PRIMERO: Plantaré los árboles que sea necesario para salvar esta democracia.
SEGUNDO: Un abrazo patotástico para nuestros amigos de la ciudad de Castro, ubicados en la Isla Grande de Chiloé, al sur de Chile. Hace poco sufrieron un voraz incendio que destruyó cerca de 140 casas.
TERCERO: Este ha sido el capítulo más raro que me ha salido. Es como una especie de Frankenstein un tanto inconexo. Digamos que la primera mitad la hice antes del viaje hace como dos semanas en un intento de alcanzar a publicar la semana pasada. La segunda mitad la hice ayer después de toda la aventura vivida. En particular, la última escena la tenía atravesada en el fondo del esófago desde hace bastante tiempo. Es por lo anterior que quise meditar con la almohada si publicarlo o no. Finalmente, y debido al principio de la libertad creativa, acepté publicarlo. Espero que no les sea un problema y comprendan que al primer lector que le debo pleitesía es a mí misma, digo, al patito.
CUARTO: ¡No puedo creer que solo nos quedan dos semanas más! Solo alcanzo a publicar dos capítulos más antes de que finalice el año. Este año se nos ha ido volando, y quiero preparar algo especial como última sorpresa.
Polidrama - Capítulo 30
—¡Yang!
—¿Hmm?
—¿Adivina qué?
—¿Qué te pasó ahora?
—Adivina quién hace de Rey Yakko en la obra.
—No lo sé. ¿Era ese tipo…? Se llamaba… ¡Ah! No lo ese chino, conocido de Millie, que trabaja en la tienda de tecnología… ¿Cuál era su nombre?
—¿Dennis?
—¡Ese mismo!
Los gemelos Chad se habían reunido temprano en la mañana en su academia Woo Foo que administraban en el Centro Comercial. Se encontraban esparciendo colchonetas por todo el suelo, a la espera de los primeros estudiantes.
—¿Cómo sabías que era él? —le preguntó Yin con curiosidad.
—Fui a la tienda de tecnología con Millie a buscar un pedido de ella, y allí él nos contó —le explicó tirando al suelo una de las colchonetas que traía sobre su hombro.
—Oye por cierto, ¿cómo te fue anoche con Millie? —le preguntó su hermana con especial interés mientras se encontraba de rodillas ajustando las colchonetas que su hermano iba tirando descuidadamente.
—Pues bien —contestó el conejo aturdido por el repentino cambio de tema volteandose hacia ella.
—¿Hablaste de eso? —Yin se levantó estirando sus brazos hacia atrás.
—Sí, sí, por supuesto —mintió enfáticamente a la espera de que colara su mentira. En realidad prefirió aceptar los hechos en silencio a enfrentar tan difícil conversación.
Yin se le quedó observando un instante que para él fue eterno. Cuando se trataba de detectar una mentira, era sagaz como ave de rapiña. Con su mirada ponía en duda hasta su propia existencia.
—Pero mejor cuéntame cómo te fue anoche —agregó Yang incómodo—. ¿Cómo te fue con Dennis?
Su pregunta pareció tener el efecto deseado.
—¡Ah sí! —contestó con emoción—. ¡Fue la noche más increíble de mi vida!
La coneja giró un par de veces cargada de una alegría desbordante que desconcertó al conejo.
—Ya, pero… ¿qué pasó? —preguntó aturdido.
—Primero, Dennis llegó por lo menos dos horas tarde —le explicó la coneja—. Mientras, nos presentamos el resto del elenco, la directora Luan nos explicó la obra en general, nuestro trabajo, nos pusimos de acuerdo en horarios, ensayos…, ya sabes, lo normal.
—¿Y qué pasó?
—La directora Luan cada vez se volvía más ansiosa porque Dennis no llegaba. Yo no sabía que era él quien hacía del rey Yakko, y ella a cada rato llamaba a su «Rey Yakko» —acotó con comillas en el aire—. Por mí que ella está un poco… como decirlo… ¿loca? —agregó en voz baja.
—Sí, ya lo creo —respondió el conejo con sarcasmo lanzando otra de las colchonetas.
—Todo cambió cuando finalmente llegó él y nos pusieron a ensayar de inmediato una escena que la directora nos eligió —continuó—. ¿Has oído hablar de la leyenda de El rey y yo?
—No —sentenció lanzando otra colchoneta.
—Dicen que los actores que interpretan los papeles protagónicos se terminarán enamorando en la vida real.
La impresión no se demoró en caer en la mirada de Yang, quien se quedó con la mente en puntos suspensivos. Una vez que las ideas crujieron en su cabeza, lanzó las colchonetas al suelo y se echó a reír de buena gana.
—¡Chiwa! ¡Es lo más estúpido que he oído! —decía entre risas. Terminó cayendo sobre una colchoneta mientras se revolcaba de la risa.
La mirada asesina de su hermana, al contrario de mermar su risotada, la potenciaba aún más. Los primeros estudiantes arribaron al lugar, siendo testigos del momento que estaba a punto de formarse.
—¡Yang! ¡Basta! —replicó la coneja claramente molesta.
Al ver que el conejo no se detenía, decidió tomar cartas en el asunto. Se volteó hacia los estudiantes que se amontonaban poco a poco. Juntando sus manos, les regaló una mirada maliciosa y una sonrisa que generaba desconfianza.
—Jóvenes —los saludó—, ya que han llegado temprano, les enseñaré una lección muy valiosa. Jamás, por nada del mundo, bajen la guardia ante el enemigo.
Apenas sus palabras fueron pronunciadas, se volteó y lanzó un rayo celeste claro en dirección a la colchoneta sobre la cual Yang se revolcaba de la risa. Esta cobró vida y se enrolló en torno al conejo en un abrazo asfixiante. Todo sucedió tan rápido que a Yang no le dio tiempo de reaccionar. Pronto las risas se apagaron, siendo reemplazadas por un constante forcejeo por sobrevivir. De repente, dejó de haber movimiento. Era solo la colchoneta aparentemente digiriendo lo que acababa de devorar.
Yin, al ver esto, quedó inicialmente desconcertada. Se acercó lentamente a la colchoneta, a vista y paciencia de todo el grupo, que la observaba con atención. Un sudor frío recorrió su cuerpo. Por un instante se imaginó lo peor. La tomó de una orilla, y la desdobló de un golpe con los ojos cerrados. La colchoneta se transformó en una colchoneta ordinaria. Yin no se atrevía a abrir los ojos. Repentinamente, algo la empujó desde la espalda directo sobre la colchoneta.
—Además de no bajar la guardia, tampoco deben dejar al descubierto sus puntos débiles —Yang salió por la puerta de la oficina mientras recibía su boomerang —o Yangarang— que había lanzado silenciosamente.
—¡Yang! —una muy furiosa y avergonzada Yin lanzó un grito que solo divirtió al conejo.
—Tú lo dijiste —continuó Yang con sarcasmo mientras se acercaba a ella—: nunca bajar la guardia. Son tus palabras.
Las risas, gritos y aplausos no se hicieron esperar. Los viernes atendían a los grupos más avanzados, por lo que los conejos se tomaban mayores licencias durante sus clases. Al ser un curso avanzado, los maestros no necesitaban invertir mayor esfuerzo, disfrutando de los viernes como Dios manda.
Mientras tanto, en la secundaria de Anasatero, una muy ofuscada Lola Loud se encontraba en su asiento mientras mascaba un chicle sonoramente, regalándole miradas asesinas a quien se atreviera a voltearse hacia ella. Su gemela se encontraba a su lado, preocupada y divertida por la actitud de ella.
—¿Cómo está mi bella dulcinea? —a un costado de Lola apareció Carl, ignorando por completo el ambiente. Traía una gruesa sudadera gris claro desgarbada, unos jeans oscuros y unas zapatillas blancas y desgastadas. El chico hincó una rodilla y tomó su mano para besarla fervorosamente.
—¡Largo de aquí! —con furia, Lola le quitó su mano y lo empujó haciéndolo perder el equilibrio—. ¡¿Que no ves que por tu culpa ahora Luan está más obsesionada con esa parejita para la obra?! —le recriminó con el ceño fruncido.
—Pero mi princesa —se defendió con preocupación poniéndose de pie lentamente—, nosotros hicimos lo que pudimos. Si Luan quiere que esos dos sean su pareja estelar. ¡Ellos se lo pierden!
—¡No hicimos todo lo que pudimos! —explotó Lola—. Primero, el chino ese llegó dos horas tarde, segundo, la coneja no tiene idea de actuación, tercero, nuestra entrada fue PER-FEC-TA. ¿Sabes qué fue lo que pasó? ¡Te equivocaste en tus diálogos!
Hasta ese punto, Lola se encontraba prácticamente encima del chico. Se veía amenazante, como solo Lola Loud puede llegar a ser. Todos los presentes al interior del salón se voltearon a ver el espectáculo. Lana se levantó para observar mejor la escena. No tenía un ápice de sorpresa. Sabía que con la corta paciencia de su hermana y la actitud confianzuda de Carl, tarde o temprano terminarían así.
—¡Esa escena que presentamos era de Romeo y Julieta! —Lola remecía al chico tomándolo del cuello de su sudadera—. ¡¿Acaso no tienes idea de nada?!
—Pero tranquila, tranquila —el chico logró zafarse de su lado y ponerse de pie—. ¿Acaso es mi culpa que tu hermana elija esa obra tan rara y tonta para el aniversario?
—¡¿Cómo que rara y tonta?! —parecía que aquellas palabras le hubieran dado nuevos aires de energía y furia a la chica, quien se puso de pie y se acercó con un dedo amenazante—. ¡Tú ignorancia nos hizo perder la única oportunidad que teníamos!
—¿Única oportunidad? —las palabras de Lola parecieron encender una chispa en el chico—. ¡¿Te vas a rendir tan fácilmente?! —la sujetó de los hombros con firmeza—. ¿Vas a dejar que otra chica te quite el lugar que te mereces por derecho propio?
—¿Y qué propones, idiota? —Lola le arrancó los brazos de sus hombros con brusquedad.
—Si esa coneja no puede actuar en la obra, digamos, por un accidente, Luan se verá en la obligación de reemplazarla —le propuso con una mirada decidida.
—Oh no, ¡Carl! ¡No le des ideas a Lola! —Lana decidió intervenir interponiéndose entre ambos. Al voltearse hacia su hermana, se percató de que era demasiado tarde—. Bien hecho, genio —le recriminó al chico con sarcasmo.
Aquella mirada de Lola ya era archiconocida por parte de su hermana. Una maldad con llamas en las pupilas y una sonrisa inquietante mientras saboreaba su plan.
—¡Esa es mi princesa! —exclamó Carl triunfante mientras la rodeaba en un abrazo e intentaba regalarle un beso, aprovechando la ocasión.
—Epa —Lola lo retuvo con la palma—. El siguiente beso será cuando tú seas un Rey Yakko y yo sea una princesa Violet.
Carl aceptó con la cabeza y una sonrisa boba.
—Es momento de jugar rudo —le susurró la chica.
Lola no podía ver el momento sin llenarlo de banderas rojas. Cuando Lola Loud decidía jugar rudo, era realmente peligrosa. En general todos los hermanos Loud eran peligrosos cuando se trataba de jugar rudo, pero Lola era quién más se destacaba. Aunque por otro lado, aunque Carl Casagrande no le llegaba ni a los talones en cuanto a maldad e ingenio, sí era perfecto en cuanto a lealtad y obediencia. ¡Pobre del alma que se convertiría en la siguiente víctima de Lola Loud!
Estaba a punto de intervenir en el momento cuando vio entrar a Nataniel. Parecía transitar invisible por entre las personas más preocupadas por Lola y Carl. La chica lo siguió con la mirada hasta verlo instalarse en su asiento al fondo. Un atractivo peligroso inundó su corazón y la idea de aprovechar de ir a saludarlo inundó su cabeza. Aquel último encuentro en el patio parecía ser una graciosa anécdota en sus recuerdos. Al regalarle un rápido vistazo a la pareja que planificaba en silencio, se convenció que no podía hacer nada por ellos.
A paso rápido, se acercó junto a Nataniel. El chico parecía tenso, con los brazos cruzados y la mirada gacha. Una sombra tenebrosa cubría su ser. Parecía ser invisible para Lana.
—Hola —lo saludó la chica. Sentía aún más confianza a comparación con la última vez.
Nataniel ni siquiera movió un músculo en favor de alguna respuesta.
—Lindo día, ¿no? —Lana colocó sus manos en su espalda intentando controlar sus nervios.
El chico ni siquiera se inmutó.
—¿Qué te ha parecido todo esto del aniversario? —insistió Lana—. Este año no he visto muchas cosas, pero el alcalde ha prometido varias cosas.
Silencio sepulcral.
—El restaurante de mi papá se postuló para la cena del Aniversario la próxima semana. Yo creo que de seguro ganan. La mesa de Lynn se ha vuelto muy popular en los últimos diez años. Yo diría que sería un sacrilegio que no lo eligieran.
Mientras Lana alcanzaba mayor confianza en su parloteo, el gélido silencio continuaba de parte de Nataniel.
—Mi papá es el mejor chef del mundo —prosiguió la chica—. Recuerdo que él siempre nos cocinaba a mí y a mis hermanos, y eso sí que era un desafío. Es que somos doce hijos en total. El tema es que cocinar para trece personas, incluyendo a mi mamá, es todo un desafío. Y no solo lo hace, ¡queda delicioso! Es algo único que solo había visto en mi hermano Lincoln. Él también heredó el don de la cocina, pero se dedicó a otra cosa. Bueno, mi papá se dedicaba a reparar computadoras antes de abrir su restaurante. Quizás a Lincoln le ocurra lo mismo y termine encargándose del restaurante. ¿Qué te parece «La mesa de Lincoln»?
Cada palabra era un martillazo en su cabeza para el pobre chico. La soledad y el silencio eran su único cobijo. ¿Y esa chica entraba a destrozar su Nirvana? Tras sus primeras palabras la hubiera terminado lanzando por la ventana. ¿Por qué no lo hacía? Sus músculos se tensaron, pero una fuerza superior impidió moverlos. Ella parloteaba y parloteaba. Era una tortura silenciosa, pero inevitable. ¿Por qué? Ni siquiera él lo entendía.
Todo sucedió tan rápido como la última vez. Lana seguía hablando descuidadamente. Como si el mundo se moviera en cámara lenta, Nataniel se sintió dueño de su cuerpo. Pudo estirar sus brazos y se preparó para el golpe. El mundo funcionaba como río de manjar. No procesaba mucho, solo actuaba a merced de sus impulsos, que solo buscaban hacerla callar. El puño limpio y de hierro se dirigía directo hacia su rostro. El timbre rasgó el momento congelando nuevamente al muchacho y advirtiendo a la chica de lo que sucedía a su alrededor. El estruendo trajo al mundo de regreso a su marcha mientras el puño quedaba congelado a centímetros de su naríz. Lana se espantó ante el repentino movimiento, cortando sus palabras. El mundo volvió a funcionar omitiendo completamente la existencia de ambos chicos. La chica se sentía desfallecer. El chico se sentía atrapado con las manos en la masa.
Los segundos que les permitió reaccionar les parecieron eternos a ambas partes. Nataniel bajó su puño para regresar a su posición original. Agachó la mirada, pero sus pupilas temblaban. Lana intentaba buscar alguna despedida, pero sus palabras se arrancaron. Lentamente retrocedió temerosa. El corazón parecía explotar en cada latido. La prisa de la llegada del profesor la empujaron en dirección a su asiento.
—Oye, ¿te cuento lo último? ¡El patito quiere quitarme mi programa!
—¡No! ¿En serio?
—¡Sí! Fijate que me advirtió una tarde «Wanda, si sale Kast presidente, adiós al tiempo en Chillán».
—Igual tiene sentido, o sea, «Chillán», le das la dirección exacta.
En la consulta de la señorita Mushroom, la hada se encontraba tomando el té con nadie más que con la mismísima Wanda, la hada madrina de Timmy Turner. Ambas tenían su tacita de té entre sus manos mientras que los platos se encontraban sobre una mesita flotante. Tenían servidas galletitas con chispas de chocolate, una tetera, un hervidor, una azucarera, una jarra con leche y un florero de adorno.
—¡¿Y eso es mi culpa?! —alegó Wanda molesta—. Cuando llegué tras el llamado del patito y me dijeron que tendría mi propio show hecho fanfiction, me imaginé un programa de entrevistas o algo por el estilo. Cuando me dijeron que en realidad debía dar el tiempo, acepté porque pensé «bueno, por algo hay que empezar». ¿Y ahora me van a quitar el programa así como así?
—Es que igual una cosa cierta es que «El tiempo en Chillán» entrega información peligrosa frente a un eventual gobierno de Kast —le intentó explicar su amiga dejando su taza flotando a su lado—. Mira, cuando comenzaron con tu show allá por julio o agosto, eso de que la extrema derecha y Kast gobernara el país era un chiste, pero con el tiempo realmente la cosa se puso fea. ¡Con decirte que en las últimas elecciones ese tipo sacó la primera mayoría! Realmente es toda una contradicción luego del estallido social y del apruebo. Aunque todo tiene una explicación que se puede simplificar en una frase: campaña sucia. Campaña del terror, juego sucio, fake news. ¡Todo! El chileno promedio se está acojonando y llenándose de todo ese miedo que al Kast le conviene para gobernar.
—Pero, a ver —intervino Wanda—. A mí no me interesa qué pasa en Chile. Yo lo único que quiero es que no me cierren el programa. ¡Ya le estoy tomando cariño! ¡Incluso ya tenemos nuestro primer auspiciador!
—¿La Tula? —preguntó la señorita Mushroom bebiendo una lata de la bebida energética.
—¡Esa misma! —confirmó su amiga con una sonrisa—. Pero en serio —el pesar regresó a ella—. No es sólo que dejemos de publicar episodios y dejar que muera. ¡Van a borrarlo! Borran el fic, publicaciones, publicidad. ¡Incluso negar su existencia!
—Es que te explico —insistió la señorita Mushroom—: si sale Kast, la editorial comienza con un proceso llamado «Código naranja», que básicamente incluye mucha censura. Entre esta censura se encuentra borrar todo lo que identifique a la autora. Eso incluye la ciudad donde vive. El programa que conduces poco menos que le grita al mundo dónde vive la autora, y eso es peligroso bajo un gobierno de extrema derecha. Al menos esas son las conclusiones de la Editorial.
—¿Y no pudieron pensar en eso antes? —siguió alegando Wanda—. Digo, el programa decía desde el vamos que la autora vive en Chillán. ¿Acaso no pensaron que ese dato podría ser peligroso por una u otra razón?
—Puede ser —su amiga sorbió un gran trago de su té—, pero desde el vamos te advierto que tanto Martita como el pato no tienen ni la menor idea de lo que están haciendo. Con decirte que el otro día por poco y joden al pobre de Dennis.
—¡No! —Wanda quedó impresionada mientras se cubría la boca con sus dos manos—. ¿Qué pasó? —cuestionó expectante.
—Verás, primero lo detuvieron y le metieron ideas en la cabeza de que era el personaje más confiable de todo el patoverso —le contó la psicóloga—. Le inflaron el ego, sacó pecho, y cuando ya se sentía el dueño del mundo, le pasaron un discurso para que lo leyera en las notas de autor del final de Polidrama. Si no fuera porque me lo pillé por un pasillo antes de subirse al escenario… ¡huh! —la hada se cubrió la cara con ambas manos.
—¿Era muy vergonzoso? —preguntó su amiga confundida.
—¡Era muy comprometedor! —exclamó indignada—. ¡Un discurso así más Kast presidente y adiós Dennis! Menos mal detuve esa estupidez y reté a ese par de pelmazos que intentaron esa tontera.
—¿Pero cómo pudieron pensar que algo así podía funcionar? —preguntó Wanda igual de indignada antes de beber su té.
—Es que Martita nació después de lo de Allende y Pinochet —continuó la psicóloga con más tranquilidad—, y por mucho que te cuenten cómo fue esa época, sencillamente no es lo mismo que vivirlo en carne propia. Por lo tanto ella no tiene idea de qué significa realmente un gobierno de Kast.
—¿Y el pato?
—Ese es un idiota —comentó despectiva—. En serio. Es un montón de plástico y ego sin nada de cerebro. A él no le preocupa nada porque en caso de dictadura a nadie le importan los patos de hule, aunque —agregó pensativa moviendo su taza—... uno de los que apoyaba a Kast amenazó que los patos de hule son comunistas… —terminó por encogerse de hombros.
—¡Eso ni siquiera tiene sentido! —alegó Wanda.
—Desde hace mucho que Chile es un sinsentido —respondió su amiga observando su reflejo sobre el té de su taza.
El silencio les dejó un sabor amargo a ambas hadas.
—Vaya, con todo esto… siento que lo de mi programa es lo menos importante —comentó Wanda.
—Sí y no —respondió la señorita Mushroom—. Frente a la amenaza de un gobierno de extrema derecha con aires de dictadura con violación a los derechos humanos y todo eso, tu programa es lo menos importante. Con respecto a la protección de la editorial y especialmente a la autora, tu programa es uno de los puntos débiles más grandes. Lamentablemente saldrás borrada.
—¿Y este fic? —replicó Wanda apuntando al suelo—. Mencionan a Martita a cada rato. ¿No van a borrarlo?
—Van a reemplazar su nombre —respondió la hada bebiendo lo que le quedaba de té—. Usarán un fake name o algo así.
—¿Y esta conversación la van a borrar? —preguntó Wanda.
—Es lo más probable —respondió la señorita Mushroom.
El silencio amargo nuevamente atravesó a ambas chicas.
—Lo más fácil es que salga Boric —la señorita Mushroom dejó su taza sobre el platito ubicado en la mesa—, así todo queda igual, y esto terminará como una anécdota de la editorial, aunque…
Wanda levantó la vista ante el silencio. La seriedad de su amiga la puso en alerta.
—Aunque… ¿Qué? —preguntó temiendo la respuesta.
—Se vienen tiempos difíciles —respondió—. Puede que ahora salga Boric, pero, ¿podrá gobernar tranquilo? ¿La nueva constitución será una realidad? ¿Qué vendrá después de Boric? ¿Acaso será Kast? La extrema derecha despertó, y no va a descansar hasta tener a la humanidad bajo su yugo esclavizador.
