¡Ufff! Dos semanas fueron una eternidad. ¡Y qué no ha pasado! Olas de calor, erupciones volcánicas, tsunamies. ¡Un abrazo patotástico atrasado para todos los afectados! Es por eso que les dejo este capítulo XL. Espero que lo disfruten y que compense la larga ausencia.


Polidrama - Capítulo 35 (Amor Poliamoroso - Capítulo 1)

—¡Vamos Dennis! ¡Despierta!

El muchacho se encontraba durmiendo boca abajo y a pierna suelta sobre su cama. Estaba abrazado a su almohada, babeandola completamente mientras soltaba suaves ronquidos. Su madre requirió remecerlo con fuerza para despertarlo. El chico despertó de golpe y confundido. Miraba para todas partes en busca de la emergencia.

—Necesito que vayas a dejar a tu hermana a la escuela —le pidió su madre.

La señora Chan se encontraba en la habitación de su hijo vistiendo un chal de colores sobre su blusa floreada y una falda de tela oscura que le llegaba hasta la rodilla, junto a unas panties transparentes y unos zapatos oscuros de taco medio. Su cartera negra y grande colgaba de su brazo izquierdo.

Su hijo se sentó sobre la cama y balbuceó algo ininteligible al tiempo en que su madre se aproximó al espejo del cuarto y empezó a observar los detalles de su rostro.

—Me llamaron de urgencia en el trabajo —comentó—. Necesito ir a la peluquería ahora mismo.

Como respuesta, el chico nuevamente balbuceó algo y se volvió a acostar de espaldas a su madre.

—Tu padre ya se fue a trabajar —le respondió su madre mientras sacaba un labial de su cartera y se repasaba los labios.

Al ver que su hijo no contestaba, se volteó. Resopló frunciendo el ceño al verlo dormir nuevamente. El zamarreo vino con aún más violencia. El chico se sentó de golpe aún confundido con el mundo. La cabeza le pesaba como si estuviera viviendo la peor resaca del mundo. El tan solo hecho de encontrarse despierto y sentado sobre su cama lo cansaba como si hubiera corrido una maratón.

—No te estaría pidiendo esto si no fuera una emergencia —le rogó suplicante.

El chico intentó hablar, pero solo pudo soltar unos cuantos gruñidos ininteligibles.

—¡¿Cómo se te ocurre?! —le recriminó dirigiéndose a la salida—. No puedo enviar a una niña sola al otro lado de una ciudad llena de locos maniáticos atrasados conduciendo imprudentemente. ¡Ya! ¡Levántate! —le ordenó con firmeza.

A paso firme cruzó el departamento rumbo a la salida. Su hija se le apareció desde el comedor cruzándose en su camino. Tenía el pelo largo, liso y brillante, adornado con una pequeña mariposa a un costado. Traía una mochila púrpura en la espalda, junto a una lonchera roja colgando a un costado de esta.

—¡Mamá! ¡Ya estoy atrasada para la escuela! —alegó con preocupación.

—Tranquila, cariño —le respondió con ternura regalándole un beso en la frente—. Tu hermano te llevará —le sonrió.

—¿En serio? —Emilie arqueó una ceja.

Su pregunta no tuvo respuesta. A grandes zancadas, su madre se dirigió hacia la puerta, evadiendo la respuesta.

—Portate bien —le decía mientras caminaba—. Cómete el almuerzo y hazle caso a tu hermano. ¡Adiós!

—Pero… —replicó la niña, recibiendo el ruido del portazo como respuesta.

El silencio regresó al departamento. El reloj marcaba las siete y media de la mañana. Definitivamente iba a llegar tarde a clases. Le extrañaba que su madre la hubiera dejado a cargo de Dennis. Sabía que había llegado a casa a las dos de la mañana, tan cansado y maltrecho que se fue directo a la cama. Se acercó lentamente a la habitación de su hermano, y lo vio dormir plácidamente sobre su cama. La niña suspiró profundamente.

—Hey Dennis —se le acercó susurrando—. Creo que no podrás acompañarme hoy a la escuela —se detuvo un instante esperando alguna respuesta, pero no tuvo señales de su parte—. Me iré sola a la escuela. Prometo cuidarme y no faltar a clases —se calló nuevamente para oír alguna señal, resultando negativo su intento—. Si estás de acuerdo, no digas nada —volvió a guardar silencio en busca de una respuesta—. ¡Excelente! —exclamó con una sonrisa al recibir la nula respuesta esperada.

Rápidamente y con sigilo, tomó las llaves colgadas junto a la puerta y se fue del departamento haciendo el menor ruido posible.

La ciudad de Anasatero aquel lunes por la mañana se encontraba llena de vida. Los autos se movían por la calle llenándola de lado a lado. Se movían como río de hojalata, avanzando uno seguido del otro, sin dar el menor espacio al cemento. La gente se movía por las veredas y las esquinas como pequeños insectos que jugaban a las micro carreras por quién se adueñaba del metro cuadrado frente a sí. Nadie se preocupaba de observar el paisaje. Nadie se percataba que más de alguien utilizaba los aires para movilizarse. Desde humanos utilizando mochilas propulsoras, hasta aves que utilizan sus alas. Incluso algún que otro ser mágico que jugaba con su magia para cruzar los cielos. No faltaba el grupo que armaba sus reuniones sociales en la mitad del camino, entorpeciendo el paso de los transeúntes, ni los ancianos reunidos en los kioskos conversando de las noticias del periódico. Los bocinazos de aquellos que quedaban entrampados en el tráfico no se dejaban esperar. También la publicidad sonora a través de los parlantes de las primeras tiendas que abrían amenizaban el ambiente. Parecía como si toda la ciudad se hubiera volcado de improviso a las calles, a la espera de vivir la vida emanada del lugar.

Emilie observaba todo cargada con una sorpresa desbordante. Debido a que casi todos los días se movilizaba en el autobús escolar o en el auto de sus padres, se perdía de casi todo el paisaje. Ahora, sin supervisión alguna, podía darse el lujo de analizar cada detalle de la ciudad. Era como encontrarse en un lugar completamente nuevo. Parecía un mundo mágico, onírico, de ensueño. Mientras tanto, intentaba permanecer en el camino. Con la ayuda de su celular, podía observar un mapa que le indicaba la ruta a seguir. Sabía que ya había perdido las primeras horas de clases, así que no tenía prisa por llegar a la escuela.

Ella era testigo de la vida de Anasatero. Una morsa caminaba a paso firme con la vista pegada al periódico, hasta que chocó con un grifo de agua, se tropezó y cayó al suelo. Antes de imaginar ayudarla, se puso de pie de un salto, se limpió el polvo y continuó con su camino pegada al periódico. Dos ancianos se reían de un chiste que escucharon en una radio portátil bajo un toldo de una tienda de cigarrillos. Los autos circulando por la calle eran de las formas, tamaños y colores más llamativos jamás vistos. Incluso se topó con un auto con forma de cubo de rubik, con ruedas cuadradas y todo.

Emilie estaba pasando junto a un callejón cuando vio algo que se movía en el fondo. Su vista y mente centró su atención en la causa del movimiento. Se acercó lentamente víctima de la curiosidad. Sobre unas bolsas de basura, junto a un contenedor abierto y sucio, se encontraba tirado un conejo. Parecía ser rubio con el pelaje largo, sucio y enmarañado por culpa del contacto con la basura. Tenía unos anteojos redondos de marco dorado mal colocados en su cara. Tenía dos orejas largas que parecían flotar sobre su nuca. Al verlo despertar y quejarse, notó que aparentaba tener la misma edad que ella. Traía una camiseta estampada y vieja junto a unos pantalones que le quedaban largos.

Emilie se aproximó al conejo maltrecho. Su curiosidad se multiplicó cuestionando qué misterio ocultaba. Se puso de pie frente de él en el momento en que el conejo abrió los ojos y se ajustó sus lentes. Tenía unos brillantes ojos lilas. Ambas miradas se cruzaron por un momento mientras ambos se hacían las mismas preguntas. Repentinamente, el conejo reaccionó. Dio un fuerte grito mientras retrocedía desesperado pataleando sobre las bolsas de basura hasta chocar con la espalda contra la pared de ladrillos. Se notaba totalmente espantado, buscando con la mirada alguna salida de emergencia.

—¡Tranquilo! ¡Tranquilo! —la chica intentó tranquilizarlo mostrando sus palmas—. No te haré daño.

—¿Qué eres? —cuestionó el conejo aún atemorizado.

—Soy Emilie —le respondió extendiendo su mano con la intención de ayudarlo a levantarse.

El conejo la observó de pies a cabeza, aún consternado por lo que estaba presenciando. No podía convencerse de lo que estaba ocurriendo. Su mirada aterrada la absorbía en busca de alguna clase de señal de la cual defenderse.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó la niña con una sonrisa que intentaba transmitirle confianza.

—S-soy Jacob —balbuceó aún asustado.

—¿Quieres ir a mi casa? —le ofreció—. Estás muy sucio. Necesitas un baño.

En ese momento intentó observarse a sí mismo. La suciedad de la basura había atravesado su ropa y se había pegado en su pelaje. El hedor era fuerte. Se sentía un pordiosero. No pudo evitar la sensación de vergüenza al verse tan sucio frente a una desconocida.

—No hay nadie en mi casa —prosiguió la niña—, bueno, está mi hermano, pero está durmiendo. Ni siquiera te notará.

El chico centró su mirada en la mano extendida de la niña. Su sonrisa amable le indicaba que no intentaba dañarlo. A raíz de las pocas alternativas que le quedaban, aceptó su ayuda estrechando su mano.

Aquella mañana Yin y Yang se encontraban recibiendo a los primeros estudiantes en su academia. Se encontraban nerviosos, pero intentaban ocultarlo con sonrisas frente a los demás. Su misión secreta absorbía sus mentes. No estaban al tanto del siguiente paso a seguir y temían que el Maestro de la Noche regresara a la ciudad.

—Hola —una voz interrumpió sus meditaciones.

Ambos conejos se voltearon, encontrándose con la persona que menos esperaban.

—¿Coop? ¿Qué haces aquí? —Yin fue la primera en reaccionar.

El chico se encontraba en la entrada de vidrio, con su bolso en la mano y su otra mano al interior del bolsillo. Le regaló una amplia sonrisa a la coneja.

—Solo vine a ver qué tal estabas —contestó acercándose a ambos—. Hace tiempo que no te veía.

—Creía que estabas en la cárcel —le dijo Yin aún sin poder creer en lo que veía.

—Salí hace unos días —respondió rascándose la nuca con nerviosismo—, lamento no haberte dicho nada.

—No importa —le contestó Yin con una sonrisa amable.

—Creo que tenemos mucho en qué ponernos al día —prosiguió el chico soltando una risa nerviosa—. ¿Qué tal si nos vemos durante el almuerzo? Dicen que en la mesa de Lynn…

Su perorata fue repentinamente interrumpida por un fuerte y sonoro carraspeo.

—Lamento tener que interrumpir tan interesante plática, pero estamos un poco ocupados —intervino Yang con tono sarcástico.

—¿E-en serio? —titubeó Coop nervioso.

—Estamos a la siga de un ser oscuro que amenaza con destruir la ciudad —prosiguió el conejo cruzándose de brazos—. Debemos atraparlo antes de que mate a humanos inocentes y sin poderes como tú.

El conejo se aproximó con ímpetu, cosa que aumentó los nervios del chico. Tras retroceder un par de pasos, se giró hacia Yin en busca de alguna respuesta.

—Mejor… veamos esto otro día. ¿Te parece? —le dijo con un dejo de pesar.

—Sí. De ahí me llamas —aceptó el chico dando otro paso hacia atrás.

—Bien —Yin aceptó con la cabeza no muy conforme con la respuesta.

Coop retrocedió inseguro sin quitarle la vista a los conejos. Yin desvió la mirada fingiendo concentrarse en los estudiantes que se reunían en un rincón. Yang lo observaba con seriedad y los brazos cruzados. Se alejó sintiendo el doble de nervios de los que sentía antes de entrar. Hacía mucho que no hablaba con Yin, y no esperaba tal recibimiento. No la notaba igual que antes. Algo había ocurrido y no se convencía de ese cuento de Yang. En la medida en que iba caminando rumbo a su trabajo se convencía más y más de que algo andaba mal. No aceptaba simplemente ser un perdedor.

—¡¿Eres idiota?! —apenas Coop desapareció de la vista, Yin agarró con fuerza el brazo de su hermano y lo arrastró hasta tenerlo frente a sí—. ¡¿Cómo se te ocurre decirle eso?!

—¡Un momento! —el conejo se soltó de un tirón—. Primero, acabemos con ese demonio y después puedes jugar a armar tu propia relación poliamorosa.

—¡¿Qué?! —aquellas palabras habían multiplicado la furia de la coneja, quien parecía echar chispa de los ojos y humo de las orejas.

—Te ves horrible cuando te enojas —Yang sonrió con sorna.

La coneja apretó los puños cargada de furia. Si no fuera porque en ese instante Yang se alejó para reunir a los estudiantes, le habría partido la espalda. Cuando quería, su hermano podía ser toda una molestia.

El tiempo la forzó a disipar su enojo, no sin antes estampar en su mente que no le dejaría pasar esta al conejo.

Mientras tanto, Emilie había vuelto sobre sus pasos junto con su nuevo amigo. Abrió sigilosamente la puerta de su departamento revisando si había señales de vida. El lugar se encontraba tan silencioso y tranquilo como lo dejó.

—Puedes pasar —le avisó a su amigo abriendo completamente la puerta.

Jacob se encontraba más cómodo con su nueva amiga. En el camino discutieron sobre la especie humana, especie que nuestro conejo al parecer no conocía. Emilie le comentó que los humanos eran la especie dominante tanto en Anasatero como en gran parte del mundo, y que le llamaba de sobremanera la atención de que él no se hubiera topado jamás con uno.

—El baño está en la puerta de allá —le anunció Emilie desde el pasillo apuntando hacia una puerta—. El agua caliente funciona de manera automática. En el baño hay jabón, shampoo, y creo que un poco del bálsamo de mi mamá. Iré al cuarto de mis padres en busca de algunas toallas. Con respecto a tu ropa, puedes dejarla en el baño y la puedo meter en la lavadora. Dudo que tengamos algo de reemplazo mientras tanto. Supongo que no te importará quedarte con la toalla mientras tanto, ¿verdad?

—No, no te preocupes —contestó un tanto nervioso frente a la novedad que estaba viviendo.

—Tranquilo, no se va a despertar —anunció la niña en un intento de adivinar sus pensamientos—, su jefa le dió un somnífero fuerte.

—¿En serio? —el conejo preguntó extrañado.

—Mucho trabajo —Emilie se encogió de hombros.

En diez minutos, Jacob se encontraba bajo la ducha con agua caliente mientras Emilie arrojaba toda la ropa en la lavadora. Apenas la había encendido, recibió una llamada a su teléfono. Cubrió la bocina del aparato con premura, temiendo que Dennis la pudiera escuchar, y olvidando que la lavadora a su lado hacía más ruido que su teléfono.

—¿Hola? —preguntó sin revisar quién la estaba llamando.

—¡Emilie! ¿Dónde estás? —reconoció la voz de Lily.

—Estoy en casa —respondió—. Dennis se enfermó y me dejaron para cuidarlo.

—¡Oh! ¿En serio? —el sarcasmo se notó en la voz de su amiga.

—¡Es en serio! —contestó Emilie molesta—. No podré ir hoy. ¿Me perdí de mucho?

—¡¿De qué no te perdiste?! —exclamó Lily con emoción—. ¡Vino El Gran Circo a la escuela! Hay payasos, acróbatas. ¡El hombre bala me dió un autógrafo!

—¡¿Qué?! —exclamó consternada—. ¿O sea no hay clases?

—¡Al contrario! —exclamó su amiga contenta—. ¡Están dando helado gratis! También instalaron varios juegos en el patio. ¡Es una fiesta! ¡Es lo más increíble que me ha pasado en la vida!

La frustración se apoderó de la chica, congelándola poco a poco en la medida en que su amiga describía las maravillas del único día de clases al que no pudo asistir.

—¡Tienes que venir! —exclamó Lily con euforia.

Emilie solo tuvo la capacidad para cortar la llamada.

El silencio regresó a su entorno, o al menos el silencio amenizado por una lavadora funcionando a su lado. Apretó los puños con fuerza al igual que sus ojos. Gruñó de la forma más silenciosa que pudo, tragándose las ganas de golpear algo. No pudo evitar dar un par de pisadas en el suelo. ¡Tan cerca y tan lejos! No podía abandonar a su nuevo amigo ni por el mejor día de su vida. Tras respirar profundamente durante un par de minutos, finalmente salió del cuarto de lavado.

Millie había subido a la azotea del edificio en donde trabajaba. Era sin duda el antónimo de la oficina en donde trabajaba en el sótano. Necesitaba un respiro. Habían transcurrido apenas un par de horas desde el inicio de la semana laboral y ya todo iba mal. Aprovechó un mensaje de Franco para encontrarse con él en un escape de la jornada laboral y conversar. Prefería conversar con él ahora que durante el almuerzo. Tenía planeado finalmente hablar con su padre, aunque considerando cómo iba su día, no se esperaba que le resultara.

—Hola Millie.

La chica rompió su meditación y se volteó, encontrándose con su amigo. El chico le regaló una sonrisa, aunque su mirada se encontraba apagada, envuelta en una capa de ojeras.

—¡Franco! —ella se acercó sin poder evitar notar su preocupación—. ¿Estás bien?

—Necesitaba hablar —le confesó.

La azotea era una enorme explanada con el piso completamente hecho de cemento. Por la orilla del lugar existía una pared de un par de metros de altura, seguida de una reja de malla de unos diez metros que buscaba impedir que la gente saltara desde allí. Dada la hora del día, una de las paredes generaba suficiente sombra como para cubrir a quien se sentara en su costado. Fue allí en donde ambos chicos se instalaron para conversar. El ruido de la ciudad parecía distante, lejano, de ensueño. A pesar de la compañía mutua, del cielo azulado, y de la suave brisa que los acompañaba, no se encontraban de mucho ánimo.

—Sé que ayer fuiste a ver a la cucaracha —comenzó a hablar Millie.

El chico simplemente afirmó con la cabeza.

—Sé que tú no —contestó Franco.

—¡Por supuesto que no! —exclamó con indignación.

—Dicen que los que no completaron el taller, están obligados a ir a su curso privado —continuó Franco.

Millie afirmó con la cabeza mientras resoplaba con frustración.

—El jefe de mi departamento me dijo que si no iba me despedirían —contestó la chica lanzando una mirada asesina al vacío.

Franco asintió con la cabeza comprensivamente.

—¡Y lo peor es que tengo que pagarlo con mi sueldo! —exclamó golpeando el piso con su puño, llegando a arrancarles algunas grietas. Franco abrió los ojos un tanto asustado—. ¡Eso me quita más de la mitad del sueldo! ¡Para dárselo a un maldito charlatán! —la chica se giró enojada hacia Franco.

El chico se quedó en blanco por un instante. No sabía cómo reaccionar ante su furia. Para él, Carl no era un charlatán, pero tampoco quería discutir con Millie al respecto. No estaba de ánimos tan siquiera.

—L-lo lamento mucho —balbuceó Franco.

El silencio poco a poco se llevó las tensiones. Ambos levantaron la vista, topándose con las nubes con forma de algodón.

—Acepté solamente para que no me despidieran —lanzó la chica finalmente.

—Bueno, solo resta verlo por el lado positivo —respondió Franco—. Tal vez puedas aprender algo de Carl.

—¡¿Aprender algo?! —el grito de Millie le demostró que la furia había regresado.

Franco tragó saliva. Le había pedido que viniera para hablar de sus más profundos pesares. Aparentemente ella no estaba de ánimos para escucharlo. Simplemente se quedó en silencio.

—Yo… lo siento —la chica bajó su voz con pesar. Había notado la tristeza en el rostro de su amigo, apagando toda ira ardiendo en su mente.

—No te preocupes —Franco negó con la cabeza—, debe ser frustrante todo esto.

El silencio regresó entre ambos. Efectivamente, a Franco no le estaba resultando su reunión. Tenía ese deseo desbordante por liberar aquel pesar que la cucaracha había sacado a flote hace un par de días. Lamentablemente Millie no estaba en condiciones de escucharlo. Se encontraba demasiado enfrascada en sus propias lamentaciones. Ni siquiera podía prestarle un oído comprensivo.

Un temblor interrumpió el momento. Las pequeñas piedritas que saltaron de la grieta que dejó Millie comenzaron a saltar como palomitas de maíz a punto de explotar. Pronto, el movimiento amenazaba con arrastrarlos de un extremo al otro de la azotea. Ambos dejaron a un lado los pesares y se pusieron de pie a duras penas. Mantenerse de pie en la azotea de un edificio de varios pisos en medio de un terremoto no era tarea fácil. Ambos se miraron asustados mientras se cuestionaban qué estaba sucediendo.

—¿Qué está pasando? —preguntó Millie nerviosa mientras intentaba sujetarse de la pared para evitar caer al suelo.

Antes de que Franco respondiera, el propio cielo se adelantó. Un enorme lobo de pelaje oscuro, mirada brillante y fiera, y unos enormes colmillos filosos, saltó por sobre la reja de malla y se paró frente a ellos. Les regaló una mirada asesina junto con un gruñido grave y amenazante. Los pelos de su lomo se levantaron como espinas de puercoespín mientras se aproximaba a paso suave. El temblor no paraba, pero había quedado en segundo plano para nuestros protagonistas. Instintivamente, ambos se abrazaron mutuamente mientras veían reflejada sus muertes a través de la baba que soltaba la bestia desde su hocico.

—Entonces déjame ver si entendí —le dijo Emilie a su invitado—, estabas escribiendo en tu diario de vida, cuando de repente apareció un huracán brillante que te arrastró a ese callejón.

—Básicamente —contestó el conejo.

La chica había revisado cada cajón y cada alacena de la cocina en busca de algo de comer para su invitado. Jacob solo vestía una toalla blanca sujeta a la altura de la cintura. Estaba sentado junto a la mesa rodeado de todo lo que Emilie le había encontrado para comer: una bolsa de pan de molde, un tazón de chocolate caliente, una bandeja con galletas de agua, unos cuantos caramelos de limón que tenían hormigas pegadas, un trozo de pollo asado frío, dos envases de yogurt, queso laminado y ensalada de fruta.

—¡Vaya! —respondió la chica sentándose junto a él—. ¿Entonces vienes de otra dimensión?

—No lo creo —el conejo negó con la cabeza—. Debe haber alguna explicación para todo esto.

—¿A sí? ¿Cómo qué? —cuestionó incrédula cruzándose de brazos.

—¿Qué está pasando aquí?

El corazón de la chica dio un vuelco al tiempo en que el aire escapaba de sus pulmones en el instante en que oyó esa voz. Ambos se voltearon hacia la entrada, topándose con Dennis.

—¡Dennis! —exclamó Emilie con nerviosismo—. ¡Despertaste!

—Hiciste demasiado ruido —contestó frunciendo el ceño y cruzándose de brazos.

El chico solo vestía una camiseta gris claro y unos pantalones cortos azul marino. Estaba despeinado y con los ojos entreabiertos luchando por mantenerlos abiertos y por parecer disgustado.

Luego, vió al conejo, quien le sonrió con timidez.

—¿Quién es él? —le preguntó a su hermana apuntando con el mentón hacia el conejo.

—Es un amigo —se apresuró en responder—. Es nuevo en la escuela. Se llama Jacob.

—¿Y por qué no están en la escuela? —volvió a preguntar con severidad.

—Este —la chica recorrió con su mirada toda la habitación en busca de alguna musa inspiradora para su mentira—... cuando llegamos nos mandaron de regreso a casa. Creo que los maestros se enfermaron o algo así. Jacob vive muy lejos así que lo invité a quedarse aquí. Espero que no te moleste —agregó con una sonrisa forzada.

—¿Y por qué no tiene ropa? —volvió a inquirir.

—Cayó a un basurero de camino a casa —se apresuró en responder Emilie—. La metí en la lavadora.

En ese momento, un par de pitidos provenientes del cuarto de lavado. Era la lavadora avisando que había finalizado su trabajo.

—¡Oh! ¡Ahí está! —exclamó Emilie poniéndose de pie de un salto—. ¡Iré a revisar!

Antes de que cualquiera pudiera replicar, la chica había abandonado la habitación.

Jacob regresó a su tazón de chocolate caliente sin despegar la vista del chico. Dennis tampoco alejó la vista del conejo, analizándolo con ojo crítico. Se instaló en el puesto que había dejado Emilie sin despegar la vista de sus orejas. No había que ser un genio para relacionarlo con los gemelos Chad. Conejos había muchos en Anasatero, más conejos con orejas flotantes no eran muy comunes.

—Dime la verdad —le instó Dennis—. ¿Qué fue lo que realmente ocurrió?

El conejo bajó su tazón hasta dejarlo sobre su plato. Tenía mucho en su cabeza y aquel chico era un completo desconocido para él como para confesarlo todo.

—Es todo lo que ella dijo —contestó—. Vivo muy lejos de aquí.

—¿En serio? —volvió a preguntar Dennis—. ¿Estás perdido?

—No, claro que no —negó con la cabeza nervioso—. Sé donde vivo —agregó.

La tensión comenzaba a aumentar entre ambos.

—¿Quienes son tus padres? —volvió a preguntar Dennis—. Sería bueno avisarles que estás aquí.

—Dudo que pueda contar con ellos —Jacob desvió la mirada con pesar.

—Solo dame un nombre —insistió Dennis. Su cabeza apuntaba a los gemelos Chad. No lo dejaría en paz hasta llegar al fondo del asunto.

Lentamente, Jacob regresó su mirada al chico. Tras esos ojos cansados y con ojeras, existía una determinación poderosa. A pesar de todo, se decidió por intentar algo. Sabía que el nombre de sus padres era reconocido en el mundo entero. Si la teoría de Emilie era cierta, el nombre de sus padres no sería conocido en esta nueva dimensión, por lo que el chico frente a él no los conocería. En caso contrario, aún seguía en su mismo universo.

—Yang Chad —mencionó al fin.

Los ojos repentinamente abiertos del chico le indicaron que aún permanecía en su misma dimensión. No pudo evitar sonrojarse ante la idea que el chico frente a él se estaba forjando.

—Por favor no le digas a nadie —le rogó el conejo tomando con fuerza del brazo del chico, al tiempo en que Dennis se había puesto de pie.

Ambos se quedaron mirando fijamente. La perturbación aumentaba en la mente de ambos. Jacob presionaba cada segundo con más fuerza el brazo de Dennis. Llegó el momento en que el chico dejó de sentir su mano. Tironeó con fuerza con tal de zafarse, pero Jacob no se soltaba.

—¡Ya está listo! —exclamó Emilie entrando con la ropa recién doblada cuando se encontró con el forcejeo. Automáticamente Jacob lo soltó y Dennis recuperó su brazo.

—Debe ser una broma —comentó el chico con seriedad—. Vístete —le ordenó al conejo con una mirada represiva—. Iremos con tu padre.

—¿De verdad? —intervino Emilie impresionada—. ¿Te dijo quien era su papá?

El chico no respondió. Simplemente se alejó a grandes zancadas de allí, encerrándose en su habitación.

Su cama lo llamaba para regresar a dormir, pero el misterio en su cocina era más fuerte. Tomó su celular que se encontraba sobre su mesita de noche. Al sentarse sobre la cama mientras realizaba su llamada, sintió el peso del sueño sobre su cabeza con aún más fuerza. Cuando no contestaron a su llamada, el peso fue acompañado con mareo.

En el momento en que se había decidido recostar su cabeza sobre la almohada, oyó que golpeaban a la puerta.

—Dennis —Emilie se asomó tímidamente por la puerta entreabierta.

—¿Qué quieres? —el sueño lo estaba cargando de mal humor.

—Jacob no quiere ir con sus padres —respondió su hermana.

Dennis vio la llamada registrada en su teléfono. Yin no había contestado.

—Yo… —balbuceó. No le quedaban energías para hacer algo.

—¿Podemos quedarnos aquí? —preguntó la niña—. Prometo que no haremos ruido.

No tuvo que replicar. Dennis se quedó dormido sobre la cama.

La siesta del pobre chico solo duró siete segundos. El temblor los atrapó a ambos en ese preciso se comenzó a mover como si un torbellino invisible lanzara todo en todas direcciones.

—¿Qué está pasando? —preguntó la niña asustada mientras se sujetaba del marco de la puerta.

Dennis despertó a duras penas mientras la cama saltaba debajo de él. Un movimiento en falso y la cama lo lanzó hacia el suelo, para luego recibir el contenido de su armario sobre su espalda.

Jacob también sintió los nervios del temblor desde la cocina. Afortunadamente se había alcanzado a vestir. Desde una alacena alta comenzaron a caer los platos y vasos. En un vago intento por evitar que se cayera toda la vajilla, se aproximó al mueble con las manos extendidas. Se sorprendió a sí mismo al ver cuando de sus manos emanaron un par de rayos color celeste claro que sujetaron varios de los vasos, platos y tazas en el aire y los regresó a su sitio. El rayo se extendió por todas las puertas de la alacena, manteniéndola cerrada con firmeza y evitando que algo se quebrara durante todo el temblor.

Grande fue la sorpresa de los hermanos Chan al entrar en la cocina y verlo con las manos en la masa. El temblor recién había acabado y se habían dirigido a la cocina para ver a su invitado.

—Yo… lo siento —respondió el chico avergonzado escondiendo sus manos en su espalda. Tras el acto, todo rayo brillante desapareció. El conejo no podía entender lo que acababa de hacer.

Emilie se sorprendió como quien ve un juego de luces en un circo en vivo y en directo durante una noche de verano. Dennis encontró una prueba más que relacionaría al conejo con los gemelos Chad. Era capaz de identificar el Woo Foo. Lo observó con una mirada inquisidora, deseando desgarrarle la verdad desde su conciencia.

—Escúchame —en un sagaz movimiento, Dennis se encontraba frente a frente de Jacob. Hincó una rodilla y sujetó al conejo de un hombro. Esta vez era el chico el que ejercía la fuerza—. Quiero saber la verdad.

Su mirada profunda fue suficiente hipnosis para despistar al conejo. Dennis extendió su otra palma y sopló un polvo blanco con un brillo dorado sobre su cara. Jacob tosió con insistencia mientras sentía que aquel polvo le entraba por los ojos, orejas, nariz y boca.

—¿Quiénes son tus padres? —lanzó su pregunta.

—Yin y Yang Chad —respondió sin siquiera tener conciencia de lo acababa de decir.

—¡Ellos son hermanos! —insistió Dennis.

—Lo sé —contestó Jacob mientras se preguntaba por qué no podía callarse.

—¿Quiénes son tus padres?

—¡Yin y Yang Chad! —insistió el conejo.

El chico suspiró pesadamente mientras agachaba la mirada. ¡¿En qué clase de problema se acababa de meter?! La teoría del incesto, aunque sonaba horrible, tenía sentido. Eran conejos; eran del sur. Habían muchos rumores sobre diferentes clases de aberraciones sexuales que cometían los animales antropomórficos en tiempos en que el muro los separaba de los humanos.

—¿Qué edad tienes? —la seriedad de Dennis comenzaba a dar miedo.

—Trece años —respondió.

Sacando cuentas, los conejos lo habrían tenido cuando ellos tenían trece o catorce años. Era simple: incesto siendo menores de edad, concibieron al conejito, lo abandonaron quién sabe donde, y ahora seguramente había llegado a enfrentarlos o algo así. Simple, pero aberrante. Simple, pero inconcebible.

Se volvió a poner de pie mientras se tapaba la cara con las manos. ¡¿En qué clase de problema se había metido?! Sabía que encarar a los conejos lo convertiría en hombre muerto. ¿Entonces qué hacer? ¿Dejarlo irse? ¿Esconderlo? Solo quería dormir y olvidarse de todo, pero su hermana también estaba involucrada en el asunto.

—¿Cómo? —balbuceó finalmente Jacob intentando arrancarse el polvo de la cara.

—Polvo de la verdad —respondió el chico volteándose a él—. No podrás mentir en las siguientes dos horas.

Los ojos del conejo se abrieron cargado de impresión. Él mismo se estaba dando cuenta del problema que acababa de crear con la verdad. No permitiría que esto se extendiera aún más.

—Por favor no les digas —le rogó—. No quiero meterte en más problemas.

—¿Ellos saben de tu existencia? —preguntó molesto.

—Sí —respondió sin poder evitarlo.

—¡Esperen un momento! —intervino Emilie dirigiéndose hacia Jacob—. ¿Cómo se llama el programa de televisión de los años noventas que van a reestrenar en un par de meses? —agregó mirando al conejo.

—No-no lo sé —titubeó encogiéndose de hombros.

—¡Vamos! ¡Todo el mundo lo sabe! —insistió la chica—. Ha salido en la tele, la radio, afiches en la calle, Internet. ¡No han parado de hacerle publicidad!

Jacob negó con la cabeza extrañado.

Luego la chica se volteó a su hermano.

—Una de dos —le dijo—. O tu polvito no funciona, o todo lo que te ha dicho él ocurrió en otra dimensión.

—¿Qué? —aquella teoría retumbó en la cabeza de Dennis.

—Él viene de una dimensión paralela —le explicó Emilie—. Eso explica lo del huracán, lo de que no sepa de ese programa, que las historias no concuerden…

—¿Qué huracán? —cuestionó su hermano confundido.

—Ese que lo trajo desde su casa al basurero —insistió Emilie—. También explica por qué él no conoce a los humanos —agregó mientras el conejo afirmaba con la cabeza.

Mientras Emilie hablaba, el conejo sentía que todo cobraba sentido. Eso del huracán parecía ser más interdimensional que simplemente espacial. El único obstáculo era el hecho de que sus padres también existieran en esta dimensión. ¿Por qué?

—Mi mamá es abogada, y mi papá es jardinero —intervino Jacob—. Son buscados por la justicia por incesto. ¿Aquí también es igual?

Aquella aseveración tomó por sorpresa a ambos chicos. Dennis sintió que se le escapaba la respiración mientras quedaba congelado. Lentamente negó con la cabeza. El problema se había acrecentado, al igual que el dolor. El cansancio se apoderó de su cabeza, regalándole una aguda neuralgia. Los problemas revolvían su cabeza sin piedad. El mareo aumentó hasta perder la consciencia.

—¡DENNIS! —gritó Emilie aterrada al ver que su hermano caía desplomado al suelo. Alcanzó a sujetarlo antes que su cabeza diera contra el piso. Se encontraba totalmente inconsciente.

—¡Oh no! ¿Ahora qué haremos? —le preguntó a un Jacob aún consternado por todo.

El chico no alcanzó a contestar cuando a lo lejos comenzaron a oírse las sirenas. La alarma de los bomberos, patrullas policiales, ambulancias, bocinazos, gritos despavoridos. Todo era una aterradora sinfonía que pasó de escucharse desde la distancia hasta oírse afuera del departamento.

—¡Tienen que salir! ¡Rápido! —se escuchó una voz aterrada desde el exterior del departamento mientras golpeaban en la puerta.

Rápidamente, la emergencia había golpeado a la puerta.

Emilie dejó con cuidado a Dennis en el suelo mientras se acercaba a una ventana de la cocina que daba hacia afuera. Jacob la siguió hasta asomarse junto a ella. La ventana no era muy grande, pero era suficiente para que ambos fueran testigos de los hechos.

Había por lo menos una docena de enormes y feroces lobos aterrando a la gente. Varios de ellos corrían por la calle persiguiendo lo que se encontraran. Otros volcaban autos y patrullas policiales, aterrando aún más a las personas. Las pobres armas de fuego de los oficiales no les hacían el menor rasguño. Varios otros lobos escalaban los edificios, entrando por las ventanas, o llegando hasta la azotea para aullarle al cielo. Sus aullidos feroces atravesaban los tímpanos y provocaban el pánico sobre la ciudad.

Mientras se encontraban congelados observando la escena, un lobo los asustó asomándose por la ventana. Los chicos retrocedieron aterrados mientras que el lobo rompía el vidrio con el hocico. Afortunadamente, debido al tamaño de la ventana, la bestia no pudo entrar más allá que con su hocico. Se limitó a gruñir y ladrar en un intento por aturdir a sus víctimas. Ambos chicos retrocedieron aterrados hasta chocar contra la pared opuesta.