Polidrama - Capítulo 49
—Buenos días, quisiera ver al alcalde.
Me encontraba en mi escritorio a un costado de la entrada de la oficina del alcalde. Era un día ordinario escuchando el sonido de mi propio teclado mientras escribía. Repentinamente una voz amable llamó mi atención, desconcentrándome de lo que fuera que estaba haciendo.
—Buenos días, el señor alcalde se encuentra…
Alcé mi vista, encontrándome ni más ni menos que con el señor Herman Garamond. La hormiga se encontraba tan campante con sus manos tras su espalda y una sonrisa de suficiencia.
—Un momento —repliqué—. ¿No se supone que deberías estar preso?
—Pedí permiso para salir un rato y estirar las piernas —contestó con tranquilidad acercándose junto al escritorio—, pero lamentablemente no me dieron mucho rato, así que si pudiera ver al alcalde lo antes posible te lo agradecería mucho —agregó regalándome una sonrisa digna de un comercial de pasta dental.
Yo me quedé observándolo con extrañeza. Se veía demasiado confiado para alguien que acababa de caer preso producto de uno de los crímenes más bullados de la ciudad.
—Llamaré a la policía —le avisé aproximándose a un teléfono de disco que tenía en el escritorio.
—Es una opción que realmente no te conviene —la hormiga sujetó mi mano recién aferrada al fono, impidiéndome levantarla—. En serio necesito hablar con el alcalde.
Aquella mirada anunciaba peligro con todas sus letras. Me quedé observándolo por un instante con indecisión. El pato no era de recibir visitas a menos que fueran importantes y agendadas. Dudo que tan solo se le pasara por la cabeza recibir a don funa en persona.
—Mira, tengo una sola palabra que te puede convencerte a tí y al alcalde de recibirme de inmediato sin importar las ocupaciones del señor Torres —advirtió Herman—: Patoverso.
Un golpe helado recorrió mi cuerpo en un segundo. Pude ver a Herman sonreír triunfante. ¿Escuché bien? ¿Dijo Patoverso? De improviso se me olvidó hasta cómo respirar. Mientras mi cerebro buscaba alguna excusa que no me llevara a la nefasta conclusión a la que estaba llegando, Herman afirmaba con su cabeza como adivinando lo que pensaba.
—Iré a ver si se encuentra disponible —respondí con un hilo de voz.
Casi corriendo a tropezones, me dirigí al despacho del pato. Sabía que él se encontraba disponible, pero no quería ser molestado mientras jugaba Mario Kart. Entré silenciosamente mientras el pato se encontraba concentrado frente a una pantalla y echado en un sillón. Aún no me pregunten cómo manejaba el control de la play sin dedos.
—¡Pato! ¡Esto es terrible! —exclamé repentinamente sorprendíendolo como un screamer.
El pato pegó un salto de tres metros hasta golpearse la cabeza con el techo y caer como bólido sobre el sillón. El control saltó lejos chocando contra la pantalla y destruyéndola gracias a un forado que dejó el golpe.
—¡¿Qué rayos te pasa?! —bufó furioso.
—Herman está aquí —contesté nerviosa—. ¡Sabe del patoverso!
—¡¿Qué?! —el pato palideció de manera similar a cómo me encontraba yo—. ¡No vengas con esas bromas! —exclamó regresando a su furia.
—¡Hablo en serio! —repliqué con temor—. ¡Está allí afuera! —agregué apuntando hacia la puerta.
El pato le regaló un vistazo a su televisor roto antes de suspirar con resignación.
—Hazlo pasar —me pidió con frustración.
Mientras ocultaba su juego presionando un botón, yo regresé a la entrada, dejando entrar a nuestro invitado. Herman ingresó con una sonrisa confiada y sus cuatro manos tras su espalda.
—Buenas tardes señor alcalde —saludó con una hipócrita cortesía al patito mientras este se ubicaba en su escritorio.
—¡Señor Garamond! ¡Qué agradable sorpresa! —saludó el alcalde en un tono similar—. ¿Cómo lo ha tratado la penitenciaría de Anasatero?
—Un tanto fría, pero es perfecta para estos días de verano —contestó la hormiga tomando asiento—. Es por eso que he venido a dar una vuelta por el ayuntamiento y aprovechar de conversar con usted.
—¿A qué se debe su visita? —le preguntó el pato sin perder su tono irónico.
La hormiga me regaló una rápida mirada. Yo me encontraba de pie a un lado del alcalde, con las manos en la espalda y sin un ápice de retirarme. El ambiente se volvía cada vez más densamente helado. Mi corazón latía en mi garganta mientras que debía controlar mis piernas para no salir arrancando.
—Veo que continúa con su política de conservar a su asistente oyendo hasta las reuniones más delicadas —comentó la hormiga tras un par de carraspeos—, pero no importa. Tal parece que se encuentra al tanto del tema que he venido a tratar con usted.
—Algo me mencionó al respecto —respondió el patito con una mirada cargada de una tensa seriedad mientras jugueteaba con las plumas de sus alitas.
—Bien, entonces iré al grano —Herman sacó una pequeña grabadora de su bolsillo y apretó un botón etiquetado como «play» mientras la dejaba sobre el escritorio.
Lo que surgió con un audio nítido era totalmente reconocible. Era la misma conversación que hace unos cuantos días atrás tuvimos con Jacob. El secreto de los multiversos, de la existencia de otros mundos, y del Patoverso yacían desparramados a lo largo de los casi diez minutos de conversación. Pude oír mi voz tan disonante a comparación de lo que yo misma puedo percibir sin grabaciones. Oírme hablar del Patoverso me cargaba de una culpa como si hubiera revelado todo irresponsablemente por Internet. El pato se quedó quieto cuan estatua, cerrando los ojos mientras se concentraba en el audio.
Eventualmente el audio terminó. Un gélido silencio se esparció entre ambos. La hormiga esperó durante unos instantes a la espera de una reacción.
—¿Y bien? —nos preguntó recostándose sobre su asiento—. ¿Qué me pueden decir al respecto?
El pato continuaba con los ojos cerrados, concentrado en alguna clase de pensamiento interno. No me atrevía a mirar a Herman ante el temor que me arrancara algún otro secreto. Cada segundo que pasaba, la culpa se hacía más intensa. ¿Cómo podría haberse enterado? En ese momento no me cabía en la cabeza qué clase de error en la mátrix podría haber generado tamaño fallo. ¿Qué había hecho mal? Simplemente no podía pensar.
—Me gustaría conocer a ese tal Jacob Julius Chad —comentó Herman aprovechando que nos tenía atrapados—. Parece ser un sujeto agradable, por no decir poderoso. ¡Son tantas preguntas que me surgen a partir de este audio! —exclamó luego de un suspiro—. ¿Qué es exactamente el Patoverso? ¿Cómo son las otras dimensiones? ¿Por qué ustedes tienen el poder de controlar el destino de todos? Interesante, ¿no?
—¿Qué quieres? —el pato por fin habló con una voz cargada de tensión.
—La verdad, quisiera muchas cosas —respondió Herman jugueteando con su grabadora—, pero iré al grano. Quiero que usted, señor alcalde, me saque de prisión y elimine toda acusación y condena en mi contra, y quiero que lo haga hoy mismo.
—¿Qué? —el pato abrió los ojos como plato mientras yo me sorprendía a su lado—. ¡Pero si eso no depende de mí! Cometiste un delito y debes ir a la cárcel —agregó en tono autoritario apuntándolo con su alita.
—Creo que no me dí a entender bien —contestó la hormiga—. Si hoy a las nueve de la noche no me encuentro fuera de prisión, este mismo audio que acaban de escuchar será transmitido por el noticiero de ATTV a toda la ciudad, y ¿por qué no? a todo nuestro, ejem, universo. Me pregunto si las consecuencias de esta revelación serán tan catastróficas como ustedes dicen —su sonrisa maligna se instaló en su rostro.
El pato quedó con el pico abierto mientras yo intentaba ocultar un grito ahogado tapando mi boca con mis manos. Mi cerebro en aquel momento se había congelado. De alguna u otra forma Herman nos tenía bajo su manto del chantaje. Cualquier acción que pudiera detenerlo por la fuerza implicaba que el Consejo Regulador de Metaversos me hiciera picadillos. El miedo al dolor me impedía crear cualquier escenario en mi cabeza. Miré de reojo al pato, quien parecía de piedra. Intentaba controlarse mientras le buscaba una salida a esto. También era consciente del peligro que implicaba el hecho de que el secreto del Patoverso cayera en las manos equivocadas.
—Le doy una ayuda —continuó Herman ante nuestro silencio—, tienen el indulto del alcalde. Con eso, usted señor Torres, simplemente debe ordenar mi liberación y antes del atardecer podré ser libre.
—¡¿Qué?! —estalló el pato golpeando la mesa con sus alitas de goma.
—Con eso ustedes podrán liberarme sin tener que dar explicaciones —argumentó.
El pato apenas se podía creer la propuesta de Herman. Yo tragué saliva frente a las implicaciones de aquella propuesta.
—¡No voy a ocupar el indulto en un criminal como tú! —replicó el pato acusándolo con su alita incriminatoria.
—Bueno, ustedes eligen —Herman se puso de pie—, o me liberan o todo el mundo escuchará este audio en el noticiero central —agregó agitando su grabadora.
No había palabras con qué refutar su propuesta. La taquicardia se había instalado en mi interior. El patito intentaba mostrarse fuerte, pero sabía que estaba bailando al borde del abismo. ¿Qué otra salida podría existir? ¿Había alguna otra respuesta? Simplemente no podía pensar en algo más. Estábamos los dos atrapados ante las artimañas de un villano que se pasó de la raya. Por más que lo intentaba, no podía imaginarme cómo es que había llegado tan lejos. ¿En qué me había equivocado? ¿Será tal vez que yo merecía tal castigo por un descuido no recordado?
—Bien, me voy —Herman se dio la vuelta rumbo a la salida.
—¿A dónde vas? —alcanzó a preguntar el pato.
—A la cárcel —respondió con simpleza—. Desde allí esperaré su respuesta.
El pato y yo nos miramos fijamente mientras que Herman cruzaba el umbral de la entrada.
—¡Patito qué haremos! —la desesperación me cayó de golpe mientras me agarraba la cabeza.
El patito cerró los ojos con fuerza mientras agachaba la cabeza resignados.
—Para el plazo que nos ha dado, no tenemos muchas alternativas —sentenció.
—¡Pero si Herman se da cuenta que nos tiene atrapados quizás con qué cosa nos va a chantajear más adelante! —exclamé alterada.
—¿Y tú crees que nos vamos a quedar de brazos cruzados? —me recriminó el pato volteándose hacia mí al borde de las lágrimas—. ¡Claro que debemos detenerlo de algún modo!
—¡Es cierto! —exclamé ya más esperanzada—. ¡Ahora es buen momento de llamar a…!
—¡No lo digas! —exclamó con una ala incriminatoria—. Lo último que quiero es que metas tu paranoia del personaje guardián.
—Pero pato… —recriminé.
—¡Sin peros! —me gritó aleteando—. Esto es muy serio y grave. ¡No podemos hacer estupideces!
—¿Y no te parece estúpido darle el indulto a Herman? —repliqué molesta—. ¡El pueblo entero se te echará encima! ¡Serás un pato asado antes del fin de semana!
El alcalde suspiró en busca de tranquilidad para luego responder con autoridad:
—A veces un pato tiene que hacer lo que debe hacer.
El atardecer caía con lentitud sobre la ciudad de Anasatero, lugar en donde sus habitantes ignoraban que vivían al borde del precipicio. Yin se quedó durante el resto de la tarde en el hospital a la espera de noticias sobre Coop. Se encontraba más tranquila luego de las palabras de la señorita Mushroom. Le regalaron esos aires de esperanza que tanto añoraba sin saber. En el intertanto, decidió comunicarse con su hermano por teléfono tras la decena de llamadas perdidas. No quiso decirle sobre lo ocurrido con Leni puesto que no encontraba correcto hacerlo por teléfono. Incluso tenía dudas sobre si contarle los detalles. Solo sabía que su relación poliamorosa era un desastre y era su deber advertirle algún día.
El momento más tenso ocurrió en el instante en que se encontró con Fiona Manson. Vio a la chica cruzar el pasillo directamente hacia el mesón de atención. La coneja se quedó congelada ante tan repentina aparición. Solo sabía que la presencia de la chica le daba una muy mala espina. Lo sintió en el pescuezo al momento de verla. La chica habló con la secretaria y luego ella ingresó por una puerta lateral. Siguiendo más que nada su instinto, la coneja decidió seguirla a una distancia prudente.
Coop acababa de ser instalado en una habitación para la convalecencia. Aquella operación de horas se había dedicado a reajustar sus rótulas tras el accidente. El chico poco y nada era consciente de lo que había ocurrido. La tranquilidad de no saber nada y verse atendido por personas con uniforme blanco era más que disfrutable. Ya no sentía dolor. Se preguntaba cuándo podría regresar a casa y olvidarse de este día. Al ver a Fiona en el umbral de la entrada sintió que toda esperanza y tranquilidad se quebró de golpe.
De un momento a otro el chico se halló solo e indefenso frente a ella. Precisamente era lo que no quería. Pero simplemente no podía escapar de ella. Fiona era demasiado lista. En estos momentos él era su presa.
—Hola Coop —lo saludó.
Las palabras se esfumaron de su cabeza al instante de verla presente. Se sentía como un ratón en su ratonera. No podía huir. No quería estar ahí. Quería estar en cualquier otro lugar menos frente a ella. Ni siquiera podía maldecirse por estar allí.
—¿Cómo estás? —el tono maternal lanzado por Fiona era una música tentadora para bajar la guardia.
—B-b-bien —balbuceó torpemente.
La chica se acercó hasta encontrarse a un costado de la cama. El chico tenía una pierna enyesada junto con otros vendajes y curitas menores.
—Lamento mucho lo que te ocurrió —respondió Fiona—. Esta mañana estuve en tu oficina. Me dijeron que habías salido. Como no volviste a la hora de almuerzo, decidí investigar dónde podrías encontrarte. Fue así como supe del accidente y llegué hasta aquí.
El chico simplemente se enmudeció. En su interior rogaba para que Fiona se largara lo más pronto posible.
—¿Quieres que te acompañe? ¿Que le avise a tu padre? ¿Necesitas ayuda? —se ofreció la chica con voz suave.
—¡No! —se le escapó al chico con brusquedad—. Estaré bien. En serio —agregó con una falsa sonrisa.
—Entiendo —Fiona no pudo evitar soltar una mueca de tristeza—. La verdad venía para contarte algo importante, pero no sé si ahora sea el mejor de los momentos.
—Tienes toda la razón.
Aquella voz los sorprendió a ambos. En el umbral de la puerta se encontraba Yin. Tenía una mirada fiera que apuntaba directo hacia Fiona. Mantenía una posición firme con los brazos cruzados. Su cuerpo ágil y su altura le daban un aire de propiedad atemorizante.
—Será mejor que lo dejes tranquilo —lanzó Yin sin tapujos.
—Este… bueno —Fiona sintió la tensión en el ambiente. No quería forzar nada—... supongo que no es un buen momento para estar aquí. Me alegro mucho de que ya te encuentre mejor —agregó mirando al chico con una sonrisa jovial—. Te deseo lo mejor.
Sin desear confrontar a Yin, la chica agachó la mirada y se dirigió rauda hacia la salida. Yin le dio espacio para dejarla salir. La siguió con la mirada hasta verla desaparecer tras doblar por un pasillo.
—¿Te encuentras bien? —sin muros en la costa, Yin decidió entrar al cuarto.
—Tranquila, me siento mejor —el chico contestó más tranquilo. Definitivamente se sentía con mayor confianza junto a la coneja.
—Yo quiero disculparme por lo que pasó —Yin le regaló una reverencia—. Yo… me encontraba… estaba.
—No te preocupes —la interrumpió el chico—. Sea lo que sea ya pasó. Deberían darme el alta pronto. Además, no es la primera vez que me rompo un hueso, ¿sabes?
Yin no pudo menos que sonreír ante ese comentario. Coop por su parte ya sospechaba que ella era nuevamente la causante de sus dolores físicos. No podía enojarse con ella si inmediatamente después lo ayudó a quitarse a Fiona de encima. Una preocupación arribó a su mente al momento de preguntarse qué respondería si es que la coneja le preguntaba por Fiona.
Afortunadamente ella no le preguntó nada respecto de la chica rubia que había espantado. Al contrario, se ofreció para ayudarle a aminorar el dolor de su pierna. La envolvió en una especie de luz espectral color celeste claro mientras podía sentir una calidez hasta en la médula de sus huesos. Yin le regalaba una que otra sonrisa esporádica mientras se concentraba en su tratamiento. El chico no podía sentir más felicidad junto a ella. Definitivamente había sido un golpe de suerte.
Mientras tanto, afuera del hospital, Fiona caminaba a grandes zancadas con sus auriculares blancos con un cable conectado a su teléfono. Se encontraba concentrada escuchando la conversación que Coop mantenía con la coneja. Poco antes de salir, había dejado un micrófono oculto en la estructura de la cama de Coop. Desde allí podía escuchar todo lo que se hablara entre esas cuatro paredes. En general había sido una conversación inútil para ella, salvo por el pequeño detalle de que notaba que la coneja se traía algo entre manos.
Definitivamente debía saber más de ella.
Dennis bajaba por la calle en su bicicleta a una velocidad que apenas podía controlar. Había tenido un ajetreado día entre los ensayos de la obra de aniversario y unos favores que Lisa le pidió en el hospital. Apenas tenía tiempo para respirar. Lo había llamado su madre puesto que lo necesitaba en la peluquería en donde trabajaba. Desde ahí debía volar rumbo al cumpleaños de su hermana en el Centro de Eventos que sus padres arrendaron.
Se detuvo frente a uno de los tantos edificios de la estrecha calle. Cada uno de ellos se encontraba abundantemente adornados con carteles y guirnaldas con una fachada de colores estrafalarios. La peluquería de su madre en particular era de un color rosa fosforescente, con grandes vitrinas altísimas con rejas negras brillantes. Tenía un poste de barbero girando lentamente a un lado de la entrada abierta de par en par. Las puertas abiertas eran de un fornido roble recién barnizado. Los adornos de la entrada estaban tan pulidos que podían servir de espejos. Había unas cuantas macetas colgantes con helechos y aloe vera, que se convertían en verdaderas trampas para los caminantes descuidados.
El chico se bajó de su bicicleta y en un dos por tres la ató junto al poste frente de la entrada. El atardecer le regalaba un colorido vistoso a aquel barrio tradicional de Anasatero. Los adoquines en el suelo, y lo ostentoso del lugar lo convertían en un potencial centro turístico. A esta hora muchos de los locales se encontraban cerrando, y sabía que la peluquería de su madre no era una excepción.
Estaba a punto de ingresar al local cuando sintió que su teléfono vibraba desde el bolsillo de su pantalón. Al sacarlo, vio que se trataba de Millie. Lo que aumentó sus nervios era que se trataba de la décima segunda llamada en una hora. Las anteriores simplemente se habían perdido.
—¿Ocurre algo? —preguntó nervioso.
—¡Al fin contestas! —oyó la voz de la chica desde el otro lado del fono.
Millie se encontraba en la calle, en otro sector del centro de la ciudad. A su lado, se encontraba Yang llevando una pesada caja sobre su espalda. Parecía que ya el peso del objeto comenzaba a cansarlo de sobremanera, pero no estaba dispuesto a rendirse.
—Lo siento, estaba conduciendo —respondió Dennis.
—Como digas —le respondió Millie—. Necesito la dirección en donde será el cumpleaños de Emilie. Supongo que no será en tu casa, ¿verdad?
—No, ¿cómo crees? —el chico aprovechó de darle un rápido vistazo al umbral de la entrada, topándose con algo que no se esperaba—. Te mandaré la dirección por Whatsapp.
Millie estaba respondiéndole cuando cortó la llamada.
Dennis conocía a la señora que estaba saliendo de la peluquería. Podía recordar su cabello azul marino ondulado y sus pequeños ojos hundidos. Especialmente podía recordar su mirada de absoluta severidad. Al momento de sentir su mirada sobre él sintió un enorme peso sobre sí mismo.
Ambos se toparon en la entrada de la peluquería. La señora le regaló una mirada de pies a cabeza mientras que Dennis cayó en la ansiedad de su inspección.
—Me alegro mucho de que hayas venido —la madre de Dennis se detuvo en seco al encontrarse con su hijo. Tragó saliva y prosiguió dirigiéndose a su hijo—, yo... ¡Dennis! ¡Qué sorpresa!
El chico no tenía palabras con qué responder. No podía dejar de mirar a aquella extraña señora que lo observaba con una severidad al borde del odio.
—Así que él es Dennis, ¿no? —la señora se giró hacia la señora Chan con un cierto aire de desprecio.
—Así es —contestó ella con alegría—. Como ves, él creció mucho. Es mi mayor orgullo junto con mi Emilie —no pudo evitar sonreír con nostalgia.
La señora le regresó la mirada a Dennis antes de dar un par de pasos hacia la salida.
—Bien, debo retirarme —dijo volteándose hacia la señora Chan—. Espero volver a verte.
—¡Por supuesto! —contestó ella con amabilidad.
La extraña señora se ajustó su bolso de cuero y se retiró a grandes zancadas del lugar.
Dennis jamás pudo olvidar ese agrio sentimiento que le provocaba.
