CAPÍITULO XXV - EXPUESTOS
Una amplia y feliz sonrisa se asomó al mismo tiempo a los labios de las dos amigas cuando se echaron una en brazos de la otra. Ambas rieron de entusiasmo ante su reencuentro, en la entrada del apartamento de Sango. Inuyasha sonrió al verlas y cerró la puerta tras de sí.
-Te he echado tanto de menos – murmuró la de pelo castaño.
-Si no ha sido ni un mes, tonta– contestó Kagome, encantada.
Miroku acudió a recibir a los recién llegados al igual que había hecho su novia. Mientras ellas quedaban sumidas en su propio mundo, se acercó a Inuyasha y también se dieron un abrazo.
-Bienvenido de nuevo – le dijo su mánager, para luego añadir en un murmullo – Y enhorabuena.
El actor esbozó una inevitable sonrisa. Cuando se separaron, ellas también lo estaban haciendo, y Kagome se apresuró en ir a abrazar también a Miroku.
-¡Mir! – canturreó alegremente.
-Hola, pequeñaja.
Eso dejó a Inuyasha y a Sango libres, mirándose como si se desafiaran en silencio, como si estuvieran poniendo a prueba el estado de su herida relación llegados a ese punto, sobretodo por parte de ella. La entrenadora exhaló aire por la nariz y se acercó poco a poco. Inuyasha esperó su reacción con paciencia, hasta que ella frunció los labios y el ceño.
-Si vuelves a hacerle daño… - empezó como una tensa advertencia, levantando el dedo índice como si estuviera poniéndole una condición para reconciliarse.
-No lo haré – le aseguró con un tono de voz tan seguro y firme que Sango entrecerró los ojos, escrutándole – Y si lo hago, puedes…
-¿Castrarte?
-Sí.
-¿Ahogarte en la piscina?
-Lo que te plazca, pero no te voy a dar esa satisfacción – le sonrió confiado y hasta con cierta arrogancia. A esas alturas, Kagome ya se había separado de Miroku y ambos les observaban con cierto recelo, a la expectativa de ver si estallaba la bomba o si se enterraba el hacha de guerra entre sus parejas.
-Sango, déjalo… - le pidió la morena, un poco abochornada ante su afán de protección.
Su amiga la ignoró deliberadamente sin despegar sus ojos de los dorados.
-¿Hasta cuándo? – cuestionó, cruzándose de brazos.
-Hasta que se canse de mí – contestó Inuyasha con una asombrosa calma, la misma de quien se siente muy en paz consigo mismo, tanto que le daba igual estar siendo interrogado. No tenía nada que esconder, sino más bien al contrario: estaba muy orgulloso de la relación amorosa en la que estaba implicado, y no le importaba sacar a relucir la belleza de sus sentimientos. Kagome sonrió al oírle, pero exhaló nerviosa cuando le vio extender la mano - ¿Nos vemos el lunes?
Sango se mordió el labio y se quedó mirando la mano tendida. Miroku carraspeó, llamando su atención, y ambos intercambiaron una mirada que delató que había habido una conversación previa entre ellos acerca de eso. Él alzó un poco las cejas, alentándola a través de un posible mensaje subliminal. La chica soltó un resoplido de rendición y finalmente le estrechó la mano al actor.
-Estás más gordo – le soltó haciendo honor a su característica brutalidad despiadada - Te voy a apretar, y me da igual que llores como una nena.
Inuyasha sonrió divertido, pero Miroku y Kagome le observaron de arriba abajo, pasmados. ¿Gordo? Tenía la misma pinta de modelo de ropa interior que siempre, y Kagome habría podido dar fe de que no había ganado ni un centímetro de grasa abdominal que impidiera a esa tableta lucirse. Pero al leer la expresión de Sango, se dio cuenta de que sólo había sido una pulla gratuita, fruto de su enorme orgullo. Inuyasha no parecía habérsela tomado en serio, pues aunque seguían mirándose con cierto desafío, ahora éste era relajado y cómplice. Sango terminó devolviéndole una sonrisa de malota, y finalmente se dieron un abrazo sincero.
Los otros dos aplaudieron y vitorearon sólo para molestarles, y en respuesta a eso, Inuyasha y Sango se separaron, ambos poniendo los ojos en blanco.
-Muy graciosos – espetó la entrenadora. En ese momento arrugó la nariz, husmeó el aire y se giró a mirar a su novio - ¿Estás controlando la pizza?
Miroku parpadeó descolocado.
-¿No la estabas vigilando tú?
-¡Mierda!
La pareja salió disparada por el pasillo para correr hacia donde estaba el horno, al parecer amenazando con dejarles sin cena. Inuyasha y Kagome se quedaron solos en el recibidor, mirándose sonrientes. Él se acercó y le dio un caprichoso beso en los labios, que ella recibió pasándole un brazo por la cintura. Inuyasha le rodeó los hombros y la llevó con él, siguiendo ambos alegremente a sus amigos hacia la cocina.
Miroku y Sango consiguieron salvar la pizza y la sirvieron acompañada de una botella de vino blanco bien fresquita, recién sacada de la nevera. Pusieron además algunas patatas de bolsa y nachos con guacamole para picar sobre la mesa. Las horas pasaron rápidamente durante esa cena de parejas, en la que los cuatro conversaron y rieron juntos hasta pasada la medianoche. Brindaron en honor a los dos inicios de relación y se desearon suerte. Inuyasha y Kagome les contaron todo acerca de sus experiencias y anécdotas en Nueva York, y los otros dos les pusieron al día de lo acontecido durante su ausencia.
Sango estuvo observándoles sutilmente durante toda la cena, sobretodo a él, cada vez más relajada y menos recelosa ante lo que estaba presenciando. Descubrió que Kagome era la discreta de la pareja, y esa conclusión partió de que cuando había algún arrumaco, casi siempre caía de parte de Inuyasha. Estudió el modo en que sus dedos se encontraban y se quedaban entrelazados encima de la mesa, alternando con caricias en el antebrazo del otro de vez en cuando, y el cómo Inuyasha dejaba apoyado un brazo en el respaldo de la silla de la chica, alrededor de sus hombros, mientras charlaba distraídamente con su amigo.
La primera vez que les vio besarse no pudo evitar sonreír enternecida. Tenía que reconocer que se veían bien juntos. Y no sólo eso, parecían bien compenetrados y dichosos. Aceptó que le gustaba mucho el modo en que Inuyasha miraba a su amiga, le brillaban los ojos y una ensimismada sonrisa se asomaba a sus comisuras cuando era Kagome la que estaba interviniendo en la conversación. Era la viva imagen de un hombre enamorado, terminó aceptando al final de la noche. No le quedó otra que sentirse aliviada y muy contenta por ambos. Kagome estaba resplandeciente de la felicidad que transmitía, y eso la regocijó profundamente.
Después de despedirles en la puerta, se dejó llevar por sus pies hacia el balcón, desde donde les vio salir del portal tres pisos más abajo al cabo de un par de minutos. Miroku se posó a su lado, le rodeó la cintura y posó un beso en sus cabellos.
-¿Qué opinas? – murmuró, antes de mirar él también hacia abajo, sumándose al papel de observador de incógnito.
Sango no contestó, distraída cuando Inuyasha detuvo a su chica cogiéndola de la mano, tiró hacia él y le susurró algo al oído. Kagome escuchó, soltó una risita y le dio un golpecito en un brazo por lo que probablemente había sido una broma subida de tono. Se dieron un largo beso sin cortarse esa vez, aprovechando que estaban "solos".
-Admite que te encantan – la chinchó Miroku.
Sango suspiró.
-La quiere de verdad.
-Sí, y creo que siempre lo ha hecho. O al menos, hace tiempo que me lo olía. Simplemente le ha llevado un tiempo dejar de ser un cabezota – afirmó con calma, risueño. La abrazó desde detrás y apoyó el mentón en su hombro, dejando un beso ahí – Les irá bien.
Ella terminó por sonreír, notoriamente más animada y convencida que al principio de la noche.
-Seguro que sí.
Miroku sonrió también, complacido al ver que al fin la muralla de testarudez de su novia había caído. Él sabía muy bien que su amigo no era ningún canalla, por muy irregulares que hubiesen sido sus acciones. Inuyasha era humano y había cometido errores, pero eso no quitaba el que fuera un buen hombre, y por otro lado jamás le había visto tan encandilado con nadie, ni siquiera con Kikyo. Aunque cabía decir que nunca había sido muy fan de esa relación, no podía ser demasiado objetivo en ese sentido.
El contacto del cabello de Sango se alejó bruscamente de su mejilla cuando ella echó una rápida ojeada hacia un punto lejano de la calle, como si algo le hubiese llamado la atención.
-¿Has visto eso? – le preguntó con cierta tensión.
-¿El qué, vida?
Sango parpadeó un par de veces, examinando con agudeza el sitio donde juraría que se había apreciado un destello de luz, durante una milésima de segundo. Volvió a mirar a sus amigos y los vio dejar de hacerse arrumacos para empezar a caminar de la mano, calle abajo. Regresó la vista hacia el punto anterior, frunció un poco el ceño y terminó por negar con la cabeza.
-Nada, no importa.
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La ciudad seguía despierta aun a pesar de lo tarde que era. Las avenidas estaban iluminadas y piñas de jóvenes iban arriba y abajo, disfrutando del ocio nocturno. No obstante, sí había menos coches que durante el día. Entre ellos, un Porsche negro avanzaba por la calzada sin prisa pero sin pausa, su conductor lo llevaba confiado y con cierta chispa.
La radio estaba apagada y había un cómodo e íntimo silencio que sólo era interrumpido por el rumor del motor, y de vez en cuando por el tic-tac que anunciaba que una de las luces intermitentes había sido activada. Kagome miraba alternativamente hacia adelante y hacia un lado, pero sobretodo dirigía miradas furtivas al hombre que tenía a su izquierda. En una de esas, le pilló haciendo lo mismo. Ambos se sonrieron y luego miraron al frente, divertidos. Inuyasha quitó una mano del volante y la dejó apoyada en la pierna de la copiloto, siendo enseguida cubierta por el agarre de los dedos femeninos.
Se oyó una vibración y un pitidito simpático proveniente del bolso de la chica, que se las apañó para encontrarlo dentro usando una sola mano. Desbloqueó la pantalla, revisó los mensajes y vio que tenía uno de Sango.
"Admito que sois muy monos. Le doy el beneficio de la duda. ¡Que descanses, flor!"
Inuyasha le echó un vistazo y la vio soltar una risita complacida. Rodó los ojos y liberó una carcajada astuta.
-¿Qué dice el comité? ¿Estoy aprobado? – le preguntó con sorna irónica.
Kagome apoyó la cabeza en el respaldo y le devolvió la sonrisa.
-El comité puede decir lo que quiera, pero aun así…Sí, estás aprobado.
-Menos mal…No habría podido pegar ojo de no ser así.
Ella puso los ojos en blanco ante su sarcasmo pero luego sonrió feliz, mientras él la imitaba de forma bastante más maliciosa.
-Por cierto, hablando de pasar comités…
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-¿Preparado para la actuación de tu vida?
-Allá voy – anunció él en respuesta, para luego marcar un número de la agenda de contactos y ponerse el aparato en la oreja. Esperó unos segundos en los que Kagome le miró en silencio, para luego escapársele una sonrisa traviesa cuando le oyó empezar a hablar - ¡Hola Ujiko! ¿Cómo estás?...Bien, me alegro mucho… Oye, te llamaba porque me gustaría invitaros a cenar esta noche a mi casa para celebrar las buenas noticias sobre Sota…No digas tonterías, ¿cómo va a ser una molestia?...¿Sí? Genial. Sí, yo se lo digo a Kagome, no te preocupes– le lanzó una mirada significativa a la susodicha, que le guiñó un ojo y se mordió el labio para no reírse – Oye, ¿te importa que invite a mi madre también? Se puso muy contenta al enterarse…Eres un sol. Pues nos vemos después. ¡Hasta luego!
Cuando sonó el timbre, fue Kagome la que acudió a atender la puerta. Hizo una respiración profunda cuando su mano alcanzó el pomo de la puerta, se tomó una pequeña pausa para armarse de serenidad y asegurarse de que interpretaría bien el pequeño teatrillo el tiempo que hiciera falta, y luego abrió.
-¡Hermanita! – exclamó Sota, abrazándose a sus piernas a modo de saludo, cosa que arrancó una sonrisa a la joven y a Ujiko, que también se acercaba a su primogénita esperando su turno. El niño la soltó enseguida para entrar en la vivienda sin esperar a recibir indicación alguna para hacerlo, mirando fascinado a su alrededor y exclamándose de lo grande que le parecía esa casa. No era de extrañar, teniendo en cuenta el pequeño apartamento en el que se había criado.
-¡Hola, bicho! ¿Qué te cuentas? – lanzó la pregunta al aire aun sabiendo que su disperso hermano ya estaba pasando de ella, y acto seguido se abrazó a su madre con amor – Hola, mami.
-Hola, tesoro. Has llegado temprano – le comentó Ujiko con una dulce sonrisa.
Kagome sintió que se le iban a fruncir los labios pero se retuvo a tiempo. Últimamente, desde que Inuyasha le había hecho saber de esa forma tan humillante que ese gesto la delataba cuando mentía, era más consciente de cuando lo hacía. Claro que su madre era el triple de inocente que ese hombre y por muy bien que la conociera, quizá no se había dado cuenta nunca de ese detalle. Aun así, mejor ir sobre seguro y reprimir esas pequeñas pistas en la medida de lo posible.
-Sí, he venido un poco antes – le comentó distraídamente después de cerrar la puerta una vez la mujer estuvo dentro – Así ayudaba en la cocina, que Inuyasha es un desastre.
-Te he oído, bruja – refunfuñó el aludido, asomándose al pasillo con un trapo en las manos, pero se apresuró en colgárselo del hombro cuando Sota corrió hacia él exclamando su nombre - ¡Hey! ¿Qué te pasa, colega? – le saludó alegremente, chocando los cinco con el niño. Hablaron de tonterías infantiles pero entusiastas durante unos breves instantes, y entonces volvió a sonar el timbre - ¿Podéis abrir? Será mi madre.
Efectivamente, Izayoi entró en la vivienda dándole un cálido abrazo a todo el mundo, y luego obsequiando a Sota con un peluche de su personaje de la película que le hizo saltar de ilusión.
Ujiko se quedó en el salón asegurándose de que el huracán de su hijo no hiciera ningún destrozo, e Inuyasha fue acompañado por Kagome y por Izayoi a la cocina. Ambas mujeres ayudaron al anfitrión con los últimos preparativos para la cena, mientras los tres charlaban de temas triviales. Hubo momento en que Kagome se giró de coger unas copas del armario, y se dio cuenta de que Izayoi la estaba mirando de reojo. Automáticamente cayó en el por qué. ¿Se estaría comportando con demasiada familiaridad en esa cocina? No debería ser raro que se supiera dónde estaban todas las cosas teniendo en cuenta que antes había sido la asistente personal de su hijo, pero era cierto que ya no lo era y quizá…
-Inuyasha…¿dónde estaban las servilletas?
Él le echó una ojeada con el ceño fruncido.
-¿Las servilletas? – preguntó confundido. Kagome sabía perfectamente dónde estaba cada cosa porque se había pasado meses cocinándole el desayuno cada mañana, pero en cuánto se dio cuenta de la mirada significativa que ella le lanzó, lo comprendió – Ah, en el último cajón de al lado de la nevera.
-¿Aquí? – cuestionó abriendo el correspondiente cajón – Ah, sí, cierto.
Cuando la chica volvió a echarle unas ojeadas más a su suegra, no volvió a encontrársela mirando en su dirección ni estudiándola.
Misión cumplida.
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-¡Qué rico estaba todo! – exclamó Sota, repanchingándose en la silla cuarenta y cinco minutos después – Kagome, tienes que aprender de Inuyasha.
-¡Pero si he cocinado yo! – replicó automáticamente, indignada. Al instante, tres pares de ojos la miraron extrañados, y otro par dorado se desvió hacia otra dirección, aguantándose la risa por su metedura de pata. Kagome se sonrojó y se maldijo a sí misma por ser una boca-chancla impulsiva – Eh…Quiero decir que esta receta es mía, me la ha copiado.
-Pues a mí nunca me la habías hecho – afirmó el niño con inocencia – Siempre hacéis cosas guais juntos, deberíais ser novios…
Inuyasha sonrió como un diablillo y Kagome se puso todavía más roja. No quedó ninguna duda de quién tenía la improvisación mejor entrenada de los dos. Ella estaba completamente bloqueada y él acudió en su ayuda tras echarle un vistazo de reojo.
-¿De verdad te lo parece, Sota? ¿Te gustaría eso?
Los ojos del pequeño se abrieron con ilusión y asintió, entusiasmado. Izayoi y Ujiko estaban empezando a cambiar el modo inocente con el que los miraban. Ahora les observaban fijamente con una profunda expectación y expresión interrogante pero de sospecha. Inuyasha envolvió la mano de Kagome con la suya y las dejó apoyadas encima de la mesa con los dedos entrelazados, ante las miradas pasmadas de las dos madres.
-En ese caso…creo que tenemos algo que contaros – concluyó el actor, manteniendo su tonito misterioso y juguetón.
Un grito de alegría cortó el aire, haciéndoles dar un bote a todos. Ujiko saltó de su silla para ir a abalanzarse sobre Inuyasha, estrujándole mientras no dejaba de exclamar "¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!", y de repetir lo feliz que acababan de hacerla. Sota se unió al abrazo anaconda, gritando a los cuatro vientos que ahora tenía un hermano mayor. Kagome observó la escena con algo de vergüenza ajena y sin tener muy claro si tenía que intentar rescatar a su chico, pero fue distraída cuando vio que Izayoi también se había levantado y se acercaba a ella dedicándole una gran sonrisa. Kagome se puso de pie enseguida y entonces la mujer le tomó ambas manos, estrechándoselas con ternura y adoración.
-No sabes cuánto me alegro, querida – le dio un abrazo largo y cargado de cariño, que la hizo sentir exactamente igual a cuándo le abrazaba su propia madre – Bienvenida a la familia. Eres una bendición.
-Gracias, Izayoi – contestó complacida, devolviéndole el gesto con ilusión.
Cuando intercambiaron los roles, y mientras ahora era Kagome la que estaba siendo arrollada por su madre y su hermano, Inuyasha se acercó a su madre para también recibir un sentido abrazo.
-¿Estás contenta, mamá? – le preguntó el hombre con cierto matiz vacilante, cuando se separó de ella.
-Por supuesto que lo estoy, cariño – contestó enseguida la mujer, llevando la mano a su rostro para acariciarle el mentón con devoción - ¿Acaso lo dudas?
-Bueno…no me has parecido muy sorprendida.
Izayoi sonrió.
-Es que no lo estoy, Inuyasha – ante la mirada desconcertada de su hijo, añadió – Lo supe nada más verte el día en que Kagome tuvo el accidente.
-Todavía no estaba con ella ahí– le aclaró, confundido.
-Lo sé. Pero tu corazón sí - respondió con calma. Hizo una pequeña pausa para tomarle una mano y darle un mimoso apretón – Y hoy, nada más entrar por la puerta, he visto en tus ojos algo que creía que jamás tendría la ocasión de volver a ver…
-¿El qué?
Izayoi besó sus nudillos en medio de una nostálgica sonrisa.
-Tienes la misma mirada para Kagome que tu padre tenía para mí.
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Cuando llegó el viernes, los tacones de las botas anunciaron su entrada en la facultad haciendo eco, tanto que Kagome se encogió con timidez e intentó hacer menos ruido mientras intentaba llegar a su aula tan rápido como le era posible. El vestíbulo, la escalinata, los pasillos, casi no había ni un alma porque hacía quince minutos que las clases habían empezado. Era la tercera vez que llegaba tarde esa semana por el mismo motivo. Pero en vez de sentirse disgustada por ese pensamiento, sonrió como una boba.
Inuyasha había resultado ser un fan incondicional del sexo matutino. Y cuando se despertaba con ese chip puesto, sabía exactamente cómo seducirla. Remoloneando, se le arrimaba como un koala y empezaba a darle mil besos por todo el cuerpo, especialmente el cuello. Había aprendido muy bien lo que le gustaba, y el muy malvado no dudaba en hacer uso de eso para sus fines. Desde el mimo y el cariño, con tranquilidad y dedicación, terminaba encendiéndola tirando del componente emocional hasta tenerla creyendo que moría de amor, y a la que quería darse cuenta, ella misma ya se estaba frotando contra él y deslizando las piernas a ambos lados del cuerpo masculino. La mitad de las veces la pillaba ya desnuda por haber tenido sexo también la noche anterior, por lo que un simple ademán de sus caderas bastaba para consolidar sus intenciones, y entonces le hacía el amor lenta y tortuosamente.
Kagome se quedaba después medio aturdida y rendida, pegada a las sábanas, y él se levantaba con una sonrisa de oreja a oreja en medio de un torbellino de energía, dispuesto a afrontar con absoluta positividad ese día que tan bien había comenzado. Estaba segura de que Inuyasha tenía que ser el único hombre en la faz de la tierra al que le activaban los orgasmos en vez de dejarle exhausto, como tenía entendido que era lo normal.
Sus reflexiones cedieron cuando llegó a la puerta de la clase y la abrió con cuidado. Todas las miradas se giraron hacia ella, incluida la del profesor que hablaba, pero enseguida fue ignorada. Buscó con la mirada la melena pelirroja de su amiga y vio a ésta haciéndole señas hacia las últimas filas.
-¿Qué te está pasando esta semana? – murmuró Ayame en cuanto la tuvo a su lado, quitando sus cosas del asiento de su izquierda con las que había estado guardándole el sitio.
-Que tengo un novio ninfómano.
Las chicas que tenía sentadas en la fila de delante se giraron a verla automáticamente durante un segundo, y Kagome se puso roja como la grana. Malditos asientos de la universidad pública, tan pegados… Ayame se aguantó la risa como pudo y enseguida le dio las indicaciones que necesitaba para que pudiera engancharse a la clase, y Kagome retomó las explicaciones del profesor, aunque sólo durante un par de minutos. ¿Cómo se suponía que debía concentrarse con ciertos recuerdos tan frescos? A la que quiso darse cuenta, había cogido el móvil y estaba tecleando. Ayame se dio cuenta de su sonrisa boba y puso los ojos en blanco, divertida.
K: No puedo concentrarme y es tu culpa.
Ya sabía que Inuyasha tardaría en contestarle porque a esas horas todavía debería estar corriendo o en la ducha. Recibió la respuesta durante el cambio de clases, cuando había corrido hacia la máquina expendedora a buscar algo de comer mientras llegaba el siguiente profesor.
I: Tendré que hacerte otra inyección de energía…
Las comisuras de la chica se curvaron al leer esa morbosa respuesta, antes de asomar sus dientes para pellizcar el envoltorio del snack que se había comprado y abrirlo de un tironcito mientras tecleaba con una sola mano.
K: Con tanta energía terminaré estallando.
I: Esa es la idea, princesa.
Se le escapó la risa y negó con la cabeza, antes de ver que él había añadido algo.
I: Las endorfinas mejoran la concentración. De nada.
Cuando llegó de nuevo al aula, el profesor todavía no estaba allí. Entró mirando la pantalla distraídamente, pero en cuanto hubo dado un par de pasos, levantó la mirada por instinto al percibir algo raro. No era normal tanto silencio en un aula de sesenta personas. Y tantos susurros todavía menos. Le llevó unos segundos darse cuenta de ese detalle, pero cuando reaccionó, se encontró a un grupo de gente considerablemente grande observándola con descaro y murmurando. Se detuvo en seco, sintiéndose intimidada y sin comprender esa actitud. Ella no era una popular, y tampoco una marginada. Se llevaba bien con todo el mundo, sin destacar socialmente tampoco. ¿Por qué tanta atención?
Miró discretamente detrás de ella con timidez, como suponiendo que el objetivo de esas miradas era ajeno a su persona y lo buscó dando por supuesto que lo estaba malinterpretando todo, pero no vio nada. Se dio la vuelta de nuevo y sus compañeros seguían mirándola sin cortarse ni un pelo.
-¿Os pasa algo? – les preguntó, un poco irritada por tanta mala educación.
Se oyeron varias risitas cómplices por parte de los más descarados, y algunos ojos más discretos dejaron de escrutarla tan fijamente. Una chica de los primeros sonrió con burla antes de contestarle:
-Qué calladito te lo tenías, Kagome. Y eso que parecías una santa.
Se escucharon varias carcajadas. La aludida levantó una ceja y se cruzó de brazos, molesta por ese tono de voz tan altanero, las risas a su costa, y por seguir siendo observada como si fuese un animal del zoo.
-¿De qué hablas, Kanna? – la desafió a responder, con la barbilla levantada.
-Venga, no disimules. Ya puedes empezar a vacilar, que lo entenderemos. Yo también lo haría si me estuviese tirando a Inuyasha Taisho - lo último se lo dijo mostrándole una revista abierta, sujetándola doblada por la página que había estado comentando con sus compañeros - Había oído rumores de que trabajabas para él, pero no sabía nada de las horas extra.
Más risas. Los labios de Kagome se entreabrieron y sus ojos observaron pasmados en esa dirección, balbuceó algo ininteligible pero una voz masculina se le adelantó.
-Disculpad el retraso, jovencitos – saludó el profesor, entrando apresuradamente y yendo directo hacia la mesa – Empezamos la clase.
Kagome apretó los puños y frunció los labios, completamente rígida ante lo surrealista de la situación. Sentía la compulsión urgente de echar una ojeada a esa maldita revista, pero no podía hacerlo sin cruzar el aula para ir a por ella, y todo el mundo se estaba sentando ya. Afortunadamente, Ayame había aparecido de la nada detrás de Kanna y con gesto malhumorado le arrebató la revista de las manos. La rubia se la dejó quitar, como si ya tuviese planeado permitir cruelmente que ésta llegara a las manos de su blanco de diversiones de ese día.
Kagome se apresuró en llegar a su sitio, y Ayame llegó a su lado ojeando lo que tenía en sus manos con el entrecejo arrugado. Se sentó junto a ella y puso la revista sobre el pupitre camuflándola entre los apuntes para que el facultativo no las regañara. Kagome palideció cuando se vio a sí misma junto a Inuyasha, en la calle donde vivía Sango, de pie besándose en medio de la noche. Con el corazón latiéndole a toda velocidad, empezó a leer ese artículo al que habían titulado "¿Quién es Kagome Higurashi?".
"El sexy y guapísimo actor que nos tiene locas a todas…¡vuelve a estar fuera del mercado! Lamentamos ser nosotros quien os demos estas tristes noticias. Después de su ruptura con la que ahora es su ex, Kikyo Kurosawa, y de seis meses de disfrutada soltería en los que no se le ha visto con la misma mujer más de una vez…¡parece que Inuyasha le ha dado otra oportunidad al amor! ¿De dónde ha salido esta chica? Agarraos fuerte, porque ella es, ni nada más ni nada menos que…¡su asistente personal!
Tal y como lo oís, la tal Kagome no es actriz, ni modelo, ni cantante, ni celebrity de ningún tipo. Esta vez, Inuyasha ha sacado a su princesa de su entorno más cercano, y concretamente, del laboral. ¿Pero quién es exactamente ella? Os contamos todo lo que sabemos: tiene veintitrés años, estudia Diseño de Moda en la Universidad de Tokio, y aunque hasta hace poco parece que vivía cerca del centro, todo apunta a que los dos tortolitos están construyendo su nidito de amor en el chalet de nuestro adonis favorito, pues últimamente todo son cajas arriba y cajas abajo. No obstante, algunas fuentes afirman que se les vio juntos ya en la ideal ciudad de Nueva York, hace unas semanas. También hemos averiguado que es huérfana de padre, y que tiene un hermanito que acaba de superar un cáncer. ¡Bien por él!
El origen humilde y discreto de esta chica nos hace plantearnos varias incógnitas, pues aunque está claro que la convivencia y el roce hacen el cariño…¿quién no se sentiría tentada por ese partidazo de hombre? Guapo, rico, famoso, simpático…¡Nos hace suspirar a todas cuando sonríe a la cámara! ¿Hablamos de un amor completamente desinteresado? Sólo hay una forma de saberlo, de modo que seguiremos con el radar puesto para daros las últimas noticias más actualizadas. ¡Prometido!
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Cuando la clase terminó, varios siglos después en opinión de una alterada Kagome que estaba deseando salir pitando de ahí y huir de todas esas miradas y cuchicheos descarados, empezó a recoger todas sus cosas. Estaba más que nerviosa, algo dentro de ella estaba histérico. Era como si algún instinto primitivo de autoprotección se hubiese activado. Ese ataque a su intimidad la había dejado desconcertada y bloqueada. No solo sabía que ya no podría concentrarse ese día, sino que además se estaba sintiendo superada por ese sonidito ambiental de abejas furiosas que la rodeaba.
Se sentía como si fuera el centro del mundo ahora mismo, como si fuera el punto de mira dentro de esa aula. Cuando había entrado, un grupo de diez personas había sido el que estaban comentando acerca de ella, pero en sólo cuestión de una hora, el cotilleo se había esparcido como la pólvora entre sus compañeros. Ahora toda la clase la observaba descaradamente y todo eran murmullos y risitas.
Necesitaba irse cagando leches, a encerrarse en el refugio de su casa. Se despidió de Ayame, que al principio insistió en irse con ella, pero la convenció de que era mejor que se quedara para tomar los apuntes para ambas. No quería que su amiga también saliera perjudicada. Nada más salir al pasillo, la mitad de la gente que había ahí se giró a estudiarla con la mirada. Más cuchicheos. Alguien dijo algo en voz alta que no llegó a comprender, iniciando una retahíla de carcajadas a su alrededor.
Recorrió el pasillo con la mirada fija en el suelo y abrazando la carpeta contra su pecho como si pretendiera protegerse con ella. Bajó las escaleras y cruzó el vestíbulo como alma que lleva el diablo, encontrando más público descarado en cada uno de los puntos del recorrido hasta que llegó fuera. Como más se alejaba de la facultad, menos gente había hasta que llegó a la parada de autobús. Era media mañana y nadie se iba a casa todavía, por lo que estaba sola. Respiró hondo, intentando relajarse ahora que por fin se sentía lejos de esa pesadilla ocurrida dentro de esos muros.
El móvil empezó a sonarle dentro del bolso, y cuando lo cogió, su ser se llenó de una consoladora calidez.
-Hola, guapo – saludó apenas, sintiéndose todavía algo ausente.
-Hola, ángel – contestó Inuyasha, con algo de eco de fondo que delató que estaba con altavoz puesto - ¿Todo bien?
Kagome sacudió la cabeza, agobiada, como si le tuviese delante y él pudiese verla. No se le pasó por alto el matiz alterado que había detectado en la voz de su novio, y su llamada justo en ese momento no podía ser una casualidad, pero aun así sintió la necesidad de explicarle el panorama al que acababa de estar expuesta.
-Lo saben. Lo nuestro. Todo el mundo lo sabe, han publicado un artículo que…
Le oyó soltar un resoplido que la interrumpió.
-Lo sé, acaba de decírmelo Miroku. Estoy viniendo a buscarte. ¿Dónde estás? – preguntó apresuradamente. Se le notaba bastante preocupado.
-¿Eh? – balbuceó Kagome, pues esa noticia era inesperada. En ese momento se obligó a respirar hondo e intentar calmarse, con tal de ser más objetiva y no sacar las cosas de quicio - Amor, tranquilo…Me he puesto algo nerviosa y voy para casa, pero estoy bien. No hace falta que vengas, cogeré el bus…
-¡No! Ni se te ocurra subirte al transporte público ahora. Ya estoy de camino, dime dónde estás.
-Pues…en la parada del bus… - se oyó un pitido - ¿Inuyasha?
Él le contestó, pero su voz sonaba entrecortada y no terminó de entenderle. Ambos insistieron, llamándose, intentando no perder el contacto, hasta que la conexión se cortó.
-¡Mierda! – se quejó la chica, maldiciendo la mala cobertura que había en el campus.
-¡Kagome!
Se dio la vuelta automáticamente al oír como la voz de una chica joven la llamaba. Se trataba de una completa desconocida, así que arrugó la frente, extrañada porque se estuviese acercando con ese desparpajo y conociendo perfectamente su nombre. No le sonaba de nada. Detrás de ella iba otra persona que la seguía, un chico que venía cargando algo parecido a una cámara.
-¿Sí? – cuestionó, mirándola con cierto recelo. Si aquello era lo que parecía…
La otra mujer esbozó una sonrisa postiza que no le llegó a los ojos, y sólo cuando estuvo su altura Kagome se dio cuenta de lo que llevaba en la mano, pero para entonces ya fue tarde. La intrusa levantó el micrófono y prácticamente se lo metió en la boca, y al mismo tiempo su compañero la apuntó con la cámara que encendió en un milisegundo.
-Soy Shiori, del canal seis. Tu llegada a la vida de Inuyasha Taisho ha sido totalmente inesperada para todos, ¿qué tienes que decirnos?
Kagome se quedó con la boca abierta, parpadeando pasmada. No, aquello no podía estar pasando. Apartó inmediatamente la mirada de la cámara, sintiéndose cien por cien incómoda. ¿Quién le había dado permiso a ese maleducado para grabarla?
-Eh…Nada, en realidad.
-¿Siempre quisiste estar con él? ¿Desde el primer día? ¿Cuándo vuestra relación laboral se convirtió en algo más?
-Perdona, ¿podrías dejar de grabarme?
La universitaria dio dos pasos hacia atrás, intimidada y bloqueada por el entusiasmo de esos periodistas tan invasivos que parecía estar locos por una exclusiva. Quería decir algo para no parecer una boba delante de toda esa gente que seguramente iba a verla en algún momento cercano en los televisores de su casa, pero se encontró sin tener ni idea de cómo gestionar esa situación. No sabía qué era adecuado decir y qué no. No quería soltar prenda, no deseaba hablar con esa gente de su vida privada, pero la idea de quedar como una grosera ante todo Japón la inundaba de inseguridad.
-Dicen los rumores que se os vio juntos ya en Nueva York, hará cosa de un mes. ¿Podrías corroborarnos esa información? – insistió la periodista, sin claudicar ante el silencio de Kagome.
"¿En Nueva York ya nos estaban acosando? Dios mío…", se lamentó la muchacha. Empezaba a faltarle el aire y las manos le temblaban.
-Yo…Yo no… - balbuceó apenas.
Se oyó un motor y las ruedas de un coche frenando bruscamente detrás de ella. Estaba tan absorbida por esa situación tan surrealista que no reaccionó, pero la tal Shiori se exclamó y sus ojos se iluminaron por el entusiasmo cuando reconoció al recién llegado, que ahora salía del coche con agilidad.
-¡Inuyasha! ¿Vienes a buscar a tu novia?
Al oír ese nombre, Kagome sí se dio la vuelta y el alivio le recorrió el cuerpo. El actor ignoró deliberadamente la pregunta de la periodista y cuando llegó junto a su pareja, su mano se posó en su cintura para instarla a moverse.
-Nos vamos. Ahora – le dijo con voz suave pero firme, inclinándose sobre su oído.
Ella obedeció la tentativa que la mano masculina estaba haciendo contra su cuerpo, invitándola a ocupar el asiento del copiloto. Inuyasha rodeó el coche para volver junto al volante, con ambos profesionales pisándole los talones.
-Inuyasha, ¿en qué momento empezaste a ver a tu asistente como algo más?
Él le sonrió amablemente.
-No voy a responder a esa pregunta, señorita.
-¿Te ayudó a superar tu ruptura con Kikyo Kurosawa?
-Que tengan un buen día – se despidió con calma y naturalidad, cerrando la puerta del coche una vez hubo entrado dentro.
El potente motor del Porsche le permitió arrancar directamente con la segunda marcha y complacerle en las prisas que le impuso por abandonar el lugar tan rápido como fuera posible.
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-Me han llamado cazafortunas, me han investigado no sólo a mí sino también a mi familia, y encima… - mascullaba Kagome, yendo de un lado a otro del salón como un león enjaulado. Se detuvo delante del sofá y arrojó la revista que tenía en la mano encima de la mesita de centro, de muy malas formas - ¡Encima esta foto! ¡El sólo pensar que en ese momento no estábamos solos hace que me entren escalofríos! Es siniestro, es…
Inuyasha suspiró, pasándose las manos por el pelo, sintiéndose contagiado del profundo agobio de la chica.
-Lo sé – asintió cuando la vio interrumpirse a ella sola y sentarse en el sillón, ocultando la cara entre sus manos. Se deslizó por el sofá para llegar a la plaza que estaba más cerca de ella, le acarició el cabello y cerró los ojos con pesar, sintiéndose terriblemente impotente al verla en ese estado – Este es mi día a día, Kagome, y si seguimos juntos…también será el tuyo.
Ella se quitó las manos del rostro y le miró con intensidad.
-¿Pero cómo lo toleras? ¿Cómo permite esto cualquiera de tu mundo?
-Uno se acostumbra, pero es que además…es beneficioso, en cierto modo. Que hablen de ti comporta más fama, y con ello más ofertas de trabajo.
-Pero a mí no me beneficia en nada este acoso.
-Lo sé – suspiró con pesar, sintiéndose impotente y culpable – Y lo siento.
Ella se dio cuenta enseguida de lo que él estaba pensando, y al instante cayó en la lectura subliminal que habían podido tener sus mordaces palabras todo ese rato que había estado despotricando en modo monólogo. Se apresuró en acercarse a él hasta quedarse acomodada en su regazo y se abrazó a su cuello, siendo ahora ella la que quería reconfortarle, arrepentida de su numerito.
-Amor, no…No quiero que te sientas mal. Sólo me estoy desfogando, no estoy buscando culpables – le aclaró, intentando sonreírle cuando aflojó el abrazo y le miró.
Inuyasha sonrió también. Ella siempre tan benévola. Era ella la víctima y él la causa. Y aun así, parecía que era ella la que intentaba consolarle a él.
-Eso ya lo sé, Kagome - le puso una mano en la mandíbula, acariciándole el rostro con mimo – Pero en todo caso, ahora ya está hecho, y de nada servirá que nos lamentemos. Aprenderás a lidiar con ello, sólo dales lo justo y necesario, y nada más. Limítate a saludar y a sonreír a quien te intercepte por la calle, no hace falta que les cuentes nada, basta con que no les mandes a la mierda. No pierdas los modales, sé siempre civilizada para que no puedan decir nada malo de ti. Haz lo justo y necesario para no coger fama de borde ni ser odiada por el público, y tarde o temprano se cansarán.
-Parece muy fácil tal y como lo dices – exhaló aire por la boca, desinflándose como un globo por lo desanimada que se sentía - La verdad, ha parecido así de fácil cuando te he visto manejarlo.
Y no sólo ese día. Trabajando para él, había estado delante en mil ocasiones cuando algún periodista entrometido le había interceptado en algún lugar público. Inuyasha lidiaba con esas situaciones con una soltura que hacía parecer que llevaba toda la vida haciéndolo. Reflexionó en silencio. ¿Llegaría el día en que para ella sería así de sencillo también?
-Para ti también será fácil en cuanto te acostumbres – respondió el hombre, leyéndole el pensamiento y sin permitirle que desviara la mirada – Al final sólo son profesionales intentando hacer su trabajo, no vampiros que chupan la sangre. Entiendo perfectamente esta sensación de invasión que sientes ahora mismo, yo también la he vivido, pero…No dejes que te posea, ni que controle tus emociones. No les des ese poder.
La abrazó fuerte contra su cuerpo, potenciando la cercanía tanto como era posible para intentar transmitirle toda la calidez que estaba en su mano. Le acarició el cabello y besó su frente.
-Estarás bien, ángel. Te lo prometo.
Kagome no respondió, pero pasados unos segundos, suspiró acurrucada contra él y una pequeña sonrisa empezó a manifestarse. No necesitaba oír otra cosa que eso. Poco a poco, su agitación fue minándose ante esa sensación de hogar seguro que siempre le brindaban los brazos de Inuyasha. De repente se sintió con fuerzas para afrontar cualquier cosa. El poder estar así con él compensaba cualquier precio a pagar.
-¿Por qué me llamas ángel? – preguntó en un momento dado, rompiendo el silencio cuando sintió que la paz le había vuelto al cuerpo.
Supo que él estaba sonriendo a pesar de no verle la cara.
-Porque lo eres…Mi ángel de la guarda, ¿recuerdas?
Y esa vez, la que sonrió fue ella.
Continuará…
Si hay algún periodista en la sala, espero que no se haya ofendido. Cuando se repartieron los papeles de malo en esta historia, le tocó uno a la prensa rosa. Algo inevitable cuando tu protagonista es un famoso, creo yo. Sea como sea, no tengo nada personal en contra de ese sector.
¡Muchas gracias por vuestros reviews anteriores! Me encantó saber de vosotras.
¡Un abrazo!
Dubbhe
