Capítulo 33
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No tuve el corazón ni la cabeza para mentirle.
Así que lanzándome en una cruzada improbable y rezándole prácticamente a todas las deidades para que me creyera, comencé a vomitar mi historia, partiendo casi desde el evangelio y elaborando las ideas lo más ordenadamente posible, mientras rehuía su mirada inquisidora que parecía calarme los huesos y diseccionarme las entrañas.
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Aunque omití parte de la historia.
La situación de Theodore y el cambio de su propia línea temporal.
Y mi desliz con Granger, claro está...
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Ella me escuchaba atenta con las manos enlazadas sobre la mesa, asintiendo de tanto en tanto para animarme a continuar. Entremedio llegaron nuestros refrescos y la comida, pero quedaron encima de la mesa como si jamás nos hubiésemos percatado de su existencia. Para cuando terminé de hablar, con la respiración entrecortada y la garganta seca, bajé la vista aguardando su veredicto.
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Creo que jamás en mi puta vida había hablado con tanta sinceridad.
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El hielo ya estaba derretido en mi bebida y mi spaghetti frío, hecho engrudo. Apreté la mandíbula y esperé que se riera de mí, o me preguntara por el golpe de la bludger. A esas alturas estaba seguro que, como Granger, ella pensaría que el accidente me había provocado algún tipo de derrame cerebral que alteró mi percepción de la realidad. Pero no. Esa Narcisa Malfoy simplemente tomó su copa de vino tinto y le dio un sorbo, mientras le solicitaba a un mesero que nos calentara el almuerzo otra vez.
–¿No vas a decirme nada? –le pregunté ansioso. Sentía pequeñas hormigas correr por mis extremidades.
Mi "madre" se limpió los rastros de vino de la comisura de sus labios con toda calma antes de responder.
–¿Entonces te acompaña Granger y Nott en esta búsqueda?
Parpadeé sin comprender en lo absoluto su reacción.
–Eh, sí –esbocé desconcertado–. ¿Eso es lo único que me vas a preguntar? ¿Lo único que me vas a decir?
–Bueno, prácticamente me contaste todo, no hay mucho qué preguntar. Fuiste bastante pedagógico y completo.
Su mirada ya no era gélida, sino suave e increíblemente comprensiva. Mi cerebro estaba corriendo en círculos, navegando entre el impacto de su reacción y el alivio de no tener que aparentar ser la versión de un Draco que no soy.
–¿Me crees? ¿De verdad me crees? –insistí para asegurarme–. ¿No piensas que enloquecí?
Ella se encogió de hombros.
–No veo porqué no creerte. Son muchos detalles para dudar y, si te soy honesta, mi Draco nunca tuvo tanta imaginación –agregó, echándose hacia atrás para pegar su espalda al respaldo de la silla–. Además, siempre me interesaron los universos paralelos. He leído bastante sobre la materia.
Ella calló mientras el mesero volvía a dejar nuestros platos humeantes en la mesa, y me hizo un ademán para indicarme que podía comer, lo cual acaté por inercia.
–Creo que en el diario de tu ancestro Armand Malfoy se mencionaba algo al respecto –continuó, mientras parpadeaba como si estuviera haciendo memoria–. Tú sabes, él era amigo del rey Guillermo I y eso le daba acceso a cosas que el resto de los magos no podrían llegar a soñar, por ejemplo, a textos con encantamientos prohibidos. Por eso habían rumores que jugaba con las leyes de la naturaleza.
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En esos instantes, la observaba con la expresión más estúpida de mi repertorio.
Jamás me dejaría de impresionar mi madre.
En este y en todos los mundos.
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–Quizás viajar entre universos es una "habilidad Malfoy", tuya, y no un accidente de borracho. No lo sé. Lo que sí sé es que nunca pensé que se pudiera traspasar no solo un universo, sino retroceder en el tiempo de aquél. Debió ser muy confuso para ti volver a ser adolescente... ¿verdad? debió ser difícil.
La miré y asentí. Tener un alma cuarentona en un cuerpo regido por hormonas era una experiencia por la cual no pasaría otra vez.
–¿Cómo supiste que había algo extraño en mí? –inquirí, mientras hacía rodar una albóndiga por el plato–. ¿Cómo supiste que no era él?
Ella apoyó el codo izquierdo en la mesa y el mentón en la palma de dicho lado, mirándome casi con, ¿ternura?
–"Los ojos son las ventanas del alma". Es un dicho cliché, pero verdadero–puntualizó como si fuera lo más obvio del mundo–. Me bastó con mirarte para saber que no eras él. A Lucius podrías haberlo engañado, pero a mí no. Soy tu madre. Bueno, la madre de tu alter ego.
Sonreí sabiendo que tenía razón.
–Al parecer, en todos los universos siempre fuiste la más perceptiva.
–Y la más inteligente –añadió.
Dejamos escapar una carcajada cómplice y luego nos quedamos en silencio. Ella comenzó a comer su almuerzo y yo, sin presupuestarlo, seguí cada uno de sus movimientos con los ojos, absorbiendo cada detalle, percibiendo cómo me invadía la congoja.
–Lo lamento –susurré de pronto–. Lamento haber ocupado el cuerpo de tu hijo. Prometo que haré lo imposible por volver a mi propia dimensión y tiempo. No. No lo prometo. Lo juro. Juro que haré lo que sea necesario.
Ella elevó la mirada de su plato y los bordes de sus ojos formaron arrugas a causa de la suave sonrisa que se formó en su rostro.
–Lo sé. Y solo para que lo anotes, no importa de qué dimensión vengas. Todo Draco Malfoy es mi hijo, aunque físicamente no le haya dado a luz. Así que sí, quiero que él vuelva, pero también quiero que tú logres volver a tu vida. Además, está aquí con nosotros, en tu cabeza, ¿verdad? –asentí estupefacto–. Bien, esto le ayudará a madurar. Lo necesita.
"La traición" escuché a mi otra versión bufar dentro de mi cabeza, en parte enojado y en parte apenado.
–Está avergonzado –lo delaté sin dudar.
–Que no lo esté. Lo quiero y él lo sabe. Pero eso no quiere decir que sea ciega. Draco estaba siguiendo todas las malas costumbres de la familia de su padre. Podemos concordar que no es lo más sano para él.
–Definitivamente.
Ella movió la mano para llamar al mesero otra vez y pidió dos americanos antes de continuar.
–Entonces, ¿mi nieto allá se llama Scorpius? Bello nombre. Creo que la tradición de las constelaciones es lo más rescatable de las tradiciones de esta familia.
Le di un sorbo a mi café y dejé la taza de regreso en su plato. El sonido de la loza se escuchó terriblemente agudo en ese momento.
–¿Te puedo decir algo que nunca le dije a mi propia madre y que ya es muy tarde para que lo entienda? –musité en un arrebato, y sin levantar la mirada proseguí–. Siempre fuiste mi refugio y te lo agradezco tanto. Bueno, ella lo fue, hasta que el alzhéimer me la arrebató.
Sentí sus dedos en mi mentón, animándome a posar mis ojos en los suyos. Cuando engancharon, una hermosa expresión se pintó en sus orbes. Emanaba una paz tan brillante que podía percibirla como un calor que se deslizaba desde la yema de sus dedos y se conectaba en mi piel.
–Me alegra saber que hice bien mi trabajo allá –declaró, soltando el agarre–. Y lamento lo del alzhéimer. Es algo que tendré en cuenta acá. Gracias por contármelo.
Creo que hace mucho tiempo no pensaba en esto, pero la edad hizo en mí maravillas.
Me dio madurez para enmendar mis errores, perspectiva para entender el mundo, y coraje para enfrentarme a mis propios sentimientos, categorizarlos y obrar de acuerdo con ellos. Ahora mismo, el cariño que estaba experimentando por esa mujer que llevaba la apariencia de mi madre pero que solo había conocido hace una hora, sobrepasaba mis límites corporales y estaba seguro que, si no lo expresaba a viva voz, me iba a enfermar.
–Te quiero... Digo, quiero a mi madre. Maldición, esto es tan enredado –gruñí rascándome la frente.
Ella esbozó otra sonrisa encantadora antes de responder.
–Lo sé. Y ella lo sabe también, incluso si nunca se lo dijiste o no tanto como quisieras. Ella sabía, te lo aseguro. Incluso ahora lo sabe, en el fondo de su corazón. Esas cosas no se olvidan.
Nos quedamos en un silencio cómodo, cada uno sumido en sus pensamientos, hasta que ella optó por cambiar de tema.
–¿Sabías que el estado mental del alquimista influye mucho en su trabajo? Puede que el armario y el giratiempos te hayan traído hasta acá, pero el ingrediente final es probablemente lo que estabas trabajando al momento de la explosión y en particular, lo que estabas pensando. ¿Te acuerdas?
Suspiré sintiéndome patético.
–Estaba ebrio y tenía mucha tristeza por el aniversario de la muerte de Astoria. Me sentía solo, miserable y viejo...
–Ve más allá –me interrumpió–. Eso es lo que estabas sintiendo, yo te estoy preguntando qué estabas pensando.
Traté de hacer memoria.
–Creo que estaba pensando en que quería una segunda oportunidad. Que mi vida era una sumatoria de equivocaciones y que la muerte de Astoria era mi culpa, como una especie de venganza kármica.
–¿Y dónde cometiste la mayor parte de esas equivocaciones?
–Hogwarts. Particularmente sexto año.
Tan pronto pronuncié esa respuesta quedé con la boca abierta.
–¿Ves? Ahí lo tienes –concluyó satisfecha–. Viajaste en el tiempo para tu segunda oportunidad, y saltaste de universo para no afectar la existencia de Scorpius.
Al verme más pálido de lo usual, ella tomó un respiro antes de sentenciar
–Quizás no fue de manera consciente, Draco, pero que estés acá no es pura casualidad. Así que, para regresar, no solo debes encontrar esos implementos, sino que realmente debes desearlo... ¿Hay algo o alguien que te ate acá?
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Y ante su pregunta, dos imágenes pasaron raudamente por mi cabeza.
Dos imágenes de personas que me jalaban a este universo con más gravedad de lo que me habría atrevido a reconocer.
Una de ellas, pertenecía a Hermione Granger.
Y la otra, nada más ni nada menos que a Theodore Nott.
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N/A: han pasado otra vez 84 años...
