¡Patitos! Este capítulo me resultó un tanto largo en comparación con todos los demás (10k palabras). Es por ello que lo dividí en tres partes: los capítulos 38, 39 y 40 (Capítulos 7, 8 y 9 de Amor Poliamoroso). Además, estos capítulos son los últimos correspondientes al crossover con Amor Prohibido. El capítulo final de este crossover se publicará mañana en Amor Prohibido. El próximo sábado regresaremos a nuestro Polidrama acostumbrado. Por lo pronto espero que disfrutes estos episodios porque son épicos.
Polidrama - Capítulo 38 (Amor Poliamoroso - Capítulo 7)
—Veo que te ha ido bien con Giselle.
En la Casa del Canje, el televisor encendido era completamente ignorado por las dos personas se encontraban en el mesón conversando felizmente.
—Ya no puedo esperar a presentarsela a los chicos —comentó el Maestro Yo con emoción.
El panda se encontraba sentado sobre un piso metálico junto a un tazón de café tibio. Burt se encontraba del otro lado del mostrador limpiando con un paño una especie de tótem de bronce del tamaño de un tazón.
—Pero, ¿no crees que es muy repentino? —cuestionó su amigo—. La conoces desde hace apenas una semana. No sería bueno ilusionarlos con una madrastra.
—¡Tonterías! —exclamó el panda con tranquilidad—. Estoy seguro de mi decisión. Además, no es que a los chicos les afecte tanto la existencia de una madrastra. ¡Ya están grandes! Tienen sus vidas formadas. Lo que yo haga con la mía ni siquiera les importa.
—Ni tampoco sería bueno que tú te ilusiones tan pronto —agregó su amigo apuntándolo con su índice derecho mientras aún sujetaba el paño con la misma mano.
—No tienes de qué preocuparte, hombre —contestó Yo con confianza—. Sé cuando la cosa va en serio —agregó antes de tomar un sorbo de su café.
—En fin —Burt se encogió de hombros y regresó a su labor con su reliquia—. Solo queda desearte suerte.
—De todas formas quiero presentarla a los niños —continuó el panda pasando su índice por el borde del tazón—. ¿Crees que sea una mala idea?
—Presentarle una novia a tus hijos es un paso muy importante —respondió Burt—. Debes estar completamente seguro.
El Maestro Yo gruñó por lo bajo. En el fondo le encontraba la razón a su amigo. Su ilusión se hallaba inflada junto con la ilusión de su hija, quien al parecer también había encontrado el amor. Imaginaba una cena con toda la familia reunida. Él, su amada, sus hijos, las parejas de sus hijos. Era una buena oportunidad incluso para conocer mejor a Giselle y cerciorarse de que era la elegida. Aparentemente, Burt pensaba que el orden de los acontecimientos debía ser opuesto.
—Tampoco te debe tomar tanto tiempo —agregó Burt al ver la reacción del panda—. No lo sé, aprovecha de tener un par de citas más con ella. Vayan al cine, a un restaurante al aire libre, al parque, no lo sé.
—Tal vez lo haga —el panda le sonrió—, pero no creas que voy a esperar demasiado —agregó alzando su tazón.
—Solo no te lo tomes tan a la ligera —le sonrió su amigo.
—De todas formas, ¿esa seriedad es la que te impidió rehacer tu vida? —le preguntó el Maestro Yo de improviso a su amigo antes de beber el último sorbo de su café.
—¿A qué te refieres? —le preguntó su amigo confundido.
—Bueno, a tener una nueva pareja, una madrastra para tus hijos, ya sabes.
—¡Oh! ¡No, no, no, no, no! —respondió negando con la cabeza—. Es simplemente que no he encontrado a la indicada. Además, preferí centrarme en mis hijos y mi trabajo.
—¿Y qué tal ahora? —le propuso Yo—. Tus hijos están grandes, tu negocio está yendo bien. Podría presentarte a alguien.
—Tranquilo —contestó nervioso mientras casi se le cae el tótem de sus manos—, si no la encuentro chocándome con ella en la calle, no vale.
Ante aquella respuesta, ambos se largaron a reír estruendosamente. Una risa que hubiera durado un largo rato si no fuera porque el sonido de las campanillas ubicadas en la entrada del local los interrumpió.
—¡Millie! —exclamó Burt gratamente sorprendido.
La chica había llegado hasta la Casa del Canje por una conversación pendiente que tenía con su padre desde hace mucho. Armarse de valor para llegar a este punto fue sin duda un desafío aún más grande que enfrentar a aquel lobo en el ático.
—Hola papá —respondió sonriendo débilmente. Entre sus manos traía una bolsa de nylon que contenían unas cajas de plumavit.
—¡Pero miren qué hora es! —el Maestro Yo, percatándose del ambiente creado, intentó escapar mirando su muñeca vacía de reloj—. Debo irme ahora mismo.
—Está bien —aceptó Burt dejando su tótem a un lado—. Que te vaya bien con eso de Giselle.
—Sé que será así —respondió el panda con una sonrisa cargada de confianza.
De camino a la salida, el panda saludó con un ademán a la chica.
—Traje almuerzo —le dijo a su papá una vez a solas mostrándole la bolsa.
—¡Qué bien! —celebró Burt—. Acostumbro a comer algo en un restaurante al paso que hay a la vuelta. Es incómodo, pero es rápido.
—Lo sé —acotó su hija dejando la bolsa sobre el mostrador—. Quería venir a comer contigo.
—¿Todo está bien? —preguntó su padre mientras comenzaba a desenvolver la comida.
—Si —se apresuró en responder en busca de no ir directo al grano—, es solo que hace tanto que no te veía que decidí visitarte al trabajo.
—Sabes bien que también puedes ir a verme a la casa —le respondió Burt—, estaríamos más cómodos—. ¡Uh! Goulash —exclamó al abrir una de las cajas.
—Sé que te gustan los platillos exóticos —comentó Millie abriendo la otra caja—, y sobre lo de ir a casa, pues no me quiero topar con Coop.
—¿Algún problema con tu hermano? —le preguntó su padre antes de probar la primera cucharada de su platillo con una cuchara grande y plástica que venía incluída en el paquete.
—Quería conversar algo personal —le dijo sin poder evitar desviar la mirada.
Burt tragó su comida al borde de atragantarse. Sabía lo que se venía. Ni siquiera sintió que lo que acababa de comer estaba más caliente de lo que debería. Internamente confesó sentirse nervioso.
—¿Tiene que ver con tu relación poliamorosa? —lanzó su pregunta con cuidado.
El corazón de Millie dio un vuelco ante aquellas palabras. Centró su mirada en su padre, quien le regaló una inesperada sonrisa.
—Ya sabía lo que estaba ocurriendo —le explicó—, bueno, luego de lo que le pasó la última vez a tu hermano, terminaron presentándose oficialmente ante todos, ¿no?
Recordó con vergüenza aquel momento. Nuevamente, por culpa de las malas andanzas de Coop, terminó con Leni presentandolos como trío poliamoroso ante las tres familias.
—¿Estás bien con eso? —le preguntó su padre con seriedad.
—¿A qué te refieres? —le preguntó Millie.
—¿Te sientes cómoda con esta relación?
La pregunta había dado en el clavo. No podía decir que estaba cómoda como Leni. No era capaz de hablar con soltura de su experiencia con todo el mundo. Los prejuicios eran particularmente agudos cuando caían sobre ella. Lo que más la detenían era su propia autopercepción prejuiciosa. Si fuera otra la que estuviera en su lugar, la vería por lo menos como una perdedora. Le daba vuelta a las razones que la empujaron a dar el sí hace algunas semanas. Apenas se convencía de su realidad, los cuestionamientos regresaban al ataque. ¿Eso era suficiente para responder con un sí?
—Estoy bien —contestó la chica esbozando una sonrisa.
Su padre no se hallaba muy convencido. La advertencia de Coop, sumada a la extraña actitud de su hija lo ponían en alerta. La miró fijamente mientras probaba otro bocado de su almuerzo. Una mirada que Millie interpretó como inquisidora, comenzando a cumplir los temores de la chica. Era un tema que Burt no quería sacar a relucir con el Maestro Yo aún. Quería alcanzar la suficiente confianza como para tratarlo sin echar por la borda su nueva amistad.
—Millie —habló finalmente Burt con un tono conciliador—, mi calabacita —agregó tomando las manos de su hija—, yo lo único que quiero es que seas feliz. No importa el camino que elijas para buscar la felicidad. Recuerda que siempre tendrás a tu padre para apoyarte.
La chica no pudo evitar emocionarse ante aquellas palabras. Soltó una sonrisa la cual fue respondida de igual forma por su padre. Las manos de ambos se apretaron. Su garganta se apretó sin darle derecho a hablar.
—Solo quisiera que tuvieras la confianza de contarme lo que te suceda —continuó Burt tras tragarse sus nervios—. Sea lo que sea, pase lo que pase, no importa si es bueno o malo. Siempre te voy a apoyar.
El momento fue sellado con un necesario abrazo padre e hija. Millie, por primera vez desde que había aceptado entrar en el juego del poliamor, sentía más ligera su alma.
—Quisiera saber cómo ha sido él contigo —tras un instante silencioso para disipar la emoción, Burt tomó la palabra.
—¿Quién? ¿Yang? —preguntó la chica tomada por la sorpresa.
Su padre afirmó con la cabeza.
—Él ha sido bueno conmigo —contestó intentando estrujar su mente para una descripción más precisa, fracasando en el proceso.
—¿No te ha hecho algo malo? —preguntó Burt intentando ocultar torpemente sus nervios.
Millie se quedó con la cuchara camino a su boca. Era una pregunta extraña tras un discurso tan emotivo.
—¿A qué te refieres? —se apresuró en lanzar su pregunta mientras regresaba su cuchara al plato.
—Bueno, digo —contestó nervioso. Esto era más difícil que hablar de educación sexual con su hija—, con esto de los abusos, las relaciones tóxicas, y todo eso… hay que cuidarse ante cualquier señal de peligro, ¿no?
Aquella explicación tenía la firma de Coop por todos lados.
—Papá —respondió con seriedad tras respirar profundamente—, lo que sea que te haya dicho Coop, es mentira. Coop es un idiota.
—Pero no puedes negar que se preocupa por tí, cariño —comentó su padre en un tono condescendiente—. Siempre se ha preocupado por tí…
—No —zanjó molesta—. Él solo me ha causado problemas a lo largo de mi vida. Cada vez que ocurre algo malo en esta familia, es culpa de Coop.
—Sé que puede ser un poco problemático, pero no deja de ser un buen muchacho —le respondió su padre—. Nunca entendí la rivalidad que tienes con tu hermano. Coop siempre ha tenido las mejores intenciones contigo. Solo tienes que ser más comprensiva con él…
—No papá —lo interrumpió hastiada—. Coop toda la vida ha buscado que me vaya mal. Irrumpe en mis proyectos, arruina mis planes. ¡Mató a Señor Gato!
—¡No lo mató! —exclamó sorprendido—. Él dijo que se le escapó al abrir la puerta.
—Eso es lo que él dice —respondió la chica cruzándose de brazos—. ¡Nunca se lo voy a perdonar!
La discusión se habría extendido, y posiblemente agravado, de no ser porque nuevamente se oyó el sonido de la campanilla de la entrada. Liderando la comitiva, el alcalde de Anasatero hacía ingreso dando saltitos con aire de importancia. Detrás suyo veníamos Jacob y yo. Al conejo lo habíamos amarrado con unas lianas. Juntamos sus brazos junto a su torso y prácticamente lo cubrimos con las lianas con más de mil vueltas. Desde el nudo, emergieron un par de lianas de unos dos metros de largo desde donde yo lo sujetaba con fuerza. La idea del pato era evitar que se nos fuera a escapar. El conejo ingresó al lugar con una mirada de pocos amigos, sintiendo la vergüenza de encontrarse en tal situación.
—Buenas tardes —el pato dio un salto hacia el mesón, saludando a Burt—, soy Patito Torres, alcalde de Anasatero, y hoy he venido a este lugar en busca de un amuleto mágico muy particular. Es conocido como Amnesialeto.
—¿Qué cosa? —cuestionó Burt confundido.
—Es un amuleto metálico —acoté acercándome al mesón. Con mi acercamiento, forcé a Jacob a caminar hacia adelante—. Es dorado, ovalado, de este largo por este ancho y de este grosor —agregué mostrándole las medidas aproximadas con mi índice y pulgar derecho—, y tiene un signo de interrogación grabado en uno de sus lados.
—¿Es como una especie de medallón? —preguntó Burt.
—Sí —aceptamos el pato y yo al unísono.
—Bien, tengo varios amuletos con una descripción similar a la que me dicen en el pasillo del fondo —comentó el dueño pensativo—. ¿Qué tal si me acompañan y lo buscamos?
—¡Excelente idea! —celebró el pato—. ¡Tú! ¡Quédate aquí y vigila a Jacob! —me ordenó apuntándome con su alita antes de partir a la siga de Burt.
Pronto, el lobby de la Casa del Canje quedó en silencio mientras me quedaba junto con Jacob y Millie. El conejo observaba para todos lados, cada rincón del lugar. No lo culpaba. En ese sitio había una rareza en cada rincón que miraras. Era difícil desentrañar lo que planeaba en su mente en la medida en que inspeccionaba el lugar.
—Así que… ¿Él es Jacob? —Millie intentó iniciar una conversación en medio del silencio que comenzaba a tornarse incómodo.
—Sí —respondí escuetamente, deseando que el pato se tardase lo menos posible.
—Soy Jacob Chad, hijo de Yin y Yang Chad —respondió el chico con orgullo ante Millie—. ¿Sabías tú que soy hijo del incesto? Sí, ellos me engendraron en un acto que en esta sociedad podría ser considerada pecaminosa. También soy conocido como hijo del pecado, ¿sabías?
—¡Ya basta! —exclamé molesta tirando de las lianas, amenazando con hacerlo perder el equilibrio.
—¿Qué? —preguntó Millie extrañada arqueando una ceja.
—No te preocupes —intenté tranquilizar el ambiente—. Le gusta bromear fuerte, ¿verdad? —agregué regalándole una mirada iracunda al conejo.
—¡Oh! Lo siento mucho —respondió el conejo con sarcasmo volteandose hacia mí—, pero lamentablemente Dennis me lanzó su polvo de la verdad, y no puedo mentir —se encogió de hombros.
—¿Qué? —repitió Millie aún más confundida.
—¿Estuviste con Dennis? —pregunté alarmada.
—¿Eso importa? —lanzó Jacob.
—¡Sí! —exclamé tironeando nuevamente de las lianas—. Debes decirnos cada paso que diste aquí en Anasatero.
Me regaló una mirada cargada de hastío mientras inflaba los cachetes aguantando la respiración como si se tratase de un niño pequeño. Fue una lucha de miradas que se extendió por varios segundos. Millie mientras tanto nos observaba intentando procesar todo lo que estaba ocurriendo.
Repentinamente Jacob se lanzó al suelo y mordió mi tobillo derecho. Fue un repentino y agudo dolor que me empujó a lanzar un fuerte grito al momento en que levantaba mi pie y soltaba las lianas para sujetarme el tobillo. Tras un par de saltos mientras aún gritaba de dolor perdí el equilibrio y caí de bruces al suelo. Una vez ahí, me percaté de inmediato en mi tobillo. El calcetín que esta mañana era blanco, estaba manchado de rojo. Una cantidad importante de sangre había caído sobre el piso de madera del local.
—Para ser una diosa, eres muy patética —lanzó Jacob. El conejo se encontraba en el umbral de la entrada del local. Había aprovechado el alboroto para huir. Me regaló una sonrisa burlona bañada en sangre antes de abandonar el lugar.
Yo aún continuaba quejándome y revolcándome en el piso por el dolor. Me había quitado el zapato y el calcetín del pie afectado. El dolor era horrible. Parecía como si me hubiera mordido con colmillos y todo. ¿No se supone que era un conejo? ¡Alguien así no podía tener tal dentadura! ¿Qué clase de deformaciones raras podía lograr el incesto? En eso Burt y el pato regresaron al lobby.
—¿Qué pasó? ¿Dónde está Jacob? —el pato fue quién lanzó las preguntas.
—¡Escapó! —exclamé con un hilo de voz apuntando hacia la salida. El dolor hasta me estaba dejando sin respiración.
—Oh cielos, oh cielos, ¡Oh cielos! —exclamó nervioso dando saltitos. Yo seguía tirada en el suelo aferrándome a mi pierna herida—. ¡Tú! Quédate aquí y busca el Amnesialeto. Yo iré tras Jacob —ordenó al tiempo que con grandes saltos se dirigió rumbo a la salida.
No alcancé a replicar absolutamente nada puesto que el pato se fue veloz. No me imaginaba la forma en que podría atrapar a Jacob. Tenía un par de alas de las cuales se quejaba todo el día por lo inútiles que eran. ¿Qué podría hacer contra un poderoso y hábil conejo Woo Foo?
Me quedé en el suelo intentando aguantar el dolor. Tampoco quería exagerar con mis quejas, pero mi rostro con los ojos cerrados a la fuerza y los labios mordidos me lo impedía.
—Debajo del mesón hay un botiquín de primeros auxilios —le dijo Burt a su hija con voz nerviosa—. Trata de vendarle la herida mientras yo sigo buscando ese amuleto.
—Sí papá —respondió la chica.
No sé cuánto tiempo transcurrió durante el proceso de curación. Millie extrajo un pequeño maletín blanco con una cruz roja estampada en el medio. Tras abrirlo, lo primero que hizo fue colocarse un par de guantes de látex que extrajo del maletín. Luego tomó un paño blanco con el cual envolvió mi tobillo herido y presionó durante unos eternos cinco minutos. Cuando sacó el paño de mi tobillo, este ya no sangraba. Solo tenía una gran cantidad de sangre seca rodeándolo. Continuó con la limpieza con otro trapo humedecido con agua oxigenada. La marca de la mordedura quedó en evidencia tras la limpieza. Sobre dicha marca extendió una capa de un ungüento que sacó de un envase plástico. Finalmente, procedió al vendaje de todo mi tobillo.
No conversamos mucho durante el proceso. Ella me explicaba paso a paso todo el proceso que estaba realizando. Yo simplemente afirmaba con la cabeza, dándole a entender que entendía perfectamente. Se sorprendió por la mordedura una vez limpia, cuestionando cómo era posible que un conejo pudiera dejar ese tipo de marcas. Yo quería hablar lo menos posible. No quería ahondar en la revelación que Jacob le había lanzado. Ojalá lo olvidara y no volviera a mencionarlo nunca jamás.
—Ya está —anunció finalmente mientras se quitaba los guantes—. Está como nuevo.
—¡Vaya! ¡Gracias Millie! —exclamé con una sonrisa poniéndome de pie de un salto. Lamentablemente, justo cuando me afirmé en el pie el dolor regresó de inmediato.
—Te recomiendo que cuides ese pie durante algún tiempo —me aconsejó luego de sujetarme al ver que nuevamente perdía el equilibrio.
—¡Pero debo ir a ayudar al pato! —exclamé alarmada.
Millie me observó pensativa. Luego me llevó hasta el mesón y me indicó que me sujetara ahí.
—Debe haber unas muletas por aquí —me dijo revisando en un montículo de cosas que había a un costado.
Se encontraba en el proceso de revisión cuando recibió una llamada desde su celular.
—¡Hola Franco! —le oí decir—. No, he estado ocupada. ¿Qué? —aquella última pregunta sonó a sorpresa, atrayendo mi atención—. ¿De qué diablos estás hablando? No, no tenía idea. En serio, ¿es una broma?
La vi acercarse al mesón, tomar el control remoto que se encontraba sobre el televisor y subir el volumen. La pantalla —hasta ahora ignorada—, mostraba un extra informativo.
—Un extraño audio lograron captar nuestros periodistas dejando en evidencia al actual alcalde de Anasatero, Patito Torres —informaba la periodista desde el estudio de ATTV—, sobre un eventual estado de esquizofrenia. ¿Será posible que el consejo municipal pueda dejar interdicto al edil? ¿Qué clase de dichos son los que dejan en entredicho al alcalde? Vamos con el audio.
Lo que siguió me arrancó la respiración de un golpe. Sonido por sonido, letra por letra, intervención por intervención, se iba replicando la conversación que tuvimos el pato y yo con Jacob en la oficina del alcalde. ¡¿Pero cómo?! Pude reconocer mi voz, la voz del pato y la voz de Jacob. Se notaba que la adolescencia comenzaba a tomar la voz del conejo. Nuestras presentaciones me empujaron a una migraña. La descripción de un metaverso me lanzó a la desesperación. La descripción completa de la vida de Jacob apagó toda esperanza. Mi explicación sobre mi real misión en el Patoverso acabó con mi entereza.
Un inmenso pesar cayó sobre mi consciencia. Tenía un nudo en mi garganta. El aire me faltaba. Me dolía el estómago y la cabeza. El dolor regresó a mi tobillo. Me llegaron unas inmensas ganas de llorar. Mis manos temblaban. Me sentía tan poca cosa, tan miserable. Sabía que era el fin del Patoverso, y era mi culpa. Solo tenía una misión en Anasatero y era pasar desapercibida. ¡Y ni para eso servía! Llegué hasta donde el pato por una oportunidad. ¡Una maldita oportunidad! Lo arruiné. Era cuestión de horas para que Anasatero colapsara en un cuestionamiento existencial de todos sus ciudadanos, para terminar con alguna resolución idiota como matarnos o algo así. ¡Y eso no era todo! De seguro el Consejo Regulador de Metaversos iba a venir tras nosotros. Es un consejo muy duro y cruel, en donde el castigo más leve era el corte de dedos. Aunque lo que más me aterraba era perder el Patoverso. Regresar a mi vida gris y sin sentido era un castigo peor que la muerte.
No me había dado cuenta que en cierto momento me había caído sentada en el suelo junto al mesón. Me abracé de mis rodillas y comencé a llorar descontroladamente. No podía evitarlo. No podía aguantarlo. El frío me envolvió como si estuviera en invierno. Simplemente me abracé con fuerzas en busca de una tabla salvavidas ante el martirio en el que me estaba ahogando.
