Polidrama - Capítulo 46

—Cuéntame de tu día.

—M-mm

—¡Vamos! Solo relájate. Puedes decirme cualquier cosa, lo primero que se te ocurra.

—Mmm-m

—¿Un día ocupado? ¿Un día pesado? ¿Qué tal tu amigo? Sé que suelen almorzar juntos. ¿Todo bien ese almuerzo?

Al igual que la noche anterior, Carl se encontraba sentado junto a Millie entre las butacas del gran salón en donde la cucaracha realizaba sus charlas motivacionales. La chica regresó más bien presionada ante el temor de perder su empleo, a costa de enfrentarse nuevamente a su abusador. Era una contradicción entre lo que debía —y podía hacer— y lo que realmente terminó haciendo. Se entregó como un cordero al matadero. Un cordero sin siquiera la oportunidad de salvarse ni escapar. Ni siquiera tenía claro por qué lo hacía, pero en esas circunstancias orgásmicas era difícil tener claro algo. Se excusaba que era por conservar su empleo, pero, ¿realmente lo valía tanto? ¿Realmente lo valía? En el fondo de su inconsciente, a ella le gustaba estar ahí, ser controlada por el mago cucaracha y su peculiar hechizo.

—Puedo verlo en el brillo de los ojos —continuó Carl como si nada mientras movía levemente los dedos de su mano izquierda sobre el brazo de la butaca—, en el brillo de ambos. Son los típicos amigos que se gustan pero no se atreven a declararse.

El silencio solo fue acompañado por los suaves gemidos de la chica. Carl cerró los ojos y respiró profundo.

—Franco te necesita —continuó sonando serio—. Él perdió a su familia de muy pequeño. Tú eres su gran apoyo, su puntal para seguir adelante. Eso lo ha hecho sentir incluso amor por tí. Sé también que a tí te gusta.

Tras un instante silencioso, prosiguió:

—De seguro en estos momentos te debes sentir en las nubes junto con él en vez de escucharme. Irremediablemente ambos terminarán juntos, tarde o temprano. Espero que sea temprano para que no pierdan el tiempo. Te lo digo no solo como experto en la materia de la felicidad, sino que por la voz de la experiencia.

La cucaracha se había quedado sin palabras. Se volteó hacia la chica, encontrándose con la misma tentación del día anterior. Una belleza embriagante, atronadora, emocionante, peligrosa. Sin darse cuenta, la cucaracha aumentó la velocidad del movimiento de sus dedos, entregándole más placer a la chica. Un aroma dulzor lo empujó a acercarse hacia ella sin detener el movimiento de sus dedos. Se quedó hipnotizado con la mirada fija en ella. Sus dedos aún rascaban el brazo de madera. Ella gemía y suspiraba con una suavidad excitante. A la cucaracha se le olvidaron las palabras. Incluso se le olvidó el motivo de la reunión. Los nudillos de Millie estaban blancos por la fuerza con que se aferraba a los brazos de su butaca. A este punto sus piernas no responderían en caso de huir. Había cerrado los ojos, dejándose llevar por el momento. Si se acercaba a ella un poco más… podría ni siquiera notarlo.

Sus labios estaban a tan solo centímetros de ella. Podía sentir el calor de su aliento sobre su cara. Sin darse cuenta, su mano izquierda había aterrizado sobre su pantorrilla desnuda. Ella abrió los ojos de golpe, encontrándose con los ojos verdes de Carl. Se quedó congelada en su mirada, mientras que él continuaba rascando con su dedo, esta vez sobre la blanca piel de ella. Ella seguía tan agitada como antes de su atrevimiento. El calor se le subió al cuerpo del insecto, mientras su atrevimiento llevaba a su mano a escalar por su pierna. ¿Y si en vez de usar su hechizo no lo hacía de verdad? La posibilidad era tan real que le costaba creérselo. Sin dejarla de mirar a los ojos siguió escalando. Su aliento era tan cálido que le proyectaba ideas que no pueden ser descritas por restricción de edad.

Lo siguiente que sintió fue un dolor agudo sobre la mitad izquierda de la cara. Un fuerte golpe lo mandó a volar por todo el salón hasta chocar con la pared opuesta. Aturdido, Carl se puso de pie, dolorido y mareado. Tras tocarse la cara, la notó cubierta de sangre. Miró hacia el frente, sin poderse creer con lo que se encontró.

—¡Yin! —exclamó impactado.

Efectivamente, unos pasos adelante de Millie, se encontraba la coneja rosada en pose de batalla y la mirada iracunda. Se encontraba con un sweater ajustado junto con unos pantalones de buzo y los pies descalzos.

—¡Aléjate de ella! —lo amenazó.

Antes de que pudiera formular una respuesta, la coneja se aproximó a él de un salto. Decir que le regaló la paliza de su vida es poco decir. Recibió patadas y golpes hasta debajo de la lengua. Fue un castigo peor que el Tanax. Literalmente terminó molido en el suelo, con cada hueso fracturado y hematomas hasta en las antenas. Antes de perder el conocimiento producto del dolor, Yin lo agarró del pescuezo y lo lanzó por una ventana ubicada en lo alto del salón. Tras el lanzamiento, Carl se perdió por los cielos hasta el infinito.

Luego del acto, Yin se acercó corriendo hacia Millie. La chica aún se encontraba en el mismo asiento. Tras la repentina entrada de la coneja, seguida por la golpiza contra la cucaracha, todo su líbido se fue por los suelos de golpe.

—¿Estás bien? —Yin se hincó junto a Millie y le preguntó con preocupación.

—Sí —balbuceó. Aún su corazón latía con rapidez y su respiración era agitada. Su interior era dominado por la vergüenza de ser encontrada en ese estado por la coneja. No solo era por el hecho de que no eran las mejores amigas del mundo, sino además porque sería cuestión de tiempo para que se enterase Yang, acarreándole más problemas.

A pesar de que, luego de este inusual encuentro, Millie quisiera encerrarse en su cuarto y olvidarse del mundo, había terminado acompañando a Yin hasta un pequeño restaurante de comida rápida. Yin se lo había pedido en un tono que, aunque no sonaba autoritario, tenía un algo que la obligaba a obedecer. La chica más bien obedeció ante la vergüenza y el temor de que aquel evento fuera filtrado hacia el exterior. Finalmente se encontraba sentada frente a frente a su inquisidora, con una mesa plástica de intermediaria. La mesera de aspecto descuidado se fue molesta luego de que Yin le pidiera simplemente dos vasos con agua. Luego, el silencio se esparció entre ambas. Solo el zumbido de las luces fluorescentes del techo las acompañaban. Millie desvió la mirada para no toparse con los ojos de la coneja.

—Millie, sé lo que pasó allí adentro —sentenció Yin. Millie apretó los puños debajo de la mesa—. Conozco a Carl desde hace mucho y sé de lo que es capaz de hacer.

Millie agachó la mirada. Definitivamente estaba atrapada. La vergüenza era un peso que la mantenía cautiva. Sus manos comenzaron a temblar. Yin notó la reacción de la chica. Era un tema difícil el que debía abordar, y para resultar airosa, debía ser lo más honesta posible.

—Escucha —su voz se suavizó—, sé que no somos muy cercanas ni nada de eso, pero lo que te hizo Carl fue grave. Eso se llama abuso sexual, y es algo muy, pero muy grave.

Millie no pudo evitar mirar a la coneja cargada con la sorpresa de aquella afirmación.

—Nadie te puede provocar orgasmos sin tu consentimiento, ni mucho menos puede ocupar hechizos ni magia para fines sexuales —prosiguió la coneja aprovechando la atención de Millie—. Carl puede hacer eso y mucho más porque se ha vuelto un experto en magia, pero a su vez le gusta manipular a las personas. Es alguien peligroso, y no puedes subestimarlo ni siquiera por un instante.

—¿De dónde lo conoces? —le preguntó Millie.

—Era vecino de la academia Woo Foo en donde crecimos Yang y yo.

—¿Yang lo conoce? —la alarma se notó en la voz de Millie.

—Sí —afirmó Yin—. Ambos no se llevan muy bien. Bueno, a mí tampoco me agrada, y supongo que te imaginarás por qué.

La mirada congelada de Millie le advirtió de inmediato lo que cruzaba su mente.

—Si te incomoda, te prometo que no le diré nada a Yang —le dijo—. Lo que me preocupa es tu seguridad.

—¿Por qué? —preguntó Millie de pronto.

—Sororidad —respondió con simpleza.

—¿Sororidad? —Millie arqueó una ceja.

—Las mujeres debemos apoyarnos en situaciones como estas —Yin le sonrió—. Puede que no seamos las personas más cercanas, pero no voy a permitir que en esta sociedad se sigan cometiendo este tipo de abusos —agregó decidida—. No voy a permitir que una hermana sea aplastada en las garras de la violencia machista.

Millie se quedó en silencio observándola detenidamente mientras buscaba una nueva pista que le ayudase a entender su explicación.

—No lo entiendo —confesó al fin.

Yin estaba por responder cuando reapareció la mesera con el pedido. Dejó los dos vasos plásticos con agua sobre la mesa de manera bastante ruda. Parte del líquido terminó desparramado sobre la mesa plástica. Les regaló a ambas una mirada de pocos amigos antes de marcharse.

—Por cierto —Yin levantó su bolso deportivo del suelo para comenzar a revolver en su interior—, ten.

Le extendió un blister de tabletas que contenía cinco pastillas blancas y redondas y otros cinco huecos para pastillas que se encontraban vacías.

—¿Qué es? —preguntó Millie.

—Es para el dolor estomacal —respondió Yin—. Como efecto secundario baja la líbido. Te ayudará.

Millie no dio señales de recogerlo. Yin se lo dejó en medio de la mesa y alejó su mano sin dejar de mirarla.

—Te prometo que no te hará daño —le dijo intentando sonar sincera—. Esto me lo tomo en serio.

Tras casi un minuto de un silencio que se tornaba incómodo, Millie tomó el blister y lo revisó con detalle. Revisó en Internet con su celular bajo la mesa comprobando que se trataba de tabletas para el dolor estomacal, cuyos efectos secundarios involucraba la líbido. En ese momento concluyó que necesitaría algo para evitar terminar de cometer el mismo error del día anterior.

Finalmente aceptó. Tomó una pastilla y se la tragó con ayuda del agua.

—¿Estás mejor? —le preguntó Yin.

—Sí —contestó escuetamente.

Pasaron dos minutos más de completo silencio entre ambas. Millie, mientras, se cuestionaba qué hacía allí. Ya que había escapado de los caprichos de Carl; lo mejor era regresar a casa. Según Yang, hoy sí o sí estaría en casa. Ella esperaba olvidarse de esta pesadilla de una buena vez.

—¿Por qué estabas allí? —Yin preguntó de improviso.

—¿Qué? —Millie quedó atrapada por la sorpresa de la pregunta.

—¿Qué te hizo llegar hasta ese lugar junto a él? —volvió a preguntarle—. Lo pregunto porque quisiera ayudarte a evitar que vuelvas a toparte con él.

El silencio regresó a ambas. Millie apretó los puños bajo la mesa.

—No tengo porqué darte explicaciones —sentenció finalmente.

Yin guardó silencio, a pesar que no le faltaron deseos de responder. Tenía una sincera preocupación por ayudarla. Era tanto un sentido innato de justicia social, solidaridad feminista y deseos de atrapar a ese patán de Carl.

El silencio regresó entre ambas. Esta vez estaba cargado por la tensión y la ansiedad. Yin lo notó.

—Solo quiero que sepas que si requieres apoyo en todo esto, puedes contar conmigo —le sonrió—. Así como si quieres denunciarlo, te puedo ayudar en…

—Espera, basta, basta —Millie se puso de pie de golpe—. Mira, te agradezco por la ayuda, el remedio y la charla, pero por ahora lo único que te pido es que mantengamos esto en secreto. Yo por mi parte sé cuidarme sola, y esta vez evitaré que vuelva a suceder. No necesito absolutamente nada más de tí. No quiero protección, ni más charlas, ni terapia, ni denuncias…

—¡Pero si no denuncias Carl podría hacerle esto a otra mujer! —replicó Yin—. ¿Acaso quieres dejar que ese insecto se salga con la suya?

—No me importa lo que él haga o lo que le pase a los demás —respondió Millie frunciendo el ceño—. Yo solo quiero estar tranquila y olvidarme de este asunto.

La coneja se quedó estática con la boca semiabierta, absorta por la respuesta de la chica. ¿Era posible tanta indolencia?

—Buenas noches —Millie se despidió dando la media vuelta rumbo a la salida del restaurante.

A Yin no le faltaron las ganas de replicar, pero sabía que sería peor. No era fácil ganarse la confianza de Millie, y en particular ambas comenzaron con el pie izquierdo. A pesar de aquello, tenía una sincera preocupación por lo que le pudiera hacer la cucaracha. No le quedaba otra que vigilar el asunto sin molestar a la chica.

—Te tardaste.

En una esquina apenas iluminada de la zona oeste de Anasatero, un gallo musculoso y cubierto con una camiseta negra y pantalones de cuero esperaba a nuestra coneja con los brazos cruzados.

—Lo siento, surgió un incidente —respondió acercándose al gallo para ser recibida por un abrazo y un largo beso.

—Lo importante es que estás aquí —el gallo le sonrió.

Bajo la luz de un poste de luz parpadeante ambos terminaron envueltos en un abrazo, sellando el momento con un largo y apasionado beso.

—¿Vamos? —le preguntó Yin.

—Vamos —respondió Coop tomándola de la mano.

Mientras tanto, Millie logró regresar a casa. Se sentía mucho mejor a comparación con el día anterior. Podía caminar, no se sentía cansada y podía pensar con claridad. Se bajó del taxi frente al Edificio Departamental, pagó el trayecto, y paso a paso ingresó al edificio. Aquella noche finalmente sería recibida por Yang en un largo y reconfortante abrazo. Le preguntaría sobre las razones que la retrasaron tanto, y terminarían en una noche de pasión que borraría todos los errores de un fin de semana que se negaba a terminar.

—¿Estás lista?

—Cuando des la señal.

—Bien. A la una, a las dos y a las…

Lina y Fiona se encontraban en un laberinto de pasillos con paredes metálicas. La única luz provenía de las linternas del cuerpo policial que las acompañaba en uno de los golpes periodísticos y policiales más importantes de los últimos años en Anasatero. Ambas chicas traían armas de fuego en sus manos, junto con los policías con sus armas de servicios. Lina en particular se encontraba mentalizada en utilizar su Woo Foo de así requerirse. Todos esperaban la señal de Fiona para derribar una puerta metálica y oscura. Sabían, gracias a la evidencia recopilada por las periodistas, que del otro lado se encontraba una peligrosa banda acusada de secuestro, violación, lavado de dinero y uso malicioso de la magia.

—¡Policía! —fue el reiterado grito de las Fuerzas Especiales al ingresar a la habitación. A la cuenta de tres, cientos de patadas no pudieron ser resistidas por la puerta. Pronto fue derribada dejando pasar a medio mundo y dejando en evidencia lo que había del otro lado.

Había por lo menos una docena de hormigas gigantes y musculosas que rápidamente fueron reducidas por las fuerzas policiacas. Hubo mesas que terminaron volteadas desparramando cientos de hojas de papel y billetes. Fiona y Lina entraron más atrás atentas ante el menor de los peligros. Con sus ojos inquisidores, no había detalle que se les escapara. En medio de la batahola, se toparon ni más ni menos que con su jefe.

—¡¿Señor Garamond?! —exclamaron impresionadas al verlo reducidos por dos policías.

—¡¿Qué demonios creen que hacen?! —exclamó molesto.

La policía había descubierto un estante lleno de cámaras de vídeo junto con varios VHS, Blu Rays, DVDs, pendrives, discos duros y tarjetas de memoria. También descubrieron una nueva habitación que parecía ser un laboratorio clandestino, lleno de tubos de ensayos, probetas, pipetas, mecheros y botellas con líquidos de todos los colores posibles.

—¡Jefe! Son los videos —exclamó un gato gordo con el uniforme policial.

Lina se acercó al laboratorio clandestino mientras documentaba absolutamente todo con su cámara portátil. Se acercó a una de las botellas, la abrió y la olfateó.

—Efectivamente —masculló en voz baja mientras la cerraba—. ¡Oficial! Aquí está el Compuesto Imperio. Le informó a un policía con varias estrellas en sus hombreras.

Mientras, Fiona se acercó al estante de los videos. Era tan grande que cubría una pared de tres metros de altura por diez de anchura. Los policías recién estaban comenzando con la revisión. Ella tomó una cámara al azar y la encendió. La chica palideció con lo que encontró.

—¡Ahora quiero que hagan el amor!

Se escuchó la orden como una voz en off mientras veía cómo Coop se abrazaba apasionadamente con otra chica. Su mirada vacía le decía que era controlado como un títere por una mente desquiciada. Cuando los besos del chico bajaron por el cuello, ella apagó la cámara y cerró los ojos con fuerza. Sabía cómo terminaba. El saber que Coop estaba involucrado le revolvía el estómago. Era tan frustrante el no haber logrado evitarlo. Intentaba consolarse con la idea de haber logrado hacer justicia por él.

—¡Ya me aburrí de sus juegos! —Herman se levantó luchando contra la fuerza de los policías, hasta lograr derrotarlos lanzándolos a diez metros de distancia—. ¡No me atraparán con vida!

—¡Campo Foo!

La hormiga no alcanzó a reaccionar cuando fue aprisionada en una bola brillante y celeste.

—No te saldrás con la tuya —le dijo Lina molesta saliendo del laboratorio—. Abusaste de cientos de personas controlándolas con un compuesto Imperio para obligarlas a tener sexo en contra de su voluntad y así generar material para vender en la Deep Web. ¡Arrestenlo!

—¡Oye! ¡Yo digo eso! —le alegó el oficial cubierto de estrellas—. ¡Llevenselo, muchachos! —le ordenó a sus oficiales.

Es así como entre dos policías se llevaron la bola rodando. En su interior, Herman intentó destruirla con todas sus fuerzas a través de puñetazos y patadas, sin resultados satisfactorios.

—¡Chicos! ¡Tienen que ver esto!

Leni ingresó de golpe a la habitación de Millie mientras los primeros rayos del sol le daban la bienvenida a aquel miércoles. La chica se colocó los lentes de inmediato para poder ponerse al tanto de aquel nuevo día. A su lado, Yang se desperezaba con tranquilidad. Millie no pudo evitar sonreír al encontrarse tan cerca del conejo. Podía sentir el aroma a humedad en su pelaje y la calidez del mismo. Podría haber completado su rutina matutina si no fuera por la insistencia de Leni por salir rápido de la habitación.

—Leni, ¿qué ocurre? —preguntó un muy confundido Yang.

—¡Rápido! ¡Vengan a ver! —insistió alarmada.

Tras un par de minutos, ambos llegaron al living, en donde Leni les indicaba con ahínco que debían mirar la pantalla. Millie se colocó una bata de dormir mientras que su pareja se colocó una camiseta y unos boxers oscuros. La pantalla anunciaba con total algarabía una noticia de último minuto.

—Un golpe periodístico realizó nuestro departamento de prensa en horas de esta madrugada —informaba una periodista con total emoción—, cuando en conjunto con el departamento de Policía de Anasatero arrestaron a una peligrosa banda que secuestraba personas, los obligaban a tener relaciones y vendían grabaciones en la Deep Web.

En la pantalla aparecieron imágenes del operativo policial. Cintas de «no pasar», patrullas, oficiales, carpas enormes y mesas con la tarjeta de «evidencia» se repitieron en bucle mientras la periodista continuaba con el relato.

—Para ello, utilizaban un Compuesto Imperio conocido como trinitrocloruro antiógeno para socavar la voluntad de sus víctimas y obligarlas a cumplir su voluntad. Se han encontrado en su poder cientos de horas de grabaciones, un laboratorio clandestino, armas de fuego, máscaras y trajes para ocultar sus identidades, equipos de edición y grabación, entre otras cosas que la policía aún se encuentra periciando.

—¿Esa no es la banda que…? —Yang intervino lanzando una pregunta que no fue capaz de terminar.

—Sip —respondió Leni con tranquilidad.

Yang y Millie centraron su vista impresionados, sin lograr comprender del todo lo que estaba ocurriendo y cómo esto no parecía afectar a la chica.

—Con razón no recordaba nada —comentó Leni sin dejar de mirar la pantalla.

—La banda se ocultaba en los viejos edificios industriales —prosiguió la periodista—, lugar abandonado a las afueras de Anasatero. En el sótano realizaban sus reuniones y organización, mientras que en los pisos superiores prepararon más de una habitación para grabar su contenido.

La noticia no solo había atrapado a nuestro trío poliamoroso. En el departamento de Burt, padre e hijo observaban con atención la noticia a través del televisor.

—Deberían demoler ese lugar —comentó Burt con voz grave antes de beber de su café.

Coop se quedó en silencio observando pasmado la noticia. Sabía que él había sido una víctima más de aquella banda. Una víctima a la que no le creyeron por el mero hecho de ser un hombre. Las bandas que ocupan hechizos y pociones no son muy comunes, ya que el común de la gente no se atreve a cruzar la línea. Al parecer se habían topado con una de aquellas atrevidas bandas.

—La banda estaba compuesta por hormigas gigantes —continuó la periodista mientras ya aparecía el rostro de Herman en la pantalla—, que eran lideradas por el empresario local Herman Garamond.

El televisor también se encontraba encendido en el hogar de los Chan. Padre, madre, hijo e hija estaban atentos a la pantalla de un viejo televisor ubicado en la cocina.

—El rico siempre aprovechándose de la gente —comentó Henry aleatoriamente.

—Por mentalidad como esa es que tu negocio no prospera —le recriminó su esposa.

—¡¿Qué?! ¿Y a qué viene eso? —explotó Henry molesto.

—Por nada —su esposa desvió la mirada—. Es solo que luego de que tu negocio quebrara en Bootsville y que ahora solo tengas ese cuchitril que llamas tienda de tecnología da para pensar.

—¿A sí? —replicó molesto golpeando la mesa y frunciendo el ceño arrugando aún más su frente—. Te recuerdo que mí negocio alimentó a esta familia cuando los niños eran pequeños. ¿Qué ha hecho tu peluquería por nosotros?

—Mi peluquería llevó a Dennis a la universidad —alegó con un dedo amenazante—, y actualmente soy yo quien trae el dinero a la casa mientras que tú estás perdiendo dinero en el bodrio de negocio que tienes.

Mientras, Dennis y Emilie observaban la escena en silencio. El chico estaba por replicar que él había llegado a la universidad gracias a una beca completa, pero no quería intervenir en la pelea.

—¡Ya basta! —gritó Emilie poniéndose de pie y ganándose la atención de todos—. ¿Es que acaso no pueden dejar de pelear ni siquiera hoy? ¡Es mi cumpleaños! —agregó con voz temblorosa y al borde de las lágrimas.

Un tenso silencio se vertió sobre la mesa. Dennis observaba con detalle la reacción de todos, intentando prever qué hacer si algo se descontrolaba.

—¿Ves lo que hiciste? —su madre se puso de pie furiosa contra su esposo—. ¡Hiciste llorar a la niña!

—¡¿Yo?! —replicó con voz aguda—. ¡Tú eres la histérica que busca excusas para pelear!

De improviso Emilie se alejó de la mesa rumbo a la salida.

—¡Espera! —Dennis se puso de pie intentando seguirla. En el umbral de la puerta se volteó hacia sus padres para buscar alguna reacción. Se decepcionó al ver que ambos se habían enfrascado en una de sus típicas peleas, sin siquiera notar su reacción.

Decidió salir en busca de su hermana.

—La ubicación y proceder de la banda fue descubierto gracias a la investigación periodística de nuestras colegas Lina Swart y Fiona Manson —sentenció la periodista desde la televisión.

Del otro lado de la pantalla, el Maestro Yo se encontraba durmiendo en su sofá reclinable. El panda se encontraba durmiendo frente a la inmensa y antigua caja televisiva rectangular. La noticia no fue suficiente para despertarlo, pero las leves pisadas de Yin sí.

—¿Qué? ¿Cuán? ¡Yin! —exclamó volteándose y verla pasar por frente de la puerta descorrida.

—¡Maestro Yo! ¿Cómo amaneció? —contestó la coneja esbozando una sonrisa fingida.

—¿Acaso vienes recién llegando? —preguntó molesto—. ¡Son las siete de la mañana!

—¡Oh no! —respondió en un tono un tanto exagerado—. Llegué anoche muy temprano, pero como usted estaba durmiendo, no quise molestarlo. De hecho ahora mismo me iba a trabajar.

La mirada inquisidora de su padre aumentó los nervios de la coneja. Un largo suspiro cortó el instante de tensión. El panda se puso de pie y se acercó a ella con las manos en la espalda.

—Yin, Yin, Yin —le dijo con suavidad—. Cuando tú y tu hermano llegaron a la academia, creí que sería tu hermano quien se terminaría perdiendo en los peligros de la oscuridad, mientras que tú mantendrías una vida recta, libre de vicios y con un futuro brillante. Realmente cambiaron de lugar.

La mirada de Yin se opacó. El ceño fruncido le regaló una mirada cargada de dureza al anciano panda.

—¿Está de broma? —alegó carcomida por la furia—. Usted sabe perfectamente que yo tenía la posibilidad de tener ese futuro brillante hasta que ¡me cortó las alas! —agregó con un dedo amenazante—. ¡Claro! ¡La familia primero! —agregó paseándose por el pasillo mientras extendía sus brazos—. No podía ir a estudiar a Timberlake porque me tenía que quedar a atender la academia Woo Foo del centro. ¡Tenía la beca en la mano por todos los cielos! —se acercó a su padre con una mirada más asemejada al odio que a otra cosa.

—Era una oportunidad crucial para dar a conocer nuestros conocimientos ancestrales a los humanos luego de la caída del muro —comentó su padre con una tranquilidad que solo aumentaba la furia de la coneja.

—¿Y qué me importa enseñarle Woo Foo a esos idiotas? —le gritó agarrándolo de los hombros—. Toda una vida relegados por culpa de sus estúpidos prejuicios, y apenas existe la oportunidad, ¿hay que enseñarles algo que no les interesa y que solo es una burla? ¡Ni siquiera puedo estudiar en la Universidad de Anasatero por ser una coneja! Y cuando por fin puedo cumplir mi sueño de estudiar Medicina afuera, vienes con tu excusa barata de la familia y que me necesitan y que me debo quedar aquí. ¡Yang pudo atender ese lugar él solo!

Lo soltó de golpe y continuó paseándose con su perorata:

—Ese sí es un idiota que no sabía qué hacer con su mugrosa vida. Este trabajo le cayó como anillo al dedo para no ser un vago. Y por cierto —repentinamente se volteó hacia su padre y se acercó peligrosamente—, ¿cambio de lugar? ¿Es en serio? Yo no lo veo tener éxito en ningún aspecto. Solo es un mujeriego fracasado que no tiene ni la menor idea de qué hacer con su vida. ¿Por qué me tenía que quedar con él?

—Tú y tu hermano son un equipo —respondió su padre con una tranquilidad impoluta. Parecía como si nada de lo lanzado por su hija le hubiera afectado ni en lo más mínimo—, y debían enfrentar esta nueva etapa juntos, y a diferencia tuya, él ha logrado rectificar su vida…

—¡¿Qué?! —le gritó interrumpiendolo—. ¿O sea no se está dando cuenta que es un maldito patán? ¡Esto es increíble!

A grandes zancadas, la coneja se ajustó su bolso y se dirigió rumbo a la salida.

—¿A dónde vas? —le preguntó su padre.

—A trabajar —contestó mientras caminaba.

Repentinamente, se volteó hacia el panda, y agregó:

—Si me hubiera dejado ir a estudiar a Timberlake, tal vez no sería la decepción que cree que soy.

Su padre estuvo por responder, pero ella se apresuró a salir de la casa dando un portazo a la salida. Solo en ese momento el panda se permitió mostrarse triste.


¡Estamos de regreso! Es un honor escribir en esta veinticincoava hora de este día único en el año. Además, extrañaba este fic luego de dos semanas de ausencia. Además se acabó Disney XD hace poco. De verdad un hito histórico que quedará en la memoria de toda una generación.