Capítulo 27

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Caía la que sería mi última noche en Hogwarts y estábamos terminando de cenar, todos abarrotados con un exquisito banquete en el Gran Comedor, sin uniformes, casi todos de jeans. Se notaba la ansiedad en el ambiente, la necesidad de todos esos alumnos por regresar a sus respectivos hogares, con sus familias, con quizás qué planes para el verano. Y pensando en eso, no pude sino preguntarme cómo estaría Scorpius en ese momento. ¿Pasaría el tiempo en este universo al mismo ritmo que en el mío? ¿Se sentiría solo? ¿Estaría preocupado? ¿Aún se encontraría pasando la cuarentena con su amigo Albus en casa de los Potter- Weasley? ¿O estaría con su tía Daphne? ¿Tal vez con mis padres?

–¿Terminaste? –farfulló Theo, dándome un manotazo en el brazo para llamar mi atención–. Mira que mañana tenemos que madrugar para tomar el tren.

Miré mi plato de comida y solo quedaban unas migajas por aquí y por allá, así que asentí y me levanté en silencio, mientras él imitaba mis movimientos. Caminamos en dirección a las mazmorras y aunque intentara disimularlo, podía percibir la mirada de él clavada en mí, de seguro preguntándose porqué estaba tan callado y circunspecto. Pero no tenía ganas de hablar sobre eso y sabía que él no preguntaría, quizás, lo asumiría.

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Eran muchos sentimientos encontrados.

Y también, mucho temor de no lograrlo.

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Pensar en lo lejos que estaba mi hijo -¡nada más ni nada menos que en otro puto universo!- era algo que prefería sobrellevar por mi cuenta y ojalá, al menor volumen mental posible. Si le daba muchas vueltas al asunto, si lo exteriorizaba en demasía, el dolor me iba a consumir, por lo que prefería obrar como caballo de carrera, mirando al frente, enfocado en el objetivo y no en los obstáculos.

–¿Sabes? Me daré una vuelta antes de ir a dormir –anuncié, deteniendo mis pasos–. Debo bajar la comida o no dormiré bien.

–Para quemar un décimo de la absurda cantidad de calorías que comiste, Draco, tendrías que correr una puta maratón –puntualizó, sacándome una carcajada–. No seas idiota, anda a acostarte, hazme caso. A partir de mañana, necesitarás toda la energía que sea posible para el viaje.

Era lógico lo que me decía, pero realmente, si me acostaba en ese instante no iba a poder pegar un ojo en toda la noche. Me conocía demasiado bien. Era probable que pasara de largo mirando el techo.

–No jodas. Yo puedo hacer lo que se me dé la gana. Y ahora quiero caminar. Déjame ser.

Theodore suspiró dramáticamente, como si fuera un adulto lidiando con un chiquillo que está dilatando la hora de dormir.

–Cierto. Procede como quieras. Total, siempre has hecho lo que te canta el orto.

Lo miré curioso. ¿Se refería a mí o al Draco que solía conocer? ¿Quizás a ambos? Era probable, porque dudaba que esa faceta de mi personalidad fuese a cambiar en este o en otro universo. Ser yo era sinónimo de ser tozudo, terco, testarudo, y todos los sinónimos de "ser llevado a mis ideas", una virtud y un defecto al mismo tiempo. Aunque ahora solo se trataba de una inocente caminata para pensar. Nada del otro mundo. Podía darme ese gusto.

–Tranquilo –le dije, acercándome para darle unos golpecitos con el índice en la frente–. No me voy a fugar ni me voy a desvelar tanto. Solo quiero caminar y distraerme un rato.

Él me miró, parpadeando lentamente, mientras se sobaba el lugar.

–¿Quieres que te acompañe? –preguntó.

–Preferiría ir solo. Nada personal.

–Vale.

Se encogió de hombros y colocó ambas manos en sus bolsillos, retomando su camino sin más. Miré su espalda alejarse y una extraña sensación de gratitud me inundó.

–¡Hey!

Theodore se detuvo y se dio vuelta extrañado hacia mí, con una ceja alzada, expectante.

–Creo que nunca te lo he dicho, y si lo hice, te lo repito –su rostro repleto de extrañeza se acentuó aún más–. Gracias por estar siempre ahí y por preocuparte por mí a pesar de que recién nos venimos conociendo. Creo que después de mi madre, eres la persona que más me trata de cuidar. Digo "trata" porque sé que soy difícil y por eso mismo tiendo a cagarla.

Lo noté algo avergonzado con mis palabras. Se rascó la cabeza con incomodidad.

–Qué cosas dices –esbozó, [¿se había sonrojado o era mi idea?]–. Eres bien... "particular"

–Soy especial, edición limitada.

–Más bien descontinuada, diría yo.

Una exclamación de protesta de mi parte y una sonrisa ladeada de la suya dio por terminada esa conversación. Volvió a girarse y desapareció a la vuelta del pasillo, mientras yo me disponía a caminar hacia los jardines, tarareando una canción en mi cabeza.

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~He's a real nowhere man

Sitting in his nowhere land

Making all his nowhere plans for nobody~

~Doesn't have a point of view

Knows not where he's going to

Isn't he a bit like you and me?~

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Estaba a un par de metros de la salida cuando de pronto una presencia se apareció a mi lado, colgándose de mi brazo. Me detuve para observar al intruso, quedando sorprendido al notar que se trataba de Granger, que de la nada, tiró del cuello de mi remera para estamparme un beso que me dejó congelado, con el corazón paralizado.

–¿Qué demonios? –le murmuré cuando se separó.

–¿Qué demonios qué? –repuso altiva–. ¿Ves a ese grupito de ahí? –añadió, indicando con un ademán a unas compañeras que estaban cerca de nosotros–. Las escuché apostar en el baño que la del medio te robaba un beso. Las seguí y me adelanté. Fin del comunicado.

Miré por encima de sus rulos como efectivamente ese grupo parecía muy irritado con la presencia de Granger y como se marchaban echando humo por la boca, mientras la del medio le entregaba un galeón a cada una de sus compañeras. Si soy sincero, todas esas dinámicas adolescentes, de retos y apuestas, se me habían olvidado por completo. Más de alguna vez en mi propio universo, especialmente en quinto año, me había convertido en la apuesta recurrente cuando se trataba de seducir a alguien. Sin embargo, sospechaba que en esta oportunidad lo que buscaban era humillar a Granger, dejándola de cornuda.

–Ajá, entonces vienes y marcas territorio con tu novio falso, entiendo –señalé, destrabando mi brazo del suyo–. Pero bastaba que te pusieras a mi lado o me tomaras de la mano, ¿no? No era necesario que me besaras. Habíamos quedado que no habría más acercamientos de ese tipo, cariño.

Ella colocó las manos en jarra y supe que vendría una discusión sobre el tema.

–¿Cuándo? ¿Después de la fiesta? –asentí enérgicamente–. ¿Te refieres a cuando me dejaste los labios hinchados de tanto besarme? me los terminé mordiendo más de una vez porque no estoy acostumbrada a tenerlos así, Draco.

Me atoré con mi propia saliva y tuve que golpearme el pecho con el puño para poder respirar con normalidad. Esa Granger sí que sabía cómo ponerme contra las cuerdas. Es decir, yo sabía que era decidida con los estudios, pero nunca pensé que esa misma determinación se manifestaría en este tipo de "materias".

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¿Ustedes sí?

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–En mi defensa, tú te me abalanzaste en el escritorio de McGonagall y aunque traté, no pude resistirme, lo sabes, te lo dije. Luego comprendí mi error y te dije que sería la última vez, que de amigos y nada más. Creí que habíamos quedado contestes en eso.

Ella levantó las manos para tomar su cabello, darle unas vueltas y dejarlo reposando al costado derecho de su hombro, dejando descubierto el lado izquierdo de su cuello. Mis ojos se desviaron brevemente al lugar porque ahí reposaba un lunar que ya había notado esa noche y que me parecía sumamente hipnótico.

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Maldita sea.

Estaba seguro que lo había hecho a propósito.

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–Das señales confusas, que quieres que te diga –esbozó con una tranquilidad muy bien actuada [traigan el Oscar por favor]–. Tú sabes lo que siento, y esa noche me dijiste que tú sientes cosas por mí también. No veo el problema.

–Pues necesitas lentes si no lo ves, además de un audífono para la sordera, porque también te dije esa noche que tengo cuarenta, un hijo, y que no soy de esta dimensión.

–Sutilezas.

La mirada de ella brillaba de manera felina y retrocedí tratando de ocultar mi nerviosismo. ¿Desde cuándo se había vuelto tan atrevida? Quizás mi intervención en ese universo estaba causando estragos a tal nivel, que había alterado la esencia que conocía de Granger.

–¿Por qué te quedas con lo que te conviene? –suspiré cansado–. Hermione... Oye... Granger... para...

Se me estaba acercando, me estaba acorralando, y demonios, no me sentía capaz de arrancar de ahí. En dos movimientos me tenía de espalda contra la pared y para mi mala fortuna, al mirar a ambos lados del pasillo, ya nadie quedaba en el lugar para poder apelar a su sentido común.

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Inútil de mierda.

Mi compás moral se quebraba cada vez que la tenía cerca.

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Siguió acercándose hasta que su cuerpo se pegó al mío, dejándome percibir el calor que emanaba su piel. Sentí un tirón en la entrepierna gracias a toda la maldita situación y comencé a hacer esfuerzos sobrehumanos para no reaccionar con esa parte de mi cuerpo. Comencé a recitar en mi mente la tabla periódica para distraerme, partiendo por los sólidos alcalinos y alcalinotérreos.

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Litio. Sodio. Potasio. Rubidio. Berilio. Magnesio. Calcio. Estroncio...

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–Dame un buen motivo –susurró ella contra mi boca, llamándome a tierra.

Traté de tragar, pero tenía la garganta seca. Su perfume se colaba de manera violenta por mis fosas nasales, atrayéndome como un canto de sirena.

–Ya te lo di –musité de regreso, cerrando los ojos para evitar la tentación de sus labios–. Esto no está bien.

Pero ella solo me dejó peor con su respuesta.

–No me importa.

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N/A: chan, chan, chaaaaaan.