CAPÍTULO XXX – EN EL PUNTO DE MIRA
La gente a su alrededor empezó a reír cuando la vio quedarse paralizada en medio del aparcamiento, contemplando con el horror reflejado en el rostro la nueva apariencia del coche que la había traído al campus después de una semana sin atreverse a pisarlo. La pintura azul marino contrastaba con el blanco inmaculado del Lexus, y aunque las ventanas delanteras eran de cristal transparente y no tintadas, aquello no impidió que se pudiese leer con perfecta nitidez lo que algún desalmado sin humanidad había escrito con letras mayúsculas:
"ANORÉXICA"
Kagome sintió que le faltaba el aire y que las piernas le temblaban. Empezó a dolerle el pecho y los ojos se le llenaron de esas lágrimas impotentes que llevaba todo el día intentando contener, aguantándolas después de cuatro horas de clase en las que no había oído más que murmullos indiscretos que la juzgaban sin compasión. Se quedó ahí, estática durante varios minutos, con el cuerpo rígido y sin saber cómo reaccionar. Terminó haciéndolo sólo porque estaba en medio del paso, ya que otro coche tocó el claxon para pedirle que se apartara, y entonces aprovechó la inercia para lanzarse sobre la puerta del conductor de su crossover prestado.
-¡Kagome!
Cerró los ojos con fuerza, sintiendo unas tremendas ganas de gritar, de mandar al universo a la mierda, de coger un avión y largarse otra vez a Nueva York. Si algo podía empeorar ese día, era el hecho de volver a oír esa maldita voz.
-¡Kagome! ¡Por todos los dioses, menos mal que te encuentro! – exclamaba la voz masculina, ya más cerca de ella, apenas un par de metros.
Percibir esa cercanía tan indeseada la hizo reaccionar como una leona herida.
-¡NO TE ACERQUES A MÍ! – vociferó, dándose la vuelta de golpe y enfrentando al recién llegado como si estuviese dispuesta a lanzarse sobre sus ojos.
Hojo se detuvo en su sitio, intimidado por su grito y la intensidad de su reacción. Si Kagome no hubiese estado tan ofuscada e ida por su arrebato de cólera, se habría dado cuenta de que aquella era la primera vez que veía a su exnovio en ese estado: con una cara de consecuencia tan pronunciada que parecía hasta asustado. Sus ojos suplicaban vete-a-saber-qué. Obedeció la exigencia de la chica y no avanzó ni un paso más, pero puso ambas manos delante de él, como si quisiera aplacar la furia de Kagome con ese gesto.
-Kagome, por favor, escúchame…Te juro por mi vida que…
-¡Me importan un carajo tus putos juramentos! ¡¿Cómo tienes la desfachatez de siquiera dirigirme la palabra?! – le gritó fuera de sí, llamando la atención de todo el mundo que pasaba cerca del aparcamiento.
-¡No fui yo! – exclamó desesperado, con la congoja bañando sus facciones – Kagome, por lo que más quieras…¡Créeme, te juro que yo no he hablado!
-¡Vete a enchufarle a otro tus mentiras de mierda!
-¡Lo digo en serio! Cuando vi que me habías bloqueado en todas partes no pude contactar contigo y sabía que no me abrirías la puerta… Llevo una semana viniendo al campus expresamente para pedirte que por favor, no digas nada a mi familia de lo que sabes… - cruzó los dedos para enfatizar su postura suplicante y sus ojos clamaban por clemencia. La angustia que se leía en su cara era palpable - ¡Te doy mi palabra de honor a que yo no lo he hecho!
-Tú no sabes lo que es el honor – espetó con los ojos castaños echando fuego – Todavía no había dicho nada porque lo estaba procesando, pero cuenta los segundos, Akitoki… ¡Ahora ya no tengo nada que perder!
-¡No, espera, por favor!
Kagome hizo caso omiso y entró en el coche. Nada más cerrar la puerta, Hojo se precipitó contra el cristal, golpeándolo con los puños con desesperación y sin dejar de rogar por su silencio, repitiendo una y otra vez que él no era responsable de esa filtración. Pero Kagome no estaba dispuesta a escuchar más mierda, por lo que puso en marcha el motor y pisó el acelerador para salir pitando de ese infierno.
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Después de apenas haber probado bocado a la hora de comer, se había quedado dormida en brazos de Inuyasha, mirando el dramón de turno que siempre ponían después del noticiario. El bajón posterior a la crisis de ansiedad la había dejado exhausta. Estaba en ese momento en que se desplomaban todas sus defensas y la mente entraba en un estado de desrealización, como si estuviese agotada de tanto angustiarse y mandara el mundo a la mierda durante unas horas.
Inuyasha tenía los párpados entrecerrados, asomándose el dorado entre ellos apenas como un destello en la penumbra de la habitación. A las seis de la tarde, el sol se estaba poniendo y nadie había encendido las luces, por lo que la iluminación del salón había ido cediendo de forma paulatina. Sus dedos acariciaban las hebras azabaches de la mujer que había caído rendida en su pecho, siendo cariñosos pero a la vez sutiles. Era consciente por las noches de la de vueltas que su chica daba en la cama, y ahora por fin que había conseguido que se durmiera, no se atrevía a hacer nada que pudiera interrumpir su sueño. Le convenía descansar, eso era evidente pero…¿Qué podía hacer él, aparte de ofrecerle su cobijo?
"Nada de esto estaría pasando si la hubiese dejado tranquila en Estados Unidos". La voz cruel de su conciencia fue como un latigazo en su corazón.
Kagome no le había contado nada, no habían hablado sobre ello, pero a juzgar por el estado en el que había llegado y por la terrible pintada del coche, no era necesario preguntarle cómo le había ido la vuelta a la universidad. Había ido directa al baño a vomitar y todavía no se había incorporado del inodoro, con él sujetándole el pelo y acariciándole la espalda, cuando había aflorado el llanto.
Lágrimas. Otra vez.
Kagome no estaría sufriendo ese calvario si no hubiese sido porque estaba con él. Una chica joven con antecedentes de trastornos alimenticios no era de ningún interés para esa sociedad despiadada y a nadie le habría importado su historia, si no hubiese sido porque era su pareja. Su exnovio el psicópata no habría acudido a arruinarle la vida si no hubiese sido porque perseguía su dinero.
Había días en que se sentía desesperado por verla demacrarse por las circunstancias, por no conseguir arrancarle nunca una sonrisa cuando antes era tan fácil hacerla reír, por verla pasarse horas y horas comprobando sus redes sociales obsesivamente, leyendo cada mensaje hater, cada publicación mordaz acerca de ese pasado que tanto la acomplejaba y que ahora todo el mundo conocía. Kagome lo estaba pasando realmente mal, y él no podía hacer nada al respecto.
Estaba tan preocupado por ella que en ocasiones se había descubierto a sí mismo planteándose la peor solución posible. ¿Estaba siendo un egoísta por obligarla a seguir a su lado? Cada vez que se planteaba dejarla ir por su propio bien, pasaban dos cosas: que la ansiedad entonces le golpeaba a él, y que le venía a la cabeza todo ese sufrimiento por el que ella pasó por su maldita culpa, antes de estar juntos. Alejarla de nuevo no podía ser una solución, volver a ese punto no podía de repente ser bueno esta vez…No tenía sentido. ¿O sí? A largo plazo, quizá…
Porque… ¿era eso lo único que él podía hacer para cambiar las cosas? ¿No había más incógnitas que modificar a parte de la relación?
El sonido del timbre interrumpió esas teorías que le dañaban más que si le atravesaran el pecho con un cuchillo candente. Maldiciendo al universo porque ahora tendría que romper ese sueño tan preciado para la muchacha, se movió con cuidado aun sabiendo que era inútil no despertarla. Efectivamente, Kagome gruñó y se incorporó medio despeinada, abriendo sólo un ojo. Estaba tan mona que Inuyasha no pudo evitar sonreír, dejando de lado sus descorazonadores pensamientos por un momento, y dándole un beso en la frente cargado de ternura.
-El timbre, amor – le explicó, antes de abandonar el sofá.
La dejó acurrucándose en los cojines como si él hubiese sido sólo uno más de ellos y caminó descalzo sobre el parqué, soltando un bostezo cuando fue a abrir la puerta. Alzó las cejas súbitamente, descolocado por la aparición tan inesperada de quien tenía delante.
-¿Maru? ¿Rin? ¿Qué hacéis aquí? – cuestionó, todavía medio grogui por el estado de casi adormecimiento que había alcanzado ahí dentro.
-Nosotros también nos alegramos de verte, hermanito – se burló el mayor.
-¡Hola Inuyasha! – saludó Rin alegremente, con un paquete en las manos – Perdona que nos presentemos así sin avisar, veníamos a haceros una visita sorpresa. ¡Traemos merienda! ¿Cómo está Kagome?
Inuyasha sonrió complacido al entender que el verdadero motivo de la presencia de la pareja era comprobar el bienestar de su ángel, y no había que ser muy listo para deducir de quién había salido esa cariñosa iniciativa. Rin definitivamente le encantaba para su hermano, incluso si Kagura también le había caído siempre bien.
-Sois un par de soles. Perdonad mi bordería, me estaba quedando dormido. Pasad – les invitó, haciéndose a un lado.
Kagome había oído las voces lo suficiente como para saber de quién se trataba. Enseguida se incorporó, frotándose los ojos por si acaso se había asomado alguna legaña y atusándose el pelo rápidamente. Giró la cabeza para sonreír a sus cuñados en cuanto entraron en la habitación.
-Hola, chicos – les saludó con todo el entusiasmo que se sentía capaz de mostrar en ese día tan duro que había tenido.
Sesshomaru le contestó con amabilidad simple pero Rin se abalanzó a sentarse a su lado y le dio un amistoso abrazo.
-¡Hola Kag! ¿Cómo estás? – le preguntó con su jovialidad habitual.
-Bien, gracias.
Kagome no pudo evitar sentirse un poco patética, pues realmente aquello parecía que ella fuera una enferma a la que había que hacer visitas compasivas. Ni que se estuviera muriendo, aunque…En el fondo sí que agradecía que sus amigos se preocuparan por ella. Su madre se había puesto tan histérica y estaba tan encima de ella esos días que a ratos se permitía apagar el teléfono y ser mala, con tal de que no la agobiara más con sus obsesivas atenciones. Siempre era necesario un equilibrio, y éste incluía también a la amistad.
Hablaron de temas triviales al principio, que no fueran muy comprometedores y hasta terminaron riéndose juntos por tonterías. Pero a medida que fue avanzando la tarde, fue servida la merienda y el ambiente se fue distendiendo, fue inevitable que volviera el monotema, y Kagome se encontró contándoles a sus invitados ya no sólo las malas pasadas que le habían jugado en la universidad, sino también la desquiciante visita de su exnovio.
-¿¡Has visto a Hojo?! – exclamó Inuyasha, incorporándose de golpe sobre el sillón y mirándola consternado - ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
Kagome le sonrió con cara de disculpa y le acarició el mentón, sintiéndose culpable de la sorpresa del hombre e intentando transmitírselo con la mirada. No se lo había contado porque necesitaba desesperadamente desconectar cuando había llegado y así se lo dijo, con toda la delicadeza de la que fue capaz. Aprovechó para explicarles a los tres la conversación que habían tenido, y para ello tuvo que poner al día a Sesshomaru y a Rin del sucio chantaje que Hojo les había hecho días antes. Cuando terminó, él la miraba con seriedad y ella se había quedado pensativa, con la mirada ausente.
-¿Cómo acabaste con un mierda como él, Kagome? – cuestionó Sesshomaru como conclusión a todo lo que acababa de oír.
-¡Keh! Eso mismo le pregunté yo – espetó Inuyasha, inclinándose sobre la mesa para coger otro bollito de los que los invitados habían traído. No podía pecar con porquerías los días de entre semana, Sango no podía enterarse de eso, pero siempre le daba por comer azúcar en cantidades industriales cuando un tema le cabreaba o le ponía nervioso.
-Era primeriza e insegura. Con veinte años era muy inocente todavía. – argumentó Kagome, encogiéndose de hombros - Nada que ver con la cerebrito de tu novia.
La cerebrito en cuestión no se dio por aludida porque estaba mirando fijamente el suelo, distraída, y su silencio llamó la atención de sus acompañantes.
-¿Hola? Tierra llamando a Rin – la molestó su pareja, dándole un discreto y juguetón codazo.
En vez de reaccionar con un sustito, ella se limitó a volver a enfocar la mirada en la realidad con calma, lo que delató que no había estado tan desconectada de la conversación como había parecido.
-Perdonad, no estoy pasando de vosotros, es que…hay algo que no me cuadra.
Kagome alzó las cejas y batió las pestañas.
-¿Algo como qué?
Rin se mordió el labio y se cruzó de brazos encima de las piernas, como si no estuviese segura de si su siguiente intervención sería conveniente para el bien de nadie. Pero al final, dada la presión que le suponían los tres pares de ojos que la observaban con curiosidad, y que ya que lo había dicho ahora no podía ser tan cabrona como para dejarles en ascuas, suspiró rendida.
-Kagome, confieso que yo también he leído el artículo. El primero, el que lo empezó todo y filtró la información. Lo siento, lo hice cuando Sesshomaru me contó lo que había pasado, porque…
-No te preocupes, lo entiendo – la tranquilizó enseguida, negando con la cabeza para quitarle importancia - ¿Y qué le viste de raro?
Rin volvió a morderse el labio, sus dedos juguetearon nerviosos entre ellos y al final se decidió por expresar sus inquietudes.
-En ese artículo explica que todo surgió de una relación tóxica con tu exnovio, que además en el momento en que las cosas empezaron a torcerse para ti, desapareció de tu vida. ¿Eso es correcto?
-Sí, del todo – afirmó Kagome.
-Vale, pues entonces aquí hay dos cosas que no tienen sentido. La primera es que me extraña que la misma persona que en teoría ha filtrado la información, lo haga incluyéndose a sí misma en la historia como la mala, incluso aunque no haya dado su nombre. Normalmente la versión que damos a conocer al mundo es la nuestra, la que nos deja exentos de culpa. Y segundo…ese artículo define el progreso de tu enfermedad hasta el final, y tú me has confirmado que él no estuvo.
-¿Insinúas que…?
-Insinúo…que creo que no ha sido él.
Se hizo un silencio largo en la sala. Inuyasha y Kagome intercambiaron una mirada significativa, como si se preguntaran el uno al otro qué opinaban respecto a la teoría de Rin. Sesshomaru observaba orgulloso a su novia la detective, como si a esas alturas de la relación todavía le sorprendieran las salidas brillantes de su faceta profesional.
Después de meditar durante unos instantes lo que acababa de oír, Kagome cerró los ojos y exhaló un suspiro de cansancio. Empezaba a dolerle la cabeza.
-Tiene lógica lo que dices – admitió, impresionada por todas esas deducciones que Rin había tejido con tanta precisión - Pero el mal ya está hecho, al fin y al cabo. No importa quién haya sido, no arreglará nada…
-No, sí importa, porque ahora mismo podrías seguir estando expuesta – la corrigió Rin, con una profunda determinación que la hizo ver seria como nunca antes - Kagome, ese artículo es tan explícito que da la sensación de que tú misma eras la fuente. Describía hasta emociones. ¿Tú le has explicado la historia a otra persona últimamente?
La pareja volvió a mirarse, dejando en claro que ambos estaban pensando en lo mismo.
-Sólo a él – contestó Kagome, señalando a Inuyasha con un gesto de cabeza.
-¿Y dónde lo hiciste?
-Pues…aquí en casa.
-¿Y dónde concretamente?
-Aquí mismo, en el salón.
Rin descruzó los brazos y se levantó automáticamente, para enseguida empezar a pasearse junto a los muebles, examinándolos con atención bajo la confusa observación de todos. Apenas murmuró un "Con vuestro permiso" cuando empezó a coger algunos objetos entre sus manos, para luego volver a dejarlos en su sitio. Cuando hubo repasado todas las estanterías y la mesa, se agachó sobre la alfombra y pasó la mano por debajo del sofá. Inuyasha y Kagome apartaron las piernas para dejarle espacio y que hiciera lo que fuera que estaba haciendo sin obstáculos. Rin siguió palpando y palpando a ciegas hasta que su brazo se detuvo en seco.
Cuando sacó la mano de ahí abajo, quedándose de rodillas sobre la alfombra, abrió el puño para mostrar encima de su palma un aparatito electrónico de color negro.
-¿Esto es vuestro?
Kagome miró pasmada a Inuyasha, como si pretendiera que le confirmara si ese cachivache siempre había formado parte del mobiliario de la casa. A juzgar por su cara desencajada, la respuesta era que no.
-¿Qué es esto? – preguntó el actor, con las facciones completamente rígidas como si ya sospechara qué estaba ocurriendo.
-Un micrófono de escucha – contestó Rin - ¿Sabéis quién puede haberlo puesto ahí?
Kagome llevó las manos a su boca, cubriéndola en medio de una exclamación de desconcierto y de terror. A su lado, Inuyasha soltó una maldición y cerró los párpados con fuerza, apretando los dientes con una rabia profunda antes de contestar:
-Yo sí.
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Ninguno de los tres había dicho nada desde que Rin había abandonado la sala para hacer una llamada. Sesshomaru miraba la alfombra, sintiéndose un poco fuera de lugar y algo impotente por no estar aportando nada a esa situación. Kagome estaba extremadamente quieta, con la mirada perdida y medio en shock, procesando el hecho de que había estado días y más días siendo espiada. Todas sus conversaciones, cada palabra que habían dicho, cada broma, cada coqueteo, y cada confidencia privada que se podían haber hecho, habían sido de dominio público. Aun estando ya medio acostumbrada a las intrusiones de la prensa, ahora se sentía más usurpada que nunca.
Miró de reojo a Inuyasha y tragó duro. Si ella se sentía tan ridícula y humillada, no quería ni pensar en lo que estaría pasando por la cabeza de él. Eso no ayudaría precisamente a rebajar ese sentimiento de culpabilidad que sabía que se lo estaba comiendo por dentro.
-Mi colega dice que si se lo llevo ahora, en un par de horas podría tener el resultado – anunció Rin, volviendo a entrar en el salón con el móvil en la mano. Cogió el micrófono que ahora estaba dentro de una bolsita de plástico y luego se dirigió a Inuyasha – Sólo que necesito llevarme otra cosa, y espero que no sea un inconveniente. Necesitan un comparador. Otro objeto que tenga de seguro las huellas de tu exnovia.
Inuyasha bufó y se pasó las manos por el pelo, agobiado. Kagome pensó que si su frente se arrugaba todavía más, se le quedarían dichas arrugadas marcadas ya de por vida.
-No tengo nada, me deshice de todo cuando rompimos – se lamentó, con la impotencia bañando sus ojos - ¿La policía no tiene las huellas de todos?
Rin negó con la cabeza.
-Acceder a esos datos con finos no oficiales es ilegal. A mi colega se le caería el pelo. Necesita sacarlas de otro sitio y hacer la comparación manual – suspiró, colocando las manos en sus caderas y mirando a su cuñado con sus ojos pardos casi suplicantes – Por favor, Inuyasha, piensa. Esta casa es grande y seguro que algo quedó, aunque sea por casualidad. Algo que te olvidaras, o que no te atrevieras a tirar…
Inuyasha cerró los ojos y se estrujó el cerebro, apoyando la frente en sus manos. Al día siguiente de su ruptura, había hecho colecta de cada objeto que esa bruja rompecorazones había podido tener ahí y si hubiese podido mandar físicamente al infierno el par de cajas que reunió, lo habría hecho.
-El cepillo de pelo y de dientes ya supongo que no debes tenerlos pero… ¿Alguna prenda de ropa que se dejara?
-¿La bata que llevaba puesta Tsubaki…ese día? – inquirió Kagome, con una incomodidad palpable por rememorar ese día tan comprometido de meses atrás. Su novio la miró de soslayo, igual de incómodo, y negó con la cabeza.
-La encontró ella. Y después también la tiré… - de repente, sus ojos dorados se abrieron y levantó la cabeza, con la esperanza bañándole el rostro – Espera, creo que…
Se puso de pie y abandonó el salón. Nadie dijo nada mientras estuvo fuera. Cuando volvió, no pudo evitar echarle un ojo a Kagome con cara de consecuencia para estudiar su reacción, cuando le entregó a Rin una cajita negra que su novia reconoció de inmediato. Kagome tragó duro y frunció el ceño. Su mirada se desvió a un lado, delatando lo herida que se estaba sintiendo en esos momentos. Inuyasha se dio cuenta y suspiró, rezando para no tener un pleito en cuanto se quedaran solos.
Rin abrió la caja y miró dentro, pero Inuyasha se apresuró en aclarar:
-El anillo no llegó a tocarlo, creo recordar. Pero la caja sí.
Nada más oír eso, Rin chasqueó la lengua y se apresuró en pasar a cogerla con las puntas de los dedos, hasta que la metió en otra bolsita de plástico que se sacó del bolso. Y pensar que decían que no era bueno no desconectar del trabajo…daba gracias a que siempre llevaba algunas encima.
Rin y Sesshomaru se despidieron de ellos, y la investigadora prometió llamarles en cuanto tuviera la confirmación de sus sospechas. No era consciente de hasta qué punto aquello no era necesario, pero había que aceptar que no se podía hacer una acusación tan grave sin pruebas. Inuyasha les acompañó a la puerta, y en cuanto volvieron a quedarse a solas en la casa con su pareja, hizo una profunda inhalación antes de decidir volver al salón a enfrentarla. Cuando llegó ahí y se sentó con cautela a su lado, Kagome parecía no querer mirarle. Estaba de brazos cruzados, taciturna, como si le interesara el paisaje nocturno que se adivinaba por la ventana.
- ¿Por qué diablos todavía tenías…eso? – masculló, seria.
Inuyasha suspiró.
-Yo no sé tirar medio millón de yenes a la basura, ya lo sabes. Lo dejé en un cajón pensando que ya decidiría qué hacer con él, y ahí se quedó – argumentó con simpleza, esperando que a ella esa explicación también le pareciera igual de razonable.
Pero Kagome no llegó a contestarle. Después de estar medio minuto sin mirarle, farfulló que se iba a preparar la cena y se levantó, abandonando la sala. Inuyasha se quedó solo, mirando preocupado como se alejaba, y no por su aparente numerito de celos sino por lo poco normales que eran en ella.
Kagome no se comía la cabeza por tonterías como esa. Kagome confiaba en él. No era paranoica, ni retorcida, ya se lo había demostrado con anterioridad, y aquello solo dejó en evidencia lo mucho que se la estaban llevando los demonios por dentro. Estaba sensibilizada por la situación, pero aun así no podía culparla de que se sintiera ofendida porque él todavía guardara la prueba de que había querido casarse con quien probablemente se la había jugado.
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Cenaron en completo silencio. La tensión entre ellos era palpable, porque respondía a la que cada uno de los dos llevaba en su interior. Inuyasha no se atrevía a decirle ni mu porque le daba la sensación de que su novia estaba tan susceptible y afectada por el nuevo descubrimiento de Rin, que le saltaría a la yugular si se atrevía a dar un paso en falso. Kagome tenía la mandíbula tan contraída y su mirada era tan dura que saltaba a la vista lo al límite que se sentía su espíritu. Ahora mismo ella era una bomba de relojería, un saco lleno de ira hacia el mundo y de desolación por su propia suerte. Había vuelto al tóxico estado en que había llegado a casa ese día y lo había superado. Apenas tomó dos mordiscos de su sándwich, para luego levantarse. Lo metió en un tupper, fregó su plato y su vaso, y se largó de ahí sin mirarle y sin pronunciar palabra.
En cuanto se vio solo, Inuyasha cerró los ojos y se apoyó sobre la isla de cocina, sintiéndose exhausto de esa situación tan dura. No todo era por ella, por supuesto. Él mismo se estaba ahogando en el veneno de su propio remordimiento.
La relación que había tenido con Kikyo era algo suyo. La había aportado él, de su vida. Otra puta cosa que Kagome sufría y que era por su causa. Al parecer, la loca de su exnovia había filtrado su secreto en una batalla cuya motivo era él mismo, y Kagome era quien lo había pagado. ¿Le estaría culpando de eso? Caviló unos instantes. No, pondría la mano en el fuego a que no. Pero eso no quitaba que ella estuviera cayendo en un pozo de pesimismo cada vez más profundo, y él se estaba desesperando porque no sabía cómo sacarla de ahí.
Después de fregar sus propias cosas, Inuyasha también volvió al salón y se la encontró de espaldas a él, sentada en el sofá con la tablet en las manos. No pudo evitar mirar de incógnito por encima del hombro de la muchacha, con tal de saber con qué estaba tan concentrada, aunque podría apostar a que sabía la respuesta. Efectivamente, era Instagram y había escrito su nombre y apellido todo junto como hasthag. Estaba pasando todos los resultados, uno por uno, leyendo todos los pies de foto. Inuyasha no estaba lo suficientemente cerca como para poder leer los textos, pero sí para sonsacar palabras sueltas y adivinar el contenido de esas despiadadas publicaciones.
Suficiente.
-¿Quieres dejar eso de una vez? – la sermoneó de mala gana, arrebatándole la tablet de las manos.
Kagome se dio la vuelta en el sofá para mirarle indignada, con la misma cara que una niña a la que le habían quitado una piruleta.
-¿Pero de qué vas? ¡Estaba mirando…!
-¡Ya sé lo que estabas mirando, puñeta! ¡Y no sólo eso, lo estabas buscando! – masculló, luchando por no perder la paciencia. Rodeó el sofá y se sentó en el brazo de éste, para seguir hablándole enfadado, sacudiendo el dispositivo en su mano alterada – Kagome, tienes que dejar de buscar expresamente el daño, te estás obsesionando…
-¡No! ¡Sois vosotros los que os estáis obsesionando conmigo! – se levantó del sofá con los puños apretados – Primero mi madre y luego tú, ¡dejad de tratarme como a una niña pequeña! Que estéis tan encima de mí sólo lo empeora, ¿es que no os dais cuenta de lo mucho que me agobiáis?
-¡No lo haríamos si no hiciera falta! Y lo hacemos porque te queremos, maldición. ¡Déjate ayudar un poco!
-¡No puedes ayudarme! Y aunque pudieras, esconderme las cosas como si fuera una cría no sería la solución, así que haz el favor de devolverme la tablet – exigió, alargando el brazo para enfatizar el reclamo.
-No – pronunció con firmeza, escondiendo a la susodicha detrás de su cuerpo.
-He dicho que me la des – insistió con una frialdad temible.
Él sólo negó con la cabeza, mirándola fijamente con determinación.
-¡Inuyasha Taisho, dame la puta tablet! – exclamó Kagome, cada vez más enfadada por el constante desafío de su pareja que en esos momentos no estaba en condiciones de encajar con serenidad.
-¡No te la voy a devolver para que sigas con tu tortura masoquista! Oye, entiendo que lo estés pasando tan mal, y todo por lo que pasaste, pero…
-¡NO! Esa es la cuestión, ¡que no entiendes nada! ¡No puedes entender el infierno que fue para mí porque tú no estabas ahí! ¡Estabas tirándote a la pirada que me ha hundido la vida!
Después de su última afirmación airada, se hizo el silencio. Se esperaba más gritos, pero éstos parecieron morir en la garganta de Inuyasha. Sus labios se entreabrieron pero no consiguieron decir nada. El dorado de sus orbes se escondió debajo de unos párpados que se entrecerraron, como si pretendieran esconder la desazón que reflejaban.
Kagome había desviado la mirada, tenía los párpados cerrados con fuerza y los nudillos blancos de tanto apretar los puños. La furia le recorría las venas como un huracán, y seguía ahí incluso después de su explosión porque su estado de agitación era tan intenso que todavía faltarían diez discusiones más como esa para poder desfogar todo lo que llevaba por dentro. Posiblemente por eso fue incapaz de sentir la compasión y el arrepentimiento que serían pertinentes en ese momento: la cólera lo inundaba todo, nublaba su mente, cegaba su corazón.
Escuchó una pesada exhalación delante de ella, y luego la voz ronca y neutra de Inuyasha que expresó lo derrotado que le había dejado la pelea, pero sobretodo lo último que había oído.
-Dormiré en el sofá esta noche.
Kagome tardó un poco en contestar, y cuando lo hizo le costó un esfuerzo sobrenatural que la voz no se le quebrase.
-No. Estás en tu casa, ya dormiré yo en el sofá.
Él parpadeó, mirándola acongojado. Y pensar que ya no había nada que Kagome pudiese decirle en ese momento que pudiera dolerle más…
-Kagome…Esta es tu casa también – quiso aclararle, con un hilo de voz suplicante que escondía un profundo miedo a ser alejado. Pero ella ya se estaba acomodando en los cojines y cubriéndose parte de la cara con la manta para ocultar su expresión.
-Buenas noches – fue su tajante respuesta que no daba lugar a más réplicas.
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El teléfono había sonado a eso de las once. En realidad, sólo había vibrado, encima de la mesilla de centro. Gracias a su vista que nunca necesitó gafas, vio el nombre de Rin en la pantalla, pero se encontró con cero ganas de atenderla. Sabía para qué era esa llamada, pero se dio cuenta de que le daba igual lo que tuviera que decirle. No cambiaría nada. Su móvil dejó de insistir, y acto seguido empezó a oírse otro en el piso de arriba, que sí estaba con sonido. Al parecer sí que fue atendido esa vez, porque la musiquilla cedió a los pocos segundos. No volvió a saber nada al respecto.
No sabía cuántas horas habían pasado desde que se había tumbado ahí. ¿Un par? Ese sofá era cómodo, pero nada que ver con la cama doble extragrande a la que se había acostumbrado. Aunque claro estaba, la cama era lo de menos. Kagome sólo se envolvió más en la manta, buscando aislarse absolutamente de todo.
Como más avanzaba el tiempo, más terror sentía. No por la oscuridad. Ese terror le venía de dentro. Los minutos pasaban y ella seguía ahí, en una soledad autoimpuesta y a merced de todas las emociones negativas que la estaban ahogando desde el interior.
Su alma estaba agotada. No podía más de tener la angustia siempre metida en el cuerpo, de estar continuamente dándole vueltas a sus preocupaciones, de sentir vergüenza por su yo del pasado. Era consciente de que ella misma estaba siendo su peor enemiga, se estaba consumiendo y no encontraba las fuerzas para pararse los pies. El discurso destructivo estaba ya tan arraigado, había calado tan hondo que no conseguiría deshacerse de él por las buenas. Si bien años atrás se había detestado por sus ideas débiles y autocompasivas, ahora hasta éstas la habían abandonado. No sentía ni un poco de piedad hacia sí misma, lo que sentía era pena, y eso la hacía odiarse más.
Y no era eso lo único que la hacía odiarse en esos momentos.
"Inuyasha...".
Se había arrepentido de todo lo que le había dicho nada más él se había ido escaleras arriba, arrastrando los pies. Kagome apretó el cojín entre sus dedos, conteniendo esa compulsión que clamaba por él. No podía permitir que siempre fuera él quien la salvara. No, ella tenía que encontrar las fuerzas para salir sola de ese agujero sin arrastrarle. Lo sabía. Pero no podía. Simplemente no se sentía capaz, y estaba más que claro que también era tarde para pedir que su mierda no le salpicara a él. Ya lo había hecho.
"Inuyasha…"
No, no le merecía ahora mismo. Le había herido y lo había hecho queriendo. Había proyectado su sufrimiento en quien tenía más cerca, como si cargárselo encima a otra persona pudiera sacárselo del cuerpo. Le había echado de su lado y ahora tenía que lidiar con las consecuencias. Ella no era la única cuya dignidad se estaba yendo al garete, aunque él no lo reconociera ni hablara de ello, su propia imagen también se estaba derrumbando porque estaba con ella. Era demasiado noble para reconocerlo, y ella a cambio le echaba en cara las cosas más injustas, decisiones de su pasado que ya no podía cambiar y por las que, estaba segura, ya se torturaba él solito.
"Inuyasha…"
Le necesitaba más que nunca. Le echaba tanto de menos que el pecho le ardía. Le amaba tanto que a veces le dolía.
Era una egoísta. Era la peor persona del mundo, se merecía pasar esa noche sola en ese salón solitario y aun así, siendo plenamente consciente de esa horrible verdad, sus pies pisaron la frescura del parqué y empezaron a conducirla escaleras arriba sin su permiso, movidos por un profundo anhelo más fuerte que ella misma.
Entró en el dormitorio en el máximo silencio posible, y su corazón dio un vuelco cuando le vio ahí. De espaldas a ella, cubierto hasta la cintura y con su melena reposando encima de las sábanas perladas, con todo ese conjunto brillante a la luz de la luna. Kagome tragó saliva y apretó los puños, dándose valor antes de atreverse a levantar la colcha y meterse debajo. Oyó la respiración irregular del hombre y supo no sólo que estaba despierto, sino que ya lo había estado antes de su llegada. ¿Él tampoco podía dormir? No era de extrañar. Otra cosa que también era su culpa.
Haciendo de tripas corazón para vencer al miedo a ser rechazada después de su imperdonable comportamiento, se acercó con mucha lentitud y cautela para, después de inspirar aire profundamente, arrimarse poco a poco a su espalda. Sintió su calidez y su olor, que siempre le reconfortaban el espíritu. Esa vez no fue una excepción, y sus dedos tomaron con cuidado los pliegues de la camiseta gris sin mangas que él llevaba puesta.
-Perdóname… - pronunció, con su voz empezando a quebrarse.
Inuyasha entreabrió los ojos y suspiró en silencio al percibir esa congoja que era casi palpable. Apenas su orgullo herido aguantó un cuarto de minuto. No tardó en darse la vuelta y acogerla entre sus brazos, pero no dijo nada.
-Lo siento… - insistió ella, ante ese silencio que la estaba angustiando tanto, con las primeras lágrimas asomándose a sus ojos. El temor a que esa situación estuviese haciendo estragos en esa relación que ahora mismo era lo mejor que tenía en su vida la atenazaba – Por favor, no me odies…Soy una estúpida, es sólo que no estoy bien y…
-Ssssh – terminó por silenciarla Inuyasha, cuyo orgullo terminó de abandonarle al oír cómo se rompía y sus primeros sollozos. Se le encogió el corazón al verla así, tan vulnerable, tan derrotada – No pasa nada. Tranquila…
Le acarició el cabello con ternura, estrechándola contra sí. Ella había empezado a llorar en silencio, con el rostro hundido en su pecho y los puños aferrándole su camiseta, como si quisiera esconderse, buscar protección. Inuyasha tragó duro al percibir el ligero temblor que recorría el cuerpo de la mujer. Kagome canalizó en sus lágrimas toda esa incerteza y preocupación por su propio futuro que llevaba dentro de sí misma, ese miedo de sus propios recuerdos y de ese doloroso pasado que había logrado dejar atrás, y que ahora había vuelto para atormentarla.
Inuyasha sentía el pecho arder y un nudo en la garganta. No era la primera vez que la veía llorar, pero si bien en ocasiones anteriores se había sentido impotente e inútil, ahora sólo podía sentir una cosa: rabia. Una rabia lacerante que tensó todas sus facciones, le serró los dientes e hizo que su cuerpo también temblara por la intensidad de sus propias emociones.
Recordó su promesa, esa que se había hecho a sí mismo tiempo atrás, en el otro lado del planeta. Se suponía que él iba a asegurarse de que esa sonrisa que le daba la vida no desaparecería nunca. Y estaba fracasando.
Dejó un beso devoto y significativo en la coronilla de la mujer que amaba. Mientras sus labios se quedaban ahí, estáticos y abandonados en esa entregada muestra de cariño, sus ojos quedaron bien abiertos y el dorado destelleó en la oscuridad de la habitación por la determinación airada que contenía.
Iba a proteger a Kagome aunque le fuera la vida en ello. La protegería de todo, de todos. No era una promesa esa vez.
Era un juramento.
Continuará…
Jooooooo… Su primera pelea. Tenía que pasar tarde o temprano, ¿no creéis? Tanta tensión, sobretodo en ese día en concreto, tenía que estallar en algún momento. Pero bueno, lo he dejado medio arreglado, no os podéis quejar jeje
Aish, estoy cansada ya de hacer sufrir a Kagome… Esto es un drama, qué se le va a hacer. Este ha sido un capítulo especialmente triste, pero os prometo que estamos llegando a la luz. ¿Qué pretenderá hacer Inuyasha?
Lamento mi desaparición. No os voy a mentir, ya hace tiempo que estoy un poco cansada. La fiebre Yashahime que me llevó a volver a la escritura ya se me está pasando, la verdad. Pero mi intención es terminar esta historia, ya falta nada.
Feliz año nuevo a todas ;) un besito!
Dubbhe
