Capítulo 6
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Nunca me había percatado qué tan feliz era con mi vida de adulto, sin dar exámenes ni rendir cuentas a nadie. Pero bueno, ahora era otra vez un mocoso y me acababa de enterar que debía presentar el examen final de pociones. Así que ahí me encontraba, avanzando al lado de Theodore Nott y Hermione Granger, juntos pero no revueltos, camino a las mazmorras.
Durante el trayecto pude notar como Cedric Diggory era el centro de atención de un grupo de niñas, que parecían necesitar un trapito de tanto que salivaban. ¿Qué? ¿Diggory? Sentí que mi mandíbula se desencajaba al verlo.
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Noticia de último minuto.
Otro que no debería estar respirando aparece vivo y coleando.
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Fue una mezcla rarísima de alivio y decepción. Lo primero, porque siempre pensé que su muerte era solo la consecuencia del azar y un hecho bastante injusto. Lo segundo, porque dentro de harem pude divisar a Astoria, que si bien conservaba la dignidad a diferencia del resto de sus compañeras, si parecía estar sinceramente colada por el galán de Hufflepuff.
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Puto.
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Me fui insultando a toda su ascendencia y a su estúpido look de vampiro melancólico, cuando mis neuronas comenzaron a funcionar (sí, gracias, a veces me funcionan, no me aplaudan).
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¿Por qué coño estaba ahí?
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Para el Torneo de los Tres Magos, él cursaba sexto año, por tanto, de seguir vivo, a esta época ya debería tener un año de egresado. Eso, a menos que hubiera repetido de curso, lo cual me parecería raro considerando que no era precisamente un imbécil.
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Bueno, ahora que veo como ignora a Astoria, quizás si lo es.
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Inconscientemente mis puños estaban cerrados, clamando por ir a marcar territorio como un maldito animal, el problema era ¿por qué? ¿de qué? Ella no era nada mío y tal vez, ya nunca lo sería, no después de cómo estaban sucediendo las cosas.
Para peor, como un oligofrénico masoquista, mi cerebro me regaló flashbacks de los dos momentos más felices de mi vida: cuando Astoria me respondió que "sí" y cuando me dio el mejor regalo de la vida, nuestro hijo.
La angustia subió desde mi estómago y se agarró de mi garganta, más cuando pretendía largarme de ahí y consideraba lanzarme desde la torre de astronomía, Severus Snape apareció y me tomó del hombro, apurándome para ingresar a la sala.
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La verdad, no lo pensé, cosa que se me estaba haciendo costumbre, pero lo abracé, y fuerte, frente a todos mis compañeros.
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Escuché como Weasley dejaba escapar una carcajada y la reprimía de inmediato, sonando como un globo al desinflarse. Eso fue todo lo que necesité para separarme de mi padrino, inventando una excusa pobre, como mis ganas de vivir.
–Me tropecé.
Avancé hasta mi puesto tratando de aparentar normalidad y me quedé ahí, esperando que me entregasen la puta prueba. Grande fue mi sorpresa al enterarme que la evaluación no era por escrito, sino una interrogación oral. Grandioso, otra novedad, pensé.
Vi naufragar uno tras otro frente a los oscuros ojos de Severus Snape, que lanzaba la pregunta y esperaba en silencio una respuesta, sin salvavidas ni un susurro de ayuda, nada. Solo unos pocos lograban salir victoriosos de esa batalla intelectual, y pronto ya había llegado a la letra "M".
–Malfoy –pronunció, arrastrando mi apellido como siempre–. Tu turno.
Me senté y los minutos comenzaron a transcurrir a toda velocidad. Simplemente él preguntaba y yo respondía, pudiendo apreciar cómo mis compañeros lanzaban exclamaciones de sorpresa. Digamos que a mis cuarenta años y con mi pasión por las pociones, dicha evaluación era abordable sin estudiar, por no decir sencilla. Pero el resto veía al Draco Malfoy de siempre, y me di cuenta de lo idiota que estaba siendo al lucirme en ese examen.
Fallé a propósito en la última pregunta pero podría jurar que Severus se percató del punto.
–Después de haber sido decepcionado por la mayoría de ustedes –comentó luego de finalizar el examen con ese tono escalofriante y juzgador que recordaba muy bien–, debo admitir que cuatro alumnos rindieron mejor de lo que esperaba. Un paso adelante Granger, Greengrass, Malfoy y Thomas.
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Lo que me faltaba, mascullé mentalmente, mientras hacia lo que ordenaba.
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–Pero la memoria no lo es todo, y yo no regalo los "extraordinarios" –añadió, extrayendo de su bolsillo un pequeño frasquito que contenía un líquido dorado–, por lo que les tengo el siguiente trato. El primero que logre preparar una poción agudizadora del ingenio, no solo tendrá el único "extraordinario" de la clase, sino que, además, se llevará esta muestra de Felix Felicis, que sirve para una dosis de suerte líquida por 12 horas.
Creo que llegué a gruñir de entusiasmo, pero no me importaba en lo absoluto. Esa poción podía ayudarme. Con ella, tendría la suerte para averiguar qué diantres estaba sucediendo y tal vez, incluso podría lograr arreglarlo todo. Era una chance que no iba a dejar pasar, por lo que cambié el switch a "modo combativo". Sin embargo, parecía que no era el único hambriento por el premio, pues los ojos de mis competidores estaban fijos en el frasco.
Snape dio el anuncio de partida y los cuatro ingresamos al laboratorio a buscar lo necesario. Mientras Thomas y Daphne iban por el libro para conocer los ingredientes, yo me adentre de lleno en su búsqueda, ya que los tenía claros: escarabajos para machacar, bilis de armadillo y raíz de jengibre. De una rápida ojeada encontré los escarabajos y el jengibre, no obstante, la bilis brillaba por su ausencia.
Estaba seguro que el muy bastardo la había ocultado para que falláramos, ya que pude apreciar como Thomas agarraba el sudor y no la bilis del armadillo, mientras que Daphne, en su apuro, utilizaba bilis de perezoso.
–Bingo.
Noté una pequeña puerta oculta tras una de las vitrinas y, con cuidado, ingresé por ella, encontrando toda la puta bilis de los armadillos del universo, en un pequeño escondite de no más de un metro de largo y un poco más ancho que mi espalda.
–Siempre supe que estabas haciendo trampa, Malfoy.
La voz recriminatoria de Granger me tomó por sorpresa, pero lo que más me dejó para adentro fue ver cómo la puerta se cerraba detrás de ella. Al sentir el sonido, ella volteó y trató de abrirla, solo para darse cuenta que ésta no tenía manilla por dentro.
–¡Qué hiciste! –exclamé.
–¡Yo nada! –me respondió nerviosa–. ¡Si no hubieras hecho trampa esto no hubiera ocurrido!
–¡No hice trampa!
Ella se cruzó de brazos.
–Vamos, eres inteligente, pero no tanto –me restregó–. Te preguntó cosas que no estaban en los libros y las respondiste como si nada. Además, ¡¿cómo sabías que el ingrediente estaba acá?! ¡¿Ah?!
Tenía ganas de echarle la caballería encima y sacar a relucir todo lo bastardo que me gastaba con años de práctica. Pero ahora no era el momento. Necesitaba esa puñetera poción y quedarme encerrado con ella no me iba a hacer ganarla.
–No pienso dignificar tus ataques con una respuesta, Granger. Ahora solo hay que salir de aquí.
Ella asintió ceñuda y comenzó a gritar conmigo a ver si alguien se daba cuenta que habíamos desaparecido tras una repisa. Pero nada. ¿Acaso íbamos a morir aquí? La miré con ganas de soltar una biblia de insultos cuando noté que su piel estaba más pálida que la mía, y que temblaba suavemente.
–¿Granger?
Ella me miró con los ojos desenfocados y comenzó a frotarse los brazos entre sí.
–Sácame... sácame de aquí, por favor.
–¿Qué ocurre? –pregunto, seguro que se desmaya en cualquier minuto–. ¿Sufres de claustrofobia?
Ella asintió avergonzada y todo tuvo sentido.
Podía reconocer los síntomas. Astoria siempre sufrió con los espacios cerrados. Incluso, una vez creyó haber quedado encerrada en el baño de un centro comercial y tuvo una crisis de pánico horrenda, de puta madre. No paraba de llorar y de temblar como una hoja. Pero había algo que siempre lograba contenerla. Así que eso hice.
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Contuve a Granger.
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–Cierra los ojos –ordené paternalmente, mientras me acercaba a abrazarla–. No pienses en nada, ya nos van a sacar de acá cuando las pociones de esos perdedores les hagan volar las cejas.
Ella aceptó mi abrazo de inmediato y escondió el rostro debajo de mi mentón, apretando con fiereza mi túnica entre sus dedos. Traté de colocar mis brazos a una altura decente, a la mitad de su espalda, sin embargo, tan pronto Granger se amoldó a mi cuerpo, las palpitaciones se me empezaron a ir al carajo, especialmente al olfatear esa esencia de vainilla que emanaban sus cabellos revueltos.
¿Alguien le podía informar a mi cuerpo adolescente que no reaccionara con ese abrazo? Porque las hormonas me estaban pateando en el suelo.
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Y eso no podía estar ocurriendo.
No, señor.
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N/A: ¡Hola! En un ratito respondo los reviews pendientes.
Besos :D
