Polidrama - Capítulo 37 (Amor Poliamoroso - Capítulo 5)

—¿Y nosotros existimos en esa realidad?

La pregunta de Yin quedó en el aire en la mesa del restaurante de la tía Pía, tentando a un Jacob que ya se veía convencido de soltar toda la verdad. Increíblemente el silencio amordazó al conejo, amarrándolo en un bloqueo que lo congeló en el tiempo.

—Por tu cara, asumo que sí —intervino Yang observándolo con curiosidad.

—¡Oh cielos! —exclamó Yin con emoción—. ¿Es verdad? —lanzó su pregunta directamente al conejito.

Jacob, decidió afirmar con la cabeza ante su nula capacidad de formar palabras.

—Tú… eres mi madre —sentenció el conejito.

La impresión golpeó el abdomen de ambos conejos, dejándolos sin aire. Jacob desvió la mirada avergonzado. En ese segundo reconsideró revelar la segunda parte de su verdad.

—Guau… yo… —balbuceó Yin sin encontrar las palabras correctas.

—¡Buenas tardes! —intervino el alcalde llegando finalmente a la mesa de los conejos. Desde que puso un pie en el local, debió lidiar con el centenar de personas que se había amontonado a almorzar en aquel restaurante, lo que le llevó un par de minutos para llegar a su destino.

Ante el silencio, comenzó a dudar sobre si había llegado a tiempo o no. A pesar de todo, decidió lanzarse al juego.

—He venido hasta aquí a felicitar a nuestro héroe, ¡Jacob Chad! —exclamó con emoción tomando la mano del conejito con sus alas de goma y agitándola con un efusivo saludo—. Si no fuera por tu intervención, la ciudad habría quedado completamente destruída.

—G-gracias —respondió Jacob aún aturdido por chocar la reciente revelación con la repentina aparición del patito de hule.

—¡Olvidé presentarme! —exclamó el pato soltando la mano del conejito, la cual siguió aleteando por varios segundos más—. Mi nombre es Patito Torres, soy el alcalde de Anasatero, y es por eso que en nombre de la ciudad, te vamos a reconocer en una ceremonia esta tarde en el ayuntamiento. Para eso, necesito que me acompañes ahora mismo. Necesitamos conversar los detalles de la fiesta que haremos en tu honor.

—¿Qué? —Jacob observaba al pato con cautela, incrédulo ante el hecho de que se tratara del alcalde de la ciudad. ¿Y cómo dijo que se llamaba?

—¡Vamos! —lo invitó el pato llamándolo con su alita—. No tenemos tiempo que perder.

Jacob se volteó hacia los gemelos Chad en busca de alguna señal.

—Un momento —intervino Yin poniéndose de pie—. Si él va, nosotros iremos.

—No es necesario —intentó disculparse el pato—. Nuestro héroe está en buenas manos. Además, estamos preparando una sorpresa para la comunidad, y no queremos arruinarla.

—No se preocupe, señor alcalde —respondió Yin en el mismo tono—, solo queremos acompañar a nuestro gran amigo y estudiante hasta el ayuntamiento, ¿no es cierto, Yang?

Al instante, el aludido se vio bombardeado por tres pares de ojos. Ante la repentina mención, afirmó efusivamente con la cabeza. Intentaba seguir el rumbo de la conversación, pero no era capaz de capturar el trasfondo de la misma.

—No tienen que ser tan apegados con su estudiante —alegó el alcalde acercando a Jacob de un tirón de su brazo—. Él sabe cuidarse mejor que nadie, y ustedes no son sus padres ni nada por el estilo, ¿verdad? —agregó mirando el rostro confuso del conejito mientras que por dentro se maldecía porque yo aún no había llegado.

Al momento en que finalmente arribé en la conversación, oí a Yin decir con una seriedad que no permitía derecho a réplica:

—Yo soy su madre.

—Wow, wow, wow —intervine casi derrapando al intentar detener mi andar—. Ustedes dos no son padres de nadie. Este conejito que ven aquí proviene de otra dimensión. Otra Yin y otro Yang lo engendraron en otra realidad alterna. Ustedes dos no tienen absolutamente nada que ver con las decisiones incestuosas que hayan tomado sus contrapartes de otras dimensiones, ¿entienden? Por lo tanto no tiene por qué preocuparse de este conejito.

—Espera, ¿qué dijiste? —Yang se puso de pie de un golpe y nos observó con una mirada tan seria y furibunda como la de su hermana.

El silencio cayó de golpe sobre nosotros, anulando incluso el ruido de fondo proveniente de las cientos de personas allí presentes. Un sonido agudo comenzó a taladrar mi cabeza al momento en que el pato me lanzaba una mirada asesina.

—¿Decir? ¿Yo qué dije qué? —respondí nerviosa retrocediendo un paso. Yang se veía realmente enojado.

Ante el silencio congelante, pude concluir que acababa de meter la pata. El peso de mi error cayó de golpe sobre mi cuerpo, amenazándome con aplastarme en el suelo. Apenas podía mantenerme en pie. Luchaba contra el deseo de salir arrancando en aquel instante.

—¡Eso! —gritó Yang—. Eso de que…

—¡No! —exclamé en el mismo tono—. No, no dije absolutamente nada. Definitivamente llegué aquí en el más absoluto de los silencios…

—¡Basta! —me interrumpió Yin. Su mirada apesadumbrada daba aún más miedo que su mirada furibunda—. Acabas de decir que Yang y yo…

—¡No, no, no, no! —exclamé negando con la cabeza y extendiendo mis palmas intentando protegerme de cualquier reacción violenta—. Yo no dije absolutamente nada. Lo que sea que hayan oído… un hechicero lo hizo.

El silencio parecía relajarse un poco más. Fue el momento en el que aproveché para comenzar con la retirada.

—Es momento de ahuecar el ala, ¿no? —le dije al patito.

—Su-su-supongo q-q-que s-s-si —tartamudeó. Su voz se notaba temblorosa.

Lentamente nos alejamos de la mesa. Cada uno sujetó a Jacob de un brazo, arrastrándolo con nosotros. Yin y Yang parecían inmóviles. La sorpresa de Yin y la furia de Yang jamás se me van a olvidar de la memoria.

Afortunadamente la masa de gente había disminuído. Podíamos ver la salida desde nuestra posición. En la medida en que nos alejábamos de la mesa aumentamos la velocidad. Pronto Jacob comenzó a seguirnos por voluntad propia. El conejito se sentía con el corazón aplastado. Fue aquella mirada de los conejos la que precisamente le había detenido de decir la verdad. Inicialmente esperaba, añoraba que ellos lo entendieran y le regalaran un abrazo como de aquellos que extrañaba. Ellos dos definitivamente no eran sus padres. Ellos, a diferencia de sus padres, no se tragarían el incesto de buenas a primeras.

La puerta frente a nosotros se cerró de golpe. Un brillo celeste nos entregó la pista de la causa de su cierre. Yin tenía su mano en alto, rodeada con un brillo del mismo color de la puerta.

—¡Ustedes! —nos gritó—. ¡Van a tener que darnos más de una explicación!

Ahora todo el local observaba expectante nuestros movimientos, especialmente aquellos que también deseaban salir junto con nosotros. El pato empezó a tiritar completamente. El pesar de Jacob se hacía evidente. Yang me regaló una mirada de decepción, como si fuera mi culpa todo esto. Y en parte sí, lo era. Todo, absolutamente todo, era por mi culpa. Todo era por mi causa.

Seguro pensarás que aquella última afirmación es alguna clase de exageración, algo para mantener la tensión en el momento más álgido de la historia. Ojalá fuera cierto. Lamentablemente, es más real de lo que parece. No puedo darles más detalles ahora, pero seguramente están más cerca de saberlo de lo que imaginan.

—Bien —tras un suspiro, me armé de valor y di un paso hacia ellos intentando sonar desafiante—, les daría una explicación, pero como dicen en mi país: Por la razón o la fuerza.

Acto seguido, tomé una silla cercana y la lancé contra una ventana que había en un costado. El vidrio se trizó con el golpe y la silla quedó a medio camino atravesada en el marco de la ventana. Mientras todo el mundo intentaba comprender mi locura, me acerqué a la ventana, y con las patas de la silla saqué los trozos de vidrio que aún se encontraban en el marco. Cuando la ventana se encontraba completamente libre de vidrio, lancé la silla hacia el exterior y escapé por allí hacia la calle.

—¡Síganme los buenos! —les grité al pato y a Jacob desde el exterior.

No tuve que repetirlo. A los pocos segundos nos encontrábamos los tres corriendo calle abajo rumbo al ayuntamiento. Parecía haber sido fácil eludir a Yin y Yang en un contexto como este. Era más complicado eludir a las personas que paseaban por las transitadas calles. De todas formas a cada rato miraba hacia atrás para cerciorarme de que el pato y Jacob me siguieran.

—¡Martita! —gritó de pronto el pato en un instante en el que había volteado.

Cuando regresé la vista al frente, me encontré cara a cara con Yang. Se encontraba con las piernas abiertas y los brazos extendidos, dispuesto a bloquearme el paso. Derrapé por el suelo al tiempo en el que me caí de espaldas. Resbalé por el suelo pasando por entre sus piernas. Solo a dos metros detrás de él logré frenar. Sin pensarlo dos veces, me puse de pie y continué con la carrera. Jacob también pasó por entre las piernas de Yang, mientras que el pato dio un salto sobre su cabeza.

—¡Hey! ¡Vuelvan aquí! —nos gritó dando la vuelta.

Correr perseguidos por Yang era una causa perdida. Él era sin duda uno de los personajes más rápidos de Anasatero —por no decir del patoverso—. A los pocos segundos ya casi nos estaba pisando los talones.

—¡Chi! ¡Hoo! ¡Waa! —lanzó su grito de batalla al momento en que sacaba su espada de bambú de la manga de su karategi.

En ese segundo se abalanzó sobre nosotros. Su sombra cubrió el sol sobre nosotros en cámara lenta. Espada en alto, estaba dispuesto a lanzar su golpe. No estaba segura a quién de los dos iba a atacar. Definitivamente a Jacob no. A mí tampoco, ¿cierto? ¡Lo había invitado a comer completos! Además, ¿dónde está su código de no atacar a mujeres? ¿O acaso los humanos hiperrealistas no contamos? ¿Eso contaría como discriminación? Sin duda iba tras el pato. Era político, y todo el mundo odia a los políticos, ¿no?

No hubo tiempo para descubrir contra quien se había lanzado el conejo. Entre él y nosotros se desplegó un agujero de gusano del tamaño de Yang. Pude ver sus curvas brillantes y coloridas girar hipnóticas. Tan rápido como apareció, el agujero se fue llevándose a Yang consigo.

—¿A dónde fue? —pregunté aún presa de la sorpresa.

—¡¿Y eso qué importa?! —exclamó el pato con desesperación—. ¡Vámonos ya!

Es así como emprendimos la retirada antes de que alguien más intentara detenernos.

Varios metros más atrás, Yin iba saliendo del restaurante. Confiaba en que la agilidad de su hermano nos trajera de vuelta, o por lo menos que trajera a Jacob consigo. Tras el paso de los irritantes minutos, ella se decidió por emprender la marcha. No había avanzado mucho cuando algo le cayó encima, tirándola de espaldas al suelo.

—¡¿Yang?! —gritó al reconocer a su hermano.

El conejo apenas se percató de la situación, retrocedió inmediatamente despavorido, chocando con su espalda contra un poste de luz.

—¿Dónde está Jacob? —le preguntó de inmediato.

Su hermano no pudo responder. La observaba con los ojos desorbitados mientras intentaba abrazarse a sus rodillas.

—¿Yang? ¿Qué tienes? —Yin levantó una rodilla observando extrañada a su hermano.

—Ví cosas horribles —respondió aterrado con un hilo de voz.

Mientras tanto el pato, Jacob y yo finalmente llegamos a la oficina del pato. Al fin pude respirar tranquila luego de la tensión y de la carrera.

—Muy bien —Jacob tomó la palabra con determinación—, ¿me pueden decir qué rayos está pasando aquí?

El pato y yo nos miramos mutuamente, en una lucha de miradas sobre quién empezaba a hablar.

—Bien —el pato se aclaró su garganta—, ¿por dónde empiezo? ¡Ayúdame Martita!

—¿Yo qué? —cuestioné a la defensiva.

—¡Tú comenzaste con todo eso! —alegó el pato—. ¡Tú trajiste en primer lugar a Jacob!

—¡¿Yo?! —alegué molesta—. ¡Ya te dije que yo no lo traje! ¡Él vino solo! —exclamé alzando mis brazos.

—Aún sigo aquí —intervino el conejo cruzados de brazos—. ¿Me van a decir de una buena vez qué está pasando aquí?

El pato y yo nuevamente nos miramos entre nosotros, intentando ordenar las palabras en nuestras mentes.

—Primero, ¿quién eres tú? —Jacob lanzó su pregunta mirándome directamente.

—¿Yo? —los nervios me atraparon en medio de la mirada seria del chico. ¡Diablos! ¡Sí que se parece a sus padres!—. Me llamo Martita, tengo veintisiete, soy Leo, me gustan los memes, el shitpost, escuchar a Morat, no me gustan los largos paseos pero sí ir a la playa…

—¡Martita! —me interrumpió el pato—. ¡Ve al grano!

Terminé por aclararme la garganta en una forma de ganar tiempo.

—Bien, comenzando por el principio —comencé con cautela—. ¿Sabías tú que existe más de un universo?

—Sí, ya me di cuenta —contestó Jacob—. Estoy en estos momentos en otra realidad en donde mis padres no son mis padres y decidieron no apostar por el incesto.

—¡Muy bien! —respondí con una sonrisa—. ¡Se nota que eres inteligente!

—Mi pregunta ahora es, ¿por qué? —cuestionó Jacob.

—Verás —tomó la palabra el pato—, como te iba diciendo, yo aquí soy el alcalde de Anasatero, y ella es mi asistente —agregó señalándome con sus alitas—, pero, ella no está aquí de gratis.

—¿A no? —preguntó el chico confundido.

—¿Sabes qué tienen en común tu universo y el universo en el que estás ahora? —le preguntó el pato con seriedad.

—¿Que en ambos están mis padres? —preguntó Jacob.

—Aparte de eso —señaló el pato.

El conejo se quedó meditando un instante, intentando buscar rebuscadas relaciones.

—Ambos universos pertenecen a un mismo metaverso —sentenció el pato.

—¿Qué? —cuestionó el conejito confundido.

—Martita —me llamó el pato con una venia.

Apreté un botón que había en el suelo, y desde el mismo suelo emergió una pizarra blanca con dos marcadores y un borrador.

—Verás, existen múltiples universos en la realidad creativa —le expliqué dibujando con el marcador negro varios círculos—, estos universos se agrupan al interior de un metaverso —agregué encerrando algunos círculos en otros círculos rojos—. Nuestro metaverso se llama Patoverso.

—¿Patoverso? —Jacob parecía incrédulo.

—¡Es en honor a mí! —saltó el pato con orgullo—. Un metaverso surge y se regula mediante dos fuerzas controladoras: la dirección y la potencia.

—La dirección permite controlar los acontecimientos al interior de un metaverso, incluyendo obviamente a sus respectivos universos —le expliqué dibujando la punta de la flecha—, mientras que la potencia se encarga de que los acontecimientos se hagan realidad —agregué dibujando el resto de la flecha.

—Yo me encargo de la potencia —se presentó el pato—, y Martita de la dirección.

—Sin dirección o sin potencia, un metaverso simplemente no existe —le expliqué.

—O en este caso, el Patoverso —aclaró el pato—. Es por eso que necesito a Martita cerca. Yo tengo la magia para mantener un metaverso, pero no puedo predestinar sus acontecimientos. ¡Todo porque no tengo dedos! —alegó aleteando.

—Y yo podría mantener la dirección y la potencia —aclaré, pero tras un carraspeo del pato, tuve que aclarar—, pero perdí el poder de la potencia el 2017.

Ante el silencio del conejo, ambos clavamos nuestras miradas en él. Había un enorme signo de interrogación en su mirada.

—Y bueno —agregué riendo nerviosamente—, así es cómo funciona la realidad creativa acotada al fanfiction. Claro, la realidad creativa tiene otras facetas y regiones, y existen otros tipos de realidades, pero creo que todo lo que te contamos es suficiente para que entiendas un poco lo que está sucediendo.

El silencio de Jacob empezó a preocuparnos.

—¿Está todo bien? —cuestionó el pato.

—Déjenme ver si entendí —habló con lentitud mientras que su cabeza era un volcán a punto de estallar—. Mi universo y este universo forman parte de un mismo metaverso, ¿no?

—Patoverso —aclaró el patito.

—Patoverso… ¿que ustedes crearon?

—Ya nos estás entendiendo —el patito le sonrió mientras una piedra me caía al estómago, metafóricamente. El día en que empecé a trabajar para el patito, jamás imaginé que llegaría el día en que tendría que revelar el funcionamiento del patoverso a un personaje.

—¿Me están diciendo que son una especie de dioses? —la impresión en el conejo era enorme, al igual que mi incomodidad.

—Algo así —respondió el pato—, pero con limitaciones.

—¿Limitaciones? —el conejo arqueó ambas cejas.

—O sea, existen ciertas regulaciones sobre lo que se puede hacer en un metaverso y sus respectivos universos —intervine—. De hecho, el hecho de contarte todo esto está reñido con esas reglas.

—No si puede viajar interdimensionalmente —aclaró el pato levantando su alita derecha.

—¿Qué? —cuestionó el conejo.

—Tú eres Jacob Chad —le dije con seguridad—, Maestro Woo Foo del espacio. Tienes la capacidad de viajar por entre los universos incluso fuera del Patoverso. Llegaste hasta aquí accidentalmente tras activar tus poderes.

La incredulidad llegó al máximo en Jacob. El conejo lanzó una risotada que me escupió en la cara. Era una risa fuerte, estridente, burlesca, ofensiva. El pato se sorprendió y comenzó a aletear nervioso. Yo fruncí el ceño con enojo.

—¿Qué es tan gracioso? —cuestioné.

—¿Quieres que me crea toda esa patraña? —respondió paseándose por el cuarto—. Puedo creer lo de los distintos universos. ¡Eso puedo verlo! ¿Pero que ustedes se jacten de haberlo creado? ¡Ja!

—Bueno, el Patoverso surgió gracias a mí poder —le explicó el pato—, los universos adentro son cortesía de Martita —agregó apuntándome con sus alitas—, bueno, yo agrego algo de magia por aquí y por allá, pero absolutamente todo lo que eres y lo que te ocurre, es gracias a ella. Tu pasado, tu presente, tu futuro, todo, puede controlarlo ella.

El conejo se giró lanzándome una mirada aguda. Una mirada penetrante que jamás quise recibir. Nunca quise quedar al descubierto de esa forma: como la culpable concreta de su existencia. Responsable de lo bueno, y de lo malo. Es fácil dirigir el destino de los personajes, pero confrontar sus recriminaciones es otra historia.

—¿A sí? —se acercó a mí en particular con una especie de furia que no supe interpretar.

—N-no es tan así —respondí con nerviosismo—, el pato influye mucho en las decisiones de dirección, yo solamente lo ayudo por aquí.

Realmente no quería enfrentar esto. Era preferible darle una explicación a Yin y Yang sobre por qué sus contrapartes de otra dimensión cometieron incesto a enfrentar a Jacob.

—¡No seas modesta, Martita! —respondió el patito paseándose por la habitación—. Mis intervenciones han sido mínimas. Tú eres buena en esto de crear historias. ¡Tus fanfictions, ergo, universos, son fantásticos! ¡Tienes que darte algo de crédito!

Miré de reojo agradeciéndole con la mente de la forma más irónica su intervención.

—Demuéstralo —me dijo a la cara con una mirada desafiante.

El pato afirmó con la cabeza. ¡¿Quería que lo hiciera?!

Tras un suspiro, no me quedó de otra que obedecer.

—Te llamas Jacob Julius Chad. Naciste el dos de noviembre del 2017. Tienes cuatro hermanos nacidos vivos: dos mayores llamados Yenny y Jack y dos menores llamados Yuri y Jimmy. Casi tuviste una hermana llamada Yanette, pero tu madre sufrió un aborto espontáneo cuando tenías seis años. Ahora tu madre está embarazada de gemelos, pero ya perdió uno de los gemelos que se iba a llamar Jeniffer. El niño nacerá pronto y se llamará Yerko. Estás viviendo junto con tus hermanos en la granja de los Swart en los campos del lote sur del pueblo Woo Foo en tu universo, específicamente el lote sesenta y tres, a dos kilómetros del pueblo. Tu mamá en estos momentos está en la cárcel por incesto, pero pronto la van a liberar e irá a donde estás viviendo con tus hermanos. Tu papá está desaparecido, pero pronto tendrán noticias de él desde el hospital. También lo acusarán de dos homicidios que no cometió, pero no estará en condiciones de defenderse.

El silencio se esparció como mantequilla derretida ante mi discurso. Al fin la ansiada impresión llegó al rostro de Jacob. ¿Quería desafío? ¿Quería incredulidad? ¡Ahí tienes!

—Es el mejor doxeo jamás visto —balbuceó el conejo aún impresionado.

Tras un suspiro, tuve la confianza para aclarar lo que necesitaba decirle.

—Escucha Jaco:. Es cierto que tanto el destino tuyo, el de tu familia, el de todos tus conocidos y desconocidos que conviven en tu universo, este universo y otros tantos universos que existen en el Patoverso dependen de mí, pero quiero que tengas claro que yo no tengo el poder absoluto. No solo el reglamento general y las locuras del pato me limitan, también mis propios principios. A diferencia de muchos dueños de otros metaversos que solo buscan herir, dañar y matar personajes a destajo por simple morbo, yo busco el equilibrio en la vida de todos. Lo más importante para mí son todos y cada uno de ustedes, puesto que en mí recae la inmensa responsabilidad de cuidarlos. ¡Esto para mí no es un juego!

Jacob quedó congelado en su sitio, sin saber realmente cómo reaccionar. ¿Qué se siente estar frente a la persona que controla tu destino? ¿Cuánto de su propia realidad podía controlar por su cuenta? ¿Tenía alguna clase de libre albedrío? Las preguntas existenciales se amontonaron en su cabeza, sin poder decidir por cuál comenzar.

—También quiero que tengas clara otra cosa —intervino el pato—. Esta es sin duda la revelación más fuerte para un personaje. Es por eso que nadie más puede saberlo. Te lo decimos a tí, y solo a tí, porque como te dijo Martita, tienes la capacidad de viajar interdimensionalmente. Te necesitamos de nuestro lado.

—¿Qué quieren de mí? —la pregunta ganadora salió de la boca de Jacob.

—Por ahora que regreses a tu mundo, entrenes en el Woo Foo, especialmente tu poder, y trates de no escaparte a otro lado —le expliqué—. Cualquier intervención externa en otro universo podría ser catastrófica, especialmente si es fuera del Patoverso.

—Como por ejemplo aquí y ahora —intervino el pato con el ceño fruncido—. No te puedes ir hasta arreglar el problema que creaste.

—¿Cuál problema? —pregunté confundida.

—Corrección, el problema que tú creaste —agregó el pato molesto—. ¡Les dijiste a Yin y Yang que eran los padres de Jacob!

—¡¿Qué?! —alegué ofendida—. Cuando llegué ya le había dicho —agregué apuntando al conejo.

—¡Yo solo dije lo de mi madre! —replicó Jacob—. ¡Nunca hablé de mi papá!

—¿En serio? —observé sorprendida a Jacob y luego al pato, quien movía la cabeza desaprobatoriamente—. Ups.

—Pero no lo entiendo —comentó Jacob—. Si tú eres la que guía los destinos de todos nosotros, ¿no sabías que yo no les dije toda la verdad?

—¿Ya lo ves? —exclamé liberada—. ¡Ni aún así puedo controlarlo todo! Este viaje interdimensional lo hiciste tú por tu propia cuenta —agregué apuntándolo con mi índice. ¡Tienes casi el mismo poder que yo de controlar la realidad!

—¿Qué? —los ojos del conejo amenazaban por escaparse.

—¡No le hagas caso! —alegó el pato recriminatorio—. ¡Ella lo hizo a propósito!

—¡Qué no lo hice a propósito! —repliqué con mis manos en mis caderas—. ¿Acaso crees que pondría en peligro al Patoverso por una estupidez?

—¿Por qué el Patoverso estaría en peligro? —cuestionó Jacob intrigado.

—Combinación de universos, revelación del metaverso a personajes, mostrar otras realidades a otros personajes —contestó el pato—. ¡Literalmente todo está mal! —alegó agitando sus alitas—. ¡Se supone que ni siquiera deberías estar aquí!

Luego se acercó peligrosamente a Jacob, y con una alita amenazante le dijo:

—Un paso en falso, y literalmente vas a quebrar este universo y el tuyo propio. Ustedes morirán, Martita quedará sin trabajo y con una enorme crisis existencial y yo me quedaré aburrido flotando en el vacío.

—¡Pero tranquilos! —intevine de improviso—. Si hacemos que todos olviden tu existencia, ¡asunto arreglado!

—¿Tienes alguna idea? —el pato se volteó hacia mí.

—¿El amnesialeto? —pregunté.

—¡Ja! —exclamó el pato con sarcasmo acercándose hacia mí—. Ni siquiera sabes dónde está el Amnesialeto de su universo, ¿y vas a saber en dónde está el de este universo? —agregó apuntando a Jacob.

—Puede que en el universo de Jacob sea complicado ubicar el Amnesialeto —respondí con mayor seguridad en mi idea—, pero aquí, solo existe un único lugar en donde podría estar. ¡La Casa del Canje!

—¿La Casa del Canje? —cuestionó el pato arqueando una ceja.

—¿La Casa del Canje? —secundó Jacob.

—¡Sí! —exclamé con euforia—. En la Casa del Canje puedes encontrar literalmente toda clase de tesoros perdidos. ¡Apuesto que allí está el Amnesialeto!

Tras un tenso silencio, Jacob contestó:

—Si de verdad eres quien guía todo este mundo, es seguro que esa cosa esté allí.

—Opino lo mismo —secundó el pato.

—¡¿Qué esperamos?! ¡Vamos! —exclamé con emoción corriendo hacia la salida.

Es así como los tres abandonamos la habitación, dejando solo el recuerdo de una de las conversaciones más importantes jamás dadas en el Patoverso. Afortunadamente, dicha pieza histórica no se perdió para siempre. Un micrófono escondido se encontraba pegado debajo de la mesa del escritorio del alcalde, captando absolutamente toda la conversación.

—¿Jefe?

Fiona Manson ingresó a la oficina de Herman Garamond. La hormiga se estaba quitando los audífonos con una sonrisa imborrable.

—Acabo de oír lo que me enviaste —le dijo—. Acuérdame de darte un aumento y un camerino propio. ¡Trabajas muy rápido!

—Muchas gracias —la chica le regaló una sonrisa.

—Hace tan solo unas horas que apareció ese chico y ya sabemos absolutamente todo de él —comentó Herman triunfante—. ¡Prepara el extra informativo! Se lo diremos a todo Anasatero ahora mismo. Es el fin para Patito Torres. ¡Ah! Esconde una copia en la bóveda, por si estos tontos quieren utilizar el Amnesialeto para que lo olvidemos. Tenemos la primicia de la historia.

—En seguida —aceptó Fiona dirigiéndose a la salida.

—Esto es puro oro —Herman sonrió maliciosamente al voltearse con su silla.