Capítulo 23
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Dulces. Embriagantes. Adictivos.
No había otra forma de describirlos.
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Cuando su boca se estampó suavemente contra la mía me quedé paralizado, demasiado pasmado con su atrevimiento y a la vez, derretido por el sabor acaramelado de sus labios acolchados, que comenzaron a moverse con una lentitud tortuosa sobre los míos, invitándome a probarlos, suprimiendo mi consciencia hasta anularla por completo.
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A la verga.
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Mi moralidad se fue a negro y comencé a responder su beso con intensidad, llevando una mano a su nuca para acercarla, posando la otra por detrás de su cintura. Ella abrió su boca para darme acceso y, esta vez, no dudé un segundo, invadiendo, profundizando, enredando mi lengua con la suya mientras sus manos abandonaban mi rostro para volver a pasar sus brazos sobre mis hombros, enterrando sus dedos en mi cabello, jalándolo.
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Joder. Estaba perdiendo el control.
Y ese beso se estaba grabando con tinta indeleble en mi memoria.
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Podía oír a lo lejos algunos chiflidos aprobatorios, pero no sabía si se debían a nuestro arranque exhibicionista u otro motivo. La verdad, poco me importaba. En ese instante solo me interesaba ella, pues me había olvidado del mundo, no necesitaba nada ni a nadie más. Era una extraña sensación de estar vivo después de sentirme muerto durante meses. Un oasis de plenitud luego de estar vacío y perdido al enviudar. Granger me estaba absorbiendo el alma y el aire con ese beso, pero ¿quién necesitaba respirar de todos modos? Que se lo llevara todo, mi apetito se había volcado en ella y no veía que me fuera a saciar.
Me sentía mareado, pero aún así, después de un rato me permití morder suavemente su labio inferior, dejando escapar un gruñido de satisfacción mientras ella emitía un suspiro tembloroso, muy similar a un jadeo, que me envió descargas eléctricas por toda la espina dorsal. Fue tanto el impacto que tuvo su voz sofocada y la reacción que tuvo mi cuerpo frente a esta, que mi cerebro despertó, activando todos los cortafuegos de manera repentina y brutal.
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¿Qué estás haciendo, Draco?
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De forma un poco brusca, la separé tomándola de los antebrazos, alejándola de mi. Ella portaba un sonrojo encendido en los pómulos y respiraba agitadamente, al igual que yo, por lo que agradecí que estuviéramos en un lugar público, ya que de lo contrario, quizás qué locura hubiéramos cometido.
La miré alarmado frente a dicha revelación, al percatarme de mi lapsus y como todo había subido de temperatura descontroladamente. En ese momento, Hermione Granger era una joven hermosa e inocente con toda una vida de experiencias por disfrutar, sin saber que yo era en realidad un adulto roto por dentro en el cuerpo de un muchacho. Un adulto que ni siquiera pertenecía a su realidad y que no tenía derecho a intervenir en su destino ni a hacerla sufrir. Un adulto que podría ser su padre de portar mi cuerpo real.
Todo eso estaba tan mal de tantas formas que pude sentir como se me desfiguraba el rostro, contrariado, mientras ella me devolvía la mirada en principio confundida y luego dolida. Había leído con tanta facilidad el arrepentimiento en mis ojos, que me dio miedo, pero ella desconocía mis motivos, por lo que malinterpretaría cualquier cosa que le dijera.
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Así que si tenía que herirla.
Mejor que fuera de una buena vez.
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–Lo siento –farfullé, retrocediendo para generar más espacio entre nosotros–. Pero no puedo convertir esto en algo real –añadí, elaborando una expresión distante en mi rostro–. Ya te dije que no puedo darte lo que deseas, no es lo correcto. Así que lo mejor es que lo dejemos hasta acá.
Ella bajó la vista por breves segundos al piso, para volver enseguida y clavarla en mis ojos, de manera dura.
–Me encanta la facilidad que tienes para mentir... –esbozó y yo parpadeé confundido–. No es que no puedas, Malfoy. No quieres. Así de simple.
Abrí la boca pero no pude rebatir ni añadir nada más. McGonagall y Severus, superados por todo el desorden que se había provocado en la fiesta e incapaces de controlar la extraña actitud de sus alumnos, de un hechizo suprimieron la música y detuvieron la celebración, enviando a todo el mundo a sus respectivas casas. En la confusión y en lo que podía pronunciar Quidditch, Granger se había esfumado perdiéndose entre el alumnado, dejándome sin la posibilidad de defenderme.
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Quizás, así era mejor.
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Comencé a arrastrar los pies hasta la salida tratando de unirme a Theodore, a quien divisé unos metros adelante mío. Sin embargo, al notar que me estaba aproximando, él aceleró el paso, confundiéndose con la masa estudiantil, no sin antes brindarme una mirada mortal que me dejó helado.
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¿Qué diablos le pasaba?
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La frustración crecía dentro de mí y estaba enojado, no solo por haber caído frente a la tentación y luego haberla herido, sino también porque no dejaba de hormiguearme el cuerpo como un puto adolescente, con el aroma de Granger aún pegado en la nariz y los labios hinchados por el potente roce que recibieron de su parte. Así que para aplazar mi llegada a las mazmorras y despejarme antes de enfrentar la socarronería de mis compañeros y una probable discusión con Theodore, tomé el camino largo para tratar de pensar.
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No obstante, mi cabeza no estaba cooperando.
Tampoco mis sentimientos.
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De pronto, una figura apareció en uno de los pasillos vacíos, como una alucinación. Sentí como mi corazón se saltaba un latido mientras mi cabeza trataba de convencerse de que se trataba de una maldita e irónica coincidencia.
Ahí, frente mío, apoyada con la atención hacia afuera del castillo, se encontraba Astoria. No lucía como la niña de tercero que era, ya que su mirada era melancólica y reflexiva. Una opresión en el pecho y el maldito recordatorio de que mi verdadera mujer se encontraba muerta hizo mella en mi psiquis, añadiendo un toque de culpabilidad porque irrisoriamente, al recordar el deseo que había experimentado por Granger minutos antes, me hacía sentir que la había engañado.
Pensé en pasar de largo y tragarme mis propios demonios, cuando en el trayecto pude divisar un par de lágrimas caer por su rostro, en completo silencio. Mis pies se detuvieron inmediatamente y la necesidad de confortarla fue intolerable. Ella no era mi Astoria, pero aun así, era su viva imagen y nunca pude verla llorar. Me partía en pedazos cuando lo hacía y me estaba afectando ver a su versión alternativa sufrir, quien sabe por qué.
–Qué noche más lunática, ¿no crees? –solté casualmente colocándome a su lado, a una distancia prudente, mirando también a los jardines del castillo.
Por el rabillo la vi secar sus lágrimas sutilmente con la palma de la mano.
–Lo fue –comentó sin entrar en detalles, luciendo incómoda con mi aproximación.
–¿Todo bien?
Me quise dar un golpe por mi falta de tacto, pero mi subconsciente me traicionaba más de lo que me gustaba admitir.
–A decir verdad, no –confesó ella, con una sonrisa triste, girando en cuarenta y cinco grados para enfrentarme–. Pensaba que era una lástima que la gente tuviera que tomar una pastilla para ser valiente y hablar de forma honesta.
Chasqueé la lengua.
–La honestidad es difícil. Especialmente cuando implica dañar a alguien –repliqué, ladeando la cabeza–. Aristóteles decía que poco valor es cobardía y demasiado valor es temeridad... ¿Te dijeron algo que no querías oír?
Ella respiró profundamente y enlazó los dedos de sus manos entre sí.
–Me gusta alguien que me ve como una hermana. Y solo me enteré porque le confesé mis sentimientos sin saber que había tomado esa pastilla. Me hubiera gustado que me lo dijera antes, en vez de darme alas y pensar que había algo entre nosotros.
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No necesitaba decirme quien había roto su corazón.
Ese maldito vampiro melancólico se lo perdía.
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–Bueno, al menos te enteraste y puedes empezar a sanar desde ya, ¿no? –respondí, tratando de subir su ánimo–. Desahógate hoy, para mañana levantarte con un peso menos. Eres fuerte y no necesitas a nadie para ser feliz. El amor vendrá por añadidura.
Astoria rió, un poco avergonzada con mis palabras. Pero al menos, ya no lloraba sola.
–Hablas como si me conocieras –susurró mirando sus manos–, y pensar que cuando ibas a casa, yo creía que solo era la irritante hermana menor de tu amiga.
–Bueno, eso eras –bromeé, tomando uno de sus mechones para colocarlo detrás de su oreja y descubrir su cara–. Pero además soy observador, y me parece haberte conocido en otra vida.
Ella negó con la cabeza. Ahora su sonrisa triste había mutado en una sincera.
–Debió ser una buena vida entonces.
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Lo fue mientras duró.
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No sabría explicar qué me pasó, pero algo pasó.
Esa conversación trivial se había sentido como la despedida que tanto necesitaba. No me había dado cuenta que me resistía a dejar ir el recuerdo de mi mujer, pero ahora, conversando con su alter ego, percibí como un gran peso se liberaba de mi espalda. Toda la pena, la angustia, se había esfumado.
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Y sin pensarlo, la abracé fraternalmente a modo de adiós.
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–Se feliz –le susurré y me separé de ella sin darle otra explicación, con la intención de ir a dormir, agotado después de tal catarsis.
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Más no presupuesté que Hermione Granger estuviera observando dicha escena a lo lejos.
Ni que tuviera que salir corriendo detrás de ella para evitar un malentendido.
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N/A: ¿Creen que la alcance?
N/A2: Nuevamente respondí todos los reviews del capítulo anterior. Si nos les ha llegado, sugiero que revisen sus PMs, ya que puede que estén ahí (ojala… snif).
N/A3: Este fin de semana no actualizaré, así que ¡nos leemos el lunes!
