Polidrama - Capítulo 39 (Amor Poliamoroso - Capítulo 8)
—Ten —a lo lejos, a la distancia, oí una voz.
Al abrir los ojos me encontré en la Casa del Canje. Junto a mí se encontraba Millie de rodillas extendiéndome un vaso con agua. Su mirada era tranquilizadora. Tenía una leve sonrisa de amabilidad. No pude evitar mirarla con los ojos hinchados y enrojecidos.
—Gracias —mi voz sonaba temblorosa al momento de extender mi mano y recibir el vaso.
Me lo tomé todo de una vez. Al probarlo, comprobé que se trataba de agua con azúcar. Mientras lo bebía, pude notar que mi rostro se encontraba húmedo por las lágrimas.
—Oye, no sé lo que está ocurriendo, pero no puedes echarte a morir así —me dijo repentinamente Millie—. No puedes simplemente acabar todo y rendirte.
—Tú no entiendes lo que está en juego —respondí sin mirarla.
—Lo sé —contestó con simpleza—, pero también sé que tienes una gran fortaleza interior. Si llegaste hasta aquí, es por esa misma fortaleza. Tú puedes Martita. Yo confío en tí.
Me volteé lentamente hacia ella. Me regaló una sonrisa cargada de confianza.
—¿E-en serio? —balbuceé aún sin poder creer lo que estaba ocurriendo. No entendía por qué ella estaba ahí, consolándome.
—Te confiaría hasta mi vida —me dijo.
Mis palabras quedaron atoradas en la punta de mi lengua. Eran palabras fuertes e inexplicables. ¿Por qué? Claro, como un fuerte viento, borró los nubarrones oscuros que asfixiaban mi corazón, pero, ¿qué rayos fue eso? Hubiera querido preguntarle, pero no tenía voz para hacerlo.
Mientras tanto, el pato perseguía a Jacob por las calles. Pronto había dado con su paradero. La persecución se había estrechado a tal punto que el pato parecía estar pegado a los talones del conejo. La tensión aumentaba en el chico mientras recorría las calles aleatoriamente. El pato no se despegaba del chico a pesar de los obstáculos que dejaba. Cruzaba por entre la gente amontonada, pero el pato no le perdía el rastro.
—¡No puedes huir de mí!
Jacob entró por un laberinto de callejones, hasta quedar en un callejón sin salida. El chico se volteó, para encontrarse cara a cara con el pato.
—¿Sabes? Martita y yo jugamos al clásico juego del policía bueno y el policía malo —continuó el pato acercándose lentamente a Jacob. Su mirada anunciaba peligro—. Ella es la policía buena. Intenta comprenderte, te dice que te va a cuidar, que no te va a matar. Yo en cambio, soy el policía malo —su mirada lanzó un brillo peligroso—. A mi no me importa tu destino ni tu vida, pero si tus acciones ponen en peligro el Patoverso, te mataré.
Un ruido corto y de ultratumba interrumpió el momento en la Casa del Canje. Ambas nos volteamos hacia la puerta de vidrio. Una capa brillante cruzó la calle, dejando todo, absolutamente todo, con una capa color azul. Autos, vitrinas, paredes, hidrantes, postes de luz, la misma acera, todo color azul. Las personas que circulaban también quedaron teñidas de azul. Al mismo tiempo, en la medida en que el azul cubría todo, la escena quedaba congelada. Los autos se detuvieron, el andar de la gente quedó congelado, el vuelo de las aves, el salto de los malabaristas, las cervezas servidas en los vasos de un restaurante cercano. Todo quedó en pausa.
Me puse de pie de inmediato. El dolor en el tobillo no tardó en regresar. Me tropecé un par de veces antes de alcanzar la salida de la Casa del Canje. Sabía lo que significaba que el mundo se pusiera en pausa y azul. La urgencia de salvar el Patoverso era más grande que la pérdida de cualquier parte de mi cuerpo. Oí a Millie advertirme que cuidara de mi pierna, pero no tenía tiempo de seguir hablando con ella. Alguien había abierto forzosamente un portal entre dos universos dentro de Patoverso.
En medio de la calle en las proximidades del callejón en donde se encontraba atrapado Jacob, había un delgado rayo fijo. Brillaba intensamente, con un par de delgadas llamaradas de luz. El rayo se ramificó y creció. Poco a poco se fue convirtiendo en un agujero brillante. Cuando alcanzó el metro de radio, se pudo observar un pie emerger de allí.
Desde el callejón donde Jacob estaba aprisionado, se pudo observar un hongo explosivo hecho de fuego y humo. El pato salió disparado hasta caer en el ático de un edificio cercano. Gracias a su cuerpo plástico, no recibió el menor de los rasguños. Desde su ubicación, pudo ver a Jacob escapar a la calle y correr como alma que se la lleva el diablo.
Del agujero ya había asomado completamente nuestro personaje. Era Yin Chad, pero no la Yin que conocemos. Se notaba su edad mayor gracias a su mirada cansada, su pelaje más opaco, sus caderas más anchas, y su traje desgastado. Traía una falda manchada con tierra que le llegaba hasta las rodillas y una blusa blanca y arrugada. Cruzó al portal con una mirada furibunda. Una vez con los dos pies en el nuevo mundo, observó todo lo que había allí color azul, sin siquiera inmutarse. Su mente tenía un solo objetivo: su hijo Jacob.
Tras un rápido vistazo, pudo verlo correr hacia ella. Aún estaba a más de una cuadra de distancia, pero ella pudo divisarlo correr entre los autos. El chico no se percató de la presencia de su madre en este mundo. Solo se preocupaba de huir y buscar al pato con la mirada.
En la esquina, cuando faltaba media cuadra para llegar donde su madre, se topó conmigo. El dolor en mi tobillo era insoportable, pero más insoportable era la idea de que todo se fuera al carajo. Él me alcanzó con la mirada al tiempo en que conseguí abalanzarme contra suya al igual que Yang lo hizo horas atrás. De igual forma, el chico abrió un portal entre ambos para evitarme. El dolor y el estrés no me hicieron pensar en esa posibilidad. Lentamente, poco a poco, fui tragada por la oscuridad de su nuevo portal. El azul, el día, Anasatero, el Patoverso, quedaron detrás mío mientras la propia gravedad transformada en una fuerza oscura me empujaban hacia lo desconocido.
A pesar de la oscuridad, pude reconocer el lugar perfectamente. Era mi habitación. Debido a que era de noche, solo se podía percibir oscuridad y penumbra. Había una gran ventana con rejas desde la cual entraba la luz proveniente de un poste cercano. Lentamente me encaminé hacia mi cama. La luz de la ventana cubría parte de mi cama desde un costado. Una repentina e inexplicable amargura me invadió de pronto. Un nudo en la garganta, un revoltijo en el estómago, inmensas ganas de llorar, culpa por mi propia existencia. Tenía consciencia de que no había motivos para sentirme así, pero no podía evitarlo. Poco a poco, me senté en el suelo, recostando mi espalda sobre el costado de la cama. Me quedé mirando hacia la ventana. Se podían ver las sombras proyectadas por los árboles y los barrotes, junto con el foco de la calle en el fondo. Todo formaba un escenario muy sombrío y deprimente. El ambiente me asfixiaba de tal forma que ya no tenía ganas de respirar ese asqueroso aire que me rodeaba.
Pude haberme rendido. Pude haberme dejado llevar por los sentimientos y olvidar absolutamente todo. La desazón borró de un golpe toda depresión. Mis ojos y mi mente se quedaron fijos en el poste de luz. Había algo que no cuadraba. Algo andaba mal. Me quedé observando ese detalle hasta que finalmente descubrí la causa. El poste se encontraba medio centímetro corrido hacia la izquierda. Eso implicaba que el poste estaba instalado unos cuantos centímetros a la izquierda desde su posición original. Era un detalle minucioso, antojadizo. Era algo que absolutamente nadie lo hubiera descubierto, a menos que lleves viviendo veinte años allí.
Puse mi mano en el suelo, y pude enterrarla en la alfombra. Agarré un puñado de una especie de polvo. Era más bien una arena color gris. La dejé caer entre mis dedos sin poder comprender lo que estaba sucediendo. Se supone que estaba en mi habitación. El piso era de cerámica recubierta con alfombra. La arena, tierra, o lo que fuera, no tenía por qué estar allí. Mientras caía, una de las tantas posibles opciones cuadró con todas las pistas. ¡Una ilusión! La noche, la angustia, mi cuarto, la ventana, la luz, ¡todo!
Cuando el último grano de aquella arena cayó de mis manos, el montaje desapareció. El nuevo lugar parecía ser una habitación infinita. El suelo estaba hecho de la misma arena que había levantado, salvo que era color café ocre. El cielo estaba cubierto de flores de todos los colores. Era como si le hubieran pedido a un Hippie drogado que lo diseñara. Todos los colores brillaban alrededor del cielo infinito, que se extendía desde el horizonte por todo el espacio.
Frente a mí pude toparme con el causante de todo. Jacob Chad se encontraba a unos diez metros de mí, observándome con serenidad.
—¡Ya basta! —le grité poniéndome de pie—. ¡Deja tu estúpido juego ya!
—Eres una estafa —me respondió acercándose lentamente—, y es mejor que lo seas. Si hay un Dios que controla mis pasos, tengo unas cuentas pendientes que saldar con él.
—¡Yo soy ese Dios! —admití finalmente—. ¡Y sé cuales son esas cuentas que saldar!
El conejo se detuvo y frunció el ceño.
—Tú eres uno de los personajes más listos del Patoverso —proseguí mi discurso—. Tú piensas. Sé que unos minutos meditando todo lo que te dije con el pato y ya conseguiste a quién culpar de tus desgracias. Lo sé desde el momento en que Jimmy te lo dijo en el Capítulo veintinueve. Nadie elige a sus padres, pero tú acabas de descubrir quién te los eligió.
—¡Basta! —gritó molesto—. ¡Tú no hiciste nada de eso! ¡Eres débil e inutil! Tú no podrías crear ni destruir nada a voluntad.
—¿A no? —respondí con sarcasmo—. Pruébame —agregué decidida.
El silencio se esparció entre ambos. Si quería escapar de allí, tenía que vencer a Jacob. El chico era bueno en usar su estrategia defensiva para atacar. Los portales que ya era capaz de invocar le permitían deshacerse de sus contrincantes. Ya no volvería a caer en ese juego. Por otro lado, cuando se trata de atacar, no puede hacer mucho. No puede invocar aún los poderes de otras dimensiones puesto que aún es un novato. Podría liberar su poder Woo Foo y atacarme, dejando un montón de puntos débiles de los que me podía aprovechar.
—Me pregunto qué fue lo que más te molestó —mi intención era provocarlo—. ¿Acaso fue saber que tu padre y tu madre eran hermanos? ¿El depender de medicación toda tu vida gracias al incesto? ¿Que te lo hayan escondido por tantos años? ¿Que tu mundo te odie por algo que tú no hiciste? ¡Ah! ¡Ya sé! El asco de ser hijo del pecado. Por tus venas corre sangre sucia. Eres producto del placer prohibido más morboso que puede existir.
—¡Cállate! —me gritó furioso.
—¿Y sabes por qué ocurrió todo esto? —continué con una sonrisa de absoluta satisfacción—. Porque yo lo quise. Yin y Yang toda la vida han sido simples hermanos gemelos. Jamás hubieran dado el paso del incesto.
—¿Qué? —el conejo comenzaba a temblar producto de sus emociones apenas controladas.
—Yo lo hice —insistí—. Tus padres se enamoraron porque a mí se me dió la regalada gana. Es probable que en el fondo ellos no hubieran querido hacer todo esto, pero eso nunca me importó.
—¡¿Tú los obligaste?! —exclamó furibundo apuntándome con su índice derecho.
—Tú y tus hermanos me deben la vida —proseguí—. Si no fuera por mí, Yin y Yang seguirían siendo hermanos comunes y silvestres. Probablemente Yang se habría casado con Lina y hubieran tenido un hijo llamado Yrion. Probablemente Yin se habría quedado con Coop y quién sabe qué hubiera pasado.
—¡¿Por qué?! —gritó alterado—. ¡¿Por qué lo hiciste?!
—Ya te lo dije —contesté con tranquilidad, exasperándolo aún más—, porque se me dio la regalada gana. Al final del día un fanficker se guía por el morbo, por un deseo de ver su ship favorito materializado en una historia. Desea tomar una realidad y moldearla como se le dá la gana. No importa las consecuencias.
—¡Dijiste que no te guiabas por el morbo! —exclamó.
—Existen excepciones —respondí—, y tú lo sabes bien. Sé que escribes. Entiendes al escritor mejor que cualquier personaje del Patoverso. Sabes del deseo de crearle problemas a tus personajes para que haya interés en tu historia.
—¡Yo no experimento con personas reales! —me gritó al borde de las lágrimas.
—¿Y quién dijo que tú eres real? —respondí—. Al igual que tus personajes de tus historias son tus marionetas, tú eres mi marioneta. Si me heriste el tobillo, es porque yo te dejé hacerlo, pero si yo quiero matarte, puedo hacerlo en cualquier momento. Tú no podrás hacer absolutamente nada.
El conejo me lanzó una mirada furiosa. Apretó los dientes y los labios. Presionó sus puños hasta que se le notaron los nudillos.
—¿Qué? ¿Vas a llorar? —proseguí con burla—. ¿Al fin te estás dando cuenta lo poco que vale tu vida? Apenas finalice tu fanfiction, dejarás de existir. No importa el metaverso al que escapes. Tú me debes tu existencia, tu vida, todo lo que eres, lo que quieres, decides, hagas.
Fue la gota que rebalsó el vaso. De un segundo a otro el conejo se abalanzó en mi contra con el puño en alto. El conejo me atravesó como si se tratara de un fantasma. Yo no sentí absolutamente nada. Me volteé para verlo caer al suelo desconcertado.
—¡Vamos! ¿Es todo lo que tienes? —me burlé con una sonrisa cínica.
El conejo no se rindió y regresó a atacarme. Combos, patadas, golpes, mordeduras, puñetazos, arañazos. Me lanzó absolutamente de todo. Simplemente no fue capaz de tocarme. Era como si un holograma quisiera dañarme. Pude aprovechar de observar que su técnica era horrible. Se notaba que no había entrenado ni siquiera una sola vez. Simplemente estaba improvisando.
Los power ups no se hicieron esperar. Desde el fondo del corazón comenzó a invocar poderes Woo Foo más avanzados. Los puños del dolor fueron los primeros invitados. Puños gigantes llovían con una puntería aceptable. Rayos Woo Foo de distintos tipos y materiales atravesaban diversas partes de mi cuerpo desde distintos ángulos. No me hizo absolutamente nada. Por instantes se sorprendía, pero eso no era motivo para rendirse.
—Como diría un Maestro de la Noche, ¡Ríndete necio! —le grité.
Frente a mí se encontraba el conejo rodeado de una inmensa aura brillante con forma de conejo. Era color dorado traslúcido. Pude observar al conejo flotando en medio de ese conejo gigante que fácilmente podía alcanzar los diez metros de altura. Continuó con la lluvia de ataques esta vez armado con su Aura Woo Foo. Ninguno de sus ataques me hizo el menor de los rasguños. Durante toda la batalla prácticamente no me moví de mi sitio.
Pronto, su aura desapareció. Continuó atacándome con puños y patadas sin mayores resultados. Me sorprendió notar que sus ataques ahora eran más limpios y coordinados. Era como si está batalla le sirviera de entrenamiento. Bueno, no iba durar mucho porque el objetivo de este encuentro era otro.
Repentinamente el conejo cayó al suelo exhausto frente a mí. Cayó de rodillas afirmándose con las palmas en el suelo. Se veía realmente agitado, como si le faltase el aire. Respiraba ruidosamente al borde de la asfixia. El conejo escupió al suelo y pudo nota que había escupido un líquido negro y viscoso. Eso lo puso en alerta, asustado con el rastro dejado en el suelo.
—¿Hueles eso? —le pregunté en tono burlón aspirando el aire—. Es leña quemada, específicamente leña de hualle. ¿Sabes? En Chillán las noches de invierno son muy heladas, y no somos primermundistas como para acceder a calefacción central o eléctrica —continué con seriedad—. La gente suele calentar sus hogares echando leña de hualle a sus pequeñas estufas conocidas como boscas, con la culpa de la contaminación ambiental. Chillán es un hoyo en donde se acumula el humo de las boscas durante noches enteras, llenando la ciudad de una densa y apestosa niebla como la que estás viendo y oliendo.
Efectivamente, el brillo de los colores del ambiente se iba destiñendo gracias a un humo gris que se iba haciendo cada vez más presente. Di un paso hacia Jacob, y el conejo, del puro miedo, se echó hacia atrás, observándome con temor. Su respiración se hacía cada vez más agitada y ruidosa.
—Tienes una malformación congénita en los pulmones y el corazón producto del incesto —proseguí alzando poco a poco mi mano semiabierta. El conejo la observaba con pavor—. Te la pasas con remedios y un inhalador de por vida. Jimmy además tiene problemas en el hígado, el pancreas, el estómago, riñones, en general todo el cuerpo. O al menos los tenía, puesto que pudo sanarse con magia. ¿Sabes por qué tú no? Eres el hermano del medio. A nadie le importan los hermanos del medio.
Mi mirada se hacía cada vez más dura, sin brillo, oscura. El terror del conejo se hacía cada vez más evidente. El aire pasaba con dificultad a través de su garganta hacia sus pulmones. Se encontraba congelado, mirándome con ojos cada vez más grandes. Pronto se agarró el pecho con fuerza. La taquicardia había aterrizado. Cerré un poco mi mano alzada y una punzada atravesó su pecho.
—¿Sentiste ese dolor? —llamé su atención regalándole una sonrisa que para este contexto era tétrica—. En mi mano está tu corazón. Si la cierro completamente, tu corazón estallará y tú te mueres.
—¡¿Qué?! —balbuceó en un hilo de voz.
—Quizás recuerdas que te dije que no mataba personajes a destajo —continué—. Tu muerte no será porque se me dio la gana. Rompistes las reglas, Jacob. Te metiste donde no debías, y eso podría costarle caro al Patoverso si sigues respirando.
El aire ya no entraba a sus pulmones. El dolor era tan intenso que lo obligaba a sacar algunas lágrimas. Hubiera rogado por su vida de haber podido hablar. Se apretaba el pecho en un vano intento de arrancarse el dolor. Me miraba rogando piedad mientras pedía un auxilio silencioso.
—¿Qué eliges? ¿Cierro la mano? —le pregunté con un tono burlesco que aumentó su taquicardia.
Pude verlo. Aquella mirada era de un absoluto terror. Miedo a la muerte. A una muerte que ya le respiraba en la nuca. Si yo no apretaba mi puño reventando su corazón, la falta de aire lo mataría en su lugar. Era el terror más grande que el conejo había sentido en su vida. Era la mirada más aterrorizada que había visto en mi vida. Podía sentir los latidos de Jacob en la palma de mi mano. Su vida dependía de mi mano. Él lo sabía, y le aterraba. Ahora, de verdad, en serio, no podía dudar de mi poder.
Un agujero se abrió de pronto debajo mío, haciéndome caer en su fosa oscura. Caí en la calle, en medio del escenario que había abandonado tras entrar al portal de Jacob. Caí de bruces al suelo, siendo el pato el primero en percatarse de mi llegada.
