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CAPÍTULO XXVI - ACLIMATACIÓN

La jarra de cerveza estaba tan fría que el cristal estaba empañado, y su contenido era realmente bueno. Si no hubiese estado tan volcado en esa conversación tan crucial, probablemente lo habría apreciado. Inuyasha volvió a dejarla sobre la mesa de madera y sólo siguió escuchando a su interlocutor, que le hablaba con su tan típica voz inalterable, pero le conocía bien y sabía que escondía mil emociones detrás de ésta.

Hacía muchos años que no visitaban ese local, ninguno de los dos. Había sido su guarida de colegueo, y después de ciertos sucesos fatídicos, ni él ni Sesshomaru habían vuelto. Era como si el hecho de volver ahí el uno sin el otro fuera un sacrilegio, una falta de respeto hacia todas esas horas de conversaciones y risas que habían compartido. Incluso después de esa tregua que habían hecho en el hospital hacía casi dos meses, el haber quedado para encontrarse a solas en otro sitio les hacía sentir tensos, porque aquello no sólo significaba retomar ese proceso que había quedado a medias, sino dar un paso más allá en su acercamiento.

Inuyasha inhaló profundamente por la nariz cuando su hermanastro dejó de hablar. Le había estado contando acerca de años de remordimiento, de su propia estupidez y de lo mucho que le había costado dejar de pensar en esa mujer que jamás quiso volver a saber nada de él. Pero sobretodo, de cómo todavía no había sido capaz de acostumbrarse a esa nueva vida en la que su hermano no estaba.

¿Qué se suponía que tenía que contestarle? No le había dicho nada que él no pudiera imaginarse. Era normal que después de conocer la verdad, Sesshomaru hubiese sentido todo lo que había descrito. Ya lo sabía, siempre lo había sabido, y de hecho esa había sido precisamente su arma de tortura. El problema había sido hacerse el invulnerable respecto a eso, y a todos los intentos de su hermano por recuperarle.

- No puedo arreglar el pasado, y ya no sé cómo más redimirme…¿qué tengo que hacer para recuperar tu confianza, Inuyasha? – le estaba preguntando el mayor, ante su silencio.

El aludido se mordió la parte interna de la mejilla y sus dedos acariciaron distraídamente el asa de su jarra, antes de encontrar las palabras que decir.

-Nada – respondió, ronco. Después de todo ese rato sin hacerlo, al fin alzó la mirada y los dos pares de ojos dorados se encontraron - No tienes que hacer nada porque yo también lo siento. He sido muy testarudo porque…quería hacerte daño.

-Lo sé, y reconozco que me lo he merecido – aceptó Sesshomaru, haciendo un breve asentimiento de cabeza. Aun así, no pudo ocultar la sorpresa que le despertó oír lo que el otro hombre le dijo, pues lo último que se esperaba era otra disculpa a cambio de la suya.

-Eso ya da igual. Estoy cansado de establecer castigos, de buscar culpables. Ni es sano, ni es la solución a nada – afirmó haciendo una mueca, como si le agotara seguir hablando del tema.

-Agradezco que lo veas así.

-Agradéceselo a Kagome, esto es cosa suya – masculló, echándose hacia atrás en la silla con los brazos cruzados.

Sesshomaru sonrió sinceramente, y no sólo porque al fin parecía que las cosas con su hermano volverían tarde o temprano a su cauce. No se le había pasado desapercibido el cómo las facciones de éste se habían relajado un poco ni cómo se le había iluminado sutilmente la expresión al mencionar el nombre de su pareja.

-Es una gran chica. Me alegro mucho de que las cosas entre vosotros hayan llegado a buen puerto.

-Ya, bueno…y yo me alegro de que tú también hayas podido rehacer tu vida. Rin me dio buenas vibraciones.

Sesshomaru asintió con una sonrisa boba.

-Es increíble. Llegó como un soplo de aire fresco cuando menos me lo esperaba. Es mi princesita consentida – soltó una carcajada cómica, riéndose de sí mismo.

Inuyasha también sonrió, mofándose él también de la cara de pasmarote que se le ponía a su hermano cuando hablaba de su novia.

-¿Y cuándo vas a mostrar a la princesita al mundo? – la expresión alegre de su acompañante se congeló un poco y éste desvió su mirada a un lado, repentinamente incómodo – Las cosas no tienen por qué acabar igual esta vez, y además no vas a poder esconderla para siempre.

-Teniendo en cuenta por lo que está pasando la tuya ahora mismo, no es que me sienta animado al respecto precisamente. ¿Cómo lo lleva Kagome?

Inuyasha frunció los labios y arrugó la frente, como si se sintiese repentinamente irritado con la vida. Esa reacción era el reflejo de ese remordimiento que llevaba encerrado dentro de sí mismo.

-Bueno, estuvo como una semana y media sin ir a la universidad para dejar que las cosas se calmaran. Sólo iba a los exámenes y después volvía. Cuando a su amiga Ayame le dio la sensación de que la gente empezaba a cansarse de hablar del tema, Kagome decidió volver. Esta semana está yendo a clase, y la verdad es que no se está quejando mucho.

-Es una mujer fuerte, eso salta a la vista – afirmó el mayor, dando un sorbo relajado a su cerveza.

-Lo es, pero además se lo hace – suspiró el menor, haciendo lo mismo. Cuando terminó el trago, prosiguió - Me da la sensación de que no me lo está contando todo porque no quiere que me sienta culpable.

-¿Y te sientes culpable?

-Por supuesto que sí.

-Chica lista – dijo Sesshomaru, sonriendo con sorna.

-Demasiado. Pero por eso la contraté, ahora no me puedo quejar – sonrió él también, y en ese momento ambos se miraron con complicidad, por primera vez en mucho tiempo. Inuyasha miró el reloj de pulsera que llevaba y chasqueó la lengua – Debería irme ya, es casi la hora de cenar.

Sesshomaru coincidió, de modo que ambos pagaron y se levantaron de la mesa. Cuando salieron a la calle, se le quedó mirando con expresión dubitativa mientras veía a su hermano menor abrocharse la chaqueta. No se atrevió a pronunciar en voz alta lo que le pasaba por la cabeza hasta que vio que Inuyasha hacía ademán de dirigirse a él para despedirse.

-Oye, estaba pensando que sólo si te parece bien podríamos…Bueno, vernos un día con Kagome y Rin para que se conozcan, creo que no llegaron a cruzarse…Pero si te parece prematuro, lo entenderé.

El actor le miró sorprendido por esa iniciativa, y a la vez captando la cautela impresa sobretodo en las últimas palabras. No obstante, después de meditarlo unos segundos, se encogió de hombros.

-Claro, supongo que no hay problema – dijo con despreocupación. Ya no tenía motivos para decir que no – De hecho, este sábado hemos quedado con Miroku y su novia, y otra pareja para cenar. Venid si os apetece.

-Ah, suena bien. Se lo comentaré a Rin – sonrió Sesshomaru aliviado y satisfecho por esa inesperada invitación, y entonces le tendió la mano – Que tengas una buena noche.

Inuyasha se quedó mirando su mano. Parpadeó varias veces y frunció el ceño, cambiando su peso de una pierna a otra, incómodo.

-¡Keh! Aparta esa manaza, tonto del culo.

Sesshomaru adivinó enseguida sus intenciones cuando le vio acercarse a él y reaccionó instintivamente, devolviéndole el abrazo cuando Inuyasha lo inició. Fue masculino y bruto, pero también estrecho y significativo. Cuando se separaron, a Sesshomaru le ardían los ojos y por el modo en que Inuyasha estaba desviando la mirada como si quisiera esconderla, supo que no era el único. Ese detalle le hizo sonreír.

-Nos vemos, Maru.

-Sí…Nos vemos.

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Cuando Inuyasha llegó a casa, seguía conmovido e ilusionado. Tenía el pecho lleno de calidez y la verdad era que se estaba sintiendo como un imbécil por haber sido tan cabezota. Cerró la puerta del coche soltando un resoplido de resignación, y pensando que tenía mucho que aprender de la inteligencia emocional de su novia. Abrió la puerta que conectaba el garaje con la casa para encontrarse el pasillo a oscuras. Avanzó varios metros y al llegar al vestíbulo y encender la luz, se sorprendió cuando fue a dejar las llaves del coche en el cestito que había junto a la puerta principal de la calle, pues había otro manojo de llaves ahí que reconoció al instante. Dado el silencio sepulcral que reinaba en la casa, había dado por descontado que estaba solo.

-¿Kagome? – la llamó en voz alta, pero no oyó respuesta. Si estaban sus llaves, eso podía querer decir dos cosas: o que estaba en casa, o que no estaba pero se las había olvidado.

Fue a la cocina a dejar las pizzas que había recogido por el camino sobre la encimera, pensando que quizá se encontraría ahí a la chica, pero no fue así, todas las estancias que cruzaba estaban vacías.

-¿Cariño? – volvió a repetir cuando entró en el salón, pero también estaba solitario. No obstante, gracias a la oscuridad de la noche que reinaba en él, pudo ver una rendija de luz bajo la puerta doble que había cruzando la habitación.

Sonrió, esperanzado y dirigiéndose ahí. Abrió la puerta corredera y se encontró a su pareja de espaldas, sentada en el escritorio que estaba empotrado frente a la ventana. Kagome llevaba puestos unos auriculares de diadema por los que se oía el leve rumor de la música y estaba inclinada hacia adelante. Parecía muy concentrada en lo que fuera que estaba haciendo. Inuyasha dejó que su hombro se apoyara en el marco de la puerta y cuando quiso darse cuenta, se había quedado observándola fascinado. Había visto la faceta profesional de Kagome cuando era su asistente, pero sabía que aquello no era un trabajo definitivo ni vocacional, sino de necesidad. Lo que estaba presenciando ahora era a Kagome en su elemento.

Tenía la mesa repleta de folios llenos de cálculos y de dibujos. Había lápices por todas partes, que a él le parecieron todos iguales pero intuía que algún detalle de ignorante se le escapaba, ya que ella los iba alternando con determinación, como si no dudara de cuál era el indicado en cada momento. La joven fruncía el ceño y chasqueaba la lengua de vez en cuando, borraba y dibujaba trazos, utilizaba la calculadora, manipulaba el compás con una soltura impresionante.

Estaba tan metida en su mundo que a Inuyasha le supo hasta mal cuando al fin se acercó y le pasó el dorso de la mano por un lado de su rostro. Kagome pegó un brinco al recibir la inesperada caricia, pero enseguida sonrió y se apresuró en bajarse los auriculares al cuello. Echó la cabeza hacia atrás para mirarle, recibiendo automáticamente un beso en la frente que ensanchó su sonrisa.

-Hola – le dijo alegremente.

-Hola. ¿Cómo va ese estudio? – le preguntó el hombre, masajeándole los hombros. Ella ronroneó y cerró los ojos, disfrutando del toque.

-Bien. Me han pasado las horas volando, la verdad. Se está muy bien aquí, no sé por qué tienes este despacho tan abandonado – le cogió las manos y tiró de ellas, envolviéndose el cuello con los brazos masculinos, reclamando su cercanía. Arrugó la nariz, olisqueó uno de los fuertes antebrazos y alzó la mirada, entrecerrándola con sospecha - ¿Por qué hueles a pizza?

-¿Ahora eres un sabueso? – soltó una carcajada – Huelo a pizza porque vengo de una pizzería. Se nos está enfriando la cena.

-¡¿Has traído pizza?! – exclamó alegremente. Luego miró hacia el cielo y abrió los brazos cerrando los puños en señal de victoria - Dios, eres el novio perfecto…

Kagome se levantó de la silla y estiró los brazos soltando un gruñido, pues había pasado mucho tiempo ahí sentada. Dejó los auriculares sobre la mesa y cuando se dio la vuelta, sonrió divertida al ver cómo Inuyasha la estaba observando de arriba abajo.

-¿Todo bien? – le preguntó fingiendo inocencia, mordiéndose una uña.

Al llegar a casa después de las clases, se había quitado toda la ropa excepto las braguitas, y se había enfundado la primera camiseta que había encontrado en la zona del vestidor reservada para Inuyasha. A él le encantaba verla así, no solo por la ternura que le despertaba verla vestida con su ropa, sino porque ella tuviese esa confianza y se sintiera tan cómoda en su casa, entre sus cosas. Era raro y a la vez fascinante compartir su cama y su dormitorio ahora. Había dormido acompañado muchas veces, sobre todo cuando salía con Kikyo, pero no en régimen de convivencia y aquello era diferente. Muy diferente.

-O te pones unos pantalones, o la pizza terminará de enfriarse – le advirtió, acercándose a ella como un depredador y enlazando los brazos en su cintura. Kagome rió y se dejó besar en la boca, pero cuando notó las manos de él empezar a descender demasiado, le dio un par de toquecitos en el pecho y se alejó.

-No voy a cambiar mi indumentaria porque tú seas un ninfómano, ese es tu problema, no el mío.

Inuyasha sonrió de lado, motivado como siempre que la chica se le resistía y echó a andar detrás de ella como un perrito.

-Por cierto, ¿hasta cuando vas a robarme la ropa? A este paso tendré que comprarme más camisetas – le dejó caer cuando estaban entrando en la cocina.

-Ah, sí, eso estaría bien. Pero de algodón, por favor, que el poliéster me da mucho calor – le contestó distraídamente sin mirarle, mientras abría la caja de la primera pizza y se le iluminaba la cara - ¡Pepperoni! ¡Te adoro!

Inuyasha puso los ojos en blanco por puro orgullo, no queriendo delatar que una parte de él estaba encantada con la perspectiva de que ella acabara cogiendo la costumbre de robarle las camisetas. Sonrió sin poder evitarlo cuando Kagome empezó a engullir un trozo de pizza como si le fuera la vida en ello, poniendo los ojos en blanco por el gozo mientras soltaba un ruidito de placer. ¿Por qué hasta haciendo algo tan primario tenía que parecerle adorable? Riéndose de sí mismo, cogió un trozo y fue a sentarse en el taburete de la isla. Le dio un mordisco a la comida y mientras seguía devorando su trozo, fue observando con disimulo la expresión de su novia. Lo hacía bastante últimamente, desde que su relación había salido a la luz, como si quisiera evaluar su estado ánimo durante cada minuto de ese periodo de aclimatación por el que ella estaba pasando.

Kagome no había sido ella misma del todo en ese último par de semanas. La frescura y la alegría que la caracterizaban la habían abandonado un poco, pues últimamente se la veía algo distante y ensimismada. Inuyasha sabía que estaba procesando todo lo que estaba ocurriendo y que necesitaba espacio para eso, pero estaba preocupado. Como le había dicho a su hermano hacía un rato, no podía evitar sentirse culpable de esa situación, porque la vida de Kagome no se hubiese visto así de alterada si no hubiera sido por él. Los inconvenientes que ella estaba soportando eran los de su propia vida, y los estaba tragando por amor.

Inuyasha estaba siempre con miedo en el cuerpo últimamente. Miedo a que ella se arrepintiera de lo que habían empezado. Miedo a que no le compensara estar con él en esas circunstancias. Le había costado mucho dejar de resistirse a entregarle su corazón a Kagome, y eso había tenido una razón: ahora ella tenía el poder de destruirlo. En ningún momento había visto ni una diminuta señal de que ella se estuviera planteando una solución tan drástica, pero la sola idea le oprimía el pecho. Tenerla le había dado la vida, y perderla sería…

No, no lo soportaría.

-Estás pensando en algo malo, lo sé – sentenció Kagome, de nuevo con la boca llena, escrutándole ella también ahora e interrumpiendo sus pensamientos.

Inuyasha tragó saliva al verse descubierto y por unos momentos titubeó, pero al final no pudo evitar sonreír. Esa mujer era aguda como ella sola, pero también era lo suficientemente madura como para que él fuera consciente de que no valía la pena ocultarle sus temores. Podía comunicarse con ella sin problema, eso lo sabía de sobras.

-¿Cómo has estado hoy? ¿Cómo lo estás llevando?

Kagome parpadeó un par de veces, comprendiendo a lo que él se refería. Terminó de masticar y tragó sin perder tiempo para poder contestarle. Cuando lo hizo, le sonrió con honestidad.

-Bien. Mucho mejor, la verdad. Me estoy acostumbrando.

-Me alegro, pero…¿alguien te ha dicho algo hoy? – preguntó Inuyasha con masoquista insistencia.

-Siempre alguien me dice algo, cada día. Eso no ha cambiado – al verle bajar la mirada con pesar, la chica le puso la mano en el mentón para impedírselo, y le regaló otra sonrisa, esta vez tranquilizadora, de ánimo – La que ha cambiado es mi actitud. Voy haciendo lo que me dijiste, intento ser escueta pero sin faltar a la educación, y además… Al final, como todo en la vida, se trata de encontrar un equilibrio y creo que al fin lo estoy logrando.

Después de su explicación, él tardó un poco en encontrar las palabras para hablar. Había momentos en los que la resiliencia de Kagome realmente le pasmaba. Estaba claro que eso que se decía de que era esencial admirar a la pareja, nunca sería un problema para él.

-Te he dicho nunca…¿lo increíble que eres? – dijo tomándole la mano con la que ella le había mantenido la mirada alzada, y depositando un beso en los nudillos.

-Varias veces, sí. Pero siempre he creído que solo me lo decías porque querías acostarte conmigo – le picó con una sonrisa socarrona.

Inuyasha soltó una carcajada, encantado por la pulla y satisfecho de haber tenido esa conversación.

-Y quiero que dejes de ir todo el día con esta cara de pena – añadió ella, dándole un apretón a su mano.

-¿Eh? – balbuceó, confundido.

-Nada de lo que está pasando es culpa tuya, pero sé que te estás torturando internamente por eso… porque te conozco bien – el modo en que él arrugó la frente en señal de que acababa de ser humillantemente descubierto, la hizo suspirar - Estoy contigo porque quiero. Da igual lo que eso conlleve y el precio que tenga, es decisión mía y no me estoy sintiendo obligada a pasar por esto. El balance final es muy positivo, soy feliz en esta nueva vida que he empezado contigo y no la cambiaría por nada.

Inuyasha la contempló fijamente sin decir nada durante unos instantes, como si quisiera leer en sus ojos que no le estaba enchufando una mentira piadosa, pero al no encontrar esa evidencia, exhaló rendido.

-Me hace muy feliz a mí oír eso, ángel – le sonrió ampliamente al fin, mirándola con los ojos brillantes de puro amor. Oír esas palabras pronunciadas con esa actitud tan optimista y entusiasta le había reconfortado el corazón y calmado la conciencia. Un poco más tranquilo, decidió dejar a un lado ese tema y recuperó su trozo de pizza.

-Y por cierto, antes no te he dicho nada porque me has seducido por el estómago, pero…¿por qué te huele el aliento a alcohol?

-Porque me he bebido dos cervezas hace una hora, sargento Higurashi. ¿Algún problema?

-Si has conducido después, sí. Voy a reñir a Miroku – afirmó levantando la barbilla, haciéndose la digna novia protectora.

-No estaba con Miroku, estaba con Sesshomaru.

-¡¿CÓMO?! – exclamó, levantándose de golpe y golpeando las palmas de las manos sobre el mármol, para quedársele mirando pasmada. El ver la sonrisita burlona en la cara de él la indignó más– ¡¿Pero cómo no me lo has dicho nada más has entrado por la puerta?! ¡Eso es muy fuerte!

-Vale, vale, cálmate… - fingió suplicar él, cortando la bronca, pero ya se estaba riendo de su cara de desconcierto.

Una vez la escandalizada Kagome decidió que ya le había sermoneado lo suficiente por no haber acudido a contarle enseguida ese asunto tan importante en su vida, aceptó volver a sentarse y empezó a escuchar con plena atención cada detalle de la conversación que los dos hermanos habían tenido, mientras seguían cenando. Inuyasha le explicó todo cuanto estaba en su memoria, incluyendo contestaciones a las preguntas que ella le hacía, una de las cuales había sido el cómo se habían despedido. Emocional y quisquillosa Kagome…

Cuando terminó su relato, ella había dejado de comer y ahora le observaba con la barbilla apoyada en una mano. Tenía una suave sonrisa en la boca y su mirada era de aprobación, como también de orgullo.

-No sabes lo contenta que estoy, amor. Os merecíais recuperar vuestra relación. Sé que en el fondo es lo que querías, y me alegro de que hayas salido de tu cabezonería.

-¡Keh! No te pases, que tampoco soy tan testarudo como una que yo me sé – sonrió cuando ella puso los ojos en blanco, dándose por aludida como pretendía – Pero sí, tenías razón. Creo que ahora estaremos mejor.

Ella asintió, mientras seguía mirándole como si fuera un tesoro.

-Seguro que sí, y no sólo has recuperado un hermano, sino un buen amigo. Sesshomaru es un gran hombre, vale la pena tenerle en tu vida.

-Oye, controla ese entusiasmo porque estoy empezando a ponerme celoso.

Kagome soltó una risita, demasiado acostumbrada a que ese hombre intentara tomarle el pelo, y también a seguirle el juego. Se levantó de su silla y estando de pie se acercó a él, llevando una mano a su nuca para acariciársela con mimo.

-Dejarás de estarlo enseguida, en cuanto te dé tu premio – sentenció con un tono de voz sensual, arrimando su cuerpo al de él.

-¿Mi premio? – alzó las cejas y la miró con curiosidad, pero le habló exactamente de la misma forma. No sabía lo que pretendía Kagome, pero por esa actitud sugerente podía imaginarse por donde iban los tiros y su anatomía ya estaba reaccionando de sólo pensarlo. Esa mujer era bruja…

-Oh, sí…Haber superado todo esto y haberme dado la razón va a tener su recompensa –murmuró cerca de su oreja, mandando unos agradables escalofríos a lo largo de su columna.

-Recompensa…Suena bien – dijo mirándola desafiante con el mismo tono juguetón, y tomándola seductoramente de la cintura - ¿Y cómo piensas hacerlo?

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Se tensó cuando la mano de la chica bajó acariciando su abdomen, sin detenerse por la presencia del pantalón. Se limitó a entrar por debajo de éste.

-Kagome… - murmuró ronco, en tono de advertencia, removiéndose inquieto en el sofá.

-Ssssh… – le instó a callar ella, haciendo una pausa en el ardiente camino de besos que estaba trazando por su cuello – Esta vez, por fin me vas a dejar a mí… Y no vas a decir ni una palabra al respecto…¿Verdad?

Inuyasha tensó la mandíbula y apretó la fuerza con la que la sostenía de las caderas, cuando notó sus finos dedos rodeando su erección.

-¿Verdad? – insistió Kagome, apremiándole con un susurro en su oído. Al ver que su orgulloso hombre se resistía a someterse, hizo un par de movimientos calculados con la mano que le tenía agarrado. Sonrió al verle cerrar los ojos y serrar los dientes, y el gruñido que se escapó de su garganta le bastó.

Le mordió el lóbulo de la oreja y luego se la lamió hundiendo su lengua, exactamente del mismo modo en que él solía hacérselo. La reacción fue similar, y se lo premió volviendo a mover su mano. El par de gemidos roncos que Inuyasha soltó no hicieron más que incrementar su confianza en sí misma. Bajó su otra mano para retirar el pantalón y la ropa interior, lo suficiente para liberar el objeto de su deseo y poder tener más libertad de movimiento.

Inuyasha se mordió el labio cuando ella reanudó sus caricias y esa vez ya no se detuvo. Al hombre le resultó sorprendente lo bien que lo hacía para ser una chica con unos antecedentes tan pobres en cuanto al sexo se refería. No pudo evitar arder en celos al imaginar por qué. Se le había enseñado a dar, hasta terminar sintiéndose segura con eso, pero no a recibir. Y de ahí su inquietud cuando era él el que le daba placer.

Salió de sus masoquistas pensamientos cuando sintió la boca de la chica descender de nuevo por su cuello, besándolo con sensualidad, y luego seguir por su pecho y sus marcados abdominales, pasando junto a los botones de su camisa previamente abierta. Kagome fue escurriéndose poco a poco hasta quedarse de rodillas en el suelo, entre sus piernas.

-Kagome… - volvió a llamarla, empezando a agitarse, sabiendo de antemano lo que se disponía a hacer.

Pero ella no se dignó a contestarle, e Inuyasha no pudo contener un gemido cuando sintió la frescura de su lengua recorrer muy, muy lentamente su erección de abajo hacia arriba. Después hizo lo mismo con la punta con mucho cuidado, consciente de que podía hacerle daño, para acabar partiendo sus labios y hundirle en la humedad de su boca.

-¡Joder…! – exclamó Inuyasha, con los párpados apretados e inclinándose instintivamente hacia adelante.

Kagome no había tenido ese tipo de iniciativa hasta ahora, y él no había querido presionarla porque sabía que el tema del sexo era algo delicado para ella. Había dejado que diera el primer paso en todo cuando se sintiera convencida, pero no iba a ser hipócrita: en las veces en que se permitió satisfacerse a sí mismo pensando en ella, esa había sido una de sus fantasías favoritas.

Ella soltó un sonidito provocativo en respuesta a su entusiasta reacción y retrocedió, solo para poder repetir el gesto, esta vez haciendo succión. Inuyasha susurró su nombre apurado y le puso una mano en la cabeza, enredándose en su pelo, sintiendo que la mujer le estaba robando la vida desde el punto que estaba torturando.

Kagome volvió a meterse su carne en la boca por tercera vez, y una cuarta y una quinta, creando un ritmo constante al que Inuyasha se abandonó. La lengua de la chica se movía estratégicamente y le rozaba la punta de una forma deliciosamente adecuada cada vez que se hundía su sexo entre los labios. Inuyasha sentía que éste se deshacía en contacto con la humedad de esa boca, que el placer se extendía hasta su bajo vientre, que los testículos se le contraían, y minutos más adelante, que su semilla empujaba exigiendo liberarse. No fue consciente de cuando sus dedos cambiaron de posición, para en vez de sujetar el pelo de Kagome, hacer presión hacia abajo, como si temiera que en cualquier momento pudiese detenerse, pues ahora mismo ya se sentía en un punto de no retorno. Sus caderas también empezaron a moverse, buscando su boca, hundiendo en ella esa atormentada erección que estaba más al límite cada segundo que pasaba.

Hubo un momento en que Kagome se detuvo frunciendo los labios, como si degustara. Inuyasha soltó un quejido por la detención y entreabrió los ojos para mirarla, aturdido y frustrado.

-Te está gustando, ¿eh? – le preguntó ella en voz baja, socarrona – Puedo sentirlo…El sabor de tu aviso…

-Kagome…Por favor – susurró desesperado. Su mano se deslizó hasta su nuca y trató de empujarla hacia adelante.

-¿Todavía quieres que pare? – se burló, sintiéndose muy, muy poderosa.

La respuesta fue recibida en forma de un alzamiento de caderas, pero ella se alejó con una sonrisa malvada. Inuyasha iba a soltar una palabrota y exigirle que dejara de jugar, cuando Kagome volvió a tomarle sin pausa, y esta vez, sin compasión. Inuyasha sollozó casi cuando volvió a ser capturado con avidez, ahora a un ritmo más rápido. Y en pocos minutos, al notar los espasmos en su interior y la presión en su abdomen desbloqueándose, se apresuró en decir con voz temblorosa:

-Apártate…Kagome, ¡apártate ya!

Pero ella le miró con intensidad, alzó las dos cejas de forma sugerente, y siguió con lo que estaba haciendo. Sus intenciones fueron evidentes y aquello fue la gota que colmó el vaso. Inuyasha gritó cuando empezó a derramarse en su boca y sus caderas se sacudieron espasmódicamente mientras le entregaba a la chica todo lo que tenía, arrollado por ese glorioso placer. Kagome soltó un gemido de satisfacción con los ojos cerrados, recibiendo su esencia en sus mucosas.

Cuando todo terminó, Inuyasha volvió a dejar caer su espalda en el sofá, con el cuerpo amarado en sudor, la cara roja y respirando agitadamente. Gimió un poco cuando notó la lengua de la mujer limpiarle con delicadeza, y abrió los ojos para ver el momento en que ella se limpiaba a sí misma, relamiéndose los labios.

Inuyasha tragó saliva ante esa visión tan erótica, y finalmente sonrió.

-Si hubiese sabido que la recompensa sería esa…le habría perdonado hace siglos.

Ella le devolvió la sonrisa. Le acomodó el pantalón de nuevo y se sentó a su lado, poniendo los ojos en blanco cuando él apartó un poco su rostro por instinto, con cara de susto. La chica levantó las manos, reclamando su inocencia.

-Tranquilo, que no iba a besarte. ¿Qué diablos os pasa a los hombres con esto? – resopló, recostándose con la cabeza apoyada en el estómago de su pareja. De inmediato recibió la caricia de los dedos masculinos en su pelo – A mí no me importa que me beses después de…

-Es que no es lo mismo – interrumpió, negando con la cabeza como si fuese algo muy obvio.

-No seas machista.

Estuvieron molestándose con ese tema un rato más, hasta que terminaron riendo juntos. Kagome había terminado por cerrar los ojos, abandonada a sentir esos dedos que se deslizaban entre sus dedos azabaches, casi ronroneando.

-Vale, suficiente. Deja de ser tan mono, que no quiero quedarme dormida – se incorporó con gesto perezoso.

-Tampoco iba a permitirlo…

Kagome se exclamó de sorpresa cuando él se tendió sobre ella, acorralándola contra el sofá y atravesándola con una mirada dorada carnívora que le prometía que su "favor" estaba a punto de ser devuelto con intereses.

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Días después, todavía sonreía como un bobo cuando le venía a la cabeza el recuerdo de la que había sido la mejor sesión de sexo oral de toda su vida. Sin duda, estar emocionalmente implicado con la persona en cuestión tenía una influencia más que determinante en la percepción de las sensaciones. Sin querer quitarle méritos a Kagome, claro. Esa mujer a primera vista tan inocente era una caja de sorpresas.

"Ángel caído…", pensó con expresión divertida y malvada. Se sentía deliciosamente responsable de según qué cosas en el comportamiento íntimo de la chica, al fin y al cabo había sido él quien la había sacado de su zona de confort y la había reconciliado con su sexualidad. Y estaba tan malditamente orgulloso de eso…

-Perdone la demora.

Al oír una voz femenina, salió bruscamente de sus pensamientos y se sonrojó, como si creyera que éstos habrían podido ser oídos por esa dependienta tan profesional que ahora le sonreía con amabilidad, después de haber desaparecido dentro del almacén durante al menos diez minutos. ¿Cómo no iba a distraerse poniéndose a pensar en cosas varias si le dejaban esperando tanto rato?

La chica depositó encima del mostrador y frente a él una caja amplia y baja de color crema, con un lazo rosa pálido bien grande.

- Su encargo ha llegado expresamente de la tienda de Nueva York, aquí todavía no tenemos la nueva temporada. Venía por un circuito especial y distinto. Estaba guardado en otra parte y no lo encontraba – explicó, excusándose con un movimiento de cabeza de disculpa.

-No se preocupe, no voy con prisa. Muchas gracias por haber gestionado el envío tan rápido – le dedicó una sonrisa tranquilizadora – Pagaré con tarjeta.

Media hora después, entraba por la puerta de casa con la caja en los brazos y cerrando la puerta con el pie. Estaba entusiasmado con la idea que tenía en la cabeza, y aunque no las tenía todas consigo, sabía que podía permitirse hacerse un mínimo de ilusiones. Había terminado por aceptar que Kagome realmente estaba mejor con el tema de la prensa, y ahora lidiaba con ella sin dejarse afectar demasiado por las invasivas atenciones que recibía cada día. Lo hacía con la suficiente entereza como para que él se hubiese atrevido a tener esa iniciativa, y ahora sólo le quedaba planteársela. No se lo tomaría mal si al final era rechazada, pero cruzaba los dedos para que el universo se pusiera de su parte.

La luz del salón estaba encendida, cosa con la que no contaba. Kagome le había dicho que se quedaría estudiando en la biblioteca con Ayame hasta bien entrada la tarde. Ahora eran sólo las siete y su novia tenía mucho aguante a la hora de empollar, le extrañó que se hubiese rendido tan pronto ese día, pero también se alegró de no tener que esperar más para hacerle su propuesta. Inspiró hondo antes de entrar por la puerta del salón. Cuando lo hizo, ya llevaba una sonrisa de oreja a oreja imposible de disimular.

-¡Cariño! Tengo un regalo para…

La sonrisa se esfumó a la velocidad de la luz y sus facciones quedaron heladas cuando la persona que había sentada en el sofá se levantó de inmediato al oír su voz. La mujer le miró a los ojos durante unos pocos segundos, para después mirar al suelo como si se sintiera intimidada. Inuyasha no pudo evitar que la voz le temblara cuando pronunció ese nombre que hacía tanto tiempo había desterrado de su vida.

-Kikyo…

Continuará…

¡Y volvió nuestra amiga! SOY UNA DIABLA jajajajajajajaja En mi defensa, diré que ya estoy editando el capítulo siguiente para no dejaros así demasiado tiempo.

En algún momento tenían que volver las movidas, no iba a ser todo de algodón dulce hasta el final, ¿qué gracia tendría?

¡Un abrazo!

Dubbhe