Polidrama - Capítulo 41

—¿Hola? —preguntó Millie adormilada.

La chica había despertado en su cama tras el ringtone de su teléfono. Respondió aún inconsciente tan siquiera del día que estaba viviendo.

—¡Hola mi amor! —oyó la voz animada de Yang—. ¿Cómo estás?

—¿Yang? —preguntó confundida mientras veía a duras penas la hora en un reloj despertador que tenía a un lado. Aún no recordaba que usaba anteojos. El reloj marcaba las siete cincuenta de la mañana.

—Adivinaré, ¿te quedaste dormida? —el conejo ya se encontraba en su academia del Centro Comercial con su karategi puesto esperando el inicio de sus clases. Yin aún se encontraba preparando en los camerinos.

—Eso creo —aún se encontraba adormilada mientras se ponía de pie de un salto. Casi se le escapaban los anteojos de las manos antes de poder atraparlos y cerciorarse de la hora.

A esa hora era un hecho que llegaría tarde al trabajo. Se encontraba asimilando las gravísimas consecuencias de llegar atrasada a un trabajo que era estúpidamente exigente cuando se volteó con la intención de armar la cama. Lo que encontró borró de golpe todas sus preocupaciones.

—Bueno, te dejo tranquila con todo eso —Yang no pudo evitar soltar una risilla. Realmente se encontraba de buen ánimo—. Te quería avisar que por fin me desocupé de todo esto de la misión Woo Foo y todo eso. Esta tarde regreso a casa.

—¿En serio? ¡Qué bien! —respondió intentando aguantar la respiración para evitar regalarle una sospecha a su novio.

—Tengo tantas ganas de volver a verte —Yang sonrió—. Te espero a la noche. Te amo.

—Bien, bien —balbuceó intentando mantener la compostura—. Sí, adiós.

Millie sonaba demasiado cortante y fría para las respuestas de Yang. A pesar de todo, al conejo lo único que le importaba era regresar a casa. Esperaba que pasara un buen tiempo antes de ser llamado a una nueva misión Woo Foo secreta.

La chica colgó sin despegar la vista de su cama. Sobre esta se encontraba durmiendo nadie más que Lincoln Loud. El chico se estiró, despertando lentamente tras el alboroto. Se encontraba en los hermosos primeros segundos en donde no tiene consciencia del presente.

—¡Idiota! ¿Qué haces aquí? —Millie agarró una almohada y comenzó a golpearlo. El chico, entre que intentaba esquivar los golpes e intentar comprender su presente terminó cayendo al suelo. En ese instante se puso de pie y se percató que se encontraba completamente desnudo. Ante la vergüenza y la reacción de la chica, él agarró una almohada y cubrió su entrepierna.

Lincoln se encontraba en shock. La situación lo obligó a recordar todo de golpe. Había llegado al cuarto de Millie debido a que se encontraba preocupado. Cuando ella llegó, la notó bastante extraña. Sospechaba que se encontraba enferma o algo por el estilo. Cuando entró, la química fue inmediata. Ella se le acercó y le regaló un suave beso en los labios. Cada duda que se iba forjando, en la medida en que los besos se hacían más fogosos ella los iba borrando. Sentía que lo que hacía no era correcto, pero la tentación lo quemaba vivo. Tras quince minutos, él terminó cediendo.

Él no la forzó. Él no la obligó en ningún momento. Lamentablemente, el estado de shock de la chica le daba a entender precisamente eso. Si ella acusaba una violación, estaría en problemas. ¿Acaso ella estaba bajo la influencia de algún hechizo? ¡Maldita sea! ¿Cómo no se dio cuenta antes? La culpa le llegó de golpe estrujando su corazón.

Millie se cubrió la boca intentando tapar su impresión. Ella se encontraba vestida únicamente con un vestido de dormir de seda. La culpa también la atrapó en la medida en que los recuerdos arribaban en su cabeza. Negaba con la cabeza en la medida en que su consciencia le mostraba las imágenes del pasado.

Había sido una noche de pasión como nunca antes la había vivido. Las sensaciones vividas, los besos, gemidos, sudor, emoción, todo se encontraba tan vívido en la memoria de cada uno que ninguno pudo escapar del sonrojo.

—Millie, yo lo siento mucho —Lincoln fue el primero en hablar completamente abochornado.

—Lincoln, ¿qué hicimos? —preguntó la chica aterrada.

Al chico se le rompió el corazón. Sí, le gustaba un poco, pero no era para terminar teniendo relaciones de esa forma. Una forma en la que ambos terminarían arrepentidos. Se esforzó de sobremanera para no largarse a llorar en ese mismo momento.

—Lo siento mucho —insistió el chico compungido.

Millie no podía escapar de su impresión mientras recordaba cada momento esperando que se tratara de un sueño. Las sensaciones que aún quedaban en su cuerpo insistían en la veracidad de los hechos. Vio como Lincoln recogía sus boxers del suelo y comenzaba a vestirse. Al verlo, decidió imitarlo en la búsqueda de su propia ropa. Poco a poco fue abandonando la noche de sexo para concentrarse en los eventos previos, en busca de alguna explicación de lo sucedido.

Tras salir del trabajo, debió asistir obligatoriamente al curso privado del charlatán de Carl. Franco la acompañaba en el trayecto. Millie se encontraba obligada a asistir si quería conservar su empleo. A diferencia suya, su amigo iba de forma total y completamente voluntaria. Realmente le estaba creyendo a ese estafador.

La noche había caído sobre Anasatero, y ambos chicos caminaban por calles que parecían un tanto peligrosas. Era un sector residencial pobremente iluminado y lleno de recovecos oscuros, perfectos para asaltantes de todo tipo. Millie se preguntaba en qué clase de chiquero daría sus cursos aquella cucaracha. Si el lugar no era una señal de alerta para huír de su trampa, no sabía qué más podría hacerlo.

—¡Wow! —exclamó Franco una vez ambos llegaron al frontis del lugar indicado en la dirección.

Entre dos casuchas que amenazaban con caerse a pedazos, había literalmente un inmenso anfiteatro. Tenía tantas luces de colores que lo convertían en un lugar digno de Las Vegas. Las paredes parecían recién pintadas y el piso estaba completamente alfombrado con un terciopelo rojo. Un par de luces móviles apuntaban al cielo estrellado atrayendo aún más la atención. Un cartel luminoso les dio la bienvenida informándoles que se encontraban en el lugar indicado.

Ambos chicos ingresaron al edificio a través de unas puertas de vidrio. Aún se cuestionaban qué rayos hacía una construcción tan ostentosa en un lugar como este y cómo no habían oído hablar de este lugar antes. El interior parecía un verdadero palacio, con el techo a diez metros de altura, grandes pilares de mármol y alfombrado rojo que se extendía por cada rincón del suelo. Franco incluso se imaginaba los baños alfombrados. El salón estaba repleto de butacas con asientos acolchados de cuero. Cuando ambos escogieron un par, sintieron que sus músculos se relajaron como en un spa. Ambos concordaron que jamás podrían volver a encontrar asientos más cómodos como aquellos. Era literalmente como recostarse sobre las nubes.

Frente a ellos se encontraba el escenario. Era una tarima sencilla con un fondo negro. Delante del fondo solo existía un lienzo sobre el cual se proyectaba la frase «La búsqueda de la felicidad, por Carl Garamond» con letras negras.

Con el correr del tiempo la gente fue arribando. Pronto, todos los asientos terminaron ocupados por personas deseosas de una probada de la tan ansiada felicidad que la cucaracha estaba prometiendo a lo largo de la ciudad. Millie poco se interesaba en lo que iba a presenciar. Lo único que la consolaba era el hecho de poder conversar y compartir el momento junto a Franco.

La música de los parlantes repartidos a lo largo del salón avisaron con un redoble de tambores el pronto inicio del espectáculo. Las luces se apagaron, y las del escenario se encendieron. En medio de la tarima apareció la cucaracha. Carl venía vestido con un elegante traje de tela oscura y una corbata de moño sobre su camisa pulcramente blanca.

—Buenas noches, y bienvenidos a este curso bautizado «En búsqueda de la felicidad» —saludó con las manos juntas. Gracias a su micrófono colgado de su corbata, su voz podía ser perfectamente oída por todo el lugar—. Veo que hay mucha gente —la cucaracha sonrió.

Millie le prestaba poca atención. La poca luz sumado a la comodidad de su asiento y al agotador día que había vivido la llevaba poco a poco con Morfeo. A los pocos minutos, la chica se olvidó del mundo y se terminó quedando dormida.

La chica despertó gracias a un remezón por parte de Franco.

—¿Te quedaste dormida? —preguntó impresionado mientras le agarraba el brazo.

—Eso creo —respondió tras bostezar. Se encontraba feliz de haber descansado en un asiento más cómodo que su propia cama.

—¡¿Pero cómo pudiste quedarte dormida?! —le recriminó el chico.

Las luces se habían encendido, y poco a poco las personas iban abandonando el lugar hablando animadamente.

—Lo siento, estaba cansada —respondió estirándose—. Además, estos asientos son comodísimos.

Franco la observaba con una impresión enorme. Parecía como si estuviera viendo a un monstruo o algo por el estilo. Millie arqueó una ceja extrañada ante su reacción.

—En serio, ¿de qué me perdí? —le preguntó.

Ambos se encontraban en retirada mientras Franco le contaba lo que ella se había perdido. Tras ver la hora en su celular, se percató que eran más de las diez de la noche. Ya le había avisado a Leni que llegaría tarde, pero existía la posibilidad de que no hubiera leído su mensaje.

—¡Ni te imaginas lo que ocurrió! —exclamaba Franco mientras caminaban—. Carl realmente es alguien increíble. Eligió a tres personas al azar, a quienes les pidió que confesaran sus más grandes miedos. Una señora habló del pánico escénico y Carl hizo que todos la insultáramos. Luego de un rato la señora terminó por agradecerle por quitarle ese miedo. ¡Era tan simple!

—¿En serio? —cuestionó la chica extrañada. A pesar de todo, parecía una actividad interesante de no perderse.

—La segunda persona habló sobre su hija de tres años como lo más importante —prosiguió Franco con su relato—, entonces Carl le hizo imaginar escenas en donde su hija sufría mucho, o sea que la torturaban, la maltrataban, la acribillaban. ¡Ni te imaginas como se puso la pobre señora! Lloraba a mares en el suelo. ¡Me dio tanta pena! Pero luego, ella se puso de pie, dijo sentirse mucho mejor y le agradeció plenamente el cambio en su vida.

—Eso no tiene sentido —replicó Millie.

—¡Claro que lo tiene! —exclamó el chico—. Como el propio Carl dijo: «para la felicidad alcanzar, el camino del dolor debes cruzar».

Millie se limitó a rodar los ojos, sin interesarle ni una coma de la perorata de la cucaracha.

Ambos llegaron hasta la entrada y cruzaron por el umbral de vidrio. A unos cuantos pasos de distancia, se encontraba Carl despidiéndose de cada uno de los asistentes, estrechando sus manos amistosamente y una amplia sonrisa cargada de seguridad.

—Debiste dejarme ese día ir con él hasta el final —concluyó Franco de improviso.

Millie detuvo su andar, obligando a su amigo a detenerse y voltear hacia ella.

—Estás demente —le dijo con el ceño fruncido.

—¡Hablo en serio! —insistió Franco molesto—. Si me hubieras dejado terminar… ¡Si tan siquiera me hubiera escuchado! ¡Necesitaba hablarlo! ¡Necesitaba decirlo! —el chico explotó—. ¡Necesitaba desahogarme! ¡Pero claro! Como a tí te da miedo, como eres una maldita egoísta no te importó, ¿verdad?

—¡No es eso! —le gritó Millie en el mismo tono—. Sólo sé que ese tipo es un estafador y un manipulador. Lo que viste es tan solo la cara bonita de la estafa. ¡Y no quiero que te haga daño! Si quieres superar tus problemas, ve con la señorita Mushroom, ¡no con charlatanes baratos!

—¡Si no te hubieras quedado dormida habrías visto que él no es ningún charlatán! —replicó Franco furibundo.

A este punto, los pocos asistentes que quedaban, sumado a Carl, eran testigos de la pelea. La cucaracha los observó con curiosidad. Un brillo nefasto atravesó sus ojos.

—¡A tí ni siquiera te importa todo esto! —le recriminó Franco apuntándola con su índice.

—¡Por supuesto que no me importa! —le gritó Millie apretando los puños—. ¡Vine hasta aquí porque me obligaron del trabajo!

—¡Chicos! ¡Chicos! Tranquilícense ya —intervino Carl en tono conciliador—. Evitemos elevar el tono para así calmar los ánimos.

Ante la presencia de la cucaracha, a los dos se le desinflaron las ganas de continuar con la discusión. Franco agachó la mirada mientras daba un largo suspiro. Millie desvió la mirada.

—¡Millie! ¡Querida! —la cucaracha se dirigió a la chica con un tono amable—. Me alegra bastante que hayas venido, especialmente en este horario tan incómodo para alguien que tiene que haber tenido una pesada jornada laboral.

—No se preocupe —Millie respondió en el mismo tono—. Solo vendré en lo que resta de semana y ya no lo molestaré más.

—¡Oh no me molestas! Al contrario —contestó Carl tomándola de las manos—, te apuesto a que vienes al segundo nivel voluntariamente.

—¿Segundo nivel? —preguntó extrañada.

—¡Ah verdad! Esas butacas eran demasiado cómodas, ¿no? —la cucaracha le sonrió—. Verás, este curso se divide en tres niveles. Ahora estás viviendo el nivel inicial. Te apuesto que si de aquí al viernes te hago cambiar de parecer, te inscribirás en el segundo nivel.

—No muchas gracias —Millie intentó soltarse de las manos de Carl, pero notó que la tenía firmemente agarrada—, prefiero ocupar mi tiempo en cosas más productivas.

—Entonces seamos más productivos ahora —respondió Carl cambiando su tono y su mirada a una seriedad tan repentina que sorprendió a la chica. En ese instante le soltó las manos—. Por favor, sígueme.

—¿Qué? —la chica se volteó hacia la dirección en donde la cucaracha comenzó a caminar sin comprender la razón de aquella instrucción.

—Necesito hablar contigo —contestó Carl volteándose—, a solas.

El tono de seriedad no daba derecho a réplicas. Millie se volteó hacia Franco, en busca de alguna excusa para salir de allí.

—Si quieres te espero aquí afuera —le dijo intentando sonreírle.

—No es necesario —intervino Carl—. Esto va a demorar. Te aconsejo que regreses a casa y que descanses.

Ambos chicos se vieron con la incertidumbre en la mirada. Una mezcla de desazón y curiosidad recayó sobre Millie, quien deseaba saber qué rayos quería con ella. Aunque la situación era, por decir lo menos, sospechosa, ella confiaba en que con ayuda de sus poderes e inteligencia podría salir airosa de cualquier peligro.

—Okey, está bien —respondió Franco un tanto inseguro—. Nos vemos mañana, Millie —el chico le sonrió—, y… disculpa por lo que te dije, creo que me alteré un poco —agregó rascándose la nuca.

—Tranquilo, no te preocupes —respondió la chica escuetamente. Su mente ya no se encontraba en la discusión con su amigo.

Pronto, el lugar se vació. Solo se podía escuchar el zumbido de las cientos de luces que rodeaba a Carl y a Millie, seguido del ladrido de los perros a lo lejos. La cucaracha la invitó nuevamente a ingresar al salón. El lugar se sentía mórbidamente solitario con solo dos personas en su interior. Carl la invitó a la primera fila, a tomar asiento en la cuarta butaca a la derecha. La chica comprobó que era tan cómoda como el asiento que le tocó anteriormente.

—Cómodo, ¿verdad? —Carl se sentó en la butaca a la izquierda de la de ella.

—Ya lo creo —la chica comenzaba a sentir el pesar en sus músculos, similar al momento previo a quedarse dormida. Ya era muy tarde y era preferible quedarse en casa, en su cama, descansando.

—¿Sabes? Eres alguien muy especial —continuó Carl con su perorata—. Lo noté desde el primer día en que te ví en esa charla. Tienes un aura única que demuestra tu fortaleza interior. Lamentablemente, también eres alguien muy cerrada y desconfiada ante los demás. Eso te hace perder muchas oportunidades. Quiero ayudarte a abrir tu interior.

Mientras hablaba, Morfeo nuevamente llamaba a Millie. La voz de Carl era una excelente canción de cuna. Además, si sus intenciones eran regalarle un discurso privado, no se estaba perdiendo de mucho.

—Así es, es bueno que te relajes —le dijo la cucaracha conforme.

Cuando sentía que se hundía sobre su asiento, una sensación similar a un toque eléctrico recorrió su cuerpo entero desde las piernas hasta la cabeza en tan solo una centésima de segundo. La chica despertó de golpe cuestionando qué había ocurrido.

—Tranquila, solo relájate —Carl a su lado mantenía la vista al frente.

La chica intentó mantenerse alerta. Cuando comenzaba a concluir que había caído en la boca del lobo, la sensación se repitió. Era algo que había sentido antes, pero no podía recordar cuándo. El toque comenzó a repetirse cada vez con más frecuencia y potencia. Su corazón comenzó a latir más rápido. Su temperatura comenzó a subir. Temía estar pasando por un cuadro de fiebre. Cuando los toques se hicieron más intensos no pudo evitar encogerse de brazos y piernas.

—¿Que-que-me-pa-pa-sa? —balbuceó volteándose hacia la cucaracha.

—No es nada malo. Solo déjate llevar —Carl continuaba viendo al frente con una atención única.

No podía luchar contra lo que no conocía. No tenía ni la menor idea de qué le estaba sucediendo. ¿La estaba enfermando con algo? Carl parecía estático cuan estatua. ¿Cómo lo estaba haciendo? ¿Era acaso el asiento? ¿Qué le estaba haciendo? Su respiración se notaba entrecortada. Sentía su cuerpo como si hubiera corrido una maratón. Los toques no se detenían. Seguían con más frecuencia. No pudo evitar lanzar un par de gemidos. En ese momento tuvo una intuición de lo que le estaba sucediendo. La tan sola idea le aterraba.

—¿Se siente bien? —Carl sonrió—. Quiero que te relajes y disfrutes del presente.

Acercó su mano a su entrepierna por sobre el regazo de su falda y pudo comprobarlo al sentir la presión de su ropa interior.

—Ahora que estamos en este momento de intimidad —prosiguió la cucaracha—, supongo que podremos conversar de temas más profundos.

—¿Q-q-que-me-e-e-estás-ha-ha-haciendo? —balbuceó apenas controlando sus espasmos.

Era más bien una pregunta retórica. Había reconocido los síntomas de un orgasmo, y no uno cualquiera. Probablemente estaba dentro de los más fuertes que había tenido en su vida. Lo peor era que no tenía ni la menor imágen erótica en su mente que pudiera provocarle eso. ¿Le venía porque sí? ¿Acaso él se lo estaba provocando de alguna forma?

Intentó controlar sus síntomas. Acortó su respiración, tensó sus músculos, apretó los puños, cerró los ojos con fuerza. Nada podía detenerlo. Simplemente no podía controlar su cuerpo.

—Podemos conversar de tantas cosas en un momento como éste —continuó la cucaracha ignorando completamente su pregunta—, como por ejemplo de la vida, del trabajo, de la vida íntima. Ese amigo tuyo, ¿qué tan cercanos son? ¿Podrías imaginarlo aquí y ahora?

Millie alcanzó a ver que Carl hacía un movimiento extraño con su mano izquierda descansando sobre el brazo de la butaca. Era un débil movimiento de sus dedos que iba al son de los toques que ahora podía identificar claramente que nacían de sus genitales. Alcanzó a fruncir el ceño antes de que la cucaracha sacara a su amigo al baile. Apenas lo mencionó, no pudo sacarlo de su cabeza. Podía imaginarlo de pie frente a ella.

—¿Qué está haciendo? —le preguntó Carl.

Un grito ahogado de parte de ella le dio la respuesta.

—Veo que hay algo más que una simple amistad entre ambos —la cucaracha sonrió triunfante—. ¿Es incluso más que lo de ese «alguien más» que tienes?

La chica se aferró con fuerza a los brazos de la butaca. Echó su cabeza hacia atrás mientras su respiración se oía más fuerte. El insecto se giró y no pudo evitar sorprenderse. En ese estado de excitación se veía hermosa. Era una fiera salvaje recién liberada. Se relamió los labios mientras aumentaba la velocidad del movimiento de sus dedos. Tenía completo control de ella. Podría probar qué se sentía hacerlo con ella en ese mismo instante.

—D-d-déjame-en-en-en-paz —balbuceó suplicante.

Aquella frase lo sacó del trance. ¿Qué estaba haciendo? Podía crear toda clase de treta para controlar la voluntad de la gente, pero de ahí a violar a una mujer, eran palabras mayores incluso para él.

—¿Quieres que pare? —le preguntó.

Ella afirmó con la cabeza.

—Solo si me respondes con quién te gustaría estar disfrutando esto —respondió—. ¿Tu amigo? ¿O tu novio?

Desde la mención de Franco, Millie no se lo pudo quitar de la cabeza. La respuesta en aquel segundo era clara. En ese instante ni siquiera podía recordar a Yang.

—Mi-mi-mi-ami-go —respondió jadeante.

—¿Él lo sabe? —volvió a preguntar.

—N-no.

—Bien —Carl apretó su puño izquierdo llevándola de un golpe al clímax de esta historia.

Millie lanzó un grito feroz mientras se retorcía sobre su asiento. Respiraba agitadamente mientras agradecía internamente que los toques hubieran terminado.

—Nos veremos mañana a la misma hora y en el mismo lugar —le dijo Carl poniéndose de pie—. Por favor, cierra antes de salir.

Mientras la chica recuperaba el aliento, la cucaracha abandonaba el lugar.

Millie regresó a casa pasada la medianoche. Tras ver la hora, se percató que se mantuvo cautiva de ese sujeto por más de una hora. Las piernas le temblaban, por lo que apenas podía caminar. Como pudo logró salir del lugar para pedir un taxi. Intentó mantenerse serena en el trayecto para evitar llamar la atención del taxista. En el fondo, aún podía sentir los mismos espasmos de hace un rato.

—¿Estás bien? —fue la pregunta con que Lincoln la recibió apenas llegó a casa. Tanto él como su hermana aún se encontraban despiertos a esa hora de la madrugada.

—Sí, estoy bien —respondió rápidamente entrando a la casa.

—¿Tuviste horas extra? —le preguntó Leni saliendo del living.

—Sí —contestó—. Se me hizo tarde.

—Parece que tienes algo de fiebre —acotó Lincoln observándola con atención—. Estás roja.

—¡¿Qué?! ¡No! —insistió molesta—. ¿Dónde está Yang? —lanzó la pregunta a Leni.

—¡Oh! Él no va a llegar hoy —respondió—. Avisó al grupo de Whatsapp que volverá mañana.

Dado todo lo ocurrido, de lo último que se preocupó Millie fue de los mensajes que le llegaron al celular.

—Bueno, estoy cansada. Me iré a dormir —Millie emprendió la retirada rumbo a su habitación.

—¿Estás segura que no tienes hambre? —intervino Lincoln—. Te dejé un poco de la lasaña que hice.

—No te preocupes, comí de camino a casa —Millie intentó regalarle una sonrisa amable—. ¡Buenas noches!

Millie se encerró en su habitación cerrando de un portazo, y dejando a los hermanos Loud con la intriga de lo que ocultaba.

La chica aprovechó de colocarse su pijama y acostarse sobre la cama. Respiró profundo con la intención de quitarse toda sensación. Aquello era pedir un milagro. Se sentía con ganas de sentir nuevamente aquella intensidad sexual. Preguntó por Yang precisamente para eso. Ocultó su decepción tras cerciorarse de que él no estaba en casa. Se cubrió con las sábanas mientras comenzaba a subir la falda de su vestido de dormir.

Estaba a punto de comenzar con su momento de autosatisfacción cuando oyó que golpeaban a su puerta.

—¿Puedo pasar? —Lincoln abrió la puerta y asomó su cabeza.

—¿Qué quieres? —preguntó Millie abochornada.

El chico entró y cerró la puerta detrás de sí.

—¿Estás bien? —preguntó directamente.

—Sí, lo estoy —respondió cortante.

El chico, haciendo caso omiso a su respuesta, se acercó a ella y se sentó sobre la cama. Ella sintió una atracción especial. Un olor atractivo que en su fuero interno, le pedía que se acercara a él. Un calor que sentía que irradiaba como una estufa eléctrica.

—Algo te ocurrió —le dijo Lincoln con seriedad—. Quiero que confíes en mí y me cuentes qué ocurrió.

Ella se quedó en silencio devorándolo con la mirada. Lincoln no podía interpretar las señales. Esperaba que ella le dijera directamente qué ocurría.

La tentación se hizo cada vez más fuerte. Millie se abalanzó en un abrazo. Lincoln la recibió con ingenuidad. Ella solo quería sentir ese aroma de más cerca. Quería tener contacto con ese calor. Su mente le jugó una mala pasada al imaginarlo en sus deseos más profundos. Lo tenía tan cerca que ya le era imposible volver a soltarlo.

—Tranquila —le dijo con una sonrisa—. Sea lo que sea que haya pasado, estaré aquí para apoyarte.

En ese momento Millie lo sorprendió con un beso. Fue un beso apasionado, profundo, delirante. Con su lengua recorrió todo el interior de su boca. El chico quedó completamente en shock. No se esperaba tan repentina reacción. Una minúscula parte de él le pedía que la alejara de inmediato, pero ella apegó tanto su cuerpo al de él que no pudo evitar sentir el calor de su cuerpo. Pronto ella se sentó sobre sus piernas mientras que comenzaba a quitarle la camiseta.

Con el correr de los minutos, Lincoln terminó cayendo en la tentación.