A las que no me seguís en Facebook (me podréis encontrar como Dubbhe Fiction), repito lo mismo que dejé en mi último post: lamento el retraso en la actualización, y siento decir que ya no podré hacerlo semanalmente. Por motivos personales, publicaré CUANDO PUEDA. No podré hacerlo más rápido por muchos mensajes/reviews de presión que reciba, así que os pido un poco de consideración y paciencia, tengo una vida fuera de FanFiction y mil obligaciones en ella U.U
Ahora sí, ¡vamos a por el capítulo! La primera parte la escribí pensando en la canción Because of you, de Kelly Clarkson. Os sugiero que la escuchéis al leer, me inspiró mucho.
CAPÍTULO XX – TOCADO Y HUNDIDO
Recordaría ese viaje el resto de su vida. No porque estuviese siendo entrañable en esa islita de ensueño, ni por los recuerdos de haber compartido divertidos momentos con el resto del equipo. Ni siquiera por las actuaciones, pues por primera vez no estaba disfrutando de su trabajo, no estaba concentrado ni dispuesto. No, lo recordaría porque esas semanas estaban siendo las más largas de su existencia. En lo único en que podía pensar era en que no quería estar ahí. Eso era lo que llenaba su cabeza el cincuenta por ciento del tiempo. La otra mitad era para ella. Para esa mujer que había dejado atrás, a kilómetros y kilómetros de agua salada a lo lejos, y en todo el valioso tiempo que había desperdiciado como un imbécil.
El primer y segundo día los dedicó a meditar acerca de por qué diablos se había resistido tanto a admitir sus sentimientos, y a autoflagelarse por la que había liado con su testarudez. Se había contenido hasta estallar, hasta no poder más y aquello le había llevado a perder el control. El resultado había sido deplorable, porque a pesar de que atesoraba el recuerdo perfectamente nítido de esa hermosa intimidad que habían compartido, el que prevalecía y le quemaba las retinas era el de sus lágrimas. La culpa le azotaba día y noche, mezclada con la vergüenza y la sensación de no ser ya digno de estar a su lado.
El tercer día empezó a echarla de menos. El cuarto, a desear verla compulsivamente. El quinto ya estaba que se subía por las paredes.
Y le quedaban por lo menos diez.
Su imaginación se fue convirtiendo progresivamente en su válvula de escape. No sólo se pasaba ensimismado la mayor parte del tiempo, sino que además le daba la sensación de que de repente había pasado a necesitar esos momentos de ausencia en los que su alma le comunicaba sus anhelos. Y cuando eso ocurría, su cabeza se llenaba de escenas no vividas. Eso sucedía durante el día, dejándole fantaseando y mirando hacia el infinito a menudo. Por la noche daba vueltas y más vueltas en la cama, sintiéndose más solo e incompleto que nunca, despertándose a menudo abrazado a la almohada en un intento de su inconsciente por llenarse los brazos con un cuerpo más pequeño que el suyo. Cerraba los ojos y recreaba a la perfección el aroma a lavanda junto a su nariz, así como la suavidad de los cabellos azabaches acariciándole el mentón, la cara, el cuello.
A pesar de lo liberador que le resultó aceptar al fin la verdad de su corazón, una parte de él estaba tensa y angustiada. Le llevó un tiempo comprender que ese dolor que le atenazaba no era realmente suyo, sino el de Kagome: ella estaba en Tokio con el corazón roto en esos momentos, en la más absoluta ignorancia. Pensar en eso le hería y le oprimía. Él estaba sufriendo porque sabía que ella sufría. Esa repentina conexión de almas le fascinó. También le inspiró cierto temor, pero por primera vez, su reacción fue mandarlo al carajo en vez de dejarse dominar por él.
Estuvo a punto de llamarla mil veces, ya que era absurdo tolerar que Kagome estuviera padeciendo desamor en vano, pero tuvo que reprimirse de hacerlo. No podía decírselo por teléfono. Después de todo lo que había pasado, no podía resolver las cosas de esa manera tan impersonal. Necesitaba tenerla delante y mirarla a los ojos. Ya había sido lo bastante cobarde, y eso se había acabado. Pensaba hacer las cosas bien, porque ella se lo merecía.
Pero por Dios, menuda tortura estaba siendo la espera.
Al sexto día, Renkotsu les comunicó que tendrían libre el domingo porque iban a buen ritmo y se podían permitir un día para descansar, con tal de volver con las energías renovadas el lunes a darlo todo delante de la cámara. Nada más anunciarlo, aprovechó la atención del equipo para pedirle a Inuyasha un momento de conversación en privado y así comentarle un par de cosas sobre su personaje, pero no le encontró. Los demás también le buscaron a su alrededor, y alguien lo vio alejado unos metros, hablando por el móvil.
-¡Hola, boss! ¿Qué tal por Okinawa? – le respondió alegremente Miroku al tercer toque.
-Bien. Necesito que me gestiones una cosa bastante urgente.
-Dime.
-Cómprame un vuelo a Tokio para el domingo. El primero que haya.
-¿Cómo? ¿No eran al menos dos semanas?
-Ida y vuelta el mismo día.
-¿Eh? ¿Pero qué…?
-Ponte a trabajar y dime algo en cuanto lo tengas.
Ese improvisado atajo le tuvo lleno de una alegre expectación toda la tarde. Hacia la hora de cenar empezó a ponerse nervioso, se sentía en una tensa cuenta atrás y su mánager seguía sin decirle nada. Salió a cenar con el equipo con tal de distraerse, pero le fue imposible. Desconectaba de las conversaciones grupales y cuando le hablaban concretamente a él, tenía que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para fingir interés. Estaba empezando a obsesionarse y lo sabía, pero era consciente de que aquello era inevitable llegados a ese punto. Estaba muy cerca de poner fin a toda esa historia, un final feliz si todo iba bien.
Y entonces, tan rápido como habían llegado sus ilusiones, éstas se esfumaron sin piedad. Eso sucedió cuando Miroku le llamó para decirle que la única compañía que volaba a Okinawa estaba en huelga de empleados ese fin de semana, y que de los contactos que tenían jet privado, nadie podía prestárselo porque estaban todos haciendo uso de él en esos momentos. Había colgado, maldecido y gritado en la playa desierta. En medio de su arrebato de desesperación, se quedó mirando el móvil y tuvo que hacer un terrible esfuerzo para contenerse de mandarlo todo a la mierda y llamar a Kagome. Apretó el aparato en su mano y a punto estuvo de lanzarlo al mar con tal de evitarlo, pero al final dominó la razón y se conformó con volver a metérselo en el bolsillo. Se sentó derrotado en la arena con posado lúgubre, sumido en un remolino de pensamientos negativos fruto de su profunda frustración, de su amarga impotencia.
Estuvo media hora ahí, solo y enfadado con el mundo, hasta que soltó un resoplido de demoledora resignación. Se expulsó la arena de los pantalones y fue arrastrando los pies de vuelta al local donde sus compañeros estaban pasando un buen rato de ocio nocturno, y del que él se había ido para atender la llamada que le había hundido en la miseria. Entró, fue directo a la barra y pidió una copa. Justo cuando se la estaban sirviendo, una delgada figura se sentó en el taburete de al lado.
-¡Hola! – saludó la chica con jovialidad.
Inuyasha la miró y esbozó una gentil pero poco entusiasta sonrisa.
-Hola, Shima.
-Hacía rato que no te veía, creía que te habías ido ya – le comentó contenta, tanto que su actitud delataba lo probable que era que llevara un buen rato buscándole.
-No, he salido a hablar por teléfono.
-Bueno, pues me alegro de que hayas vuelto – soltó una risita despreocupada - ¿Quieres bailar?
-No me apetece, gracias – declinó la oferta desviando la mirada hacia un lado. ¿Bailar? Qué gracioso era el universo, si ni siquiera tenía ganas de sonreír.
-Ya me parecía a mí, te veo un poco apagado en este viaje…¿Estás bien? – se interesó, sonando dulce y amigable.
-He estado mejor, no te voy a mentir.
Inuyasha se dio cuenta de que estaba siendo arisco y le supo mal, pero lo último que le apetecía en esos momentos era afrontar un nuevo asalto de conquista por parte de la muchacha. Se había puesto muy guapa para salir esa noche. Estaba resplandeciente, pero eso no le despertó absolutamente nada y no había que ser muy listo para saber por qué.
-¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
-¿Tienes un avión escondido detrás de las palmeras? – preguntó con acritud. Ella negó inocentemente con la cabeza – Entonces no.
-Vaya, lo siento. Y crees que podría…¿animarte, al menos? – eso último lo dijo con una picarona sonrisa, al mismo tiempo que sus dedos le acariciaban el antebrazo de forma sugerente.
Inuyasha retiró su brazo automáticamente de forma tan discreta como fue capaz, intentando que su rechazo fuera evidente pero no humillante. Fidelidad. Una lealtad instintiva se había instaurado en su inconsciente hacia esa mujer que aun sin ser su pareja, ocupaba sus pensamientos como si lo fuera.
-No, no lo creo – exhaló aire por la boca con gesto cansado, para después tomar un trago de su copa – No soy la mejor compañía esta noche, Shima. No pierdas el tiempo conmigo.
-No eres ninguna pérdida de tiempo, Inuyasha – le dijo apenada, escrutándole la expresión de un modo que aunque mostraba interés sincero, empezaba a ser algo invasivo - Eres una persona y veo que sufres. ¿Puedo preguntar por qué?
Inuyasha frunció los labios con la mirada perdida. Su dedo pulgar se arrastró por encima de la superficie fría del vaso, arriba y abajo. No estaba prestando más atención a la conversación de la estrictamente necesaria, de hecho empezaba a arrepentirse de haber vuelto al local. Esa decisión no había sido coherente, teniendo en cuenta lo mucho que deseaba estar solo. Tendría que haber regresado al hotel por su cuenta, y en vez de eso estaba ahí sentado con una persona a la que ya no sabía cómo dar largas. No obstante, aquello no le impidió aceptarla como confidente.
-Estoy enamorado.
La sonrisa de la chica se congeló en su cara, aunque lo disimuló con una elegancia considerable. Aun así, la postura y la actitud seductoras se esfumaron tan rápidamente que dio la sensación de que su cuerpo se había deshinchado.
-Entiendo… – musitó sintiéndose repentinamente ridícula. Juntó las manos encima de la barra, en parte para poner distancia entre ellas y las del hombre. Sus dedos juguetearon distraídamente y se mordió el labio, pensando en qué más podía decirle en lo que digería la decepcionante noticia – ¿Tu asistente?
Inuyasha se giró a mirarla asombrado. Parpadeó con desconcierto pero enseguida volvió a su postura derrotista y a mirar fijamente el vaso, de repente sintiéndose todavía más enfadado consigo mismo.
-¿Tan evidente es? – cuestionó sombrío. Al parecer, hasta alguien que ni siquiera era de su círculo cercano se había dado cuenta de sus inclinaciones hacia Kagome. Para eso tendrían que haber sido muy vistosas, y aun así no le había dado la gana afrontar esa realidad. Y mientras él se hacía el ciego, había dejado que ella sufriera durante meses.
Shima se encogió de hombros, ajena a sus demonios interiores.
-Bueno…Siento decirte que sí, o al menos ese día en tu casa lo fue. Fuiste muy correcto esa mañana, pero a la que cruzaste palabra con ella…yo dejé de existir para ti. Lo mismo pasó con Tsuyu más tarde en los estudios. En cuanto te diste cuenta de que Kagome se había marchado, le fuiste detrás enseguida – al no recibir respuesta, se bajó del taburete y le puso una mano en el hombro. Esta vez no había coqueteo ni segundas intenciones detrás de ese gesto, Inuyasha lo percibió y no puso impedimento alguno – Es una chica afortunada.
Él sacudió la cabeza con poca energía sin apartar sus apagados ojos de la madera de la barra, antes de volver a llevarse el vaso a los labios.
-No. El afortunado soy yo, créeme.
Comprendiendo el mensaje implícito en esa mirada tan esquiva, una desalentada Shima se despidió de él tras desearle suerte y se alejó, aceptando al fin que el recuerdo de aquella lejana noche de sexo casual sería todo lo que tendría de ese hombre cuyo corazón pertenecía a otra persona.
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Al fin, después de lo que terminaron siendo dieciocho condenados días en total, el rodaje de la película llegó a su fin. Y con ello, su bendito vuelo de vuelta. Si él mismo hubiese recibido un par de alas en ese momento, habría volado a Tokio más rápido que el avión.
Cuando aterrizaron en Haneda, ya estaba tan nervioso que las manos le sudaban. Estuvo a punto de olvidar su equipaje, de hecho se acordó de que tenía que recuperar su maleta sólo porque casualmente pasó por delante de las cintas de recogida. Cuando salió por la puerta de llegadas, buscó impaciente a Miroku entre la multitud, quien ya le había avisado por móvil de que acudiría a recogerle.
-Buenas tardes, boss – le saludó alegremente - ¿Te llevo la maleta?
-No eres chófer, Miroku. Estás aquí como un amigo que me hace un favor, no tienes que llevarme nada – aclaró hablando deprisa por su estado de agitación, y echando a andar hacia la salida enseguida. El aludido alzó una ceja y se le quedó mirando, para terminar suspirando antes de apresurarse en alcanzarle, acostumbrado a esas salidas imprevisibles tan propias de la personalidad del actor.
Miroku le condujo hasta el aparcamiento del aeropuerto, donde estaba esperando su propio coche: un Tesla plateado que era su mayor tesoro. Después de Sango, por supuesto. Frunció los labios cuando su jefe cerró la puerta del copiloto con demasiada fuerza, pues el automóvil era nuevecito de trinca, pero decidió morderse la lengua dada la irascibilidad que Inuyasha desprendía por todos los poros. Se sentó al volante, se puso el cinturón y tuvo que recordarle a su acompañante que se pusiera también el suyo. Definitivamente, estaba distraído.
-¿Estás bien?
-Depende. ¿Te iría muy mal acercarme a un sitio?
-No, sin problema ¿No quieres que te lleve a casa?
-No, vamos a casa de Kagome.
Inuyasha pronunció su última intervención mirando decididamente al frente, y así permaneció durante varios segundos a la expectativa, pero cuando se dio cuenta del silencio que se había instaurado en el coche, frunció el ceño y miró a su lado para encontrarse a su mánager observándole pasmado.
-¿Qué estás mirando?
Miroku parpadeó con cautela, como si no pudiese creerse la situación que tenía delante. "No lo sabe". Y él tampoco sabía que Inuyasha no lo sabía, demonios. ¿Por qué no se lo había advertido Sango? Maldito fuera el sagrado código de lealtad entre mujeres, ni siquiera con el título de novio conseguía que ella fuese cien por cien abierta cuando se trataba de una amiga. Aunque en vez de sentirse enfadado, sólo pudo admirarla y quererla más.
-Miroku, ¿qué mierda pasa?
La voz de Inuyasha, que claramente estaba empezando a impacientarse por su tan poco prometedora reacción, le sacó de sus pensamientos. Miroku carraspeó incómodo y se dispuso a hacer ese trabajo sucio que le habían dejado tan injustamente.
-Inuyasha…Kagome no está ahí.
-Joder, pues llévame a donde esté – replicó irritado, como si le frustrara en demasía tener que decir cosas obvias.
-¿Tan urgente es? ¿Por eso querías volver antes?
-¿Vas a ayudarme o no? – le apremió fastidiado, ignorando su pregunta. No se sentía avergonzado ni tenía nada que ocultar acerca de sus intenciones, pero ese no era el momento de ponerse con confidencias entre amigos. Ya habría tiempo de eso, ahora sólo podía pensar en Kagome y en aclarar las cosas con ella.
-Me encantaría, boss. Pero es que…ahí donde está, yo no puedo llevarte. Para eso tendrías que coger otro avión.
Inuyasha palideció. Sus ojos dorados se abrieron de par en par y la boca le quedó entreabierta.
-Por lo que más quieras, Miroku, dime que no… - se interrumpió a sí mismo, negando suavemente con la cabeza como si pretendiera hipnotizar a su mánager para que le contestara lo que él necesitaba oír. Para que no le dijera aquello que estaba empezando a temer.
Miroku suspiró y decidió echar toda la carne al asador.
-Kagome volvió a Estados Unidos la semana pasada, Inuyasha. Le dieron el alta al día siguiente de que te fueras, pero eso ya lo sabías, ¿no?
Tras una breve pausa que le llevó procesar esa destructiva información, Inuyasha se inclinó hacia adelante y se agarró el pelo con las manos, sin poder parar de repetir la misma palabrota como si fuese un mantra:
-Joder, joder, joder…
-Todos le insistimos, incluidos los médicos, de que era demasiado precipitado pero no escuchó a nadie y se fue a la semana de salir del hospital. Creía que habríais hablado…Inuyasha, creía que te lo había dicho – le dijo con cara de consecuencia al verle tan afectado. El otro hombre no le había dicho lo que pretendía, pero dado que los sentimientos de Inuyasha hacia su compañera siempre habían sido muy obvios para él, podía intuirlo.
-¡MIERDA! – gritó éste como toda contestación, golpeando la parte superior de la guantera con los puños.
Miroku soltó un gemido de angustia y sus manos se movieron un poco hacia adelante, como acto reflejo de intentar impedir que siguieran golpeando a su bebé, pero enseguida se dio cuenta de que no era tan valiente. Después de haberse desfogado con su pataleta, Inuyasha apoyó su frente en el salpicadero e hizo tres respiraciones profundas, después de las cuales Miroku rompió el silencio que de nuevo reinaba en la cabina.
-Llámala.
-Hace meses que no me coge el teléfono – se lamentó con los ojos cerrados desde su posición.
-¿Pero la has llamado a su número americano? – cuando la mirada de su jefe le atravesó como un dardo, acompañada de su expresión de desconcierto, supo que había metido la pata.
-¿Kagome tiene otro número? – masculló Inuyasha, con una tranquilidad paradójica que dio a entender que ya nada le sorprendía.
-Pues…eso se le ha escapado a Sango alguna vez. Pero no me mires así, porque yo tampoco lo tengo – se apresuró en añadir, interponiendo las manos entre ambos como si quisiera defenderse de una avalancha - Cuando he querido pedírselo para hablar con Kagome de temas pendientes de trabajo, siempre me ha liado para que la llamara desde su móvil. Sé que se hace la loca, pero no entiendo qué problema tiene con eso, la verdad.
-Yo sí – contestó Inuyasha con amargura – Que eres demasiado cercano a mí.
-¿Cómo? – al no recibir contestación, decidió no insistir en eso porque al fin y al cabo, sólo se había hecho el lerdo – Oye, ¿por qué no se lo pides a su madre?
Inuyasha entrecerró los ojos, sospesando la propuesta. Se imaginó delante de esa mujer tan amorosa que le adoraba y que veneraba el vínculo que tenía con su hija, pidiéndole el teléfono porque la misma Kagome no había querido dárselo. ¿Cómo podría justificarle esa situación a Ujiko sin que ella cuestionara las razones de su niña? Bufó, dolido de sólo imaginarse la desconfianza y luego la decepción en esos ojos marrones que siempre le habían mirado con tanto cariño.
-No es una buena idea – sentenció, alejando finalmente la cabeza del salpicadero para apoyarla en el respaldo de su asiento - Llévame con Sango, por favor.
Miroku le miró alucinado, como si le hubiese dicho que le apetecía pasar la tarde en la jaula de leones del zoo. Era una comparación bastante justa, teniendo en cuenta lo mucho que su temperamental Sango tenía cruzado a Inuyasha en esos momentos. Él sí que era valiente, y eso le inspiró tanto respeto que como toda respuesta, arrancó el motor e inició las maniobras para salir del aparcamiento. Con ese gesto pretendió darle a entender a su amigo que su petición iba a ser atendida.
Eso sí, le llevaría hasta el portal pero ni loco lo cruzaría. No tenía ninguna intención de estar en medio cuando sucediera el choque de titanes.
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Tres golpes fuertes en la puerta de entrada del apartamento llamaron la atención de Sango, que se sobresaltó dando un bote en el sofá y a punto estuvo de caérsele el helado de la cuchara. Arrugó el entrecejo intrigada, ya que no estaba esperando a nadie y mucho menos a un troglodita que no supiese lo que era un timbre. Se quitó la manta de encima, dejó el tarro de helado de vainilla en la mesita y se levantó a atender la puerta. Tuvo la precaución de echar un vistazo por la mirilla, y tras hacerlo soltó un improperio en voz baja. Se avecinaba una batallita poderosa, y si lo hubiese sabido habría comido bastante más helado antes para armarse de fuerzas. Preparó en su cara una sonrisa bien sardónica - para asegurarse de que su sarcasmo le dejaba claro al recién llegado que no era bien recibido – y sólo entonces abrió la puerta.
-Buenas. ¿Qué quieres?
Los ojos dorados de Inuyasha echaban chispas y la atravesaron de una forma que la hubiese intimidado si no se tratara de ese hombre que había sido responsable del dolor de su mejor amiga. Levantó la barbilla orgullosa, más que dispuesta a proteger a quien consideraba una hermana, preparada para cualquier cosa que pudiese salir de los labios de su excliente.
-Quiero el número de teléfono americano de Kagome – contestó él sin preámbulos, con los brazos cruzados desde el segundo cero.
-Y yo quiero que me toque la lotería.
-Te estoy hablando muy en serio, Sango – le advirtió con frialdad.
-Yo también, me cambiaría la vida…¡Oye! ¡¿Pero qué coño haces?! – le gritó cuando él forzó su paso dentro del apartamento. Sango se precipitó lanzando su cuerpo hacia la izquierda para bloquearle pero Inuyasha tenía más fuerza, por lo que no le costó demasiado quitársela de en medio. Una vez lo hubo conseguido, se quedó de pie en el recibidor mirándola desafiante, detalle que la cabreó más - ¿Cuándo te he dicho que podías pasar? – le espetó, furibunda.
-No lo has dicho, pero como tampoco me has cantado el número de Kagome…pues aquí estamos - le explicó con tonito condescendiente, y ahora era él quien le sonreía con ironía, levantando las manos con las palmas hacia arriba como diciendo "Qué cosas tiene la vida…".
-Y seguiremos estando hasta que te largues o llame a la policía, porque no tengo la más mínima intención de traicionar a mi amiga. Fue Kagome quien me dijo que no te lo diera, y pienso respetárselo.
Parecía que Inuyasha iba a replicar algo, pero frunció los labios y pareció cambiar de opinión. O eso, o no tenía contestación. Desvió la mirada hacia un lado y Sango pudo darse cuenta, por la rigidez de su expresión, de que lo que acababa de decirle le había dolido. Suspiró, apoyó las manos en las caderas e intentó calmarse. Ambos eran personas de carácter fuerte, y si la conversación empezaba a torcerse ya nada más empezar, la situación podría llegar a ponerse muy fea.
-Inuyasha…De verdad, ¿es que no te das cuenta del daño que tu actitud le está haciendo a Kagome? ¿Es que no te importan sus sentimientos?
-Por supuesto que me importan – declaró con rotundidad, volviendo a encararla con determinación - Y no sabes hasta qué punto, así que no me toques las…
-Pues no lo parece – interrumpió con acidez– Mira, es evidente el inmenso cariño que le tienes a Kagome, todos lo vemos. Siempre habéis tenido un vínculo especial, pero para ella eso es doloroso, y según tengo entendido, tú ya sabes por qué.
Tanto el silencio incómodo, como la ligera ruborización de Inuyasha y el modo en que éste evitó su mirada, no hicieron más que confirmar sus palabras, de modo que prosiguió.
-Estás siendo muy egoísta, Inuyasha. Por su bien, tienes que dejarla ir.
-No puedo, Sango. Y no lo voy a hacer – replicó por automático.
Sango sintió que el fuego del dragón volvía a prender como un mechero. Se lo quedó mirando incrédula, y tras unos segundos de latencia estalló.
-¿¡Y lo dices tan tranquilo?! ¡¿Pero cómo puedes ser tan canalla?! ¡¿Es que sólo sabes pensar en ti mismo?! Maldición, ¡eres perfectamente consciente de que Kagome está sufriendo y tú no haces más que empeorarlo! ¡Tienes que dejar que se olvide de ti!
-¡Es que no quiero que se olvide de mí! – bramó encendido por estar recibiendo tantos gritos.
-¡¿Y por qué rayos no?!
-¡Porque la quiero, joder! – exclamó, colérico.
Después de su impulsiva confesión, se hizo un silencio cargante. Sango se había quedado con la boca entreabierta, y la mirada que hasta entonces había sido de indignación, ahora era de estupefacción. De repente sintió que no tenía palabras pero después de unos instantes en que él permaneció mirándola a los ojos con la respiración agitada por la discusión, Sango liberó el aire contenido en una risita incrédula.
- Creo que has estado tanto tiempo comiéndote la cabeza por este tema, que ahora estás hecho un lío. No eres consciente de lo que estás diciendo.
-Soy más consciente que nunca de lo que estoy diciendo – la corrigió con sólida firmeza.
La mujer de pelo castaño lo observó con expresión indescifrable, y luego negó con la cabeza.
-Esto no tiene ningún sentido… - murmuró, más para ella misma que para él, hundiendo el rostro en sus manos.
-No, no tiene sentido. Por eso ahora tengo que darle uno – se acercó más a ella suavizando la voz, un poco más calmado al ver que Sango había perdido toda postura defensiva y la hostilidad que les había enfrentado - Tengo que arreglar esto, pero no voy a poder hacerlo si no puedo contactar con Kagome.
Sango se cruzó de brazos con la vista clavada en el suelo, sumida en sus reflexiones. Terminó cerrando los ojos con pesadez, y posando los dedos en su frente como si de repente hubiese empezado a dolerle la cabeza.
-No me estás mintiendo…¿verdad? – inquirió, sintiéndose todavía descolocada.
-Me conoces bien, Sango. Dímelo tú. ¿Crees que te he mentido?
Sango soltó un resoplido de rendición como respuesta, se alejó de él y le dio la espalda. Volvió a pasarse las manos por la cara, debatiéndose en un conflicto. Inuyasha la dejó cavilar, intentando ser considerado. No le extrañaba que le costara creerle, si hasta hacía poco ni siquiera él se lo reconocía a sí mismo. Pasados unos segundos, ella le miró de refilón sin girarse y dictó sentencia:
-Gracias por tu sinceridad, Inuyasha. Lo valoro mucho, pero aun así…lo lamento, pero no puedo darte el teléfono de Kagome.
-Maldita sea, Sango… - empezó a decir él, sintiendo que otra vez volvía a acabársele la paciencia. Si no fuese una mujer, ya la tendría cogida de la solapa del cuello y pegada contra la pared, sacándole el condenado teléfono a base de amenazas.
-¿Cómo puedes saber que ella sigue queriendo estar contigo, después de todo? – le preguntó, desarmándole e interrumpiendo sus blasfemias - ¿Y si ya es tarde, y ella sigue sin querer que la encuentres?
Inuyasha se quedó helado en el sitio. Naturalmente, esa posibilidad se le había pasado por la cabeza más de una vez, pero siempre la había desechado por ser demasiado dolorosa como para enfrentarla. Aun así, después de que Sango se la echara en cara tragó duro, aceptando que no podía descartarla. No podía descartar que por una cuestión de amor propio, Kagome decidiera que ya no quería saber nada de él. El solo pensar en eso le creaba un más que desagradable nudo en el estómago.
Sango volteó y le miró con cara de consecuencia.
-Yo no digo que no tengas que decírselo, Inuyasha. Pero le prometí a Kagome que no te ayudaría a contactarla, fuese cual fuese el motivo, y no puedo faltar a mi palabra. Lo siento. De todas formas, ¿pensabas decírselo así?
-Yo no he dicho que quisiera usarlo para eso – le recordó con voz plana.
Sango le miró interrogante, pero después cerró los ojos y negó enérgicamente con la cabeza, haciendo un aspaviento con las manos.
-Mira, da igual. No quiero saber nada, no me cuentes nada más porque me haces cómplice. Ya te he dicho lo que hay por mi parte, aunque…eso me recuerda que tengo una cosa que darte.
La chica se dirigió al mueble que había en el recibidor, abriendo un cajón y cogiendo algo de su interior. Volvió a acercarse a él y le entregó un sobre.
-Kagome me pidió que te lo diera cuando te enterases de su marcha.
Inuyasha abrió los ojos desmesuradamente y se lo quedó mirando como si fuese un sobre bomba, para justo después arrebatárselo de las manos con urgencia.
-¡¿Y a qué mierda estabas esperando para dármelo?! – reclamó enfadado, alcanzando la puerta con un par de zancadas y abriéndola sin miramientos. De repente sólo quería largarse de ahí para hacer pedazos el embalaje de papel y revelar su contenido como un ansioso.
-No me has dado tiempo – replicó ella, poniendo los ojos en blanco. – Inuyasha – él se detuvo en el rellano al oír que le llamaba – No le contaré nada de lo que me has dicho, te lo dejo a ti. Pero por lo que más quieras…No le hagas más daño.
-Eso es lo último que pretendo – declaró decidido, pero observándola herido desde el principio de las escaleras – Nos vemos, Sango.
Nada más pronunciar su escueta despedida, corrió escaleras abajo aunque no aguantó demasiados tramos. Apenas había descendido dos plantas cuando bufó y se sentó en los escalones, incapaz de esperar a llegar al coche. Ahí tampoco estaría solo y tranquilo, de todos modos. Destripó el sobre con impaciencia y sacó de dentro lo que parecía ser un folio normal y corriente, escrito a mano por una cara. Intentando controlar su respiración y calmarse para asegurarse de que no se perdería ni un detalle por falta de concentración, leyó:
Hola, boss.
Si estás leyendo esto, es porque acabas de enterarte de que lo he vuelto a hacer. He vuelto a huir. Parece ser que no conozco otro modo de hacer las cosas. No pretendo justificarme, pero no me sentía con fuerzas de enfrentarte después de lo que ocurrió la última vez que nos vimos.
Te pido perdón por haberte dicho esas cosas y haberte hecho sentir tan mal. Yo era la primera que quería tenerte en mis brazos, y no fue justo meterme en el papel de víctima. Sé que no era tu intención aprovecharte de mis sentimientos, fue algo que simplemente surgió y eso es la prueba de algo que tenemos que aceptar de una vez por todas…Tú y yo no estamos hechos para ser amigos. Lo que sea que nos empuja siempre el uno hacia el otro, no nos ha aportado más que sufrimiento.
Eres una buena persona, Inuyasha. Quiero que sepas que en ningún momento he dudado de eso. Ha habido malentendidos, y sé que las cosas que han pasado te han confundido. De ahí tus acciones, pero eres humano y lo entiendo. Tampoco dudo de que me quieres, no de la misma manera que yo, pero eso no quita que sé que nunca has querido hacerme daño y que te torturas por eso. Deja que te pida que dejes de hacerlo. Dejémoslo todo atrás y dejemos de sufrir por ello, ¿te parece?
Y ahora, me queda pedirte lo más duro: necesito que me dejes ir. No te lo digo porque esté enfadada, ni para fastidiarte. Te lo pido egoístamente por mí. Al corazón no se manda, tú no tienes la culpa de que mis sentimientos hayan ido a más y los tuyos no. Hace tiempo que lo asimilé, y no pasa nada.
Pero ahora tengo que aprender a lidiar con esa herida con tal de hacerla sanar, y no podré hacerlo si te tengo cerca. Porque cada vez que te veo quiero tocarte, cada vez que te toco quiero besarte, y cada vez que te beso siento todas esas cosas, increíbles y preciosas, que no me puedo permitir.
No me llames. No me escribas. No intentes dar conmigo. Te pido, te imploro, que me des tiempo para que te olvide. No sé cuánto, pueden ser meses o años. Y espero que, hasta entonces, hayas podido encontrar la manera de perdonarme por romper mi palabra. Te prometo que te devolveré cada yen que has invertido en mi familia, aunque me lleve toda la vida.
Gracias por todo. Por los recuerdos, las vivencias, y lo que has aportado a mi vida y a mi corazón.
Kagome
Leyó el escrito dos veces seguidas para cerciorarse de que no había entendido nada mal, que no se le había escapado nada. Había cosas en esa carta que le habían llenado el pecho con la calidez de la ilusión, y otras que se lo habían oprimido con dolor. Cuando terminó, su mano arrugó el papel instantáneamente, oprimiéndolo con fuerza dentro de su puño como si tuviese él la culpa de todo. Dejó la cabeza gacha, sintiendo la ansiedad embargarle el cuerpo y los ojos arder.
Lo que Kagome le había escrito era lo más bonito que nunca nadie le había dicho, y no porque le hubiese sentado como un halago. Se había sentido completo y en paz al percibir todo ese amor plasmado a través de esa conocida caligrafía. Y por otro lado, se había hundido en la miseria con los últimos pasajes, teniendo la sensación de que le faltaba el aire, de que algo se rompía dentro de él y en esos momentos estuvo completamente seguro de lo que era.
Todo eso junto se relacionó en su mente, las ideas conectaron y sus anhelos se mostraron ante él como un libro abierto. Ya no tenía ninguna duda de lo que tenía que hacer.
"Lo siento, Kagome. Yo sí que espero que puedas perdonarme"
Continuará…
¡Holi! Vaaya por Dios, con lo que han sufrido estos dos, y ahora que el cabeza de chorlito de Inuyasha al fin ha entrado en razón, resulta que están desperdigados por el planeta. Definitivamente, soy una bruja mala.
Quizá algunas os preguntaréis por qué Inuyasha no le confesó sus sentimientos a Kagome antes de irse a Okinawa. Lo consideré, pero me pareció apresurado y forzado. Si yo fuera él, tendría miedo de precipitarme y hacer más daño a Kagome por crearle ilusiones. Creo que él necesitaba unos días para terminar de sentirse cien por cien seguro y procesarlo todo, antes de dar el paso.
Quisiera aclarar también una frase del episodio anterior, sobre lo de que Inuyasha sintió que era la primera vez en su vida que hacía el amor, y al parecer esto ha puesto en duda lo que sintió por Kikyo. Yo soy de creer que tú puedes querer mucho a tu pareja, pero si le das un enfoque carnal a vuestros encuentros (=te apetece hacer el delicioso y ya), no estás haciendo el amor con ella, sólo estáis teniendo sexo. Eso no es bueno ni malo, depende de las circunstancias y de cómo surja. Para mí hacer el amor es cuando la iniciativa surge de un momento emocional significativo, cuando miras a tu amante a los ojos, cuando lo que buscas no es un orgasmo sino demostrar tus sentimientos a a la otra persona, amarla con el cuerpo. Lo que quería decir era que Inuyasha SÍ quería a Kikyo, pero que fue con Kagome con quien descubrió ese otro enfoque y lo distinto que se siente. No sé si me he explicado…
¡Gracias por leer!
Dubbhe
PD: La escena de Sango se la dedico a Daikra, que creo que es la fan número uno de esta versión de ella ;)
