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Polidrama - Capítulo 33

—¿Qué dirían si les dijera que hoy mismo les puedo enseñar nada menos que el secreto de la felicidad?

Millie ingresó sigilosamente al salón en donde se estaba realizando la charla. Por fortuna, a un costado de la entrada se encontraba instalado Franco. El chico le había reservado un asiento junto a su lado. Se instaló luego de un saludo silencioso entre ambos. La charla había comenzado. En la parte frontal se encontraba una cucaracha de piel oscura y largas antenas despeinadas. Tenía dos ojos verdes, dos brazos y cuatro piernas ajustadas al interior de unos shorts verde oliva. Usaba además una camiseta verde agua y un jockey verde oliva con una flor de maravilla bordada al frente. Se encontraba frente a la audiencia, erguido, hablándoles con una amplia sonrisa.

—Felicidad —enfatizó paseándose por el frente—. Es algo que todos deseamos alcanzar. Todos queremos ser felices, ¿no? Todos colocamos la felicidad como la meta en nuestras vidas —gesticuló con sus manos un aparador invisible—. Si alguien va y les dice: ¡Hey! Tengo esta pócima mágica que te hará feliz. ¡Ni siquiera vas a dudar en probarla! Encima con esta vida llena de tragedias, calamidades, depresión, ansiedad… ¡Con mayor razón queremos ser felices! —exclamó apuntando a las luces del techo —la convertimos en más que una meta, la convertimos en un salvavidas. Nuestra vida no tiene sentido si no tenemos a la felicidad en alguna parte de nuestro orden, si no es nuestra meta, si no es la zanahoria que nos hace correr. Es así como nos frustramos al ir avanzando por la vida y no alcanzamos la tan preciada felicidad. La frustración nos reduce, nos apaga. Es así como llega el día en que esa meta llamada felicidad simplemente se convierte en nada más que una broma.

El mentor se paseaba de un lado al otro gesticulando cada palabra con sus brazos, y expresando todo con una voz fuerte y clara. Era imposible no prestarle atención a la cucaracha. Más de ciento veinte ojos estaban puestos encima. Era una mezcla de curiosidad con sorpresa. Millie lo observaba desde el fondo sin entender lo que estaba viendo.

—Entonces, cuando sus almas se hallan resecas por la desesperanza —exclamó de pie en medio de todos—, cualquiera que les diga ¡Tengo el secreto de la felicidad! atraerá su atención como moscas a la miel.

Repentinamente se dio la media vuelta, regresando al frontis.

—¡Pero hoy amigos, están de suerte! —exclamó—. Porque a diferencia de esos charlatanes, yo he estudiado el concepto de la felicidad desde todos sus ángulos. No les prometo fórmulas mágicas ni hechizos mundanos.

Se volteó dramáticamente, y concluyó:

—Les voy a enseñar a ser felices.

El silencio solo fue acompañado por el cantar de un par de grillos.

—Antes de comenzar —continuó—, quiero saber qué es para ustedes la felicidad. Tú —se acercó a una pantera—. ¿Qué es para tí la felicidad?

—Este —contestó nervioso—... tener un trabajo estable.

—Tener casa y auto —contestó una chica a la que se le preguntó.

—Que mi familia esté bien —contestó una vieja morsa.

—Hmm… tener un novio —contestó Mariana, la secretaría de la entrada.

—Ganarme la lotería —contestó un chico rubio.

—Hmmm no lo sé —un señor de lentes contestó dudoso la pregunta del mentor.

—Vamos, no existen respuestas incorrectas —lo animó la cucaracha.

El señor se encontraba instalado a solo dos filas de la última fila en donde se encontraba Millie con Franco. Ambos observaban silenciosamente el actuar de aquel extraño sujeto. Millie en particular se sentía estúpida en aquel lugar. Existían millones de cosas mejores que hacer un sábado en la mañana que oír a un idiota decir estupideces.

—Es que ya lo han dicho todo —sentenció el hombre.

—Debe haber algo particular. Algo único en tus deseos —insistió la cucaracha.

—Pues… jubilarme pronto y dedicarme a la jardinería —sentenció finalmente.

—Excelente —el mentor le sonrió—. Y… solo necesitamos una respuesta más de… tí.

La cucaracha se volteó volcando su mirada directamente sobre Millie. La chica no se había dado cuenta inicialmente de la atención suscitada. Un remezón por parte de Franco le avisó que era el centro de atención.

—Dime, jovencita —se acercó la cucaracha—. ¿Qué es para tí la felicidad?

Millie le dio un rápido vistazo a su entorno. El grupo de Josh y el resto de sus colegas que trabajaban en el mismo departamento que ella intentaban ocultar sus risas, imaginando las posibilidades de respuestas considerando el carácter de la chica. La mirada y sonrisa condescendiente de la cucaracha fue la motivación de su respuesta.

—Dormir hasta tarde un día sábado en vez de levantarme y venir al trabajo a las ocho de la mañana —contestó tajante.

—Cualquiera querría dormir un poco más, especialmente un día sábado —contestó el mentor encogiéndose de hombros y regresando lentamente al frente. Misión cumplida para los colegas de la chica.

El resto de la mañana no fue para nada del interés de Millie. La cucaracha se largó con una perorata que duró horas. Gracias a su presentación dinámica, su gesticulación teatral, algunos chistes y sus dinámicas de las que pudo escapar, logró la atención de la mayoría de los presentes. Millie en cambio, logró incluso dormir por ratos largos en su propio asiento. Franco mientras, había terminado atrapado por el discurso de la cucaracha, y despertaba a Millie cada vez que se hacía demasiado evidente que estaba durmiendo.

La hora de almuerzo llegó demasiado tarde. Sin pausa para descansar, recién a las tres de la tarde les dejaron ir rumbo a la cafetería del edificio. La comida era literalmente una pasta café de dudosa procedencia y preparación, pero tras más de seis horas de ayuno se agradecía. Millie no pudo evitar recordar el abundante desayuno que se quedó en su casa. Imaginaba cómo Leni lo disfrutaba en un horario mucho más prudente, y esperaba que dejara un poco al llegar a casa. También recordó a Lincoln, esperando que siguiera en casa al regresar. Esperaba disfrutar una cena similar al desayuno.

—Entonces, ¿cómo resumirías la mañana? —Millie se instaló con su bandeja en una mesa junto con Franco.

—Pues —contestó pensativo—... que la felicidad depende únicamente de uno, que si uno se mantiene siempre positivo, el universo te entrega la llave de la felicidad, y que para conseguirlo uno debe deshacerse de todos los pesos negativos emocionales que tienes dentro… o algo así.

—Sabes que estas charlas pudieron ser un tríptico de autoayuda, ¿no? —se quejó la chica.

—Tiene sentido —contestó pensativo para luego tragarse una cucharada de la pasta extraña. Repentinamente comenzó a dar arcadas hasta escupir algo que atrapó en su mano—. ¿Esto es un diente? —cuestionó observandolo con detalle.

—¿Es tuyo? —le preguntó la chica.

—No —contestó lanzándolo hacia atrás sin preocuparse de su destino.

En eso la cucaracha había tomado su ración de comida en su bandeja. En medio del lugar, observaba en dónde sentarse y comer. Los rincones y esquinas eran sus lugares predilectos; sabía que allí se encontraban los más reacios a su método. Efectivamente, se encontró con la chica apática de la última fila que se quedó dormida durante gran parte de su discurso.

—Hola, ¿puedo sentarme junto a ustedes? —se aproximó sigilosamente junto a nuestros protagonistas.

—Sí, por supuesto —aceptó Franco antes de que Millie lograra procesar lo que estaba ocurriendo.

La cucaracha se sentó al otro lado del chico mientras la chica lo observaba más de cerca. No podía evitar sentir entre asco y temor ante su presencia. Podría resumirlo todo en una simple palabra: incomodidad.

—Los ví juntos en el salón durante la charla, y ahora se vinieron a almorzar juntos —comentó la cucaracha—. Sospecho que son muy unidos, ¿no?

—Sí, por supuesto —contestó Franco—. Somos mejores amigos.

—¡Ah qué interesante! —contestó entrecruzando los dedos de sus manos—. ¿Y desde cuándo es que se conocen?

—O sea ambos llegamos hace dos años a trabajar aquí —le explicó el chico—. Yo llegué al departamento de contabilidad en el tercer piso, y ella al departamento de informática en el sótano. Como éramos los nuevos, nos juntamos, empezamos a conversar, nos hicimos amigos y el resto es historia.

—¡Vaya! ¿Quién lo diría? —comentó interesado—. ¿Y solo amigos? ¿O por ahí hay algo más?

—¡Oh! ¡No, no, no, no, no! —contestó enfático el chico sin poder evitar el rubor en su rostro—. Solo amigos. De hecho ella ya tiene a alguien más.

—¡Oh! ¿En serio? —comentó la cucaracha dirigiéndose a la chica.

—Sí, tengo un novio desde hace poco más de un mes —se obligó a responder Millie. Si fuera por ella, ni siquiera estaría ahí sentada junto a la cucaracha.

—Que bien pues —respondió el mentor con una amplia sonrisa—. Es bueno que exista gente que esté dispuesta a derrocar ese mito que dice que no puede existir la amistad entre un hombre y una mujer.

—Sí, es un mito estúpido —comentó Millie desviando la mirada.

—Yo tengo muchas amigas mujeres —continuó la cucaracha—, y creo que la amistad entre hombres y mujeres ayuda a conocer al sexo opuesto, complementarnos en las fortalezas y apoyarnos en nuestras debilidades. Y es verdad, no es necesario llegar a algo más como para mantener una relación con ellas. Admiro y respeto la libertad de cada mujer, de cada persona, de absolutamente todos y todo.

Millie no se había percatado que mientras hablaba la cucaracha, ella había sacado una cucharada de su almuerzo. Solo se percató al sentir el amargo sabor entre papel de diario y carne podrida.

—Parece que hoy se inspiraron con el almuerzo —comentó la cucaracha con sarcasmo—. Por cierto, ¿con quiénes tengo el gusto de conversar?

—¡Verdad! —exclamó Franco animado—. Soy Franco Carter, y ella es Millie Burtonberger.

—Un gusto —respondió con una sonrisa—. Me suena tu apellido —agregó mirando a Millie.

—¿A sí? —contestó extrañada.

—¿Cómo era que se llamaba? —comentó pensativo—. ¡Ah sí! ¡Enrich Burtonberger! Creo que tienen su busto en la biblioteca de Anasatero. ¿Sabes quién es?

—Era mi tatarabuelo —contestó la chica—. Según sé era un historiador o algo así.

—¡Era un aventurero! —exclamó la cucaracha emocionado—. Él recorrió el mundo y trajo a Anasatero las cosas más increíbles que jamás se habían visto en aquellos años del siglo XIX. Fue el primero en traer cosas como la ampolleta, la cortadora de pasto, el fonógrafo y la mantequilla. La gente lo admiraba y le tenía miedo, porque todo lo que traía a la ciudad de sus viajes eran cosas muy desconocidas, y ya sabes, la gente le suele temer a lo desconocido.

—Sí, él hizo muchas cosas —comentó la chica con cierto desgano.

—Por cierto, ¿cómo se llama usted? —intervino Franco.

—¿Qué? ¿Yo? —respondió impresionado.

—Sí —contestó el chico extrañado.

—¿Que nadie les dijo mi nombre? —respondió el mentor igual de confundido.

Ambos chicos negaron con la cabeza.

La cucaracha se quedó con la boca entreabierta aún procesando la respuesta.

—Creí que les habían informado —soltó finalmente—. ¿Me están diciendo que me estuvieron escuchando toda la mañana sin siquiera saber quién soy? —exclamó impresionado.

Los chicos simplemente se quedaron mirándolo fijamente.

—En fin, es algo que solucionaré en la tarde —aceptó finalmente—. Mientras, me presento ante ustedes. Mi nombre es Carl Garamond, y soy coach motivacional con diez años de experiencia en felicidología.

Tras un incómodo silencio, ambos chicos preguntaron al unísono:

—¿En qué? —lanzaron la pregunta cargados de extrañeza.

La tarde fue diferente comparado con los discursos de la mañana. Carl les pidió a todos que se sentaran en el suelo formando un círculo al medio desde donde él les hablaría. Esto implicó quitar prácticamente todo lo que estuviera en el suelo para que cupieran todos, desde mesas, sillas, escritorios, y cualquier otra cosa. Una vez organizados e instalados, el silencio se instaló en el salón.

—Bien, como hemos conversado en la mañana —prosiguió dando vueltas alrededor del círculo—, la felicidad es una energía mística que reside dentro de cada uno de ustedes. Está atrapada dentro suyo con cadenas formadas por sus propios miedos. El miedo es el obstáculo que nos impide alcanzar la felicidad. Ahora, es momento de acabar con ese miedo. El primer paso para acabar con ese miedo es soltarlo. Hoy, les voy a ayudar a soltar ese miedo. ¡¿Quién quiere ser feliz?! —exclamó con el puño en alto.

—¡Yo! —corearon a gritos todos los presentes en el lugar.

—¡Tú! ¡Ven aquí! —Carl apuntó con su índice directo a Franco. El chico pudo ver la yema redonda de su dedo apuntando directamente entre sus ojos.

La impresión lo atrapó como si le estuvieran apuntando con un arma. Pronto, logró reincorporarse. Se puso de pie de un salto y se fue corriendo al centro, movido por la adrenalina del momento. Se movió con agilidad y cuidado, evitando pisar a los demás que estaban en el suelo. Millie lo observó moverse con curiosidad y preocupación. No era normal en Franco moverse con tanta premura al tratar de convertirse en el centro de atención.

—¿Cuál es tu nombre, amigo? —le preguntó Carl.

—Franco —respondió—. Almorzamos juntos.

Las risas del auditorio no se hicieron esperar.

—Lo sé, lo sé —contestó la cucaracha sumándose a las risas del público—, lo preguntaba para quienes aún no te conocen. Pero ahora, todos te vamos a conocer. Dime, ¿cuál es tu mayor miedo?

—Pues… diría que hablar en público —confesó entre pensativo y nervioso.

—Bueno, el pánico escénico es un temor que muchos tienen alrededor del mundo —comentó la cucaracha paseándose alrededor del chico—. ¿Te sientes nervioso ahora? —le preguntó colocando sus manos sobre su hombro.

—Un poco —contestó—, pero como usted mismo dice, hay que enfrentar los miedos para alcanzar la felicidad.

—Sí, sí, sí, confrontar tus miedos ayuda mucho —contestó Carl regresando a su paseo—, siempre que sean los miedos correctos.

La cucaracha le regaló una mirada misteriosa al chico mientras este poco y nada comprendía lo que le estaban diciendo.

—Dime cuál es tu mayor trauma —le pidió acercándose hasta que sus rostros quedaron a tan solo un par de centímetros—, es algo único, propio, tuyo. Todos tenemos un peso en nuestra alma. Libera el tuyo.

El chico lo observó incómodo, tanto debido a la distancia personal violada como a la incomprensible petición. Millie los observó con el ceño fruncido y la mirada desconfiada.

—¿Qué rayos está haciendo? —masculló para sí.

—Te ayudaré un poco —de la nada, Carl extendió su palma horizontalmente entre los rostros de ambos. Había un polvo color verde brillante. La cucaracha lo sopló, dándole todo el polvo en la cara al chico. Franco cerró sus ojos mientras tosía. El polvo le entró por los ojos, la nariz y la boca. Apenas abrió los ojos, se encontró en un escenario completamente diferente.

La mirada de Franco quedó totalmente perdida. Se quedó congelado durante unos expectantes segundos. Su labio inferior comenzó a temblar para luego seguirle el resto del cuerpo. Sus lágrimas comenzaron a caer sin siquiera percatarse aparentemente. Las gotas se acumularon en su mentón hasta que comenzaron a caer directo al piso de madera.

El temblor se extendió a Millie, quien comenzó a temer por su amigo. No lograba comprender qué le estaba pasando. Quería intervenir, rescatarlo de lo que fuera que le estaba pasando, pero ni siquiera entendía qué estaba pasando.

—¡NO! —el grito quebró la habitación. Franco cayó de rodillas al suelo llorando y gritando con desesperación. Temblaba de cuerpo completo mientras sus gritos eran desgarradores.

—¡¿Qué le hiciste?! —Millie no lo pensó dos veces. Atravesó el salón sin importarle a quién pisaba. Llegó hasta el centro y le dio a Franco un abrazo conciliador. El chico se aferró a ella como náufrago a una tabla. Sus sollozos se hicieron constantes y sonoros. Podía sentirlo temblar como si tuviera hipotermia. Ella le regalaba a la cucaracha una mirada asesina.

—Déjame adivinar —respondió Carl con una tranquilidad de hierro—, él perdió a sus padres cuando era niño, ¿verdad?

—¡Eso no te importa! —le gritó Millie.

—Los perdió cuando tenía cinco años en un accidente de tránsito —continuó la macabra narración—. Chocaron el auto durante la navidad en la carretera. Él sobrevivió y fue criado por sus abuelos…

—¡Ya basta! —lo interrumpió la chica con furia—. ¡Déjalo en paz!

Millie logró sacarlo del salón. Se quedaron en la cafetería. Cada uno tenía una taza de café cargado al frente. Por fortuna, el café sabía a café y no a perro muerto. Franco se encontraba más tranquilo, pero su mirada apagada preocupaba a la chica. Ella simplemente se dispuso a acompañarlo. No iba a dejarlo solo hasta que aquella sombra abandonara su mirada.

—Millie —el chico finalmente habló.

—¿Estás bien? —se apresuró en preguntarle.

El chico levantó la vista, encontrándose con los ojos de Millie. Ella lo observaba con pesar, con preocupación. Una mezcla de sentimientos se atoraron en su garganta. Solo el dolor y las lágrimas ganaron. Millie lo abrazó de inmediato apenas comenzaron los sollozos.

Ella conocía su historia. Entre conversaciones esporádicas de sus familias, él le había comentado lo ocurrido. Poco se acordaba de sus padres, pero sí quería a sus abuelos como a su vida misma. Se había criado en Timberlake, lugar en donde aún vivían sus abuelos. Ella no quiso indagar más en el asunto, puesto que temía abrir una herida. Los detalles sobre cómo murieron y de que él había sobrevivido recién los descubrió con la cucaracha.

La noche comenzaba a caer y ambos seguían en la cafetería. Las luces de tubos fluorescentes se encendieron, dando una sensación de un vacío aún más grande. Ambos continuaban en silencio. Millie lo observaba con paciencia. Se le apretaba el corazón el verlo así. Jamás en todo este tiempo lo había visto tan mal. No sabía cómo ayudarlo ni mucho menos qué decirle.

—Lo ví todo —Franco habló finalmente con la mirada gacha—. Lo volví a vivir todo —le temblaba la voz.

—¿Qué viste? —preguntó la chica.

—Era la noche del veinticuatro de diciembre —contestó—. Mis padres iban por la carretera… yo iba en el asiento de atrás… habían muchas cajas y bolsas a mi alrededor… una luz brilló por el frente y…

—Basta —le pidió Millie asustada—, no tienes que hacer esto.

—¡Tengo que hacerlo! —exclamó cerrando los ojos con fuerzas para retener las lágrimas—. Tengo que hacerlo para liberarme y…

—¡Olvida lo que dijo ese idiota! —le rogó suplicante tomándolo de la mano—. Ese tipo es un charlatán. No vas a alcanzar la felicidad rememorando ese trauma. ¡Al contrario!

El contacto de su mano lo desconcertó. Lo arrancó de los horribles recuerdos que lo atormentaban, trayéndolo de regreso al presente. La chica lo observaba con una preocupación lastimera.

—Eso simplemente te hará más daño —continuó Millie.

Su mano estaba fuertemente apretada por las manos de la chica. No pudo evitar sentir el calor en su cara. Nunca la había sentido tan cerca, o al menos no desde aquella vez en la feria. Quería imaginar que aquella preocupación de su rostro provenía del amor, un amor más allá de la amistad que lo disfrazaba. No podía estar seguro de nada. Solo sabía que ella estaba ahí.

—No… no te preocupes —balbuceó—. Estaré bien —esbozó un intento de sonrisa.

Millie lo acompañó hasta el edificio en donde él vivía. Como ninguno de los dos tenía auto, terminaron caminando por las calles de Anasatero. La noche en aquella ciudad era una algarabía, en particular por las fiestas. Había adornos y luces de colores por todas partes. Los restaurantes y bares se encontraban abiertos invitando a todos a cenar. En aquel instante, ambos recordaron lo mal que habían comido durante el día y entraron a un restaurante de comida rápida.

Con el correr de la velada, Millie pudo notar como Franco se encontraba cada vez más recompuesto. Las sonrisas mutuas y los silencios cómplices no se hicieron esperar. Un amor que fermentaba y que ninguno de los dos se atrevía a declarar. Simplemente las miradas silenciosas hablaban por ellos.

—Viejo, ¿estás bien?

Max se encontraba en la cocina viendo una serie desde su notebook junto a una taza de café y a un enorme sándwich con al menos diez ingredientes. Se volteó hacia la entrada del departamento cuando se topó con su amigo Franco. Aunque su mirada se notaba apagada, su sonrisa lo delataba como el hombre más feliz de la Tierra. Nada cuadraba en su presencia, lo que suscitaba muchas interrogantes.

—Nada, estoy bien —el chico se dirigió a grandes zancadas directo a su cuarto, dejando a Max con sus cuestionamientos.

Necesitaba el silencio y la privacidad de su habitación para pensar. Habían pasado muchas cosas. Necesitaba poner sus pensamientos en orden y tomar la mejor decisión para su futuro.