CAPÍTULO XXVII – LA MALDICIÓN DE LOS EX
-Kikyo...
Los ojos cafés de quien antaño había creído que era la mujer definitiva de su vida le escrutaron con cierta cohibición, evaluando su reacción tras haber aparecido por sorpresa en medio de su salón. Por su parte, Inuyasha se quedó ahí plantado, con los dedos crispados en la caja de cartón que estaba cargando y el corazón latiéndole a toda velocidad por lo mucho que le había descolocado esa intrusión tan inesperada.
-Hola - saludó apenas Kikyo, de pie junto al sofá con una débil sonrisa insegura tan impropia de ella que parecía que se la había cogido prestada a otra persona.
Inuyasha tragó duro y sus ojos dorados escanearon el entorno discretamente a través de la ventana sin mover la cabeza, sólo las órbitas. No había moros en la costa al parecer, pero Kagome podía volver en cualquier momento. Todavía no se había puesto a prueba su grado de posesividad como novia, y no le apetecía que fuera ese día.
-¿Qué haces aquí? - le preguntó a su ex pareja, sin poder evitar reflejar una profunda conmoción - ¿Cómo has entrado?
Ella bajó la vista a la alfombra, como si hasta ese instante le hubiese estado costando horrores sostenerle la mirada.
- Todavía tenía las llaves que me diste y al llamar no había nadie, así que he entrado a esperarte. Quizá no debería haberlo hecho, es sólo que... – hizo una pausa para desfogar sus emociones en un lento parpadeo y una respiración laxa - No estoy bien, y no podía esperar más…Necesito hablar contigo.
-¿Ahora?
Kikyo se encogió de hombros.
-Si quieres quedamos otro día en otro lugar. Entiendo que me he presentado por sorpresa y sin avisar, y que esto es allanamiento de morada. Estás en tu derecho de echarme.
¿Desde cuándo era tan conciliadora esa mujer? Inuyasha se lo preguntó arrugando la frente y cambiando su peso de una pierna a otra. Ella no había entendido del todo su pregunta, pues él con su "Ahora" no se había referido a esa noche, si no a tantos meses después de su ruptura. De todos modos, barajó su respuesta. ¿Qué sería más grave? ¿Quedar deliberadamente para encontrarse a solas con su ex en otra parte, o hablar con ella ahí mismo? Tenía una tercera opción, que era decirle que no había nada de qué hablar y que se largara de su casa, pero era incapaz de ser tan cruel con alguien que antaño había sido dueña de su corazón.
Inspiró hondo y reflexionó rápidamente, no queriendo sacar las cosas de quicio. Él no había hecho nada malo. Kikyo se había plantado ahí sin ser invitada. Y si la recibía en su casa, esa acción tenía que ser interpretada por una chica inteligente como Kagome, como que no tenía nada que ocultar. De modo que, después de carraspear con incomodidad, se oyó pronunciar:
-Está bien.
Kikyo le sonrió con alivio evidente.
-Gracias.
Él no contestó, se limitó a fruncir los labios con cierto disgusto hacia sí mismo. Sentía un poco de ansiedad y culpa, aun a pesar de la decisión racional que acababa de tomar. Después de dejar la caja encima de la mesa de comedor, fue a sentarse en el sillón individual, con tal de asegurar que no habría más cercanía de la necesaria. Kikyo lo hizo en el sofá junto al brazo, en la plaza más próxima al que iba a ser su interlocutor, y luego se hizo un silencio denso. Él estaba esperando a que le fuera revelado el motivo de esa aparición tan gratuita, y ella parecía meditabunda, como si buscara las palabras más adecuadas para expresarse.
-¿Cómo has estado?
Al parecer su elección había sido empezar con algo inocente para romper el hielo. No obstante, el actor la miró con seriedad, sintiéndose hasta molesto por esa pregunta cliché tan innecesaria. Su respuesta fue tan seca como su voz:
-Bien.
Ella se mordió la parte interior de la mejilla mientras se observaba los zapatos.
-¿El trabajo también bien?
-Sí, hemos terminado de rodar la película – explicó con poco entusiasmo, conteniendo las ganas de soltar un bufido de impaciencia. Su cabeza estaba funcionando a mil por hora ante tanto misterio.
-Algo he leído. La prensa habla mucho de ti últimamente – comentó distraídamente, pero no pudo disimular una delatadora mirada de reojo.
Y fue entonces cuando de repente, todo cuadró. Todas las piezas encajaron en la mente de Inuyasha y éste se encontró frunciendo el ceño automáticamente, sabiendo ya cómo tenía que dirigir la conversación para sonsacarle esas intenciones que ya había adivinado.
-Sí lo hacen...aunque no por la película – respondió con voz plana, pero con cierto matiz oculto.
-No, no por la película – coincidió Kikyo, mirándole ahora de forma significativa. Hizo una pausa como si quisiera darse fuerzas para hacer una pregunta directa y peliaguda - ¿Es cierto lo que dicen?
-¿El qué? – preguntó Inuyasha, haciéndose el sueco en medio de la actuación de su vida. Una parte de él estaba estudiando con detenimiento las reacciones de la mujer, evaluando su expresión mientras hablaban de ese tema sin terminar de hablar de él todavía.
-Pues que…estás con Kagome.
Y ahí estaba. El motivo que la había traído ahí después de meses sin verle el pelo, por fin revelado. Conociéndola, no podía tratarse de otra cosa.
-Sí, es cierto - admitió con calma, levantando sutilmente la barbilla con una dignidad cien por cien honesta.
Kikyo frunció los labios y los dedos le temblaron unos instantes, antes de que los escondiera cerrando los puños en un delicado movimiento.
-Ya… - desvió la mirada a la ventana como si realmente hubiese algo ahí fuera que le llamara más la atención que el chisme que acababa de serle confirmado – Tenía la teoría de que era un rumor falso - confesó con un tono de voz indescifrable.
-¿Has venido sólo para que te confirme un cotilleo? – replicó Inuyasha con un recelo que rallaba la irritación - Porque para eso sólo tenías que investigar un poco, te sobran los contactos.
Kikyo liberó una risita desganada, que parecía más bien dedicada a desfogar la tensión que otra cosa.
-En realidad, el que sea verdad o no, no cambia mis circunstancias – los ojos cafés encontraron los dorados durante un segundo, para luego volver a apartarse intimidados. Aquello era tan poco común en Kikyo que más alarmas se encendieron en los instintos de supervivencia del hombre – La cuestión es que cuando lo oí por primera vez…me jodió mucho. Y eso me tiró en cara algo que en el fondo ya sabía y no quería aceptar…
-¿A qué viene esto ahora? - cuestionó él con las facciones rígidas como las de una estatua, y decidiendo poner toda la carne en el asador - ¿Qué intentas decirme?
La modelo desvió la vista de nuevo hacia la alfombra, y una profunda respiración se oyó antes que su voz:
- Metí la pata, Inuyasha. No soy cien por cien feliz en mi relación porque no he podido olvidarte. Te echo de menos - confesó con un hilo de voz.
Los ojos de Inuyasha se abrieron de par en par. Después de más de medio año sin saber nada el uno del otro, estaba claro que el regreso de la modelo solo había podido tener dos explicaciones: la primera, que hubiese traído con ella un vientre abultado que le hiciera papá por sorpresa; la segunda, que hubiese vuelto arrastrándose a recuperarle, teniendo como detonante uno de sus arrebatos posesivos al saberle con otra mujer. Aun tendría que dar gracias porque se tratara de lo segundo, mucho más manejable.
O al menos tenía la esperanza de que así fuera.
- No entiendo por qué me sales con esto, después de todo este tiempo – se sinceró sin contemplaciones. Kikyo esbozó una abatida sonrisa y miró hacia otro lado, como si esperara esa respuesta y ahora necesitara armarse de fuerzas para reponerse del asalto – Y más teniendo en cuenta que la que me engañó y luego cortó fuiste tú.
La mujer volvió a mirarle, primero a él y luego al suelo. Sus dedos juguetearon nerviosamente entre ellos, intentando encontrar una respuesta a esa duda tan obvia que tenía su interlocutor.
-Sí, lo hice. Y creo que ese fue…el error más grande que he cometido en mi vida.
Se instauró un silencio cargante y comprometedor entre ellos. Inuyasha arrugó la frente y cerró los ojos, exhalando aire por la nariz. El peso emocional que estaba teniendo esa conversación era agotador, y más aún a esas alturas. Desenterrar un tema que ya había dejado atrás, hurgar en una herida que ya había cicatrizado estaba siendo algo más que desagradable. ¿Qué se suponía que debía decir ahora? Kikyo le había hecho mucho daño. Le había humillado y traicionado y aun así, no quería herirla más de lo necesario. ¿Era tonto por eso? Desconectó de sus reflexiones internas cuando oyó que ella volvía a hablar.
-Este fin de semana…me caso con Naraku.
Después de ese anuncio, él tardó un poco en contestar porque se sintió algo descolocado, principalmente por tanta incoherencia. Pero en cuanto volvió a abrir la boca, su voz sonó totalmente neutra:
-Enhorabuena – se limitó a decir.
Visiblemente decepcionada por esa indiferencia, Kikyo se acomodó detrás de las orejas los mechones de pelo que se le habían ido hacia el rostro por tenerlo inclinado hacia adelante y tragó saliva.
-Como más se acerca el día, más vueltas le doy a la cabeza. Más me arrepiento de no haber aceptado ese anillo tan precioso que me ofreciste, porque en el fondo con quien realmente querría casarme el sábado…es contigo.
"¡Acabáramos…!". Inuyasha podría haber hecho leña del árbol caído. A la parte más maquiavélica de su personalidad se le ocurrió que podría preguntarle dónde estaba su anillo y que por qué no se lo curraba pidiéndoselo de rodillas, pero descubrió que el karma ya no le importaba.
-Kikyo… - pronunció con los ojos cerrados, abrumado por lo surrealista de la situación hasta el punto de sentir que le temblaban las manos – Esto no tiene ningún sentido. Lo que te está pasando es que estás nerviosa por la boda, es normal que te asalten las dudas pero…
-La misma noche que rompimos, algo no se quedó del todo bien dentro de mí – interrumpió Kikyo, persistiendo en tener la cabeza gacha y al parecer desechando al instante las teorías de su interlocutor - Todo este tiempo…no he podido dejar de pensar en ti, ni en lo que fuimos. Eres el hombre de mi vida y lo arruiné todo – adelantó su mano para tomar la que él tenía apoyada en el brazo del sillón. Inuyasha tuvo que resistir el impulso de apartarla, al igual que le había pasado en Okinawa cuando Shima quiso hacer lo mismo. No lo hizo sólo porque no quería hacerle daño a su exnovia en un momento tan vulnerable – Pero nunca es tarde. Si tú me dices "Ven"… Yo lo dejaré todo.
Inuyasha exhaló por la nariz con tanta tensión que sus fosas nasales se dilataron. Apretó los párpados con fuerza, sacudiendo la cabeza y poniendo fin al contacto físico. Su mano se retiró hacia su regazo, sola.
-Sí que es tarde, Kikyo. No hagas ningún cambio por mí, porque yo he rehecho mi vida.
-No hay nada que no se pueda deshacer, si es lo que quieres – en un arrebato, Kikyo se arrodilló en el suelo para estar más cerca de él, volviendo a tomarle esta vez ambas manos sin importarle el rechazo anterior y al fin mirándole a los ojos con intensidad – Podemos hacer como si nada hubiese pasado, recuperar eso tan maravilloso que teníamos. Te prometo que hoy mismo romperé con Naraku, pero esperaré a que estés listo para dejar a Kagome.
Inuyasha entreabrió la boca y la miró como si hubiese dicho una insolencia.
-¿Dejar a Kagome? – repitió, bloqueado.
Ella le miró con una tierna sonrisa pero sin poder evitar cierto matiz condescendiente.
-Ya sabes que no se me da demasiado bien compartir – liberó una risita tras su broma para luego darle un apretón a sus manos y volver a la dulzura - Sé lo importante que es ella para ti, pero si te quiere de verdad lo entenderá. En el amor hay que ser egoísta.
-Y tú eres un buen ejemplo de eso, ¿verdad? – le espetó con rencor ante tanta injusticia y reaccionando al fin, soltándose de sus manos esta vez con bastante menos delicadeza – Fuiste una egoísta por haber roto lo que teníamos valorándome sólo por tus intereses materialistas, y ahora vuelves a serlo por volver a aparecer como si nada y sin importarte el que puedas volver a joderlo todo. ¿Eres consciente de lo hecho mierda que me dejaste?
-Si tan tocado te quedaste, será porque lo que sentías era muy fuerte. Por eso creo que…
-No lo niego, por supuesto que lo era y precisamente por eso me dejó hecho polvo tu traición – la interrumpió, mirando agotado hacia otro lado. Se puso en pie y dio varios pasos para alejarse de ella, dándole la espalda - Pero ya no vale la pena seguir hablando de eso, porque es un capítulo de mi pasado que ya cerré, y no voy a permitir que me sabotee el siguiente. He pasado página.
-¿De verdad lo has hecho? – farfulló ella, mordaz - Porque tal y como te estás poniendo, no lo parece.
Girándose apenas noventa grados para mirarla, los ojos dorados de Inuyasha brillaron por unos instantes cuando los fijó en los marrones. No se molestó en malgastar energía explicándole a ese ser narcisista por qué efectivamente estaba tan alterado y hasta qué punto toda esa ira ya no tenía nada que ver con los sentimientos que algún día le profesó.
-Lo único que te puedo decir, es que me he enamorado hasta la médula. Y que no es de ti.
La sonrisa confiada y amorosa de Kikyo se había ido helando a medida que Inuyasha había hecho sus últimas intervenciones, y se había borrado por completo con la última afirmación. Ahora lo miraba de esa forma afilada que ya era más característica de ella y que solía aparecer cuando algo no salía según sus deseos.
-Muy bien, lo capto - pronunció con sequedad ahogada, que delató que en esos momentos tenía un nudo en la garganta. Apretó los puños encima de su regazo, permaneciendo arrodillada en la alfombra - Sólo dime una cosa…Ya lo estabas antes de terminar conmigo, ¿verdad?
Inuyasha retuvo la respiración y se le contrajo la mandíbula, como siempre le pasaba cuando se sentía acorralado. Sentirse atraído por Kagome desde el primer momento no había sido algo voluntario, y el que eso hubiera empezado a ir a más tampoco había estado sujeto a su control. En aquel momento era Kikyo con quien había querido estar, pero entonces ya era consciente de que estaba empezando a sentir cosas por su asistente que se volvían más fuertes cada día que pasaba, y ese hecho quedó patente en el número escaso de horas de libertad que le llevó darle el primer beso. A medida que habían pasado los meses, y sobretodo desde que se había liberado de sus miedos y se había entregado a la muchacha que ahora era su pareja, había ido comprendiendo a través de sus reflexiones en frío que su impulsiva decisión de contraer matrimonio con una mujer con la que ni siquiera estaban bien, había sido una huida hacia adelante. Se había precipitado en un intento de enfocar a la fuerza todas sus atenciones en Kikyo, de no querer aceptar que ella ya no era la única dueña de sus pensamientos.
No podía decirle todo eso, pero tampoco podía mentirle. No después de todo lo que habían vivido, y de lo importante que esa persona había sido para él. Ella había ido expresamente a abrir su corazón y había sido honesta, no podía pagárselo con una mentira, ni siquiera con una piadosa.
-Algo había – confesó con simpleza.
Las fosas nasales de Kikyo se dilataron, producto de una repentina ira que destelleó en sus ojos. Lo atravesó con la mirada y retuvo la respiración por un instante. Cuando volvió a hablar, toda la vulnerabilidad y la dulzura que había mostrado hasta ese momento se habían esfumado.
-Lo sabía. Eres un hipócrita. Me dijiste de todo por engañarte, cuando tú ya te habías fijado en otra.
Inuyasha fue capaz de reconocer cómo de repente había aparecido delante de él la otra versión de Kikyo, esa que conocía muy bien. La misma que antaño tantas veces había sido desagradable con él, que le había soltado dardos envenenados que le habían hecho sentir mal sin venir a cuento de nada, que le había celado de forma enfermiza y en ocasiones hasta le había faltado al respeto. Desgraciadamente, había compartido más tiempo con esa versión que con la anterior. Había sido plenamente consciente de la acusación que ella le soltaría nada más contestarle, y no podía culparla. No estaba orgulloso de la dualidad que habían tenido sus sentimientos en sus últimos meses de relación, incluso a sabiendas de que no había sido algo voluntario.
Pero aun así, orgulloso e impulsivo como era, no pudo quedarse callado. Su réplica llegó helada como un témpano a los oídos de la mujer:
-En primer lugar, que te guste otra persona es algo que no se elige. Segundo, si te pedí matrimonio fue porque estaba tan ciego que no quería estar con nadie más que no fueras tú – se acercó a ella y se puso en cuclillas con tal de estar a su altura, para darle más potencia a su último dardo envenenado - Y tercero, yo no le toqué ni un solo pelo mientras estuve contigo, cosa que no se puede decir de ti, que te abriste de piernas para el primero que te hizo una oferta atractiva…
Sus argumentos endurecidos por el rencor fueron cortados al recibir una sonora bofetada que le hizo girar el rostro a un lado. Se quedó quieto, sintiendo como le ardía la mejilla con los ojos cerrados. A los pocos segundos, cuando la oyó volver a hablar con cólera apenas contenida, no cambió de posición.
-He venido a tragarme mi dignidad, a humillarme delante de ti y a ofrecerte mi corazón. Y tú no sólo me lo pisoteas sino que además me insultas – masculló rota, con los puños fuertemente cerrados, todo el cuerpo rígido y los ojos humedecidos.
Esta vez, Inuyasha sí la miró, y lo hizo con los primeros atisbos de odio. Se puso en pie de nuevo y se trasladó junto al marco de la puerta del salón, desde donde le contestó después de volver a crear el mismo contacto visual chispeante.
-Has vuelto con el rabo entre las piernas porque no has encontrado lo que buscabas cuando te fuiste, que es distinto. Nunca fui una prioridad para ti, y ahora no tienes ningún derecho a reclamarme que tú ya no lo seas para mí – decidió que ya no quería seguir viéndole la cara y se limitó a hacer un gesto explícito con la cabeza – Que seas muy feliz en tu matrimonio de pega. Y devuélveme las malditas llaves.
Kikyo no reaccionó durante unos segundos. Se le quedó mirando, respirando agitada por el enfado y lo tremendamente herida y ofendida que se sentía, y sin poder creerse que ese hombre que siempre había bebido los vientos por ella, le había consentido cualquier cosa y nunca había sido grosero con ella, ahora la estuviera echando de su casa como si fuera una alimaña que no aportaba nada a su vida. Terminó levantándose con gesto airado, en vistas de que esa conversación ya no daba para más y que ya era imposible redirigirla hacia donde había pretendido en un inicio. Se colgó el bolso del hombro de muy mala gana y se dirigió hacia la puerta intentando que él no le viera la cara, que amenazaba con ser surcada por lágrimas de desazón a cada segundo que pasaba. Los ojos le ardían y el pecho le dolía, pero no tanto como su dignidad. El actor extendió la palma de la mano hacia arriba sin mirarla y ella hizo ademán de dejar ahí las llaves, pero en el último momento las lanzó con fuerza bien lejos, causando un gran estrépito cuando el metal impactó contra la madera del suelo. Inuyasha puso los ojos en blanco, asqueado por esa niñería pero se mordió la lengua con tal de no alargar esa situación tan desagradable ni un segundo más de lo necesario. La siguió inconscientemente una vez hubo pasado por su lado como una exhalación, como si quisiera asegurarse de que la veía marcharse de su vida con sus propios ojos, otra vez. Sólo que ahora no lo hacía lamentándose al respecto.
Kikyo abandonó la casa dando un fuerte portazo. Inuyasha la vio irse por los ventanales que había junto a la puerta, observando cómo se alejaba. No obstante, cuando vio otra figura abriendo la puertecita de la valla del jardín de entrada y cogiendo el caminito de piedra en dirección contraria a la de su visitante no deseada, abrió la puerta de sopetón con el corazón latiéndole a mil por hora. Aun así no fue capaz de reaccionar ni de decir nada, se sintió bloqueado por el horror cuando Kagome vio a Kikyo y se quedó paralizada en su sitio, observándola después de dar varios parpadeos incrédulos.
-¿Kikyo? – preguntó descolocada.
La aludida no dijo nada mientras cubría la distancia que la separaba de la otra chica, pero cuando llegó a su altura, agarró a Kagome por el antebrazo para retenerla junto a ella y le murmuró algo con ambos rostros cerca, que Inuyasha no fue capaz de oír por la distancia a la que se encontraba. La modelo soltó a la exasistente con brusquedad, que se quedó sobándose la zona adolorida por la fuerza con la que se la habían sujetado, y mirando detrás de ella cómo Kikyo se subía a su coche y se iba pitando de ahí con las ruedas casi derrapando sobre el asfalto.
Cuando se quedaron solos, con la única compañía de los grillos rompiendo el silencio de la noche, Kagome volvió a darse la vuelta hacia la casa y a pesar de la oscuridad, se adivinaba que tenía la mirada perdida.
-Kagome.
El tono de voz de su novio era de consecuencia, reflejaba un temor inseguro que la hizo reaccionar. Empezó a caminar de nuevo y al llegar a la puerta, pasó por al lado del hombre sin decirle nada, sumida en sus pensamientos.
-Kagome. Deja que te lo explique, por favor – dijo Inuyasha con voz suplicante y temblorosa. Su silencio le desconcertaba, pues él ya estaría soltando improperios en su lugar - ¿Estás bien?
Kagome tensó las facciones pero siguió sin mirarle.
-No, no estoy bien – contestó con sequedad - No me hace ni puñetera gracia que hayas dejado entrar a tu ex en casa y hayas estado a solas con ella.
-Lo sé…No debería haberlo hecho, pero me la he encontrado dentro de casa cuando he vuelto y me ha pillado desprevenido. Entiendo que estés enfadada, yo…
-No estoy enfadada.
Inuyasha parpadeó descolocado, ya que esa respuesta sí que fue totalmente inesperada. De repente nada cuadraba y tanta incoherencia le exasperó.
-Pero acabas de decir que…
-Confío en ti – le cortó ella con una parsimonia temible a sus oídos - Pero eso no quita que esté alterada, porque estoy muy celosa ahora mismo y creo que estoy en mi derecho. Así que espera a que me enfríe y luego hablamos con calma, ¿te parece?
-Claro que estás en tu derecho, y siento mucho cómo he gestionado la situación, pero te juro que no…
-Inuyasha – le hizo callar pronunciando su nombre con firmeza y los ojos cerrados, como si se estuviese conteniendo de decir o hacer algo malo – Deja que me dé una ducha y luego me lo cuentas. Por favor.
Él tragó duro, la miró con cautela y sólo asintió sutilmente. La vio subir escaleras arriba arrastrando los pies, y aunque se había dispuesto a respetar la distancia que ella le había pedido, a los pocos minutos no pudo soportar más la tensión y él también subió al piso de arriba. Cuando llegó a la suite que compartían, ya se oía el agua de la ducha pero la puerta del baño estaba cerrada. Eso le encogió el corazón dolorosamente. Kagome siempre dejaba la puerta abierta en señal de complicidad cuando se duchaba, como una provocación que formaba parte de esa rutina de fogosidad que caracterizaba a su inicio de relación. Pero al parecer, esa vez no estaba invitado.
Se sentó a los pies de la cama y aguardó con paciencia. Seguía pasmado con la honestidad de la muchacha, con la transparencia con la que le había reconocido sus celos como si no fuesen nada malo, sino algo completamente normal con lo que tenía que lidiar de forma racional, a solas. Qué diferente era a la mujer que acababa de irse como si huyera del mismo diablo…
Kagome le había dicho que no estaba enfadada y podía creerla porque sabía que no era una persona retorcida. Eso debería ser suficiente para sentirse un poco más tranquilo y dejar de temer la llegada de su primera discusión significativa. Pero estaba alterado, no podía evitarlo. Tanto que cuando la puerta del baño al fin se abrió, no pudo evitar dar un respingo y clavar sus ojos dorados inquietos en ella.
Kagome salió vestida con un albornoz y el pelo húmedo, recién peinado. Al verle ahí, suspiró como armándose de valor y fue a sentarse junto a él. Se mordió el labio inferior, reflexionando unos pocos instantes, para al fin pronunciar sus primeras palabras desde que estaban ahí arriba.
-¿A qué ha venido? – se limitó a preguntar, visiblemente menos tensa, como había prometido.
Inuyasha exhaló entrecortadamente. De todo lo que habrían podido empezar a hablar al respecto, había tenido que preguntarle por lo más comprometido. Claro que habiendo visto la reacción tan madura que ella había tenido ante esa situación, y que sólo le había llevado a admirarla todavía más, tendría que estar loco para siquiera plantearse disfrazar la verdad.
-A intentar volver conmigo.
-Ya… - contestó enseguida, soltando otro suspiro de agotamiento emocional – Lo suponía.
-Kagome, espero que tengas claro que no tengo ninguna intención de…
-Eso ya lo sé. Ya te he dicho que confío en ti, y aunque no fuera así…sólo hacía falta verla. Creo que nunca la había visto tan furiosa… ¿Te ha pegado? – ante la mirada sorprendida de él, Kagome aclaró - Tenías la mejilla roja cuando he llegado.
-Sí, bueno…Ha empezado con el traje de cordero puesto, y cuando la cosa no ha ido como ella quería, se lo ha quitado. Nos hemos calentado, me he ido de la lengua y me ha dado una bofetada.
-Maldita bruja… - frunciendo los labios con disgusto protector, Kagome llevó instintivamente las yemas de sus dedos a la piel agredida, dejando una suave caricia ahí.
Inuyasha entrecerró los ojos, inconscientemente aliviado por lo que parecía ser un gesto de paz. Aquello le dio confianza para ser él el que ahora preguntara, pues a esas alturas ya había dejado de temer la llegada de un festival de gritos y acusaciones airadas por parte de ella.
-¿Qué te ha dicho?
Ella puso los ojos en blanco, como si evocar ese recuerdo le diera pereza.
-Me ha dicho que nadie le quita lo que es suyo y que me destruirá. Ah, y me ha llamado mosquita muerta – cuando terminó de citar las iracundas palabras que la modelo le había escupido, negó suavemente con la cabeza como quitándole importancia.
-En su línea – farfulló Inuyasha haciendo una mueca de disgusto. Sus dedos buscaron el antebrazo al que había visto ser agarrado y lo acarició con delicadeza, exactamente de la misma forma que ella había hecho segundos antes con su rostro - ¿Te ha hecho daño?
Kagome volvió a negar.
-Quizá mañana lo tenga un poco marcado, pero sólo porque mi piel tiene tendencia a amoratarse con nada. No te preocupes – sonrió automáticamente cuando él se llevó su brazo a los labios y dejó un tierno beso en la zona afectada– Ahora ya sí que está curado.
Él le devolvió la sonrisa.
-Ven aquí – murmuró, atrayéndola hacia su pecho y fundiéndose ambos en un estrecho y amoroso abrazo que terminó definitivamente con el conflicto. Vertió un beso en sus cabellos húmedos que ahora desprendían más olor floral que nunca – Te quiero.
-Yo también te quiero.
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-Esto…¿es en serio?
Kagome miraba pasmada el precioso vestido azul eléctrico de satén que se asomaba por esa caja, abierta encima de la mesita de centro.
-¿Te gusta? – le preguntó Inuyasha con alegría. Realmente le encantaba la idea de verla vestida con esa prenda de gala tan prometedora.
-Por supuesto que me gusta, es increíble – se acercó al borde del sofá y se inclinó hacia adelante para poder para tomar el vestido entre sus dedos - ¿De dónde lo has sacado? ¿Lo has escogido tú?
Se puso de pie para sacarlo entero de la caja. Era extremadamente suave, tanto que la tela se escurría entre sus dedos y destelleaba con el reflejo de la luz del techo. Tenía un ligero refuerzo en la parte del pecho, que serviría para que éste quedara bien recogido pero sin aportar la trampa de ningún relleno. Iba atado al cuello, se estrechaba en la cintura, y luego caía falda abajo como una cascada de agua. Estaba ligeramente abierto por un lado, como para mostrar media pierna sin ser tampoco demasiado pecaminoso. Volvió a dejarlo encima de la mesita, pero esta vez bien extendido sobre la madera, luciendo toda su belleza.
- Sólo el color. En el resto me han ayudado – confesó el hombre, sonriendo con picardía misteriosa.
-Y…¿puedo saber por qué…? – preguntó, todavía desconcertada. Era un regalo muy bello, pero no muy práctico a no ser que tuviera un propósito.
Inuyasha la observó en silencio durante unos segundos, para luego fruncir los labios, repentinamente sintiéndose un poco nervioso. Sus dedos se entrelazaron con los de ella y los acariciaron dentro del agarre para llamar su atención, antes de empezar a explicarse.
-El estreno de la película es en dos semanas. Van a hacerlo a lo grande y…me gustaría que estuvieras a mi lado en la alfombra roja.
Kagome se quedó con la boca abierta, y sin palabras. Pestañeó varios miles de veces y de sus labios salió un sonidito de incredulidad que hizo que pareciera boba.
-La…¿la alfombra roja? – balbuceó apenas.
-Ajá. Ahora no vayas a decirme que no, ¿eh? Que ya me he comprado la corbata a juego – la picó Inuyasha con burla inocente, para después tomarla de la cintura con cariño y adoptar un posado más serio – Oye, ahora de verdad. No quiero que te sientas comprometida, entiendo que es algo que se sale mucho de tu zona de confort, y que lo nuestro apenas ha empezado a ser de dominio público. Me encantaría compartir ese momento contigo, pero también es cierto que habrá muchos otros y este vestido puedes estrenarlo en cualquiera de ellos – levantó la mano para acomodar algunos mechones húmedos de la melena femenina – Yo ya estoy contento de haber podido regalártelo y que te guste, con eso me doy por satisfecho. Lo otro es decisión tuya, y te prometo que no me ofenderé.
Kagome tomó una honda bocanada de aire. Imaginarse a sí misma posando como una famosa en medio de la multitud, delante de las cámaras, junto a uno de los hombres actualmente más deseados de Japón, hacía que se le secara la boca y que su corazón se disparara, agitado. La sola idea era más que intimidante, era casi temible, pero…Si lo suyo con Inuyasha prosperaba, tarde o temprano tendría que hacerlo. Y para qué mentir, ella era una persona de retos y aquello olía a aventura. Por otro lado, quizá era conveniente hacer un pequeño esfuerzo por integrarse en ese mundo que venía de pack con el hombre que amaba, en vez de rechazar de plano cada oportunidad.
-Está bien. Hagámoslo – se oyó decir, casi sin poder creerse las palabras de aceptación que estaban saliendo por su boca.
-¿En serio? ¿Estás segura? – preguntó pasmado, con sus ojos dorados empezando a brillar de entusiasmo. No las había tenido todas consigo, y menos teniendo en cuenta lo poco motivada que su chica estaba en lo que se refería a la prensa.
Kagome asintió y le sonrió como toda respuesta. La estrechó entre sus brazos y la besó en los labios, encantado.
-Eres increíble – susurró contra su boca.
-Ya he cedido, no hace falta que sigas haciéndome la pelota – bromeó ella, dándole un golpecito juguetón en el pecho – Mañana buscaré unos buenos zapatos que le valgan.
-En realidad, ya los tienes. Tenía que ser una sorpresa, así que Jakotsu los mandó a casa de tu madre y…
-¡¿Ha sido Jakotsu quien te ha ayudado?! – interrumpió Kagome, soltándose del abrazo por acto reflejo y tapándose la boca con las manos incrédula. De inmediato se echó a reír – No me lo puedo creer. Madre mía, cómo se debió poner cuando le contactaste…
Inuyasha hizo un gesto de afirmación con la cabeza y sonrió como un chico malo.
-En realidad, fue muy divertido. Llamé a la oficina y pregunté por él. Se oyó un grito tan fuerte que se escuchó a Kaguya echándole bronca por ser tan escandaloso.
Kagome apenas prestó atención a la explicación, pues ya estaba mandándole un pillo mensaje de agradecimiento a su gran amigo del otro lado del charco. Inuyasha sólo se quedó con las manos en los bolsillos, mirando orgulloso a esa maravillosa mujer que tantas ganas tenía de mostrar al mundo entero.
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-¡Kagome! ¡Inuyasha! Qué agradable veros – exclamó Ujiko, feliz al verles a ambos nada más abrir la puerta del apartamento, y acercándose para darles un abrazo.
-Hola, mamá – la saludó su hija mayor con una luminosa sonrisa, devolviéndole la muestra de afecto con entusiasmo. Luego se quedó mirando cómo su madre abrazaba también a Inuyasha como si ya fuese de la familia, cosa que amplió su sonrisa y le dio un tierno toque rosado a sus mejillas ante el significado de ese gesto - En realidad estamos de paso, veníamos a por los zapatos que…
-Qué bonita casualidad, ¿a que no adivinas quién ha venido a vernos también? – la interrumpió la mujer, desafiándola con encantador suspense, mientras les hacía señas para que la siguieran al salón.
La pareja intercambió una mirada rápida de curiosidad pero respondieron a la invitación de la mujer sin darle más importancia. De la mano, recorrieron el piso hacia la sala de estar para encontrarse con el invitado misterioso de Ujiko. Era un chico alto de cabello castaño claro y ojos gris oscuro, bastante ataviado, que al verles entrar les observó con un deje de sorpresa.
-¡Hojo se enteró de lo de Sota por la prensa y se ha acercado a interesarse por él! Siempre tan atento, querido.
El aludido sonrió de una forma amable, pero la gentileza no le llegó a los ojos y ese detalle fue percibido por el profesional de la actuación que tenía delante. Había algo raro en esa sonrisa, y cuando Inuyasha miró de reojo a Kagome, vio que se había quedado clavada en el sitio. Nada más darse cuenta, le echó un vistazo disimulado con un poco más de detenimiento. Su chica se había quedado lívida. Sus labios estaban entreabiertos y pudo identificar el brillo de la cautela en sus ojos.
¿Quién diablos era ese tipo?
-Yo siempre estoy dispuesto a ver mi ex cuñadito, Ujiko. Le adoro como si fuera mi propio hermano – contestó el chico, persistiendo en esa extraña sonrisa. Dejó de enfocar la vista en ella, para centrarla en la de la primogénita – Hola, Kagome. Me alegro de verte.
Ella frunció los labios, e Inuyasha pudo darse cuenta del estremecimiento que la recorrió porque los dedos le temblaron entre los suyos.
-Hola – pareció que Kagome no iba a añadir nada más, pero cuando su madre carraspeó llamando su atención e hizo un gesto de cabeza hacia su yerno, reprobándole su mala educación, tragó duro y forzó las palabras – Inuyasha, te presento a Hojo, mi exnovio. Hojo, él es…
-Inuyasha Taisho, claro. Encantado– completó el otro, acercándose para tenderle la mano – Hay que ver, Kagome, yo ya era un buen partido pero has picado todavía más alto esta vez. Menudo fichaje.
Inuyasha arqueó una ceja al oírle. "¿Pero este tío de qué va?". No pudo evitar arrugar la frente y responder con seguridad a la mirada desafiante gratuita que el ex de su novia le estaba lanzando. Aun a pesar del inapropiado comentario que había soltado Hojo, correspondió al gesto y encajó su mano. Notó la fuerza innecesaria con la que el otro hombre apretó sus dedos y entendió ese primitivo mensaje entre varones, que respondió haciendo la misma presión con su potente mano de deportista.
-Encantado de conocerte, Hojo – contestó ronco, con una seriedad que acompañó a la altanería que estaban intercambiando con la mirada.
Cuando Hojo le soltó la mano, la juntó con la otra detrás de su espalda – posiblemente para desentumecerse los dedos con disimulo – y empezó a balancearse sutilmente como si estuviese muy cómodo en esa situación. Ujiko se disculpó con ellos, diciendo que tenía que ir a atender el estofado que tenía cocinándose en los fogones. Cuando se encontraron los tres solos, fue Hojo quien rompió el silencio, esta vez volviendo a dirigirse a Kagome.
-¿Cómo te va todo, K? – le preguntó con desparpajo informal.
-Bien, no me puedo quejar – respondió ella con voz plana.
-Ya, eso dicen mis amigos de la prensa rosa. Menuda vidorra te has montado. No me extraña que estéis en boca de todo el mundo ahora mismo…
-No creo que ninguna de sus decisiones personales justifique el acoso de tus amigos – replicó Inuyasha, a quien no le estaba gustando el tono socarrón con el que ese hombre se dirigía a su novia. Tampoco le gustaba la forma en que la miraba: era de suficiencia, hasta de superioridad.
Hojo soltó una carcajada y levantó las manos en señal de inocencia.
-No pretendía sugerir eso. Os pido disculpas en nombre del gremio, qué se le va a hacer, les pagan para eso aunque sí que pueden llegar a ser un poco pesados. Yo también soy periodista, pero en mi defensa diré que lo mío son los deportes, no los chismorreos.
-¿Deportes? – preguntó Kagome, que era lo suficientemente aguda como para captar el matiz de irritación creciente en Inuyasha y vio que empezaba a ser necesario sacar temas inofensivos para disipar la tensión – Era lo que querías, según recuerdo. Me alegro de que lo hayas conseguido.
- Sí, la verdad es que estoy contento… - contestó hablando rápido, como si no estuviese nada interesado en hablar de eso - ¿Y qué es de ti? De momento ya me he dado cuenta de que has ganado bastante peso. Te sienta bien.
Inuyasha abrió sus ojos dorados como platos, pasmado, y sus puños se cerraron. "¿Pero qué mierda…?". Miró de soslayo a Kagome, esperando a que sacara su lado feminista y guerrero contra esa impertinencia, pero se quedó descolocado cuando vio que ella no movía ni un dedo. No obstante, sí se puso más tensa y frunció el ceño. Estaba muy incómoda, pero parecía no querer demostrarlo ni decía nada para defenderse. ¿Qué diablos estaba pasando?
-Gracias.
-Me alegro de ver que has conseguido mejorar lo de ese…problemita.
-¿Qué problemita? – cuestionó el actor, ante el tonito afectado y dramático con el que Hojo había pronunciado la última palabra.
El otro hombre parpadeó de una forma que expresó el más puro de los desconciertos, para luego esbozar una sonrisa incrédula y burlona.
-¿No se lo has contado? – le preguntó a Kagome, como si no pudiese creer lo que acababa de oír y eso le divirtiera.
-¿Contarme el qué? – insistió Inuyasha, cada vez más y más molesto con la actitud altanera de ese tipo.
-Akitoki. Ya – intervino al fin Kagome, mirando a su ex fijamente con expresión de consecuencia.
Hojo volvió a reír.
-Cada vez que me llamaba por mi nombre, era la señal de que tenía que cagarme encima. Vamos, Kagome, si no pasa nada. Estamos entre amigos, no hace falta que te pongas tan nerviosa. Veo que sigue costándote mucho desmelenarte… - se dirigió a Inuyasha, poniéndose una mano en el bolsillo, y la otra señaló descaradamente a Kagome con un dedo – Siempre tan poco espontánea, no había manera de que se soltara follando, macho…
Inuyasha notó la furia poseerle el cuerpo en forma de una oleada de agresividad repentina. Esa falta de respeto hacia la mujer que amaba le hizo montar en cólera y llegó a hacer ademán de adelantarse para cantarle cuatro cosas a ese desgraciado, pero entonces notó la mano de Kagome soltarle los dedos y rodearle la muñeca, en un gesto a medio camino entre una caricia y un agarre. Sus ojos dorados brillantes por la ira se encontraron con una mirada significativa y extremadamente seria, que le suplicaba que se contuviera y le daba a entender que no valía la pena.
-No pongáis esa cara de pocos amigos, era sólo un comentario basado en la confianza. Si me he excedido, os pido disculpas – se apresuró en aclarar Hojo, aunque la sonrisita no se borraba de su cara y hacía que pareciera claramente que esa disculpa era de juguete – Es sólo que me sorprende que Kagome haya evolucionado tan poco en ese aspecto.
-Quizá no era ella la que requería una evolución en condiciones – masculló Inuyasha, con helada voz casi amenazante. Tenía la fuerza de su hombría y su orgullo pujando en su garganta, quería gritarle a ese cretino la facilidad con la que Kagome sí era capaz de dejarse llevar hasta romperse de placer entre sus brazos, pero no iba a ponerse a discutir con el exnovio acerca de cómo era el sexo con ella. Aquello sería turbio y extraño, y le haría quedar como un fantasma, de modo que no añadió nada más.
-Será eso… - pronunció sin prestar demasiada atención, y al parecer no dándose por aludido - En fin, se me está haciendo tarde y yo sólo venía a saludar. Voy a despedirme de Ujiko. Ha sido un placer veros.
-Igualmente – respondió Kagome con profundo malestar al verle irse a la cocina, justo antes de mirar de reojo a su novio, abochornada después de aquellos cinco infernales minutos en los que había deseado que la tierra se la tragara.
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Dentro del coche reinaba el silencio desde que la pareja se había subido en él, o más bien ya desde que habían salido por la puerta del apartamento. No se habían dicho nada en el ascensor, ni tampoco por la calle mientras acudían hacia donde estaba el Porsche aparcado. Pasados unos minutos de conducción con la radio de fondo, Inuyasha le echó un ojo a su chica, la misma que se había convertido en una gatita asustada por un momento, a causa de la aparición de un niñato estúpido que no había hecho nada más que soltar impertinencias fuera de lugar. Nada encajaba, y la curiosidad le estaba estrujando el cerebro. Kagome estaba muy taciturna y miraba por la ventana sin decir nada, pero él necesitaba compulsivamente hablar de lo que había ocurrido.
-Hay que ver lo graciosillo que es el universo…Nos ha mandado a nuestros dos ex al mismo tiempo.
Ella no contestó.
-¿De dónde sacaste a ese gilipollas? – quiso saber, incapaz de morderse la lengua. Todavía no podía creerse que una chica de la liga de Kagome se hubiera rebajado a estar con ese energúmeno.
-De la facultad. Estaba dos cursos por encima, en otra carrera – respondió ella al fin, soltando un suspiro cansado y sin cambiar de postura.
-No entiendo cómo tu madre puede tenerle en tan buena consideración…
-Sabe ser encantador con quien le interesa, y mi madre es muy ingenua. Meterse a la suegra en el bolsillo no le resultó difícil. También hacía como que se esforzaba mucho para conectar con Sota y eso le hizo ganar puntos.
-¿Pero qué sentido tiene que venga a hacerle la pelota ahora?
Kagome liberó una carcajada socarrona.
-Ninguno en absoluto – sentenció, sacudiendo la cabeza - Le conozco bien, algo quería de mi madre. Nunca ha sido tan considerado. Y su interés por Sota siempre fue fingido, odia a los niños y el sentimiento suele ser mutuo.
-No me digas… - farfulló sarcástico, haciendo repiquetear sus dedos en el volante - ¿Qué podía querer de tu madre?
Kagome se encogió de hombros.
-No lo sé, pero ahora mismo sólo se me ocurre el que quisiera sonsacarle si era verdad que estoy contigo. Como Kikyo. Quizá por eso han aparecido los dos a la vez, ambos habrán reaccionado a las noticias de la prensa rosa.
-¿Pero por qué?
-Por el mismo motivo que ella. Porque no es capaz de soltar a sus víctimas.
Ese comentario no hizo más que generar todavía más interrogantes en la cabeza de Inuyasha, pero cuando volvió a mirar a la muchacha, vio que había cerrado los ojos y que se había apoyado en el cristal, sumida en sus reflexiones. No quería presionarla y por ello decidió darle un respiro.
Pero quedaba una conversación pendiente.
Continuará…
¡Holi!
Como comentario de hoy, me gustaría decir que no descarto que os haya sorprendido esa otra faceta de Kikyo que hace que pueda parecer que no he sido fiel a su personaje. Nada más alejado de la realidad. Las personas manipuladoras, como mi Kikyo de AGDL, no son malas todo el tiempo, eso sería contraproducente para ellas. Son astutas y saben sacar a la luz una versión "perfecta" de ellas cuando algo les interesa. Y por otro lado, algo bueno tenía que haber visto Inuyasha para enamorarse de ella, nadie se fija en una gilipollas a secas.
¿Qué os ha parecido el ex de Kagome? Sí, al fin apareció, y he tenido que cambiar al personaje para adaptarlo. No he podido no hacerlo, todos los admiradores de Kagome en el anime son buena gente y yo necesitaba a un estúpido así que he tenido que construirlo yo misma^^
¡Un abrazo!
Dub
