Recordad que este capítulo es para mayores…Estamos inaugurando a una parejita, ¿qué esperar de eso?
Canción que relaciono con este capítulo: "Better in time", de Leona Lewis. No para empezarla ya, sino a partir de…en fin, ya lo sabes ;)
CAPÍTULO XXII - AMOR
Las vestimentas empapadas por la lluvia empezaron a dejar importantes charcos de agua sobre el parqué oscuro nada más la pareja entró por la puerta, temblando de frío. Sin embargo, y aun estando calados hasta los huesos, ninguno de los dos podía asegurar que un pequeño porcentaje de ese temblor no se debiera a la intensidad del momento, ya que el ambiente estaba cargado de un claro sentimiento de expectación. No podía ser de otra forma, teniendo en cuenta el giro radical que había tomado su relación desde hacía apenas media hora.
Inuyasha miró a su alrededor en cuanto ella encendió la luz, situándose en esa vivienda hasta ahora desconocida. Tenía un pequeño nudo en la garganta, por lo que supo que si hablaba, la voz le temblaría. Estaba nervioso, y cuando volteó a mirarla la vio en la misma situación que él, sin saber muy bien cómo actuar. La chica se arregló el flequillo mojado y miró a todas partes menos a él cuando le habló.
-Voy a…poner la secadora. ¿Me das la chaqueta? - él asintió y le entregó la prenda sin decir nada. Sólo la observaba callado, pensando en vete-a-saber-qué, y eso no hacía más que potenciar la velocidad con la que el corazón de la joven latía - Creo que hay algo de ropa de hombre en el dormitorio… - al instante le vio fruncir el entrecejo y su mirada interrogante la escudriñó con una tensión que la pilló desprevenida. Gracias a eso, Kagome se dio cuenta enseguida de lo malinterpretable que había sido su comentario y se apresuró en aclarar - Este es el ex apartamento de Kaguya, de cuando iba a la universidad. Y por lo que sé, esa mujer tenía un peligro…
Las facciones de Inuyasha se relajaron de nuevo ante esa aclaración. Cambió su peso de una pierna a otra, ruborizándose un poco por su instintiva reacción. Esta vez sí que no había tenido ningún problema para reconocer los celos. Nunca nadie le había despertado antes esos arrebatos posesivos, claro que eso no era lo único en lo que había debutado con Kagome…¿Desde cuándo se agitaba por estar a solas con una mujer?
Con el fin de entretenerse y combatir esa incómoda sensación de inquietud que no comprendía, empezó a curiosear por el apartamento en cuanto ella desapareció por el pasillo. El que Kagome tenía en Tokio era bastante más pequeño y predominaba el color blanco, mientras que ese otro donde se encontraba contrastaba el rojo y el beige con gracia. Se notaba que su propietaria se dedicaba profesionalmente al diseño. No conocía a Kaguya de más de quince minutos, pero aun así era capaz de especular que esa combinación de colores tan atrevida le pegaba. La puerta de entrada daba directamente a un espacio abierto que incluía un salón y una cocina, la mar de acogedores y bien decorados. Tanto por seguir inspeccionando como para ir en busca de Kagome, sus pies lo llevaron por el pasillo donde se hallaban el resto de habitaciones y por el que la había visto marcharse. Pasó por delante de un cuarto de baño y una puerta cerrada, del mismo color caoba que la madera del suelo. Por último, terminó el recorrido en el fondo del pasillo. Allí estaba la habitación que le faltaba por ver, iluminada por la luz tenue de una lámpara junto a una cama doble de cabecero de mimbre. Y aportando vida a la estancia, una figura delgada buscaba algo en el extenso armario que cubría una pared entera.
Se apoyó en el marco de la puerta, observando quietamente a la muchacha que, con los pies en puntillas, estaba tomando algo de las baldas de más arriba. Cuando Kagome se dio la vuelta con un par de toallas en los brazos y lo vio allí, sus ojos se abrieron con sorpresa y a punto estuvo de soltar un grito por el susto. Inuyasha se limitó a sonreír, sintiéndose de repente más tranquilo al ver que él no era el único que estaba un tanto alterado por la situación. La vio acercarse evitándole la mirada y entregarle una toalla que recibió agradecido.
-¿Quieres que meta algo más en la secadora? ¿La camisa, el pantalón…?
Inuyasha esbozó ahora otro tipo de sonrisa.
-Esa es una excusa muy pobre si lo que pretendes es que me desnude.
Tal y como esperaba, las mejillas de Kagome se pusieron rojas de un modo adorable. Su broma pareció romper un poco el hielo y recordarle a la cohibida chica con quién estaba. A pesar de todo lo que les había distanciado, esa definitiva reconciliación no sólo había sanado las heridas sino que había fortalecido más su vínculo, de modo que ahora volvían a gozar de la complicidad entre ese actor y esa asistente que antaño se vacilaban a todas horas y que lo disfrutaban al cien por cien. Las intenciones de Inuyasha de transmitirle confianza parecieron consolidarse, y se sintió complacido cuando Kagome encontró las palabras para devolverle la pelota.
-Lo dices como si necesitara una excusa para eso – replicó después de haber procesado que Inuyasha acababa de flirtear abiertamente con ella por primera vez, y queriendo seguirle la corriente encantada, aun a pesar de lo que le estaba costando ser espontánea.
-¡Keh! En cualquier caso, funciona.
Kagome sintió que de nuevo la embargaba la ansiedad cuando le vio quitarse la camisa, por encima de la cabeza en vez de desabotonarla. No quedarse mirando ese pecho tan bien trabajado fue imposible, y él se dio cuenta pero no dijo nada al respecto para no turbarla más de lo necesario. Una cosa era picarla para que se desinhibiera y la otra burlarse, cosa que probablemente haría que ella se avergonzara y volviese a cerrarse como una nuez. Había otras formas menos contraproducentes de tantearla. Por ejemplo, podría haber alargado el brazo para darle la prenda, pero en vez de eso, se acercó poco a poco y se la cedió sólo cuando estuvo tan cerca que ella tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.
-Los pantalones pueden esperar – le dijo casi en un murmullo, mientras se la quedaba mirando como un depredador sin que ese detalle formara parte de ningún juego.
Kagome tragó duro. Sabía que la estaba retando, era el Inuyasha de siempre pero ahora dirigiéndose a ella sin filtro, dada la ventaja que le suponía el nuevo tipo de relación que habían establecido. Aun así, sus ojos no bromeaban: el modo en que la devoraban no podía ser fingido. Que esos mares de oro fundido se clavaran en ella de esa forma tan penetrante le dificultaba la respiración, sobre todo cuando los pilló posándose sutilmente en sus labios. Ella sí que no era la Kagome de siempre, estaba demasiado nerviosa para trazar una respuesta ingeniosa a esa provocación o para quedarse pasiva esperando a ver qué ocurría a continuación, así que desvió la mirada y pasó por su lado, tratando de no pensar en qué habría pasado si no hubiese hecho esa estupidez.
-Vale, como quieras. Ahora vuelvo – dijo con un hilo de voz justo antes de salir del dormitorio, perdiéndose la diversión despreocupada que expresó el rostro del hombre.
Una vez en el pasillo, Kagome entró en la habitación cuya puerta cerrada había visto Inuyasha minutos antes y encendió la luz, reprendiéndose a sí misma por ese afán repentino de evadir lo que había deseado durante meses. Estaba claro que la situación la estaba superando. Inspiró profundamente una vez se encontró sola, y al ver que eso no le servía de nada, decidió ocupar su mente poniéndose manos a la obra. Se quitó el jersey, los vaqueros y el calzado, quedándose en ropa interior. Lo metió todo en la secadora, añadió las chaquetas que ya había dejado ahí previamente, junto a la camisa que acababan de darle y puso el programa en marcha, para luego darse la vuelta y apoyar las caderas en la máquina. Hundió el rostro en sus manos y volvió a coger aire por la boca, para luego deshacer el gesto y ver cómo todavía le temblaban los dedos.
Maldijo por lo bajo al darse cuenta de que con las prisas por escapar del dormitorio, no se había acordado de coger un recambio de ropa, ni de darle otro a Inuyasha como le había propuesto en un inicio. Esos descuidos se debían a que estaba distraída, a que no estaba consiguiendo calmarse. Suspiró y buscó a su alrededor en ese cuarto tan pequeño, intentando enmendar por lo menos uno de los dos errores. No había nada en el cesto de la ropa limpia porque justo el día anterior había guardado toda la última colada, pero justo estaba empezando a lamentar su mala suerte cuando una bombilla se encendió en su cabeza. Buscó detrás de la puerta y rescató una bata de imitación de seda, celeste con flores de cerezo blancas estampadas, que ya estaba allí colgada cuando llegó al apartamento y que nunca antes había tocado. No sabía de quién era, posiblemente de Kaguya, pero su ropa estaba en el armario del dormitorio y no iba a aparecer delante de Inuyasha haciéndole un descarado desfile en ropa interior.
Cuando volvió a la habitación en cuestión, lo encontró sentado al pie de la cama, habiéndose quitado tanto los zapatos como los calcetines. Su pelo, un poco menos húmedo que cuando habían entrado, se hallaba ligeramente despeinado y caía brillante por encima de la torneada piel, cubriendo su espalda pero no una buena fracción de su pecho, por lo que mostraba parte de los desarrollados músculos de su torso que esa vez sí que no pudo evitar quedarse mirando. Por su parte, él levantó su mirada ensimismada del suelo para clavarla sobre ella en cuanto la oyó entrar. Tras un primer milisegundo de desconcierto al apreciar su nueva indumentaria, Inuyasha le echó una instintiva ojeada de arriba abajo como si de un escáner automático se tratara.
Kagome volvió a tragar saliva entrecortadamente al percibir cómo se encendía la llama del deseo en los ojos dorados, y también en su propio cuerpo. Era muy evidente lo que ambos estaban pensando, era inevitable dadas las circunstancias y en ese momento rezó para que él no hubiese interpretado su cambio casual de vestimenta como una provocación directa. No estaba acostumbrada a ser descarada y ese no sería el día en que ese aspecto de su personalidad cambiaría, de modo que inhaló disimuladamente por la nariz y se dirigió al armario, donde empezó a hurgar como quien no quería la cosa.
-Perdona, ahora sí que voy a ver qué encuentro…Tengo vista alguna cosa cómoda que te puedes poner.
-Kagome, estoy bien. No hace falta – le oyó replicar con una entonación particularmente gutural.
-No digas tonterías, vas a resfriarte.
-Déjalo, de verdad.
-Pero es que…
-Kagome.
Ella se dio la vuelta cuando le oyó pronunciar su nombre con cierta demanda, con una firmeza que le dio a entender que era necesaria su atención, y se lo encontró mirándola con una seriedad que contrastó con la actitud juguetona de hacía apenas cinco minutos. Kagome entreabrió un poco los labios, sintiendo que de nuevo se quedaba sin respiración cuando bajó la vista, observando por el camino la caída húmeda de la hermosa melena negra como el carbón sobre esa figura atlética, para terminar en la mano entreabierta, posada sobre la rodilla con la palma hacia arriba como una invitación silenciosa.
Como un "Ven aquí" sin ser dicho.
Cuando se percató de ello, el oxígeno pareció desaparecer definitivamente de la habitación. No era tan inocente, ambos habían sabido desde el primer momento lo que iba a ocurrir si subían juntos a ese apartamento, y era evidente que esa idea era la responsable de las inquietantes vibraciones que se habían instaurado desde que habían entrado por la puerta. Aun no queriendo parecer fácil después de todo lo que había sufrido por su causa, Kagome no podía negar que no había nada en ese momento que deseara más que acostarse con él. Y por el modo en que la mirada de Inuyasha parecía decirle que ya iba siendo hora de que se dejaran de rodeos, él no parecía tener intenciones distintas.
"Deja de pensar, Kagome. Ahora. Déjate llevar".
Sus pies parecieron cobrar vida propia cuando empezaron a conducirla hacia adelante, obedeciendo a sus pensamientos. Cuando la tuvo cerca, Inuyasha extendió la mano y ella se la tomó. Las pulsaciones en ambos cuerpos se dispararon cuando sus pieles entraron en contacto. El hombre cerró sus dedos alrededor de los de ella y tiró con delicadeza de la mano de la chica, atrayéndola hacia él. No habían dejado de mirarse a los ojos durante ese acercamiento, ni siquiera cuando Inuyasha llevó la mano que le tenía cogida a sus labios, para depositar en los nudillos un beso que provocó un temblor de amor en las piernas de Kagome.
-No voy a comerte – musitó ronco.
Kagome sintió que le ardía el rostro al verse descubierta, pero era consciente de que había sido muy obvia, y además él la conocía demasiado bien como para no haberse dado cuenta de que estaba casi rallando la histeria. Aun así, el comentario metafórico de Inuyasha pareció tener un mágico efecto calmante, y se sorprendió a sí misma al oír su propia respuesta:
-Pues qué pena...
Él sonrió y ella también. Ese inciso de complicidad terminó dándole el valor para mover la mano libre hacia el rostro de Inuyasha. Éste recibió la suave caricia de sus dedos liberando un suspiro, entrecerrando los ojos y dejando que hiciese con él lo que quisiera. Casi sin darse cuenta, sus manos se movieron hasta posarse detrás de las rodillas de la mujer, como si quisiese abrazarla a partir de ese punto. Kagome dio un pequeño respingo al notar el agarre, la electricidad que éste parecía transmitir provocaba un agradable cosquilleo allí donde Inuyasha tenía posados sus dedos. Siguió acariciándole como si de un tesoro se tratara, disfrutando de esa novedosa y dulce libertad que ahora tenía para hacerlo. El pulgar repasó suavemente las líneas varoniles de las cejas, los pómulos, la mandíbula, y por último los labios. Ella misma se descubrió humedeciendo los suyos, de forma totalmente inconsciente.
Inuyasha se dio cuenta de ese detalle, sonrió para sus adentros y aprovechó el agarre que tenía sobre sus piernas para acercarla más a él, haciendo un poco de presión para instarla a doblar un poco las rodillas y disminuir su altura, quedando sus rostros más cerca. Kagome colocó sus manos a ambos lados de su cuello cuando sus frentes se tocaron y los dos cerraron los ojos, sintiendo como sus corazones reclamaban un remedio para las cicatrices que había dejado esa larga temporada de sufrimiento.
Los párpados cerrados de Kagome temblaron unos instantes cuando los labios del hombre se posaron primero en uno y después en otro, en un cariñoso gesto a medio camino entre una caricia y un beso. Repitieron el mimo en la nariz, las mejillas, la barbilla y las comisuras de la boca. Kagome suspiró al percibir la cercanía entre sus labios y sin poder contenerse más, le enredó los dedos en los mechones de la nuca, instándole a cerrar la distancia. El mundo pareció detenerse cuando sus labios hicieron contacto, primero en varios roces consecutivos y superficiales de reconocimiento. Luego hubo otra tentativa un poco más intensa, pero insuficiente. Ella emitió un suave quejido y él terminó la tortura permitiéndose al fin besarla, manteniéndose conservador y concentrándose en los detalles sensoriales que esa acción le transmitía. El tiempo pasaba y ellos seguían allí, compartiendo un hermoso beso cargado de emociones que parecía dejar todos los malos recuerdos y el dolor pasado a un lado, siendo los truenos y el agua repiqueteando con fuerza en los cristales del balcón lo único que se oía a su alrededor.
Las intenciones de Inuyasha de hacer las cosas con lentitud y serenidad empezaron a flaquear cuando se separaron un par de segundos para tomar aire, y al inspirar el aroma de la chica lo golpeó sin piedad. El atrapante olor a lavanda parecía intensificarse por el efecto del agua que todavía permanecía en el cuerpo femenino, y lo inhaló con vicio antes de volver a sumergirse en el calor de sus besos. Sus manos subieron hacia la parte trasera de los muslos de la mujer cuando ella le lamió el labio inferior, pidiendo algo que estaba más que dispuesto a darle, y sus lenguas se encontraron en una estremecedora caricia.
Kagome gimió entre el beso por el rumbo abrumador que éste había tomado, transmitiéndole la sensación de que se quedaba sin aire, de que los labios de él le quemaban al contacto con los suyos. Sus rodillas empezaron a resentirse por la postura forzada en que las estaba obligando a permanecer, por lo que las flexionó un poco más hasta quedar apoyadas en el borde de la cama, entre las piernas de su acompañante. Él dio un breve respingo al notar el inesperado movimiento de esas manos frías que se alejaron de sus hombros para empezar a acariciar sus pectorales, erizando la piel a su paso. Kagome se deleitó con la exploración mientras seguía siendo besada, satisfaciendo su tan codiciada fantasía de tocar y admirar ese pecho tan bien formado, del que apenas había podido despegar sus ojos cada vez que Inuyasha había tenido la confianza para descubrirlo delante de ella. Si bien ya habían tenido relaciones en dos ocasiones, siempre había sido apartando sólo la ropa justa y necesaria, quedándose con las ganas de recorrerlo a manos llenas.
Inuyasha gruñó cuando notó las caricias ahora encima de sus marcados abdominales, y terminó por detenerla sosteniéndole las muñecas. Se puso de pie sin soltar ese agarre, mirándola muy fijamente, avanzando y haciendo que ella retrocediera un poco intimidada hacia la cómoda que había frente a la cama. El ardiente y oscurecido dorado de sus ojos le reveló que había estado jugando con fuego.
Confirmó esa teoría cuando él le puso una mano en la nuca, colándola entre su cabello de forma casi salvaje y volvió a besarla, esta vez con menos contemplaciones. Le pasó el otro brazo por la cintura y la presionó contra él en un agarre febril. Su lengua se enredó con la de ella, saboreándola, devorándola, y su cuerpo la acorraló contra el mueble. Kagome inclinó un poco la cabeza hacia atrás para poder recibir de pleno su boca, se vio abrumada por toda esa pasión y lo expresó con un gemido que quedó casi ahogado en medio de ese beso tan demandante. Cuando ese sonido llegó a oídos del hombre, éste separó su rostro lo suficiente para volver a mirarla a los ojos. Sonrió de medio lado, sólo un poco, pero fue suficiente para que Kagome tragara duro, como si hubiese podido transmitirle la promesa de lo que se le venía encima.
Las grandes manos le acariciaron la parte alta de los muslos, justo antes de usarlos de punto de apoyo cuando la alzó y la dejó sentada en la cómoda, con las piernas colgando. Sin perder ni un solo segundo, Inuyasha llevó su boca al cuello de la chica con los ojos cerrados, dispuesto a dejarse los cinco sentidos en su siguiente acción. Ella se aferró a sus brazos y siseó, ladeando la cabeza y apretando los párpados al recibir ese reguero de sensuales besos que dejaban marcas de fuego sobre su piel. Inuyasha inhaló profundamente varias veces, emborrachándose de su aroma. Fue descendiendo hasta encontrarse con la tela sintética de la bata, y entonces sus dedos la fueron apartando de ambos hombros en la medida que uno de ellos iba siendo besado. Cuando la prenda cayó lastimosamente sobre la madera, Inuyasha contempló la belleza de ese cuerpo tan tentador, sintiendo unas ansias casi primitivas por reclamarlo como suyo.
Cuando volvió a besarla, sus manos se apoyaron en los suaves muslos de la muchacha, abarcándolos con las palmas y Kagome suspiró dentro del beso, descubriendo lo bien que se sentía ese contacto tan íntimo. La caricia empezó a ascender poco a poco, y cuando el cinturón de la bata la entorpeció, el nudo fue deshecho a ciegas por las mismas manos que querían seguir explorándola. Una vez hubo apartado el obstáculo, Inuyasha la abrazó con firmeza desde la cintura para apegar su cuerpo semidesnudo contra el suyo propio.
-Me encantas… –confesó en un murmullo contra su boca.
Ella sonrió, enlazando las manos detrás de su cuello y arrimándose más a su pecho, tan encandilada como él por esa cercanía tan hermosa. Sus piernas también hicieron la tentativa de capturarle, elevándose para pegarse a sus caderas, e Inuyasha exhaló el aire pesadamente cuando se sintió atrapado en ese agarre tan provocador. Estaba intentando ser paciente y romántico, pero Kagome se lo estaba poniendo muy difícil. ¿O era él que estaba demasiado ansioso?
-¿Ah, sí? – susurró la chica con coqueta inocencia, manteniendo la escasa distancia entre sus rostros.
-Oh, si…No sabes cuánto…
La sonrisa de Kagome encontró la suya cuando ella buscó sus labios. Mientras correspondía absorto a ese beso, sus manos se posaron en la estrecha cintura y empezaron a ascender, acariciándola de la misma forma que la última vez que estuvieron juntos, sólo que ahora no había tela de por medio…o casi no la había. Le mordió el labio y Kagome exhaló entrecortada al sentir las manos varoniles tomando delicadamente sus pechos, abarcando sus atributos en un encaje perfecto. Como si esa reacción le hubiese motivado, los pulgares del hombre se colaron detrás de las copas del sujetador para enseguida percibir cómo los pezones se endurecían contra las yemas de sus dedos. Ella arqueó su espalda al sentir ese toque, pero su garganta liberó un leve sonido de interrogación y sus ojos se entreabrieron cuando él se detuvo.
Con la respiración ya un poco acelerada, Inuyasha la miraba en silencio mientras se concienciaba de lo que estaba despertando en su propio cuerpo, sabiendo que si seguía por ese camino terminaría haciéndole el amor ahí mismo, dejándose llevar por la lujuria que estaba tomando posesión de él, y no era así como quería que sucedieran las cosas esa noche. No, quería hacer las cosas bien esa vez. Había sido del todo sincero cuando le había dicho a Kagome que la amaba y pensaba demostrárselo tratándola como a una reina, porque ella no se merecía menos que eso. La joven volvió a recibir sus labios con un entregado suspiro, y cuando notó que era tomada desde debajo de los muslos, enseguida comprendió sus intenciones. Se sujetó de su cuello con los brazos y las piernas afianzaron el abrazo alrededor de su cintura, tomando el control del beso cuando él se centró en cargarla y llevarla a la cama.
Fue depositada sobre el colchón con sumo cuidado y una vez ahí, una de las manos que la había sostenido acarició su espalda para impedir que se recostara del todo, con tal de poder retirar el broche del sujetador y quitárselo, dejando que cayera al suelo. La frente de Inuyasha se arrugó contrariada cuando Kagome se cubrió el torso con los brazos nada más verse expuesta. Ya estirada debajo de su cuerpo y con una inesperada mirada cohibida que se desvió a un lado, ella pareció haber perdido de golpe toda la espontaneidad que había mostrado durante ese rato de preliminares. Kagome cerró los ojos y respiró agitadamente cuando las manos de su acompañante le tomaron las muñecas, oyendo cómo él le hablaba al oído en un susurro cargado de ternura:
-¿Por qué te cubres? Eres preciosa.
Esas palabras le insuflaron algo de seguridad, por lo que no se resistió cuando él le llevó los brazos a ambos lados del cuerpo y se los sujetó contra el colchón, cada uno con una mano y entrelazando los dedos, devolviéndole el valor a través de esa actitud tan amorosa. Cuando se sintió capaz de volver a mirarle, Kagome vio a los ojos dorados recorriendo el banquete que tenían delante con una mirada que le ardió en la piel, apreciando en ellos un reflejo ambarino de puro deseo. Lo que fuera que estaba avergonzando a Kagome se esfumó cuando se encontró sintiéndose más poderosa que nunca. Él notó satisfecho la pérdida de gran parte de la rigidez antes de inclinarse poco a poco todavía sin soltarla, rozándole la nariz y los labios con mimo hasta hacerla sonreír relajada, y sólo entonces se permitió desviarse de nuevo sobre su cuello. Besó y mordió de un modo más apasionado que minutos antes esa zona tan sensible y ella se lo puso igual de fácil, exponiéndola con completa y rendida sumisión. El cuerpo le quemaba y ciertas zonas sensibilizadas empezaron a demandar de un modo innato la atención masculina. La reclamó rozándose contra él a falta de manos, y la boca que ahora tenía a la altura de la clavícula sonrió, descendiendo todavía más tras captar esa indirecta. Su aliento febril le acarició la piel del escote antes de encaminarse hacia la derecha. Kagome echó la cabeza hacia atrás y algo parecido a un lamento escapó de su boca entreabierta cuando Inuyasha se permitió catar aquello que se le ofrecía, como siempre había querido hacerlo: atrapó entre sus labios el pezón ya activado por sus caricias previas, acariciándolo con la punta de la lengua. Recorrió con ella la areola, degustándola sin prisa para terminar succionando extasiado la cumbre rosada, volviéndose loco al oír esos delicados gemidos que rozaban el delirio. Cuando su boca pasó a deleitarse con el otro pecho, la sustituyó por su mano para que el primero no se quedara sin atenciones mientras devoraba ahora a su gemelo.
Llegó un punto en que resopló con impaciencia de tanto escucharla, y se incorporó para quitarse los pantalones que desde hacía rato le estaban apretando en la entrepierna. Para cuando se hubo quedado sólo con sus ceñidos bóxeres negros, los ojos castaños ya habían perdido definitivamente todo atisbo de timidez. Después de haber admirado con hambre cada músculo marcado en esa anatomía perfecta, Kagome le recibió entre sus brazos cuando se tendió sobre ella, dando lugar a un acoplamiento tan íntimo y bello que los dejó sin respiración. Los cuerpos se pegaron y los labios se fundieron como si quisieran ser uno solo. Esa compulsión quedó patente cuando ella se frotó contra él e Inuyasha respondió empujando con las caderas, arrancándoles a ambos un gemido compartido cuando esa erección tan pronunciada se presionó contra ella. Aun con la presencia de la ropa interior, Inuyasha pudo notar esa abundante humedad que le anunciaba que ella estaba lista. No obstante, él no lo estaba: todavía le quedaba algo por hacer.
Bajó haciendo un reguero de besos desde el centro de sus pechos, descendiendo por la línea alba a lo largo de su vientre. Kagome sonrió y se mordió el labio al sentir unos agradables y sensuales escalofríos cuando le tuvo besando alrededor de su ombligo, pero esa sonrisa cómoda se vio alterada cuando él llegó al borde de su braguitas. Inuyasha las bajó muy poco a poco, solo unos centímetros, lo suficiente para exponer lo que él quería.
Kagome se había tensado un poco al adivinar lo que planeaba, pero estaba demasiado excitada como para siquiera plantearse la posibilidad de impedírselo. Se le escapó un jadeo cuando él sopló suavemente sobre su sensible protuberancia, sin dejar de mirarla para no perderse su reacción. Repitió el gesto y ella soltó un quejido, estremeciéndose. Inuyasha sintió cómo su cabello era agarrado, apremiándole a consolidar sus intenciones, y él estaba tan rebosante de ganas que no necesitó que se le insistiera.
La punta de su lengua se deslizó zigzagueando entre los pliegues hasta coronar el clítoris, barriendo a su alrededor con destreza y oyendo al instante un gritito por encima de su cabeza. Kagome agarró las sábanas con ambas manos, temblando descontroladamente mientras él la sujetaba por debajo de las caderas para acercarla más a su boca, abandonándose a satisfacerla sin darle ni un poco de tregua. Lamió y succionó con dedicación, cayendo en un remolino de entusiasmo como más la escuchaba. Cuando introdujo la lengua en su interior para poder probar mejor ese dulce néctar que salía en abundancia de ella, Kagome soltó una blasfemia y trató de alejar su pelvis por instinto, pero él no se lo permitió. Volvió a centrar la atención en el reactivo botón de más arriba y la respuesta fue un laxo gimoteo de súplica. Tan sólo el primero de todos los que siguieron, llenando la habitación como la más erótica de las melodías que se mezclaba con la de la furiosa tormenta de ahí fuera.
Las oleadas de placer arrasaban en el cuerpo de Kagome haciendo que no pudiera estarse callada ni quieta. Eran tan potentes y la sensación era tan intensa, que en pocos minutos tuvo que volver a ponerle la mano en la cabeza, pero esa vez para detenerle.
-¡Para! Para…- le suplicó, con la voz entrecortada y cargada de urgencia – Si sigues…
-¿Si sigo…? – murmuró retándola, pero levantó la cabeza secándose la boca con el dorso de la mano, mientras la miraba con las pupilas dilatadas y le bajaba la prenda ya empapada - ¿Si sigo qué…? – insistió, casi siniestro, cuando la hubo arrojado lejos.
Kagome le devolvió la mirada, respirando agitadamente cuando se sintió desnuda del todo.
- Todavía no quiero… - intentó decir. Su intimidad palpitaba con fuerza, contrariándola. Sus paredes estaban inflamadas y le dolían como si quisieran reprenderla por haberle hecho parar en el último momento.
-¿No? – cuestionó Inuyasha, incorporándose y volviendo a ponerse a su altura. Rozándole los labios con los suyos, su mano se deslizó hasta su sexo y dos dedos se adentraron en él. Kagome reaccionó con un jadeo y arqueó su espalda, pues su interior estaba muy, muy sensible en ese momento - ¿Y qué quieres? – susurró contra su boca.
-A ti…A ti, dentro de mí…
Los ojos de Inuyasha destellearon ante su petición. Se quitó la ropa interior, consiguiendo apartarse lo mínimo del cuerpo femenino y enseguida volvió a cubrirlo con el suyo. Ella le acogió deslizando sus piernas a ambos lados, delatando que se sentía igual de ansiosa por dar el siguiente paso. Con la frente perlada en sudor, respirando aceleradamente por la excitación, y haciendo uso de un desconcertante autocontrol que hizo que no se reconociera a sí mismo, Inuyasha la penetró sólo unos centímetros. Kagome elevó las caderas pero él retrocedió, esquivándola. El rostro de la chica era la viva imagen de la frustración, pero Inuyasha quería ser quien le hiciera el amor a ella esa noche, no al revés.
-¿Así? ¿Me quieres…así? – susurró alterado, adentrándose de nuevo, esta vez un poco más lejos.
-Sí, amor…Así… - pronunció en un hilo de voz suplicante. La chica le envolvió en un abrazo estrecho y sus piernas se abrieron otro tanto, tentándole. Y como siempre, lo consiguió.
Kagome le clavó las uñas en los hombros y gimió emocionada cuando le sintió poseerla profundamente, de un progresivo pero único movimiento. Inuyasha aguantó la respiración durante cada segundo que duró la invasión para luego soltar todo el aire en una exhalación brusca. Buscó los labios de su amante, movido por una necesidad innata, y los besó siendo más consciente que nunca de lo fuertes que eran sus sentimientos, ahora tan a flor de piel que se sentía inundado por ellos. Temblando abrumado por la intensidad de ese amor, se retiró suavemente y entonces ella entreabrió los ojos. Sus miradas conectaron y se lo dijeron todo cuando volvieron a unirse, ambos liberando un jadeo contra los labios del otro.
Y a partir de ahí, todo se mezcló: los besos, los aromas, el sudor, las caricias, las voces, el gozo. Ya no eran ellos mismos, eran sólo un hombre y una mujer que se amaban, dos cuerpos desnudos que se entregaban el uno al otro sin condición. Los segundos acabaron convirtiéndose en minutos, las respiraciones en resoplidos apasionados, las acometidas suaves en otras más apresuradas. La necesidad física empezó a superar a la emocional, siguiendo un impulso carnal que iba cobrando más y más fuerza. El placer evolucionaba exponencialmente y los ojos querían cerrarse para abandonarse a sentirlo, saboteando sus deseos de mantener el contacto visual.
-Inu…yasha…
Al percibir la desesperación con la que ella había pronunciado su nombre, él entreabrió su mirada para encontrarse con unas facciones desencajadas y unos párpados fuertemente cerrados que delataban lo que estaba a punto de ocurrirle a Kagome. La dicha que reflejaba esa sonrisa escondida en su comisura era palpable, y eso le llenó tanto que las palabras afloraron directamente desde su corazón:
- Te quiero… - susurró desfallecido cuando su rostro se refugió en el hueco del cuello de su chica, sintiéndose él también cada vez más cerca del abismo.
Oyendo al instante un gemido roto junto a su oreja, gruñó cuando notó su espalda siendo arañada y a la vez la carne que le rodeaba apretarle deliciosamente. El cuerpo de Kagome se convulsionó y su liberación se expresó a costa de un sostenido y agónico grito que develó que estaba soportando algo tan intenso que parecía que sufría, que sucumbía a una dulce y maravillosa muerte. Esa visión de Kagome alcanzando lo más alto debajo de su cuerpo acabó por precipitar su propio final, que llegó de un modo tan abrupto que le llevó a morderle el hombro. Sus caderas se sacudieron y se aferró a las de ella cuando empezó a derramarse en su interior. Su voz expresó lo poderoso que fue su clímax, escapando de su garganta sin ninguna capacidad ni deseo de contención. Tembló con violencia durante cada segundo que duró el éxtasis, y aun siguió haciéndolo cuando se dejó caer rendido sobre el cuerpo de la mujer.
Y a partir de ahí, la habitación quedó en un silencio que sólo era roto por sus respiraciones aceleradas y por la lluvia. Kagome empezó a recobrar la cordura, moviendo sus manos para posarlas en la espalda y en la cabeza del hombre, ambas acariciando esa preciosa melena azabache humedecida por la fina capa de sudor sobre la piel de su dueño. Inuyasha tardó un poco más en recuperarse. Los espasmos persistieron unos instantes, incluso después de haber terminado de esa forma tan potente en la que sabía que había habido un componente emocional clave. Resopló sobre el cuello de la muchacha, quien sintió que casi le quemaba la piel.
Ella suspiró y le acarició ahora a lo largo de la columna. Su otra mano permaneció en su nuca, jugueteando con los mechones oscuros de su pelo. Besó el nacimiento de otros en su sien, sin importarle el sudor.
-Siento haberte pegado antes… - murmuró tras unos instantes de hermosa calma. Lo oyó exhalar pesadamente y sintió un pequeño beso depositándose en su clavícula.
-No importa…Reconozco que ha tenido su punto… - sonrió cuando la oyó liberar una suave risita y un divertido "Estás loco…" – Yo también lo siento.
-¿Por qué? – preguntó Kagome en un susurro. Su voz empezaba a mostrarse perezosa, delatando el sueño que quería tomar posesión de ella.
Inuyasha tardó un poco en contestar, sintiéndose cada vez más cansado y su cuerpo agarrotado. El aroma a lavanda lo encandilaba y lo adormecía dulcemente, complementando las tiernas carantoñas con las que ella lo obsequiaba. Jamás se había sentido tan cómodo, ni tan como en casa, como ahora que descansaba sobre el cuerpo de Kagome, entre esos brazos que acababan de convertirse en un hogar. Su alma estaba en paz y su corazón sanado latía contento.
-No sé qué me pasa contigo, pero te juro que suelo durar más…
Ella no dijo nada al principio, pero enseguida soltó más risitas que se convirtieron en carcajadas con el paso de los segundos. Inuyasha sonrió abiertamente, imitándola poco a poco. Se sintió muy complacido de verla así, riendo y riendo por una tontería, porque eso sólo podía significar una cosa.
Había conseguido devolverle a Kagome la alegría que él mismo le había quitado, y ahora le quedaba la tarea de encargarse personalmente de que esa pérdida no volviera a producirse. Iba a custodiar esa sonrisa aunque le fuera la vida en ello.
Era una promesa.
Continuará…
Bueno, bueno, bueno…Ya les tocaba a esos dos echar un delicioso en condiciones, ¿no? Por todo lo grande, tal y como Dios los trajo al mundo y sin la espinita de que está mal, y/o de estar escondiéndose. Madre mía, qué liberación…para ellos y para mí JAJAJAJAJA qué ganas tenía de enseñaros este lemon…Espero que haya cubierto vuestras expectativas :)
No estoy contestando reviews en estas últimas actualizaciones. Lamento mucho este feo que os estoy haciendo, voy con el agua hasta el cuello y el poco tiempo que tengo lo dedico a trabajar en los capítulos porque me arriesgo a pensar que preferís una actualización a un PM. Si no es así, ruego que me corrijáis, porque lo último que quiero es parecer una desagradecida. Os puedo asegurar que leo todos y cada uno de ellos, y que cada vez que recibo un alert de review salto de ilusión. Sois las mejores, y os doy mil gracias por vuestro apoyo.
Si vas a dejar review…¿podrías decirme con cuál de los tres lemon publicados hasta ahora te quedas? Los tres son tan distintos entre ellos por las circunstancias en las que suceden, que tengo curiosidad.
¡Un fuerte abrazo! ¡Os quiero y adoro!
Dubbhe
