Polidrama - Capítulo 43
—¡Hermano! ¿Cómo pudiste hacer eso?
En la cafetería de la Editorial Internacional, Luna y Lincoln se encontraban instalados en una de las mesas más apartadas del lugar. Los grandes ventanales permitían el ingreso de la luz solar en todo su esplendor. El sitio se encontraba prácticamente vacío, salvo un rincón en donde unas tres personas esperaban en la cola para un café.
Luna se encontraba realmente molesta con su hermano. Lincoln había decidido confesarle lo que había hecho la noche anterior, recibiendo la reprimenda que sentía merecer justamente. Se sentía mal por no sentirse culpable de lo ocurrido, de inconscientemente darle responsabilidad a Millie. Afortunadamente Luna se encargó de colocar cada pensamiento en su sitio.
—¿Qué tal si ella llegó con los efectos de algún hechizo o pócima? ¡Esas cosas están a la orden del día! —prosiguió Luna.
Esa noche Lincoln la había notado enferma y nerviosa. Esa era sin duda una señal de alerta. Señal que no tomó en cuenta a la hora de entregarse al placer.
—Lo siento —respondió Lincoln con voz temblorosa—. Creo que me dejé llevar.
—¡Es que no te reconozco, hermano! —insistió Luna alzando sus brazos—. ¡Eres listo, chico! ¡Eres el hombre con el plan! ¿Qué rayos te ocurrió?
El chico se remitió a cubrirse el rostro con sus palmas. A pesar de lo mal que se sentía y de lo peor que lo hacía sentir Luna, agradecía ese tirón de orejas. Necesitaba a alguien de confianza a quien contarle sus problemas, y Luna había caído del cielo. Si tan solo se le hubiera ocurrido la idea de acudir a ella, sin duda la hubiera ido a buscar. Su hermana, al verlo, desvió su mirada iracunda cruzándose de brazos. Ya era más que suficiente reprimenda, y era inútil llorar sobre la leche derramada.
—¿Al menos usaste condón? —Luna rompió el silencio.
Aquella pregunta desconcertó al chico. Lentamente se descubrió el rostro para mirarla con interrogación.
—¿No me digas que lo hiciste así? —la decepción llegó a la chica.
El silencio fue respuesta suficiente para Luna.
—No puede ser —le dijo su hermana cubriéndose el rostro con vergüenza y decepción—. ¿Acaso no fui yo quien te enseñó la importancia del condón? —finalmente explotó—. ¿No te das cuenta que podrías haberla embarazado?
La tensión se multiplicó en el pobre muchacho al punto de causarle dolor muscular. Sintió el frío ártico en su rostro mientras su manos sudaban mojando todo lo que tocaban. Simplemente terminó por no soportar más el peso de la culpa, quebrándose en llanto. Comenzó con unos suaves sollozos que borraron todo el enojo de Luna. La chica no sabía qué pensar. No se esperaba que su hermanito terminase con tamaña historia como la que le acababa de contar. Podía esperarlo de cualquiera de sus hermanas, menos de él.
—Ya, tranquilo —Luna desistió de su reprimenda. Acercó su silla y le regaló un efusivo abrazo. Pudo sentir los espasmos y sus sollozos ahogados entre sus brazos. El chico no podía más. Necesitaba soltarlo. Luna sabía eso y quería darle el espacio para soltarlo todo.
—Mira, haremos lo siguiente —prosiguió con voz suave tras unos cinco minutos al notar que Lincoln se había tranquilizado—: voy a pasar por la farmacia y compraré la píldora. Te la entregaré cuando vayas al restorán de papá por lo del alcalde. Luego, se la entregarás a esa chica, y no tendrás el problema del embarazo.
Pasaron varios segundos antes de la reacción de Lincoln.
—Ajá —aceptó el chico terminando el abrazo. Se notaba bastante más calmado, aunque con los ojos enrojecidos.
Luna le sonrió. Esto le bastó para regalarle al chico la tan añorada tranquilidad.
—Y para la otra, usa condón —prosiguió Luna revolviendole el cabello a su hermano.
El chico no pudo evitar reírse soltando toda la tensión.
—Y otra cosa —Luna continuó con seriedad—: debes irte de esa casa. Regresa a casa con mamá y papá. Ellos ya no están enojados contigo. Lisa y Dennis arreglaron vanzila. Todo quedó atrás —finalizó con una sonrisa.
—Lo sé, pero —contestó su hermano con pesar—... tú sabes por qué me escapé con vanzila, ¿no?
—Hablé con papá al respecto —le dijo Luna—. Se encuentra un poco más abierto a aceptar la decisión de Leni. Aunque por si acaso, trata de no mencionarlo innecesariamente.
Lincoln le respondió con una sonrisa.
—A pesar de todo, ellos te quieren —prosiguió Luna—. Nos quieren a los doce. Si lo de Leni es real, al final ellos van a aceptarlo.
La confianza aumentó en el pecho del chico.
—Por cierto, igual me sorprendió eso de la relación poliamorosa de Leni —agregó—. Digo, no me lo esperaba de ella.
—Sí, es algo extraño —comentó Lincoln pensativo—. No lo entiendo.
—En fin —Luna se puso de pie—. Por lo general no entiendo las cosas que hace Leni, pero mientras ella sea feliz, no tengo nada que criticar.
El chico se quedó en silencio observándola ajustarse su mochila en la espalda.
—Nos vemos hermano —se despidió Luna antes de emprender la retirada, dejando a Lincoln con mucho en qué pensar.
La mañana había pasado lenta y tortuosa para Millie. Intentó concentrarse en su trabajo para olvidar lo que había descubierto aquella mañana. La vergüenza era un invitado de piedra irremediable en sus pensamientos. Sumado a la poca luz artificial, a la pantalla brillante, a las múltiples llamadas que la interrumpían y a los comentarios de sus compañeros, todo se convirtió en un caos.
Lo peor era sentir que no contaba con Franco en medio de esta batahola. No sabía si estaba enojado con ella. La última vez se veía bastante furioso por no tomar en serio las charlas de esa cucaracha. ¡Cielos! Por culpa de él nacieron todos sus problemas. ¡Simplemente ni siquiera podía respetarlo! Y si a Franco no le gustaba su postura, no podía hacer mucho al respecto. Se sentía avergonzada, tensa, triste y sola. Durante toda la mañana no tuvo señal alguna de su amigo. Incluso aprovechó de darse un tiempo para despejar su mente en la azotea con la vaga esperanza de toparse con el chico. Lamentablemente no se encontró con él por ningún lado.
Con el cansancio mental evidente en su mirada, la chica se dispuso a salir a almorzar. No esperaba hacer mucho. No estaba de ánimo para visitar restaurantes ni nada por el estilo. Pretendía comprar algún hot dog con gaseosa en una bencinera cercana y regresar pronto al trabajo. Como siempre, el trabajo se acumula.
Mientras cruzaba el vestíbulo rumbo a la salida recordó que Franco pretendía decirle algo. Pretendía abrirse y contarle detalles inéditos respecto de la muerte de sus padres. Era algo de lo que nunca le había hablado antes. Ella no aceptó que le contara. Aunque se había convencido de que era porque como Carl se lo había ordenado, entonces era una mala decisión, en realidad era por miedo. Miedo a descubrir una facción dolorosa de Franco que llegase a cambiar la relación entre ambos para siempre. Finalmente se dio cuenta de que debió escucharlo. Él la había oído durante años, mientras que ella no fue capaz de prestarle un oído atento. Debió armarse de valor y simplemente dejar que se desahogarse.
—¡Millie!
Para su sorpresa, la chica oyó su nombre desde detrás suyo. Al voltearse, se topó con nadie más ni nadie menos que Franco. El chico se acercaba corriendo raudo. Venía con su maletín en su mano y su corbata rojo fosforescente colgando de su cuello con un nudo mal hecho. La chica se quedó estática sin mover un músculo, mientras intentaba convencerse de que Franco se dirigía hacia ella. La impresión fue tremenda al toparse con su mirada luego de un siglo comprimido en una noche. Prácticamente daba por perdida su amistad con el chico.
—Hola —la saludó con una sonrisa que le pareció adorable. No pudo evitar recordar el momento en que Carl la obligó a evocar su recuerdo—. Perdona por no hablarte en toda la mañana —se disculpó nervioso rascándose la nuca—, pero me quedé dormido y tuve una mañana muy tensa con mi jefe.
—Me ocurrió lo mismo —Millie le sonrió agradecida por aún conservar a su gran amigo.
—¿En serio? —el chico se puso en marcha seguido por Millie—. Es que en mi caso me quedé dormido. No lo sé, no escuché la alarma, o quién sabe. ¿Qué te pasó a tí?
—Algo parecido —respondió Millie—. Fue una mañana algo dura.
—Al menos ahora al almuerzo podemos desquitarnos con algo rico —el chico le sonrió mientras ambos ya se encaminaban por la calle—. Podríamos ir a ese nuevo restaurante de comida latina. Siempre he querido probar el ceviche peruano.
—Yo sólo sé que tengo hambre —comentó Millie sin poder borrar su sonrisa.
El mediodía con su sol brillante se sentía como el final del arco iris tras cruzar un valle de lágrimas. Se sentía mirar frente a frente un trofeo brillante ganado con sumo esfuerzo. El futuro se veía tan espléndido como la luz repartida por cada rincón de la calle. El ambiente se veía más feliz y ameno como nunca antes lo había sentido. Esta vez se encontraba decidida a hacer las cosas bien. ¿Y qué mejor incentivo que tener a Franco a su lado? Sí, había asumido alguna vez que le gustaba. Ahora le gustaba mucho más que aquella vez.
—No sé si conoces a Max Ferdinand —Franco y Millie ya se habían instalado en un pintoresco restaurante de comida cuya ambientación se encontraba saturada de artesanías de toda latinoamérica.
—No —contestó Millie mientras no dejaba de observar el lugar sin poder evitar recordar la tienda de su padre.
—Es mi roomate —contestó Franco—. Sé que trabaja en la tienda junto a Leni.
—¿En serio? —comentó Millie.
—Sí —le dijo Franco—. Estaba en la Feria de Anasatero la otra vez. ¿Te acuerdas?
La chica negó con la cabeza. La verdad le había prestado poca atención al chico que derramó un barril de sidra sobre sí mismo.
—En fin —Franco le restó importancia a ese detalle con un ademán—. El tema es que… —repentinamente detuvo su oración, llamando la atención de Millie.
—¿Ocurre algo? —Millie concentró todos sus sentidos en el chico.
—Nada, nada —respondió nervioso—. Es solo algo que me dijo y que me llamó la atención.
—¿Qué cosa? —insistió Millie.
—Te vas a enojar —insistió temeroso.
—¿Por qué? ¿Es algo sobre mí? —Millie entrecruzó sus dedos sin perder ni el menor detalle en el chico.
—¡No! Digo… —el chico se mordió la lengua, maldiciendose por dejarse empujar por la curiosidad. Una parte de él se encontraba dolida por lo que le habían contado, y otra parte de él se negaba a creerlo a menos que ella misma se lo confirmara.
—Franco —Millie trató de sonar lo más dulce posible mientras tomaba una de las manos del chico—, sea lo que sea que quieras decirme, prometo no enojarme —la chica finalizó su intervención con una sonrisa.
El chico sintió que su corazón iba a estallar frente a aquella sonrisa. Millie se veía más hermosa que nunca con aquel vestido azul marino, con esa mirada brillante, con esa sonrisa tan cálida. En ese instante todo dolor se desvaneció. Max le había advertido que si Millie se había acostado con otro, sus posibilidades con ella se reducían aún más. O se la jugaba ahora o la perdería para siempre. Las decisiones así de tajante aumentaban sus nervios. Aquel salvavidas en forma de sonrisa le dio una luz de esperanza.
Acercó la mano de la chica y le regaló un largo y profundo beso sobre su dorso. Fue una jugada que Millie no se esperaba. Quedó helada y casi sin respiración. Pretendía exigir explicaciones, pero su voz no le salía. Franco le dio una sonrisa torcida una vez finalizado el beso. El pobre chico no podía más con la tensión del atrevimiento.
—¿Y eso? —pudo formular Millie a duras penas.
Ahora era Franco quien se había quedado sin voz. Retroceder ya no era una opción, pero se encontraba en un punto hasta ahora desconocido. Aún tenía su mano entre las suyas.
—Gracias por todo este tiempo juntos —la mente de Franco finalmente sacó humo blanco, formulando una oración sincera y sencilla.
Millie no pudo evitar enrojecer cuan tomate. Su mano comenzó a temblar, cosa que empujó a Franco a soltarla de inmediato. Los nervios lo abofetearon al verla en el estado en que la había dejado.
—Yo… lo siento —masculló desviando la mirada—... no quería incomodarte.
El silencio los abordó mientras que los meseros les servían la comida. Franco nunca había llegado tan lejos como hasta ahora. No sabía cómo interpretar la reacción de Millie. Temía confundirla más, causarle algún daño. No quería perderla para siempre. No con una jugada tan egoísta como declarar lo que sentía. Esperaba que este torpe intento pronto quedara en el olvido.
Cuando Lincoln y Coop arribaron a La Mesa de Lynn, el restaurante era un caos de gente. Cuando Coop lo invitó a almorzar, el chico se disculpó con la excusa de querer ayudar a su familia en el restaurante de su padre. Aquella fue excusa suficiente para que su jefe decidiera sumarse a la invitación, y el pobre chico no encontró forma de quitárselo de encima.
El local se encontraba en proceso de limpieza profunda. Había como cinco personas limpiando el piso, otras tantas a cargo de las ventanas, otras se encargaban de las mesas y sillas. Estaban puliendo los cuadros, repartiendo adornos con flores, limpiando la barra, ordenando las copas. Había otras tantas más al interior de la cocina. Incluso habían notado a alguien en el techo a quien no pudieron distinguir. Ambos chicos se quedaron estáticos observando el frenético vaivén de todo el mundo. No solo se encontraban los señores Loud junto con los meseros y trabajadores del local. Varias de las hermanas de Lincoln se encontraban ayudando junto con varios de sus amigos.
—¡Lincoln! ¡Mi campeón! —el señor Loud se acercó a su hijo con un ánimo que traería algarabía mundial al instante. Se encontraba con su delantal de cocina color pastel sobre una camiseta verde claro estampada con algo que su delantal cubría—. Justo te estaba esperando para que me dieras una mano en la cocina. Estamos en la planificación del postre y no sé si escoger el pastel especial Loud de chocolate con pera o el Coulant de chocolate y ron.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —respondió el chico mientras su padre lo rodeaba con un brazo.
—Hora y media —contestó su padre.
—¿Para cuántas personas? —volvió a preguntar su hijo.
—Vendrá el alcalde y su comitiva —respondió su padre mientras se alejaba con su hijo de Coop.
—Recomiendo el pastel —sentenció el chico—. Está hecho para varias personas, además es una receta exclusiva del restaurante. Es bueno sorprenderlos con algo único.
—¡Ese es mi chico! —exclamó su padre dándole un golpecito en el hombro—. ¡Ahora a trabajar! Te necesito en la cocina.
Coop vio como su empleado se perdía al interior de la cocina, quedando solo y rodeado de desconocidos. Observó silenciosamente todo su entorno mientras revolvía sus manos en los bolsillos. Con la explicación de Coop esperaba ser recibido con un almuerzo, pero el lugar parecía lejano a servirle uno.
—¡Hola Coop!
El chico se volteó de inmediato tras oír su nombre.
—¡Dennis! —exclamó alegre.
El chico se encontraba con un traje completo de limpieza color mostaza, unos guantes de carpintero color ocre, unos bototos negros, un casco y lentes de seguridad. El chico parecía tener manchas oscuras por todos lados, incluyendo su ropa y cara. Intentaba limpiarse las manos cubiertas de guantes con un trapo que ya se veía gris por lo sucio que estaba.
—¿Pero qué te pasó? —agregó Coop extrañado al verlo con tal tenida.
—Lisa me pidió que viniera a ayudar al restaurante —le explicó su amigo colgando el trapo sobre su hombro—. Estaba reparando el techo.
—¿Entonces eras tú quién estaba allí arriba? —preguntó Coop sorprendido apuntando al techo.
—Así es —afirmó Dennis con la cabeza—. ¿Y tú qué haces aquí?
—Lincoln me invitó a almorzar —le dijo su amigo.
—Hmmm. Es un tanto difícil que nos den almuerzo —respondió Dennis pensativo—. Están preparando un almuerzo especial para el alcalde y su comitiva. ¿Sabías que el restaurante quedó seleccionado para la cena de Aniversario del viernes?
—Algo me explicó Lincoln —respondió Coop—. Por cierto, ¿conoces a toda esta gente? —agregó mirando a su alrededor.
—Un poco —contestó Dennis—. Son básicamente familia y amigos de los Loud. Si quieres vamos al tejado a conversar.
—¿Al tejado? —Coop arqueó ambas cejas con impresión ante tal invitación.
—En teoría terminé de reparar el tejado —le explicó Dennis—, pero no se lo digas a nadie —agregó guiñandole un ojo.
Coop lo tuvo que pensar un instante. El tejado era un lugar incómodo como para reunirse con su amigo. Por otro lado, parecía ser el lugar más tranquilo de todo el local frente a la vorágine de personas.
Al final el tejado no estaba tan mal. Se instalaron sobre la buhardilla lo suficientemente atrás como para evitar ser vistos por la gente que ingresaba al lugar. Las tejas de acero color verde parecían tan pulidas que brillaban. Dennis le explicó que se dedicó toda la mañana a la limpieza del tejado y de las canaletas.
—Veamos —le decía Dennis—... ya sabes que los Loud son doce hijos, ¿verdad?
—¿Los conoces a todos? —preguntó su amigo.
—Creo que soy de los pocos que ha podido hablar con los doce —respondió su amigo mirando hacia el horizonte—. Eso es algo difícil de lograr hoy en día. Lori Loud, la mayor de los doce, se fue a Michigan a trabajar en una compañía de seguros multinacional.
—¿En serio? —preguntó su amigo.
—Se fue hace cuatro años e hizo su vida por allá —le contó su amigo—. Está casada con un colega y tiene un hijo pequeño.
—Vaya —comentó su amigo observando la techumbre de los locales vecinos.
—La segunda mayor es Leni —prosiguió Dennis—. Supongo que la conoces.
—Cómo olvidarla —comentó estremeciéndose.
—La tercera es Luna —continuó Dennis—. Ella tiene varios trabajos esporádicos, pero su principal trabajo es ser guitarrista en una banda que ella tiene. Le ha ido relativamente bien, pero solo son conocidos entre los más conocedores de las bandas locales.
—¿Luna? —Coop de inmediato se volteó hacia su amigo.
Dennis lo observó con una ceja arqueada ante la reacción de su amigo.
—La conocí hoy en el trabajo —le explicó un tanto nervioso—. O sea fue a ver a Lincoln. Es una chica bastante atractiva.
—Olvídalo —sentenció Dennis tajante—. Tiene novia.
—¡¿Qué?! —Coop casi se cae del tejado si no fuera porque su amigo logró agarrarlo a tiempo del brazo—. ¿Me estás diciendo que es lesbiana? —insistió volviendo a acomodarse en su asiento.
—Técnicamente es bisexual según ella —le explicó Dennis—. Su novia se llama Sam. Está abajo ayudando a limpiar la barra.
Sin esperar a que su amigo alcanzara a procesar aquella información, prosiguió:
—La siguiente es Luan. Trabaja en ATTV como conductora televisiva. De hecho ahora conduce el matinal del canal. ¡Definitivamente está loca! —agregó cubriéndose el rostro con sus palmas mientras los recuerdos de la dichosa obra lo invadían.
—¿En serio? —volvió a cuestionar Coop confundido.
—La siguiente es Lynn junior —continuó Dennis en un intento de olvidar aquello último—. Está estudiando Gestión Deportiva en la Universidad de Anasatero. Es muy ruda y orgullosa, pero también es alguien de palabra. Si logras buscarle el lado bueno, puede ser una gran amiga. Y en serio, no es bueno buscarle el lado malo. Es peor que Millie.
—Nadie es peor que Millie —Coop frunció el ceño.
Tras un silencio, Dennis sentenció:
—Bueno, supongo que exageré.
Coop afirmó con la cabeza.
—Luego le sigue Lincoln —prosiguió Dennis—. Estudia Diseño Gráfico en la Universidad de Anasatero. Créeme, es muy listo y dócil. Después de Lisa, con él es con quién mejor me llevo.
—Sí, es un gran sujeto —respondió Coop con una sonrisa.
—Luego le sigue Lucy —prosiguió Dennis—. Estudia Literatura en la Universidad de Anasatero. Es un tanto extraña y escalofriante. A veces me recomienda algunas novelas de terror y me pide que lea sus borradores.
—¿De veras? —contestó Coop interesado.
Dennis afirmó con la cabeza.
—Lo único malo es que es muy buena espiando —le explicó—. Además le gusta aparecer de la nada y asustarnos.
El silencio se extendió mientras ambos observaban por todos los rincones posibles de su entorno en busca de la chica.
—Luego le siguen las gemelas Lana y Lola —prosiguió Dennis—. Ambas están terminando la secundaria en la escuela de Anasatero. Lola sí que es un demonio. Ella sí que es peor que Millie.
—Ya te dije que nadie puede ser peor que Millie —insistió su amigo.
—Una vez a un ex quien le regaló un sombrero del tono de rosa que no le gustaba terminó haciendo que lo metieran preso por pedofilia —le explicó su amigo—. Aún está cumpliendo condena.
Tras un breve silencio, Coop sentenció:
—Creo que puede hacerle competencia a Millie.
—Lana por el contrario, es bastante simpática —le explicó Dennis—. Después de Lisa y Lincoln, con ella es con quién mejor me llevo. Le interesa mucho el tema de los animales, es por eso que me pide material sobre eso que pueda sacar de la universidad. Quiere ser veterinaria. Mientras que Lola solo quiere largarse a Hollywood.
—Entiendo —comentó su amigo.
—Después sigue Lisa… —prosiguió su amigo.
—¿Cómo? —Coop lo interrumpió confundido.
—¿Eh? —Dennis se sintió igual de confundido.
—¿O sea ella es menor que un par de chicas de secundaria? —cuestionó su amigo.
—Tiene trece años —afirmó su amigo.
—¡¿Qué?! —Dennis alcanzó a agarrarlo del brazo al notar que la misma acción se repetía.
—No te confíes por su edad —afirmó su amigo con orgullo—. Ella es superdotada, y es una de las investigadoras de mayor renombre de la Universidad de Anasatero. Tiene cientos de premios, patentes e inventos. De hecho mi puesto como asistente es quizás uno de los más valiosos de toda la costa este.
—Claro —comentó Coop aún incrédulo.
—Luego de Lisa viene Lily —prosiguió Dennis ignorando la reacción de su amigo—. Tiene once años, y va a la misma clase que Emilie. Ambas son amigas desde el primer día de escuela. Es una chica muy simpática, lista y astuta, como Emilie.
—Ya veo —comentó su amigo.
—Y la menor es Lira —finalizó Dennis—. Tiene ocho años y una extraña obsesión con los unicornios. Me recuerda un poco a mí cuando tenía su edad e investigaba las criaturas extrañas del mundo y las teorías conspirativas.
—Fue gracias a eso que me creíste con lo de señor Gato —le dijo su amigo.
Dennis afirmó con la cabeza.
En eso vieron que la escalera apostada a un costado del edificio comenzó a vibrar. Ambos centraron su vista en ella extrañados, hasta que vieron la cabeza de Lisa asomar por sobre el tejado.
—Dennis —le dijo con voz monótona—, si ya terminaste con el tejado, necesito que vengas al callejón del fondo. Hay un escarabajo demasiado grande merodeando entre los botes de basura.
—Voy de inmediato —aceptó el chico poniéndose de pie de un salto.
Mientras tanto abajo, yo acababa de ingresar al restaurante. El pato me envió en su lugar para revisar todo lo de la cena de Anasatero. Me encontré con todo el mundo corriendo por todos lados. Esquivando a cuatro personas, me acerqué hasta la barra. Me afirmé en el lugar a la espera de que alguien me atendiera. Parecía ser invisible para el mundo.
—¡¿Qué tengo que hacer para recibir un poco de atención aquí?! —grité en medio de la batahola. No tuve resultados.
—Este, disculpa —una chica rubia con un mechón celeste me habló desde el otro lado de la barra—, pero hoy no atendemos público. Estamos esperando al alcalde.
—¡Pero yo soy enviada del alcalde! —repliqué molesta, pero la chica se había retirado antes de oír mi respuesta.
—¡Martita! —oí que me llamaban desde atrás. Al voltearme, me encontré con Coop Burtonberger. Se encontraba ahí, de pie, con las manos en los bolsillos.
—¡Coop! —exclamé alegre—. ¡Tantos siglos! ¿Qué haces aquí?
Era la única persona en todo el lugar con el que había hablado con anterioridad. Como recordarán, no es usual que ande por Anasatero sola, ni mucho menos que hable con la gente.
—Me invitaron a ver lo que sea que iba a ocurrir hoy aquí —me contestó—. ¿Y tú?
—Vine en representación del alcalde a ver lo de la cena del Aniversario de Anasatero —respondí hastiada—, el día en que alguien quiera atenderme —agregué gritándole a quien estuviese en la barra.
—¡Un momento! —intervino Lynn junior—. ¿Vienes de parte del alcalde?
—Sí —afirme.
La chica abrió los ojos y la boca con una enorme impresión. Se cubrió la boca con sus manos a la vez que retrocedía para evitar caerse.
—¡Oigan todos! ¡Llegó la comitiva del alcalde! ¡Rápido! ¡Ya llegaron! —comenzó a gritar mientras recorría todo el lugar para avisarle a todos mi arribo.
Tras un par de segundos tenía a más de veinte pares de ojos observándome con detención. Eran miradas tan fijas que comenzaba a sentirme incómoda.
—¿Usted viene en nombre del alcalde? —el señor Loud apareció en la barra junto a su esposa. Se veían igual de impresionados que todos en el local.
—Sí —contesté entregándole las credenciales que saqué de mi bolsillo—. Soy la asistente del alcalde.
—¿Y dónde está el alcalde? —cuestionó la señora Loud mientras su esposo revisaba mis credenciales con detenimiento.
—Tuvo que salir de la ciudad por una emergencia —le expliqué—. Pero dejó dicho que me debía hacer cargo del asunto de la cena, y que el trato que me den debe ser equivalente al trato que ustedes le darían al alcalde.
Mientras tanto, la emergencia del patito consistía en pasar el último Max Payne comiendo Doritos.
—¡Muévete! —le gritaba a la pantalla mientras intentaba controlar los controles sin pulgares.
Los señores Loud se quedaron mirando entre ellos, mientras podía oír los primeros cuchicheos entre los espectadores. ¿Les expliqué alguna vez lo escasos que somos los humanos hiperrealistas en este mundo bidimensional? Creo que debí haber pensado en el qué dirán antes de lanzarme en este mundo de locos. Para muchos de los presentes, más allá de haberme visto en televisión o en el periódico, no sabían nada de mí. Me atrevería a decir que aparte de Coop, nadie más en el lugar ni siquiera conocía mi voz.
—¡Pues déjeme darle la bienvenida a La Mesa de Lynn! —Lincoln apareció entre la muchedumbre con un delantal blanco y un sombrero de chef—. Este es sin duda el mejor restaurante en todo Anasatero. Le tenemos preparado un menú que derretiría hasta el paladar de Gordon Ramsay. Sígame, le tenemos preparada una mesa.
Me guió hasta una mesa que se encontraba totalmente preparada con un mantel color marfil con bordados de flores, cubiertos brillantes, un plato blanco, una servilleta de tela, y un hermoso arreglo floral de plástico. Mientras me guiaba, se volteó hacia los lectores que están leyendo esto, y sentenció:
—¿Obtendremos la confirmación del ayuntamiento para organizar la cena de aniversario? ¿A Martita le gustará nuestra comida? ¿Quieren saber cómo termina esta historia? No se olviden sintonizar nuestro fanfic, «Polidrama» el próximo sábado a esta misma hora. Solo aquí, en Editorial El Patito Feliz.
