Polidrama - Capítulo 40 (Amor Poliamoroso - Capítulo 9)
—¡Martita! —exclamó acercándose a mí—. ¿Estás bien?
—Sí, lo estoy —además del dolor por la caída y el del tobillo que estaba mermando, no tenía mayores problemas.
Me puse de pie, encontrándome con un escenario desolador. La calle azul y en pausa aún continuaba, pero al escenario se le había sumado una nubosidad oscura en el cielo con varios rayos y truenos ensordecedores. Frente a mí se encontraba el portal brillante como una trizadura en el aire. A un costado, se encontraba Jacob convulsionando y echando espuma por la boca. Yin, su madre, lo sostenía en su regazo sin tener idea de qué hacer.
—¡¿Qué le hiciste?! —la coneja se volteó hacia mí apenas notó mi presencia lanzándome una mirada iracunda.
—¡Sal de aquí! —le ordené—. ¡Toma a tu hijo, cruza el portal y llévalo al médico! ¡Ahora!
Yin no me hizo caso. Jacob continuaba convulsionando. Su madre lo abrazó al tiempo en que todos éramos envueltos por la luz de un relámpago que atravesó el cielo.
—¡Largo de aquí ahora! —alcancé a gritar al tiempo en que el trueno replicó en todo Anasatero.
De pronto Jacob dejó de convulsionar. Yin lo remeció un par de veces mientras lo llamaba con desesperación. Finalmente, le tomó el pulso en el cuello. Se volteó hacia mí con la desesperación en su rostro, y me dijo:
—Está muerto.
Aquellas palabras fueron un golpe directo al corazón. La culpa poco a poco se apoderaba de mí como un fantasma oscuro que buscaba congelarme. ¡Yo no lo maté! Gritó mi mente. Juro haberlo dejado con vida en ese lugar. Era cuestión de tiempo que se recuperara de su convulsión. ¿Tal vez Yin había tomado mal el pulso? Eso no importaba. Si ella se convencía de que había muerto, yo menos que nadie podría convencerla de lo contrario.
—¡Está muerto! —gritó poniéndose de pie tras dejarlo delicadamente en el suelo.
Un rayo con su respectivo trueno atravesó el silencio. La mirada de Yin se oscureció, mientras su cuerpo se tensaba y sus puños se cerraban.
—¡Tú lo mataste! —agregó apuntándome con su índice.
Podría haber intentado defenderme. Intentar explicar las cosas. Yo no tenía nada que ver con su muerte. O al menos eso quería creer. Su índice justiciero ayudaba a la culpa a enterrarse en el fondo de mi consciencia. Su corazón palpitante estaba en mis manos. La lujuria del poder sobre una vida me tentó a matarlo a sangre fría. ¿Qué tal si con tan solo pensarlo lo maté? Era más que posible, pero, no era algo que quisiera realmente.
Otro rugido del cielo interrumpió mis pensamientos.
—¡Lo vas a pagar! —rugió Yin con una voz que sonó aún más iracunda que los truenos del cielo.
No hubo tiempo para seguir meditando. Yin lanzó tan rápido el primer golpe que no entiendo cómo logré esquivarlo. Me hice a un lado hacia la izquierda mientras que el puño fue lanzado hacia el lado derecho. Ella me siguió atacando con puños, golpes y patadas, y yo los esquivaba todos. Me hacía a un lado, hacia el otro, retrocedía, todo con tal de evitar que sus ataques me dañasen. Ya no estaba en aquel mundo imaginario gobernado por Jacob. Aquí los golpes de Yin si podían ser hasta mortales. Tenía mis manos en la espalda, puesto que no quería contraatacar ni por accidente. Esto provocaba a la coneja, puesto que le daba el mensaje de que podía vencerla sin manos.
Cuando ya pude acostumbrarme a esquivarla, pude cuestionarme por ejemplo por qué ella no ocupaba su magia. No era tan buena en la lucha cuerpo a cuerpo como Yang, además los años sin entrenamiento, la edad, su embarazo y el estrés de sus problemas comenzaban a cansarla más fácilmente. Me atacaba con una mirada iracunda. A diferencia de Jacob, ella no te temía a la muerte, por lo que estaba peleando en serio. Su respiración, en cambio, dejaba en evidencia el cansancio corporal. Lo de ella no era más que un arrebato producto de la ira tras la muerte de Jacob. Estaba luchando con todas sus fuerzas, más no las estaba usando de la mejor forma posible.
—No sabes con quién estás luchando, Yin —le dije durante el fragor de la batalla intentando empoderarme.
No respondió. Continuó atacando con la misma intensidad.
—No puedes vencerme —le advertí—. Solo te cansarás.
Sus ataques se hicieron más lentos y sus jadeos más fuertes. Nada de esto detuvo su espíritu de lucha. Yo continuaba retrocediendo mientras rodeaba el escenario. Saltaba desde un toldo al techo de un auto, desde ahí a un poste de luz, y de ahí al ático de un edificio de tres pisos. Seguirme el paso la agotaba más. Y si te lo preguntas, sí, tengo poderes, pero debo ocuparlos solo en caso de emergencia. Supongo que un personaje con serios intentos de matarte cuenta como una emergencia, ¿no? Eso sí, en los saltos trataba de evitar usar mi pie herido. El dolor había disminuído de forma casi milagrosa. No sé qué le habrá hecho Millie a mi tobillo, pero realmente me estaba ayudando.
Llegó un punto en que ambas regresamos al punto de partida. Ella jadeaba como si hubiera corrido una maratón. Sus piernas temblaban y apenas le respondía. Su vientre le recordaba que de no tener cuidado, perdería a su siguiente hijo. Su pelaje se encontraba humedecido producto del sudor. Su mirada se nublaba producto del cansancio. Lanzaba y tomaba enormes bocanadas de aire. Parecía que en cualquier momento caería bajo el peso del cansancio.
—¿Qué rayos está pasando aquí?
Me volteé hacia el origen de aquella voz. Para mi sorpresa, habían entrado en escena Yin y Yang, de este mundo, de Anasatero. Un relámpago seguido de un furioso trueno les dio la bienvenida. Sus ojos desorbitados no daban crédito a lo que estaban viendo. Yin fue quien lanzó la duda tras ver a su contraparte al borde del desmayo. Había olvidado que cuando un portal entre dos universos se abre a la mala, los únicos no afectados somos quienes hemos tenido contacto con el otro universo. En este caso, todo aquel que hubiera tenido contacto con Jacob. Esto le permitió a Yin y Yang escapar de este mundo congelado y azul. Es por eso que estaban aquí exigiendo respuestas.
—¡Yin! ¡Yang! —exclamó el pato alarmado aleteando con sus patitas.
Mi vista se centró en la Yin del otro universo al notar que se atrevió a dar un paso hacia mí. Apretó los puños, lista para intentarlo de nuevo. Su sudor bajaba hasta la punta de su mentón, para caer directo al cemento. Corrió hacia mí lo más rápido que pudo. Sabía que hasta la más leve brisa podía detenerla. La apunté con mi índice derecho, dispuesta a detenerla con mi dedo. Eso no le importó. Siguió avanzando con los puños apretados y cargados por la sed de venganza.
Su puño se enfrentó con mi índice, ganando este último. Mi dedo quedó enterrado en su mano. La sangre no tardó en quedar liberada, al mismo tiempo en el que Yin retiraba su mano para intentar detener el dolor. Mi dedo quedó intacto, manchado de sangre. Di un paso más con mi arma en dirección a su cabeza. La inseguridad por primera vez aterrizó en la coneja al mismo tiempo en que veía con terror como mi dedo apuntaba cada vez más cerca entre sus ojos.
Mi intención no era atravesarle la cabeza con mi dedo. Mi intención era simplemente botarla. Ella apenas tenía energías para mantenerse en pie. Mi victoria sería que ella terminara en el suelo, nada más. Lamentablemente eso es algo que no entendieron los gemelos Chad. A falta de respuesta, los conejos de esta dimensión solo pudieron apelar a lo que podían ver en el instante. Por alguna u otra razón, debían defender a la Yin de la otra dimensión, dejándome a mí como la contrincante de esta historia.
Yin envolvió a su contraparte en un Campo Foo para protegerla de mi dedo amenazante. Fue algo que me tomó de sorpresa. Mi dedo no se alcanzó a detener, chocando con la resistente capa traslúcida color celeste. Un poco de sangre se quedó sobre el campo, dejando estampada mi huella digital.
—¡Martita cuidado!
El pato me advirtió justo a tiempo de la maniobra de Yang. El conejo lanzó una patada voladora de la cual me pude salvar echándome hacia atrás. Lo que yo —y probablemente el pato— no contaba era con la habilidad de Yang. El conejo, en una contorsión en el aire, cambió la dirección de su patada, dándome directamente en el estómago.
El dolor fue intenso e inmediato. El aire se escapó de mis pulmones mientras que sentía que salía volando varios metros hacia atrás. Mi travesía terminó cuando choqué con mi espalda contra un muro. Sentí que mi espalda se rompía junto con la trizadura del cemento detrás mío. Me aferré a mi estómago mientras sentía que me asfixiaba. Terminé tosiendo con fuerza para soltar lo que fuera que me quitaba el aire. La sangre saltó cubriendo gran parte de mi boca, cuello y manchando mi camiseta.
—¡Martita! —exclamó el pato alarmado al tiempo en que iba corriendo hacia mí.
Intenté ponerme de pie pero el dolor ni siquiera me dejaba moverme. Observé a los conejos sin siquiera comprender lo que había pasado. Un nuevo estruendo rugió en los cielos al tiempo en que los gemelos Chad de Anasatero iban en auxilio de la Yin mayor.
—¡Regresa a tu mundo! —le grité. No me escucharon.
—¿Estás bien? —me preguntó el pato. Hice caso omiso.
Echándome al hombro la sensación de dolor, intenté ponerme de pie. Tosí sangre un par de veces. El mareo comenzaba a hacer efecto igual que en el estado de ebriedad. Otro par de truenos me regalaron la suficiente adrenalina para avanzar. Al verme en tan deplorable estado, los tres conejos se voltearon hacía mí. ¿Qué sentirán al encontrarse con su par del otro mundo? Sin duda un emocionante encuentro que quedó en segundo plano por las circunstancias y por mi intervención.
—¡Regresa a tu mundo, Yin! —le grité a la coneja con todas mis fuerzas. El retumbar del trueno tras un rayo que proyectó mi sombra me dio su apoyo.
Cuando finalmente noté que me hacían caso, proseguí.
—¡Ya no sigas con tu juego, Yin! —grité a duras penas—. No vas a revivir a Jacob matándome. ¡Vuelve a tu mundo! ¡Aún te quedan cuatro hijos! ¡Salva el que aún te queda en tu vientre! ¡Aún tienes mucho por qué vivir!
Paso a paso, me encaminaba hacia ella como si se tratara de un zombi. Una larga seguidilla de truenos me dejó ensordecida por un instante, pero no detuve mi andar. Yin rechazó mi oferta. Se puso de pie con energías renovadas. Tenía toda la intención de continuar la batalla.
—¡No lo hagas Yin! —grité esta vez con desesperación—. ¡Si no regresas ahora, ambos mundos quedarán destruídos! ¡Incluso tu vida corre peligro!
Un bache en el camino me hizo tropezar, cayendo de rodillas. Yin se acercó a mí como si se tratara de mi verdugo. Si me atacaba, sería mi fin. Sería el fin de todo.
—¡Vuelve a tu mundo! —le grité intentando sonar segura y ocultar que me sentía al borde del desmayo.
Su mirada furibunda indicaba que estaba lejos de cumplir mi voluntad. Sus puños crecieron, anunciando por sí solos lo que se venía. Pude ver crecer esos puños del poder de forma exorbitante. Eran enormes, rosados, brillantes. Cubrían prácticamente todo el escenario. Intenté olvidar lo que se venía a continuación. Era un asteroide cayendo directamente sobre mi cabeza, aplastándome como un insecto. Podía verlo venir, acercarse prácticamente en cámara lenta. Intenté ocultar el miedo cerrando la boca y apretando los puños, pero no podía negar que el corazón me latía a mil por hora. Definitivamente Yin era mi verdugo en esta condena. El mundo desapareció. Solamente era yo y esos puños que tenían estampada mi sentencia de muerte.
De pronto, una sombra se interpuso en el camino de los puños y logró detenerlos. Era alguien que logró detenerlos con sus manos desnudas. Un nuevo estruendo de los cielos me trajo de regreso a la realidad. Los puños no eran tan grandes como los veía. Solo eran de poco más de un metro. La luz de un relámpago me mostró claramente la silueta de Millie. Era ella quien estaba deteniendo los puños del poder de Yin.
—¡Regresa a tu mundo! —le gritó en tono furibundo.
—¡Largo de aquí! —le gritó Yin de regreso—. ¡Esto no es contigo!
—Si atacas a alguien inocente, es conmigo —respondió con el ceño fruncido.
Yin le agregó más poder a sus puños. Una ola de energía se esparció desde los puños empujando todo a su paso. Piedras, rocas pequeñas, hojas, salieron volando. Incluso yo sentí como una fuerza invisible me empujó un par de metros hacia atrás. A diferencia de todo lo demás, Millie no se movió un solo centímetro. Al contrario, dio un paso haciendo retroceder a Yin.
—¿Cómo sabes que ella es inocente? ¡Ella mató a mi hijo! —gritó Yin.
—¡Tú hijo no está muerto! —le gritó Millie—. Mientras peleabas con Martita, él despertó y regresó a su mundo.
Ambas nos volteamos hacia el espacio en donde había quedado Jacob. El conejo no estaba en el lugar.
—¡Ya no tienes nada que hacer aquí! —Millie dio un segundo paso—. ¡Largo!
Sabía que Millie era fuerte, pero esto es demasiado. Entiendo que Yin estaba demasiado cansada. La edad, su embarazo, los problemas, más el cansancio acumulado tras su batalla contra mí, la dejaron debilitada, pero no lo suficiente como para que Millie pudiera hacerle pelea. Al menos era lo que yo creía. Mis ojos veían cómo mientras Yin nuevamente respiraba agitadamente para mantener sus Puños del Poder, Millie ni siquiera se inmutaba. La chica dio un tercer paso. Yin estaba cada vez más cerca del portal brillante que la llevaría de regreso a casa.
—¿Q-quien eres? —la voz de Yin sonaba temblorosa—. ¿P-p-por q-q-qué t-tienes t-t-tanto poder?
—¡Solo lárgate! —le gritó evadiendo la respuesta.
Millie dio un cuarto paso. Un nuevo estruendo tras un enorme relámpago atravesó el firmamento. Yin y Yang se encontraban observando la batalla desde detrás de un auto estacionado. El pato se encontraba al lado mío observando absorto la batalla. Yo luchaba para intentar mantenerme erguida, lidiando con el dolor, el mareo y el repentino cansancio que amenazaba con hacerme perder el conocimiento.
El motor que empujaba a Yin a la batalla se estaba desvaneciendo. Sentía que el poder de esa chica era demasiado, y no quería arriesgarse contra alguien tan poderoso y contra quien no tenía problemas. Esto le facilitó la labor a Millie, cuyos siguientes pasos fueron más fáciles. La chica ni siquiera se inmutó. Sus manos eran más firmes que cualquier poder Woo Foo existente. Avanzó con firmeza, sin titubeos, sin temor alguno.
Cuando la espalda de Yin estaba a centímetros del portal brillante, este comenzó a absorberla con fuerza propia. Los puños gigantes desaparecieron al tiempo en que la coneja fue tragada por el portal. Casi de forma inmediata el portal desapareció en el aire. Al mismo tiempo el cielo tormentoso desapareció, dejándonos un caluroso día soleado. La pausa desapareció junto con el color azul. Los autos que venían por la calle debieron frenar de emergencia para evitar atropellarnos. Aún nos encontrábamos en medio de la calle, para la interrogación de muchos.
—¡Hey Martita! —Millie se volteó y se acercó a mí. En ese momento aún no podía escapar de mi impresión. La observaba con la boca abierta y los ojos desorbitados, con una mezcla de terror y admiración revolviéndose en mi interior—. ¿Es esto lo que buscabas?
Del bolsillo de su vestido sacó una pequeña caja color azul marino, la cual lanzó al suelo frente a mí. Ella me quedó observando con curiosidad, especialmente luego de no ver reacción alguna en mí.
—Déjame ver —el patito se encargó de abrir la cajita, quedando impactado en el proceso—. ¡No puede ser! ¡Es el Amnesialeto! —exclamó emocionado aleteando con sus alitas de goma—. ¡Martita! ¡Tenemos el Amnesialeto! —exclamó volteandose hacia mí— ¡Al fin tenemos el Amnesialeto!
Sin despegar la vista de Millie, mi cuerpo no aguantó más, y perdí el conocimiento.
El atardecer desplegaba sus rayos amarillentos sobre la ciudad de Anasatero. El lugar estaba nuevamente a salvo de todos los problemas interdimensionales. El pato observaba la ciudad conforme desde la ventana de su oficina.
—Hola patito —lo saludé entrando a la oficina.
—¡Martita! —exclamó volteandose—. ¿Ya estás mejor?
—Sip —contesté con una sonrisa—. Gran parte de la patada de Yang la absorbió mi guata —agregué golpeando mi panza—, además, no sé qué clase de ungüento me echó Millie, pero ya no me duele el tobillo.
—¿Y qué fue eso de que escupiste sangre? —me preguntó con preocupación—. ¿Estás segura que tus órganos internos están bien?
—No fue nada grave —le sonreí.
—Oh, bueno —respondió más tranquilo.
El pato se volteó hacia su ventana, y yo me acerqué para acompañarlo. La ciudad continuaba con su curso habitual. Las calles se llenaban de vehículos cuyos ocupantes regresaban a casa tras una larga jornada laboral. Las luces poco a poco comenzaban a encenderse. El mundo giraba inconsciente de los aconteceres del día.
—¿Ocupaste el Amnesialeto? —le pregunté de pronto.
—Fue fácil —contestó sin mirarme—. Venía con un manual de instrucciones.
—Entonces… ¿todos olvidarán lo que ocurrió hoy?
—Todos olvidarán la noticia que ATTV lanzó esta tarde —respondió el pato—. También quienes tuvieron contacto con Jacob olvidarán de su existencia. Anasatero está a salvo, al igual que el Patoverso.
—Sí, hasta que ese demonio con sus lobos regresen al ataque —contesté con sarcasmo—. Ya no podremos contar con Jacob ahora.
—Ya veremos cómo lo solucionamos —respondió el pato con confianza—. Ya veremos.
No podía evitar repasar en mi mente todos los acontecimientos de ese día. La aparición de Jacob, la interrupción del almuerzo de los Chad. ¿Cómo podrían Yin y Yang olvidar que tienen un hijo de otra dimensión? La revelación de la verdad a Jacob. Sé que él lo sabe todo todavía. Acabo de ir a visitarlo a su mundo junto al pato. Espero que pueda asimilarlo y aceptarlo.
Tampoco pude evitar repasar las batallas. Aunque sí me pasé con Jacob, al final nos pusimos en la buena. La batalla con Yin fue inesperada y difícil. Lo más increíble fue la intervención de Millie.
—¿Por qué Millie intervino en la batalla? —pregunté rompiendo la calma del atardecer.
—No lo sé —respondió el pato sin despegar la vista de la ventana—. ¿Y eso qué importa ahora?
—¿No te parece extraño? —insistí.
—Hmmm nah —contestó tras meditarlo un poco.
No podía dejar de pensar que en la tranquilidad del atardecer, entre las calles de Anasatero, Millie Burtonberger había retomado su vida cotidiana, luego de haber salvado al Patoverso. No podía dejar de pensar que ella era mucho más poderosa de lo que intentaba aparentar en estos momentos.
Era un misterio que estaba dispuesta a descubrir.
