CAPÍTULO XXIX - CHANTAJE

-¿Seguro que te dijo a las ocho?

Kagome asintió en silencio mientras daba vueltas en el vestíbulo como una leona enjaulada. Llevaban allí de pie media hora, esperando a su invitado forzado, y durante todo ese rato la muchacha había mantenido una expresión ausente. Inuyasha era consciente de lo nerviosa que estaba, y tenía claro que Kagome asociaba ese niñato a todo el padecimiento psiquiátrico que había pasado. Era como si fuera la personificación de todos sus traumas y tenerle delante le sacara todo lo peor de esa etapa. Qué pena que su chica hubiese desperdiciado la belleza de las primeras experiencias con un miserable como ese… El porqué de sus conductas inseguras estaba más claro que nunca, y quería creer que su relación estaba sirviendo de rehabilitación, tanto en el sexo como en el amor. De verdad quería creerlo, porque si no era así, no sabía cómo diantres iba a ayudarla aun a pesar de desearlo con todas sus fuerzas.

-Sí, pero conociéndole…Me está torturando, lo sé. Siempre ha sido muy retorcido – contestó Kagome, haciendo una mueca - ¿Cómo sabía dónde vivimos? Me pone la piel de gallina.

Inuyasha se encogió de hombros y luego se cruzó de brazos, cambiando el peso de una pierna a otra.

- Esa información es prácticamente de dominio público, cariño. La prensa nos tiene fichados, basta con que te hayan seguido alguna vez para saber que vives aquí conmigo.

Kagome se detuvo en seco y se le quedó mirando incrédula, como si hubiese dicho una barbaridad.

-Y sabiendo eso, ¿te atreves a tener sexo al aire libre? – preguntó impresionada, y con un sonrojo que en pocos segundos le había llegado a las orejas.

Inuyasha no pudo contener una de sus tan características carcajadas arrogantes, aun a pesar de las circunstancias. Una vez liberada, esperó que sirviera al menos para disipar la tensión del momento.

-¡Keh! Faltaría que no pudiera hacer lo que quisiera en mi propia parcela. Me niego a vivir siendo esclavo de una panda de…

En ese momento sonó el timbre, interrumpiéndole. La pareja intercambió una mirada, como harían dos personas que estaban en el mismo bando antes de afrontar un encuentro crítico. Kagome tomó una amplia bocanada de aire antes de dirigirse a la puerta y poner una mano en el pomo.

-Kagome – ella se dio la vuelta - Todo irá bien. Yo estaré a tu lado, ¿vale?

Le dirigió una mirada significativa y ella logró devolverle una tierna sonrisa de agradecimiento. Sólo asintió, pero fue suficiente. Él estaba decidido a defenderla a toda costa y ella confiaba al cien por cien en su determinación, no había nada más que decir. Sin embargo, cuando la puerta se abrió, todo el cuerpo de Inuyasha se puso rígido. De repente afloraba de su interior un instinto innato de protección que estaba dispuesto a todo. Ese hombre no era ningún asesino en serie, sólo era un gilipollas. Pero si ese gilipollas podía hacerle daño a Kagome, iba a ser su misión impedirlo. Dicha convicción fue visceral, casi primitiva.

-Buenas tardes, parejita – saludó Hojo, entrando desde la calle con su ya conocida sonrisita de plástico en la cara. Cuando la puerta fue cerrada tras él, dio unos pasos hacia dentro del vestíbulo como si estuviese en su propia casa, haciendo una demostración de poder más que evidente y miró a su alrededor, soltando un silbido de admiración mientras los anfitriones le observaban con recelo y en silencio – Caray, menudo nidito os habéis montado…Perdonad el retraso, he tenido algún percal antes de salir.

-No te preocupes – dijo Kagome con voz plana, intentando sonar segura - ¿Qué querías?

El actor la miró de reojo y pudo ver cómo de nuevo había aflorado esa faceta cohibida y hasta miedosa que días antes ya le había sorprendido. El efecto tóxico que tenía Hojo en Kagome era alucinante. Al oír esa pregunta tan directa y tan poco hospitalaria, el muchacho volteó a ver a su exnovia, que le estaba mirando con notable hostilidad. Ese detalle no le achantó, sino más bien al contrario: el aparente desafío amplió su sonrisa de suficiencia.

-¿Ya quieres ir al grano, gordi? ¿No vas a invitarme a pasar? ¿Una copita tontorrona? – propuso con un tonito burlón que hizo que los puños de Inuyasha se apretaran – Ya sabes, por los viejos tiempos – propuso, guiñándole un ojo.

-Perdona, ¿podrías dejar de hablarle como si fuera tonta? – masculló Inuyasha, irritado. Recibió al instante una mirada de advertencia de Kagome que le pedía que se tranquilizara, pero no había podido evitar la intervención. Ese muñeco repollo acababa de entrar y ya le estaba poniendo de los nervios con esa forma altanera de tratar a la joven, por no hablar del maldito apodo con el que se había dirigido a ella. De todos los que existían en el mundo, ¿tenía que escoger precisamente el que metía el dedo en la llaga dados los antecedentes de Kagome? O era un ignorante insensible, o un cabrón, o las dos cosas.

-Vamos, macho, no te mosquees. Kagome sabe que yo soy así de bromista – se apresuró en aclarar, de forma casi conciliadora – Pues nada, sin copa, entonces. Entiendo que tendréis otras cosas que hacer. Gorda, he venido porque necesito una pequeña ayudita.

Kagome parpadeó y arrugó la frente. Dada su expresión, el gesto se debía más bien a la curiosidad y a la cautela que al malestar, cosa que confirmó las sospechas de Inuyasha sobre que esa mención de apodo tan poco acertada no era una novedad.

-¿Con qué? – preguntó ella con sequedad.

Hojo hizo un gesto despreocupado con la mano, como quitándole importancia a lo que iba a decir.

-Bueno, les debo una serie de cositas a una gente un poco chunga.

-¿Sigues con tus apuestas y jueguecitos de la universidad? – cuestionó Kagome, rodando los ojos – Te aseguro que en esta casa nadie tiene nada que ver con esos círculos, aquí no hay ninguna influencia que te pueda…

- Ya no estoy en la universidad, y ya no juego con la misma gente – interrumpió como si ella no hubiese estado hablando en ningún momento - He pasado a otro nivel, y qué maravilla de mundos… Fiestas, alcohol, apuestas más desafiantes…Y mujeres, mil mujeres preciosas. Pudiendo estar con la que quisiera, sólo un perdedor se conformaría con una sola – miró a Inuyasha y le sonrió como excusándose – No te ofendas.

-Para nada – respondió éste tranquilamente con las manos en los bolsillos. La verdad era que lo que estaba oyendo le daba más pena que otra cosa.

Hojo soltó un suspiro.

-La cuestión es que una de esas noches se me fue de las manos y terminé apostando una serie de propiedades que en realidad no son mías.

-Hay que ser imbécil… – murmuró Inuyasha sacudiendo la cabeza, que ante la mirada fulminante del otro hombre, le devolvió el mismo tipo de sonrisita falsa – No te ofendas.

-No me ofendo – replicó, manteniendo la compostura – Más que nada, porque tú vas a ser quien me va a sacar de ese marrón.

Se hizo un silencio cargante entre los tres. Kagome se quedó mirando alternativamente a ambos, sin saber cómo reaccionar ni interpretar lo último que Hojo había dicho. Inuyasha pestañeó varias veces, tan descolocado como ella, y se señaló a sí mismo con un dedo.

-¿Yo? ¿A mí que me cuentas acerca de tus problemas de mierda? Como te estaba diciendo Kagome antes de que la pisotearas, yo no tengo influencias en…

-Lo que necesito es dinero.

De nuevo se quedaron callados. Inuyasha le observó pasmado como si hubiese perdido la chaveta, y Kagome estaba completamente en blanco.

-Estás mal de la cabeza si crees que pagaré tus deudas por tu cara bonita – farfulló el hombre, soltando una carcajada incrédula.

Hojo se encogió de hombros.

-Por mi cara bonita no, pero…Quizás por la de tu princesita sí – especuló, señalando a Kagome con un movimiento de cabeza - ¿Ya te ha contado lo de sus antecedentes turbios? Ya sabes, sus movidas con la comida – Inuyasha no contestó con palabras, pero el modo en que le atravesó con una mirada encendida fue respuesta suficiente – Por tu cara, parece que sí. Madre mía, tendrías que ver esas fotos, la última vez que la vi era un saco pálido de huesos y ojeras…

-Cierra la puta boca – exclamó casi, dando dos pasos intimidadores hacia adelante. Echó una ojeada a su novia y su corazón se encogió. Kagome se había quedado lívida, tenía los labios entreabiertos y parecía ser incapaz de reaccionar.

-Si tanto le costó contártelo a ti, imagínate…Lo que supondría para ella que eso se filtrara en alguna que otra revistilla. La de cualquiera de mis colegas.

Una vez completada su amenaza, Kagome sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El terror le inundó de una forma tan abrupta que se quedó sin respiración.

-No…No lo harías… - tartamudeó, superada por sus emociones.

Hojo la miró con sorna.

-¿Vas a correr el riesgo?

Inuyasha también estaba procesando el sucio chantaje que les estaban haciendo. Kagome estaba lidiando bien con la prensa, a esas alturas. No había hecho ni dicho nada para darle motivos a ningún periodista poco ético para ir a por ella, había sido educada y discreta, pero eso no quitaba que ahora mismo fuera uno de los personajes públicos de los que más se hablaba y que a la mínima que le encontraran un punto débil, lo explotarían a cambio de un titular sensacionalista sin que les temblara el pulso. Dar a conocer el trastorno alimenticio de Kagome sería como hacerle un corte sangrante en una mano y lanzarla a una piscina de tiburones.

Sintiéndose agobiado y acorralado, volvió a mirarla y la visión de ella le oprimió el pecho. La chica estaba todavía más pálida y parecía haberse quedado sin voz. Estaba completamente bloqueada, con los ojos llenos de lágrimas contenidas. Era como si ya estuviera viendo ese futuro que se cernía sobre ella. Su antecedente más oscuro, su secreto más guardado, convertido en su verdugo. Hojo tenía razón. Si a Kagome le dolía tanto contar su historia, ¿qué pasaría cuando medio mundo estuviese al corriente de ella? No sólo la opinión pública se la comería con patatas, sino que el amor hacia sí misma que tanto le había costado recuperar se vendría abajo por la humillación y el menosprecio de la sociedad.

Inuyasha quería golpear a ese desgraciado. Sus instintos más primitivos afloraron y le exigieron que le dejara hecho un ovillo sangriento con tal de defender el honor de su chica, pero era lo suficientemente listo como para saber que ese remedio sería peor que la enfermedad. Tras echarle un último vistazo y leer la desesperación en sus ojos, Inuyasha soltó una palabrota y exhaló, furioso. Cuando volvió a levantar la mirada, ésta estaba bañada en resignación.

-¿Cuánto?

Hojo apenas pudo contener la sonrisa triunfal.

-Tranquilo, no te voy a pedir que pagues la deuda. Cinco millones – respondió juntando las manos delante de su pecho como si lo estuviese pidiendo por favor – No puedo devolverles lo que les debo porque no es mío, así que necesito largarme unos años hasta que se olviden de mí. Con cinco millones de yenes me basta para empezar de cero los primeros meses.

-Te bastaría con bastante menos – masculló Inuyasha de mala gana.

-Bueno, he nacido en una familia que me ha tenido demasiado bien acostumbrado. Y ya puestos a pedir, hagámoslo bien – sentenció, liberando otra de sus repelentes risitas.

Inuyasha se le quedó mirando en silencio, estudiando su expresión, como si pretendiera leerle la mente y todas y cada una de sus intenciones ocultas.

-¿Y luego qué?

-Luego no volveréis a saber nada de mí. Y su secreto estará a salvo, al menos por mi parte. Tenéis mi palabra – aseguró, poniéndose una mano en el corazón con poca gracia.

-La palabra de un mierda como tú no vale nada – atacó con veneno, canalizando la ardiente rabia que le recorría las venas.

-De acuerdo – volvió a encogerse de hombros, y luego enseñó ambas manos con las palmas hacia arriba, simulando estar sospesando dos cosas invisibles – Pues tú mismo, elige: un cheque, o un artículo para mañana a primera hora. Tengo muchos contactos, y todos serán rápidos.

Los dos hombres se miraron a los ojos como dos animales que iban a pelear por un territorio. Inuyasha miró a Kagome por última vez, ella seguía sin hilar palabra y ahora tenía la mirada ausente, parecía sumida en su propio mundo, pensando en cosas muy malas. Con un nudo en la garganta, la mandíbula contraída con tanta fuerza que le dolía, y las uñas clavándosele en las palmas de las manos por lo apretados que tenía los puños, Inuyasha murmuró una maldición y dio un par de pasos hacia el mueble de entrada.

Hojo ensanchó su sonrisa victoriosa cuando le vio sacar un talonario de un cajón.

-Gracias, eres un tío legal.

Inuyasha no se dignó en contestarle. Ningún cumplido rastrero que esa rata pronunciaba tenía valor alguno, dadas las circunstancias. Sacó un bolígrafo del mismo sitio en que había estado guardado el talonario, y ya había empezado a rellenar los campos del primer cheque en blanco disponible cuando un firme monosílabo resonó en la habitación:

-No.

Ambos hombres voltearon a ver a la mujer que hacía tanto rato se había quedado fuera de la conversación debido a su profundo bloqueo. La misma que al parecer ya había logrado salir de ese trance, porque Kagome tenía de nuevo sus ojos castaños enfocados, ahora en su ex y reflejando el más puro de los odios.

-¿No? – cuestionó Hojo, levantando una ceja como si fuera una niña pequeña diciendo una tontería.

-No – repitió ella con la misma firmeza que la vez anterior - Ni se te ocurra firmar ese cheque, Inuyasha.

-Pero…

Kagome levantó un dedo hacia él, interrumpiendo al aludido y pidiéndole con ese gesto que no dijera nada. Su mirada era tan fiera y su expresión tan seria, que Inuyasha tragó duro y se le fue automáticamente de la cabeza cualquier idea que pudiese tener que ver con desobedecer. Al instante supo que algo estaba a punto de ocurrir.

Algo grande.

-¿Qué mosca te ha picado, mujer? – insistió Hojo con la molestia en el rostro de a quien le estaban haciendo perder el tiempo - ¿Tengo que volver a explicarte qué pasará si no salgo de aquí con mi dinero?

-Debajo de este techo no hay ni un yen que sea tuyo, así que deja de llamarlo "tu dinero". Y no, no hace falta que vuelvas a explicar tus miserables condiciones. Ahora soy yo quién te va a explicar cuál es tu situación.

Hojo soltó una carcajada sarcástica y burlona.

-¿La gatita saca tus garras?

-La gatita te conoce bien, muy a su pesar, y sabe que lo de tus patéticos hábitos ludópatas es un secretito que tienes muy bien guardado – afirmó segura, dando un par de pasos hacia adelante con los brazos cruzados y sin romper el contacto visual - Qué decepción se llevarían papá y mamá si supieran que su hijo perfecto no es el angelito que creen ¿verdad? Ya no digamos nada de cuando esté todo el club de campo chismorreando sobre lo deshonrada que habrá quedado la familia Hojo por culpa de los vicios del primogénito.

-¿Por qué no te vas un rato a meterte los dedos en la garganta y así cierras la puta boca? – espetó con rabia su ex novio, a quien las facciones se le habían ido desencajando a medida que había ido oyendo el contraataque de la mujer.

-No voy a volver a cerrar nada delante de ti, nunca más – avanzó otro paso hacia él poco a poco, y no se le pasó desapercibido el cómo Hojo hizo lo mismo pero hacia atrás, cosa que la envalentonó - Eres y siempre has sido el cáncer de mi vida, pero eso se acabó. Todo lo que tú tocas se convierte en mierda, como la vida de esas jovencitas con las que te diviertes en tus nochecitas de vicio. ¿A ellas también les echas esa mierda en el vaso que intentabas colarme cuando no quería follar? ¿Papá y mamá saben que su niñito es un cerdo?

-¡Zorra de mierda…!

Con los ojos brillantes y el rostro contraído por la cólera, Hojo dio varios pasos rápidos en su dirección con los puños tan apretados que los nudillos se le pusieron blancos. Uno de ellos hizo ademán de alzarse, justo cuando un cuerpo se interpuso entre él y su objetivo.

-Tócale un solo pelo y te juro que…

Pero la helada advertencia de Inuyasha quedó cortada cuando recibió el impacto que había sido para su pareja. Hojo no había tenido miramientos, pues al parecer el hecho de meterse en medio le había hecho igual de merecedor del golpe que la chica que le había provocado. El puñetazo le abrió una brecha en la ceja y le obligó a sujetarse de la barandilla de la escalera para no perder el equilibrio. Se hizo un silencio que sólo era roto por la respiración acelerada de Inuyasha, que con los ojos cerrados, asimilaba lo que acababa de ocurrir y notaba el dolor en la parte lateral de su cara. Su puño se cerró alrededor de la madera que estaba aferrando, los dientes se serraron y una oleada de furia le arrolló. Fue como una onda expansiva que le llenó de energía y se vio irguiéndose y dirigiéndose directamente a su contrincante, dominado por un profundo y primitivo instinto animal que quería hacerle daño a ese desgraciado que tenía delante.

Sin embargo, otra figura fue más rápida que él. Tanto que Hojo tampoco la vio venir, y aquello le convirtió en el blanco del segundo golpe que se produjo en la habitación. Ambos hombres miraron incrédulos a la mujer que en esos momentos sólo podía pensar en lo corta que se había quedado partiéndole el labio a ese hombre al que un día quiso. El mismo que ahora la contemplaba desconcertado palpándose la zona herida.

Kagome no podía pensar. Sólo había dos cosas de las que estaba segura: de que su visión se había vuelto de color rojo en el momento en que había visto al hombre que amaba siendo golpeado, y de que tenía unas ganas insoportables de gritar:

-¡FUERA DE MI CASA!

Su exclamación llenó todos los rincones del chalé, y posiblemente lo hubiesen oído también los vecinos más cercanos. Hasta se oyó ladrar a algún perro en respuesta. Hojo sólo alcanzó a seguir mirándola, paralizado por la estupefacción, y es que aquello no había pasado jamás. Kagome nunca le había gritado. La Kagome que él conocía jamás le hubiese pegado, y ahora no estaría diciéndole de todo mientras le arrastraba hacia la puerta a través de bruscos empujones.

-¡Desaparece de una puta vez! ¡No te atrevas nunca más a forzarme a arreglar tu mierda! ¡Mi vida está funcionando por fin desde que me la jodiste, y tú ya puedes irte a hacer puñetas! – Hojo fue expulsado hacia la calle sin miramientos, demasiado aturdido y fuera de su zona de confort como para adoptar ningún rol que no fuese pasivo – Y por cierto…¡Yo no era de las que se meten los dedos, gilipollas!

Kagome cerró de un portazo que hizo temblar toda la casa y nada más hacerlo, pegó un histérico grito con la frente apoyada en la madera, liberando toda la tensión que la desbordaba. Una vez sintió que ya no le quedaba nada que decir ni hacer, se quedó quieta en la misma postura, con las piernas temblándole y sintiendo un fuerte nudo en la garganta.

-Kagome…

La cautela con la que Inuyasha pronunció su nombre hizo que cerrara los ojos, como si de repente recordara que él había estado ahí todo ese tiempo, siendo testigo de esa bestia desconocida que había aflorado desde lo más profundo de su ser, y que no reconocía. En esos momentos no sabía qué pensar acerca de sí misma ni de su comportamiento. ¿Y él…? Giró la cabeza poco a poco, con los ojos anegados en lágrimas llenas de emociones contenidas y lo vio a un par de metros, visiblemente preocupado e impresionado a partes iguales. Un hilillo de sangre caía por su sien, manchándole la mejilla, pero Inuyasha sólo prestaba atención a la mujer que ahora le observaba con una expresión repentinamente vulnerable.

-Inuyasha…

Su voz rota fue la señal. Él se apresuró en llegar a su lado antes de que le cedieran las piernas, y la interceptó cuando se estaba dejando arrastrar hacia el suelo. Kagome se dejó caer en su pecho, para luego aferrarse a su camisa con desesperación. Inuyasha la rodeó con los brazos y la estrechó con fuerza cuando ella empezó a llorar. Hundió la nariz en sus cabellos mientras los besaba repetidas veces y su mano se los acariciaba, intentando transmitirle su consuelo fuera como fuera a través de tiernas palabras, calmarla usando todos sus recursos.

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Media hora y un ansiolítico después, una Kagome que había recuperado la compostura humedecía un algodón con yodo y lo acercaba a la brecha que Hojo le había hecho a su novio, después de que él le hubiera insistido mil veces en que aquello podía esperar. Sólo después de haber dejado de oír sollozos y de verla más relajada, agotada en realidad después de la explosión, había accedido a que se sentaran en el sofá para que su herida recibiera atención.

Inuyasha dio un pequeño respingo cuando sintió el frío sobre su piel pero se dejó curar dócilmente, mientras se dedicaba a seguir estudiando el estado de ánimo de la chica. Kagome tenía los ojos muy húmedos e hinchados, enrojecidos. Después de un buen rato acunándola en su abrazo sin que ella fuese capaz de dejar de llorar, Inuyasha lo había comprendido: no era sólo esa disputa lo que ella había desfogado, sino años y años de dolor enquistado en su inconsciente. Odio hacia su exnovio, al que siempre había tenido minando su autoestima en su interior, como un fantasma silencioso. Y hacia ella, por haberse fallado a sí misma, por haberse permitido llegar a ese extremo.

-Siento mucho todo esto…Lo siento tanto… - se lamentó ella con voz ronca. Inuyasha parpadeó pero no dijo nada, era la primera vez que ella hablaba desde que Hojo había sido echado de la vivienda como un perro y no quería interrumpir lo que fuera que ella necesitara decir – No deberías haberte metido, ha sido mi culpa…

De acuerdo, no era eso lo que él tenía en mente. Esas estupideces sí que tenía que cortarlas de raíz.

-Me alegro de haberme metido. Porque si no lo hubiese hecho y ese cabrón te hubiese hecho algo…probablemente le habría matado. Mejor una brechita que un homicidio en mi historial.

-No tiene gracia.

-Es que no era una broma.

Se miraron a los ojos, como si quisieran leerse el pensamiento y a la vez desafiándose. Kagome estaba demasiado agotada emocionalmente para discutir con él, por lo que suspiró y bajó la mirada. Sus ojos se cerraron y sus pestañas volvieron a humedecerse, cuando ella negó de forma sutil con la cabeza.

-No sé qué me ha pasado…Yo no soy así.

Inspiró hondo sintiendo un doloroso nudo en la garganta. Volvía a tener ganas de llorar cuando pensaba en ese numerito que había montado, y en lo avergonzada que estaba por haber perdido los estribos de esa manera. Ahora se estaba percatando de que, incluso con todo lo que habían vivido, una parte de ella seguía sintiéndose algo insegura por lo que a Inuyasha se refería. Había sacado de su interior a una persona completamente distinta a la que él conocía. ¿Qué impacto habría tenido eso en lo que ahora pensara de ella? ¿Y en sus sentimientos?

En ese momento se dio cuenta de que la razón por la que seguía costándole creer que Inuyasha pudiese estar cien por cien seguro de querer estar con ella, no era sólo esa extensa fase de negación del hombre que había durado meses. Ese complejo de inferioridad venía de muchos años antes, de cuando le habían hecho creer que no era digna de ser amada. Desde el primer momento en el que se reconoció a si misma que estaba loca por él, había lidiado con ello como un amor no correspondido, decidiendo quedarse la verdad de su corazón para ella, dando por descontado desde un buen principio que él no la quería.

Notó las manos masculinas tomarle el rostro y obligarla a alzarlo, con infinita delicadeza. Se dejó hacer y en cuanto el dorado entró en su campo de visión, sólo alcanzó a quedárselo mirando con absoluta pasividad.

-Lo que te ha pasado…Es que has llegado a tu límite y te has defendido. Has plantado cara a tus miedos. Sí eres así, Kagome: eres esa mujer valiente y con carácter que te pegará una ostia como te atrevas a ponerle una mano encima a su hombre.

Sonrió complacido cuando a ella se le escapó la risa.

-Eres idiota…

Pero la sonrisa que había aparecido en su rostro no se borró a partir de entonces. Inuyasha se inclinó para besar sus labios, y luego besó también su frente.

-Estoy muy orgulloso de ti, ángel.

Y esa vez, las lágrimas que bajaron por las mejillas de Kagome no fueron de desdicha.

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Kaede sumergió las dos rebanadas de pan de molde en el huevo batido, tarareando una canción de nana que volvía a su memoria cada vez que estaba bajo el techo de ese hombre al que se la había cantado tantas veces cuando era un infante. Los lunes por la mañana solía estar sola hasta que él llegaba, pues era el día de la semana en el que la adorable chica que también vivía ahí entraba más tarde a la universidad, y no la acompañaba preparando el desayuno para irse antes.

Comprobó que la sartén ya estaba lo suficientemente caliente poniendo la palma de la mano cerca de su superficie, y entonces colocó el pan ahí. El delicioso olor a tostadas francesas empezó a inundar la cocina, cosa que siempre la motivaba a intentar dar con el mejor resultado posible de sus recetas. Eran ya cerca de las nueve, por lo que no se sobresaltó cuando la puerta de la calle se abrió varios metros a su derecha, pero sí que miró hacia allí descolocada cuando fueron dos personas quienes entraron en la cocina, no sólo una como era lo habitual.

-Buenos días, Kaede – pronunció Inuyasha con alegría.

-Buenos días, querido.

Kagome también quería saludar pero no fue capaz porque no le quedaba aire en los pulmones para hacerlo. Hecha un mar de sudor y sin poder parar de jadear como una desesperada, se dobló por la cintura y apoyó las manos en las rodillas, murmurando alguna que otra palabrota que le arrancó una sonrisa divertida a su pareja y un parpadeo sorprendido a la anciana.

-¿Has ido a correr con Inuyasha, mi niña?

-Me gustan locas – se carcajeó él, encogiéndose de hombros con gracia. Se acercó al frigorífico, sacando de ahí la jarra de agua con filtro y llenó dos vasos. Le llevó uno a su pareja, que ya se había incorporado y lo recibió como si le estuviesen entregando un tesoro – Ya le dije que era demasiado para una principiante.

-Creía que estabas fanfarroneando, como siempre. Es culpa tuya por tenerme acostumbrada a eso – replicó ofendida en cuanto encontró el habla, antes de beberse el contenido de su vaso de un trago. Soltó un sonidito de puro placer en cuanto el líquido le humedeció las mucosas resecas por el esfuerzo.

Inuyasha puso los ojos en blanco.

-Venga, que sólo han sido tres kilómetros. Estoy por salir otra vez yo solo – sonrió con arrogancia cuando ella levantó la mano libre y le enseñó el dedo del medio – No te piques, vamos. Hoy mismo llamaré a Sango y le pediré ese plan para ti que hablamos.

-¿Quieres empezar a hacer ejercicio, Kagome? ¡Eso está muy bien! – celebró Kaede, asintiendo con aprobación – El cuerpo hay que cuidarlo ya desde la juventud. Yo me arrepiento tanto de no haberlo hecho…

Kagome asintió y le sonrió con el cariño que a esas alturas ya le había cogido a la encantadora mujer. No le dijo que ella ya solía practicar deporte de adolescente, pero que lo dejó cuando empezaron sus problemas psicológicos. La masa muscular le daba demasiado volumen a su cuerpo para su gusto, y demasiada hambre. Incluso después de superar su problema, no había recuperado el hábito y no sabía del todo por qué. Por secuelas y miedos remanentes, quizá. Volver a hacer deporte era algo que había tenido dando vueltas en su cabeza cuando había visto a Inuyasha hacerlo en cuanto empezó a trabajar para él. Verle tan a menudo sudando la gota gorda le hizo echar de menos la sensación de bienestar y de endorfinas post entrenamiento, despertándole cierta envidia en ocasiones.

El episodio vivido con Hojo el día anterior había terminado de darle el empujoncito. El subidón de verse a sí misma capaz de superar cualquier obstáculo le había hecho ver que no tenía ningún sentido seguir reprimiéndose por una reticencia residual que debería haber desterrado de su cabeza hacía ya años. Tenía que terminar de arrancar de raíz cualquier pensamiento que tuviese que ver con el problema que había superado, de una vez por todas y para siempre.

-¿Te importa si mañana te acompaño a correr?

-¿A correr?– cuestionó Inuyasha pasmado, mientras la veía meterse en la cama a su lado con actitud animada - ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi novia?

-Muy gracioso. Quiero empezar a hacer deporte…¿podemos llamar a Sango mañana?

-Claro que podemos llamar a Sango – afirmó encantado, después de procesar la noticia - ¿Por qué lo preguntas siquiera?

-Porque eso va a costar dinero…

-Kagome, no empieces. Hemos tenido esa conversación mil veces ya – bufó, rodando los ojos con hastío – Acompáñame si quieres, pero sólo mañana. Yo llevo mucho tiempo y podría ser demasiado para ti. Podrías lesionarte, así que sólo un día, ¿vale?

Ella asintió entusiasmada, y se arrimó a su hombre para darle su beso de buenas noches.

-Tengo una pregunta – murmuró él entre sus labios. La chica se apartó unos centímetros para dejarle hablar, quedándosele mirando como muestra de que le escuchaba – El casquete mañanero…lo echaremos igual, ¿verdad?

Ante la expresión inocente pero visiblemente preocupada del actor, Kagome se echó a reír, apoyando la cara en su pecho sin soltarle los brazos del cuello.

-Vas a acabar conmigo…

Un poco más recuperada, Kagome miraba divertida a Inuyasha mientras recordaba la conversación que tuvieron la noche anterior antes de acostarse. Ahora venía la ducha y sabía perfectamente lo que ocurriría debajo del chorro de agua. Lo mismo que no había pasado cuando se habían levantado, y ahora a Inuyasha sólo le quedaba esa baza si pretendía atacarla. A juzgar por la mirada cómplice y carnívora que él le estaba lanzando por encima de su vaso de agua, él era plenamente consciente de eso.

Definitivamente, ese día volvería a llegar tarde.

Era increíble como estando su cuerpo tan agotado, podía notarlo prepararse ante la expectativa. Ese hombre la estaba convirtiendo en una ninfómana, pero para qué quejarse…

El politono de su móvil interrumpió sus morbosos pensamientos. Lo buscó en las ceñidas mallas de deporte que llevaba, y que de milagro tenían un bolsillo hecho expresamente para poder llevar el teléfono encima.

-¿Te has llevado el móvil a correr? – preguntó Inuyasha, con cierto matiz de desaprobación - ¿Es que no sabes desconectar?

-Tengo un problema de adicción, ya lo sabes – contestó ella, guiñándole un ojo con coquetería para que quedara clara su frase subliminal sin que Kaede, que ya volvía a estar junto a los fogones, lo captara. Consultó la pantalla y luego descolgó con alegría - ¡Hola, Ayame! Buenos días. ¿Pasa algo en la uni?

Era un poco curioso que su amiga la llamara cuando en nada se verían en la universidad. Ayame empezaba a las nueve los lunes y ya estaba ahí, a diferencia de ella, pero dudaba que hubiera fuera algo tan importante como para no poder esperar una hora.

-En realidad sí, Kag… - se apresuró en contestar, sin decirle ni "Hola" antes. Tanto ese detalle como su tono de voz agobiado hicieron que Kagome arrugara la frente, dándose cuenta al instante de que algo no andaba bien - ¿Has salido ya de casa?

-Mmm no, ¿por qué?

-Genial, pues no vengas.

-¿Por qué? Ayame, ¿qué pasa? – su tono de voz preocupado y su seriedad llamaron la atención de Inuyasha, que se la quedó mirando con cara interrogante.

Ayame suspiró al otro lado de la línea. Se hizo una pausa que le hizo pensar a Kagome que la pelirroja estaba intentando encontrar las palabras adecuadas, o bien que estaba asegurándose de que tenía privacidad antes de hablar.

-Saben lo tuyo.

Los dedos de Kagome se crisparon alrededor del teléfono y su corazón se detuvo por un momento. Tenía que preguntar, pero algo en su interior ya sabía la respuesta.

-¿El qué saben? ¿Y quién?

-Tu…problema. Ese que tuviste con la comida. Todo el mundo está hablando de eso…Y esta mañana cuando he llegado, había un post-it muy desagradable en el sitio que te sueles sentar…Creo que ha sido Kanna pero no tengo pruebas, aun así…No vengas, Kagome. Me da la sensación de que te están esperando para recrearse.

Cuando la chica colgó, habiendo pronunciado apenas un "Vale, gracias", Inuyasha ya había llegado junto a ella y le estaba acariciando la nuca, alarmado por el modo en que ella se había puesto blanca y ahora le temblaba el labio inferior. Hasta Kaede se la había quedado observando, confundida por ese repentino horror que ahora reflejaba su rostro.

-Cariño, ¿qué pasa? – le preguntó el hombre con apremio.

Ella le miró con sus ojos castaños cargados de inquietud, y su voz se le entrecortó cuando habló.

-Dice Ayame que no vaya a la universidad, porque…todo el mundo se ha enterado de…de…

Inuyasha no necesitó que terminara la frase, pues habría reconocido esa expresión de pánico en cualquier circunstancia. Era la misma que había bañado su expresión la tarde anterior, esa que sólo manifestaba cuando surgía ese tema de su pasado tan doloroso para ella. Nada más entenderlo, soltó mil maldiciones que alertaron a Kaede.

-¿Qué ocurre, niños? – cuestionó la mujer, acercándose acongojada a la chica que parecía que de un momento a otro iba a desmayarse - ¿Puedo hacer algo?

-Una tila para ella, Kaede – le pidió Inuyasha justo antes de salir despedido de la cocina.

Volvió a los veinte segundos con la tablet encendida en la mano, escribiendo con el dedo índice ciertas palabras clave en el buscador. No dijo nada mientras hacía sus comprobaciones en Internet, pero enseguida encontró lo que temía, demasiado rápido. Había muchos resultados, y la mayoría recientes. Levantó la mirada de la pantalla sin saber exactamente cómo comunicarle a Kagome lo que tenía que saber, pero su cara de consecuencia ya se lo había dicho todo a la chica que se dejó caer en el taburete de la isla y se cubrió la cara con las manos, temblando de puro terror.

Continuará…