Polidrama - Capítulo 36 (Amor Poliamoroso - Capítulo 3)
—¡Martita!
Yo me encontraba durmiendo plácidamente sobre el sofá cuando un fuerte grito me despertó de golpe. Pude ver al patito acercarse a mí molesto mientras daba saltitos.
—Cuando te autoricé a utilizar los poderes del patoverso, lo hice para que evitaras que Lisa Loud matara a los conejos. ¡No para que cruzaras los canales! —me gritó aleteando.
—¿De qué estás hablando? —le pregunté confundida.
De un enorme salto, el pato se dirigió a su escritorio. Extendió una gaveta que tenía a un costado, en donde se podía apreciar un panel con muchos botones y palancas. Presionó con su alita un pequeño botón plateado, y desde el techo bajó un televisor pantalla plana de unas cincuenta pulgadas. Tras presionar otro botón, el televisor se encendió. Lo primero que pude ver fue a Fiona Manson transmitiendo las noticias en el canal local. Se encontraba en la calle, reportando algo que parecía ser una algarabía.
—Nos encontramos aquí en la intersección de la Quinta Avenida con la Avenida Principal —comentaba a la cámara con un micrófono con el logo del canal estampado—, en donde nuestro pequeño héroe nos salvó de una invasión de lobos feroces y su líder, un demonio cuya identidad aún no ha sido identificada. Cuéntanos, ¿cuál es tu nombre?
Junto a ella se encontraba un conejo adolescente de pelaje largo, rubio y peinado, con unos anteojos de marco dorado. A su alrededor parecía haber mucha gente, varios de los cuales vitoreaban jubilosos. Detrás de ellos se podía apreciar la presencia de Yin y Yang.
—Soy Jacob —respondió con sencillez.
—Y cuéntanos, Jacob, ¿cómo te sentiste al enfrentar a tan feroces enemigos? —prosiguió Fiona con la entrevista acercándole el micrófono..
—La verdad es una sensación extraña —contestó—. No es que tuviera miedo, bueno, sí tuve, y también sentía que no iba a poder ganarles a esos lobos, pero ante el peligro de enfrentarme a la muerte, saqué un poder que no sabía cómo manejar. Eso fue lo que me salvó la vida y me ayudó a vencer al villano.
Mientras hablaba, la pantalla mostraba dos paneles. En el primero continuaba apareciendo la entrevista y en el segundo mostraba supuestas escenas de la batalla grabadas con una cámara en movimiento. El conejo abría agujeros de gusanos con los que desviaba los ataques de los lobos y se los tragaba. También hubo una parte en la que el conejo utilizó su aura Woo Foo. Hubiera sido entretenido si no fuera porque la cámara no paraba de moverse, enfocando mal y a duras penas. Era difícil, lo sé. El camarógrafo debía a su vez esquivar los ataques de los lobos y el pánico de la gente.
—Y esos poderes que usaste, ¿son de origen Woo Foo? —Fiona lanzó su pregunta.
—Por supuesto que sí —Yin se adelantó en responder abrazando al chico por la espalda—. Él ha sido uno de nuestros mejores estudiantes. Lleva años con nosotros.
—¡Sí! —la apoyó Yang con una sonrisa—. Si quieren llegar a ser grandes y poderosos como este chico y defender la ciudad de los chicos malos. ¡Inscríbanse ya! A la Academia Woo Foo de Yin y Yang.
—El Woo Foo no solo puede ser practicado por animales antropomórficos —continuó Yin—. Tenemos muchos humanos en nuestros cursos, de los cuales la mayoría ha podido desarrollarse tanto en magia como en artes marciales.
—Diez por ciento de descuento para los que se inscriban en el curso inicial durante las próximas veinticuatro horas —acotó Yang.
—Tenemos cursos iniciales, básicos, intermedios y avanzados, para cualquier hora del día, y para todas las edades —prosiguió Yin.
—No lo olviden. Estamos en el Centro Comercial de Anasatero, local treinta y cinco. ¡Los esperamos! —agregó Yang.
—Y ahí lo tienen —Fiona retomó el micrófono—, gracias a un gran entrenamiento Woo Foo sumado a la valentía y un poder innato, este niño logró salvarnos de lo que podría haber sido la perdición de Anasatero…
—¿Ese es Jacob? —pregunté de pronto mientras Fiona seguía hablando a través de la pantalla.
—¿No te parece? —cuestionó el pato molesto apagando la pantalla.
—Pero… ¿Cómo? —realmente me encontraba confundida.
—Porque a cierta persona no se le ocurrió nada mejor que traer a Jacob Chad desde el universo de Amor Prohibido hasta Anasatero —el pato regresó dando saltitos hasta encontrarse frente a mí.
—Yo no tengo nada que ver —respondí impresionada.
—¿No? —el pato frunció el ceño—. ¿Y cómo se supone que llegó hasta acá? ¿Por cuenta propia?
—Puede ser —contesté poniéndome de pie y alejándome del pato—. De hecho… sí puede ser —me volteé hacia él—. Jacob es maestro del espacio. Su especialidad es viajar a través de las dimensiones. Puede haber viajado accidentalmente, al igual que Yuri. Ella es maestra del tiempo, y por eso viajó accidentalmente a 1952.
—Hmmm Tiene sentido —respondió el pato pensativo—. Ahora bien, independiente de cómo haya llegado, debemos sacarlo de aquí.
—Ajá —afirmé con la cabeza con lentitud.
—Porque, ¿sabes lo que pasaría si Yin y Yang se enteran que ese conejito es el hijo de ellos dos proveniente de otro universo? —me preguntó el alcalde acercándose a mí dando saltitos.
Por mi mente solo pasaron los peores recuerdos de Vietnam.
—Hay que capturar a ese conejo —sentencié asustada.
Acto seguido, ambos abandonamos la habitación lo más rápido que pudimos. No los quiero asustar, pero este error le podría costar caro al Patoverso.
Era el momento más extraño para la vida de Jacob Chad. Tras el encuentro con el primer lobo, sus emociones activaron sus poderes. Un par de puños gigantes y el lobo volaba a cientos de kilómetros por la estratósfera. El resto fue adrenalina pura. Prácticamente no sabía lo que estaba haciendo y lo que estaba ocurriendo. Solo pudo volver a meditar respecto de su presente al momento de tocar el suelo tras finalizar la batalla. El demonio, apenas consiguió percibir el nivel de poder del desconocido, emprendió la retirada. Es así como Jacob terminó aplaudido por una muchedumbre fervorosa. Su corazón dio un vuelco al toparse ni más ni menos que con Yin y Yang Chad. Claro, se había topado con ellos durante el fragor de la batalla, pero recién pudieron verse las caras una vez espantados los lobos. Se encontraban ahí, de pie, joviales, vestidos con sus respectivos karategi, con energías para repartir más palizas.
El corazón se le trizó al enfrentar la lucha por evitar correr a abrazarlos. Realmente los echaba de menos. Hacía mucho tiempo que no los veía. Estaban ahí, frente a él, sonriendoles alegres, tranquilos. ¡Cuánto hubiera querido enmarcar ese momento! Lastimosamente, y luego de la conversación con Emilie, al parecer no eran sus verdaderos padres. Eran otros Yin y Yang, de otra dimensión. No quería estropearles sus vidas con una revelación que poco y nada tenía que ver con ellos. El polvo de la verdad tampoco iba a ayudarlo. Mientras menos hablara y más se alejara del tema, era mejor para él.
—Bien, creo que esto está arreglado —comentó Yang aliviado y con una enorme sonrisa una vez finalizada la entrevista.
—¡Sí! —exclamó su hermana con alegría—. Este chico nos llegó como caído del cielo —agregó dándole unas palmadas en el hombro al conejo. El chico no pudo evitar sonreír nerviosamente.
—Por cierto, ¿cómo era que te llamabas? —el conejo se acercó al chico y le dijo bajando la voz.
Su hermana se apresuró en acallarlo.
—¿Acaso quieres que nos descubran? —le recriminó molesta en voz baja.
—Perdón, perdón —contestó en el mismo tono.
—Soy Jacob —respondió el chico.
—Jacob —Yang le sonrió como respuesta.
—Te invitamos a almorzar —intervino Yin regalándole una sonrisa—. Tú eliges, ¿qué quieres comer?
Esa pregunta tomó por sorpresa al atribulado chico. Los nervios se apoderaron de él mientras apretaba los puños. En otras circunstancias habría aprovechado la oportunidad de oro de reencontrarse con sus padres —aunque no fueran realmente ellos—, pero sabía que aquel maldito polvo de la verdad terminaría por arruinar las intenciones.
—¿Por qué no vamos donde la tía Pía? —propuso Yang ante el silencio del chico—. El pollo frito de ahí es delicioso. Será una buena excusa para romper la dieta. Además, queda cerca de aquí.
—¿Tú qué dices? —le preguntó Yin a Jacob.
—Por mí está bien —aceptó escuetamente.
Fue así como los tres conejos se pusieron en marcha. Yin no lo soltó en ningún momento. Siempre lo sujetaba de los hombros o le rodeaba el cuello con un brazo. Jacob se sentía extraño ante esto, pero temía arruinarlo al abrir la boca. ¡Si tan solo hubiera una cura al polvo de la verdad!
—Por cierto, no nos has dicho nada sobre de dónde vienes y todo eso —comentó Yin apenas habían emprendido la marcha—. ¿Dónde están tus padres?
Había dado en el clavo. Apretó los labios con fuerza para evitar soltar la verdad sin evitarlo.
—Si te escapaste de la escuela, tus padres ya lo deben saber —comentó Yang ante el silencio con sus manos tras su nuca.
—¡Yang! —le recriminó su hermana—. ¿Te escapaste de la escuela? —agregó girándose hacia el chico.
—No —se apresuró en responder.
—¿Y entonces? —insistió Yin extrañada.
El contexto, su corazón y lengua le exigían soltarlo todo. Solo su cerebro luchaba por contener aquellos impulsos como granjero conteniendo una manada de toros furiosos.
—Es una larga historia —logró formular.
—Me encantaría oírla —comentó Yang con sarcasmo—, con un buen trozo de pollo frito.
—No estás obligado a contarnos si no quieres —Yin le sonrió tranquilizándolo.
—¿Qué? ¿Lo dices para contradecirme? —alegó Yang bajando las manos de su nuca.
—Lo digo porque no debemos presionarlo —la coneja se volteó y le regaló una mirada iracunda a su hermano.
Jacob no estaba prestando atención a la discusión de ellos. Acababa de descubrir una falla en los famosos polvos de la verdad. La falla radicaba en la definición en sí. La verdad no era una dualidad perfecta junto con la mentira. Además, su preocupación no era decir la verdad, era que ellos la entendieran. Si les decía la verdad sin decirles la verdad, sortearía el dilema del polvo de la verdad, respondería la duda de la pareja y todos estarían contentos. Él podía hacerlo. Tenía a la inteligencia de su parte.
Siguió caminando en silencio mientras ambos conejos discutían. El silencio era su mejor arma en aquellos momentos. Tampoco podía aprovecharse de su suerte. Debía estar preparado.
Una vez la emergencia había terminado, la normalidad lentamente regresó a la ciudad. En la Editorial Internacional, pronto todos los trabajadores fueron liberados del sótano. Una de las reglas replicadas en la ciudad es que en caso de ataque había que esconderse en el sótano. Coop y Lincoln caminaron con tranquilidad hasta el vestíbulo del edificio, esperando el conteo de daños.
—Ya no tiene sentido volver al trabajo. ¿Quieres ir a almorzar? Yo invito —le comentó Coop a su subordinado.
—Me encantaría —respondió el chico animado—. Solo espero que no ocurra otra emergencia como la semana pasada —agregó frunciendo el ceño.
—Lo dudo mucho —respondió Coop, aunque tras un vistazo rápido, se dio cuenta a lo que se refería—. Ella está bien —agregó el chico mirando el ceño fruncido de Lincoln—. Está bien, la llamaré —aceptó ante la insistencia en la mirada de Lincoln—. Después me cuentas por qué Millie te gusta.
—¡Espera! ¿Qué dijiste? —replicó Lincoln atrapado ante tan repentino comentario.
Como respuesta, Coop se volteó dándole la espalda y alejándose de él, mientras tomaba su teléfono de su bolsillo y buscaba el número de su hermana.
Mientras tanto, Millie bajaba junto con Franco hasta el vestíbulo de su propio edificio. A diferencia del resto, ellos venían desde el ático. La emergencia los había encontrado justo ahí. Un lobo feroz cayó del cielo y los amenazó con atacar. Afortunadamente, el lobo no era tan fuerte en comparación con Millie. Bastó una paliza y una patada para lanzarlo desde la azotea hacia abajo.
Millie tenía una fuerza física incomparable oculta. Desde que tenía memoria, sentía esa fuerza desatada cada vez que se enojaba. Al ir creciendo y tras percatarse de esa característica, buscó controlar su carácter con tal de evitar causar daño. Los resultados fueron relativamente efectivos. Su carácter la convertía en carne de cultivo para los problemas. No tenía amigos, más de alguien le temía. Se había ganado la fama de mal genio mientras enviaba a más de alguien al hospital. Aquel poder era una bendición y una condena al mismo tiempo.
Lastimosamente y tras su paso por la escuela, ella quedó acomplejada con ese poder. Buscó ocultarlos lo más posible, con resultados relativamente efectivos. Tan solo en las últimas semanas ya había utilizado dos veces su fuerza: contra el pollo en el restaurante, y contra ese lobo que acababa de golpear. Franco la observó con los ojos abiertos y una mirada de terror. Esa mirada era precisamente la que no deseaba infundir. Era precisamente la razón por la que buscaba ocultar sus poderes. No quería ser temida por la gente que amaba. No buscaba alejarlas.
La amargura hizo un nudo en su garganta, recordando los días en que había causado estragos en el pasado mientras bajaba por las escaleras. Para colmo de males, apenas había llegado al primer piso, recibió una llamada de Coop.
—¿Qué quieres? —le preguntó sin ánimos.
—¿Estás viva? —le preguntó su hermano de vuelta.
—Sí —contestó ofuscada—. ¿Te importa?
—Un poco —contestó con simpleza—. ¿Algún problema con lo que sea que haya pasado hoy?
—Ninguno —respondió tajante—. ¿Y tú?
—Todo bien por acá —le dijo Coop.
—¿Qué quieres? —insistió Millie con malestar.
—Nada —se apresuró en responder su hermano—. ¿Es que acaso no puedo llamar a mi hermana para preguntarle si sufrió algún daño tras la invasión a la ciudad?
—Tú nunca llamas sin pedir algo a cambio —Millie contestó directa.
—Siempre hay una primera vez —Coop sonrió nervioso, solo para oír el tono de la llamada cortada.
Coop cortó la llamada molesto.
La tensión aún se mantenía sobre Jacob, quien esperaba el paso del tiempo para poder mentir a destajo. Dennis le había dicho que el efecto del polvo de la verdad duraba dos horas, de las cuales ya había transcurrido un poco más de una hora. Estaba instalado junto a Yin y Yang en el famoso restaurante de la tía Pía. El olor a fritura le dió un golpe en la nariz. El lugar, aunque estaba lleno, la gente amablemente les regaló una mesa a los héroes del día. Incluso conocieron a la emblemática tía Pía, quien los invitó a la especialidad de la casa. Era una señora alta y regordeta que gorgoriteaba mientras se reía.
—Y bien, ¿nos vas a contar de tu vida, misterioso héroe? —comentó Yang con sarcasmo antes de dar una risotada.
Jacob no pudo evitar sentirse contagiado por la risa del conejo. Él era igual de divertido que su padre. Era de carácter ligero, optimista, relajado. Por otro lado, no podía evitar sentir el trato maternal que le daba Yin. Ella lo mantuvo abrazado todo el trayecto. Una vez instalados, ella se encargó de repartir las presas de pollo recibidas, junto con las papas y los nuggets. Le apartó un plato solo para él, preocupándose de que se sintiera conforme con las atenciones. Era aquel trato que le recordaba a su madre. Ella se preocupaba por todos, especialmente por él. Una vez instalados en la mesa se convenció de lo mucho que extrañaba a sus padres, y de lo mucho que ellos se los recordaban. La vida estaba jugando cruelmente con sus sentimientos.
—¿Estás… llorando? —la preocupación de Yin se posó en su rostro al girarse y observar el rostro del conejo.
—¿Eh? —de inmediato Jacob se tocó los lagrimales, sorprendiéndose de encontrarlos húmedos—. No es nada —intentó ocultarlo, pero el moqueo lo delató.
—Debió ser terrible lo que sea que te haya pasado —comentó Yin intentando consolarlo—. No tienes por qué contarnos si eso te hace sentir mal. Tratemos de alegrarnos —agregó esbozando una sonrisa.
Antes de que Jacob pudiera responder, la coneja le regaló un apretado abrazo. Era un abrazo reconfortante, tranquilizador, maternal. Frente a esto, Jacob no se pudo controlar. Devolvió el abrazo con fuerza, aferrándose a ella como un náufrago se aferra a una tabla. ¿Por qué lo torturaban de esa forma?
—Creo que lo mejor sería contarnos —intervino Yang.
—¡Yang! —le recriminó su hermana lanzándole una mirada furiosa mientras le daba palmaditas al conejo.
—¡Vamos! Tú misma me dijiste que no es bueno ocultar las cosas —insistió—. Además, como diría el buen Shrek: «Mejor afuera que adentro».
—Este no es el caso —zanjó Yin regresando su vista al invitado.
Mientras tanto, el pato y yo buscábamos a Jacob. Cuando digo «buscábamos» me refería a que el pato, en su condición de alcalde, me pidió que revisara toda la ciudad en su búsqueda. ¡Si tan solo supiera que esto le afecta más a él que a mí! El asunto es que finalmente estaba yo a mis anchas buscando al conejito en la ciudad y sin saber por dónde comenzar.
El primer lugar donde probé suerte fue en la Academia Woo Foo de Yin y Yang. Total, ellos lo tomaron como uno de sus estudiantes. Lamentablemente, el local estaba vacío. Pude entrar y revisar el lugar, pero si ellos no estaban, no me servía de mucho. Luego, simplemente me paseé por el Centro Comercial en busca de ideas.
En el patio de comida me encontré con Leni y sus amigos en una mesa. Todo el sector tenía serios daños. El enorme tragaluz del techo se había roto cayendo enormes trozos de vidrios sobre las mesas ahora abandonadas. También partes del techo habían caído, dejando destrozos por todas partes. Varios locales por el entorno estaban dañados, abandonados o cerrados. Solo un local de tacos se encontraba abierto, y junto a este se encontraba la mesa de Leni y sus amigos.
—¡Hola! —los saludé tratando de sonar casual.
La tranquila conversación del grupo se detuvo de golpe, y se giraron observándome como si fuera un extraterrestre. Sus miradas se clavaron en mí, quien por un momento sentí la incomodidad florecer en mi piel.
—Este —continué intentando superar mis nervios—... ¿Han visto a Yin y Yang? Necesito ubicarlos urgentemente.
El silencio sepulcral parecía tragarse mis intenciones.
—¡Hey! ¡Ya sé en dónde está! —exclamó Leni de improviso levantando una mano animada.
—¿A sí? ¿En dónde? —respondí con ilusión.
—En su academia Woo Foo, en el piso de abajo —contestó la chica apuntando hacia unas escaleras mecánicas que daban al primer piso.
—Ya revisé allí y no están —le dije mientras mi ánimo se desinflaba.
—Qué extraño —contestó la chica confundida.
Cuando el silencio parecía esparcir la incomodidad, Fiona sugirió:
—¿Y si buscas el número de Yang en tu teléfono? —le preguntó a Leni—. Puede que él te diga en dónde está.
La chica lo meditó un instante con la mirada vacía, hasta que repentinamente exclamó:
—¡Pero qué gran idea! Lo llamaré ahora.
Acto seguido, la chica tomó su cartera y empezó a revolver entre sus cosas en busca de su teléfono. Fueron los segundos más eternos de mi vida. Parecía como si estuviera demorando más de la cuenta. Para mí fueron años los transcurridos en aquella espera.
Una llamada a mi propio teléfono logró acabar con esa agonía.
—Permiso —me disculpé antes de alejarme de sus miradas petrificadas.
Una vez a unos quince metros de distancia, en medio de la solitaria destrucción, decidí contestar. Era el pato.
—¡Martita! —exclamó apenas contesté—. Me encuentro donde la tía Pía. Encontré a Jacob.
—¿Saliste a buscarlo? —pregunté sorprendida.
—¿Y qué esperabas? ¡Anasatero está en peligro! —exclamó—. Jacob parece estar llorando en los brazos de su mami. ¡Ven rápido! ¡Necesito refuerzos!
—Voy enseguida —acepté cortando la llamada.
Mientras tanto en el restaurante, Jacob intentaba contenerse ante la extrañada mirada de los conejos. Yin intentaba contenerlo con su mano sobre el hombro, esperando abrazarlo ante la menor recaída. Yang en cambio no dejaba de mirarlo, con un enorme signo de interrogación en su mirada.
—¿Estás mejor? —le preguntó Yin con una sonrisa.
—Sí —balbuceó el chico. Se sentía idiota en medio de esta situación. Hacía un esfuerzo por contenerse, aunque ahora más que nunca añoraba decirles la verdad. El deseo de tener de regreso a mamá y a papá se hacía más fuerte.
Yang no sabía qué decir. Aunque había propuesto que el chico soltara todo, no podía evitar sentirse mal al respecto. Intentaba hacerse una idea sobre lo que le podría haber pasado. Lo único que tenía en mente era que podía ser relacionado con ese demonio que vencieron hace un rato.
—En serio, si necesitas ayuda, puedes contar con nosotros —le dijo Yin.
Tras un suspiro, el chico no resistió más.
—Gracias. Quiero contarles mi historia.
Ambos conejos alzaron sus orejas y se miraron mutuamente sorprendidos antes de centrar toda su atención en el muchacho.
—Verán, lo que pasa es que hoy acabo de descubrir que existe más de una dimensión —les explicó con cautela—, y yo provengo de una de ellas.
—Un momento —intervino Yin—. ¿A qué te refieres con otra dimensión?
—No estoy muy seguro —contestó el chico—, pero parecieran ser realidades alternativas, producto de las decisiones de las personas. Una especie de ¿Qué pasaría si?
—Vaya —comentó Yang—, ¿y hay alguna diferencia entre tu realidad y la nuestra?
—Bueno, allí no existen los humanos —comentó el chico nervioso.
La sorpresa cayó sobre ambos conejos.
—¿Y nosotros existimos en esa realidad? —Yin lanzó su pregunta.
Esta pregunta quedará en el aire hasta el próximo capítulo.
