CAPÍTULO XXXII - VALOR
El Audi se movía con soltura por una de las vías más anchas de Tokio, sorteando otros coches y cambiando ágilmente de carril una y otra vez, con tal de seguir avanzando con la máxima celeridad posible. Kagome miraba a ratos la expresión concentrada de Sango, pero sobre todo se fijaba en el exterior, evaluando cada edificio, cada cartel, usando todas las referencias de ese camino que conocía para saber cuan de cerca estaban de su destino.
-Sango, ¿no puedes ir más rápido?
-Hago lo que puedo, Kagome. Estamos a punto de llegar.
Y es que no podía quejarse. Sabía que Sango era una loca al volante y que ella era su mejor baza, eso dejando aparte que la entrenadora tampoco la había dejado conducir dado su estado de ansiedad. Kagome resopló y se sacudió la melena, desfogando su agobio. Descruzó las piernas y pocos segundos después las volvió a cruzar en la otra dirección, incapaz de estarse quieta. El satén azul le acarició la piel con el movimiento, como si el universo quisiese consolarla, pero los tacones altos como los torreones del infierno se le encallaron en la moqueta, dificultándole el movimiento.
Se sentía completamente ridícula con esa indumentaria. Sango había estado a punto de tener que cogerla por los cabellos para evitar que saliera corriendo de la casa en chándal y zapatillas. Le costó un rato hacerla razonar, pero terminó convenciéndola de que, o invertía unos minutos en vestirse adecuadamente, o jamás la dejarían entrar en el edificio y aquello empeoraría la situación. La morena había terminado por exclamar un "¡Joder!" de exasperación y había salido disparada hacia el vestidor. Se había embutido el carísimo vestido y calzado aquellos zapatos imposibles, cosa que casi llevó a que se abriera la cabeza bajando las escaleras.
Creyó oír a los ángeles cantar dentro de su cabeza cuando al fin, el coche se detuvo delante del auditorio donde se celebraba el estreno de la película. Aquello todavía estaba lleno de fans que se presionaban contra las vallas que delimitaban los márgenes de la alfombra roja. Ésta estaba vacía, al igual que ya no había nadie en el photocall. Todos los famosos estaban dentro ya, pues el evento había empezado hacía pocos minutos. Lo supo porque unos minutos antes de llegar ya había podido empezar a verlo en streaming por el móvil, haciendo que soltara tantas palabrotas que Sango la miró por el espejo retrovisor, alarmada.
Prácticamente saltó fuera en cuanto abrió la puerta y echó a correr a duras penas, teniendo en cuenta que había doce centímetros entre sus talones y el suelo. Apenas había avanzado cinco metros en la alfombra cuando un hombre alto, vestido de uniforme negro y con un walkie-talkie conectado a la oreja, se interpuso en su camino.
-¿A dónde te crees que vas, bonita? – la interrogó.
-Tengo que hablar con Inuyasha Taisho urgentemente – dijo atropelladamente.
El segurata puso los ojos en blanco y le dedicó una sonrisa irónica.
-Por supuesto. Enseguida saco al actor principal del evento para decirle que tiene a una fan loca aquí fuera que quiere ofrecerse a gestar a sus hijos - replicó con sorna.
-¡No soy una fan loca, joder! ¡Soy su novia!
-Claro, como todas. Por favor, abandona la alfombra roja. Te lo estoy pidiendo por las buenas, si lo hago por las malas saldremos en Instagram y estaría bien ahorrarse eso – le sugirió, guiñándole un ojo con fingida gentileza y haciendo un movimiento de cabeza para señalar a varias personas que ya les estaban grabando con el móvil.
Kagome no podía creer la mala suerte que tenía. Llevaba semanas soportando que literalmente todo el mundo se enterase de quién era ella y se supiera cada detalle de su vida pero ahora justo había tenido que cruzarse con la única persona que parecía no haber echado una ojeada en su vida a una revista o canal de televisión rosa.
-Pues los dos a Instagram se ha dicho – sentenció, harta de la expresión de suficiencia de ese hombre.
Intentó colarse por la derecha pero él la tomó del brazo con medida fuerza y la arrastró hacia atrás. Quiso zafarse de su agarre pero no pudo sacudírselo, de modo que empezó a golpearle el pecho con la mano libre.
-¡Déjame pasar, gorila estúpido! - le gritó, fuera de sí – ¡Es muy importante que hable con él! ¡Es un asunto de vida o muerte!
-Me estás tocando los cojones ya, chalada. Lárgate de aquí o…
-No se irá a ninguna parte. Está conmigo.
Ambos se giraron hacia la dirección donde había sonado esa calmada voz. La mirada de Kagome se iluminó cuando vio de quién se trataba. Ese día lucía especialmente esbelto y apuesto, posiblemente por su ataviada indumentaria. Llevaba puesto un smoking azul tan oscuro que parecía negro, y éste contrastaba con su larga melena lisa y decolorada con arte, y esos ojos dorados arrebatadores que Kagome sólo había visto en otra persona.
"¡Vivan los hermanos Taisho…!".
Las docenas de fans que les rodeaban se pusieron a exclamar su nombre y a pedirle fotos y autógrafos. El otro hombre también le reconoció enseguida.
-Señor Taisho – le saludó el segurata, borrando enseguida la sonrisa arrogante de su cara.
-Gracias…Ginkotsu – respondió Sesshomaru leyendo la placa que llevaba en el pecho – Yo me ocupo ahora.
El hombre asintió con la cabeza, les dirigió a ambos una mirada avergonzada de disculpa y se alejó. Kagome miró a su cuñado con ganas de comérselo a besos.
-Mil gracias, Maru – balbuceó mirándolo anonadada, todavía sin poder creerse la suerte que había tenido - ¿Cómo sabías…?
-Miroku me ha llamado y me ha avisado de que venías, a él se lo habrá dicho Sango si estaba contigo. He salido a buscarte porque he imaginado que tendrías problemas, pero debemos apresurarnos – la apremió, poniéndole una mano en el hombro para instarla a que empezara a caminar hacia dentro del auditorio y ella no perdió el tiempo.
Los dos recorrieron la alfombra roja casi corriendo, y la gente a derecha e izquierda se precipitó contra las vallas, llamándoles a ambos. Se oyeron sólo frases positivas para Seshomaru, mientras que a Kagome, algunas voces le decían lo guapísima que estaba con ese vestido, otras la llamaron anoréxica y cosas peores, y una pequeña parte le desearon literalmente que se muriera. En otras circunstancias, como si por ejemplo hubiese llegado media hora antes con Inuyasha, en condiciones de vivir el momento y disfrutarlo, ese remix de amor y odio, y en general toda esa atención de las masas la habría alterado. Pero ahora solo podía pensar en Inuyasha y en cómo no podría volver a mirarle a la cara si él llegaba a consumar sus intenciones.
-¿Has hablado con él? – le preguntó a Sesshomaru mientras él le sujetaba la puerta del auditorio para que pasara.
- Sí – respondió a secas, con la misma voz tranquila e inalterable que le caracterizaba.
-¿Va a hacerlo?
- Sí.
-¿No has podido convencerle tú tampoco?
-¿Convencerle de qué? Es su decisión, y hace ya demasiado tiempo que lo tiene en la cabeza.
La chica resopló con impaciencia, amargada por tanta pasividad, pero no se sentía en condiciones de discutir, así que se limitó a seguirle a través del amplio vestíbulo, ahora vacío. Sólo se oía el eco de quien en esos momentos estaba hablando por el micrófono, dentro del anfiteatro. Entraron a un pasillo que tenía unos ventanales interiores a mano izquierda y justo en ese momento, el tobillo se apoyó mal y su portadora cayó al suelo. Sesshomaru se apresuró en ayudarla a levantarse.
-¿Estás bien?
-Sí, sí, son esas mierdas de tacones. Me tienen harta.
Apoyó su cuerpo en el cristal para quitárselos, dispuesta a ir descalza el resto del camino, y fue entonces cuando se dio cuenta de que el ventanal tenía vistas al anfiteatro. Pegó ambas manos y la cara al cristal, mirando hacia dentro con ansia. Estaba totalmente lleno de gente vestida de gala, y en el escenario cuidadosamente iluminado con gracia, un hombre y una mujer que iban muy elegantes estaban hablando alternativamente, dirigiéndose al público con una amplia sonrisa. A sus espaldas, la enorme pantalla de cine aguardaba el momento de ser usada para reproducir la película por primera vez.
Justo en ese momento, el hombre señaló con un bien ensayado movimiento del brazo a un punto concreto en primera fila, y todo el mundo se puso a aplaudir. Y en ese instante lo vio, quedándose sin aire: Inuyasha se levantó de su asiento, luciendo en su cara esa sonrisa encantadora que sólo él sabía poner cuando la situación lo requería, y dirigió varios saludos a distintas zonas de la sala haciendo uso de su infinito carisma. Dirigió su mirada hacia el escenario y subió a reunirse con los presentadores, mientras todo el mundo seguía aplaudiéndole.
La voz de Sesshomaru la sacó de su ensimismamiento.
-El discurso del actor principal. Es ahora cuando quería hacerlo, deberíamos apresurarnos si no queremos perdérnoslo, sólo tenemos que bajar esas escaleras y…
Se quedó plantado en medio del pasillo cuando la joven se lanzó a correr como una gacela, en la dirección que él había señalado con ese pasmado dedo índice que quedó suspendido en el aire. Olvidando los zapatos, que se quedaron tirados lastimosamente en medio del pasillo, Kagome ignoró el llamado de su cuñado y se precipitó por las escaleras de la derecha. Llegó sin aliento a una puerta doble que tenía un gran cartel en el que ponía "Auditorio" y la empujó sin miramientos.
La sala se había quedado a oscuras ahora y sólo estaba iluminado el escenario, con tal de focalizar la atención del público a quien en esos momentos era el centro de todas las miradas. Kagome se apresuró por uno de los laterales de la sala, avanzando por el pasillo que tocaba la pared mientras escuchaba a Inuyasha hablar por el micrófono:
-…todo el equipo que ha hecho que esta película haya sido posible. Estoy convencido de que va a ser todo un éxito. También quiero agradecer a mi madre, mi hermano, mi pareja y mis amigos, por estar siempre a mi lado. Me dispongo a dejar que disfruten del evento, pero antes quisiera anunciar algo.
Kagome gimió desesperada. ¿Es que ese condenado pasillo no se acababa nunca? ¿De dónde habían sacado una sala tan grande?
-Desde que empecé en el mundo de la actuación a los siete años, mi vida ha sido algo parecido a un sueño. Este increíble gremio que formamos todos juntos me ha dado muchos de los mejores momentos de mi vida, pero…
Inuyasha se interrumpió a sí mismo, abriendo los ojos como platos, cuando vio un destello azul apareciendo por el lateral de la primera fila de asientos y se dio cuenta de que era Kagome. Se miraron durante unos instantes eternos, sin decir ni expresar nada. Fue el tiempo suficiente para que la gente empezara a murmurar, sin entender qué ocurría ahí delante ni el porqué de esa pausa dramática. Aquello hizo reaccionar a Inuyasha, que intentó recuperar la sonrisa y proseguir con su discurso.
-Disculpen – dijo, descolocado y mirando primero al público y luego a la cámara, consciente de que en esos momentos le estaba viendo literalmente todo el país - Como decía, en el mundo del espectáculo he vivido los mejores años de mi vida pero también he vivido…
Se volvió a interrumpir porque Kagome le estaba haciendo señas como una loca desesperada. Volvió su atención hacia ella, esta vez lanzándole una mirada y un gesto que le dijeron "Ahora no". Ella apretó los puños con indignación y luego señaló a sus pies con el dedo, marcando con sus labios la expresión "Ahora sí" y demandando que fuera ahí de inmediato. Rezó para que ninguna cámara estuviese enfocándola.
Inuyasha vaciló unos instantes, llegando a la conclusión de que quizá sí era un asunto urgente lo que hacía que Kagome estuviera ahí con aspecto de acabar de correr una maratón y gesticulando como una demente, exigiéndole que bajara junto a ella.
-Discúlpenme un momento, por favor.
La sala entera se puso a hablar de golpe mientras él bajaba por un lateral del escenario y se apresuraba en reunirse con su pareja. Los presentadores enseguida volvieron a tomar el mando, recuperando la compostura después de esa acción de Inuyasha tan improvisada, y con la sonrisa postiza puesta para anunciar que se iban a ir unos minutos a publicidad.
Inuyasha llegó al lado de Kagome hecho un basilisco pero la tomó de la cintura con fingida cortesía por ser consciente de que estaba siendo observado, llevándola hacia la zona no iluminada de la sala para salir del alcance de las vistas y de las cámaras. Una vez allí, la encaró con ojos encolerizados.
-¡¿Se puede saber qué mierda estás haciendo?! – exigió saber, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no gritarle y que todo el mundo oyera la conversación.
-¡No, la pregunta es qué mierda estás haciendo tú! ¿En serio te crees que no sabría lo que pretendías hacer? – replicó, no dispuesta a que la intimidara.
-Cualquiera con dos dedos de frente sabe ya lo que quiero hacer – señaló el resto de la sala con un dedo - porque he intentado hacerlo dos veces. Me he hecho a mí mismo el mayor spoiler de mi carrera por tu culpa.
- ¡¿Ahora te importa tu carrera?! Ibas a tirarla por la borda hace un momento. Me niego a creer que eso es lo que realmente quieres…
-¡Te quiero a ti! – exclamó en un impulso, aferrándola de los brazos y desarmándola. La gente que estaba sentada más cerca de ellos se giró a verlos, atraídos por su grito, pero Inuyasha ni siquiera se dio cuenta. Kagome les dedicó una adorable sonrisita de disculpa - ¿Por qué no puedes aceptar eso?
-¡No puedo aceptar que el amor de mi vida esté renunciando a su felicidad por mí! ¿Tú lo permitirías si estuvieses en mi lugar?
Inuyasha se quedó callado, mirándola fijamente con el ceño fruncido. Primero pareció que estaba meditando su pregunta, pero luego Kagome se dio cuenta de que estaba dolido.
-No has entendido nada – sentenció, apesadumbrado.
-¿El qué no he entendido? – preguntó con expresión inocente, de repente sintiéndose descolocada por la afirmación de él.
-Después de todo lo que hemos vivido…sigues sin entender nada acerca de mi felicidad.
Las manos que tenía puestas en los brazos de la chica aflojaron el agarre para después acariciárselos con cariño. Inuyasha suspiró y se acercó un poco más a ella, hablándole de cerca.
-¿Quieres hablar de felicidad? Felicidad es lo que siento cuando salgo de ese trabajo que según tú es lo más importante para mí, y te encuentro en casa al llegar. Felicidad es lo que me brota en el pecho cuando veo tu nombre en el móvil cuando me suena – la abrazó contra él en un impulso y siguió hablándole al oído - El estadio máximo de felicidad lo alcanzo cuando estoy dentro de ti y siento que mi cuerpo se funde con el tuyo.
Kagome sintió que los ojos le ardían ante lo que el hombre que amaba le estaba diciendo. De repente no tenía ni idea de cómo contestarle. ¿Con qué clase de argumento se podían rebatir unas palabras tan potentes como esas sin menospreciarlas?
-Y de todos modos, vida…Yo no iba a hacer eso – añadió él en un murmullo.
La chica se separó de golpe de él y lo encaró, mirándolo primero pasmada, luego sonrojada, y después queriendo que la tierra se la tragara.
-Eh…¿no?
Inuyasha levantó una ceja.
-No.
Oh, genial. Fantástico.
Lo había malinterpretado todo. Ya no sólo era tonta, también una egocéntrica. Había dado por descontado que su novio iba a renunciar a su carrera por ella porque era una creída y una ingenua. Todo ese hartón de correr que se había metido, la ruta kamikaze que se había pegado Sango para llevarla hasta ahí, y su aparición triunfal clandestina en la alfombra roja delante de centenares de personas, todo digno de una película…para nada, por una teoría errónea. Sintió tanta vergüenza que se cubrió el rostro con las palmas de las manos.
-Mierda. Seré gilipollas… - masculló, humillada.
Inuyasha parpadeó, descolocado por unos segundos, pero al final soltó un suspiro y él mismo le tomó las muñecas para quitarle las manos de la cara y obligarla a mirarle.
-No iba a renunciar a mi carrera, pero…Admito que sí pretendía hacer un gran cambio. Pretendo hacerlo – se corrigió, con un tono de voz firme que le dejaba claro que su intervención no había modificado cualesquiera que fueran sus intenciones.
-¿Qué cambio? – preguntó, otra vez reanudado su estrés e interrogándole con la mirada - Inuyasha, no puedes tomar decisiones cruciales sólo por otra persona.
-No lo hago sólo por ti – replicó con firmeza - Es algo que tendría que haber hecho por mí mismo hace años.
-Sea lo que sea, me parece mucha casualidad que te haya picado por llevarlo a cabo ahora.
Él puso los ojos en blanco, sintiéndose acorralado y exasperado a partes iguales.
-Vale, admito que no es casualidad. Haría cualquier cosa por ti, ángel. Pero necesitaba un empujoncito para hacer lo que siempre he sabido que tenía que hacer, y todo lo que ha pasado ha sido la señal de que tiene que ser ahora o nunca. No sé si hará que mejoren las cosas, pero en todo caso desviará parte de la atención que ahora hay puesta sobre ti.
-¿Pero qué es…?
-Si quieres saberlo, necesito que me dejes subir ahí y que confíes en mí.
Kagome tragó saliva. Se hizo una pausa breve, en la que ella se quedó escrutando su expresión como si pretendiera que ésta le chivara cuál era su plan, y él estuvo mirando el escenario, cavilando posiblemente acerca de sus asuntos misteriosos. Dejó de hacerlo para encontrar sus ojos cuando la oyó hablar de nuevo.
-Confío en ti. Siempre. – declaró ella, cogiéndole de una mano y dándole un cálido apretón.
Inuyasha miró el escenario un rato más, luego la miró a ella y se acercó para darle un lento y largo beso en la frente, al que se abandonó con los ojos cerrados.
-Te amo – le susurró cuando se separó. Le devolvió el apretón en la mano y luego se la soltó, dejándola sola para volver a caminar hacia el escenario.
Kagome sintió el corazón bombear con fuerza ante la simple pero intensa declaración. Se abrazó a sí misma con los ojos humedecidos, y solo alcanzó a quedarse quieta viendo desde su posición cómo los presentadores anunciaban la vuelta de Inuyasha y todo el mundo aplaudía. El actor retomó su posición junto al micrófono obsequiando a los espectadores con una gentil sonrisa y una carismática disculpa. Hizo un chiste sobre las mujeres que iban a dominar el mundo empezando por él y todo el mundo se rió. Luego procedió con su discurso.
-Lo que estaba diciendo antes de que mi encantadora media naranja hiciera acto de presencia, era que el mundo de la actuación me ha hecho crecer como persona, evolucionar como ser humano y conocer a centenares de personas increíbles que me han aportado unas valiosísimas lecciones y grandes recuerdos, que atesoraré siempre – hizo una pausa y luego dirigió una mirada cargada de determinación a la cámara – Y espero que todas esas personas sigáis sumando a mi lado…ahora que voy a dejar atrás mi carrera profesional como actor, y empezaré una nueva etapa como director.
Kagome se llevó las dos manos a la boca ahogando una exclamación, mientras el anfiteatro estallaba en bullicio. Por un minuto, de repente todo fue caótico. Las personas hablaban entre ellas, los periodistas que había en el borde de la platea empezaron a hacer fotos y preguntas a Inuyasha a medio grito, y los acomodadores intentaron poner un poco de paz. Inuyasha también le hizo algún que otro gesto a la prensa como para decirles que todavía no había terminado, y eso fue captado por la cámara y las pantallas, de modo que poco a poco la sala volvió a quedarse en una calma aceptable para concederle sus deseos.
-Cuando empecé en el arte dramático… mi utopía, mi meta final desde que era un adolescente, siempre fue la dirección de cine. Era algo que sentía que me iba tan grande, un sueño que me parecía tan avaricioso, que sólo lo compartí con mi hermano, hace muchos años – confesó, haciendo un gesto de cabeza hacia donde sabía que estaba ubicado Sesshomaru – Y sólo él conocía mis intenciones para esta noche.
Kagome abrió enormemente sus ojos castaños, desconcertada. ¿Sesshomaru lo sabía, entonces? Estaba claro que no se habían entendido. "Madre mía, ¿acaso habrá algo que no me salga mal esta noche?", se lamentó, llevando los dedos a su frente en señal de hastío y negando con la cabeza. Dejó de sermonearse a sí misma sólo porque no quería perderse ni una palabra de las que estaban saliendo por la boca de Inuyasha.
-Era un sueño que siempre había estado allí, arrinconado en algún rincón de mi corazón y acumulando polvo porque hasta ahora nunca me había atrevido a salir de mi zona de confort. Y entonces fue…cuando conocí a alguien que me enseñó lo que es la verdadera fuerza. Ella ha sido mi inspiración, porque es la persona más luchadora que conozco, y esta noche me gustaría presentársela a todos ustedes – dirigió su mirada hacia cierta chica de vestido azul y añadió – Cariño, ¿puedes subir?
Kagome se señaló a sí misma con un dedo incrédulo, como si le estuviera preguntando si realmente se refería a ella con ese apodo o a alguna amante que tuviera por allí sentada. De repente centenares de ojos miraron en su dirección, y aunque no pudiesen verla del todo bien porque estaba en la penumbra del pasillo, era como si igualmente se hubiese convertido en un mono de feria. Sintió los latidos de su corazón en la garganta y el miedo escénico empezar a crear temblor en su cuerpo. Aun así, la inercia del contexto hizo que sus pies empezaran a caminar hacia ese hombre al que juraba que iba a dejar sin sexo por lo menos dos semanas, por hacerla pasar por semejante mal trago. Siguió siendo el principal objeto de observación durante todo el trayecto, y sus nervios eran tales que trastabilló un poco en la escalerilla cuando subió al escenario. Haberse caído de bruces habría sido la guinda a la noche en que se había sentido más ridícula que en toda su vida.
Inuyasha la tomó de la mano cuando llegó a su lado, encogida como una cervatilla asustada, para pegarla con suavidad a su costado y posar una mano en su cintura. Su aroma masculino y la calidez de su cuerpo la llenaron de familiaridad y volvió a tener esa sensación de que todo estaría bien. Se relajó, aunque sólo un poco.
-Kagome Higurashi, señores – pronunció él, dirigiéndose al público. Instantáneamente llegaron los educados aplausos en respuesta a esa presentación –La misma que ha estado en el punto de mira de toda la envidia y la crueldad que conforman la parte negativa de nuestro trabajo, durante semanas. Lo único malo que ha hecho esta mujer tan increíble es ser lo suficientemente inconsciente como para enamorarse de mí – el público rió de su broma y hasta Kagome lo hizo, rompiendo un poco su propia tensión. Inuyasha sonrió brevemente, pero enseguida volvió a la seriedad - Se ha especulado acerca de ella, y se la ha juzgado y torturado por ciertos aspectos de su pasado por los que yo no puedo sentir otra cosa que el más profundo de los respetos. El hecho de que ella esté aquí a mi lado es una prueba de esa fortaleza que tanto admiro de ella, por haber superado cada obstáculo que la vida le ha puesto en el camino. Y ahí es donde quiero que permanezca…A mi lado, para siempre.
Hizo una pausa para volver a coger a Kagome de la mano y llevarla un par de metros a su izquierda, después de sacar el micrófono de su correspondiente pie para quedárselo libre en la mano. Aprovechó para comentar:
-Les prometo que después de esto me voy a callar.
Otra vez risas. Kagome sonrió nerviosa y miró a la gente, sintiendo una enorme presión encima de ella, pues no estaba acostumbrada a ese nivel de atención. De repente fue consciente, como si se hubiese iluminado una bombilla en su cabeza, de que iba descalza, sin maquillar, despeinada y con el vestido arrugado por la carrera, al lado de Inuyasha que parecía un adonis perfectamente arreglado para la ocasión. Todo aquello delante de centenares de personas más que iban de gala. Y estaban siendo retransmitidos en directo, por lo menos para todo Japón. Sintió que se ponía todavía más roja si es que aquello era posible y quiso que la tierra se abriera a sus pies y se la tragara.
Pero de repente, una exclamación generalizada de sorpresa sonó en la sala, y las miradas conmocionadas de toda la gente a la que estaba observando hicieron que se preguntara qué diablos estaba ocurriendo para que todo el mundo mostrara ese asombro. Y cuando se giró hacia Inuyasha para ver si era él el causante…se lo encontró con una rodilla hincada ante ella.
Si alguien la hubiese pinchado en ese momento, no habría sangrado.
-Kagome Higurashi, mi ángel de la guarda… ¿Quieres casarte conmigo?
Le mostró una cajita de terciopelo que había sacado de su bolsillo mientras ella no estaba mirando y la abrió, revelando un precioso anillo de oro blanco…con un zafiro. Kagome sintió que se quedaba sin respiración al reconocer ese anillo, el mismo que se había probado en la joyería de Totosai tantos meses atrás. Se llevó la mano a los labios por acto reflejo. Todo el cuerpo le temblaba, posiblemente por el enorme esfuerzo que estaba haciendo para no ponerse a llorar. No sabía si de la emoción, de los nervios o de la vergüenza, pero aquello era irrelevante en ese momento porque Inuyasha necesitaba ser contestado, y solo había una respuesta posible para su pregunta:
-Sí…¡Por supuesto que sí! – exclamó con entusiasmo, lo suficientemente alto para ser oída aun sin micrófono. No le habría hecho falta, pues la sala había enmudecido desde que él se había arrodillado.
La sonrisa de Inuyasha fue tan amplia que se le habrían podido ver todos los dientes. Extendió la mano, reclamando la de ella, y cuando Kagome se la dio, le puso el anillo en el dedo y luego se levantó para darle un respetuoso y discreto, pero amoroso beso en los labios, mientras todo el mundo ya se había levantado, y ahora les aplaudía y les vitoreaba desde el momento en que ella había pronunciado su respuesta.
Los presentadores acudieron enseguida para felicitarles, y después solo les quedó retirarse para que el evento pudiese continuar. Una vez ocupó el asiento vacío en primera fila que había estado reservado para ella, junto a su ahora prometido, Kagome se miró la mano y contempló maravillada la joya que tanto la había cautivado desde el primer instante en que la vio. De inmediato, los dedos de Inuyasha buscaron los suyos para entrelazarse con ellos. Intercambiaron una mirada resplandeciente de pura adoración y no dijeron nada, sólo sonrieron. Y con eso, se lo dijeron todo.
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La película fue espectacular. La trama, los actores, los efectos especiales. Absolutamente todo lo que la componía haría que fuera un taquillazo histórico. Fueron dos horas de total absorción en la pantalla. Nadie habló apenas, casi nadie dijo ni una palabra. Y cuando el largometraje terminó, la gente se puso de pie para aplaudir.
Kagome se incluyó en esa ovación, incluso si le había costado un poco concentrarse en la película. ¿Cómo hacerlo, teniendo en cuenta el increíble suceso que acababa de acontecer en su vida? Por todos los dioses, ¡iba a casarse con Inuyasha! Se miró el anillo por enésima vez como si no acabara de creerse que lo encontraría en su dedo. Inuyasha la vio hacerlo y sonrió complacido, con sus ojos dorados irradiando ilusiones. En cuanto el caballero que estuvo sentado a su lado durante la película se despidió formalmente de él con un buen apretón de manos y se fue, se acercó a la chica y la tomó de la cintura.
-Si lo miras más, lo vas a desgastar – bromeó, besando sus cabellos.
Ella le miró, ligeramente sonrojada por haber sido pillada, pero incapaz de no estar sonriendo de oreja a oreja dadas las circunstancias.
-Oye, ¿cómo es que…?
Pero lo que quería preguntarle a Inuyasha quedó interrumpido cuando un montón de personas empezaron a acercarse a ellos. Tanto el espectáculo empalagoso que habían dado como el hecho de que él era uno de los protagonistas del evento, hacían que mucha gente quisiera acudir tanto a saludarle y hablar con él, como a felicitarles a ambos. Y en cuanto vio acercarse a Rin, la alegría de Kagome llegó a su estado máximo. La otra chica medio corrió para llegar junto a ella, dejando atrás a un rezagado Sesshomaru que lejos de sentir vergüenza ajena por eso, solo se quedó mirando con ternura cómo se alejaba.
-¡Dios mío! – exclamó la veinteañera, echándose en brazos de su amiga – ¡Mil felicidades, chicos! Madre mía, qué fuerte, me alegro tantísimo por vosotros...¡Enséñame el anillo!
Kagome le concedió su deseo, mostrándole la joya con una sonrisa tímida pero orgullosa. Rin le tomó los dedos para poder contemplarla mejor, sin poder dejar de decir lo bonita que era y lo muy bien que le quedaba.
-Es que el azul es su color – intervino Inuyasha, que se incorporaba a la conversación después de dar por acabada otra que le había entretenido con un matrimonio joven - ¿Por qué te crees que elegí un vestido azul?
Kagome le miró con curiosidad y a la vez con socarronería.
-¿El azul, mi color? Esto es nuevo. ¿Desde cuándo…?
-Desde que te vi probarte esto – le contestó, tomando su mano y acariciando el zafiro. En ese momento llegó Sesshomaru, que también había sido interceptado a medio camino por sus compromisos sociales - Hey, Maru.
-Enhorabuena – le dijo el mayor, pero mirando a ambos con una de sus calmas sonrisas. Le dio un fuerte abrazo a su hermano, y después le mostró a Kagome algo que llevaba en la mano – Creo que esto es tuyo.
Los ojos de Kagome se iluminaron cuando vio sus zapatos de tacón, esos mismos que había dejado tirados en el pasillo de arriba y que al parecer su cuñado había tenido la delicadeza de recoger. Se los arrebató de las manos y se los puso con urgencia, algo irónico teniendo en cuenta lo mucho que había rajado de ellos. Después de haber sido presentada a media sala descalza, tener algo que ponerse en los pies era un regalo del cielo, incluso tratándose de esos tacones infernales que ahora le parecían una bendición.
-¡Mil gracias, Maru! Menos mal, qué vergüenza he pasado… - declaró, terminando de atárselos en los tobillos mientras se sujetaba del brazo de Rin. Luego pareció acordarse de algo y miró a su amiga con ojos suplicantes – Por favor, dime que llevas algo de maquillaje encima.
-Pues llevo mi kit de emergencias. No es mucho, sólo la máscara y…
-Me vale. Podemos ir al baño, ¿por favor?
-Claro.
Se disculparon con los hombres y salieron del anfiteatro. En el baño había cola, pero resultó que había también un tocador que en esos momentos estaba más o menos disponible. Había varias mujeres haciéndose sus retoques, y la mitad se mostraron complacidas por su llegada, ya no sólo por la de Kagome, sino también por la de Rin. Esa estaba siendo también su noche de estreno como pareja de Sesshomaru, y aunque la idílica propuesta de matrimonio de Inuyasha había hecho furor, la presentación en sociedad de Rin también estaba dando mucho de qué hablar.
En cuanto otro par de chicas entendieron cuál era el apuro de Kagome, ofrecieron no sólo su propio maquillaje sino también su ayuda y sus ideas para elaborar un remedio de emergencia. Al final, con el trabajo en equipo, Kagome terminó mejor maquillada que si hubiese podido hacerlo ella misma en la tranquilidad de su casa antes de salir. Y también mejor peinada, pues reuniendo varias horquillas provenientes de los distintos bolsos, habían apañado un bonito recogido que dejaba la mayor parte de su cabello suelto pero varios mechones trenzados adornando su cuero cabelludo. En sólo veinte minutos pasó de parecer una pordiosera que le había robado el vestido a una ricachona, a lucir como todo una modelo. Ni siquiera se reconoció a sí misma cuando se miró en el espejo.
Y al parecer, Inuyasha tampoco. Cuando la vio venir, se la quedó mirando pasmado y su boca quedó entreabierta hasta que ella misma se la cerró con el dedo índice, sonriéndole burlona.
-¿Se te ha comido la lengua el gato?
-Da gracias a que no te llevo de vuelta al baño – murmuró en cuanto recuperó la voz, cerca de su oreja para que nadie más se enterara de su sensual advertencia – Estás preciosa, prometida.
La noche siguió su curso. Del anfiteatro pasaron a otra sala en la que les esperaba el catering. Charlaron, rieron y se divirtieron durante un par de horas y aun así, cuando el evento llegó a su fin y salieron, todavía había gente fuera. Eran los fans más fieles, los más apasionados, que al verles retirarse a sus hogares, dejaron todo lo que habían estado haciendo para entretenerse y se acercaron a las vallas, llamándoles la atención tanto como podían. Kagome oyó como otro montón de voces, sobretodo femeninas, pedían ver el anillo y les daban la enhorabuena. Vaya, al parecer la noticia se había esparcido como la pólvora…
En cuanto levantó su mirada tímida de la alfombra roja se dio cuenta de por qué. Las pantallas a su alrededor estaban reproduciendo exactamente en ese instante, como si hubiesen estado esperando a que particularmente Inuyasha y ella salieran, ese momento. Se quedó medio embobada viéndole a él arrodillado de nuevo, y pudo verse a ella misma cómo había reaccionado y exactamente la cara que había puesto, como si se tratara de una película. Inuyasha apretó la mano que le tenía tomada. Intercambiaron una mirada cómplice que les dio a entender que ambos se habían dado cuenta de ese detalle que habían tenido los programadores.
Nada más salir del alcance de la alfombra y estando de nuevo en la acera, la seguridad del evento ya no pudo seguir protegiéndoles, y entonces una horda de periodistas se interpuso entre ellos y la limusina que ya estaba ahí para recogerles.
-¡Inuyasha, Kagome! ¡Muchas felicidades!
-¿Qué nos podéis contar?
-¿Tenéis fecha?
-¿Es cierto lo que dicen sobre el embarazo de Kagome?
-Kagome, ¿tienes algo que decir sobre lo que últimamente se ha estado contando sobre ti?
Inuyasha hizo una mueca de hastío, afianzando el agarre de sus dedos entrelazados con los de su prometida para transmitirle tranquilidad y apoyo ante esa última pregunta tan inoportuna que sabía que no era cómoda para ella.
- No, evidentemente no tenemos fecha tan pronto. No, no está embarazada. Muchas gracias por sus felicitaciones, somos muy dichosos. Y nada más que decir, señores. Si nos disculpan, ya tendríamos que…
-En realidad, yo sí tengo algo más que decir.
Inuyasha se quedó mirando sorprendido a Kagome. Ahora el que no decía nada era él, respetando al cien por cien la iniciativa de su acompañante, y con tanta curiosidad por saber lo que se le estaba pasando por la cabeza como los periodistas que de repente se habían quedado callados, a la espera de que empezara a hablar esa chica que nunca antes había accedido a declarar nada delante de ninguna cámara.
-Me gustaría decir… - carraspeó, un poco insegura los primeros segundos, pero tomando aire para darse ánimos - Y con esto, me dirijo a todas las personas que ahora mismo están pasando por ese mismo calvario que por suerte un buen día logré dejar atrás…
Sus ojos enfocaron el puntito rojo parpadeante de la cámara que estaba más al centro de todas las que había ahí, y de repente era como si ahí mismo pudiera verse a sí misma. A esa Kagome pálida, con ojeras y de cuarenta kilos, que su exnovio había definido y de la que se había burlado. Le habló a ella, a esa yo atormentada de su pasado con la que necesitaba reconciliarse de una vez por todas.
-Sé que ahora mismo sientes que la vida te ahoga. Que estás sola en este mundo porque nadie quiere entender tus necesidades. Que la única manera de que te quieran, es que cambies. Y que a la gente le importarías más si tuviesen algo más bonito en lo que fijarse. Lo sé, porque he estado ahí, en tu lugar– sonrió con ternura, aun a pesar de las lágrimas que estaban empezando a poblar sus ojos. Agachó la mirada unos segundos para contenerlas y luego volvió a dirigirse a la cámara. Inspiró hondo para serenarse, en un intento de que la voz le aguantara y no se quebrase – Yo he sido un buen ejemplo estos días de que la sociedad no te lo va a poner fácil, y siempre va a tratar de que te veas a ti misma como un bicho raro. Te van a dar la razón en eso, pero déjame decirte que es una gran mentira. Sé cuales son tus prioridades ahora mismo, antaño también eran las mías y sólo cuando salí del pozo me di cuenta de que eran una condena injusta. Tienes lo que hay que tener para salir de esta. Porque seas quien seas, estés donde estés, y digan lo que digan…Eres fuerte, valiente…y preciosa.
No pudo seguir hablando, porque su compostura empezaba a romperse. Cerró los ojos y apretó los labios, tomando una amplia bocanada de aire de nuevo, mientras una lágrima traicionera bajaba por su mejilla. Los periodistas se habían quedado mudos, al igual que Inuyasha, que apenas alcanzó a pasarle la mano por la cintura para llamar su atención, aguardando a saber sus siguientes deseos. Cuando ella le miró, tenía los ojos húmedos pero una sonrisa había aparecido en su rostro. Una sonrisa de paz interior que habló por sí sola.
Inuyasha tragó duro, sintiendo que sus propios ojos también le ardían. Las emociones que Kagome había expresado con su discurso eran tan palpables que le habían oprimido el pecho. Le dio un beso en la coronilla, sin importarle el que medio mundo les estuviese viendo, y luego le preguntó algo al oído. Ella negó con la cabeza.
-Esto es todo – dijo él, sonriendo a la prensa – Gracias por su tiempo.
Y esta vez, cuando intentaron reanudar su marcha hacia el coche, nadie se lo impidió.
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Llevaban quince minutos de trayecto, y de esos quince, cinco habían servido para recuperar los ánimos después de esa intervención de Kagome tan significativa y sentida. Dicha recuperación fue seguida por un estado de euforia y liberación por parte de ella, que fue canalizado cuando empezaron a comerse a besos, celebrando al fin y con plena ilusión su nuevo estado de compromiso. La intimidad de la limusina, en la que ni siquiera el chófer podía verles, había contribuido a ello. En algún momento dado dentro de esa horda de mimos arrolladores, Inuyasha le tomó la mano y besó el anillo con el que habían sellado el pacto unas horas antes. Kagome sonrió.
-No esperemos demasiado – pidió el hombre, acercándose para apoyar su frente en la de ella – Quiero que seas mía.
-Yo siempre he sido tuya, boss – se limitó a contestar, reprimiendo la risa que le provocaba el desastre de carmín que Inuyasha empezaba a llevar alrededor de la boca – Oye, tengo una pregunta…¿Cómo es que lo llevabas encima? Yo no iba a venir.
Inuyasha sonrió enigmáticamente antes de darle su respuesta.
-Estás de suerte, todavía no me he deshecho de los de la temporada pasada – comentó Totosai, posando delante de él una bandeja de anillos que tenía un poco de polvo – Pero no entiendo tu reticencia a mirarte la temporada nueva, hijo. Es más moderna, más…
-No me interesa, Totosai – le cortó Inuyasha con impaciencia, pasando sus ojos dorados rápidamente por encima de todas las joyas restantes en esa bandeja. Su mirada se iluminó de alivio cuando encontró lo que buscaba y lo tomó entre sus dedos – A mí sólo me interesa éste.
En cuanto el joyero se dio cuenta de cuál era la pieza a por la que tan directamente había ido el actor, se echó a reír.
-¡Madre mía! ¡Lo sabía! – celebró, aplaudiendo como si estuviese pensando en algo muy gracioso.
-¿El qué sabías, eh? – le desafió a responder, haciéndose el ofendido pero sin poder dejar de contemplar con expresión triunfal la sortija que tenía en la mano.
-Es para Kagome, ¿verdad? – le preguntó con una misteriosa sonrisa, e Inuyasha enrojeció al darse cuenta de lo evidente que había sido. Aquello le bastó al anciano como respuesta – Supe que ella era alguien especial para ti ese mismo día, que de algún modo estabais conectados. Los que vemos el amor cada día sabemos ver las señales.
-¿Qué señales? ¿Qué tonterías lacrimógenas estás diciendo? – espetó abochornado, pero a la vez con una profunda curiosidad por saber qué diablos había visto Totosai en él y Kagome cuando a él mismo le había costado meses dimensionar sus propios sentimientos.
-Lo supe en cuanto la saludé a ella creyendo que era tu prometida. Dos amigos normales se habrían reído y no se habrían puesto como un tomate, como vosotros. Creo que nunca te había visto tan bloqueado y nervioso. Fue encantador – después de confesar cuáles habían sido los tejemanejes de sus conclusiones, se inclinó sobre la mesa para enfatizar su entusiasmo – Sólo me queda desearte mucha suerte, y que encuentres el momento perfecto para pedírselo.
-¡Keh! No existen los momentos perfectos, Totosai – masculló, cruzándose de brazos y haciendo una mueca refleja por los recuerdos que inconscientemente empezó a evocar – La última vez lo planeé todo para que fuera perfecto, y aquí estoy otra vez.
-Es que eso no se planea, Inuyasha. El momento se siente, se vive. Mi consejo es que te lo lleves a todas partes. Llévalo encima incluso aunque ella no esté contigo, la vida da muchas vueltas y te sorprenderías de lo caprichoso que es el destino.
-Estás bastante cursi hoy, pero seguiré tu consejo – se burló el más joven - ¿Cuándo sabré cuándo…?
-Lo sabrás, hijo. Te prometo que lo sabrás.
Kagome sonrió con ternura, acariciándole la cara con las yemas de los dedos.
-Y vaya si lo has sabido… Todavía se me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo.
-Y espero que se te siga poniendo cuando se lo cuentes a nuestros hijos – contestó, mirándola con divertida complicidad – Esa era la idea.
Kagome rio, le robó otro beso y luego se puso a hurgar en su bolso, sacando el móvil.
-¿Otra vez con tus vicios?
-Oh, ya lo creo. Pienso colgar en Instagram una fotaza del anillo, para que todas esas histéricas que me quieren muerta se mueran ellas antes de envidia - Inuyasha sonrió con sorna y puso los ojos en blanco pero no hizo ningún comentario. No podía mentir diciendo que no entendía perfectamente sus circunstancias. En cuanto vio las notificaciones de su pantalla, Kagome levantó una ceja – Me han mandado los resultados de la analítica hace unas horas.
-Oh. ¿Y qué dicen?
-Dame un segundo.
Kagome abrió el documento y agudizó la vista en busca de algún parámetro que estuviese fuera de rango y que pudiese explicar todo ese malestar y lo frágil que se había sentido durante las últimas semanas. No vio nada que no estuviese en su lugar, ni en la bioquímica ni en el hemograma, y frunció los labios. Justo iba a decir que estaba todo bien, cuando se dio cuenta de que había una página más. Inuyasha fue testigo de como la tez nívea de su novia adquiría un tono más pálido de lo normal, y de cómo su boca se quedaba entreabierta, encallándose las palabras en su garganta.
-¿Kagome? – cuestionó preocupado. Al ver que un mechón de pelo azabache se caía hacia adelante, impidiendo ver el rostro de su dueña, lo tomó con ternura para volver a colocarlo detrás de la oreja de la mujer. Al no recibir respuesta, insistió con impaciencia – Cielo, ¿qué ocurre?
Con el labio inferior siendo invadido por un sutil temblor, y los ojos bañados en un brillo que rallaba la incredulidad y el temor a partes iguales, Kagome pronunció esas dos palabras que hicieron que el mundo de Inuyasha se quedase tan paralizado como el suyo:
-Estoy embarazada.
FIN
¡Hola! :)
En fin, ya llegamos al final de esta historia, que espero no haya decepcionado a nadie. Han sido muchos meses y tengo que decir que he llegado realmente agotada al final, pero lo conseguí. Lamento lo mucho que he espaciado las últimas publicaciones, he estado apurando y rascando mi motivación hasta el final. También decir que he cogido el COVID y la gripe seguidos, así que os podéis imaginar donde quedaron mis energías para crear, mi gozo en un pozo U.U
MUCHAS GRACIAS a todos los que habéis comentado, y también a los que habéis sólo leído. Mil gracias por haber invertido vuestro tiempo en darle una oportunidad a este FanFic. Escribir no tiene ningún sentido si no puedes compartir tus creaciones con un lector que comparte tus pasiones y valora tu trabajo.
Sois increíbles. Os quiero, de aquí al infinito. Sin vuestro apoyo, terminar este relato no habría sido posible.
Millones de besos.
Dubbhe^^
