CAPÍTULO XXI – TORMENTA

-Kagome, despierta. ¡Kagome!

La aludida reaccionó con un estertor, dejando en evidencia lo mucho que se había asustado con esa forma tan súbita de hacerla volver al planeta Tierra. No estaba dormida, pero casi. Se había quedado medio grogui cuando había decidido apoyar los brazos y la cabeza en su mesa de despacho, prometiéndose descansar sólo diez minutos, pero al final la falta de sueño y el cansancio la habían traicionado. Levantó la vista para enfocarla con pesadez en la hermosa mujer de iris color aguamarina y largo cabello negro azulado que la observaba de pie desde el otro lado del escritorio.

-Mierda…Lo siento, Kaguya – se disculpó avergonzada ante su prima y jefa, frotándose un ojo con la palma de la mano.

-No te disculpes, tienes todo el derecho del mundo a estar durmiendo, pero en tu casa. Hace tres horas que tendrías que haberte ido, son las seis – la sermoneó la mujer con el ceño fruncido, poniendo los brazos en jarras.

-Lo sé, es que tenía que acabar los diseños de…

-Ya los estoy viendo, y están genial – interrumpió con paciencia, dándole una pequeña tregua cuando le concedió una piadosa sonrisa de aprobación - Pero sabes perfectamente que no son necesarios hasta dentro de una semana.

-Estaba adelantando.

Kaguya bufó al oír su respuesta, habiendo agotado ya parte de sus recursos verbales para abordar esa situación un tanto preocupante, y se sentó en la silla en la que había estado reposando la pelvis. Apoyó los codos sobre el cristal de la mesa, hizo repiquetear sus dedos ahí mientras se sumía en sus pensamientos sin dejar de observar a su prima, y luego volvió a la carga:

-Kagome…Estás trabajando mucho – empezó a decir con cautela y una ceja alzada, un gesto muy típico de ella siempre que pretendía meterse en el papel de mamá de sus amigas.

-Gracias – respondió distraídamente Kagome, estirando sus brazos y su espalda adoloridos, demasiado agotada como para captar ese matiz consternado en la entonación de su interlocutora.

-No era un cumplido – dejó claro Kaguya después de rodar los ojos - Llegas más temprano de tu hora por las mañanas, y luego te quedas hasta muy tarde. Estoy recibiendo mails tuyos que tienen hora de medianoche o incluso de madrugada. Y no soy estúpida como para no saber qué es lo que estás intentando – se puso una mano en el mentón, y de inmediato sus facciones se suavizaron, mirando a su becaria con compasión – Es más fácil así, ¿verdad? Te ayuda a no pensar.

Kagome arrugó la frente, parpadeó un par de veces y luego miró hacia otro lado, removiéndose incómoda en su silla giratoria.

-¿A qué te refieres? – musitó con una sequedad repentina que hizo que su prima supiera que había dado en el clavo, arrancándole un suspiro.

-Yo también me he volcado en el trabajo más de una vez…intentando escuchar menos a mi corazón roto - Kagome volvió la vista a ella, frunció los labios pero no dijo nada – Y deja que te diga, que aunque pueda parecer al principio que funciona, eso sólo es un parche.

-No quiero hablar de eso, Kaguya – le pidió cerrando los ojos con expresión lastimera como si oír hablar del tema le hiciera daño en el cuerpo.

-Porque duele. Ya lo sé, cariño – alargó la mano para coger la suya – Pero lo que tienes que hacer es seguir adelante. Para superarlo, primero tienes que afrontarlo, no huir de ello.

-No es tan fácil, y menos aún después de… - replicó por instinto, aunque de inmediato se mordió la lengua. Al ver cómo la otra mujer se la quedaba mirando en un expectante silencio, sacudió la cabeza – Nada, da igual.

Kaguya liberó una confiada risita, que aunque estuvo cargada de sorna no tenía malicia.

-¿Qué ibas a decir? Oye, que ya me imagino lo que pasó en Tokio – cuando Kagome la cuestionó con la mirada, decidió soltarle su teoría sin paños calientes – Volviste a acostarte con él, ¿verdad?

Kagome notó que se le subían los colores al rostro. Y no sólo eso, sino que nada más oír a Kaguya hacer esa afirmación, el cuerpo le tembló y su corazón se aceleró como si la hubiese hecho volver a ese momento. Casi pudo sentir el tacto de esos firmes labios sobre los suyos, y oír su propio nombre pronunciado entre ellos por esa voz grave, rota de placer. Evocó ese férreo abrazo tan ilusoriamente amoroso, la esencia de su colonia, el vértigo de sentirlo dentro de ella…Un nudo se instauró en su garganta y volvió a cerrar los ojos, con el pecho oprimido por el desamor.

-¿Qué te hace pensar eso? – murmuró, herida en su orgullo y en mil emociones más.

-Pues que volviste exactamente igual que la primera vez – razonó encogiéndose de hombros - La última vez llegaste así de hecha polvo, y me contaste que te habías acostado con tu jefe el famoso, de quien estabas coladita hasta las trancas. Durante los dos meses que pasaste aquí pareció que te recuperabas, que la distancia te estaba haciendo bien y poco a poco ibas recuperando el ánimo. Pero luego te fuiste a Tokio otra vez, y has vuelto con la misma cara de mal de amores que al principio. Me hace pensar que si no pasó lo mismo, será algo muy similar.

Kagome no contestó, abrumada por todo ese tejemaneje de conclusiones que Kaguya había armado con tanta precisión y acierto. No hubiese sabido decir si lo que más le pesaba en esos momentos era el desconcierto o la humillación, aunque eso no fue nada comparado con lo que ardió dentro de ella al oír todo el repaso de dolorosos acontecimientos narrado de golpe. Kaguya se dio cuenta de que los ojos se le estaban humedeciendo, suspiró de nuevo y decidió que era mejor dejar el tema. Kagome no estaba comunicativa, probablemente porque todo estaba muy fresco todavía, y sabía que presionándola sólo conseguiría que se cerrara aún más en banda. Se levantó, rodeó la mesa y le puso las manos en los hombros a la frágil muchacha, apretando ligeramente como si pretendiera darle un reconfortante masaje.

-Vamos. A casa, ya – la apremió, encontrando el equilibrio perfecto entre autoridad y amistad.

Cinco minutos después, ambas bajaban las estrechas escaleras de caracol de la oficina. Kagome ya llevaba la cazadora puesta y el bolso colgado del mismo hombro en el que su prima tenía apoyada la mano, rodeándola con un brazo y estrechándola con aprecio mientras la acompañaba a la puerta.

-Todo pasará. Ahora te parece que no, pero pasará. De verdad, te lo prometo – le dijo justo antes de darle un cariñoso abrazo.

-No vale la pena, princesa – intervino una voz masculina pero melodiosa desde el tablero de recepción. Cuando miró en esa dirección, un joven que llevaba más máscara de pestañas que ella levantó el bolígrafo que tenía en la mano hacia el cielo con aires de solemnidad – Que sepas que ayer me di de baja del club de fans. Las amigas son lo primero.

Kagome no pudo evitar echarse a reír. Su colega siempre lograba esa reacción en ella, fueran cuales fueran las circunstancias. Era el personaje con más chiste que había conocido en toda su vida, la gracia personificada.

-Agradezco tu enorme sacrificio, camarada – le contestó, divertida.

-Ya encontraré a otro ídolo sexual – prosiguió, apoyando la barbilla en un codo, y apuntándola con el boli con la mano libre - Y también encontraré la manera de dejar de envidiarte por haberle tenido entre las piernas, pero para eso necesitaré más tiempo.

Kaguya le lanzó una mirada enfadada de advertencia, disgustada por su falta de tacto, pero Kagome volvió a carcajearse, siendo muy consciente de la inocencia del chico y teniendo muy claro que nada de lo que le decía iba con mala intención, sino que intentaba animarla con su particular humor, a su retorcida manera. No podía negar que intentar ridiculizar la situación era una forma sana e inteligente de afrontarla, y sabía que le convenía dejarse llevar por esa iniciativa.

-Tómate todo el que necesites, estoy segura de que al final lo conseguirás – le guiñó un ojo y le lanzó un beso. Él fingió que lo tomaba en el aire y se lo llevaba al corazón, cumpliendo así con su saludo cómplice – Hasta mañana, guapo. Nos vemos, prima.

Ambos le respondieron sacudiendo la mano mientras ella salía por la puerta y la veían alejarse por la izquierda a través de los ventanales de la agencia, sometiéndose al mal clima neoyorkino de ese día que auguraba lluvia. En cuanto Kagome desapareció de la vista, Kaguya resopló y se acercó a su empleado, al límite de empezar a echar sapos y culebras.

- ¿Cómo se te ocurre decirle eso? Eres un insensible, ¡ya te vale! – le regañó, indignada y preocupada por el estado abatido en extremo de Kagome. A diferencia de ésta, ella estaba segura de que los comentarios de su secretario no habían contribuido en nada positivo.

- Ella sabe que se lo digo en broma. Bueno, en realidad no todo es coña, lo que daría yo por haber poseído a ese cuerpo…

- Por Dios, cállate ya – le suplicó la mujer. Le dio la espalda cuando la apoyó en el mostrador de brazos cruzados, cerrando los ojos con hastío y desviándolos al techo, conteniéndose de soltarle un sopapo. No sería la primera vez, la confianza daba asco.

- Si se mueve igual que actúa, no me extraña que no pueda quitárselo de la cabeza…

Sin molestarse en cambiar de postura, Kaguya resopló e iba a reclamarle otra vez que dejara de decir barbaridades obscenas, pero no hizo falta porque él solito se quedó callado. Aquello no era normal en ese bocazas, por lo que arrugó el entrecejo y volvió a mirarle. Lo encontró con los ojos engrandecidos como platos y la boca abierta, mirando fijamente a la puerta de cristal transparente del local, a la que justo en ese momento oía abrirse. Se dio la vuelta intrigada y, por un instante, ella también quedó patidifusa.

El mismísimo Inuyasha Taisho estaba mirando discretamente a su alrededor, como si buscara algo o a alguien. Al darse cuenta de que la estancia estaba ya muy solitaria, posiblemente por la hora que era, no le quedó otra que dirigirse a la recepción, hacia las dos únicas personas que había visto. Kaguya empezó a oír un ruidito agudo, continuo e irritante, muy bajito, que venía de la garganta de su cada vez más histérico secretario, y se apresuró a cerrarle la boca dándole un manotazo en la mandíbula. Interpuso su cuerpo para que el recién llegado no viese esa invasiva y maleducada cara de estúpido, y esbozó una postiza sonrisa cordial para llamar la atención del hombre sobre su cara con tal de disimular.

-Buenas tardes. Ya hemos cerrado, ¿pero puedo ayudarle? – le preguntó con amabilidad al actor.

Cuando le tuvo más cerca, su instinto natural de mujer no pudo evitar evaluar con sutileza al pedazo ejemplar de hombre que tenía delante. Tenía que admitir que era muy, muy guapo, tanto que le hacía justicia de sobras a sus apariciones en pantalla. Sus ojos eran de un color dorado intenso que atrapaba. El pelo largo y negro que en otra persona hubiese podido parecer hippie o incluso metalero, a él le hacía enigmático y hasta exótico, pues lo tenía muy bien cuidado y además le favorecía. Era alto y atlético, e iba vestido con una camisa blanca que no era ni ceñida ni ancha, sino que se ajustaba de forma muy adecuada y delataba que debajo de ella se ocultaban unos músculos definidos, trabajados en su medida perfecta; por último, unos vaqueros rectos que le quedaban como un guante eran la guinda del pastel.

-Buenas tardes. Estoy buscando a Kagome – contestó Inuyasha, sin alterarse por ese escrutinio. Estaba acostumbrado a que la gente le mirara de arriba abajo, sobre todo el público femenino. Hacía tiempo que se había dado cuenta de que eso formaba parte del pack cuando su fama comenzó a despegar. La mujer había sido bastante discreta, aunque el pasmado hombre que se asomaba descaradamente por el costado derecho de ella estaba empezando a intimidarle.

-Acaba de irse… – contestó éste enseguida, recuperando la voz y recibiendo de inmediato un pellizco disimulado de su jefa sobre la mano que tenía apoyada en el mostrador - ¡Ay!

-Jakotsu, ¿por qué no te vas a fotocopiar los informes de publicidad del mes que entra? – le sugirió Kaguya con la sonrisa de plástico todavía en su cara.

-Ya están fotocopiados – replicó con voz plana, sin despegar su mirada embobada del famoso que estaba frente a él cual espejismo.

-Pues fotocópialos otra vez, por si acaso – le puso una mano en un hombro e hizo presión hacia el lado contrario con disimulo, echándolo de la silla.

Jakotsu arrugó la nariz con disgusto, levantándose con una resignación apenas disimulada. Desapareció detrás de la primera puerta que había en el pasillo, y sólo entonces ella se dispuso a dirigirse a Inuyasha del modo en que quería. Se cruzó de brazos e iba a disculparse por la indiscreción antes que nada, pero él habló primero.

-Tú debes de ser Kaguya – especuló, correspondiendo inmediatamente y por instinto a la mirada desafiante gratuita con la que ella le estaba obsequiando.

-Y tú Inuyasha, como para no reconocerte. Como bien ha dicho mi secretario, Kagome no está aquí. ¿Cómo nos has encontrado, por cierto?

-No hay muchas agencias de diseño en esta ciudad que tengan como propietaria una mujer japonesa llamada Kaguya – explicó hablando rápido, como si no quisiera perder el tiempo aclarando detalles irrelevantes - ¿Sabes dónde puedo localizarla? – le preguntó con la voz más neutra que pudo poner, intentando no dejarse llevar por las malas vibraciones que le decían que aquello iba a ser difícil.

-No pretenderás que te de la dirección de uno de mis empleados, eso sería una falta de respeto a su privacidad. De hecho, ni siquiera sé si es legal – replicó con tonito afectado, como si le estuviese hablando de un asunto muy turbio.

Inuyasha cogió aire por la nariz, haciendo una pausa mientras consideraba sus siguientes palabras. Apretó los puños sintiendo la irritación crecer en su interior, luchando por contenerla porque sabía que en caso contrario no conseguiría nada. La postura firme de Kaguya le estaba recordando a la actitud guerrera de su prima, y por ello supo que confrontarla no le convenía. No le estaba gustando que una desconocida le hablara con esa impertinencia, como si tuviese un problema personal con él cuando nunca antes se habían visto la cara, pero no era idiota y sabía que lo más probable era que estuviese al tanto de la situación y ahora estuviera protegiendo a Kagome. Protegiéndola de él. Ese pensamiento le provocó una punzada en el pecho y su orgullo se vino un poco abajo, lo suficiente como para resignarse a darle alguna que otra explicación.

-Necesito hablar con ella. Tengo que decirle algo, y es importante.

Los labios cubiertos de carmín rojo se frotaron uno contra el otro y los ojos azul-verdosos se entrecerraron, como si pretendieran ver más allá de él.

-¿Le hará daño? – cuestionó, observándole con recelo.

Inuyasha contrajo la mandíbula. ¡¿Pero qué mierda le pasaba a todo el mundo con eso?! Inspiró hondo y se recordó lo mucho que necesitaba la contribución de esa mujer para poder dar con su objetivo. Gritarle que dejara de entrometerse no iba a ayudar precisamente.

-No debería – se limitó a decir, ronco.

-¡Ya están las fotocopias! – exclamó Jakotsu, prácticamente corriendo hacia ellos con un montón de papeles en la mano, como un niño que corría hacia el televisor justo después de levantársele el castigo.

-Pues fotocopia más cosas – replicó Kaguya por automático, de forma casi robótica.

Jakotsu se paró a dos pasos de ella, contempló a Inuyasha con impotencia, y luego volvió a mirar a su jefa rallando la súplica:

-¿Qué cosas?

-Confío en tus aptitudes, Jakotsu. Sorpréndeme.

El terrible conflicto se reflejó en el rostro atormentado de Jakotsu, antes de que éste desapareciese otra vez dentro del despacho, arrastrándose dentro de un modo que dio hasta lástima. Una vez estuvieron solos de nuevo, Kaguya cambió su peso de una pierna a otra, meditando. Empezando a notar que se le terminaba la paciencia y que la parte más rebelde de su personalidad luchaba por asomar, Inuyasha volvió a hablar con voz reprimida:

-Kaguya, si no me lo dices, me presentaré mañana en horario laboral y la encontraré. Y si no es mañana, será pasado. Pero tarde o temprano daré con ella, te aseguro que tengo todo el tiempo del mundo.

La mujer no contestó enseguida, pero Inuyasha respetó la pausa y la escuchó atentamente cuando su boca volvió a abrirse:

-No tengo nada en tu contra, Inuyasha. No me malinterpretes. Sólo quiero lo mejor para mi prima – se explicó con tono conciliador. Se había dado cuenta por el del hombre de cómo se estaban calentando y no quería llegar a esos extremos. Era consciente de que ese problema no era realmente de su incumbencia, por mucho que quisiera ayudar a Kagome, y discutirse con él sería poco civilizado y no justificado.

-Lo entiendo, pero… ¿tú crees que habría cruzado un océano expresamente para venir a decirle algo que le hiciera daño?

-Podrías haberla llamado – contestó con simpleza.

-No tengo el número – hizo una inhalación profunda - Pero de todos modos, lo que tengo que decirle…No puedo decírselo por teléfono – dijo pasados unos instantes, y cuando habló su voz sonó clara y significativa. Por el cambio de expresión de Kaguya y el modo en que se relajaron sus hombros, él supo que le había entendido.

La mujer le observó con las facciones medio desencajadas, cavilando en medio de su sorpresa. Se removió inquieta, temiendo que su intuición hubiese malinterpretado el mensaje escondido en las palabras de Inuyasha, pero reconociendo que de todos modos, él tenía razón en lo de que tarde o temprano encontraría a Kagome. Aquello era inevitable, y retrasar el momento no llevaría a ningún lado, por lo que resopló rendida.

-Últimamente trabaja hasta muy tarde incluso cuando llega a casa, y suele ir a tomarse un café cuando sale para darse un empujoncito.

-¿Dónde? – exigió saber con el dorado de sus ojos expuesto de par en par, en una clara muestra de lo mucho que le había exaltado tener al fin una pista útil.

-Eso no lo sé – ante la cara de disgusto y la mirada acusadora recibida, puso los ojos en blanco – Te prometo que no lo sé, carajo. Nunca la he acompañado.

-¡En el Starbucks de la esquina! – se oyó gritar a Jakotsu desde dentro del despacho.

Kaguya se giró sobresaltada para mirar en esa dirección. ¿Desde cuándo estaba escuchando? Apretó los puños y decidió que si aquello acababa en desastre, iba a lanzarle a los leones sin pensárselo dos veces. Pero cuando volvió a darse la vuelta para ver el efecto de ese chivatazo, Inuyasha ya estaba saliendo por la puerta como una exhalación.

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-¿Podría darme otro sobrecito de azúcar, por favor?

La vendedora que acababa de entregarle su café con leche la miró como si le hubiese hablado en mandarín. Kagome chasqueó la lengua como una reprimenda hacia sí misma y repitió la petición. Tras un tiempo viviendo en Estados Unidos había terminado por ganar una fluidez considerable con el inglés, pero todavía se le atragantaban las palabras en ciertas ocasiones si hablaba distraídamente, por lo que el resultado solía ser que la gente no comprendiera lo que decía. La mujer sí la entendió la segunda vez, de modo que abrió de nuevo un cajón cercano y le entregó lo que se le había pedido, con cara de pocos amigos.

"Será tacaña…", pensó Kagome de mala gana, recogiendo su café para llevarlo de la barra a la primera mesa que viese libre.

Consideró el pedirle un sobre de más sólo para fastidiarla, pero decidió que no quería empezar una guerra fría con el personal de ese local que se estaba convirtiendo en uno de sus refugios cotidianos, de modo que descartó la idea y se limitó a buscarse un sitio. Los más cercanos a la barra estaban ocupados, pero había uno disponible al fondo, justo al final de la hilera de mesas y sillones que se pegaba a los amplios ventanales. A medida que recorría el pasillo, le echó un vistazo a la calle para intentar descifrar si realmente iba a llover, porque no llevaba paraguas. Sus ojos recorrieron las vistas exteriores de una sola pasada, pero deshicieron de golpe parte de la trayectoria para enfocar mejor cierto detalle que había entrado en su campo de visión durante el primer escrutinio distraído.

La taza se le escapó de las manos, rompiéndose al chocar contra el suelo y causando un gran estrépito. El café se esparció rápidamente por las baldosas pardas, junto a los trozos de cerámica rota. Todo el mundo volteó a verla, pero Kagome ya no podía mirar nada que no fueran esos ojos dorados que la observaban desde la acera de enfrente, directamente a ella como si ya hiciese rato que la habían fichado.

La dueña de la cafetería empezó a vociferar algo sobre una japonesa autista o algo por el estilo, tampoco se esforzó en traducir sus impertinencias. Oyó a lo lejos la voz de una chica joven pidiéndole que se hiciera a un lado para que pudiese fregar, y después otra más varonil y amable que hizo callar a la maleducada propietaria y le preguntó si se encontraba bien. Escuchó esas intervenciones como si fuesen ruido de fondo, y se limitó a contestar a todo con un "Sí" casi inaudible, cuadrase o no con lo que se le había dicho. Después de pedírselo un par de veces, la ya apurada empleada se vio obligada a tocarle el brazo para llamar su atención. Kagome reaccionó con un estremecimiento, rompiendo el contacto visual con el hombre que aguardaba de pie en la calle, y se apartó del lugar para que la otra muchacha pudiese hacer su trabajo. Volvió a mirar fuera y lo vio enarcar una ceja, como diciendo "¿Te vas a quedar ahí parada?" y sonriendo divertido, seguramente porque había visto el espectáculo que había liado ahí dentro.

En un principio quiso ignorarle. Se lo merecía, por ser tan malditamente egoísta. Pero a quién quería engañar, la curiosidad por saber qué diablos hacía él ahí la estaba matando. Sintió la mosquita de la esperanza revolotear en su cabeza, pero acostumbrada como estaba, la aplastó de un manotazo mental. Aun así no podía negar la ilusión que le hacía volver a verle, y aunque se reprendió a sí misma por esos pensamientos, aceptó que atrasar el momento o incluso evitarlo no aportaría nada, de modo que hizo de tripas corazón y accedió a salir a su encuentro. Le conocía lo suficiente como para saber que era capaz de entrar a por ella si no daba su brazo a torcer, de todas formas.

Sintiendo el corazón latir tan fuerte que casi podía percibir el molesto zumbido en las orejas, se dirigió al exterior como un condenado a muerte desfilando hacia la silla eléctrica. Sango le había confirmado que le había entregado la carta, de modo que se preguntó de nuevo qué pintaba Inuyasha ahí, volviendo a aparecer para poner su vida boca abajo y pasándose por el forro lo que le había pedido. Y mientras tanto, ella se dormía entre lágrimas la mitad de las noches, desesperada por no conseguir pasar página. Casi inmediatamente sintió un nuevo sentimiento crecer en su pecho, tan intenso que nubló los nervios y la pena: rabia. Inuyasha sabía que estaba enamorada de él. Sabía que ella intentaba olvidarle porque se lo había dicho textualmente. Y al parecer, sus sentimientos le importaban un comino. Estaba ahí plantado, sabiéndose irresistible, viendo cómo acudía a él como un perrito. Los dedos dejaron de temblarle y sus puños se cerraron con fuerza.

Aceleró el paso repentinamente, cruzando la calle sin mirar. Un coche tuvo que frenar de súbito y su conductor tocó el claxon, maldiciéndola a viva voz, pero nadie le hizo caso. Kagome llegó al lado de Inuyasha en pocos segundos, y a él todavía no se le había borrado de la cara la expresión de espanto, al haber presenciado cómo casi la atropellaban, cuando la chica alzó la mano y le propinó una bofetada que resonó por toda la calle. El actor no podría haber previsto ese movimiento jamás, por lo que se tambaleó y se apoyó instintivamente en la valla de la casa que tenía a sus espaldas. Se puso una mano en la mejilla golpeada, incrédulo, justo antes de volver a encarar a la fiera.

-¿Se puede saber a qué demonios ha venido eso..? – reclamó alucinado, siendo el desconcierto de tal magnitud que apenas encontró empuje para alzar la voz.

La gente que pasaba por la calle se había girado al oír el manotazo y todavía había un par de personas mirando, pero Kagome estaba demasiado furiosa como para prestar atención a nada que no fuera la sarta de gritos que se moría por pegarle al cretino que tenía delante.

- ¡¿Pero tú quién te has creído que eres?! - le espetó de muy malas formas.

-¿Cómo? Oye, no esperaba que me recibieras con los brazos abiertos, ¡pero tampoco hacía falta tatuarme la mano en la cara! – replicó Inuyasha, ahora recobrándose rápidamente y empezando a manifestar su temperamento característico.

-¡Tú no eres la maldita víctima aquí! ¿¡Te crees que puedes presentarte aquí como si nada, después de haberte prácticamente suplicado que me dejaras en paz?!

-¡Ya lo creo que puedo, maldita sea! – exclamó tomándola de los brazos en un impulso airado, con el oro de su mirada reluciendo por el enfado enquistado que después de haber contenido tanto tiempo, se había desatado ante la bronca recibida - ¡Estuviste un puto mes ingresada después de un accidente en el que casi te matas delante de mi cara! ¡Creí tenerte muerta en mis brazos, Kagome! ¡Muerta! Después pasó eso entre nosotros en el hospital… ¡y luego me dejas una notita y te largas como si nada! ¡¿Eres consciente de lo jodido que me dejó eso?!

-Inuyasha… - balbuceó ella, impresionada e intimidada. La cólera había ido remitiendo progresivamente a medida que escuchaba ese duro monólogo, y terminando reemplazada por un profundo sentimiento de culpabilidad.

-¡¿Por qué siempre huyes de mí en vez de comunicarte conmigo?! – cuestionó dolido - ¡Vas a tu puñetera bola sin importarte el daño que tú también haces con esa actitud!

El cuerpo femenino chocó suavemente contra el masculino cuando él tiró de sus brazos y la rodeó con los suyos en un arrebato. Inuyasha hundió su rostro en el cuello de la mujer, aspirando su fragancia, impregnándose de ella, sintiendo su calor. Un profundo alivio le envolvió el espíritu al volver a tenerla tan cerca después de tantos días sin verla ni tocarla. Ella no se había resistido a su abrazo, pero la notaba tensa y tenía los antebrazos colocados en su pecho, interponiéndose entre ambos, como no dejando que se tomara demasiadas confianzas. Sin duda era una postura defensiva, que le hirió pero que trató de no juzgar.

Kagome había empezado a temblar, sin saber si era por nervios, emoción o una consecuencia física de que estaba a punto de ponerse a llorar. Cerró los ojos con fuerza, intentando por todos sus medios que no le afectara esa proximidad tan pronunciada, pero sus memorias la traicionaron por el olfato cuando la colonia varonil le recordó sin delicadeza a la última vez que habían estado tan pegados. Tampoco ayudó sentir su aliento contra la piel de su cuello, erizándole el vello de la nuca. Cuando lo sintió inspirar su aroma, las rodillas le flaquearon hasta el punto en que temió que le fallaran y la dejaran caer al suelo. Sabía que eso no ocurriría porque él la tenía sujeta, pero aun así fue una señal de que, o detenía aquello, o la cosa iba a salírsele de las manos…otra vez.

-Y técnicamente…yo no prometí nada - le susurró él al oído – Fuiste tú la que prometiste que hablaríamos a mi vuelta, y luego te marchaste a traición.

El hechizo se rompió. Kagome forcejeó para que la soltara, cosa que él hizo dejando escapar un suspiro de resignación. La chica se alejó varios pasos de él y lo miró con una mezcla de rencor y decepción, para después hablarle en tono acusador.

-Eso no quita que si mi bienestar te importara tanto como siempre has dicho, no estarías aquí. Tienes razón en que no debería haberme ido así, fue radical por mi parte y lo siento, pero necesitaba tiempo y espacio, y no te veía por la labor de concedérmelos. Te dije que necesitaba distanciarme porque tenía que olvidar…En fin, ya lo sabes – atajó, desviando la vista al sentir sus mejillas arder – Pero siempre haces lo mismo, como más lo intento más lo saboteas…

Inuyasha quiso reír cuando la vio abrir los ojos de par en par, dándose cuenta de que había hablado de más. Ella se mordió el labio y le pareció oírla murmurar una palabrota.

-¿Lo estoy haciendo?

-Yo no…No quería decir eso.

El profundo sonrojo de la muchacha y el modo en que sus ojos parpadearon a toda velocidad como si no supiesen hacia dónde mirar ni dónde meterse, le parecieron tan delatadores y adorables que se le escapó la risa por debajo de la nariz. Se dio cuenta demasiado tarde de que ese gesto podía ser malinterpretado como una burla cruel a los sentimientos de Kagome, y ahora lo único que podía hacer era lamentarse por haber sido tan impulsivo, sobre todo cuando vio el cambio de expresión de la mujer: ella le clavó una mirada tan letal que por un momento Inuyasha creyó que iba a pegarle otra vez.

-¿En serio te hace gracia? Por mí te puedes ir a la mierda, Inuyasha- espetó con veneno en la voz, sin entender cómo ese patán podía tener tan poco tacto.

Inuyasha tuvo que cogerla de la muñeca para impedir que se marchara a paso rápido. La joven intentó liberarse pero fue en vano, él tenía demasiada fuerza.

-Suéltame ahora. Suéltame o gritaré – amenazó más fría que un témpano de hielo.

-Eres capaz, créeme que lo sé - le dedicó una media sonrisa conciliadora, de disculpa - Perdona, te prometo que no me estaba riendo de lo que me decías.

Kagome le miró irritada como si no terminase de creerle pero no añadió nada más, y él no hubiese sabido decir si aquello era bueno o malo, porque lo que siguió a ese desastroso primer diálogo de reencuentro fue un largo silencio que les crispó los nervios a ambos. Tras unos segundos prudenciales, él la soltó y por suerte ella no hizo amago de volver a dejarlo plantado, pero siguieron sin decirse nada. Ella miraba incómoda las puntas de sus botines mientras la mente del actor trabajaba a toda velocidad. Tenía que decirle tantas cosas a Kagome…pero no sabía cómo llevar la conversación por dónde quería. Si había creído que ella se arrojaría a sus brazos nada más verle, había sido un idiota. No había sabido valorarla cuando le había ofrecido su corazón en bandeja y ahora no podía pretender que volviera a hacerlo como si nada, después de habérselo hecho trizas. Se dio cuenta de que tendría que andar con pies de plomo para que no pareciera que quería aprovecharse de la situación, o que estaba actuando por compasión.

Caviló, intentando romper el silencio con cualquier cosa que le sirviera para introducir el tema. Estaba empezando a considerar que quizá era mejor invitarla a volver a entrar a la cafetería para tomar algo en son de paz, e ir introduciendo el asunto poco a poco, pero Kagome se le adelantó.

-A decir verdad, quizá he exagerado un poco mis dramas…Suelo hacerlo cuando estoy cabreada – dijo como excusándose, captando inmediatamente la atención de los ojos dorados – Pero lo cierto es que desde que volví aquí las cosas me van bien, de hecho…estoy medio saliendo con alguien.

No sabía qué pretendía ver en la expresión del hombre. Una estúpida miga de esperanza la había obligado a creer que le molestaría o que se pondría celoso. Si bien Inuyasha no la quería para sí mismo, quizá le picaría el ego al saber que ya no besaba por donde pisaba. Pero sin duda, lo último que esperaba fue ver cómo aparecía en su cara una amplia y desconcertante sonrisa ladeada.

-¿De qué coño te ríes ahora? – reprochó Kagome con acidez, casi sin poder creerse lo que veía. Le estaban entrando ganas de darle un puñetazo esa vez.

-No me estoy riendo – sacudió la cabeza para reforzar sus palabras y se encogió de hombros - Estoy sonriendo, que es distinto, porque me alegro por ti. Es un hombre afortunado.

-No sabes cuánto - respondió arrastrando las palabras, demasiado despechada como para morderse la lengua.

Inuyasha sonrió más para sus adentros, captando sin ninguna dificultad la indirecta que acababa de lanzarle.

-Ajá…¿Y sabe algo ese pobre diablo de los cuernazos que le pusiste en Tokio?

–¿Pero qué tonterías dices…? - cuestionó irritada, pero entendió a lo que se refería cuando se la quedó mirando fijamente con una ceja levantada, y entonces sintió que se le calentaba el rostro. "Oh, maldito cabrón arrogante…" – Ah, eso…Bueno, no estamos en ese punto todavía. Nos estamos conociendo.

Acomodando las manos en sus bolsillos con gesto relajado, Inuyasha sólo asintió con la cabeza pero no contestó. Kagome se dio cuenta de cómo la miraba, como si estuviese pensando en algo muy gracioso, y pensó que definitivamente era hora de cortar esa conversación tan surrealista.

-Yo...debería irme ya. Hemos quedado dentro de un rato y todavía tengo que pasar por casa.

Él volvió a trazar un gesto de afirmación con la cabeza, con cierto pesar.

-Vale, no te retengo más pues. Sólo quería asegurarme de que estabas bien, y ya veo que sí.

-Lo estoy, gracias – se esforzó para intentar sonreírle aunque fuese para no despedirse de esa forma tan rígida y extraña, aunque esa sonrisa se congeló cuando él se inclinó a besar su mejilla con cariño. Cerró los ojos y en vez de aguantar la respiración como le convenía, hizo lo contrario e inhaló de forma muy sutil para guardar cada nota del olor varonil en su memoria. El que el beso cayera bastante más cerca de la comisura de lo esperable tampoco la ayudó a templar su agitación.

-Cuídate mucho, Kagome – musitó él cuando se separó.

-Tú también… - respondió, consiguiendo a duras penas no tartamudear - Adiós.

-Adiós.

Kagome vaciló unos instantes, pero la expresión de Inuyasha no revelaba ningún indicio de que fuera a detenerla o de que le quedara nada por decir. Más bien parecía un caballero que estaba esperando a que la dama se retirase primero, ahí de pie mirándola sin mover un músculo aun ya habiéndose despedido de ella. De modo que carraspeó un poco, le dio la espalda y echó a andar, alejándose de él y preguntándose para qué había venido si luego la dejaba marcharse como si nada. La respuesta se la dio automáticamente su despiadada racionalidad: "No habrá venido sólo por ti, ¿qué te crees?". Inuyasha viajaba a menudo a Estados Unidos por trabajo, para evaluar oportunidades en el popular cine americano, y lo sabía porque ella misma le había comprado más de un vuelo cuando trabajaba para él.

Aun así, por muy notoria que fuese su motivación para pasarse a hacerle esa visita sorpresa, y aun con ese afán de protección incoherente - casi obsesivo - que tenía con ella y que nadie entendía, su indiferencia al haberle hablado de otra persona era la enésima señal que confirmaba cruelmente lo que ya sabía. ¿Cuándo diablos se le metería en la cabeza que Inuyasha nunca había tenido ninguna inclinación romántica hacia ella? ¿Por qué el maldito universo le ponía las cosas tan difíciles? ¿Era necesario volver a plantárselo delante y refregárselo por la cara si no tenía que ser suyo?

Una amarga desazón empezó a crecer en su pecho, ascendiendo por su cuello hasta formar un doloroso nudo en la garganta. No quería ponerse a llorar en medio de la calle, de modo que empezó a acelerar el paso para llegar a la intimidad de su apartamento lo más rápido posible, donde se permitiría derrumbarse sin dar el espectáculo. No era la única que estaba caminando a paso acelerado, el cielo se estaba encapotando a considerable velocidad y todo el mundo se apresuraba en ir a resguardarse de la que estaba a punto de caer. Se oían truenos a lo lejos que confirmaban la amenaza. Sin embargo, Kagome todavía no había terminado de cruzar el pequeño parque de al lado cuando un brazo le rodeó la cintura desde detrás, reteniéndola contra un cuerpo cálido. No se asustó, habría reconocido ese perfume amaderado que le disparaba las pulsaciones en cualquier parte. Luego llegó esa voz varonil en un murmullo suave junto a su oído.

-Te han dicho nunca… ¿que aprietas los labios justo después de mentir?

Sintiendo el cuerpo entero entrar en parálisis, Kagome apretó los párpados, derrotada. Quiso que la tierra se abriera a sus pies y se la tragara por completo. No se resistió cuando él le dio la vuelta y la tomó de los codos, pero no abrió los ojos. La humillación por haber sido pillada mintiendo sobre algo tan rastrero era apoteósica. Nunca se había sentido tan patética.

-Kagome, mírame.

Se tapó la cara con las manos y negó con la cabeza, sintiendo las lágrimas de frustración correr libremente sin poder detenerlas e intentando evitar que cayeran al suelo, donde ya yacía su dignidad. Lo oyó suspirar y enseguida sintió cómo le sujetaba los antebrazos, obligándola a retirar las manos de su rostro. Ella mantuvo la vista fija hacia abajo, muerta de vergüenza.

-No era ninguna mentira - pronunció con un hilo de voz antes de que él tuviese tiempo de hacer el mínimo comentario, como intentando mantener la última pizca de orgullo que le quedaba.

-Mírame a los ojos y repítelo.

Kagome inspiró hondo, armándose de valor y disponiéndose a hacer lo que le proponían, empezando a hartarse del modo en que parecía que él había estado jugando con sus sentimientos desde que se la había encontrado. No obstante, cuando alzó la vista no encontró rastro de diversión en esas facciones tan agraciadas: Inuyasha estaba completamente serio ahora, y su mirada reflejaba una profunda inquietud que la desarmó.

-Pídeme ahora que salga de tu vida, Kagome, no escribiéndolo en un papel.

Kagome intentó pronunciar las palabras correspondientes pero éstas se negaron a salir, confiscadas por su testarudo corazón. Aun habiéndose desplazado a la otra punta del mundo para olvidarle, lo que Inuyasha estaba diciendo jamás sería lo que ella realmente querría. Sintió una nueva avalancha de lágrimas, esta vez de impotencia, e intentó volver a bajar la cabeza pero él no se lo permitió. Le alzó la barbilla con suavidad pero a la vez con firmeza.

-Pídemelo tú, porque si no lo haces, si dejas que dependa de mí…Yo nunca reuniré el valor para alejarme de ti - confesó, con unos sutiles estragos de temblor en la voz – Una vez me preguntaste por qué no quería que te fueras de mi lado, y entonces no estaba preparado para contestarte pero…ahora sí.

-Inuyasha…yo…- balbuceó perdida, sin saber muy bien qué decir pero enmudeció cuando la mano que la sujetaba del mentón llevó el pulgar a sus labios, pidiéndole el turno de palabra con un toque que pareció una caricia.

-Estoy cansado de engañarme a mí mismo, a ti y a los demás. No me quedan fuerzas para seguir haciéndolo, no puedo seguir viendo cómo te pierdo poco a poco sin mover un dedo. Estoy harto de tener miedo.

-¿Miedo? ¿Miedo de qué? – inquirió confundida aun a pesar del silencio que se le había reclamado, rozándole el dedo al hablar y mandándole, sin saberlo, pequeños toques eléctricos desde ese punto. Le tomó la muñeca para liberarse de la pequeña mordaza pero no la alejó más que lo estrictamente necesario, no queriendo transmitirle un mensaje de rechazo aun a pesar de todo.

Tragó duro cuando los dos soles que la estaban mirando se volvieron tan penetrantes que hubiesen podido ver a través de ella, reflejando la más pura de las determinaciones. Inuyasha estaba lo suficientemente cerca como para que se le notara la profunda inhalación irregular que tomó antes de reunir el valor para responder.

- De lo vulnerable que me siento contigo. Del modo en que estás siempre metida en mi cabeza. Del poder que tienes sobre mí. No me he sentido dueño de mí mismo ni de mis pensamientos desde que…empecé a enamorarme de ti.

Un segundo trueno acompañó a esa contestación, solapándose al involuntario gemido de incredulidad que emergió de lo más hondo de la garganta femenina. Los ojos de Kagome se abrieron de par en par y la boca le quedó entreabierta, reflejando el modo en que se había quedado en blanco al oírle. Pestañeó varias veces seguidas y pasaron unos largos instantes antes de que fuera capaz de encontrar la voz, que le salió temblorosa y débil.

-¿Qué? – balbuceó anonadada.

Los ojos de Inuyasha se inundaron en ternura y sus comisuras se curvaron un poco al oírla. Kagome parecía tan bloqueada...y no podía culparla por ello. Sin poder resistirse a esa imagen de fragilidad que le despertó un instinto de protección innato, se zafó con delicadeza de su mano, la envolvió con la suya y la dejó presionada contra su pecho, como si le estuviese entregando simbólicamente aquello que latía ahora tan fuerte debajo de la camisa.

-Entiendo que con todo lo que ha pasado, ahora te cueste creerlo. Pero sí, lo estoy…más de lo que nunca lo he estado de nadie. Me he pasado meses negándome a aceptarlo, porque dejarme llevar hubiese implicado arriesgarme a salir muy herido. Entregarte mi corazón era jugármela a que algún día lo destruyeras por completo, y temía lo que sería de mí si eso ocurría. La sola idea me daba pavor, así que me resistí a dártelo tanto como pude.

Kagome no alcanzaba a reaccionar. Los ojos le ardían, el cuerpo entero le temblaba y se había quedado tan paralizada que sentía los pies clavados en el suelo. A duras penas consiguió verbalizar sus pensamientos.

-Has dicho…¿meses? Pero…¿desde cuándo…?

No fue capaz de hilar el resto de la pregunta pero él entendió a lo que se refería sin necesidad de que ella la completara. Dejó la mirada medio ausente cuando se concentró en indagar en sus recuerdos, con tal de poder concederle una respuesta.

-Creo que empecé a darme cuenta de que la atracción se estaba convirtiendo en algo más…la primera vez que te besé.

Si bien había creído que no era humanamente posible que ella adoptara un aspecto todavía más estupefacto, se había equivocado.

-¿Ese día en tu casa…? – inquirió con vacilación, haciendo una cuenta rápida ella también – ¿Desde invierno que…?

Inuyasha no pudo evitar sonreír y mirarla con acusadora sospecha, aunque con más complicidad que malicia.

-En realidad te estoy diciendo que desde otoño, porque sabes bien…que el primero no fue en mi casa.

Kagome llevó automáticamente una mano a su boca, expresando su sorpresa por lo que él acababa de reconocer. No era para menos, teniendo en cuenta que ella nunca se lo había contado a nadie, y eso sólo dejaba una explicación posible…

-Pero tú dijiste…dijiste que no te acordabas… - le acusó pasmada, percatándose demasiado tarde de que sus palabras estaban delatándola. Cayó en la cuenta de que si aquello era cierto, esa noche tan lejana había sido una revelación no sólo para ella, sino también para él. Y de eso hacía tanto tiempo ya…

-Te mentí - respondió Inuyasha con simpleza – Y también me mentí a mí mismo diciéndome que era lo correcto, cuando en realidad lo hice sólo para protegerme – llevó su otra mano de nuevo al rostro femenino y sus dedos repasaron su contorno, en una caricia tan suave que ella cerró los ojos, todavía estando lejos de asimilar lo que estaba pasando - También te mentí todas y cada una de las veces que te hice creer que estaba contento con la vida que llevaba, cuando lo único que estaba haciendo era poner a otras mujeres de por medio para que me distrajeran de la obsesión que tenía sólo con una.

Tiró de la mano que estaba sujetando contra su pecho para acercar a la chica a su cuerpo, colocando ambas después en su cintura. Como más hablaba, como más le confesaba, más difícil era contener las ganas de tenerla cerca.

- Te he mentido hace cinco minutos al decirte que me alegraba de que hubieses encontrado a otro. Pero sobre todo, te mentí al decirte que nuestra primera vez no había significado nada, cuando la realidad era justo la contraria: significó tanto que me asusté, y lo que hice fue sabotearlo como un cobarde – subió una mano al ver que ella desviaba la mirada al oírle hablar de ese doloroso episodio de forma tan directa. Acunó un lado de la pequeña mandíbula en su palma, para instarla a volver a mostrarle los ojos y sólo cuando lo hubo logrado prosiguió – Cuando te oí decir lo que sentías por mí, me emocioné y entré en pánico al mismo tiempo. Jamás debí quedarme callado ni dejarte ir después de aquello, esa noche tendrías que haberla pasado en mis brazos…pero en vez de eso me bloqueé, permití que te marcharas y cogiste el coche. ¿Entiendes ahora esa culpa que se me come vivo? Si yo hubiese reunido las agallas para reaccionar como debía, tú nunca habrías tenido ese accidente.

La arrastró hacia él desde la cintura y la envolvió en sus brazos sin poder contenerse ni un segundo más. Esa vez, Kagome no se tensó ni se puso a la defensiva. Se dejó acunar en el pecho del hombre que amaba y cerró los ojos, cosa que hizo que las lágrimas contenidas ahí cayeran en silencio. Estaba desbordada, tanto que sentía que no podía hablar.

-Lo que pasé al creer que estabas muerta no se lo desearía ni a mi peor enemigo – tragó duro y le puso una mano en la nuca, dejando que los mechones azabaches le acariciaran los dedos y calmaran la congoja que despertaba en él siempre que evocaba ese horrible recuerdo - Esas semanas de coma se vino abajo todo mi mundo. Toqué tan fondo creyendo que te perdería, que cuando despertaste había dejado de importarme el que pudieses hacerme daño o no. Sólo podía pensar en aferrarme a cada minuto contigo como si fuese un regalo, y ya no fui capaz de volver a separarme de ti. Te necesitaba hasta el punto en que cuando finalmente me rendí a besarte…ya no pude parar.

La estrechó con fuerza entre sus brazos y hundió la nariz en el pelo de su coronilla, deleitándose de su suavidad y su aroma. No había pasado ni un mes desde la última vez que se habían visto, pero había echado tanto de menos cada detalle de ella...

-Sólo me queda pedirte que me perdones por haber permitido que sufrieras tanto tiempo por un sinsentido, por haber sido tan egoísta…Dame la oportunidad de hacer las cosas bien y te juro que me dejaré la piel para compensarte cada vez que hayas podido llorar por mi culpa. No puedo prometerte que esto saldrá bien, pero sí que nadie lo intentará con más fuerza que yo.

Una vez sintió que ya no le quedaba nada dentro del alma por decir, se hizo el silencio. Pasaron unos minutos en los que ninguno de los dos dijo nada, e Inuyasha los vivió como una tortura. Hacía demasiado rato que no estaba viendo la expresión de Kagome ni como le estaba sentando todo lo que le había dicho. La chica seguía apoyada en él dentro de su abrazo, liberando lágrimas con los ojos cerrados, sumida en un estado de trance. Él sabía que tenía que procesar todo lo que acababa de oír antes de tomar una decisión, pero en esos momentos se sentía en el borde de un abismo. La incertidumbre le oprimía el pecho y llegó un punto en que no pudo soportarlo más.

-Kagome…¿vas a decir algo? - le preguntó, incapaz de contener la ansiedad.

Notó como los pequeños puños agarraban la tela de su camisa, justo antes de que ella pronunciara con voz rota:

-Sí… Que te quiero.

Y el aire retenido se liberó de golpe en un jadeo. No fue lo único que se le liberó, Inuyasha sintió sus propias lágrimas amenazar con desbordarle en los párpados al igual que sus emociones, ante esa declaración que llevaba implícito un perdón incondicional.

-Oh, Kagome… - pronunció conmovido, sintiendo cómo el miedo que había atenazado su estómago se retiraba ahora por todos los poros de su cuerpo.

Las primeras gotas de lluvia empezaban a caer cuando la separó con delicadeza de su torso y le sujetó el rostro con ambas manos, necesitando más que nunca mirarla a los ojos. Y entonces, éstos y los suyos conectaron de una forma nueva, íntima y especial. Kagome sonrió por primera vez desde que se habían encontrado, cuando vio cómo la brillante mirada dorada descendía hasta sus labios y los masculinos se entreabrían al instante.

-Hazlo… – susurró al apreciar todavía los estragos de la inseguridad en la actitud reprimida del hombre.

-¿El qué? – contestó igual de bajito, como si estuviesen contándose un secreto.

-Lo que acabas de pedirme.

Sacudido por la complicidad implícita en esa última frase, él pudo al fin dejar de dudar y permitirse acercarse poco a poco, disfrutando de cada segundo de aproximación en que permanecieron mirándose con los ojos entreabiertos. Sus labios rozaron con ternura los de ella, recreándose en la dulce espera. Cuando sintió que Kagome respondía a la caricia como una muda invitación, sucumbió a sus anhelos y los párpados de ambos terminaron de cerrarse cuando finalmente la besó. Al instante gimió de puro placer, sintiéndose enloquecer y desbordar de sensaciones, de sentimientos… No era la primera vez que la besaba, pero sí la primera vez que lo hacía libre de presiones y de miedos autoimpuestos. Se permitió disfrutar de ese cosquilleo y ese escalofrío, siempre presentes pero antes subestimados e ignorados.

Afirmando una mano en la nuca de la mujer con un matiz evidente de pasión, abandonó su alma entera en ese beso. Profundizándolo, prolongándolo, deleitándose como un sediento hasta que la necesidad de coger aire se volvió inaplazable. Sólo entonces separó su boca de la de ella, apenas unos centímetros para poder seguir saturándose de su presencia y de su cercanía, sintiendo su respiración agitada mezclándose con la suya propia.

Completamente empapados por el agua de tormenta que caía ahora del cielo sin piedad alguna, se quedaron apoyados por la frente, con los ojos todavía cerrados y una sonrisa ensimismada en los labios. Un poco más abajo, los dedos de ambos se entrelazaron, simbolizando así el nuevo vínculo que ahora compartían.

Continuará…

En fin, ya hemos llegado. Se acabó el largo sufrimiento, y con ello buena parte de la tortura en cuento al drama de este fic (que no todo…).

Aiiiish este último beso tan trascendental lo he retocado varias veces, pero no conseguí dejarlo en el punto que quería, todo me parecía carente de la emoción suficiente hasta que…me inspiré con la película "Australia". Si alguien la ha visto y puede recordar la escena de los besos bajo la lluvia, eso fue lo que me dio una esencia que plasmar y transmitir. Aunque el lento acercamiento de al principio se basa en el primer beso que se dan Drover y Sarah, bajo el árbol (antes de que el puto niño les interrumpa).

Me puedo imaginar lo que la mayoría queréis ver en el siguiente capítulo jejeje será rating M, por supuesto ;).