CAPÍTULO XVIII – A TU LADO

La fisioterapeuta se había quedado perpleja cuando había visto a Kagome bajar sola de la azotea con cuidado pero sin pausa, sujetándose de la barandilla con una sola mano y demasiado encendida por el enfado como para caer en que debería estar costándole ese descenso. Aquello les hizo darse cuenta del gran componente psicológico que habían tenido sus dificultades para caminar hasta ese momento, pues el miedo a caerse había quedado anulado por la furia desencadenada por la pelea con Inuyasha. Después de haber tomado conciencia de ese fenómeno, una Kagome mucho menos insegura hizo unos desplazamientos muy completos después de cenar, y la fisio prometió informar al médico de todos esos progresos tan positivos. El doctor Takeda se había acercado a presenciar la práctica del día siguiente, para mostrarse complacido y decirles que se plantearía darle el alta durante la semana entrante. Ujiko lo celebró con mucha ilusión y le dio mil gracias por sus atenciones, por cuidar tan bien de su hija.

-Qué pena que no esté aquí Inuyasha para oír estas noticias tan buenas – le dijo a ésta en cuanto se quedaron solas en la habitación - Es extraño que no haya venido hoy, siempre llega después de comer.

Kagome suspiró y se encogió de hombros, recostando la espalda en el colchón de la cama que mantenía inclinada siempre, con la hora de dormir como única excepción.

-Tendrá más cosas que hacer. Ni que fuera mi novio, él tiene su propia vida – contestó con una amargura que ya estaba acostumbrada a disimular cuando hablaba de ese tema – Y de todas formas, no es tan raro teniendo en cuenta que ayer nos peleamos.

-Oh, cariño, pero no creo que haya dejado de venir por eso. Él te adora…

-Mamá, no empieces, por favor – le rogó, poniendo los ojos en blanco con hastío.

Odiaba cuando su madre se ponía en modo celestina, porque no le convenía que le llenaran la cabeza de pajaritos. No hacía falta tener más de dos dedos de frente para percatarse de que Ujiko veía a un potencial yerno en esa bellísima persona que no sólo había salvado la vida de sus dos hijos, sino que además le parecía un buen partido al que le encantaría ver emparejado con la mayor. Si supiera de dónde venía ese vínculo que tenían, tan evidente pero que ella malinterpretaba…Éste era sólo el fruto de las cicatrices que habían dejado los graves altercados de su historial, incluyendo el del día anterior.

Esa noche Kagome no había dormido bien, como siempre le pasaba cuando discutía con ese hombre al que le era imposible dejar de querer. Saber que estaba enfadado con ella la sumía en un estado de inquietud muy incómodo, que la hacía sentir ridícula y estúpida. No debería importarle tanto lo que ese cretino temperamental opinara de ella, pero...¿cómo no hacerlo, si cada día que pasaba se sentía más y más colada por él? No podía ser de otra forma, teniendo en cuenta que le estaba viendo cada día y el sentimiento no hacía otra cosa más que alimentarse y crecer, ajeno a su control. El que estuviese siendo tan protector y atento tampoco la ayudaba a hacerse a la idea de que Inuyasha sólo la veía como una amiga a la que le tenía cariño.

Ujiko frunció los labios ante la respuesta cortante de Kagome, comprendiendo su malestar y lo poco receptiva que podía sentirse para hablar con el susodicho después de una riña, pero de todas formas ese comportamiento seguía sin parecerle del todo correcto.

-Bueno, aun así es algo importante y debería saberlo, ¿no crees? Te recuerdo que es gracias a él que estás aquí, tan bien atendida.

-Pues díselo tú – replicó de mala gana, con los brazos cruzados y desviando la mirada hacia la ventana – No me hagas llamarle ahora, mamá. Yo también estoy enfadada con él.

La mujer suspiró, lamentando la testarudez de su primogénita, pero terminó aceptando su propuesta y saliendo al pasillo para concederle ese espacio que se notaba a leguas que la muchacha necesitaba. Estaba claro que ese día la más joven no estaba dispuesta a ser sermoneada, y ella ya disponía de la experiencia suficiente como madre para saber cuándo tocaba confrontar y cuándo era mejor esperar a que las aguas volvieran a su cauce por sí solas.

Kagome permaneció en la habitación, aunque sin poder evitar poner la oreja desde su posición. Oyó a su madre decir de carrerilla: "¡Hola, Inuyasha! Tengo grandes noticias, a Kagome le darán el alta esta semana…". A partir de ahí no oyó nada más, porque Ujiko se fue hablando distraídamente pasillo abajo. Resopló y dejó que su espalda se deslizara respaldo abajo en la cama, emocionalmente agotada de darle tantas vueltas a la cabeza y a sus sentimientos. Entreabrió los ojos y miró al techo.

"Quizá sí fui demasiado dura con él…". El remordimiento ya la había visitado esa noche, pues aunque se había sentido herida por cómo había reaccionado Inuyasha y lo mal que le había hablado, no podía negar que él había hecho un esfuerzo por confiarle algo que le atormentaba. Posiblemente lo más adecuado habría sido ponerse de su parte en ese momento de vulnerabilidad, no rematarle con su brutal sinceridad. Justo cuando empezaba a arrepentirse de no haber querido hacer ella esa llamada, Ujiko volvió a entrar en la habitación con el teléfono en la mano, esta vez con la cara muy seria.

-Hija, ha ocurrido algo… - se sentó al borde de la cama junto a ella – Inuyasha está abajo en Urgencias…

-¡¿Qué?! – se incorporó de golpe por instinto, sintiendo el corazón empezar a latirle a toda velocidad y el miedo atenazarla en forma de un nudo en la garganta que hizo temblar su voz - ¿Qué le ha pasado?

Ujiko se apresuró en negar con la cabeza al verla tan agitada.

-Él está bien, se trata de su hermano…. Le están operando de urgencia por una perforación intestinal.

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Le llevó cerca de veinte minutos llegar a las urgencias quirúrgicas de la clínica. Primero, porque no sabía dónde estaban y se perdió. Y segundo, porque iba poco a poco, ayudada de la muleta que le había prestado el vecino de la habitación de al lado. Su madre había intentado que le permitiera acompañarla, preocupada por si se caía, pero la había convencido de que lo mejor sería que se quedara en la planta cubriéndola, con tal de evitar que bajaran a por ella para volver a llevarla a su cárcel particular. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, la mayor parte de la gente que había en ese vestíbulo se quedó mirando a esa chica que se paseaba por allí vestida con un albornoz azul peludito con estrellitas blancas cubriendo su bata de hospital, como si estuviese en su casa. Se sonrojó furiosamente y se obligó a seguir andando, mirando el suelo para no enfrentar a su curioso público.

Cuando al fin dio con Inuyasha, le encontró solo en esa sala de espera tan grande, con la mirada perdida. Se acercó con cierto recelo, todavía sin saber muy bien cómo romper el hielo después de la discusión del día anterior, pero en cuanto le vio la cara se dio cuenta de que aquello se había convertido en un mal menor que de algún modo había quedado atrás. Se le veía afligido y ensimismado, tanto que no movió ni un músculo cuando ella se sentó a su lado. Kagome cogió aire antes de hablarle para preguntarle lo evidente en esa situación.

-¿Sabes algo? ¿Alguna novedad?

El actor sólo negó con la cabeza en un gesto cansado y su vista permaneció desenfocada. La chica juntó las palmas de las manos y los dedos juguetearon entre ellos mientras su dueña buscaba algo útil que decir en su repertorio de frases de ánimo. Le dolía en el alma ver así a Inuyasha y necesitaba aportarle algo, cualquier cosa que pudiera ayudar a sacarle de ese estado tan descorazonador. Pero él la sorprendió cuando se le adelantó, rompiendo el silencio.

-Me dijo que no se encontraba bien. Y no hice nada.

Kagome tragó duro, dándose cuenta enseguida de lo que él quería decirle.

-No podías saberlo, Inuyasha...

-El incompetente que le atendió ayer le mandó a casa con un analgésico - siguió hablando, ignorándola, como si su intención fuera más bien lamentarse consigo mismo que comunicarse con ella – Hoy ha llamado a una ambulancia con las últimas fuerzas que le quedaban, justo antes de desmayarse. Estaba solo. Hace años que lo está, desde que yo...

-Sssht, eh...No te hagas esto... - le pidió con dulzura. Su mano tomó la de él sin pensárselo dos veces.

-No puedo dejar de pensar en lo último que le dije...

Su voz sonaba cada vez más torturada, pero ese estado quedó un tanto pausado cuando sintió el cuerpo femenino recargarse contra el suyo. El cabello azabache, suave como la seda, le hizo cosquillas en el mentón. Sintiendo ahora la calidez y el peso de la chica contra su costado y parte de su pecho, cerró los ojos instintivamente cuando su aroma le llegó a las fosas nasales.

-Tranquilo... - susurró Kagome con ternura – Si tanto lo sientes...sólo tienes que esperar a que despierte para decírselo.

Inuyasha liberó una sonrisa triste y torcida que pareció más bien una mueca.

-Que despierte, dices...¿Sabes cuál es la tasa de supervivencia de una perforación intestinal...?

-No, no quiero saberlo, y tú no deberías haberlo buscado – le interrumpió con determinación, aferrando más fuerte su mano – El universo no te arrebatará a tu hermano, porque todavía hay muchas cosas pendientes de resolver entre vosotros dos.

Hubo una larga pausa entonces, durante la cual Inuyasha no respondió y ella empezó a dudar de si había vuelto a meter el dedo en la llaga. Tampoco estaba muy segura de si había hecho bien en tomarse esas confianzas físicas. Por lo que le concernía a ella misma, estaba claro que no. Esa cercanía le estaba trayendo demasiados recuerdos bastante fuera de lugar, y por otro lado, las mariposas estaban empezando a revolotear en su estómago sin compasión. Aun así, se dispuso a encajar todas esas emociones que no le convenían por él, para reconfortarle y tratar de volver a ver esa sonrisa que la había conquistado, fuese cual fuese su precio.

Se distrajo de sus penas autocompasivas cuando sintió como él apoyaba la mejilla en su coronilla. Más abajo, los dedos masculinos se entrelazaron con los suyos. Le oyó hacer una respiración profunda, y enseguida notó que también se recargaba parcialmente contra ella. La sensación que tuvo Kagome fue que estaba recostando su espíritu agotado por el remordimiento. Aunque eso no fue lo único de lo que se dio cuenta, y antes de poder morderse la lengua, las palabras afloraron de su bocaza sin su permiso:

-¿Por qué...siempre me hueles?

Lo sintió tensarse, y por un momento quiso que el suelo se abriera y se la tragara. No era para menos, teniendo en cuenta que la última vez que le había mencionado ese hecho, habían terminado teniendo relaciones íntimas. La rigidez de él le confirmó que no era la única que asociaba inconscientemente ese tema con ese recuerdo. Pero al contrario de lo que esperaba, en vez de apartarse incómodo por haber recibido un comentario como ese en un momento tan inapropiado, Inuyasha se relajó a los pocos segundos y de algún modo supo que había cerrado los ojos a pesar de no vérselos desde su posición.

-Porque tu olor me relaja - murmuró con una calma que fue la prueba de la veracidad de sus palabras.

Kagome sintió que las mejillas se le coloreaban ante ese arrebato de honestidad tan inesperado.

"No te ilusiones, no te ilusiones...". Aquello era estúpido, si realmente no quería ilusionarse, era ella la que tenía que dejar de hacerle preguntas comprometidas como si buscara algo de limosna sentimental. "Si es que soy tonta de remate...".

Al final, divagando en su remolino de conflictos amorosos, los minutos fueron pasando y ella se encontró cogiendo el sueño en esa postura de consuelo tan masoquistamente cómoda que estaba compartiendo con él. Inuyasha estaba demasiado preocupado por lo que estaría pasando detrás de esas puertas como para quedarse dormido, pero sí logró cierto estado de sosiego, terminando con los ojos entrecerrados y reconociéndose a sí mismo, por enésima vez desde que conocía a Kagome, lo bien que se sentía cuando estaba junto a ella. Esa noche podía terminar de cualquier forma en cuanto a su hermanastro se refería, pero de algún modo sintió que reunía algo de fuerzas para afrontar el desenlace, fuera cual fuera. La suerte estaba echada y Kagome estaría a su lado en cualquiera de los casos. No sabía en qué momento había ocurrido, pero estaba claro que ella había acabado por convertirse en uno de sus refugios más valiosos.

Las puertas de paso restringido que llevaban a los quirófanos se abrieron en algún momento de la tarde. Era complicado saber qué hora era allí, donde no había ventanas, y ninguno de los dos se había molestado en buscar un reloj porque aquello no importaba. Unas cuantas personas vestidas de verde empezaron a circular hacia fuera, conversando con seriedad acerca de informaciones clínicas, y rompiendo la burbuja que actor y asistente habían creado. Kagome despertó al oír las conversaciones y aun estando un poco grogui, se apresuró en observar a esa gente, preguntándose quién sería el cirujano que les daría el parte. Inuyasha ya estaba haciendo lo mismo, habiendo recuperado de repente el nerviosismo y escrutando su alrededor con una ansiedad evidente.

La última persona en aparecer fue un hombre de mediana edad que se estaba dando un automasaje en un hombro mientras caminaba. Su rostro paliducho develaba lo cansado que estaba después de tantas horas de pie, luchando duro y dándolo todo por salvar a su paciente.

-¿Familiares de Sesshomaru Taisho?

Inuyasha se levantó como un resorte y Kagome le imitó, en parte porque él no había soltado el agarre de sus manos. El médico echó un vistazo a la indumentaria de la joven y a la vía que llevaba insertada en una mano, pero no tuvo tiempo de decir nada al respecto porque enseguida recibió la respuesta a su pregunta.

-Soy su hermano - informó Inuyasha al doctor, con la voz temblorosa - ¿Cómo está él?

El profesional le regaló una sonrisa tranquilizadora y amable.

-Sesshomaru está bien, ha sido una operación difícil pero hemos logrado estabilizarle correctamente. Tendrá que estar unos días ingresado pero se recuperará.

Inuyasha exhaló un buen montón de aire por la boca y sus ojos se cerraron, manifestando el profundo alivio que le embargó. El doctor le puso una mano en el hombro cuando pasó por su lado y le dijo que pronto podría pasar al área de reanimación para ver a su hermano. También le pidió a Kagome que hiciese el favor de volver a su habitación por su propio pie, antes de que alguien diese el aviso de paciente a la fuga. Ella asintió sonrojada, pero agradecida por su complicidad y su confianza. En cuanto estuvieron solos, Kagome le puso la mano libre en el brazo a su acompañante y le dio un apretón, sonriéndole con alegría mientras le miraba de frente.

-Te lo dije. Ahora sólo te queda entrar ahí y...

Se vio bruscamente interrumpida cuando él tiró de su mano para envolverla en un apretado abrazo. Su corazón bombeó desesperado y aguantó la respiración. Apretó los párpados cuando su mente viajó en el tiempo y volvió a ese momento de meses atrás que todavía no había conseguido dejar de rememorar. Ese instante en que fueron uno solo, en que sintió que podía tocar el cielo con las yemas de sus dedos. No obstante, salió de esos pensamientos tan traicioneros cuando le oyó musitar cerca de su oído:

-Gracias, Kagome. Por estar a mi lado. Por ser la única que me dice las verdades a la cara…aun cuando mi estúpido orgullo no quiere verlas.

-Inuyasha…

-Tenías razón, como siempre. Sesshomaru no es el único a quien tengo que pedirle perdón. Lo siento.

Kagome sintió que los ojos se le anegaban de lágrimas y los escondió en su pecho mientras se acurrucaba en él, conmovida por sus palabras.

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Cuando Sesshomaru despertó, todavía muy colocado por el efecto de la morfina, vio a dos personas junto a él. A su derecha, un enfermero joven que le preguntó cómo se encontraba. Y a su izquierda, un par de ojos dorados idénticos a los suyos, que lo observaban con seriedad y en silencio. En apenas medio minuto, se quedó dormido de nuevo.

Largo rato después volvió a despertarse, esta vez sintiéndose considerablemente más lúcido. Miró a ambos lados, sintiéndose ya capaz de mover la cabeza.

-¿Cómo estás?

Quien le había preguntado eso estaba ahora de pie junto al biombo que delimitaba los márgenes del box, de brazos cruzados. Sesshomaru pestañeó un par de veces, intentando enfocar la vista en quien resultó ser su hermano menor, el mismo que no había querido saber nada de él, ni la tarde anterior ni en los últimos cuatro años. ¿Era él quien le había hecho esa pregunta? No había nadie más ahí, así que por lógica tenía que ser así. Si no hubiese estado tan drogado, sin duda le habría afectado ese interés tan inesperado por su persona. Pero como sí lo estaba, soltó una risita tontorrona, refregando la cabeza en la almohada.

-Muy feliz, la verdad. Ríete tú de la pastillita que robamos esa vez en el Hijiri…

Sus párpados cerrados le impidieron ver el amago de sonrisa que se asomó a las comisuras de Inuyasha, quien no añadió nada más. Sólo se limitó a mirarle en silencio y con aire reflexivo.

-No hace falta que te obligues a quedarte, hermanito – le dijo el mayor con una pena que no quedó reflejada en su sonrisa mórfica imborrable – Estaré bien. Mala hierba nunca muere.

Inuyasha frunció los labios y tardó un poco en contestar, como si no supiera muy bien qué decir o pretendiera andar con pies de plomo en esa conversación que, por primera vez en años, su intención no era cortar de raíz.

-Sabes bien que yo no soy de los que se obliga a nada.

Sesshomaru soltó un suspiro de agotamiento pero aun así sus ojos se entreabrieron para mirar a su visitante, poniendo toda la atención que en esos momentos se sentía capaz.

-¿Eso es que…?

-Ahora piensa sólo en recuperarte – le cortó el menor, negando suavemente con la cabeza como si considerara inapropiada la pregunta que sabía que el otro hombre iba a hacerle - El resto puede esperar.

-¿Hasta cuándo?

Inuyasha le miró quietamente antes de responder.

-Hasta que estés en condiciones de sentarte delante de esa copa.

Y esa vez, la sonrisa que se dibujó en el rostro empalidecido de Sesshomaru no tuvo nada que ver con ningún fármaco.

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Tras pasar un día vigilado de cerca por el personal sanitario en reanimación, y al estar evolucionando favorablemente después de la cirugía, Sesshomaru fue trasladado a la planta de los ricos repelentes – en palabras de Kagome – donde permanecería ingresado hasta poder volver a valerse por sí mismo. Inuyasha empezó a pasar con él la primera parte de todas esas tardes en que frecuentaba la clínica, para después refugiarse en la parcela segura que suponía la habitación de Kagome en cuanto las extrañas vibraciones le decían "Basta por hoy". El primer día apenas estuvo cinco minutos en la de su hermano, pero el siguiente fueron diez y su conversación trivial fue un poco más larga. A medida que fue avanzando la semana, la tensión fue aflojando y su actitud recelosa, de la que le estaba costando desprenderse después de tantos años alimentándola, empezó a quedar atrás.

No había hablado con Sesshomaru de nada relacionado con la relación de ambos ni con el fatal conflicto que vivieron. Sentía que era demasiado pronto para eso y tampoco quería hacerlo allí, tenían tiempo de sobra. Ahora sólo estaban tanteando el terreno, rompiendo el hielo. Hablaban de cosas sin demasiada importancia: de la recuperación del recién operado, de la película que Inuyasha estaba rodando, de los proyectos que Sesshomaru tenía pendientes de aceptar o rechazar, y un sinfín de cosas más dentro de la zona confort.

Cuando llegó el jueves, día en el que por trabajo había llegado bastante más tarde de lo habitual, Inuyasha recibió una llamada cuando estaba en la tienda de regalos, después de haberle prometido a Kagome el día anterior que otra vez le subiría esa chocolatina dulzona que tanto le gustaba.

-¿Diga? – preguntó mientras entregaba el producto a la dependienta para que se lo cobrara. Enseguida puso los ojos en blanco – Hola, Renkotsu…Bien, Sesshomaru está bastante mejor…Kagome también, sí, a punto de recibir el alta…Sí, es genial. Oye, sin rodeos, ¿qué querías?

Escuchó lo que el director quería decirle durante medio minuto, sujetando el móvil entre la mejilla y el hombro con la cabeza torcida en lo que buscaba en su cartera las monedas necesarias que tenía que entregar a la cajera. Éstas se le escurrieron de las manos a la mujer por culpa de él, que no apuntó bien al dárselas por el arrebato de indignación que le provocó oír los planes que Renkotsu tenía para él.

-¡¿Tanto?! ¿Estás de coña? – exclamó, empezando a notar el enfado ganando fuerza - Macho, no puedo irme tanto tiempo y menos de un día para otro, tengo en el hospital a mi hermano y a mi… - carraspeó incómodo, sintiéndose bloqueado.

-¿Amiga? – le ayudó la dependienta con una sonrisa picarona, pues se acordaba perfectamente de ese cliente que no era la primera vez que acudía a su tienda. No en vano había visto la mitad de sus películas.

Él le dirigió una mirada cómplice de agradecimiento por su colaboración, pero seguía escuchando a su interlocutor, cada vez de peor humor.

-Sí, ya sé que hay mucha gente involucrada y lo entiendo pero…Ya, si lo sé, es que…Está bien…¡He dicho que está bien, joder! – bramó como un trueno, de tal modo que la persona que había al otro lado del mostrador dio un bote del susto.

-¿Una mala noticia? – le preguntó en cuanto le vio colgar.

Inuyasha resopló, con el entrecejo muy arrugado y las facciones tensas por la impotencia. Murmuró una palabrota por lo bajo y se llevó los dedos a la frente, como siempre hacía cuando se sentía agobiado por algo.

-Una tarea muy inoportuna.

Ella se encogió de hombros, se dirigió a la estantería y volvió a acercarse a él con una segunda tableta de chocolate blanco en la mano.

-Las penas con chocolate son menos. Invita la casa – pronunció con una sonrisa tan dulce como su regalo.

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Subió en el ascensor apretando el botón de la última planta con mala leche. Su cabreo aumentaba como más minutos pasaban y más procesaba el marrón en el que acababa de verse metido. No podían haber elegido un peor momento para eso. Lo último en lo que pensaba ahora era en irse. No quería hacerlo, bajo ningún concepto, pero…no le quedaba otra. Había mucho dinero invertido, y de él dependían muchas personas. Era el actor protagonista, la pieza esencial y se le necesitaba para concluir el proyecto. Pero cómo le enrabietaba esa situación…

Dejar atrás a Sesshomaru en un momento tan vulnerable, ahora que por fin había entrado en razón y poco a poco se iba permitiendo aceptar la ilusión que le provocaba el retorno progresivo de su relación fraternal, era un auténtico contratiempo. Pero se estaría mintiendo a sí mismo si dijera que era de su hermano de quien más le jodía alejarse. No había sido él el primero en quien había pensado nada más recibir esas frustrantes indicaciones.

No había dejado de ver a Kagome ni un solo día desde el accidente. Ni durante el coma, ni en esas dos semanas posteriores. ¿Sería su mala conciencia la que le hacía estar tan encima de sus necesidades? ¿O el trauma por haberla tenido entre sus brazos con la vida colgando de un hilo ahora le hacía aferrarse a ella? Kagome no era su familia, ni su novia. Era su ex asistente, actualmente una "amiga" con la que se había acostado una vez, y que además de todo eso, estaba enamorada de él.

No habían vuelto a hablar de ese tema, pero algo le decía que ella seguía sintiendo lo mismo. Y es que a pesar de que la veía esforzarse por aparentar normalidad entre ellos, siempre había algo raro en el ambiente. Se percibía una especie de recelo por parte de ella, como si nunca terminara de estar relajada a su lado, como si estuviese lista para marcarle los límites en cualquier momento. Era lo típico de quien había abierto su corazón y no había recibido una respuesta positiva.

Cualquier persona con un poco de humanidad se alejaría para no hacerle más daño. Le estaba dando señales contradictorias queriendo estar siempre cerca de ella. La estaba confundiendo, la estaba mareando, y era plenamente consciente de eso. Era normal que Kagome no entendiera qué diablos estaba haciendo y estuviese siempre con esa actitud defensiva. ¿Estaba siendo egoísta? Mucho, sin duda. Y sin embargo, no se sentía capaz de dejar de serlo, de soltarla.

Las puertas del ascensor se abrieron y él se arrastró fuera, cansado de darle tantas vueltas a la cabeza y de sentirse un malnacido. Quizá ese viaje imprevisto era la manera que tenía el universo de decirle que iba siendo hora de poner distancia y de dejar atrás esos hábitos tan paradójicos que no le hacían bien a nadie. Nada más pensarlo, sintió un poderoso rechazo que ralló lo angustiante. No, definitivamente no quería estar en otra parte que no fuera ahí. ¿Realmente se estaría obsesionando, como le había dicho Tsubaki?

"Oh, por Kami, cállate ya…", se suplicó a sí mismo. Empezaba a dolerle la cabeza. ¿Todo ese bucle de pensamientos sólo porque le habían dicho que tenía que irse unos días? Qué locura…

Cuando pasó por la habitación de Sesshomaru, no le encontró y su enfermera le comunicó que se lo habían llevado a hacerse una ecografía, de modo que pasó directamente a la siguiente visita. Mientras se dirigía a la estancia que ocupaba Kagome, tomó una amplia bocanada de aire como si así pudiera borrar de su cara todo lo que había estado pensando, como si eso fuese a evitar que ella se diera cuenta de las comidas de olla que se estaba haciendo a su costa. Fue entonces cuando una voz masculina dentro de la habitación interrumpió su breve ritual de relajación. La puerta estaba abierta y no pudo resistir el impulso de dar un par de pasos hacia adentro, con una curiosidad ancestral por identificar al acompañante de la chica. Y nada más hacerlo, sus facciones se crisparon.

¿Qué hacía Baby Shark tan cerca de ella, hablándole como si estuviesen haciéndose confidencias? ¿De dónde salían esas confianzas?

"Si se la ha tirado, ya ves tú qué importa que se siente a su lado…". Ese pensamiento automático le atenazó, desatando un torbellino de agitación rabiosa.

No podía creerlo. Él se había estado devanando los sesos con tal de descifrar sus emociones, dejándose la piel luchando por salvar su relación con ella, había pasado ahí todas y cada una de las tardes desde hacía semanas, para luego encontrársela coqueteando con ese energúmeno y sonriéndole de oreja a oreja como hacía meses que no lo hacía con él. Se había enterado por Ujiko de que Koga venía con frecuencia por las mañanas, y concluido que era por ese motivo que no coincidían, pero lo que era seguro era que no pasaba ahí ni la mitad de tiempo que él. Desde que se los había encontrado juntos al pie de las oficinas de Miroku, la existencia del nadador se había convertido para él en una especie de sombra intrusa que pululaba en el círculo de Kagome. A veces su nombre era mencionado de pasada en las conversaciones que ella mantenía con su madre, cosa que le había confirmado que Koga seguía en su vida, pero había sido más fácil sobrellevar ese hecho sin verle la estúpida cara. Que se hubiese presentado ese día a su hora era algo más que un fastidio.

La pareja estaba tan metida en su conversación que no se dieron cuenta al principio de su presencia. Kagome estaba de piernas cruzadas sobre la cama y mirando al otro joven con expresión entusiasta, mientras él era el que estaba hablando, con una sonrisa marcada en los labios.

-¿Cómo no voy a estar contento? Tengo a la mejor novia del mundo.

-La tienes, sí – estuvo de acuerdo ella, acompañando su corta intervención con un simpático guiño.

-Nunca podré terminar de agradecerte lo que has aportado a mi vida.

-No te pongas dramático, hombre. Yo soy la primera que está encantada – sus ojos se desviaron hacia la puerta – Ah, hola, Inuyasha. No te había visto.

Inuyasha alzó una ceja y se puso las manos en los bolsillos, sintiéndose fuera de lugar de un modo tan descarado que terminó de enrabietarlo. Koga se había dado la vuelta enseguida y ahora lo miraba seriamente, como si fuera algo parecido a una amenaza.

-Sí, ya me había dado cuenta – replicó el actor con amargura - Perdonad la interrupción, sólo venía a decirle algo a Kagome.

-Tranquilo, yo ya me iba – le dijo Koga, que seguía observándole con una tensión evidente.

-Por mí no te cortes – contestó, arrastrando las palabras.

-Te aseguro que no me corto de nada. ¿Y tú? – preguntó desafiante.

-Koga…

El nadador miró a la chica que había pronunciado su nombre en un murmullo cargado de cautela. Intercambiaron una mirada cómplice, desprendiendo así un entendimiento y una confianza que irritaron profundamente a Inuyasha hasta hacerle apretar los puños. Finalmente, el varón de ojos azules se levantó, cogió la chaqueta que había encima del sofá y luego volvió a acercarse a la paciente para darle un beso en la frente que encendió una furiosa alarma en los instintos más primitivos de Inuyasha.

-Nos vemos, muñeca. Vamos hablando.

-Adiós, guapo.

Se dedicaron una última sonrisa del cariño más sincero y Koga salió de la habitación. Cuando pasó junto a Inuyasha, la mirada directa que se lanzaron a los ojos hubiese helado la sangre a cualquier espectador. En cuanto se encontró solo con Kagome, el actor exhaló el aire contenido con mala leche, sintiendo que de repente no le daba la gana verle la cara, por lo que avanzó hacia el sofá y ahí se quedó sentado, envuelto en un quieto malestar taciturno.

-¿Qué querías decirme? – le preguntó ella con despreocupación, haciéndose la sueca. Había sido testigo de ese duelo de testosterona, pero a esas alturas estaba empezando a acostumbrarse. Dadas las circunstancias, esa rivalidad tan evidente pero absurda no tenía ningún sentido.

-Que mañana me voy a Okinawa – se limitó a responder Inuyasha con una sequedad apenas disimulada.

-¿A Okinawa? ¿Para qué? – preguntó Kagome automáticamente, parpadeando con curiosidad.

-Sigue habiendo trabajo que hacer y no puedo estar todo el tiempo aquí – masculló con voz plana, cruzándose de brazos y desviando los ojos a las vistas de la ventana con tal de no mirarla a ella - Tengo una vida fuera de este hospital.

Kagome frunció el ceño ante la mordacidad de esa contestación y de esa entonación tan desagradable. Estuvo a punto de replicarle que nadie le obligaba a pasarse todos los santos días pegado a ella como una lapa, pero se mordió la lengua.

-Eso ya lo sé – se limitó a responder con acidez.

-Bien.

Se hizo un silencio cargante, durante el cual el aire de la habitación se fue enrareciendo por momentos. Los dedos de Kagome juguetearon con la sábana, inquietos. Conocía lo suficientemente bien a ese hombre como para saber que estaba molesto, y por mucho que estuviese segura de que ella no había hecho nada malo, no le estaba gustando la situación. Y como siempre, se vio incapaz de resistirse al impulso de intentar apaciguar lo que fuera que estuviese ocurriendo en esa cabecita de chorlito.

-Nunca he estado en Okinawa, me han dicho que es precioso. Supongo que quieren aprovechar el ambiente tradicional y rural. Será ideal para filmar paisajes y luego hacerlos pasar por medievales.

Inuyasha gruñó como toda respuesta y siguió contemplando el exterior a través del cristal. Kagome se dio cuenta de que tenía la mandíbula contraída, cosa que nunca era buena señal en él, pero eso no la achantó.

-¿Cuánto tiempo te vas?

-De dos a tres semanas, depende de lo que tardemos en terminar – contestó con frialdad, rallando lo robótico.

-¿Tanto? – se sorprendió, pues le pareció mucho. ¿Tan atrasados iban?

-Bueno, te quedas bien acompañada. Creo que lo superarás – farfulló, tan tenso que su sarcasmo fue evidente.

-¿Se puede saber qué bicho te ha picado? – le espetó, irritada - ¿A qué viene eso?

-A nada. Da igual.

-No, ahora me lo dices – reclamó enfadada - Tengo derecho a saber por qué te estás comportando como un imbécil, porque soy la que se lo está tragando.

-No te preocupes, te lo voy a ahorrar si tanto te cuesta aguantarme. Está claro que no estoy entre tus visitantes favoritos, como otros - después de fulminarla con la mirada por lo mucho que le había herido su comentario, se levantó del sofá ante la furibunda chica, que gracias a su última contestación había podido atar cabos.

- ¿Esto es por Koga? – inquirió Kagome, entrecerrando los ojos con sospecha.

-Ya me dirás tú qué tiene que ver ese pardillo conmigo – dijo malhumorado mientras cruzaba la habitación en dirección a la puerta.

-No lo sé, dímelo tú. ¿A ti qué te importa quién salga o deje de salir con mis amigas? – cuestionó con toda la intención, sonriendo malévolamente para sus adentros cuando le vio detenerse en seco.

Inuyasha se quedó estático por un momento, procesando lo que acababa de oír. Al instante tuvo la certeza de que si aquello era cierto iba a quedar como un idiota, pero aun así no pudo resistirse al impulso de querer salir de dudas. Carraspeó y ladeó un poco la cabeza, lo justo para encararla al fin.

- De...¿de tus amigas? – preguntó, parpadeando desconcertado - ¿Pero con quién...?

-Ayame – fue la simple y brusca respuesta de Kagome, pronunciada de mala gana.

-Pero…¿vosotros no estabais en algo?

Kagome soltó un laxo suspiro de agotamiento, antes de encogerse de hombros. Esa conversación iba a requerir todos sus recursos emocionales pero era importante llevarla por el buen camino. No quería que hubiese malentendidos, pero tampoco convenía crear precedentes siendo demasiado concesiva.

-Bueno, habíamos estado chateando y tonteando un poco mientras estuve en Nueva York, y estando aquí salimos un par de veces pero la cosa no fue a más. De hecho, el día en que nos viste fue precisamente cuando quedamos en ser sólo amigos– "Porque cuando te vi me di cuenta de que no te había olvidado". Claro que no tenía que contarle ese detalle. Si se estaba rebajando a hablarle a Inuyasha de ese tema como si tuviese que darle explicaciones, era sólo por el regocijo cruel que sentía al verle celoso por una vez.

Él cerró los ojos con brevedad y sacudió la cabeza ligeramente, sintiéndose perdido porque todavía faltaban piezas en esa historia para que todo cobrara sentido.

-Pero…¿y qué pinta Ayame aquí? ¿Desde cuándo están juntos? – quiso saber, sintiéndose más y más ridículo a medida que Kagome iba tumbando sus suposiciones de una en una.

-Pues era lo que me estaba contando cuando has llegado. Se han conocido aquí en el hospital viniendo a visitarme, sabía que estaban liados pero ahora lo están haciendo oficial.

-¿Entonces por qué se me ha puesto en ese plan gallito?

Kagome arrugó la frente.

-En primer lugar, tú también te has puesto gallito. Y en segundo lugar, ha reaccionado así porque es mi amigo y sabe cosas. No le haces gracia y quiere protegerme, pero nada más. ¿Ha terminado el interrogatorio ya? – preguntó mirándole con rencor, arrastrando las últimas palabras.

El tono de voz hostil de la chica hizo que Inuyasha se diese cuenta de que se había excedido cuestionándola. Sólo entonces cayó en el numerito que le había montado y se sintió avergonzado. Se sorprendió del arrebato de posesividad que había tenido, y de lo poco coherente que había sido consigo mismo con ese tema. Apretó los puños, sintiéndose realmente imbécil. No sabía cómo salir de esa porque no podía decirle la verdad. No podía decirle que se había sentido traicionado por haber pensado que ya no era el único al que se entregaba. Del mismo modo que no podía contarle que el día en que la había visto con Koga, se había ido directo a los brazos de su amiga con derechos por puro despecho, queriendo devolverle la jugada en medio de una venganza infantiloide. Nunca se había sentido tan desconcertado por su propio comportamiento.

-Perdona, Kagome. No quería hacerte sentir incómoda… - empezó a disculparse, con la expresión bastante más suavizada.

Si bien había creído que esas palabras la ablandarían, se equivocó. La mirada de Kagome era un témpano y cuando le contestó, su voz sonó tan fría que él tragó duro al oírla.

-Te veo muy subidito en cuanto a mí se refiere, así que necesito que te quede algo bien claro Inuyasha… - inspiró hondo para darse fuerzas, pero su semblante no reflejó la más mínima vulnerabilidad cuando pronunció su advertencia – Nada de lo que yo haya podido confesarte o decirte te da ningún derecho, ni el más mínimo poder sobre mí. ¿Estamos?

-Kagome…- empezó a decir con tono conciliador, pero en ese momento la puerta se abrió y una alegre enfermera vestida de blanco entró como una exhalación, seguida de cerca por un camillero con cara de pocos amigos que arrastraba una silla de ruedas.

-¡Buenas tardes, querida! – la saludó ella con una encantadora sonrisa – Ha llegado el momento de hacerte el último TAC, ¿estás preparada?

-Sí, claro, pero no va a hacer falta la silla – le contestó Kagome, disimulando adecuadamente su malestar por la reciente discusión con el atractivo hombre que tenía delante, a los pies de la cama – Ya camino bien, y en teoría mañana me dan el alta.

-¡Fenomenal! Pues ponte los zapatitos e iremos a pie, así terminas de entrenar. ¿No es genial, Toshu?

A Toshu se le contrajeron las facciones de una manera que delató la poca gracia que le había hecho hacer el viaje y subir la silla para nada. La enfermera ayudó a Kagome a levantarse, incluso aunque enseguida vio que efectivamente no era necesario. Inuyasha tuvo el impulso de acercarse también a colaborar, pero la mirada helada que le lanzó la paciente hizo que se lo pensara mejor y se reprimió.

Una vez se encontró solo, fue a dejarse caer en el sillón que había al lado de la cama. Se rascó la cabeza, maldiciéndose a sí mismo. Él habría jurado que Koga y Kagome…Pero no, no estaban juntos, y al parecer nunca había pasado nada entre ellos. La sola idea le llenó de una emoción triunfal, por la que inmediatamente se reprendió. Como bien había reclamado Kagome, él no tenía ningún derecho a controlar con quien salía o dejaba de salir. Aun así seguía teniendo esa imperiosa necesidad de hacerlo pero en todo caso, ese era su problema, no el de ella. No quería irse de viaje sin haber arreglado las cosas con la chica, de modo que se puso cómodo, dispuesto a esperar a que volviera.

Continuará...

Otra vez peleándose por niñerías, menudo par de elementos están hechos, son tal para cual... Aunque esta vez el motivo ha sido algo más cool, ¿o no? Jejejeje Dios bendiga a Koga y a sus empujoncitos.

¡Muchas gracias por vuestros reviews! Y perdón por no haberos contestado, me ha sido complicado encontrar el momento U.U Espero que con los próximos no se repita. Os aseguro que los llevo a todos en el corazón.

¡Un abrazo!

Dubbhe