CAPÍTULO XXIV – UN NUEVO TRATO

Después de casi cinco minutos de batallar contra el tapón de corcho, que se le había resistido como ninguno antes en su relativamente corta vida, pudo al fin servir el vino tinto en las dos copas que había encontrado hurgando en los armarios de la cocina. Aunque llevaba varios meses viviendo allí, nunca las había usado porque nunca había bebido alcohol en el apartamento. Posiblemente porque en ningún momento había considerado tener nada que celebrar. No obstante, y desde hacía sólo unos pocos días, las cosas habían cambiado.

Kagome sonrió ante el pensamiento. Tomó las copas con cuidado y fue andando cómodamente descalza hacia la terraza, que tampoco había explotado demasiado. Al salir, el frío del suelo le mordió los pies y se apresuró un poco. Distraído antes de su llegada con las increíbles vistas de la ciudad que había desde esa altura, Inuyasha le sonrió cuando la vio venir y levantó un poco la manta para que pudiese meterse debajo, sentándose junto a él en el desgastado banco de madera. Ella pudo entrelazar sus tobillos con los del hombre cuando se sentó, suspirando al encontrar su calor. Le entregó la copa y se acomodó bien cerca de su cuerpo, acurrucándose en la manta que ahora les cubría a ambos. Acababan de entrar en marzo, pero el frío de invierno no parecía tener previsión de abandonar Nueva York.

El actor dio un trago y luego se cambió la copa de mano para poder buscar los dedos de Kagome y entrelazarlos con los suyos. Ella correspondió al agarre dándole un apretón y cuando se giró a verle, lo encontró mirándola intensamente, contemplándola con ese brillo especial en sus ojos dorados que todavía era una conmovedora novedad. Sintió que se sonrojaba, pues todavía no terminaba de acostumbrase a ese tipo de detalles por parte de él.

-No me mires así… – refunfuñó en medio de una sonrisita vergonzosa.

Inuyasha también sonrió, pero de un modo bastante más pícaro.

-¿Así…?¿Cómo te estoy mirando?– cuestionó sólo para molestarla.

- No te rías de mí… - se quejó ella haciendo un tierno puchero.

El hombre curvó un poco más la comisura de sus labios y bajó la mirada hacia sus manos unidas, observando ese cuadro mientas parecía perderse en sus reflexiones. Su dedo pulgar empezó a hacer pequeños círculos dentro del agarre, acariciando la mano de la chica.

-Oye…

-¿Mmm? – cuestionó ella relajada, apoyando la cabeza en su hombro con los ojos cerrados. Él caviló unos instantes, como si estuviese dudando de si era apropiado plantear lo que le pasaba por la cabeza.

-No falta mucho para la fecha de vuelta a Tokio que tenías contemplada en un inicio… – preguntó al fin, con cierta cautela porque no quería bajo ningún concepto que ella le malinterpretara ni que se sintiera presionada por ese tema. No obstante, sentía la necesidad imperiosa de saber qué les deparaba el futuro, y esa era una conversación que a su parecer no podía demorarse mucho más - ¿Sigues con la misma previsión, o volviste con intención de quedarte más tiempo?

Lejos de tomárselo mal, Kagome le sonrió porque visto desde su perspectiva, era natural que él tuviera ese interrogante bailando por su cabeza, dadas las circunstancias. Subió las piernas y las cruzó encima del asiento para estar más cómoda, antes de dar un sorbo de vino y responder.

-Kaguya me preguntó lo mismo hace un par de días. Perdí casi dos meses de prácticas en el hospital, y quería saber si quería compensarlos. Se ofreció a firmarme la asistencia de todas formas, si al final decidía no hacerlo – explicó antes de tomar un trago de vino.

-¿Y qué le dijiste? – inquirió Inuyasha, machacado por el suspense que a duras penas alcanzaba a disimular incluso siendo profesional.

Kagome suspiró y recostó la cabeza en el respaldo, mirando las estrellas.

-La verdad es que todavía no le he dicho nada, porque hasta ahora tenía pros y contras y no sabía qué hacer – le miró con dulzura para ablandar el efecto de las palabras que iba a pronunciar, y que no quería que sonaran como un reproche – Yo vine aquí huyendo, no voy a negar esa verdad. Quedarme unos meses más suponía el poder mantener este refugio, pero…también haría peligrar mis posibilidades de graduarme este año. La universidad me permite escoger la opción de jugármelo todo en los exámenes finales de junio, pero…es arriesgado, además de que me estoy saltando las clases.

La muchacha volvió a desviar sus bonitos ojos y esta vez fue ella quien los enfocó en sus dedos tomados, así como en el pulgar que seguía haciéndole carantoñas en el dorso de la mano.

- Me gusta esta ciudad y mi trabajo, pero…también echo de menos a mi familia. Más aun después de lo que han pasado con la enfermedad de Sota, y luego con mi accidente. También tengo ganas de pasar más tiempo con mis maravillosas amigas…y estar contigo - movió un poco el cuello para mirarle de nuevo, con una pequeña sonrisa embelesada – No vale la pena arriesgar el curso para alargar algo que ya no me llena. Voy a dar por finalizada mi estancia aquí, pero me quedan dos semanas para terminar el contrato con la agencia, y luego quizá necesite unos días más para dejarlo todo listo para irme.

-Sí, claro – él relajó la cabeza contra la madera, feliz. Evidentemente hubiese respetado cualquier decisión de la muchacha y la habría esperado, pero se le había encogido el corazón cada vez que había pensado en la posibilidad de volver a tenerla tan lejos, sobre todo ahora que ya había catado lo increíble que era estar así con ella. Caviló unos instantes y luego añadió – ¿Te parecería bien que me quedara contigo hasta entonces?

A Kagome se le iluminaron los ojos.

-¿Lo harías?

-¿Que si lo haría? – alzó las cejas como si acabaran de preguntarle una obviedad – Kagome…He cruzado un océano persiguiéndote. Ahora no pienso irme de aquí sin ti.

Kagome sonrió y se ruborizó un poco, encantada por su romántico comentario, aunque enseguida encontró las pegas a ese aparentemente maravilloso plan:

- Pero oye, con todas las obligaciones que tienes…¿Estás seguro de que te lo puedes permitir?

-Bueno, la película ya está terminada de rodar, ya no me necesitan para nada. Y las entrevistas, sesiones de fotos, anuncios y el resto de cosas son aplazables – argumentó distraídamente mientras le soltaba la mano para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja.

-¿Lo son? – inquirió Kagome con aire dubitativo. Ella misma había sido la que había gestionado esos temas mientras trabajaba para él, y no tenía muy claro que fuera tan fácil evitar todas esas tareas.

-Si yo lo digo, sí. ¿Qué van a hacer? No tienen otro remedio que consentírmelo, me necesitan para publicar sus mierdas.

Kagome soltó una risita y negó con la cabeza, como si el hombre que tenía al lado fuese un caso perdido.

-Eres de lo que no hay – luego se puso seria al caer en la cuenta de algo y volvió a mirarle – ¿y qué pasa con el visado? ¿Y el billete de vuelta?

-El visado lo tengo pedido para un par de meses. Y no tengo billete de vuelta – ante la mirada de asombro de la chica, desvió la suya con cierta incomodidad – No sabía lo que me encontraría cuando vine.

Kagome asintió, comprendiendo lo que quería decirle y sintiéndose conmovida por eso. Inuyasha había llegado allí sintiéndose inseguro… ¿por ella? ¿De verdad había creído que le rechazaría? ¿Tanto como para quedarse hasta dos meses luchando por recuperarla? La expresión del actor ahora era de vergüenza, y ella sabía muy bien con qué se estaba torturando. Tenía muy claro que los remordimientos de Inuyasha eran un fantasma que tenía que quedar atrás por el bien de su relación, y su intención fue ahuyentarlos cuando le puso una mano en el mentón para obligarlo a mirarla y se inclinó hacia adelante para besarle. Lo hizo con mimo y ternura, queriendo demostrarle que todo estaba perdonado. Él la recibió con un suspiro de abandono.

-Mañana nos compramos juntos los billetes…¿Te parece? – murmuró ella contra su boca, regalándole una suave sonrisa cómplice. Tras observarla en silencio durante unos segundos, Inuyasha terminó devolviéndole la sonrisa y ella lo celebró.

-Me parece perfecto.

Kagome acomodó la cabeza en su hombro, sintiendo de inmediato como él apoyaba la mejilla en su coronilla. Estuvieron unos minutos así, sin decirse nada, sólo disfrutando de la compañía del otro, oyendo los sonidos propios de la ciudad ahí abajo. Ella fue quien interrumpió el silencio cuando algo importante se le vino a la mente.

-Inuyasha, todo esto me recuerda… a que te sigo debiendo unos meses de contrato. Al final no firmé la nueva versión cuando estuve en Tokio, habría que avisar a Miroku para que vuelva a prepararlo y….

-Olvida el contrato, Kagome. Eso se acabó.

La réplica había llegado tan rápido que pareció que Inuyasha había estado esperando a que ella abordara ese tema de un momento a otro. Kagome se incorporó rápidamente, separándose para quedársele mirando con cara de desconcierto mientras él seguía observando al frente con calma.

-¿Cómo? – preguntó pasmada, con los ojos bien abiertos. Eso sí que no se lo esperaba para nada. Justo después su expresión fue de consecuencia y bajó la mirada a suelo, sintiendo un nudo en el estómago producto del remordimiento – Si es por lo de mi renuncia…No debí hacer eso. Falté a mi palabra y me arrepiento muchísimo, pero si me dejas enmendarlo yo…

Inuyasha sonrió suavemente y llevó sus dedos al mentón de la chica, alzándoselo con una caricia y al mismo tiempo colocando el pulgar sobre sus labios para interrumpir toda esa artillería de lamentaciones que no eran necesarias.

-No es eso, Kagome – bajó de nuevo su mano, y los nudillos empezaron a acariciar con cariño el antebrazo femenino - Es que yo también he estado pensando, y el caso es…que no me parece sano que trabajemos juntos. Menos aún teniendo en cuenta que no sería de igual a igual, la nuestra era una relación laboral jerárquica.

-Pero…¿y cómo se supone que voy a pagar el alquiler cuando vuelva a Tokio si no tengo trabajo? – se cuestionó justo antes de morderse el labio y dejar la mirada desenfocada cuando empezó a considerar sus posibilidades. Comprendía perfectamente los argumentos de su pareja y tenía que reconocer que no eran malos. No tenía intención de intentar imponerle sus condiciones, pero cierto era que tendría que remover cielo y tierra nada más pisara su ciudad natal, y aquello era un potente inconveniente - Vete a saber cuánto tardo en encontrar otro empleo…

-Ya, bueno, respecto a eso… - la atravesó con una taciturna mirada antes de proponerle algo que no era la primera vez que pasaba por su cabeza en esos últimos días – En mi casa hay espacio de sobras para los dos…si estuvieses dispuesta a considerarlo.

Kagome parpadeó graciosamente, se le quedó mirando embobada y cuando habló, la voz le salió entrecortada.

-¿Me estás vacilando? – cuestionó con un hilo de voz.

-No, cariño.

-¿Lo dices en serio? Me estás…¿proponiendo que me vaya a vivir contigo?

Inuyasha liberó una carcajada ante su encantadora cara de pasmada.

-No es que quiera cargarme el romanticismo, pero sólo te estoy ofreciendo mi techo como un salvoconducto – se burló divertido – Pero si prefieres conservar tu espacio, puedo ayudarte a pagar el alquiler de tu piso y ya me lo devolverás cuando puedas.

-Eso ni hablar, ya te debo una fortuna – replicó tajante nada más oír esa propuesta, sacudiendo la cabeza.

-No me debes nada y lo sabes – sentenció poniendo los ojos en blanco.

-Te dije que te devolvería el dinero del tratamiento de…

-Sí lo dijiste, pero no recuerdo haber aceptado nunca esa estupidez.

Kagome hundió la cara en sus manos, sintiendo que la inundaba el desconcierto, la emoción y el nerviosismo a partes iguales desde que había sido mencionada la inesperada propuesta de Inuyasha. Estaba tan descolocada que no daba al abasto para ponerse a discutir también sobre qué debía o dejaba de deberle, así que se calló una réplica al decidir dejar ese tema para otro momento.

-Pero… ¿Tú estás seguro de lo que estás diciendo? Quiero decir… ¿no te parece prematuro?

Inuyasha volvió a reír de ese modo que la había hecho quedársele mirando como una boba el día tan lejano en que le conoció en ese avión.

-Kagome, de tenerte todo el día metida en casa porque eras mi asistente, a tenerte todo el día metida en casa porque eres mi novia, ya ves tú qué diferencia hay.

-¿Que ahora me acuesto contigo…?

-Brindo por eso – le chocó la copa con la suya y le dedicó una sonrisa de tiburón – Que conste que he sido un caballero: lo has dicho tú, no yo.

-Eres idiota… – rieron juntos antes de que ella retomara la conversación – Ahora en serio, ¿pretendes que viva contigo y sin trabajar? No voy a ser una mantenida, no me han educado así.

-Kagome, ¿cuánto te falta para graduarte? ¿Tres meses? – ella asintió con la cabeza, cerrando los ojos abrumada – Es una tontería que te busques un trabajo cualquiera a toda prisa, cuando en tan poco tiempo podrás terminar la carrera y conseguir algo de tu sector, más serio y permanente. Deja que te ayude hasta entonces, y luego obviamente ya compartiremos los gastos.

-¡Pero es que ese es otro tema! Soy adulta y tengo gastos, no es sólo el alquiler el problema.

-Los cubriré yo, ¿qué más da? – contestó con simpleza, encogiéndose de hombros como el repelente rico que era, o al menos eso le pareció a una escandalizada Kagome.

-¡Ni lo sueñes! ¿Ahora te crees mi sugar daddy?

Ese comentario pilló desprevenido a Inuyasha, que rompió a carcajadas. Kagome se le quedó mirando, primero herida en su orgullo, pero después embelesada. Nunca estaba tan guapo como cuando se reía así, tan despreocupadamente, y se le veía feliz y relajado. Se le escapó una sonrisa furtiva, que acompañó a la diversión de su pareja.

-No me sentiría bien conmigo misma – prosiguió, cuando volvió a tener la atención de su novio - Parecería que he pegado un braguetazo.

-Es que lo has pegado, guapa – le guiño un ojo, sonriéndole ahora de forma socarrona – Enhorabuena, yo ni siquiera me he dado cuenta.

-Deja de decir tonterías, te estoy hablando en serio – se quejó, pero contuvo la risa a duras penas y se le notó – Eso sí que no sería sano.

-Kagome, no seas tan cabezota – resopló, cerrando los ojos fingiendo hastío - Es algo normal que a veces en una pareja uno de los dos tenga que tirar del carro, por las circunstancias del otro. De verdad que a mí no me importa.

-¿Es que no te has gastado suficiente dinero ya en mí, y en mi familia? ¿Cómo pretendes que no me sienta mal por eso? Ponte en mi lugar.

-Ponte tú en el mío. ¿Tú permitirías que yo me deslomara estudiando y trabajando, si tuvieses la posibilidad de ahorrármelo?

Kagome frunció el ceño y los labios, desviando la mirada hacia un lado. Bebió vino en silencio, parecía estar concentrada en encontrar una solución, y cuando al fin vio la luz, se puso de rodillas sobre el banco para encararle.

-Está bien, te propongo un nuevo trato. Sí hay algo que me gustaría que aceptaras, para ganarme mi manutención durante estos meses. Y quita esa cara de pervertido, porque no tiene nada que ver con lo que estás pensando – farfulló, poniendo los ojos en blanco pero correspondiendo a la sonrisa insinuante que él le estaba dedicando – Miroku me dijo que te estabas negando a contratar a otro asistente porque estabas emperrado conmigo. Ahora que tú mismo has decidido que ya no quieres que yo vuelva a serlo, vas a dejarme asumir la tarea de buscarte a uno.

-Kagome, que fueses la anterior no debe hacerte sentir responsable de encontrar a un sustituto - declaró, con voz cansada – Eso ya no tiene nada que ver contigo.

-No estoy de acuerdo. En su momento ya me comprometí a dar con otro asistente, y fracasé porque el tiempo de margen que tuve, el mismo que yo me autoimpuse antes de mi marcha, fue escaso. Dada que esa misión sigue pendiente porque tampoco dejaste que Miroku tomara el relevo, quiero recuperarla. Tú quieres facilitarme la vida y por ello me ofreces tus recursos, me parece muy bien, pero entonces yo también quiero ayudarte en la tuya. Necesitas un asistente, a estas alturas ya con urgencia, y lo sabes. Considéralo un intercambio de favores justo, y déjame cumplir al menos una de mis promesas. Por favor.

Inuyasha alzó ambas cejas ante el ímpetu de esa petición que rallaba la súplica, y frunció los labios con la frente arrugada. Se la quedó mirando fijamente mientras meditaba acerca de lo que había oído, para finalmente terminar soltando un suspiro.

-Eres la mujer más testaruda que he conocido en mi vida…y sé que no voy a convencerte – ella negó con la cabeza, con una sonrisa calma, y él se la devolvió, resignado– Pero siendo así de testaruda me enamoré de ti, Kagome Higurashi. Quiero vivir contigo, y quiero que lo hagas sintiéndote cómoda y segura, así que…Si esas son tus condiciones, no me queda otra que aceptarlas - Kagome se había quedado algo perpleja, y sonrojada, ante ese discurso tan directo y sincero. Inuyasha se dio cuenta y sonrió por eso, alargando su brazo para ser ahora él quien le acariciara el rostro - Eso sí…El tiempo que dediques a la búsqueda no va a comprometer tu rendimiento ni tu carrera. ¿Trato hecho?

Sintiéndose tan entusiasmada que creía que la alegría no le cabía en el pecho, Kagome ignoró la mano que él le tendía y buscó sus labios. Inuyasha sonrió igual de dichoso dentro del beso que ella le entregaba, y le puso una mano en la nuca para ahondarlo, recreándose en la cercanía y el aroma de esa chica que se había convertido en su vida entera. La llevó hasta su regazo, dispuesta a mimarla hasta la saciedad. Inuyasha suspiró contra la boca de su pareja, en medio de ese mar de arrumacos. Ella era tan cálida, tan espontánea y cariñosa…Kagome era un soplo de aire fresco, cien por cien dulzura.

-¿Vamos dentro a cerrar el acuerdo? – le preguntó pasados unos minutos, en un susurro provocativo.

Kagome sonrió entre sus labios.

-Tontito…

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Esas dos semanas de vida neoyorquina que le restaban a Kagome le pasaron como una exhalación. Su apartamento prestado había pasado a ser, de la noche a la mañana, un refugio de lágrimas a un nidito de amor. La relación que había estrenado con Inuyasha no tenía nada que ver con ninguna experiencia previa. El hombre atento, cariñoso y que se desvivía por su princesa había vuelto. Solo que esta vez, dicha princesa era ella.

Fueron quince días de ensueño, en los que la chica terminó por convencerse de que lo de vivir juntos no era una idea tan temeraria. Descubrió que convivir con él era tan simple y sencillo como lo había sido trabajar. Eran dos personas que siempre se habían entendido y que tenían valores y formas de pensar parecidas, y aquello no tenía por qué haber cambiado. Lo que sí que había cambiado eran sus privilegios y libertades el uno con el otro. Poder besarse siempre que les apeteciera era un lujo que no tenía precio. El coqueteo fluía ahora como el agua, sin ninguna necesidad de reprimirlo. Dormirse y despertarse juntos era fascinante. El sensacional – y escandalosamente frecuente - sexo sólo podía compararse con el nirvana.

Al final, el día del vuelo de vuelta llegó. Hacer el equipaje había sido toda una odisea. Kagome había tenido que comprarse una segunda maleta para poder terminar de meter en ella toda su etapa americana. Eso incluía los miles de regalos que le habían obsequiado en la agencia durante su fiesta sorpresa de despedida. Inuyasha tuvo que meter varias de sus cosas en su propia maleta, porque la chica había tenido serios problemas para que le cupiera todo, habiendo considerado incluso mandarse alguna que otra caja por mensajería. Al final consiguieron colocarlo todo, a la una de la madrugada y a cinco horas de levantarse para partir hacia el aeropuerto.

Diez horas de vuelo después - que incluyeron un encuentro furtivo en el baño del avión para hacer cosas de novios - aterrizaron en Tokio. Fueron al apartamento de Kagome con tal de poder descargar sus cosas, y a pesar de que Inuyasha estuvo tentado de irse a su casa después de haber estado un mes fuera entre Okinawa y Nueva York, descartó la idea por no querer dar el paso atrás que supondría pasar la noche sin ella. Durmieron juntos una vez más, en esa pequeña vivienda que había sido testigo de su primer beso.

Al día siguiente, Kagome le anunció a su casero que se iba del apartamento antes de que terminara el mes, para lo que apenas faltaba una semana. Como él mismo había insistido en no querer hacerle contrato, no pudo reclamarle nada por avisarle con tan poca antelación. Aun siendo martes, Kagome decidió aplazar su reincorporación a la universidad hasta la jornada siguiente porque ya no le venía de ahí, y se dedicó a embalar cajas y más cajas para la mudanza. Disponía de poco tiempo, y si no hacía un intensivo no estaría trasladada antes de que terminara el plazo. Cuando empezó a tomar conciencia de la gran cantidad de cosas que tenía y de la magnitud de la misión a la que se enfrentaba, confirmó que combinándolo con las clases no lo lograría. Inuyasha se quedó a ayudarla hasta el mediodía, momento en el cual no pudo seguir posponiendo más sus propias responsabilidades y tuvo que marcharse a poner en orden sus asuntos pendientes. Kagome se tomó una pausa entonces para ir a comer con su familia.

Y cuando llegó allí, su reencuentro resultó no ser lo único que había que celebrar.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Después de haber pasado media tarde en la oficina de Miroku reorganizando una agenda en estado de desastre absoluto, y la otra media visitando a su madre y a su hermanastro después de su larga ausencia, Inuyasha cerró la puerta del chalet tras de sí, y apoyó la cabeza en la madera, soltando un suspiro de cansancio. La sensación de jet lag todavía no había cedido, y aquello no ayudaba precisamente a sentirse menos agotado. Abrió un ojo y le echó un vistazo desganado a la maleta que había dejado abandonada en el vestíbulo hacía unas horas, cuando había pasado por casa sólo para no tener que cargar con el equipaje durante todo el día y se había vuelto a ir en el tiempo que duraba un parpadeo, resistiendo la enorme tentación de echarse en su querida cama. Sabía que de haber cedido, no habría vuelto a levantarse de su colchón favorito en el mundo.

Se preguntó qué planes tendría Kagome para esa segunda noche, puesto que ya era casi la hora de cenar. ¿Vendría ya a dormir ahí? Había fantaseado mil veces sobre meterla en su cama y se preguntaba si esa sería al fin la noche, pero no quería presionarla. Todavía se cuestionaba como alguien tan independiente como ella había accedido a vivir con él de una forma tan apresurada, y no le pareció prudente jugársela a agobiarla. Decidió esperar a que le contactara ella misma, y de mientras se entretuvo reinstalándose con tranquilidad.

Empezó por abrir ventana por ventana para que se quitara el olor a cerrado. Esa acción tuvo la pega de que entró frío, de modo que cuando hubo dejado la maleta sobre la cama con intención de deshacerla, dedicó un minuto antes a ir al vestidor y se cambió los vaqueros y la camisa por unos pantalones de algodón negros y una sudadera bien mullida. Nada más retomar la tarea de ordenar su equipaje, oyó el timbre de la casa. Primero le extrañó, pero luego recordó que Kagome ya no disponía de su recambio de llaves. Bajó a atender la puerta y no pudo evitar sonreír victorioso al abrirla.

-Hola, bombón – saludó contento cuando entró dentro de su campo visual la maleta que ella llevaba. La chica se dio cuenta de lo que estaba observando y le devolvió la sonrisa, mirando el suelo con esa timidez traicionera que la asaltaba a veces y de la que todavía no conseguía deshacerse.

-Hola – respondió Kagome entrando en la estancia. Las cuñas de sus botines y las ruedecitas de la maleta resonaron en conjunto sobre el parqué mientras su dueña echaba un vistazo nostálgico y distraído a su alrededor.

-Por favor, dime que esto significa que vienes a quedarte – le pidió tomando el agarradero para liberarla de su carga, y yendo a dejar el paquete junto a la escalera. Kagome asintió con la cabeza, regalándole una sonrisa tan ancha que habría podido iluminar la habitación por sí sola.

-Ajá. Traigo poca cosa, pero mis esenciales están ahí dentro – a medida que hablaba, subía la mirada para sostener la del hombre en lo que él se le acercaba – Ya está todo empaquetado, a partir de mañana iré a clase y por las tardes iré haciendo viajes para traer cajas.

-Eso es una gran noticia – opinó coqueto, tomándola de la cintura. Se acercó hasta rozarle la nariz, detalle que ensanchó la sonrisa de la morena - ¿Pedimos sushi para celebrarlo?

-¡Oh, sí! – exclamó echando la cabeza hacia atrás al mismo tiempo que le rodeaba el cuello con los brazos – El buen sushi de Japón, ya era hora…

Sus bendiciones fueron ahogadas por ser sus labios sellados en un beso de reencuentro que se mantuvo suave y poco invasivo hasta el final. Para cuando se separaron, los ojos le brillaban y él volvió a sonreír al percatarse de ese detalle.

-Te veo muy feliz. ¿Ha ido bien con tu familia?

-Sí, es que…Tengo que contarte algo – lo vio enarcar una ceja sin decir nada, aguardando pacientemente a lo que fuera que tenía que decir – Hoy no sólo hay que celebrar esta nueva aventura que emprendemos juntos. Espero que tengas cantidades indecentes de vino en la despensa hoy.

-Vale… - pronunció Inuyasha con juguetona cautela, empezando a balancearse sutilmente con ella como si bailaran un lento – Sí, claro que las tengo, la duda ofende – aclaró guiñándole un ojo - ¿En honor a qué hay que arrasarlas?

Las manos de la mujer se desplazaron hacia su cuello y su mandíbula, acariciándole durante todo el trayecto como si fuese un tesoro. Y sólo cuando la noticia le fue revelada, pudo entender a qué venía esa mirada de devoción con la que Kagome le estaba obsequiando.

-¡Sota se ha curado! – le informó, mostrándole todos los dientes con su esplendorosa sonrisa de oreja a oreja. Él no fue capaz de imitarla en los primeros segundos, se quedó procesando lo que acababa de oír mientras la oía añadir – Le has salvado la vida a mi hermano, amor. Y ahora sí, es definitivo.

-Dios. Dios, dios, dios…Kagome…¡Kagome! – pronunció reaccionando al fin, tomándola de las piernas y alzándola - ¡Es increíble!

Ella se echó a reír, eufórica y divertida a partes iguales al verle tan entusiasmado, cuando se vio girando en brazos de él como si de un tiovivo se tratara. Mientras se exclamaba acerca de lo fantástica que era esa noticia y de lo contento que estaba, Inuyasha la observó reírse embelesado. Kagome era una chica de naturaleza jovial, era fácil verla sonreír y carcajearse, pero jamás la había visto destilar felicidad por todos los poros de esa forma tan arrolladora. Era una visión que reconfortaba el espíritu, que le completaba el alma.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

La alarma sonó a las siete y media, como todos los miércoles. Inuyasha soltó un gruñido de disgusto, pero se apresuró en darse la vuelta y pararla para que el molesto pitido no despertara al pequeño cuerpo que yacía muy cerca de él. Cuando la notó removerse para acomodarse, pensó que ya era tarde. Absorbidos por sus celebraciones, la noche anterior se habían desfasado primero con el alcohol y luego con el sexo a partes iguales, llegando a no pegar ojo hasta las dos de la madrugada incluso a pesar de lo cansados que estaban del viaje. Por todo ello, y suspirando por la pereza de tener que salir a correr con el frío de primera hora cuando se estaba tan bien ahí, cómodo y calentito junto a la chica, se arrimó a ella y le dio un beso suave en la sien, mientras le deseaba buenos días con un susurro.

Kagome solo sonrió ante ese gesto tan dulce al que él ya la había acostumbrado cada mañana en la otra punta del mundo. Notó como se levantaba de la cama, trasteaba un poco a su alrededor intentando no hacer mucho ruido mientras se vestía, y luego abandonada la estancia. Si no fuera porque en el último curso la carga de horas lectivas iba en descenso y las clases empezaban a las diez la mayoría de los días, ella también estaría levantada. Pero como no era el caso, se permitió quedarse un rato más en esa cama tan amplia que siempre había fantaseado con ocupar, y que era tan malditamente cómoda que le hacía preguntarse si Inuyasha la habría sacado de algún hotel. Entreabrió los ojos y mientras la luz del sol iba iluminando poco a poco la habitación, fue contemplando distraídamente cada rincón, cada detalle, medio adormecida pero con alegría. Sus días empezarían ahí y así a partir de ahora. Pasado un rato de darle vueltas a sus empalagosos pensamientos, decidió levantarse para darse una ducha con toda la calma del mundo, siendo consciente de que iba muy bien de tiempo.

Se sintió pequeña en esa ducha tan grande. Soltó un suspiro de placer en cuando averiguó cómo hacer que el agua saliera por la enorme alcachofa de efecto lluvia que había encima de su cabeza. Se duchó tarareando una canción y después se secó, vistió y maquilló con parsimonia.

Sin embargo, cuando bajó vestida a la cocina para desayunar, se quedó parada en la puerta, descolocada al ver a una mujer desconocida trasteando en el cajón de las sartenes. En cuanto la vio, ésta sonrió con entusiasmo.

-¡Buenos días! Tú debes de ser la famosa Kagome – le dijo con alegría en lo que se acercaba a ella para tomarle una mano entre las suyas.

-Hola…Perdone, ¿nos conocemos? – le preguntó con tanta educación como fue capaz.

-Ah, perdona mi indiscreción. Soy Kaede, fui la canguro de Inuyasha durante toda su infancia.

Los ojos de Kagome se abrieron cuando al fin comprendió la situación, recordando enseguida el momento en el que Inuyasha le había hablado de esa mujer, hacía más de dos meses.

-¡Oh! Sí, sí, claro, él ya me había comentado algo. Perdóneme usted a mí por no caer en ello – le dijo enseguida, sonriéndole con amabilidad. La anciana hizo un par de aspavientos con las manos, como quitándole importancia.

-Pamplinas, muchacha. Tú eres la que estás en tu casa, por lo que me han dicho – le guiñó un ojo– Por favor, ponte cómoda. ¿Qué te apetece desayunar?

-Ah, pues… - balbuceó, un poco incómoda mientras se sentaba en uno de los taburetes de la isla que en ese momento Kaede estaba equipando con un mantel individual, una taza y un vaso, y cubiertos. ¿Esa iba a ser su vida a partir de ahora? No se había parado a pensar en la gran cantidad de comodidades a las que iba a tener que acostumbrarse – Me gusta todo, la verdad.

-No seas modesta, cariño. Es mi trabajo, tú solo pide. Si ya estoy haciendo el de Inuyasha, que llegará en breves.

-Me parece bien lo que sea que vaya a tomar él, Kaede – le propuso enseguida, no queriendo darle más trabajo.

-Bien, marchando pues.

Kagome no aguantó ni treinta segundos viendo trabajar a la anciana. Se levantó con la mala conciencia sermoneándola, y no hizo caso de las quejas modestas de la mujer cuando se puso a ayudarla en lo que pudo. Llegó un momento en que Kaede dejó de reprenderla como si fuese su abuelita y sonrió, encantada con los modales y la bondad de la chiquilla a la que ese hombrecito que había visto crecer había entregado su corazón.

-Oye, Kaede…¿cómo era Inuyasha de pequeño? – le preguntó con curiosidad mientras cortaba el aguacate.

Kaede soltó varias risotadas.

-Ay, cielo, qué gran pregunta. La verdad…era un terremoto.

-Como ahora, entonces – rió mirándola con complicidad.

-Oh, no, para nada, era mucho peor. Nunca se estaba quieto, no hacía más que correr y alborotar. Tenía una energía infinita, a las doce de la noche seguía jugando si nadie hacía nada al respecto.

"Eso sigue haciéndolo", pensó ruborizándose un poco y conteniendo una sonrisa traviesa.

Preparó las tostadas en lo que Kaede cocinaba los huevos revueltos. Éstos le quedaron tan deliciosos que los devoró en un santiamén, y ya estaba acabando de desayunar cuando la puerta que daba al exterior se abrió, e Inuyasha entró. Estaban en marzo y todavía hacía frío a primera hora de la mañana, por lo que iba vestido con ropa de running larga y aun así no se le veía especialmente sudado. Eso no quitaba que verle en modo deporte siguiera siendo todo un espectáculo.

"Mío", no pudo evitar pensar Kagome, sonriendo disimulada y maliciosamente. Esa entrada triunfal le había recordado al inicio de sus jornadas laborales de antaño. No podía evitarlo, una parte de ella todavía no había cambiado el chip y seguía viéndole inconscientemente como su jefe. Y sólo Dios sabía el morbo que le daba eso…

-¡Buenos días! – saludó Inuyasha alegremente, y acercándose enseguida a su canguro emérita - ¿Qué tal el reumatólogo ayer, Kaede?

-Oh, no le dio demasiada importancia. Tengo un poquito de artrosis, pero me ha recetado un analgésico por si lo necesito.

Inuyasha frunció el ceño.

-Ya hemos hablado de esto. Para mí es un placer que estés aquí, pero no a costa de tu salud. Si tienes que drogarte para poder trabajar, quizá no es conveniente que…

-No exageres, niño. Prefiero que me molesten un poco los huesos, a que me duela el alma como cuando estaba sola y deprimida en la residencia sin hacer nada. Este trabajo me ha devuelto la vida y no voy a renunciar a él así como así.

Él puso los ojos en blanco.

-Como quieras. Eres tan testaruda… - miró de reojo a la mujer más joven y le sonrió, cosa que ella respondió de inmediato – Me recuerdas a alguien que yo sé.

-No me dices nada al llegar…¿y encima tengo que aguantar que te metas conmigo con indirectas? – replicó Kagome con esa mirada vacilona tan característica de ella.

Inuyasha se acercó en silencio como acechándola, reteniendo la sonrisa en sus labios, y en cuanto estuvo junto a ella, le puso una mano en la nuca y le plantó un beso en la boca que le dejó claro que para nada se había olvidado de que tenía que saludarla a ella también. Kagome se sonrojó y ladeó un poco el rostro, abochornada por estar delante de Kaede. La miró de reojo para cerciorarse de que la anciana no se había incomodado, pero ésta se limitaba a fregar los platos. No les observaba, pero no podía disimular una pequeña sonrisa enternecida en su rostro. Kagome ya se había dado cuenta de que Inuyasha no se cortaba delante del servicio cuando estaba con Kikyo y la empleada del hogar anterior se encontraba en la misma habitación. De hecho lo comprendía, él estaba en su casa y podía hacer lo que le diera la gana sin darle explicaciones a nadie, pero aquello era algo a lo que ella también tendría que acostumbrarse.

-Estás tan mona cuando te pones roja… – le confesó Inuyasha en un susurro junto a su oreja, para después sujetarle el lóbulo entre los dientes con disimulo – No te preocupes, no pasa nada.

Alejó el rostro pero su mano permaneció en la nuca, sobándosela en un cariñoso masaje. Se quedó de pie junto a ella cuando volvió a dirigirse a Kaede.

-Hoy no es necesario que dejes la cena hecha, Kaede. Cenaremos fuera.

-Oh, de acuerdo. ¿Un miércoles?

La pareja asintió tranquilamente, como si fuera lo más normal del mundo. La mujer rodó los ojos, como si no pudiese comprender la situación y se alejó hacia la despensa, murmurando que los jóvenes de hoy en día ya no tenían horarios serios. Inuyasha sonrió divertido ante su cada vez más refunfuñona canguro, y una vez estuvieron solos, su mano se desplazó hacia el mentón de Kagome en una caricia, instándola a alzar la mirada.

-Me voy a la ducha…¿Vienes? – le preguntó con una sonrisa lasciva que a esas alturas ella ya conocía más que bien y le arrancó una risita.

-Vengo de la ducha, por si no lo has notado – replicó, mostrándole las puntas húmedas de su cabello - ¿Es que no tuviste suficiente anoche?

-La pregunta ofende…

Definitivamente, "terremoto" era una palabra más que acertada para definir a ese hombre que la volvía loca.

Continuará…

¡Aquí estoy de nuevo! ¿Que dije que estaría dos semanas sin actualizar y al final estuve como un mes? Sí, soy una persona horrible. ¿Qué este era un capítulo que estaba FATAL y me tiré la vida editándolo? También, me tiré un montón de horas sueltas con él. ¿Que aun así sigue sin satisfacerme? Cierto, la verdad es que no me gusta como ha quedado, pero quería pasar a lo siguiente ya, no quiero dejar esta historia encallada tanto tiempo…La perfección no existe, y además te obesiona U.U

Han sido unas "vacaciones" intensas. A nivel laboral, personal, etc. Muchas gracias por estar allí^^Estoy deseando oír de vosotras, os he echado de menos después de tanto tiempo de desconexión.

¡Un abrazo!

Dubbhe