no afrontar esa situación tan comprometedora. Ella había…¿de verdad lo había hecho? "Se lo dije. ¡Se lo dije, joder! Dios, dios, dios…". Recordarlo era como volver a vivirlo, y ya no sólo su histérica declaración. También evocó el silencio rompedor de él, ese silencio que había sido como un libro abierto y que a pesar de ya suponerlo antes de abrir la boca, había terminado de inyectar a su maltrecho corazón el veneno del amor no correspondido.

-¡Inuyasha! – exclamó Ujiko al darse cuenta de su presencia, ajena al remolino de pavor de su hija. Dejó de inmediato la revista que había estado ojeando y se acercó a él para darle un abrazo - ¡Así que te has enterado de la buena noticia! Qué bien. ¡Te he llamado muchas veces!

Inuyasha tragó duro y al fin sintió que recuperaba un poco la voz, pero no la capacidad de quitarle los ojos de encima a la chica que ya había desviado los suyos, cohibida y ruborizada hasta un punto en que no recordaba haberla visto nunca.

-Sí, es que…Estaba trabajando, no he podido estar pendiente – se justificó, y no era ninguna mentira. Después de que Suikotsu colgara, había visto que tenía muchas llamadas perdidas de la mujer desde hacía muchas horas. Había maldecido en mil idiomas distintos, tanto que había llamado la atención de los compañeros que le rodeaban, antes de echar a correr hacia el coche.

-Lo importante es que estás aquí, ¿verdad Kagome? Qué alegría verte, querido.

Ujiko se giró hacia su hija y se sorprendió al encontrársela mirando las sábanas fijamente, con las facciones desencajadas como si acabara de ver un poltergeist. Volvió a mirar al actor y sólo entonces se dio cuenta de la seriedad que reflejaba su rostro. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que estaba de más.

-Bueno, si me disculpáis, voy a bajar a cenar…Tendréis mucho que contaros.

Dicho eso, salió de la habitación a paso rápido con una misteriosa sonrisa en los labios, de esas que sólo ponía cuando pensaba en cosas de madres, y tuvo la delicadeza de cerrar la puerta detrás de ella. Cuando al fin se quedaron solos, Inuyasha apretó los puños pero no tardó ni un segundo en acercarse a la cama. Se había recuperado del shock inicial, de esa noticia que había puesto fin de repente a la pesadilla que había vivido durante tantos días, y ahora necesitaba compulsivamente hacer una cosa que el cuerpo le pedía como un desesperado.

-Inuyasha…Hola, ¿cómo…? – balbuceó Kagome nada más percibir que él se acercaba, sintiéndose torpe. ¿Qué estúpida cara tenía que ponerle a un hombre del cuál lo último que recordaba era que le había dado calabazas?

Pero su penoso tartamudeo fue interrumpido cuando él se sentó a su lado, básicamente porque terminó de quedarse sin voz en cuanto se vio impulsada hacia él. Inuyasha la atrajo poniendo las manos en sus brazos con tanto cuidado como le fue posible, consciente de su fragilidad como si creyera que en cualquier momento podría romperse, y la abrazó contra su pecho de forma muy estrecha, hundiendo la cara en el hueco de su cuello y en sus cabellos.

Kagome se quedó inmóvil, habiendo sido pillada por sorpresa completamente. El corazón le latía tan fuerte que le dolía, su rostro permanecía caliente y no pudo evitar que el cuerpo le temblara. Cerró los ojos cuando le llegó a la nariz ese perfume masculino que ya conocía bien, y que la alteraba sobremanera porque lo asociaba con él. Un par de hilos de humedad caliente la sacaron de la nube rosa en la que se había subido, cuando los recibió encima de la piel de su cuello. Y entonces abrió los ojos, soltando un pequeño jadeo silencioso de asombro.

-¿Inuyasha? – susurró, incrédula.

-Tenía tanto miedo… – murmuró, ronco. Esa frase corta fue suficiente para que su tono de voz delatara lo que le estaba pasando. Kagome tragó saliva, perdiendo poco a poco la rigidez y sintiendo que de repente la embargaba la ternura – Creía que…

-Tranquilo…Estoy bien… - pronunció con suavidad, mientras poco a poco se armaba de valor para devolverle el abrazo. Ladeó la cabeza para acomodarla en su hombro y volvió a cerrar los ojos. Sabía que no podía permitirse hacerse ilusiones y que después el recuerdo de ese íntimo momento le dolería, pero comprendió que aquello no podía compararse con lo que él, o cualquiera de los de su círculo que la quería, había pasado.

Para ella todo se había resumido en un abrir y cerrar de ojos, había sido como quedarse dormida, y al despertar ser consciente de lo que le había confesado al hombre que ahora lloraba y temblaba en silencio contra su hombro. Pero para Inuyasha no había sido tan fácil. No hacía falta que correspondiera a su amor para haber estado angustiado y preocupado por su suerte todo ese tiempo.

No supo si fue porque le pareció la forma más justa de establecer prioridades en ese momento, o simplemente porque le amaba y siempre terminaba poniendo su bienestar por delante del suyo propio. Pero a partir de ese momento, en el corazón de Kagome se instauró una piadosa tregua.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Diez días después...:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

El actor miró a su alrededor, echando una escaneada visual a ese pequeño local cargado de obsequios de todo tipo. Había desde peluches a ramos de flores, y paradójicamente para tratarse de un lugar donde supuestamente la salud era la protagonista, también había golosinas y un estante con mil tipos distintos de chocolate. Éste último tuvo absorbida su atención durante tanto rato que la dependienta, una mujer regordeta y de actitud más bien campechana, se le acercó después de regañar a un par de niños que habían entrado sin supervisión de nadie, y que se habían puesto a jugar con unos ositos de felpa como si fueran suyos.

-¿Puedo ayudarle, caballero? – le preguntó con una sonrisa encantadora que revelaba lo mucho que disfrutaba con su trabajo.

Inuyasha la miró y le devolvió la sonrisa.

-No estoy seguro. Venía a por uno en concreto, pero al ver tantos y tan diferentes ahora estoy dudando.

-¿Un caprichito? – inquirió manteniendo las cejas alzadas– Si es para eso, le aseguro que cualquiera le alegrará la tarde. Doy fe de que he probado por lo menos la mitad, y están deliciosas.

-No es para mí, es…para una amiga.

-Oh, entiendo. ¿Y cuál es el mensaje que pretende darle a su amiga?

-¿Mensaje?

-Ya sabe, un regalo puede decir mucho acerca de usted.

El hombre titubeó, sintiéndose ridículo porque realmente era malo para esas cosas. ¿Es que acaso regalar un chocolate negro con avellanas significaría una cosa, mientras que uno simple con leche hablaría de otro tipo de intenciones? Diablos, ¿por qué estaba dudando tanto si lo único que pretendía era tener un detalle? Parecía un adolescente queriendo ganar puntos y aquello carecía de sentido, no tenía nada que demostrarle a nadie. Pero aun así, suspiró rendido y volvió a dirigirse a esa mujer que tanta confianza le había despertado, dispuesto a dejarse aconsejar.

-¿Qué me recomienda para una persona con la que no eres capaz de romper el hielo después de haberla fastidiado?

La dependienta soltó una carcajada por la familiaridad con la que su cliente le había planteado su conflicto, e hizo un gesto entusiasta con la mano que dio a entender que le había hecho una pregunta fácil.

-Que se deje de rodeos y le compre el que le haya visto comer siempre. Nada nos ablanda más el corazón que el que nos demuestren que nos conocen bien – le contestó, guiñándole un ojo con complicidad para alejarse justo después, una vez terminado su asesoramiento.

Inuyasha permaneció un tanto reflexivo ante esa respuesta tan original, pero tan cierta. Pasados un par de minutos, terminó por sonreír y alargó la mano para coger determinado producto de una marca famosa que nada tenía de especial, era barato y comercial, nada que ver con las tablas de chocolate artesanas y más costosas que había en los estantes de arriba. Se trataba de chocolate blanco con arroz inflado, que a él le había parecido demasiado empalagoso cuando lo había probado, pero a ella la había visto pegarse verdaderos atracones de esa mierda como tentempié mientras trabajaba. No era un mal consejo el que le habían dado, al fin y al cabo.

Cuando salió de la tienda de regalos hacia el vestíbulo de la clínica Hakurei, se encontró leyendo el etiquetado de lo que había comprado. Era una bomba de azúcar y calorías vacías, sin duda Sango se lo habría arrebatado de las manos horrorizada y le habría practicado un exorcismo antes de prenderle fuego. Hizo una mueca al pensar en su exentrenadora, de la que no había vuelto a tener noticias porque seguía sin dirigirle la palabra. Esa sororidad tan potente le fascinaba tanto como le desquiciaba.

-¿Inuyasha?

Distrayéndose de sus molestos pensamientos, se dio la vuelta automáticamente al oír su nombre. Al instante, sus facciones se tensaron y su expresión y su mirada se endurecieron. No dijo nada mientras otra persona que compartía su mismo color de ojos se le acercaba. Estaba más pálido de lo que le recordaba y caminaba un poco encogido, sujetándose el vientre con un brazo, pero en su cara había una quieta sonrisa sincera que se sobreponía a su aparente malestar físico.

-Qué sorpresa verte, no me lo esperaba. ¿Qué haces aquí? – le preguntó con entusiasmo cauteloso, como si no tuviera claro con qué actitud le saldría su interlocutor.

-Kagome – se limitó a contestar Inuyasha, sin devolverle la sonrisa.

-Ah, claro…¿cómo está?

-Vivita y coleando. Y esperándome, así que si me disculpas…

-¡Espera…! – se adelantó por instinto y le cogió del antebrazo. Le soltó inmediatamente cuando vio la mirada temible de advertencia que el actor dirigió hacia su agarre, y se apresuró en tratar de disipar la tensión extra que había generado su imprudencia intentando entablar una conversación – Perdona. Es sólo que hace mucho que no sé de ti…Me enteré de que ya no estás con Kikyo.

Inuyasha frunció el ceño con seriedad.

-No, hace casi medio año ya.

-Lo siento.

-No lo sientas, me libré de una buena– masculló con amargura. Si bien nunca era un buen momento para ponerse a charlar con ese hombre como si nada, ya sólo le faltaba tener que hacerlo sobre la arpía de su ex.

-¿Sí? Bueno, tampoco llegué a conocerla. En todo caso, si fue para bien, fantástico – se hizo un silencio incómodo entre ellos, en el que Inuyasha desvió la mirada hacia un lado delatando que no tenía el más mínimo interés en seguir alargando ese encuentro tan poco bienvenido - Oye, quería decirte…que cuando te llamé hace un par de semanas, no fue por interés. Renkotsu me preguntó por ti y yo quise llamarte porque me preocupó lo que me contó, no porque pretendiera…

-Da igual, Sesshomaru. No me importa – le interrumpió con frialdad, y en ese momento no se le pasó por alto el cómo a su hermanastro se le contrajo el rostro en un gesto que parecía de sufrimiento mientras un gemido de dolor escapaba de su boca - ¿Aviso a alguien?

Sesshomaru le sonrió agradecido por su interés, teniendo en cuenta que ese gesto tan simple ya era más de lo que esperaba por parte de Inuyasha.

-No, tranquilo. El Crohn sigue haciendo de las suyas, voy a Urgencias por precaución pero estaré bien. Es lo de siempre.

-Bien, entonces. Que no sea nada.

Después de esa escueta despedida, Inuyasha hizo ademán de ir hacia los ascensores pero otra vez se detuvo al sentir que volvían a llamarle a sus espaldas, y esperó a lo que fuera que Sesshomaru tuviese que decirle sin molestarse en darse la vuelta.

-¿Crees que algún día podremos volver a tomarnos una copa? – le preguntó éste con voz apagada que expresó su pesar ante la actitud distante que percibía - Echo de menos a mi hermano.

Dejando la cabeza gacha y el flequillo ocultándole los ojos, Inuyasha tardó varios segundos en contestar. Cuando al fin lo hizo, su entonación fue gutural y helada.

-Sé de alguien que jamás podrá volver a tomarse una.

Y esa vez, cuando echó a andar de nuevo, dejando a Sesshomaru plantado en medio del vestíbulo, nadie le detuvo.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Kagome apretó los labios, concentrada en mantener el equilibrio e intentando no usar el punto de apoyo que le ofrecían a no ser que fuera estrictamente necesario, pues era consciente de que como más se esforzara en mejorar, más rápido vendrían los progresos. Dio un paso vacilante, uno más de los tantos que le habían llevado a recorrer el pasillo ya casi entero. Después dio otro que le salió un poco más firme. Motivada, quiso dar el siguiente más rápido, pero se tambaleó y tuvo que aferrarse más fuerte al brazo de Inuyasha para no caer.

-Hey, no tengas tanta prisa, te harás daño – la regañó él con paciencia - ¿Estás bien?

-Sí, sí, me he venido un poco arriba, nada más – contestó como quitándole importancia, pero sin poder ocultar la frustración que le ocasionó la desilusión. Aun así, sonrió sin poder evitarlo cuando oyó los aplausos al otro lado del pasillo.

-¡Ya lo tienes, cariño! – exclamó Ujiko, mirando encantada a su hija.

-¡Genial, Kagome! ¡Lo estás haciendo muy bien! – la animó la fisioterapeuta.

La chica les regaló la sonrisa de agradecimiento, pero no tardó mucho en volver a apartar la vista de ellas y quedarse de nuevo mirando al frente. Inuyasha pudo ver cómo ponía los ojos en blanco mientras sus comisuras perdían su curvatura a la mínima que las mujeres dejaron de verle la cara.

-¿Qué te pasa? – le preguntó parpadeando con curiosidad. Ella parecía contenta hacía apenas diez segundos.

Kagome le miró de reojo y arrugó la nariz, como siempre hacía cuando se sentía fastidiada por algo.

-¿Puedo contarte un secreto sin que te creas que soy una mala persona? – murmuró para asegurarse de que sólo él la oía. Inuyasha asintió con una ceja alzada, y ella echó una ojeada discreta hacia atrás, como queriendo corroborar que seguía teniendo a su madre y a la fisio lejos. Las vio conversar animadamente entre ellas sin que se hubiesen acercado, por lo que se vio libre de expresarse – Cada día que pasa siento que me agobia más todo esto.

-Lo entiendo, pero al ritmo que vas en una semana más estarás fuera.

-No me refiero a eso. Vas a pensar que soy una desagradecida, pero…me ahoga tanta atención. Me siento como si me hubiesen etiquetado como Kagome la enferma y no vieran nada más allá de eso – farfulló con un notable mal humor reflejado en sus ojos y en su cara.

-Eso es absurdo, no estás enferma – sentenció Inuyasha después de chasquear la lengua en señal de desacuerdo, como si ella hubiese dicho una tontería.

-Exacto. No estoy enferma, y todo el mundo me trata como si lo estuviera. Están todo el día encima de mí, como si temieran que me pueda dar un infarto en cualquier momento. Sólo necesito un poco de espacio – soltó un suspiro de resignación – Y encima aquí encerrada, hace una eternidad que no respiro aire fresco. Quiero oír el viento, las copas de los árboles y los pajaritos, no las mil preguntas diarias sobre si he comido, bebido y meado bien. Y ya no hablemos de las gilipolleces de ejercicios que tengo que hacer día sí y día también delante del neurólogo para que vea que no me he quedado defectuosa – le fulminó con la mirada cuando a él se le escapó la risa, por ser el fan número uno del humor negro – Vale, ríete, no me importa.

Enrabietada por la reacción insensible de a quien le había confiado sus inquietudes, se soltó con demasiado ímpetu y a punto estuvo de caer por la inercia. Lo habría hecho si él no se hubiese apresurado en tomarla de la cintura, y ella disimuló la ruborización causada por su cercanía repentina apartando la mirada bien lejos.

-Oye, tranquilízate. Perdona, no quería reírme, pero es que lo has dicho con una naturalidad… No sé qué le ves de malo a esos ejercicios, son todo un espectáculo. Nunca había visto a nadie tocarse la nariz y sacar la lengua con tanto estilo como tú - sonrió tan abiertamente que eso delató que se estaba aguantando las ganas de soltar otra carcajada, y los orbes castaños le fulminaron en respuesta – Venga, no te enfades, estoy bromeando y lo sabes. En realidad, se me está ocurriendo algo…

Inuyasha miró a su alrededor como si buscara algo o a alguien, y a los pocos segundos interceptó a la primera enfermera que pasó por su lado.

-Oiga, ¿se puede subir a la azotea?

-¿Perdone? – preguntó la muchacha parpadeando descolocada. Era la primera vez que un paciente - o el acompañante de una paciente en este caso - le hacía esa pregunta.

-¿Está justo encima, no? En teoría, esta es la última planta – apuntó él, señalando unas escaleras cercanas a ellos con un gesto de cabeza.

-Mmm, sí, claro. No sé si está permitido subir, tendría que preguntarle a la supervisora…

Kagome se apresuró en intervenir, abochornada por la impulsividad de ese hombre que le hacía tener esas salidas siempre tan imprevisibles. Si llegaba a saber que su capricho por tomar el aire derivaría en una petición descarada al personal de la planta, se lo habría callado.

-Ah, no, no se preocupe – aclaró como excusándose, sonriéndole a la enfermera con modestia - De todos modos, no creo que pudiera subir todas esas escaleras, no estoy como para…

Se interrumpió al soltar un chillido reflejo, cuando notó que sus pies dejaban de tocar el suelo y su cuerpo se inclinaba hacia atrás. Se aferró al cuello de Inuyasha por el susto, que ahora la tenía cargada en modo nupcial, y automáticamente sintió que se ponía roja como un tomate por la postura.

-Problema resuelto – sonrió triunfal el actor, dirigiéndose hacia las escaleras y haciendo caso omiso de las quejas de Kagome y de cómo le golpeaba el pecho para que la bajara, turbada por el grito que había pegado en medio de la planta silenciosa, y porque ahora todo el mundo les estaba mirando.

-Espere, voy a consultar si… - empezó a decir la enfermera, preocupada por la posibilidad de recibir una bronca por parte de su superior.

-Vaya tranquila, ya sabe dónde encontrarnos – contestó él cuando ya tenía un pie en el primer escalón, encogiéndose de hombros como un chico malo al que le importaban un comino las normas. Kagome escondió el rostro en uno de ellos, muerta de vergüenza – Oye, ¿has engordado? – le preguntó sólo para provocarla.

-Vete a la mierda.

Inuyasha sonrió malvadamente, de nuevo como el demonio impetuoso que era.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Tomó una profunda inhalación por la nariz, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, disfrutando de la frescura del aire. Después soltó un sonoro y teatral suspiro, mientras levantaba las manos hacia arriba y estiraba los brazos como si llevara meses enclaustrada.

-¡Esto es vida! – exclamó complacida, con una esplendorosa sonrisa en los labios.

Sentado junto a ella en ese gran bloque de hormigón, Inuyasha la observó sintiéndose satisfecho de su propia iniciativa. Aunque desde que había despertado del coma, Kagome se mostraba aceptablemente comunicativa y parecía estar intentando dejar de lado ese impulso de querer tenerle lejos que les había separado por dos meses, se notaba que nada había vuelto a ser como antes. Ya no era tan fácil que ella le siguiera la corriente ni que se mostrara cómplice, o que alargara una conversación. Era como si recelara constantemente del interés que él mostraba por querer permanecer a su lado. Aunque ahora sólo podía pensar en lo contento que estaba de verla tan feliz por algo que le había sido tan fácil regalarle.

-¡Keh! Y tú que no querías subir – masculló con arrogancia fingida, justo antes de empezar a hurgar en el bolsillo de su sudadera – Y ya que estamos, así nadie me ve darte esto…

Le mostró la chocolatina que le había comprado diez plantas más abajo y en cuanto dirigió ahí su atención, la mirada de Kagome se iluminó.

-¡Dios! ¡Dame eso! – exigió arrebatándole el regalito de las manos y rompiendo el envoltorio con ansia.

-De nada – protestó rodando los ojos, aunque en realidad le hubiese encantado esa reacción tan efusiva.

Ella le dio las gracias con un par de onzas ya metidos en la boca. Del mismo modo, le preguntó si quería un poco, acercándole el dulce, pero él sacudió la cabeza.

-Yo no como porquerías – le recordó con altanería.

-O sea, ¿me la has subido para que engorde yo, y tú pasas? – le preguntó acusadoramente una vez hubo tragado – Eso es jugar sucio.

-No te veo muy disgustada por el juego, que digamos. Si te cupiese toda la tableta en la boca, ya te la habrías zampado.

-Idiota – le soltó con una familiaridad que les llenó a ambos de nostalgia. Partió otra ración con los dientes y después de arrugar la frente mientras le escudriñaba con sospecha, añadió - ¿Me vas a decir qué te pasa hoy?

Inuyasha la miró con las cejas levantadas, sorprendido.

-¿A mí? ¿Qué te hace pensar que me pasa algo?

- Pues que siempre que estás alterado, se te contrae la mandíbula – se encogió de hombros como si hubiese dicho algo muy obvio y volvió a mirar al frente - Cosas que una aprende a identificar en la cara de su jefe cuando está cabreado. ¿Ha ocurrido algo?

El actor seguía mirándola, pasmado por ese análisis tan completo. Kagome era la asistente…no, la persona más aguda que había conocido en su vida. ¿Cómo lo hacía para discernir detalles tan insignificantes en él? ¿Tendrían algo que ver sus sentimientos en que se fijara tanto en memeces como esa? Posiblemente algo influía, pero aquello no le quitaba ni un punto de mérito, y tenía que reconocer que esa mujer le conocía muy bien. Era lo que tenía haber convivido tantas horas cuando trabajaban juntos, pues él también había aprendido a identificar señales de alarma en la expresión de la chica. En todo caso, se sintió tan descubierto que pensó que era absurdo negarle su teoría. Kagome no había cuestionado si le pasaba algo, había dado por descontado que así era y se había limitado a preguntarle el qué. Notó su cuerpo tensarse progresivamente a medida que iba buscando las palabras para contestarle, como siempre le pasaba las raras veces en las que se sentía dispuesto a mencionar cierto tema.

-Nada importante, es sólo que hace un rato…me he encontrado con Sesshomaru – confesó con una seriedad que delató su incomodidad.

Kagome dejó de masticar ipso facto, para volver a mirarle enseguida. No dijo nada, de hecho su silencio acompañado de esa mirada inquisitiva eran una señal de que estaba esperando más detalles, y él se los dio después de soltar un suspiro de resignación.

-Estaba en el vestíbulo y me lo he cruzado cuando salía de comprar esta mierda – señaló la chocolatina que ella tenía en la mano con un movimiento de cabeza.

-¿Y? ¿Habéis hablado o…?

Inuyasha torció la boca en un mohín de desagrado.

-Lo justo y necesario. Me he sentido incómodo y todavía sigo un poco de mala leche, pero nada más.

Kagome no respondió inmediatamente. Giró la cabeza hacia adelante como si contemplara las nubes pero siguió observándole de reojo, sumida en sus reflexiones. Desde que le conocía, había sentido el impulso de la curiosidad muchas veces. Siempre que salía el tema del hermano, Inuyasha reaccionaba mostrándose arisco con quien fuera que se lo hubiera mencionado. Estaba claro que detrás de eso había una fibra sensible que le ponía irascible cuando alguien se la tocaba. Miroku ya le había advertido al principio de todo, cuando empezó a trabajar para Inuyasha, de la importancia de no concertar jamás ningún encuentro entre los dos hermanastros. Todo lo que tuviera que ver con Sesshomaru tenía que ser filtrado vía asistente o mánager. Al principio había creído que el problema era simplemente que se llevaban a matar, pero con el paso del tiempo se había acabado enterando de que esa actitud era unilateral por parte de Inuyasha. Nunca había oído a Sesshomaru decir ni una mala palabra contra el actor, sino más bien al contrario. Cuando era necesario que lo hiciera, siempre hablaba de él de forma respetuosa y hasta con un matiz de aprecio medio oculto, dada la habitual seriedad casi fría que caracterizaba a su personalidad reservada.

Kagome nunca se había atrevido a meter la nariz en ese tema porque su jefe nunca se había mostrado comunicativo al respecto, y ella misma había estado todo ese tiempo consintiéndole por el hecho de que era él. Arriesgarse a hacerle enfadar por presionarle con un asunto delicado era algo que había sido continuamente descartado por temor a perder puntos. Pero ahora…¿qué más daba? Inuyasha ya sabía lo que sentía por él y nada había cambiado. Ya podía dejar de intentar gustarle, en vista de los resultados de mierda que ese comportamiento complaciente le había dado hasta ahora.

"De perdidos al río…"

-Inuyasha.

-¿Qué?

Kagome vaciló unos instantes, pero al final terminó de decidir que ya que había tenido que comerse las calabazas, iba a jugársela para por lo menos, sacarles algo positivo. Le habían servido para ver que no tenía nada que perder.

-Siempre he querido saber… ¿Qué pasó entre Sesshomaru y tú?

Lo vio ponerse rígido como un madero y su expresión congelarse. Su frente se arrugó tanto que ella tragó saliva, empezando a ponerse nerviosa. De acuerdo, quizá no había sido tan buena idea jugarse el todo por el todo. La muralla de seguridad que le había dado el autoconvencimiento de que lo que él pensara de ella ya no importaba, se vino abajo de sopetón. Qué mierda de fortaleza tenía cuando se trataba de Inuyasha... Ese hombre era la encarnación del diablo, hacía con ella lo que le daba la gana sin tener que abrir la boca.

-Da igual, no debería haber preguntado. Perdona, olvídalo – murmuró Kagome con tono conciliador y una pequeña sonrisa de disculpa. Arrepentida, dio otro mordisco a la chocolatina como si quisiera mostrar que había cerrado el tema en su cabeza.

Lo oyó tomar una profunda bocanada de aire. Inuyasha cerró los ojos y pareció meditar consigo mismo durante un par de largos y mudos minutos. Cuando finalmente sus labios se entreabrieron, su voz grave sonó seca pero firme.

-Hace unos cuatro años…Sesshomaru tuvo una novia. Se llamaba Kagura.

Kagome le miró pasmada cuando ya estaba arrugando el envoltorio vacío de su snack entre las manos. No se esperaba lo que parecía ese inicio de una narración, pero como no era tonta, no dijo ni una palabra que pudiera cortarle el rollo a Inuyasha y arriesgarse a que se arrepintiera de haber empezado a hablar, por lo que escuchó atentamente en silencio.

-Se acercaba su aniversario y ella quería regalarle un viaje. Él y yo éramos…muy cercanos. Era prácticamente mi mejor amigo y le conocía muy bien, por eso Kagura me pidió que la ayudara a escoger el destino y a planificarlo todo – la miró de soslayo como si quisiera comprobar si le estaba escuchando, y al darse cuenta ella asintió suavemente, animándole a continuar – Fuimos juntos a la agencia de viajes y cuando salimos, ella estaba muy ilusionada. Me abrazó porque había confianza entre nosotros, pero no nos dimos cuenta de que no estábamos solos.

Hizo una pausa durante la cual se quedó mirando el suelo. Ahora parecía más bien apesadumbrado. Kagome observó ese cambio que se había ido instaurando progresivamente a medida que él hablaba. Era como si expresar lo que llevaba dentro le hubiese quitado poco a poco la energía que le daba el mal humor.

-A los pocos días, Sesshomaru me invitó a su apartamento para pasar un rato juntos. Cuando llegué ahí, también estaba Kagura. A ella le había dicho que iban a tener una cita, así que no entendíamos nada. Cuando nos tuvo reunidos, él nos mostró un artículo concreto de una revista y exigió que le contáramos qué diablos significaba lo que ponía ahí. Había una foto de ese abrazo que nos habíamos dado en la calle, y al leer por encima, bueno…era una revista de prensa rosa, así que puedes imaginarte qué se especulaba.

-Ajá… - murmuró apenas Kagome, empezando a sospechar cómo había acabado la historia.

Una sonrisa irónica y herida apareció en los labios del actor, como si fuera una válvula de escape ficticia a ese dolor que le provocaba rememorar ese episodio tan duro de su vida.

-Intentamos explicárselo sin revelar la sorpresa que Kagura le tenía preparada, pero él estaba fuera de sí. Yo se lo hubiese dicho, pero como ella no lo estaba haciendo, quise respetárselo. Le dijo que todo tenía una explicación, que tenía que confiar en ella y también en mí… - serró los dientes por un momento, exhalando pesadamente a causa de la fuerza de ese desagradable recuerdo - No lo hizo.

Kagome cerró los ojos, empatizando sin ninguna dificultad y sintiéndose de repente muy triste por lo que estaba oyendo.

-Siempre ha sido muy temperamental, aunque no lo parezca. Cuando arranca, pasa de cero a cien en un segundo y pierde el control de sus emociones. No sólo rompió con ella, sino que además le dijo de todo.

-¿Pero por qué Kagura no le contó lo del viaje?

-Cuando ella cedió e intentó explicárselo, no la creyó. Cuando intenté hacerlo yo, su respuesta fue darme un puñetazo que casi me partió la nariz y yo, bueno…Ya me conoces. Puedo llegar a ser muy impulsivo, así que no me quedé quietecito precisamente. Si Kagura no hubiese corrido a pedirle ayuda a los vecinos para separarnos, habríamos acabado en urgencias – hizo una pausa bastante larga que Kagome terminó interpretando como un punto y aparte - Ella era una persona frágil, siempre había sido un poco…inestable, para que nos entendamos. Después de irme de allí, perdí el contacto con ella y lo siguiente que supe fue que se estaba rehabilitando porque había caído en el alcoholismo después de la ruptura.

-Lo siento mucho, Inuyasha… - llevó su mano automáticamente hacia el antebrazo de su acompañante, apoyándola ahí para reconfortarle en la medida de lo posible. Le habló con dulzura, afectada por todos y cada uno de los detalles de esa historia tan dramática.

-Para cuando me enteré de eso, yo ya estaba embarrancado en procesos judiciales porque había denunciado a la revista. Mi abogado no cedió hasta que consiguió una retractación pública, y el hijo de perra que se inventó esa mierda confesó que nada de lo que había escrito tenía fundamento.

-¿Y cuál fue la reacción de Sesshomaru? – preguntó Kagome, sintiéndose atrapada por ese relato que tanta pena estaba despertando en el cada vez más afligido hombre que tenía al lado.

-Llamarme, presentarse en el que entonces era mi apartamento… Mil veces, como un desesperado. Pero nunca le cogí el teléfono ni le abrí la puerta, hasta que pasado un tiempo dejó de insistir.

-No lo entiendo…Si no tenías intención de arreglar las cosas con él…¿por qué te tomaste la molestia de hacerles confesar a los periodistas?

-Para limpiar mi nombre, Kagome – replicó con acidez, mirándola como si le irritara que le hubiese preguntado algo al parecer muy evidente - Ese artículo tan denigrante no sólo lo leyó Sesshomaru, estuvo al abasto de todo el país. La comunidad me veía como un hombre sin honor que le había levantado la novia a mi propio hermano y tenía que enmendar eso. Fue una cuestión de dignidad.

-En ese momento sí, pudo ser por dignidad – aceptó con cautela, haciendo de tripas corazón para atreverse a expresar lo que pensaba, e intentando sobreponerse a la certeza de que estaba jugando con fuego - Pero todos estos años, desde que él aceptó que se equivocó, ha estado intentando recuperarte y tú no le has dejado…eso ya no es dignidad, es orgullo, y hay una gran diferencia entre ambos.

Inuyasha parpadeó un par de veces sin apartar la mirada de la suya, como si no pudiese creer lo que estaba oyendo. Entreabrió los labios, hilando su respuesta como si ella realmente le hubiese descolocado con su modo de ver los hechos.

-¿Perdona? ¿Has escuchado algo de lo que te he contado? – espetó, con la voz y la expresión tan helados que Kagome fue avisada por su instinto de que algo empezaba a no ir bien.

-Cada palabra. Y entiendo muy bien lo que quieres decirme, pero…

-No, no lo entiendes – sentenció herido. Sus ojos brillaron por la intensidad del creciente disgusto y su quijada se tensó todavía más - Si lo entendieras no le estarías defendiendo.

-Oye, no estoy defendiendo ni juzgando a nadie – quiso dejarle claro usando un tono firme que le reclamaba al hombre la necesidad de bajar esos humos - Sesshomaru se equivocó y su error fue imperdonable según como lo mires, pero…es tu hermano y siempre lo será. Uno no se da cuenta de lo importante que es ese vínculo hasta que pasa algo grave que amenaza con arrebatártelo… - suspiró y miró el suelo por un momento, sin poder evitar pensar en Sota y en la pesadilla que había vivido su familia cuando estuvieron a punto de perderle - Estoy segura de que Sesshomaru se ha arrepentido cada día. Él siempre habla con mucho cariño de ti, y tú deberías dejar de torturarle con tu desprecio.

-Kagome, o dejas de hablar ya o te juro que hoy acabaremos muy mal…

Inuyasha estaba tan rígido y su voz sonaba a una advertencia tan potente que eso le hizo ver a Kagome que su furia creciente no era ningún farol. Pero él no contaba con que no era el único de los dos al que le costaba morderse la lengua cuando algo le enojaba.

-¡¿Ya estás otra vez diciéndome que me calle?! ¿Qué diablos quieres, a alguien que sólo asienta y te dé la razón en todo para que estés contento? – se quejó la chica, harta de que Inuyasha estuviese descargando contra ella todo el rencor que tenía enquistado, a cambio de lo que había sido una oferta honesta de consejo y voluntad de ayudar.

-No, ¡quiero a una amiga que me apoye cuando le cuente algo que me ha estado doliendo por dentro durante años!

-¡Yo no he dicho que no te apoye, sólo te estoy dando mi opinión sincera!

-¡No recuerdo habértela pedido! – se levantó airado, apartándose de ella varios pasos como si de repente su cercanía le intoxicara y dándole la espalda. Soltó aire con fuerza, expresando así la rabia que le corroía, para después girarse sólo lo suficiente para clavarle sus ojos encendidos - Y me parece muy irónico que me des sermones sobre perdonar, cuando tú hace meses que me miras por encima del hombro por algo que hice en la ignorancia y que ya no puedo remediar, así que no me seas hipócrita.

Kagome sintió que se quedaba sin habla y apretó los puños, profundamente humillada porque no tenía argumentos para rebatir eso. No podía negar que Inuyasha tenía razón en ese aspecto, aunque jamás hubiese esperado que se lo fuera a echar en cara.

-Avisaré para que alguien suba a por ti – fue lo último que dijo él cuando empezó a encaminarse hacia la puerta de la azotea a paso rápido.

-¡No te molestes! – exclamó la muchacha fuera de sí, oyendo sólo un repelente "¡Keh!" como respuesta.

Continuará…

¡Hola! :D

Las que teníais la teoría de la amnesia os lo habéis hecho encima por un momento, ¿eh? JAJAJAJA Os contaré un secreto: ni me había planteado el tema de la pérdida de memoria, pero me disteis la idea e hice esta pequeña modificación para que pareciera que Kagome sí se había olvidado del "altercado"…pero que al final no. Habéis aportado vuestro granito de arena al hilo de la historia^^Gracias por eso.

Pido disculpas a las lectoras de Burned. Últimamente tengo poco tiempo, y además estoy emocionalmente muy conectada y absorbida con Ángel en estos momentos. Me cuesta situarme con los personajes originales, cuando estoy manejando los de mi universo alternativo la mayor parte del tiempo. No quiero alterar la esencia de las personalidades por mezclarlas. Hago lo que puedo, pero os pido paciencia.

¡Gracias por leer!

Dubbhe