CAPÍTULO XIX – CERCA

El asfalto era áspero y duro, tanto que podía notar las piedrecitas que lo componían clavarse en sus piernas a través del pantalón. A unos metros de él, un cadáver reposaba sobre el capó hundido de un coche azul. La carretera se había quedado desierta, y el silencio de la noche sólo era roto por sus propios sollozos de congoja. El cuerpo cada vez menos cálido que sostenían sus brazos le estaba manchando la camisa de sangre. Lo estrechaba contra él como si pretendiera cederle parte de su energía vital o de su alma, cualquier esencia que sirviera para evitar que la llama de la vida de la chica se apagara. Sus dedos temblorosos acariciaban el pelo azabache como si quisieran consolarla a pesar de que ni siquiera podía consolarse a sí mismo, decirle que todo iba a estar bien cuando ni siquiera él se lo creía.

Los minutos avanzaban despacio como si fuesen eones, sumiéndole cada vez más en el pozo de su propia desesperación a medida que la temperatura de Kagome no hacía más que descender. La llamaba sin parar, le suplicaba que no le dejara, no podía dejar de pronunciar su nombre como si pretendiera invocarla, hasta que dejó de oír su propia voz al quedar ahogada por el sonido de las sirenas. Como si todo pasara a cámara lenta, vio a dos personas bajar de la furgoneta blanca y roja para apresurarse hacia donde él estaba. Otras dos bajaron de detrás y fueron a socorrer al otro conductor, sin tener conocimiento todavía de que ya era tarde. Un chico joven y una mujer más madura le obligaron a soltar a su protegida, e Inuyasha hizo de tripas corazón para cedérsela, sintiendo que una parte de él muy grande también era alejada, marchándose con ella.

Kagome fue tendida en el suelo con sumo cuidado. Mientras la cincuentona le abría los párpados y hacía oscilar una pequeña linterna para estudiar sus pupilas, su compañero colocó los dedos índice y anular debajo de la mandíbula. Pasados unos segundos, ambos intercambiaron una mirada de consecuencia y ella hizo un gesto de negación, consultando su reloj de pulsera.

-Ha sido muy reciente, así que asumiremos…Hora de la muerte: veintiuna con dieciséis minutos.

Esas palabras resonaron en la cabeza de Inuyasha una, diez, cien, mil veces, haciendo un eco atronador. El cuerpo se le congeló y algo en su interior se partió en dos, para después sentirse totalmente vacío.

"Nunca se lo dije…No llegué a decírselo…"

Y entonces gritó en un intento de liberar ese dolor tan desgarrador, tan insoportable. Gritó muy fuerte.

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Se incorporó de golpe, quedándose sentado en el sofá con el horror bañando sus facciones, cogiendo aire por la boca en medio de un estertor como si hasta ese momento hubiese estado ahogándose, y sintiendo el ardor de las lágrimas formar una película en sus ojos.

-¿Inuyasha?

Él no contestó porque apenas la oyó, seguía procesando lo que había ocurrido en su universo interior mientras intentaba calmar su respiración acelerada. Sintió una mano en el brazo y cerró de nuevo los ojos para concentrarse en eso, como si quisiera aferrarse a esa prueba de que la vida real era esa. Sus labios liberaron un sonido que quedó a medio camino entre un resoplido y un quejido. Hundió la cara entre sus manos, apenas notando el modo en que su cuerpo temblaba.

-Tranquilo, tranquilo…Era sólo un sueño – le aclaró Kagome, conmovida por lo que estaba viendo. La agitación y el sufrimiento que había apreciado en el hombre durmiente la habían impresionado tanto que se le había olvidado por completo el enfado residual que había traído consigo después de volver a la habitación. Estaba punto de despertarle para sacarle de ese estado tan descorazonador cuando él mismo lo había hecho solo.

La voz de Kagome le ayudó a poner los pies en la tierra y volteó a mirarla con cierta incredulidad. Todavía no distinguía bien la ficción de la realidad, su mente seguía situándose progresivamente, procesando la vigilia. Ella estaba sentada en la cama muy cerca de él, velando su despertar, e Inuyasha no pudo evitar alargar la mano hacia su rostro en un impulso, sintiendo bajo las yemas de los dedos la suavidad de su piel, el tacto fino de su cabello, observando sus expresivos ojos castaños pestañear, ahora llenos de vida.

-Estás aquí… - murmuró, apenas recuperando el habla.

La muchacha lo observó confundida. Sus mejillas se tiñeron de un tono rosado, delatando su turbación ante la inesperada caricia. Esa reacción tan inocente despertó una ternura inusitada en Inuyasha, y le provocó un calorcito tan reconfortante en el pecho que casi tuvo ganas de sonreír.

-Sí, claro que estoy aquí… - ella no pudo evitar fruncir los labios cuando le vio soltar un bufido que desprendía alivio - ¿Estás bien? ¿Quieres hablarlo?

-No te preocupes. Estoy acostumbrado – musitó desviando la mirada y esbozando una mueca de resignación.

-¿Pero qué dices? ¿Esto te pasa a menudo? – abrió los ojos desconcertada, ya que era la primera noticia que tenía de eso – Inuyasha…eso parecía más un terror nocturno que una pesadilla. ¿Lo has consultado con un especialista? Podemos aprovechar que estamos aquí y…

El actor sacudió la cabeza, interrumpiendo y descartando al instante la propuesta.

-Se me pasará, Kagome. No tiene importancia.

Sin embargo, la aludida le conocía lo suficientemente bien como para saber que no estaba siendo del todo sincero, pues no se le estaba pasando por alto el modo en que ese par de soles dorados la evitaban, ahora tan apagados. Se le veía tan vulnerable e indefenso que Kagome sintió que se le oprimía el corazón, y el suyo propio no quiso permitirlo.

-Ven – le cogió una mano y tiró suavemente de ella, instándole a que se sentara a su lado.

Inuyasha suspiró y obedeció, demasiado agradecido por tenerla ahí junto a él después de cómo la había visto en su mente, como para resistirse a esa invitación. Su semblante desvalido era tan evidente que Kagome no pudo contener el impulso de acercar su mano para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja una vez lo tuvo cerca, intentando transmitirle con ese mimo todo el cariño del que era capaz esa parte de ella que le adoraba.

-Cuéntamelo. ¿Qué ha pasado? – ante su silencio, y al ver que él miraba fijamente el suelo sin intención aparente de empezar a hablar, decidió dar ella el primer paso – No dejabas de pronunciar mi nombre, así que supongo que tendrá que ver conmigo.

Inuyasha soltó aire por la nariz y cerró los ojos en señal de derrota, ante esa especulación que le dejaba acorralado. Tras una breve pausa previa a la rendición y con desgana, marcó con la cabeza un breve movimiento afirmativo.

-Vale...¿y qué me ocurría? – cuestionó Kagome con dulzura y paciencia.

-No. Qué te ocurrió – la corrigió él con pesar, como si le costara mucho esfuerzo mantener esa conversación – Es…esa noche. La revivo una y otra vez.

-¿La noche del accidente? – se tomó su siguiente silencio como un "sí" y le dio un cálido apretón en la mano, regalándole una comprensiva sonrisa – Eso tuvo que ser horrible y lamento que tuvieses que pasar por eso. No creo que pudiera llegar a imaginarme lo que tuviste que sentir en una situación así. Pero Inuyasha… tu presencia y tu reacción me salvaron la vida. Yo estoy aquí, gracias a que tú estabas allí. ¿Eso no te dice nada?

-También fue por mí que acabaste allí, para empezar – replicó por automático, con amargura y sin pensarlo.

Kagome enmudeció y su rostro quedó patidifuso. Lo contempló varios segundos mientras las ideas conectaban en su cabeza y cuando al fin habló, la voz le salió entrecortada:

-Tú…¿eso es lo que crees? ¿Has estado todo este tiempo…pensando eso?

Inuyasha le devolvió la mirada para enfrentarla al fin, delatando lo mucho que le estaba hiriendo sacar a la superficie esa certeza cruel que le había estado corroyendo por dentro.

-No soy el héroe en esta historia, Kagome – se limitó a decir, sombrío.

Ella le miró fijamente con cara de póker unos instantes, el tiempo que tardó en procesar lo que acababa de oír, pero en cuanto abrió la boca para decirle lo que pensaba al respecto, una tercera persona entró en la habitación tarareando una canción. Se trataba de su enfermera de la tarde, que nada más verles en esa postura de confidencia y darse cuenta de cómo Inuyasha desviaba incómodo sus ojos cristalizados fuera de su vista, se llevó las manos al pecho abochornada y les pidió perdón con la mirada. Al parecer su tarea no era nada urgente, porque volvió a irse cerrando la puerta tras de sí para darles intimidad, consciente de que había interrumpido un momento privado de un personaje público muy importante para la clínica. Kagome no le dio mucha más importancia y enseguida volvió a centrar su atención en el hombre que tenía al lado.

-Termina de contarme tu sueño – le pidió con suavidad - ¿Dices que has revivido esa noche?

Inuyasha tragó duro. Lo último que quería era seguir pensando en eso, pero en esos momentos sentía que no podía negarle nada. Quizá no era correcto permitir que la víctima de sus errores fuera quien le consolara, pero en todo caso aquello supondría sólo una línea más que añadir a esa lista de actos egoístas que le hacían un canalla. Su honor ya estaba por los suelos, ¿qué más daba un poco más?

– Todo era exactamente igual, tan fiel, como si volviese a vivirlo, sólo que…esta vez los médicos no llegaban a tiempo y tú…tú… - tuvo que callarse porque sintió un nudo en la garganta.

Kagome se dio cuenta de cómo el matiz húmedo se potenciaba en esos ojos que se resistían a enfocarla, y eso le dolió en lo más profundo.

-Yo…¿moría? – le completó la frase para impedir que tuviera que hacerlo él mismo.

Inuyasha arrugó el entrecejo y cerró los párpados en un intento tanto de controlar sus emociones como de ocultar su frágil estado, pero su rostro se desencajaba por momentos al evocar la que había sido la peor pesadilla de todas las que había tenido hasta ahora. Y la superioridad era aplastante.

-Ha sido tan real… - se lamentó, aguantando la respiración en un último intento de que no se le quebrara la voz, sin éxito.

Kagome reaccionó por instinto al ver que se estaba viniendo abajo. Se apresuró en secarle las lágrimas que empezaban a mojarle las pestañas, y aprovechó ese gesto para instarle a redirigir su mirada hacia la de ella, que también se estaba empañando segundo a segundo. La empatía la embargaba de una forma tan abrumadora que estaba sintiendo su dolor como si fuera el suyo propio. No podía creer que Inuyasha llevara tantas semanas sintiéndose responsable de algo tan horrible, a merced de una culpa tan injusta.

-Inuyasha, mírame. Mírame, amor – insistió sin filtro alguno, las palabras estaban aflorando directamente de su corazón sin que las meditara. El hombre obedeció la segunda vez, conmovido por cómo se había dirigido a él, con tanta naturalidad además – No, no ha sido real – le alzó una mano, posándola entre ambos, y la envolvió con las suyas en el afán de transmitirle una demostración a través del tacto – Esto sí lo es – se dejó una mano libre y dejó que el dorso le rozara la cara. Él cerró los ojos absorto, como si esa carantoña tan simple le estuviese dando la vida – Estoy viva y aquí, contigo.

Él la atravesó con su atormentada mirada. Sus iris tenían un reflejo ámbar, fruto de esa penumbra que anunciaba la inminente consolidación de la noche. En un impulso y tras apreciar el escaso convencimiento en esos ojos, Kagome se acercó hasta pegar su frente a la suya, llevando las manos a sus hombros y dándoles un suave apretón que pretendía ser una dosis de realidad. Inuyasha cerró los ojos de nuevo, concentrándose en su cercanía y sus manos se trasladaron a la cintura de la muchacha, en un reflejo que buscaba aferrarse a ella.

- ¿Lo sientes? ¿Sientes lo verdadera que es mi presencia? – cuestionó Kagome, y él asintió sutilmente como respuesta sin separarse ni un centímetro – Bien, y ahora escúchame. Escúchame muy atentamente: nada, repito, nada fue culpa tuya.

-Kagome…- el disgusto con el que él gruñó su nombre dejó más que claro el rechazo que esa idea le provocaba.

-He dicho que me escuches – demandó con firmeza, interrumpiendo toda protesta – Te hice esa visita porque quise, tú ni siquiera me esperabas esa noche. Y fue ese hombre el que se saltó el stop, y yo la que no se puso el cinturón.

Los labios de Inuyasha liberaron un laxo suspiro antes de murmurar su breve contestación.

-Lo sé…

-Pues si lo sabes, dime…¿dónde queda tu papel en todo eso?

Una vez pronunciada esa pregunta, ambos se quedaron en silencio. Permanecieron quietos, en la misma íntima postura. Inuyasha tenía los ojos cerrados y su rostro seguía reflejando sufrimiento, aunque ahora el motivo era distinto. No había que ser muy listo para leer entre líneas. No sabía si Kagome creía en sus propias palabras, lo que sí que estaba claro era que estaba intentando protegerle de sus demonios con todas sus fuerzas. En ese instante supo que ella diría cualquier cosa con tal de ayudarle a recomponerse. Detrás de ese empeño incombustible se adivinaba un amor palpable que le causó vértigo. Kagome se volcaba en cuidar de él, sin importarle que aquello pudiese sacar a relucir sus sentimientos, sin avergonzarse de que se notaran, de mostrarlos como un libro abierto. Ella tenía el triple de agallas que él.

"Y mientras, tú la destrozas con tu silencio". La crudeza de esa sentencia le invadió de una forma tan abrupta que pareció morderle, y el malestar que le generó esa auto acusación se delató cuando su entrecejo se frunció. Kagome lo notó.

-¿En qué piensas?

Tomándose su tiempo para contestar, él se dedicó a sentir su calidez bajo las palmas de sus manos, y a la vez su respiración mezclándose con la suya. Cada bendita bocanada de aire que le oía tomar alejaba un poco más esa visión terrorífica de su cuerpo sin vida que tardaría mucho en olvidar. Y al mismo tiempo, hacía que anhelara sentirla todavía más cerca.

-No puedo decírtelo – susurró apenado, como si de un pecado doloroso se tratara.

-¿Por qué no? – le preguntó igual de bajito.

Inuyasha entreabrió los ojos, preguntándose por qué la chica siempre quería saber el porqué de todo. Sabía que era una mala idea contestarle esa vez. Y aun siendo consciente de eso, las palabras escaparon de entre sus labios traicionando a su moral, a esa parte de él que quería mantenerse en terreno seguro por el bien de la persona que tenía entre sus brazos, pero también por el suyo propio. Ese al que llevaba meses custodiando con tanto esmero y temor.

-Porque si te lo dijera…volvería a estropearlo todo – confesó, tragando duro nada más pronunciar esa amenazadora verdad.

Kagome pestañeó un par de veces y realizó una inspiración errática. Aquello fue señal suficiente para que Inuyasha supiera que ella había entendido perfectamente a qué se refería, pero su advertencia pareció estimular más a su curiosidad que a su prudencia.

-Sólo dímelo… - aceptó impasible. No le importaban las consecuencias de una conversación espinosa, no ahora que su máxima prioridad era sacarle de ese pozo de desasosiego – Dime en qué piensas…

Se hizo un silencio que Kagome respetó por el modo en que los orbes dorados que la miraban se enfocaron en ella de forma más profunda, transmitiéndole la certeza de que detrás de tanta resistencia se escondían palabras difíciles de pronunciar, un secreto que una vez expresado tendría mucha fuerza. Sin embargo, intuyó que Inuyasha había sucumbido a compartir el contenido de sus pensamientos por el aire que le sintió expulsar por la nariz y que sonó a rendición.

-En besarte…

Él sintió su exhalación nerviosa contra la piel del rostro, y notó los finos dedos apretar la tela de su camisa. Estaba claro que ella no habría esperado una respuesta como esa ni en un millón de años. Las pestañas femeninas se abanicaron un poco hacia arriba, para revelar un castaño que brillaba por los sentimientos contenidos.

-¿Por qué…? – insistió apenas, rallando el tartamudeo debido a la alteración repentina.

Kagome dio un breve respingo cuando una de las manos varoniles soltó su cintura poco a poco para ir a rozarle la comisura izquierda de la boca con el pulgar, manifestando el deseo que acababa de expresar en voz alta. La mirada de Inuyasha dejó de enfocarse en la de ella para bajar hacia sus labios, que se habían entreabierto en reacción a su caricia. De los de él solo salió una simple confesión:

- Porque siento que te necesito…más que nunca.

Kagome ya se había dado cuenta de lo que él estaba mirando y no podía hacer más que esperar en silencio, petrificada por el amor. Tragó saliva cuando su raciocinio la abandonó habiendo perdido la batalla, dejándola al abasto de aquello en lo que se había prometido no volver a caer. Sus párpados se entrecerraron y aquello fue interpretado como un consentimiento mudo que terminó con el autocontrol del hombre. La escasa distancia remanente empezó a ser cubierta por Inuyasha muy poco a poco, con una cautela desesperante y como si temiera hacerlo. Le miraba la boca y ella le miraba los ojos ensimismada, hasta que los cerró del todo nada más notar el principio de la caricia húmeda. Estremeciéndose por la electricidad de ese dulce contacto, los labios de la chica se separaron un poco más entre ellos para que él pudiese terminar de tomarlos a su antojo. Cuando eso al fin ocurrió, la sensación de dejarlos fundir con los suyos le despertó a Inuyasha un remolino de emociones en el cuerpo tan arrollador que un gemido ronco se ahogó sólo a medias en su garganta.

En la ya casi oscuridad de esa habitación que no parecía de hospital, sus labios se buscaron y se consolaron. Sintiéndose, acariciándose, saboreándose sin prisa. Por primera vez, ambos dueños con los sentidos bien receptivos y dedicados, en plena conciencia y sobriedad.

-Te necesito… - se oyó susurrar Inuyasha, como si haberlo dicho una sola vez no pudiera expresar con justicia todo lo que llevaba dentro de sí mismo.

Esas palabras fueron entonadas como una súplica y Kagome suspiró dentro del beso. Sabía que debía pararlo, era consciente de que aquello no era una buena idea, pero había una cosa que tenía todavía más clara: le amaba. Si algo le daba más miedo que la posibilidad de volver a sufrir, ese algo era que Inuyasha se detuviera.

Él presionaba sus labios con avidez, como si la proximidad absoluta del rostro femenino no fuese suficiente. Los besos de Kagome le estaban devolviendo la vida al cuerpo y en vez de saciarse de ellos, cada vez quería más. Cada uno sanaba una herida, un minuto de sufrimiento de esas últimas semanas, anulando cada vez más y más su tormento y los miedos pasados. Estaba siendo consciente de ese mágico efecto, y la única manera de dejar de oír esos perturbadores pensamientos era seguir besándola con más exigencia, con un ahínco que demandara suma concentración. Era más fácil canalizar así todos esos sentimientos que le desbordaban, que armarse de valor para analizarlos.

Kagome llevó las manos a su nuca, aferrándose a él, dejándose llevar por el ímpetu de su muestra de afecto. Se estaba sintiendo más enamorada que nunca, demasiado como para resistirse a él, o para tan siquiera pensar en hacerlo.

Inuyasha tenía la mente casi en blanco, pues sólo una cosa la ocupaba: el amor de Kagome, que le había intimidado y dado un profundo respeto desde el momento en que supo de su existencia, ahora le llamaba hasta el punto de anhelarlo. Cuando el contacto febril de sus labios no fue suficiente y sus manos empezaron a tomar parte en el encuentro, no buscaron acariciar a un cuerpo sino a un alma.

Ella suspiró contra su boca cuando sintió el delicado movimiento en su cintura. Había codiciado tanto el recibir su tacto de esa forma tan cariñosa y devota que se quedó inmóvil, entregando su cuerpo con una actitud tan evidente que Inuyasha sintió que se quedaba sin aire. Con el paso de los minutos, sus manos recorrieron la silueta de Kagome lentamente, sin prisas, por encima del batín y a medida que ella se iba recostando, tanto para facilitarle la tarea como por la energía dominante del beso que estaba recibiendo. Después de notar las palmas y dedos varoniles ascender progresivamente, Kagome se estremeció cuando los sintió por primera vez encima de sus pechos, abarcándolos con suavidad. Los pulgares tantearon el relieve de sus pezones, acelerando aún más la frecuencia de su respiración y obligándola a interrumpir la caricia de sus lenguas para morderse el labio, con tal de contener un gemido.

Inuyasha percibió como la mujer se arqueaba contra él y el mensaje fue arrolladoramente claro: "más cerca". Sintiéndose consumido por sus propias emociones, se vio cubriéndola con su cuerpo para complacerles a ambos, rozándole los labios con los suyos y respirándola con abandono. Esta vez fue ella quien no pudo evitar buscar su boca y él se la entregó mientras sus manos volvían a descender, investigando con arrolladora curiosidad toda curva que se encontraron por el camino y entrando en territorio de las piernas. Se arrastraron por los muslos, recorriéndolos con la misma sed de descubrimiento y al llegar a las rodillas, volvieron por donde habían venido pero esa vez por debajo de la bata, para poder seguir acariciando con más libertad esa piel que ganaba calidez con el paso de los minutos.

Kagome abrió sus ojos para verle los suyos ante ese nuevo atrevimiento, rompiendo el beso pero no alejó el rostro más que un centímetro. Parecía como si no quisiera decir nada para no ser acusada de cómplice de esa locura inminente, pero a la vez su actitud mostró una disposición del cien por cien cuando su pierna se levantó del colchón, quedándose doblada con tal de ser mejor abarcada por esa mano ardiente que la recorría. Cuando sus párpados volvieron a cerrarse, recibiendo dócilmente la caricia, él volvió a precipitarse sobre sus labios, sintiéndose sediento de ellos. Abandonó la suavidad que justo había empezado a explorar porque de repente le urgió más llevar esa mano al rostro de la joven, afianzándose en un costado con la palma mientras se consumía en ese beso. El torso de Kagome volvió a rozarse contra su pecho y él le pasó un brazo por detrás de la espalda con tal de afirmar ese acercamiento, asegurándose de que la gloriosa sensación de estar tan pegados no se perdería.

Y aun así, todo eso seguía sin ser suficiente. Como tampoco fue suficiente el notar sus caderas siendo encerradas a lado y lado por los muslos de ella. Abandonó sus labios hinchados para arrastrar los suyos sobre la piel enardecida hasta la oreja. Una descarga de adrenalina sacudió todo su ser cuando su lengua se hundió entre los pliegues de cartílago y el cuerpo que tenía entre sus brazos tembló como una hoja al viento. Cuando volvió a verle la cara, las marcas de dientes debajo del labio inferior le contaron que ella había tenido que mordérselo con mucha fuerza para permanecer callada.

Después de haber percibido un poderoso cosquilleo entre sus piernas y sin que se rompiera el contacto visual, Kagome mordió también el labio de él e Inuyasha respondió pasándole la punta de la lengua por los incisivos superiores. Tras ese desafío mutuo y como si de un acuerdo tácito se tratara, ambas pelvis se deslizaron la una contra la otra. Kagome jadeó al notar sobre el pubis la consecuencia de esas intimidades tan efusivas que estaban compartiendo. Sentía su anatomía modificada por dentro, activada y hasta dolorosa, exigiendo la presencia de esa otra que se ceñía contra ella, endurecida y palpitante. Se aferró a él, abrumada por todo ese fuego cuando se dejó llevar, ondulando sus caderas una vez más.

Inuyasha gruñó entre sus labios, empezando a sentirse ansioso. Era obvio que si no se detenían, las cosas pasarían a otro nivel y buscó el efecto de esa evidencia en los orbes castaños. Los escrutó en busca de cualquier rastro de duda, de esos temores y complejos que sabía que existían en ella y por los que no se atrevía a dar por descontado el siguiente paso, soportando estoico sus más primitivos impulsos. Pero lo que le contaron esas pupilas dilatadas que le devolvieron la mirada fue que su compulsión no era unilateral. En esa respiración acelerada y ese rostro sonrojado tampoco había vacilación alguna, y mucho menos en esas pequeñas manos que empezaron a manipular el cierre de su pantalón. Se quedó inmóvil y completamente sumiso mientras dejaba trabajar a esos dedos que parecían torpes e inseguros, como si él no fuese el único que no las tenía todas consigo acerca del convencimiento de su acompañante por seguir adelante.

¿Tan mal lo había hecho con ella como para que ahora Kagome creyera en la posibilidad de que él no quisiera hacerlo? ¿Acaso podía tener menos fe en sí misma? Lo peor era que no podía culparla por eso. Él se había encargado de hacerle creer que aquello que compartieron una vez no había sido lo mejor que le había pasado en su miserable vida. De habérselo reconocido, quizá no se habría jodido todo. Quizá no la habría perdido y anhelado como un desesperado. Quizá no estaría ahora pensando en que se moriría si no la tenía.

Más cerca.

Queriendo que le quedara bien claro lo hambriento que sí estaba de ella, su mano volvió a aventurarse debajo del batín. Cuando sintió a esa intrusa rozándole la ingle, Kagome cerró los ojos y frunció los labios, conteniendo un gemido en reacción a los dedos que se colaron por dentro de la ropa interior desechable que había vestido para la prueba de imagen. Sintió su delatadora humedad demostrarle a esos dedos que esa vez no harían falta palabras tranquilizadoras ni preparativos especiales. La fogosidad compartida hasta ese momento había bastado y sobrado para tener el cuerpo ya dispuesto a todo. Un par de yemas rozaron cierto punto reactivo que la hizo jadear, sometiéndola a un poderoso dèja vu, antes de que la frágil tela sintética fuera apartada de su cuerpo con un tirón y un lastimero quejido.

El abrazo se intensificó hasta notárselo en los huesos. Los labios volvieron a acariciarse con tanta fuerza que se les durmieron, y los centros de sus cuerpos se encontraron. Conteniendo la respiración, Inuyasha fue soltando poco a poco el peso de sus caderas contra el sexo de la mujer, que cedió ante la presión de su dureza y empezó a recibirle en su interior. Kagome no pudo evitar contraer sus facciones al percibir la creciente conexión física con el hombre que amaba. Sus párpados se apretaron y un sonoro gemido roto afloró. Él reaccionó por acto reflejo, rompiendo el beso para cubrir la boca de su amante con una mano. Privarse de oírla le parecía un sacrilegio, pero era consciente de que el mínimo sonido extraño les delataría, y ahora solo podía pensar en que su mundo se acabaría si eran interrumpidos antes de terminar de consumar esa unión. El resto de consecuencias de ser pillados no podrían importarle menos. Por su lado, mostrando su acuerdo y como si supiese de antemano que la mordaza que él le mantenía no sería suficiente, la mano de Kagome se posó encima de la masculina, afirmándola contra su rostro.

Cuando estuvo al completo dentro de ella, Inuyasha soltó el aire pesadamente, concentrándose en la maravillosa sensación de los músculos interiores de la mujer abrazándole como un agarre caliente que le retenía y clamaba por él. Se deslizó en retroceso y el abandono le dolió en las entrañas, para luego volver a llenarla con moderada impetuosidad. Otro lamento desesperado se ahogó contra la palma de su mano, y los dedos de ella presionaron los suyos hasta ponerse blancos los nudillos. Él tuvo que apretar la mandíbula, serrando los dientes, luchando por controlar a su cuerpo para que aquello que había codiciado en secreto durante meses no quedara reducido a un par de agridulces minutos.

La medida de silencio que habían instaurado era eficaz pero no duró demasiado. Durante la siguiente acometida, Inuyasha notó que la boca se le hacía agua al sentir el aliento encendido que liberaron esos labios húmedos, quemándole la piel. Necesitaba seguir degustándolos y se lo advirtió a su dueña con una mirada mientras apartaba la mano con precaución. Cuando la penetró de nuevo, Kagome arqueó su espalda conteniendo apenas un siseo y recibió aliviada la boca del hombre, que se apoderó de la suya y las lenguas danzaron, desfogando el torbellino de sensaciones que los estaba devorando vivos. Cuando el brazo liberado de Inuyasha volvió a envolver su cintura, la chica respondió enredando sus dedos en la salvaje melena negra, haciendo caso omiso de la punzada que le causó la aguja de la vía al cerrar el puño. En cuanto sintió que se quedaba sin aire por ese beso tan candente, sus labios se desviaron al esconder el rostro en el cuello del hombre. Ahí su nariz se inundó de esa colonia amaderada que la tenía en una nube. Sentía que se derretía entera como mantequilla en verano, empezando por su sexo, que se deshacía en placer alrededor del de él.

Y es que el hecho de que Inuyasha estuviese siendo igual de delicado que la primera vez no estaba haciendo que el encuentro fuera menos pasional. Su erección se abría paso en su carne estimulando terminales nerviosas de forma tan intensa que Kagome no reconocía a su propio cuerpo. Permaneció con los ojos cerrados, concentrándose en el punto donde su ser se fundía con el de él y a los pocos minutos estaba haciendo un esfuerzo titánico para no gemir demasiado alto. Echó la cabeza hacia atrás mordiéndose la boca. Las piernas le temblaban y sentía los fluidos desbordar de su interior con cada invasión. ¿Pero qué era todo eso…?

Lo oyó soltar un gruñido que casi pareció un sollozo cuando él buscó ahogar sus propios sonidos contra la curvatura de su cuello. Dejándose llevar por el frenesí, Inuyasha se desfogó usando la boca hasta dejar la piel nívea marcada por las succiones. Kagome soltó un largo suspiro cuando los choques eléctricos generados por ese gesto le erizaron todos y cada uno de los vellos sobre su superficie corporal. El antebrazo que cruzaba su espalda la arrimó todavía más a ese pecho cálido y fuerte que la sumía en una sensación de protección. El abdomen fibroso que se pegaba a su vientre empezaba a estar muy tenso. El cuerpo de Inuyasha se ponía cada vez más rígido y sus movimientos se estaban volviendo erráticos. Lo que moría contra su hombro eran gemidos roncos cada vez más agónicos. No era la primera vez que le tenía en esas condiciones, tan al límite, y un espasmo entusiasta sacudió su intimidad ante el pensamiento. Cuando la sensibilidad entre sus piernas la amenazó con detonar, se abrazó a las caderas masculinas con los muslos, exigiendo el premio mayor y eso hizo reaccionar a Inuyasha, que alzó la cabeza para que sus miradas brillantes por la pasión pudieran volver a encontrarse, juntándose sus frentes. El ver reflejado en la expresión del otro lo mucho que su amante estaba disfrutando multiplicaba por cien su propia capacidad de sentir, y fue retroalimentándose de esa forma que la culminación en ambos cuerpos pareció sincronizarse.

En cuanto vio el rostro de Kagome desencajarse y sintió las contracciones alrededor de su miembro, Inuyasha se apresuró en volver a capturar su boca, bebiéndose su orgasmo al mismo tiempo que empezaba a percibir la amenaza del suyo. La sintió afianzar el agarre de las piernas en su pelvis, tirarle ligeramente del pelo que tenía agarrado, perderse en las ligeras pero consecutivas sacudidas de su cuerpo. Absorbida por la intensidad de ese clímax que sólo había experimentado con ese hombre y ahogando mil gritos en el beso, Kagome se contoneó instintivamente como si pretendiera arrastrarle con ella.

Y lo logró. Inuyasha fue incapaz de seguir con el hilo del beso cuando su sexo se liberó, evacuando su semilla a borbotones. El nombre de la mujer afloró de sus labios antes de detectar un inminente alarido subiendo por su garganta. Lo contuvo pegando su boca al cuello, justo por debajo de la mandíbula de ella, sellando herméticamente todo fonema delatador. Aquello le permitió oír los últimos suspiros rendidos de Kagome, y su aroma le acunó todo el tiempo en que duró su propio final.

Y fue en ese momento cuando Inuyasha comprendió completamente la diferencia entre tener sexo y hacer el amor. De algún modo ancestral e innato que no podría explicar, tuvo la certeza de que acababa de hacer lo segundo por primera vez en su vida.

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Inuyasha apoyó las manos en la pica y dejó que buena parte de su peso se cargara ahí. Se sentía débil, como si las piernas fueran a fallarle en cualquier momento. Lo que acababa de vivir había sido tan intenso que todavía no estaba seguro de si estaba recuperado del todo. Cuando vio su reflejo en el espejo, pensó que no.

Su rostro estaba enrojecido, sus labios hinchados y la frente humedecida por el sudor. Tenía la cara de descolocado de quien acababa de tener una experiencia mística o sobrenatural. Pero lo que más le llamó la atención fueron sus ojos, pues nunca antes había visto ese brillo tan pronunciado en ellos. Lo examinó con dispersa curiosidad, para después soltar un resoplido y dejar la cabeza gacha. No estaba receptivo para pensar.

Se lavó la cara con agua y se la secó con la toalla, como si aquello fuese a ayudarle a poner un poco de orden en su mente. Después volvió a observarse a sí mismo, descubriendo que ese velo cristalino seguía ahí, potenciando el dorado de sus iris. Hizo una mueca. Malditas emociones…

Puso una mano en el pomo de la puerta del baño, hizo de tripas corazón no supo cómo y salió otra vez a la habitación. Encontró a Kagome sentada en la cama, abrazando sus propias piernas con un aura de fragilidad que sacudió algo dentro de él. No había movido ni un músculo cuando le había oído volver a la estancia y acercarse a ella, sólo se mantuvo dándole la espalda, con la mirada perdida y la expresión desvalida. Inuyasha se dio cuenta de que a ella también le brillaban los ojos, pero en su caso era porque los tenía húmedos, llenos de lágrimas contenidas.

-Kagome…¿estás bien? – musitó, casi con miedo. No tenía muy claro cómo debía tratarla ahora.

Ella se tomó su tiempo para contestar, para salir de su trance. Cuando al fin lo hizo, fue para negar con la cabeza sin apenas energía. Cogió aire, esforzándose al máximo para no quebrarse delante de él.

-Esto no puede volver a pasar.

-Kagome…

-Me hace daño. Me hace mucho daño, Inuyasha. Y no puedo soportarlo – dejó de hablar antes de que se le rompiera la voz.

Inuyasha tensó las facciones y tragó duro al verla tan afectada, sintiéndose de inmediato como un auténtico desgraciado al procesar sus palabras. Era obvio que aquello era doloroso para ella y no era nada difícil ponerse en su lugar. Kagome le amaba y por eso no se había apartado cuando él la había besado, sino más bien al contrario: había recibido y anhelado cada beso, cada caricia, incluso le había motivado a seguir hasta el final, buscando desesperada cualquier señal que significase hacerle suyo aunque en el fondo supiera que eso iba a ser temporal, ahogándose en el veneno de unas esperanzas ficticias. Sintiendo las garras del remordimiento arañarle el alma sin piedad, Inuyasha hizo ademán de acercarse pero luego se arrepintió. No supo si fue porque no se atrevía, porque pensaba que no era digno de hacerlo, o por ambas cosas.

- Perdóname, Kagome…Lo último que quiero es que sufras. De verdad, no entiendo qué es lo que me ha pasado, sólo he sabido que me moría por besarte y luego…luego todo ha…

-No hace falta que te disculpes, ni que me hubieses obligado a nada. Yo no me he resistido precisamente – interrumpió con aspereza, tanta que cualquiera hubiese dicho que lo que acababa de expresar era una concesión. Hizo una pausa para inspirar aire de nuevo, dándose fuerzas, en medio de una respiración torpe que pareció más bien un estertor – Pero eso tú ya lo sabías. Eras plenamente consciente de que no sería capaz de rechazarte cuando has empezado y lo que sí es cierto… es que has jugado sucio. Y ahora déjame sola, por favor.

Inuyasha sintió que la desolación no le cabía en el pecho. Tenía un fuerte nudo en la garganta que le ardía y los puños apretados, canalizando la aflicción que le inundaba. Quiso responder algo, cualquier cosa, no sabía el qué, pero lo único que sí tenía claro era que no podía marcharse y dejarla sola. No en ese estado, no después de lo que había pasado. Presentía que algo se rompería para siempre si ahora salía por esa puerta, y no sólo entre ellos: algo se estaba resquebrajando también dentro de sí mismo.

Alguien llamó a la puerta, informándoles de que el tiempo de privacidad que les habían concedido se había agotado. Inuyasha demandó unos minutos más con autoridad, pero la chica sacudió la cabeza y se secó las lágrimas que ya habían empezado a surcar sus mejillas.

-No, vete. Yo creo que voy a ponerme a dormir.

-Pero Kagome, no podemos dejar esto así… Tenemos que hablar… - le pidió suplicante.

-Inuyasha, por lo que más quieras, déjame sola – le rogó, derrumbándose por momentos - Ya hablaremos cuando vuelvas.

-Pero…

-Que tengas un buen vuelo – le cortó, tajante.

Su tono de voz, inestable porque estaba llorando pero a la vez firme por la determinación de sus palabras, no daba lugar a réplica. Sintiendo que no tenía derecho a presionarla más de lo que ya lo había hecho ese día, y pensando que le debía cualquier cosa que ella estuviese dispuesta a pedirle, Inuyasha obedeció derrotado.

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-¿Y te lo ha dicho así, de un día para otro? – preguntó Sesshomaru, con las cejas alzadas por la sorpresa. Su visitante sólo hizo un asentimiento apático con la cabeza – Bueno, Renkotsu siempre ha sido un poco impulsivo.

-Renkotsu siempre ha sido un gilipollas – replicó Inuyasha. Las palabras que había coreado eran mordaces, pero el fastidio apenas se reflejaba en su expresión ausente –– Siento tener que dejarte aquí solo, tal y como estás.

-No te preocupes por eso. Tú ve y termina tu trabajo.

-Casi que mejor, tengo unas ganas de perder de vista a esa rata narcisista…

Sesshomaru frunció los labios, debatiéndose, pero al final decidió morderse la lengua. Conocía las dos versiones de esa guerra fría que se había dado lugar durante meses entre su colega y su hermanastro. Entendía a Inuyasha, pero también había que admitir que el actor no se lo había puesto fácil al director. Él era el primero en reconocer que Renkotsu en ocasiones era avaricioso e interesado, pero al final el pobre hombre sólo había intentado hacer su trabajo e Inuyasha le había puesto una pega tras otra. Obviamente no era su culpa nada de lo que le había ocurrido a sus seres queridos en su vida personal, pero tampoco podía pararse un proyecto tan grande por la desgracia de una sola persona. Aunque eso no iba a decírselo, claro. Ya se sentía aliviado por estar recuperando poco a poco a su hermano, como para arriesgarse a tener una pelea en ese momento que mandara todos los progresos al traste.

Sin embargo, Inuyasha no parecía muy dispuesto a ponerse temperamental ese día. Se le veía algo hundido, y el modo en que parecía estar mirando al infinito constantemente delataba que su mente se hallaba muy lejos de ahí.

-Inuyasha…¿estás bien? – preguntó con cautela – Estás un poco pálido.

El otro hombre apretó los párpados con fuerza y se llevó la mano a la frente, sintiéndose incómodamente descubierto.

- No estoy en mi mejor momento – reconoció con simpleza, deseando que Sesshomaru detectara él solito las pocas ganas que tenía de hablar sobre sus penas.

-Eso no hace falta que lo jures, tienes cara de haber visto un fantasma – inquirió, y enseguida cayó en el que parecía ser el principal motivo de inquietud de Inuyasha desde que había vuelto a su vida - ¿Kagome está bien?

-Sí – al instante se acordó de sus lágrimas y del estado en el que la había dejado, e instintivamente se encontró matizando su respuesta, con la culpa más profunda mordiéndole el corazón – Quiero decir…le van a dar el alta mañana seguramente.

-Eso es fantástico, me alegro mucho. ¿Entonces…? – ante el siguiente silencio de su interlocutor, suspiró y añadió – Inuyasha…No tienes por qué contarme nada, después de todo. Pero si necesitas hacerlo, yo siempre te escucharé.

Inuyasha clavó sus pupilas en él, en medio de toda esa seriedad y desencaje que mostraban sus facciones. Titubeó observándole, como si estuviese meditando si era correcto o no expresar en ese momento lo que llenaba su conciencia. Al final, fuese lo que fuese lo que llevaba por dentro, pareció desbordarle y convencerle de liberarlo, por ser incapaz de seguir reprimiendo su tormento interior.

- Maru…La he jodido. Mucho – pronunció casi en un murmullo, como si le doliera hablar. Cerró los ojos con apremio, como si eso le permitiera aplacar su odio hacia sí mismo al oírse pronunciar sus propias palabras.

-¿Seguimos hablando de Kagome? – se tomó el siguiente silencio de su hermano como una afirmación, y esa pista no le sorprendió. Esos últimos días conviviendo con ambos ya le había quedado claro que Kagome nunca había sido sólo la asistente de Inuyasha, empezando por el modo en que se miraban - ¿Por qué lo dices? ¿Qué has hecho?

Inuyasha le dirigió una mirada afligida que reflejaba su profundo agobio. Sus labios se entreabrieron y temblaron, como si les costara horrores pronunciar esas palabras a las que su propietario había dado tantas vueltas durante el largo paseo que acababa de dar por las calles de Tokio.

-He sido…un maldito cobarde. Yo…

Unos toquecitos en la puerta le interrumpieron y les distrajeron a ambos. Los dos pares de ojos dorados se dirigieron hacia esa dirección para encontrarse a una chica de no más de veinte años, de pelo castaño claro y ojos pardos, y expresión muy inocente que les observaba asomada por el marco de madera blanca.

-Hola…Perdonad la interrupción – dijo con una voz dulce y una tierna sonrisa cohibida - ¿Vuelvo más tarde?

Sesshomaru sonrió divertido y sacudió la cabeza, como si ella hubiese dicho algo absurdo.

-Hola, princesa. Pasa, no te quedes ahí.

La muchacha entró dentro de la habitación, un poco ruborizada y se dirigió al hombre que estaba postrado en la cama. Se dieron un discreto beso en la comisura, ella le preguntó cómo se encontraba y él le contestó que mucho mejor, ahora que la tenía ahí. La joven todavía estaba en medio de su risita tímida cuando Sesshomaru empezó con las presentaciones.

-Rin, te presento a Inuyasha, mi hermanastro. Inuyasha, ella es Rin, mi…novia.

Rin se quedó mirando pasmada a su esquivo cuñado, del que tanto le habían hablado y que tanta curiosidad había tenido por conocer. Éste se levantó para acercarse a saludarla, pero ella se le adelantó dándole un alegre y entusiasta abrazo.

-¡Oh! Qué bien, qué ganas tenía de conocerte, Inuyasha…¡Me alegra tanto verte aquí con mi amorcito!

El hermano menor le devolvió el abrazo y la sonrisa como pudo. Le interesaba sinceramente conocer a esa pareja que no sabía que Sesshomaru tenía – de seguro debido a que sus visitas todavía cortas no habían favorecido la probabilidad de cruzársela - pero ese era un mal momento. No podría sentirse menos receptivo que ahora, con su propia desgracia desbordándole por los cuatro costados. Sesshomaru se dio cuenta porque enseguida le miró con cara de consecuencia.

-Inuyasha, ¿quieres que más tarde…?

El aludido cortó su ofrecimiento con una agotada negación de cabeza.

-No te preocupes. Me voy a casa, tengo un viaje que preparar y el avión sale muy temprano.

-Oh…Vaya, lo siento. He interrumpido algo, ¿verdad? – se lamentó Rin, llevando ambas manos a su boca, mostrándose realmente afectada y avergonzada.

Inuyasha consiguió sonreírle del todo esa vez, ante esa espontaneidad tan encantadora.

-No, tranquila, ya me iba. Me alegro mucho de haberte conocido y de saber que alguien cuida bien de este trasto – le dijo señalando a Sesshomaru con la barbilla y dirigiéndose hacia la puerta.

-Ya, bueno, respecto a eso… Nadie sabe nada todavía. Cuento con tu discreción, ¿verdad? – le preguntó Sesshomaru, usando una entonación significativa.

Inuyasha se dio la vuelta al detectarla y sólo asintió, con una actitud casi pasota que delató lo emocionalmente exhausto que se sentía y la escasa amenaza que suponía para sus intimidades, dadas las pocas ganas que tenía de saber nada acerca de los chismes de nadie.

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Ya hacía un buen rato que tendría que haberse ido, pues el vuelo que Miroku le había conseguido estaba programado para primera hora de la mañana. Sin embargo ahí estaba, apoyado en la puerta abierta con la chaqueta ya puesta pero perdido en sus pensamientos, mirando embelesado a la muchacha dormida e ignorante de su presencia. Kagome tenía el cuerpo bocarriba pero su bello rostro reposaba caído hacia un lado, con varias hebras rebeldes de su cabello enmarcándolo, provocándole ganas a su observador de acercarse a ponerlas en su lugar con una caricia.

Un tirón en la manga de la cazadora interrumpió su trance y le hizo bajar la vista, abriendo los ojos desconcertado cuando vio quién estaba reclamando su atención.

-Akane, ¿qué haces aquí arriba? – le preguntó en un susurro, no queriendo despertar a Kagome.

-No tengo sueño – le contestó la niña, rascándose un ojo con una mano – Quería venir a verte y sabía que estarías aquí.

-¿Ah, sí? ¿Cómo lo sabías?

- Fácil…Porque siempre estás aquí - respondió encogiéndose de hombros.

Inuyasha alzó una ceja pero enseguida sonrió automáticamente ¿Cómo lograba ese pequeño microbio arrancarle siempre una sonrisa, incluso en los peores momentos? Se había reencontrado con ella de casualidad hacía unas semanas, descubriendo que volvía a estar ingresada, y aunque ese hecho le bañó en tristeza, le gustaba su compañía. Akane era pura inocencia, un soplo de aire fresco. Aun así, volvió a girar la cabeza en dirección a la joven que últimamente era la dueña de la mayor parte de sus pensamientos.

-Ya, supongo. Eres una niña muy lista – le pasó la mano por la coronilla, acariciándola con suavidad pero sin prestarle el cien por cien de su atención, aun a pesar de lo mucho que la adoraba.

-¿Por qué ya nunca vienes a verme? – preguntó con voz lastimera, que a Inuyasha le partió el corazón e instintivamente volvió a mirarla, afectado y disgustado a partes iguales.

-Eso no es cierto, ¿por qué dices eso?

-Porque siempre estás con Kagome.

-Eso no significa que no quiera pasar tiempo con mi coleguita – le alborotó el pelo y también le frotó la nuca con los dedos, transmitiéndole todo el cariño del que fue capaz. La niña soltó una risita y se abrazó a sus piernas – Pero ahora es muy tarde, y hay que volver a bajarte a Pediatría antes de que la bruja de la bata se dé cuenta de que no estás y monte un escándalo.

-¿Me leerás un cuento?

Inuyasha le sonrió de nuevo, con ternura. Era consciente de que era tarde y que al día siguiente estaría cansado, pero sentía que no podía negarle nada.

-Todos los que quieras.

Le dio la mano cuando ella tuvo la iniciativa de tomársela, pero hizo un parón para volver a mirar a Kagome antes de irse, como si pretendiese memorizar cada detalle de ese cuadro tan atrapante antes de perderla de vista durante semanas. Akane arrugó el entrecejo al ver que su amigo no se movía del sitio, se dio cuenta de qué era lo que estaba observando y alzó la mirada hacia él.

-Inuyasha.

-Dime, pequeña – contestó, con aire distraído.

-Mi papá dice que cuando un adulto mira tanto a otro, es porque está enamorado. ¿Tú crees eso?

Inuyasha no sólo encajó la invasiva pregunta de la niña con una inesperada y sorprendente calma, sino que una pequeña sonrisa refleja se asomó a sus comisuras. Si Akane hubiese tenido veinte años más, habría sido lo suficientemente madura como para darse cuenta del brillo que bañó sus ojos dorados cuando él respondió a su pregunta con otra:

-¿Me guardas un secreto?

Ella asintió, emocionada porque su ídolo estuviese dispuesto a hacerle una confidencia y puso máxima atención. Con la vista todavía fija en Kagome, Inuyasha suspiró y se oyó a sí mismo pronunciar:

- Creo…que tu padre tiene toda la razón del mundo.

Continuará…

Seeeeeh parece que al fin – aunque como siempre, a su manera - LO DIJO jejejeje No podía ser de otra forma teniendo en cuenta el modo en que se ha devorado a la chica con patatas…

Cuando volví a leer este capítulo antes de ponerme a editarlo, me sentó como…agridulce, ¿no? Primero un lemon, luego más drama, y por último el ALELUYA.

Espero que este capítulo haya estado a la altura de lo que esperabais para un "acercamiento", tengo que decir que casi acaba conmigo…Tenía que ser perfecto, por lo transcendental que es y me he dejado la piel. ¡No escatiméis en comentarios, quiero leeros a todas!^^

¡Un beso!

Dubbhe

PD: Aprovecho para recomendar unos fics que he estado leyendo, para quien quiera nuevas lecturas:

-Disfraz de novio, de Reina Momo. Es un fic de hace años que ya está completo, lo leí entonces y estos días lo he vuelto a hacer porque me encanta. Es un AU lleno de un humor brillante, no podía parar de reírme.

-La mejor amiga y Cambios, de Catumy. Un par de reliquias, de los primeros fics que leí. Son obras de arte y todavía sigo embelesada con ellos, cualquiera debería leerlos. El primero es AU y el segundo es OU.

-Flores de cementerio, de Kao no nai tsuki. Si te gusta el angst, este es tu fic. La trama es brillante, el hilo principal es muy original y la escritura es impecable. Es OU.