Capítulo 32

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El viaje fue extremadamente grato, para mi sorpresa y extrañeza. No sabía qué diablos habían discutido ambos antes de subirse al tren, pero era evidente que su tregua era verdadera y no de papel. Así, cuando cada uno no iba en su propio mundo (ella leyendo y él mirando por la ventana en un silencio para nada incómodo), intercambiaban palabras cordiales, básicamente enfocadas en la búsqueda del bendito armario, seleccionando por dónde partir y qué lugares podrían servir de refugio.

A decir verdad, en un momento me comencé a sentir ignorado, como un espectador de esta historia y no como el protagonista de ella.

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¿Qué?

¿Creían que no lo había notado?

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En fin. No me gustaba en lo absoluto esa sensación de quedarme fuera de su burbuja, cuando precisa y supuestamente, yo era el pegamento entre ambos, la única razón por la cual ellos habían empezado a intercambiar palabras. ¿Era un maldito narcisista por ello? Probablemente. ¿Estaba exagerando por no ser el centro de atención 24/7? De seguro. ¿Podría fingir que no me importaba? Claro que sí, tengo práctica de sobra en ocultar mis sentimientos. Un magister. Quizás un doctorado.

–¿Estás bien? –preguntó ella de pronto, descolocándome, ya que en ese instante pude notar que tenía mis cejas extremadamente fruncidas y la mandíbula apretada.

Relajé mis facciones y me eché en el respaldo lo más suelto que pude.

–¿Por qué no habría de estarlo?

–Responde con otra pregunta. Algo le pasa –concluyó Theodore, mirándome con suspicacia–. Pero no pierdas el tiempo. Aunque lo tortures, no lo va a soltar. Es discapacitado emocional.

Creo que gruñí en respuesta a su broma mientras ella se encogía de hombros, regresando la atención al libro que tenía entre manos. Increíblemente no era un manual de magia o algo similar, sino una novela. Y una extraña sensación de familiaridad y alivio me inundó al ver el título y el autor.

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Bien.

En este universo también Haruki Murakami decidió dejar su bar de jazz y dedicarse a escribir.

Me pregunto si acá también será el eterno aspirante al Nobel...

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Un sonido extraño me apartó de mis pensamientos. Pestañeé regresando a la realidad y me encontré con Granger cabeceando descaradamente. Era evidente que el sueño la había vencido y tal vez, al igual que yo, no había podido pegar un ojo por la noche debido a ese extraño encuentro de pasillo. Suspiré. Cada vez que mi mente regresaba a ese momento, se volvía aún más extraño.

Luego, vi como con cuidado Theodore le quitaba el libro de entre manos, tratando de acomodarla para que no se lastimara el cuello, lo que resultó en que ella terminara dejándose caer en su hombro, totalmente inconsciente. Fue entonces que pude notar los oscuros semicírculos debajo de sus ojos y me pregunté cuánto autocuidado tendría esta Hermione y la de mi universo de su propia salud. Era alguien que constantemente estaba tratando de perfeccionarse.

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Y si algo he aprendido ahora como adulto, es que lo perfecto es enemigo de lo bueno.

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Theodore, por su parte, no intentó quitársela de encima. Simplemente la dejó ahí mientras ojeaba el libro de ella, en silencio otra vez, pasando lentamente página por página, hasta que una semi sonrisa adornó su rostro. Una sonrisa... ¿triste? ¿melancólica? ¿irónica? ¿todo a la vez?

–¿Qué pasa? –pregunté, tratando de iniciar una conversación entre ambos.

Él me miró, elevó el libro a la altura de sus ojos y recitó:

"Durante toda mi vida, he tenido la impresión de que podía convertirme en una persona distinta. De que, yéndome a otro lugar y empezando una nueva vida, iba a convertirme en otro hombre. He repetido una vez tras otra la misma operación. Para mí representaba, en un sentido, madurar y, en otro sentido, reinventarme a mí mismo. De algún modo, convirtiéndome en otra persona quería liberarme de algo implícito en el yo que había sido hasta entonces. Lo buscaba de verdad, seriamente, y creía que, si me esforzaba, podría conseguirlo algún día. Pero, al final, eso no me conducía a ninguna parte. Por más lejos que fuera, seguía siendo yo. Por más que me alejara, mis carencias seguían siendo las mismas. Por más que el decorado cambiase, por más que el eco de la voz de la gente fuese distinto, yo seguía siendo el mismo ser incompleto. Dentro de mí se hallaban las mismas carencias fatales, y esas carencias me producían un hambre y una sed violentas. Esa hambre y esa sed me han torturado siempre, tal vez sigan torturándome a partir de ahora. En cierto sentido, esas carencias, en sí mismas, son lo que yo soy."

Bajó el libro y desvió la mirada nuevamente al paisaje. Ya el sol iluminaba el verde con suavidad y también iluminaba parte de su nariz. Parecía como si las palabras de Murakami estuvieran tatuándose en su cabeza. Casi podía ver como su cerebro le daba vueltas a dicho párrafo y cómo lo hacía suyo. Pasaron unos minutos antes de que él retomara la palabra, sin voltearse hacia mí.

–Debo admitir que me encanta que me observes –soltó con su descaro habitual–. Pero ya es tan intensa tu mirada que temo que me vayas a perforar el cráneo.

–No te preocupes, que aún no consigo el poder de la mirada láser –retruqué, logrando que sonriera otra vez, esta vez de verdad–. Hablando en serio, Theo, no eres el único que se siente identificado con ese extracto. En la biblioteca de mi universo tengo todos los libros de Murakami, y siempre hay un párrafo que me golpea donde no lo espero, dejándome semanas masticando y digiriendo el tema. Al final, creo que lo que trataba de expresar el autor, es que todos somos humanos, tenemos cosas buenas y cosas malas, y los defectos no se van a ir si cambias de país, de corte de cabello o de universo, como fue en mi caso. Eso es accesorio. Los cambios van de adentro hacia afuera, no al revés.

Él asintió, girando la cabeza para fijar sus ojos en los míos.

–La profundidad te queda –me piropeó con algo de joda en su tono de voz.

–Son cuarenta años de tropiezos. No los mires en menos.

Theodore suprimió una risa y deslizó su atención desde mi persona hasta la muchacha que descansaba en su hombro, arreglándole un rizo rebelde detrás de la oreja.

–¿Sabes? –esbozó, sin dejar de mirarla–. Entiendo lo que te pasa con ella, de verdad que sí. Es inteligente, tiene su encanto y además es de armas tomar. Quizás cuando regreses a tu propio universo puedas intentarlo con su otra versión.

"Cuando"

Theodore dijo "cuando" en vez de "si es que". Y viniendo de alguien tan racional y pesimista como él, ese sutil cambio de palabra era un bálsamo para mis oídos. Aunque fuera de mentira. Aunque en verdad no creyera que lo lograría.

–Te dije que está felizmente casada con Weasley. Así que no. Ni aquí ni allá. Pero gracias. Solo llevo un año de viudez y honestamente, no sé si quiero intentarlo seriamente otra vez.

–Ah, Draco, va a sonar malditamente cursi de mi parte, pero ¿de qué sirve vivir si uno no se arriesga? Solo mírame a mí. Estaba destruido por mi pasado y aun así, me permití entusiasmarme contigo. Claro, no terminó en nada y ahora míranos, conversando sobre el punto. ¿Me duele? Sí, como la mierda, pero eso no me detiene de estar tratando de darte consejos idiotas.

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"Por Salazar, si no te lo quedas tú, me lo quedo yo cuando te vayas" gruñó frustrado mi Alter Ego.

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Carcajeé negando con la cabeza y, mágicamente, la conversación se dio por finalizada.

El resto del viaje lo pasamos en silencio. Él leyendo, Granger durmiendo, y yo pensando en cómo enfrentar a mi madre de esta realidad sin quebrarme, al recordar a la mía y su alzhéimer.

El tren arribó a la estación, descendimos con tranquilidad y los tres quedamos de reunirnos allí mismo en la tarde. En el intertanto, Hermione hablaría con sus padres, Theodore ni idea qué haría, mientras yo almorzaría con Narcisa Malfoy de este universo.

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Madre...
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Al verla en la estación, la garganta se me apretó hasta casi dejarme sin respiración. No pude ni quise evitarlo. En un acto fuera de personaje, tan pronto la tuve al frente la estreché entre mis brazos, percibiendo como su suave túnica de terciopelo escarlata se pegaba en mis mejillas. Al sentir como se tensaba, la liberé lentamente, como si nada, hasta teñir mis actitudes del Draco adolescente indiferente que solía ser. Caminamos al restaurante mientras le respondía vagamente sus preguntas acerca del año y de este supuesto campamento al cual me marchaba, hasta que tomamos asiento en la mesa y esperábamos la orden.

Sus ojos azules estaban fijos en mí, escudriñándome, hasta que finalmente, soltó la frase que menos esperaba, de una forma tranquila y a la vez gélida.

–Muy bien, basta de juegos. Creo que es hora que me digas quién eres y dónde está mi hijo.

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N/A1: Han pasado 184 años...

N/A2: Disculpen la falta de talento. He perdido la práctica U_U.