CAPÍTULO XXVIII- OSCURO PASADO

En cuanto entraron en la vivienda, Kagome se descalzó con gesto cansado y después de guardar sus botas en el mueble zapatero, se fue arrastrando los pies hacia el salón. Inuyasha la había observado durante todo ese ritual sin decir palabra mientras hacía lo mismo, pero luego dudó en si seguirla o no. Decidió invertir unos minutos en ir a guardar los caros zapatos de tacón alto que contenía la bolsa de cartón que llevaba en la mano, cuidadosamente custodiados en su caja. Subió al piso de arriba y una vez dentro de la habitación, escogió una estantería del vestidor para colocarlos. Aprovechando que estaba ahí y sabiendo que ya no iban a volver a salir, se quitó los vaqueros y los cambió por un cómodo chándal.

Cuando volvió a bajar al piso de abajo en busca de su novia, la encontró sentada en la alfombra que había frente a la chimenea, con la espalda apoyada en el sofá. Se acercó poco a poco, escrutando su expresión con disimulo. Kagome seguía teniendo la mirada ausente, como si no pudiera dejar de pensar con persistencia en algo que no lograba sacar de su cabeza. El actor empezó a coger troncos de una balda que había junto a la chimenea y se dispuso a encender un fuego. Ya habían entrado en la primavera y ya no se podía decir que esa acción fuese necesaria, pero de algún modo innato buscaba aportar un poco de calidez a esa situación un tanto fría. La manera en que ella se había encerrado en sí misma le estaba preocupando, y se estaba conteniendo a duras penas de suplicarle que no le dejara fuera, que no le alejara.

Hasta que su corazón dijo basta.

Inuyasha se acercó lentamente y se sentó a su lado con cierta cautela, como si temiese ser rechazado. Kagome no movió ni un músculo cuando él apoyó un brazo en el sofá, por detrás de sus hombros.

-Pequeña…¿estás bien? – le preguntó con la voz más suave que fue capaz de adoptar.

Ella asintió con la cabeza pero no dijo nada. Dirigió sus ojos hacia él y sus comisuras se curvaron con poca energía en un intento de tranquilizarle, antes de permitirse recargarse contra él. Inuyasha suspiró cuando ese acurrucamiento le recordó a una gatita buscando protección, y aquello incentivó sus consideraciones sobre cómo abordar ese tema que le había estado rondando en la mente desde que se habían ido del piso de su suegra. No sabía si era adecuado sacar a relucir ese asunto cuando ella no había tenido la iniciativa de hacerlo, pero sólo había una forma de averiguarlo.

-Kagome… Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? – sintió el roce del cuero cabelludo de la muchacha contra su pecho cuando ella asintió con la cabeza - ¿Tiene algo que ver ese "problemita" que ha mencionado tu ex con que ahora estés así?

La expresión melancólica de la muchacha se desvaneció progresivamente, hasta quedarse estoicamente seria. Kagome carraspeó y su vista bajó a la alfombra, incorporándose para dejar de apoyarse en él.

-¿Ángel? –insistió Inuyasha en un murmullo, después del tiempo en que estuvo aguardando su reacción con paciencia.

Ella siguió sin contestar, sólo reflexionaba en silencio con las rodillas abrazadas contra el pecho. Inuyasha podía ver claramente el conflicto en sus ojos, y por su parte no se movió ni dijo nada más, concediéndole su espacio una vez jugadas sus cartas. Llegó un punto en que se rindió con una suave sonrisa de disculpa y su mano alcanzó los cabellos de la mujer, acariciándoselos con cariño.

-No importa, olvida que te lo he preguntado - musitó, empezando a arrepentirse de haber sacado el tema nada más ver el notable efecto negativo que había causado en ella. Si había algo en el pasado de Kagome que la había dañado, se moría por conocer cada detalle, pero no a costa de usurparle la intimidad.

Se quedaron en silencio, observando las llamas durante varios minutos. Kagome las contemplaba atentamente y él hacía lo mismo, aunque alternando miradas de soslayo hacia su acompañante. Esa parte primitiva de él que siempre había velado por el bienestar de la mujer que tenía al lado estaba más intranquila que nunca, y fue por ese motivo que cuando la oyó hablar inesperadamente, dio un respingo.

-Empecé a salir con Hojo en primero de carrera.

Después de esa imprevisible iniciativa, Inuyasha enmudeció y le dedicó el cien por cien de su atención. Por su parte, Kagome tomó aire antes de seguir. Habían pasado dos años desde los hechos, había sido mucho tiempo de llevar enquistada una carga emocional considerable, y el único motivo por el que al fin sentía que estaba empezando a desprenderse de ella, era precisamente ese maravilloso hombre que estaba junto a ella. Una relación sana había sido lo que al fin había roto con el daño que guardaba dentro de sí misma. Y aquello le otorgaba a él el derecho a saberlo.

-Fue mi primer amor. Antes de él, ni siquiera había besado a nadie. No tenía muy claro lo que era normal y lo que no, en una relación. No conocía los límites de mi fortaleza, ni de mi dignidad - después de esa introducción tan ambigua, hizo una pausa que a Inuyasha se le hizo eterna - Él era muy atento, siempre estaba pendiente de mí y se preocupaba mucho por mi salud. Todo iba bien, hasta que empezaron otro tipo de fijaciones por parte de él. Resultó ser un novio que estaba siempre muy encima de mi físico.

-¿Qué quieres decir? – no pudo evitar preguntar Inuyasha. No quería perderse ningún detalle, y si era necesario, preguntaría sin dudarlo en caso de necesitar aclaraciones.

Kagome liberó un suspiro laxo.

-Estaba muy pendiente de mi aspecto. De mi ropa. De mi pelo, mi maquillaje. Mi figura. En cuanto conocí a su familia, entendí por qué. Son gente adinerada, que se mueve por círculos muy superficiales y les importa mucho el qué dirán. Él había heredado esa conducta a través de su educación, y lo aplicaba a la hora de exhibirme en público. Era como si tuviese en su cabeza la imagen de como tenía que ser una mujer perfecta, y estaba continuamente soltándome críticas para intentar amoldarme a ella. Yo tenía una relación bastante dependiente de él y pronto me encontré intentando satisfacerle por todos los medios. Me dejaba la piel cuidando de mi aspecto, y aun así él siempre encontraba algo que estaba mal en mi cuerpo para decírmelo.

-Tu autoestima se fue a la mierda, y con ella tu capacidad de disfrutar del sexo – completó Inuyasha, profundamente irritado después de haber escuchado toda la mierda que un niñato egoísta como ese le había echado encima a esa increíble mujer a la que adoraba. Se estaba sintiendo especialmente protector ahora, e impotente por no poder cambiar ese pasado tan injusto - Ahora lo entiendo todo.

Kagome asintió con pesar. Sus dedos se enredaban en los pelos de la alfombra, reflejando la inquietud que le despertaba el estar hablando abiertamente de ese tema.

- Llegó un punto en que yo temía el momento de quitarme la ropa y ver cómo su mirada me evaluaba. Él no dejaba de pensar obsesivamente en todo lo que no le gustaba de mi cuerpo cuando estaba conmigo, y yo sabía que estaba siendo juzgada. Con el tiempo, ese malestar me llevó a evitar el sexo, y a él a acusarme de ser una frígida.

-¿Frígida tú? Cabrón ignorante – exclamó casi, poniéndose una mano en la frente como si así pudiese contener toda la rabia que ese relato le estaba despertando – Es normal que no te apeteciera, y ya no hablemos de por qué no terminabas. No hace falta ser un genio para saber que con ese nivel de presión es imposible llegar a nada. Lo que más me jode es que terminaste asumiendo que era tu cuerpo el que estaba mal.

-Bueno, eso ya no importa porque ahora ya sé que no era así – le sonrió con ternura y le acarició la mandíbula – Es una de las tantas cosas que han sanado gracias a ti.

Inuyasha besó los dedos que le mimaban y luego los retuvo entre los suyos, animándola con la mirada a seguir con su relato.

-En todo caso, lo del sexo fue sólo un daño colateral – afirmó Kagome antes de coger aire, y en ese instante Inuyasha comprendió que ella todavía no le había soltado la artillería pesada – Empecé a maquillarme mucho para arreglar mi rostro, a peinarme a todas horas para tener siempre perfecto mi cabello, dedicaba mucho tiempo a decidir qué ropa ponerme…Y en cuanto a mi silueta…

Se interrumpió para tragar saliva con dificultad. Inuyasha parpadeó pasmado y sus labios se entreabrieron, cuando comprendió lo que ella estaba intentando decir antes de que se le cortara la voz. Ajena a su silenciosa pero acertada conclusión, Kagome cerró los ojos con dolor, cuando sintió que le ardían y que también le escocía la garganta. Desde que había dado ese episodio de su vida prácticamente por zanjado, no había vuelto a hablar de aquello con nadie. En su casa ese tema se había convertido en un tabú. Y la culpa y la vergüenza volvieron a ella como antaño.

-Acabé desarrollando…un trastorno alimenticio.

Lo oyó exhalar el aire con pesadez, pero no tuvo valor para mirarle. De haberlo hecho, habría visto a los ojos dorados brillar con un destello de conmoción y al rostro del hombre quedarse lívido.

-No… Joder, Kagome. No sé qué decir. Mierda – masculló Inuyasha, apenas asimilando lo que acababa de oír y rodeándola con los brazos en un impulso – Lo siento muchísimo. Lamento en el alma que tuvieses que pasar por algo así…

Ella deshizo su rígida postura y se dejó acunar contra el cuerpo de Inuyasha, arrimándose más a él y agradecida por ese notable afecto que no tenía nada que ver con el rechazo que había temido en un inicio. Él inspiró profundamente contra su cabello, intentando serenarse. De repente todo cuadraba. Los comentarios gratuitos sobre las calorías de algunos alimentos que a veces le habían dejado descolocado, así como la tendencia de la chica a comer poco y lo normalizado que tenía el saltarse comidas. Eran los hábitos residuales de una…

No se atrevía ni a pensar en la palabra.

-¿Llegaste a estar muy grave? – preguntó en un murmullo ronco, casi con miedo de oír la respuesta.

Ella realizó una respiración errática, cosa que expresó su nerviosismo.

-Depende de lo que entiendas por grave. Se dio cuenta la madre de Ayame, que es psiquiatra. Se fijó en mi conducta cuando estábamos en la mesa, las veces en que fui de invitada. Se lo dijo a mi madre enseguida y se ofreció a tratarme. Fue una detección bastante precoz, pero yo fui una paciente bastante…resistente. Hasta que ella no decidió medicarme no respondí del todo al tratamiento, y para entonces ya había perdido casi diez kilos. Aunque ahora que lo pienso, si quieres que te sea sincera…Cuando realmente empecé a remontar fue cuando Hojo me dejó.

-¿¡Encima te dejó él?! – bramó Inuyasha, separándose de golpe para mirarla indignado. En contraste con esa reacción, Kagome sólo asintió con serenidad.

-Sí, pero ahora lo agradezco. Cuando el detonante salió de mi vida, las aguas empezaron a volver a su cauce. Fue lo mejor que pudo pasar. Estaban a punto de ingresarme y al final no hizo falta porque de repente empecé a progresar muy favorablemente. Ya hace más de un año que me dieron el alta y he estado bien todo este tiempo.

-¿Lo estás? Amor…Sigo creyendo que comes muy poco.

Kagome soltó una carcajada triste.

-Si hubieses visto lo que comía entonces…Estoy bien, créeme. Ya has visto con qué desparpajo me zampo las pizzas y esa chocolatina del demonio, y te aseguro que lo hago sin remordimientos – se apartó ligeramente para poder mirarle a los ojos. Los suyos reflejaban una profunda congoja - No me gusta tu cara…No sé si he hecho bien en contártelo.

-No digas estupideces, Kagome. Lo que no entiendo es cómo no me lo has contado antes – la sermoneó pero con tono más abatido que enfadado, al mismo tiempo que pasaba ambas manos por el cuello de la chica, rozándolo y sujetándole la cabeza suavemente.

-¿Habría cambiado algo? – preguntó con un hilo de voz.

-Por supuesto que no, tontita – le aclaró, rozándole la frente con los labios. Cerró los ojos en esa postura, dolido por todo lo que acababa de escuchar - ¿Te preocupaba eso?

-Bueno…la última vez rompieron conmigo por eso. Así que sí, un poco.

Inuyasha frunció el ceño y la obligó a mirarle de nuevo, clavándole sus ojos dorados tan intensamente que Kagome se puso nerviosa. ¿Cuándo dejaría de pasarle eso?

-La última vez ni te quisieron ni te valoraron como te merecías. Tu pasado forma parte de ti, de la persona que eres ahora. No tienes nada de lo que avergonzarte, sino al contrario: lo superaste, porque eres una guerrera. Y eso hace que me sienta todavía más orgulloso de estar contigo.

Secó con una caricia del pulgar las lágrimas que se estaban asomando a los ojos cada vez más cristalinos de Kagome, y apoyó la frente contra la suya. Ambos cerraron los ojos, sintiéndose el uno al otro.

-Ya te lo dije una vez y te lo vuelvo a repetir: eres preciosa. Tu cuerpo es bello para cualquiera que tenga ojos en la cara. Y aunque no lo fuera, no deberías esconderlo jamás. Si pudieses verte como yo te veo, sabrías que para mí es perfecto.

Los labios de Kagome se entreabrieron, en parte porque le estaba faltando el aire debido a la necesidad creciente de soltar un sollozo, pero también para poder pronunciar con voz quebrada:

-No…Tú sí eres perfecto.

Se lo dijo con una mano ya en su nuca, impulsándole tentativamente hacia adelante cuando le besó en los labios sin poder contenerse ni un segundo más. Los pómulos de Inuyasha se mojaron con las lágrimas de Kagome cuando se fundieron en ese beso tan sentido, en medio de un abrazo estrecho. Se abandonaron tanto al momento y a amarse, que fue imposible que no surgiera en ellos ese fuego innato que les hacía exigir más del otro.

Kagome suspiró contra su boca cuando tomaron aire, para después susurrar en un impulso cien por cien sentido:

-Te amo tanto…

Inuyasha gimió emocionado pero ella de inmediato volvió a besarle, pues no sentía ninguna urgencia por recibir una respuesta verbal. Ya no era necesaria, dadas las circunstancias.

Terminó entregándose a él una vez más, en esa habitación, la que había sido testigo de la primera vez que lo hizo. La calidez del fuego encendido les protegió del frío de la noche primaveral a medida que la ropa era apartada, permitiendo el roce de sus pieles, sus manos y sus labios. Después de haber abierto su corazón, de haberle expuesto su pasado más turbio y de haber sido escuchada y comprendida, Kagome se sintió especialmente receptiva a las íntimas atenciones que estaba recibiendo. Inuyasha volvió a tomar la iniciativa, y lo hizo siendo más delicado y tierno que nunca. Estaba afectado por lo que Kagome le había confiado, y a la vez dolido por toda esa injusta falta de amor propio que la atormentaba. Si sólo se quisiera a ella misma la mitad de lo que él la quería…

Se dejó la piel demostrándoselo. La amó con abandono, la besó y acarició sin prisa pero sin pausa, sintiéndose cada vez más excitado por sus reacciones, y cuando ya no pudo aguantar más la lujuria que se acumulaba en él, la desfogó demostrándole lo mucho que le gustaba darle placer. Kagome agarró los pelos de la alfombra con fuerza entre sus dedos, y casi sollozó al recibir la humedad de la caricia más íntima entre sus piernas. Levantó las caderas buscando su lengua, temblando cada vez más, hasta que la tortuosa tensión se liberó deliciosamente.

Inuyasha sonrió al oír su nombre pronunciado de esa forma tan agónica, entremezclado con los quejidos del orgasmo femenino. Se limpió la boca besando sus muslos y luego se incorporó hasta tenerla envuelta en un estrecho abrazo, sintiendo el contacto febril de su piel y el acelerado latido de su corazón contra su propio pecho.

-Me vuelves loco… - le susurró al oído cuando empezó a adentrarse en ella. Kagome gimoteó y arqueó su espalda – Eres tan exquisita, pequeña…Tan deseable…

Se movió con lentitud en su interior, arrastrando los labios sobre su oreja para que ella pudiese oír perfectamente los gemidos roncos que escapaban de su garganta: no quería que le quedara ninguna duda del efecto que causaba en él.

-Kagome… - murmuraba extasiado una y otra vez, besando su cuello mientras el sudor le humedecía el pelo de la frente – Me encanta estar dentro de ti…

La oyó jadear ante su confesión. Las manos de la chica le aferraron de las caderas y sus piernas las rodearon, incentivando sus palabras.

-Adoro tenerte dentro de mí…

Inuyasha serró los dientes ante esa respuesta tan harmónica y apretó los párpados con fuerza. Los entreabrió para encontrarse con la mirada directa de la mujer que amaba y su cuerpo reaccionó al contacto visual de forma brutal, preparándose para un clímax que rallaría en lo prematuro.

-Me voy a ir - le puso una mano en la quijada cuando pegó la frente a la suya, buscando el roce de sus labios, la mezcla de sus respiraciones. Cuando leyó la sorpresa en los orbes castaños, añadió – Eso es lo que me provocas…Lo que eres capaz de hacerle a un hombre…

Unas pocas acometidas más, combinadas con la emocionalidad de los besos superficiales bastaron para precipitarle al abismo y su rostro expresó la oleada de placer que le arrolló con todo lujo de detalle, así como su profundo estertor. Kagome sonrió cuando sintió la líquida calidez inundarla desde dentro, y una lágrima de emoción se deslizó por su mejilla. Aquello que podía parecer tan carnal y primario tenía tanto significado, tanto…

Y la noche siguió su curso.

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Sango y Miroku habían dicho a última hora que no podían ir a la cena del sábado, pero en cuanto les fue comentado que Sesshomaru asistiría, se apresuraron en hacerse los enfermos para desentenderse de su otro compromiso. La reconciliación inesperada de esos dos hermanos a los que habían visto en guerra desde el día cero, y la curiosidad por verles interactuar al fin como personas normales, les atrajeron como la miel a las moscas. A sus ojos, esa cena podía ser un éxito o un auténtico desastre, y no eran tan idiotas como para perdérsela.

Inuyasha y Kagome fueron los primeros en llegar. Habían elegido un restaurante italiano que solían frecuentar algunas celebridades, por lo cual tenían una política estricta acerca de la privacidad de sus clientes y aquello les daría tranquilidad, respecto a Inuyasha y Sesshomaru, pero últimamente sobretodo por Kagome. Ella era quien estaba en el punto de mira ahora mismo, y se merecía un descanso de esa atención tan agotadora.

-Taisho – respondió Inuyasha cuando el jefe de comedor les preguntó si tenían reserva. El hombre les sonrió con calma, como si viese a un famoso distinto cada día y le trajera completamente sin cuidado quién era o dejaba de ser. Ese detalle les gustó a ambos, era buena señal.

-Perfecto – dijo con simpleza formal, tachando algo en su libro de registro – Por favor, síganme.

-Adelántate, voy un momento al baño – murmuró Kagome a su pareja, poniéndose en puntillas para ganar un poco de discreción.

-Claro.

Inuyasha siguió al maître por ese restaurante iluminado de esa forma tan elegante. No había luces generales, sino una lámpara de techo encima de cada mesa que emitía una luz cálida y tenue, suficiente pero no deslumbrante. Las mesas de madera tenían un acabado rústico y cada comensal tenía su propio mantel individual.

Cuando llegaron a la mesa que habían escogido para ellos, dedicó un par de minutos en escoger estratégicamente el sitio que quería ocupar. Se comió la cabeza con mil combinaciones que podían ocurrir respecto al resto de sus acompañantes. Estar en medio de Koga y Sesshomaru podía ser tenso, pero estar en una punta flanqueado por el primero y obligado a charlar sólo con él sonaba horrible.

-¿Qué desearán beber, caballero? – le preguntó una camarera jovencita y jovial, interrumpiendo sus cavilaciones.

Inuyasha se sintió ridículo por haber sido pillado mirando fijamente la mesa como si estuviese recubierta de larvas. Pidió empezar con una botella de vino tinto y otra de blanco para que todo el mundo escogiera la de su preferencia, y fue a ocupar el asiento que tenía más cerca justo cuando Kagome volvía y se sentaba a su lado, dándole un fugaz beso en los labios.

-Qué bonita mesa, aquí al lado de los ventanales. Sabía que teníamos que reservar con tu apellido – le guiñó un ojo, divertida.

-¡Keh! Para que luego digas que no has pegado un braguetazo…¡Ay! – protestó dramáticamente cuando ella le azotó el brazo con su servilleta.

-¿Cuándo vas a dejar de decir eso? Es ofensivo – se quejó, enfurruñada. Le hizo una cobra cuando él hizo ademán de besarla, sonriendo como un malote – No, ahora no me hagas la pelota.

-Venga, es broma y lo sabes, tontita– echó una ojeada hacia abajo, para luego volver a mirarla y alzó una ceja - ¿Te has quitado las medias?

-Pues sí, tenía calor – contestó Kagome, abanicándose con la mano para dar fuerza a sus palabras. Con la otra tiró un poco del vestido rosa que llevaba para cubrirse un poco más las piernas, como si acabara de tomar consciencia de que ahora iba más expuesta – Este abril está siendo imprevisible, creía que haría frío pero qué va…

-Ajá… - le puso una mano en la pierna y se inclinó sobre su oído – Yo sí que tengo calor ahora.

Se separó enseguida para no ser indiscreto dado que la camarera anterior volvía con una botella de vino en cada mano. Kagome se le quedó mirando con una misteriosa sonrisa mientras la empleada abría ambas botellas y tras preguntarles cuál preferían, les sirvió a ambos una copa de tinto. En cuanto volvieron a estar solos, Inuyasha se dispuso a probar la bebida y ella se acercó a la oreja de su novio con movimientos felinos.

-Las medias no son lo único que me he quitado – susurró con fingida inocencia. Inuyasha se atragantó con el vino y empezó a toser, y ella sólo sonrió y le dio unas palmaditas en la espalda como quien no quería la cosa - ¡Mira! Koga y Ayame ya están aquí – anunció con alegría, poniéndose en pie para hacerles señas a los recién llegados.

La pelirroja y la morena se fundieron en un abrazo cariñoso y entusiasta. Inuyasha apenas alcanzaba a serenarse, con los ojos llenos de lágrimas y la garganta ardiéndole, cuando levantó la mirada y ésta se cruzó con otra que lo estaba observando con seriedad, dado que las dos amigas se habían puesto a hablar entre ellas. El actor olvidó inmediatamente lo avergonzado que se sentía por haber armado ese escándalo, pues de repente lo más importante era defender su dignidad delante de Koga. Éste parecía estar esperándole con educación y paciencia, por lo que Inuyasha se puso en pie y se acercó. A su lado, Kagome y Ayame detuvieron su conversación en seco y se les quedaron mirando con cautela, en silencio.

-Buenas noches – empezó Inuyasha, después de decidir ser él quien hiciera el primer saque. Quizá había sonado demasiado formal, pero había querido marcar distancia. No quería sonar demasiado amistoso para después recibir un humillante corte.

-Hola – se hizo una pausa incómoda tan larga que hizo saltar las chispas en los orbes dorados y azules, y las chicas estaban empezando a sufrir cuando el nadador hizo su siguiente intervención – No somos amigos, eres sólo el novio de mi amiga. Y sigues sin gustarme.

-Bien. Tú sólo eres el amigo de mi novia y tampoco me gustas – dijo Inuyasha con voz plana, sin romper el contacto visual. A chulito no le ganaba nadie.

-Le hiciste daño – prosiguió Koga, desafiante.

-Y eso a ti te vino muy bien– rebatió, recuperándose rápidamente del pinchazo en el pecho que le provocó la afirmación de su rival. No podía negarlo, Kagome había sufrido por su culpa, pero ese distanciamiento le había permitido a Koga aprovechar su propia oportunidad con ella, con o sin éxito - Estamos en paz.

Las dos mujeres se quedaron sin respiración cuando Inuyasha le tendió la mano. Koga frunció los labios desarmado, pues había un aspecto al que ellas eran ajenas, y éste era el código de honor masculino que él mismo se había saltado y al que Inuyasha había recurrido subliminalmente. Podían llamarles machistas, primarios, pero era una verdad como un templo que el amor de otro hombre no se tocaba, y Koga se había dado cuenta de todas y cada una de las miradas de advertencia que Inuyasha le había ido lanzando desde que se conocían: el día que grabaron ese anuncio tan lejano, pero sobretodo, cuando se encontraron al pie de las oficinas de Miroku. En su momento no había sentido ningún remordimiento por intentar arrancar a su fichaje de los brazos de esa persona que la estaba hiriendo, pero tenía que reconocer que nunca había visto a Kagome tan feliz, de modo que aceptó que ya era hora de dejar atrás esas diferencias por el bien de la chica.

-Supongo que sí – se resignó al fin, correspondiendo con un apretón de manos fuerte, pero no tanto como para que pudiese interpretarse como un desafío. Combinado con el contacto visual firme, el mensaje transmitido fue el respeto, aunque también el recelo – Pero te estaré vigilando.

-Ponte a la cola detrás de Sango – replicó poniendo los ojos en blanco, herido y soltando su mano.

Estaba hasta las bolas de que todo el mundo le echara en cara las lágrimas de Kagome. Su corazón se retorcía en culpabilidad todas y cada una de esas veces y así no había manera de perdonarse a sí mismo. En ese instante, quien sí le había perdonado acudió a tomar su mano y colgarse de su brazo, regalándole una sonrisa amorosa que le dijo que todo estaría bien. No pudo evitar devolvérsela, Kagome siempre anticipándose y leyéndole el pensamiento…

-No hay colas que valgan – se puso en puntillas para darle un beso en la mejilla que al instante hizo que se sintiera mejor - ¿Nos sentamos, chicos?

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-¿Y tú a qué te dedicas, Rin?

La tímida veinteañera se sobresaltó un poco al oír su nombre. Seis pares de ojos, excluyendo los de su pareja que estaba sentado a su lado y ya conocía la respuesta, se enfocaron en ella para mostrar interés ante la pregunta que Sango le había hecho para intentar integrarla un poco en la conversación. Un gesto amable por parte de la entrenadora, Rin supo valorarlo, pero aun así no pudo evitar maldecirla un poco por haberla convertido en el foco de atención.

-¿Yo? Eh, bueno, soy…investigadora – balbuceó casi, sonriendo con algo de nervios pero también con cordialidad.

-Oh, ¿y qué investigas?

-A las personas.

Todos se miraron confundidos, como si quisieran comprobar si eran los únicos que no lo habían captado. Sesshomaru tragó el sorbo de vino que acababa de dar y acudió en su ayuda.

-Es detective privado – pronunció tranquilamente. Se oyó un "¡Ah!" de entendimiento, generalizado y al unísono que les hizo reír a todos con complicidad. Ante la mirada reprobatoria que le lanzó su novia, levantó las manos en señal de inocencia – Ya sé que no te gusta esa expresión, cariño, pero no te estaban entendiendo.

-No es que no me guste, es que no es discreta – replicó Rin, poniendo los ojos en blanco pero enseguida les sonrió al resto de acompañantes para quitarle hierro al asunto – Si todo el mundo sabe a qué me dedico, me verán venir de una hora lejos.

-Te garantizo que aquí somos todos una tumba – le aseguró Kagome, guiñándole un ojo – Y oye…¿cómo se mete una en este mundo?

La última palabra le salió temblorosa porque acababa de notar una mano grande posándose en su muslo, a una altura que distaba mucho de una caricia despreocupada de pareja.

-Oh, pues empecé Informática en la universidad. La carrera no me gustaba y me aburría, pero me sentí muy atraída por el mundo del hacking y resultó que se me daba bien. Fui perfeccionando otras técnicas complementarias y lo convertí en mi trabajo.

-Dale una cámara y un teclado y tus secretos ya pueden temblar. Se entera de todo – aclaró Sesshomaru acomodando su brazo en el respaldo de la joven, y sonriendo orgulloso.

-Eso no son grandes noticias para ti, amigo – puntualizó Koga.

Kagome se sumó a las risas de sus amigos, pero tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener la sonrisa cuando la mano que tenía en la pierna ascendió todavía más, intentando meterse por debajo de su falda. Se apresuró en poner la suya encima para detenerla y le echó un vistazo de reojo a Inuyasha, que parecía tan relajado, tan inocente, su expresión lucía inalterada. Malditos actores…

Completamente ajena a esos dedos intrusos que estaban intentando alcanzar sus partes más íntimas, la animada conversación grupal seguía, junto a los sonidos de cubiertos cortando pizzas y pinchando pasta.

-Tengo curiosidad, Rin, ¿cuál es el encargo más típico que te suelen hacer? – cuestionó Miroku.

La aludida rodó los ojos y soltó una risita como si le hubiesen hecho una pregunta muy fácil.

-Infidelidades, por supuesto. Los cuernos me dan de comer, literalmente – afirmó, más animada porque el vino que había ido tomando le estaba haciendo efecto y por las risas que despertó su comentario – Alucinaríais con lo que he llegado a ver, la gente se ingenia cada cosa para ser infiel...Por ejemplo…

Kagome se perdió la divertida anécdota de Rin que tan absorbidos tenía al resto de sus amigos cuando la mano que hacía un rato que estaba quieta se movió ágilmente y sin previo aviso, rozando su intimidad con las yemas de los dedos. Instintivamente cerró las piernas pero ya era tarde. Diablos, se había quitado la ropa interior para provocar a Inuyasha, pero sólo porque sabía que después la intimidad sería más fogosa si él se había estado conteniendo. No había contemplado la posibilidad de que su descarado hombre se pasara dicha contención por el forro.

Pero ella también sabía jugar. Si él quería guerra, la tendría.

Inuyasha soltó una carcajada junto a todos los demás después del comentario de Miroku acerca de los paranoicos clientes de Rin, pero su sonrisa se congeló cuando notó una presión en su entrepierna, amasándole su privacidad. Kagome sonreía con disimulo antes de que la mano masculina libre se posara sobre la suya, no para apartarla en su caso sino al contrario. Inuyasha presionó más el contacto femenino contra su virilidad, rompiendo todos sus esquemas.

Kagome tragó con dificultad, sintiendo lo duro que estaba ya. El muy brujo se estaba excitando con ese jueguecito, y a juzgar por cómo se limpió los dedos disimuladamente con la servilleta cuando al fin le quitó la mano de encima, lo que había encontrado ahí abajo indicaba que ella también. Claro que no necesitaba esas señales. La mente era muy poderosa, eso estaba claro, porque ese intercambio de caricias clandestinas había bastado para que ahora le escociera su interior y lo sintiera inflamado, demandante.

-¿Verdad, Kagome?

-¿Eh? – balbuceó, procesando de puro milagro las últimas palabras de Ayame que había cazado al vuelo – Sí, sí, la mitad de asignaturas después no nos sirven de nada.

-Exacto, y aun así tienes que pagarlas – farfullaba la pelirroja, indignada.

Cuando otra vez dejó de tener la atención del resto de comensales, Kagome hizo como si apoyara su costado en el brazo de su novio y la cabeza en su hombro. La levantó en un momento dado para susurrarle al oído:

-Vamos al baño.

Debido a su cercanía, pudo detectar perfectamente el estremecimiento que recorrió el cuerpo de Inuyasha al oírla. Sonrió sintiéndose muy poderosa, pero él la descolocó de nuevo:

-¿Para qué? Ya has ido – murmuró ronco, asegurándose de que sólo le oía ella.

Oh, genial. La había calentado de mala manera y ahora se estaba haciendo el estúpido.

-Tengo que ir…otra vez.

-Pues adelante, no me necesitas para eso – pero dio un respingo cuando la mano de Kagome volvió a presionar tentadoramente su erección.

-Por lo que me cuentan ahí abajo, estaremos de vuelta antes de los postres – sonrió cuando le sintió endurecerse más bajo su palma y vio la manzana de Adán agitándose en la garganta. Estaba empezando a ver ese brillo animal en los ojos dorados que sólo significaba una cosa: la fuerza de voluntad de Inuyasha estaba colgando de un hilo.

-¡Vamos a pedir los postres!

Ambos dieron un bote, mirando alarmados a su alrededor cuando oyeron a Miroku proponer con alegría el que pidieran el último plato. Nadie les estaba mirando con horror ni con diversión, y en cuanto vieron que la iniciativa del mánager sólo se había tratado de una casualidad, ambos suspiraron aliviados e intercambiaron una mirada cómplice. No, no les habían pillado, pero ese susto hizo que se estuvieran quietecitos el resto de la cena, como si hubiesen decidido que ya se la habían jugado lo suficiente.

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Cuando el motor del Porsche fue apagado, Kagome miró al hombre que tenía al lado, a esas alturas con algo de inquietud. Inuyasha había estado muy callado durante todo el trayecto, después de lo ocioso que se había mostrado durante la cena. Parecía hasta tenso, tanto que poco a poco la diversión de la chica había ido minando para dar paso a la inseguridad. ¿Acaso estaba enfadado? Era la conclusión que estaba temiendo, porque a esas alturas se daba cuenta de lo descarada que había sido y de cómo le había presionado. ¿Le había hecho sentir incómodo delante de sus amigos? ¿Se había pasado de la ralla?

-Estoy contenta, la cena ha sido todo un éxito. ¿No crees? – le comentó con alegría, intentando contagiársela.

-Ajá – gruñó apenas, quitando las llaves del contacto y saliendo del coche.

Mierda. Kagome suspiró fastidiada, y ella también salió fuera.

-¿Por qué no has dejado el coche en el garaje?

Inuyasha al fin la miró, atravesándola con sus ojos dorados, y rodeó el coche para acercarse a la acera y a la casa. Estaba muy, muy serio.

-Porque no es ahí a donde vamos.

-¿Cómo…?

Se interrumpió soltando un chillido cuando fue placada y alzada, pasando de repente a estar cargada encima de uno de los hombros de Inuyasha como si fuese un saco de patatas. Su cara se hundió en la melena masculina cuando se estampó contra esa espalda tan fuerte, y varios cabellos del actor se le metieron en la boca cuando empezó a reír. Cómo la había engañado…

-¡Oye, bájame! – se quejó teatralmente, pero él no sólo hizo caso omiso, sino que le dio un azote en el trasero antes de empezar a andar hacia el jardín, arrancándole más carcajadas - ¡Estate quieto! ¿Qué pretendes?

-Cobrar, claro. Por tu culpa he estado toda la cena con un calentón infernal. No se juega con un hombre de esa forma.

-Oye, ¡el que no ha querido ir al baño has sido tú! ¡Eres malo!

-No, tú sí que has sido mala, pero ya verás…¿Móvil, electrónica…?

-¿Eh? – pronunció confundida, pero enseguida relacionó la pregunta con que estaban entrando en el jardín y se puso a darle golpes en la espalda, sacudiéndose desesperada en cuanto comprendió las intenciones de Inuyasha- ¡No! ¡Por favor, que el vestido es nuevo!

Aun así, no pudo dejar de reír en medio de sus súplicas hasta que llegaron a su destino. Él le quitó los zapatos justo antes de dejarla de pie en medio del jacuzzi. La falda se empapó y la humedad pegó la tela al cuerpo de la muchacha, que chilló por lo fría que estaba el agua.

-Tranquila, enseguida entrarás en calor – le comunicó él con una sonrisa lasciva mientras encendía la máquina. La luz del jacuzzi se prendió y las burbujas empezaron. Kagome se estremeció, pues algo en esa sonrisa le decía que él no se refería precisamente a la temperatura del agua.

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Había gritado tanto que ahora le dolía la garganta, sobretodo durante ese orgasmo tan arrollador que la dejó con las piernas temblando. Éstas le cedieron nada más él salió de su cuerpo y se hundió en el jacuzzi hasta los hombros, quedándose apoyada en el borde. Sonrió con incredulidad y poco a poco se puso a reír sola, mientras sentía los abundantes fluidos que él había descargado dentro de su cuerpo ahora difundir de nuevo hacia fuera, hacia el agua en la que estaba sumergida.

-¿Estás bien? – le preguntó Inuyasha, que también se había dejado caer en el asiento con la respiración agitada.

Había sido la primera vez que se había permitido ser brusco y salvaje con ella. Tanto que necesitaba unos instantes para recuperarse. Sólo un minuto, y luego acudiría a cobijarla entre sus brazos, como siempre. Pero ahora estaba rendido y apenas alcanzaba a reaccionar. Sentía el cuerpo increíblemente ligero y lleno de paz.

Kagome se dio la vuelta y le dedicó una amplia sonrisa que le dejó claro que nada urgía. Nadie necesitaba ningún consuelo.

-¿En serio me preguntas eso? – soltó una carcajada - ¿Por qué hemos tardado tanto en hacerlo así?

-¡Keh! Porque no quería asustarte – respondió con brutal sinceridad, los ojos cerrados hacia el cielo y una sonrisa arrogante.

Kagome rió y negó con la cabeza.

-Tonto…¿cuándo podremos repetirlo?

-Mmm…Dame quince minutos.

Sonriendo por lo que suponía era una broma, fue ella quien se acercó a él. Le besó dulcemente en los labios, mientras su cintura era rodeada con suavidad y atraída hacia el otro cuerpo. Y ahí estaban otra vez: la ternura, el amor, intactos. Kagome se puso a horcajadas para tener un mejor acceso a su boca y empezaron unos largos minutos de mimos, besos y susurros íntimos. Estaban en una nube. Lo que acababan de hacer no tenía nada de romántico, y aun así…ese momento era hermoso.

Ese momento era perfecto.

Hasta que ella se apartó bruscamente para estornudar varias veces seguidas, saliendo del alcance de los cariñosos besos que estaba recibiendo su cuello. Inuyasha sonrió y le acarició el flequillo.

-Habría que hacer un pensamiento, ¿no crees?

Le costó un poco convencerla de que era muy tarde, pasada la medianoche, y de que se resfriarían si seguían ahí fuera con la ropa mojada. Después de haberse resistido pegándose a él como una lapa, Kagome resopló y se rindió, a sabiendas de que su novio tenía razón y sólo quería cuidarla. Fue la primera en alcanzar el césped y recoger de ahí su bolso, que se había quedado tirado justo antes de la inmersión. Incapaz de borrar esa sonrisita tonta de enamorada a más no poder, fue a comprobar su móvil como siempre hacía cuando llevaba un rato sin controlarlo, frunciendo el ceño cuando vio que tenía una llamada perdida de un número que no conocía.

-¿Qué ocurre? – le preguntó Inuyasha, asomándose por encima de su hombro y dejando un beso en la sien. Sus brazos le rodearon las caderas. Estaba en modo osito, esa faceta melosa que siempre se le manifestaba después de acostarse con ella y Kagome sonrió al notarlo.

-Me ha llamado alguien pero no sé quién.

-Qué más da, a estas horas… - suspiró, soltándola y yendo hacia el coche a buscar las llaves de casa.

Precisamente porque eran esas horas podía tratarse de algo importante, de modo que Kagome decidió devolver la llamada. A los tres toques, le respondió una voz masculina familiar que le erizó todos los vellos del cuerpo.

-Vaya, gracias por devolverme la llamada. ¿Ya has terminado de chillar como una cerda?

La sangre de Kagome se le congeló en las venas, y el calorcito reconfortante en el pecho desapareció en cuestión de segundos, como también su sonrisa dichosa. Tragó duro y parpadeó varias veces, desconcertada.

-¿Cómo dices? – titubeó. Sabía perfectamente de quién se trataba sin tener que preguntar, lo que no sabía era qué pretendía ni a qué venía ese comentario tan gratuito.

-Me alegro de que por fin alguien haya conseguido que te corras, cariño. Esos ricachones saben lo que hacen, de tanto ir de putas.

-La verdad es que ese ricachón en concreto sí que podría enseñarte un par de cosas – espetó, malhumorada por esas faltas de respeto tanto hacia ella como hacia su pareja. Era más fácil plantarle cara a su ex a través del teléfono - ¿Qué diablos quieres, Akitoki?

-Tranquila, mujer. Sólo he ido a comprobar que realmente vivís ahí.

-¿Estabas ahí mirando? – cuestionó incrédula y horrorizada, sintiendo un escalofrío recorrerle la espina dorsal.

-No, cojones. ¿Por qué clase de enfermo me tomas? – soltó una risita petulante - De todos modos, tampoco te hagas la escandalizada, te habrá oído medio barrio…

-¿Para qué puñeta quieres saber dónde vivo? – exigió saber, interrumpiendo otra de sus intervenciones de mal gusto.

-Porque tengo que hablar contigo y con tu señor Darcy, así que mañana volveré a acercarme, a eso de las ocho. Y por tu propio bien…te aconsejo que me abras la puerta.

Continuará…

Llevamos ya unos cuantos capítulos de color rosa en los que no estaba pasando prácticamente nada, y espero que no estéis perdiendo el interés. Creí que era conveniente compensar al lector por la larga espera después de todo el drama romántico que duró 20 capítulos. De todos modos, esto se acaba ya…Vamos a meterle un poco de caña a partir del siguiente ;) Prometo no pasarme.

El secreto de Kagome me lo inspiró la canción "Espejismos", de Porta. No suelo escuchar rap, pero esa canción dedicada a la anorexia ha sacudido algo dentro de mí desde que era adolescente. Si quieres darle una oportunidad, te sugiero que escuches cada palabra. Esa letra es arte.

Nos leemos!^^

Bss,

Dubbhe