Polidrama - Capítulo 50
—¿Quién era esa señora?
La peluquería de la señora Chan era pequeña y acogedora. Tenía tres puestos para atender clientes que incluía un sillón, un lavatorio, un aparador con todos sus implementos y un espejo. El piso era a cuadros blanco y negro y las paredes estaban tapizadas de pósters con toda clase de peinados y estilos. El lugar se encontraba en penumbras debido a que las luces con forma de esfera que colgaban en el techo estaban apagadas. Solo la luz del exterior lograba colarse por entre los ventanales.
Dennis podía sentir la desesperación en su mente. La extraña amiga que acompañaba a su madre lo había dejado completamente perturbado. Necesitaba respuestas para dormir tranquilo esa noche.
—Hay, no era nadie —respondió su madre con un ademán de tranquilidad—. Además, te llamé para que me ayudaras a bajar unas cosas que tengo en la bodega y que no alcanzo. No sé si me harías el favor —agregó regalándole una sonrisa fingida.
—Está bien —aceptó su hijo—, pero necesito saber quién era esa señora y de dónde la conoces.
—¿Por qué tanto interés? —cuestionó su madre denotando molestia en su voz.
Ambos se encaminaron rumbo a una habitación contigua y muy oscura. La señora Chan encendió la luz con un interruptor, mostrando un arsenal de cajas de cartón.
—Es que esa señora tiene un algo malvado, mamá —insistió Dennis con pesar—. No lo sé, no me da buena espina.
—Ay, hijo —respondió su madre en tono condescendiente mientras observaba cuidadosamente las cajas—, ¿qué te he dicho sobre juzgar a las personas por su imágen? Mira, quiero que me bajes esa caja. Cuidado, que está pesada —agregó apuntando hacia una caja oculta en un rincón de un estante.
—No es eso, mamá —insistió Dennis con pesar obedeciendo—. No es solo su imágen. Es algo más… misterioso. No puedo explicarlo realmente. Es como si ella tuviera algo… ¿familiar?
El chico ni siquiera estaba pensando en lo que estaba diciendo mientras levantaba la caja. Realmente estaba concentrando su fuerza en un gran esfuerzo mientras que sus palabras fluían solas. Ni siquiera se imaginó que su madre agarrara una revista que tenía a la mano, la enrollara y le diera un golpe en la cabeza. Este repentino ataque provocó que el chico soltara la caja que ya se encontraba cargando. Esta cayó al piso, se escuchó un estruendo metálico y de vidrio roto.
Dennis se volteó sorprendido y dolorido, siendo recibido por su madre quien lo amenazaba con la revista.
—¿Qué dijiste? —le advirtió furiosa.
—¿Qué? ¿Ah? —balbuceó el chico entre asustado y confundido. Su madre jamás había actuado así con él, y ni siquiera entendía la razón.
—Escúchame bien —lo amenazó—, no vuelvas a mencionar la existencia de esa señora nunca jamás. ¿Me escuchaste?
Dennis no fue capaz de decir una sola palabra. Más allá de asustarlo, su curiosidad se multiplicó a niveles incontrolables. Si antes esa señora era una misteriosa señora salida de la nada, ahora el propósito de su vida era saber qué escondía esa señora. Quería aceptar la promesa de su madre para salir del paso, pero su curiosidad lo congelaba. ¿Qué rayos era todo esto?
—¡¿Me escuchaste o no?! —su madre atrajo su atención de regreso al presente de un grito.
—Sí, sí —balbuceó alzando sus manos para calmarla.
—¡Y recoge eso! —le ordenó apuntando la caja que había dejado caer con el extremo de su revista—, que luego tenemos que ir al cumpleaños de tu hermana.
El chico decidió obedecer en silencio, aunque jamás pudo sacarse ese evento de la cabeza.
El ayuntamiento de Anasatero —o municipio como le decimos en estas latitudes— no solo se mantenía gracias a los impuestos de sus ciudadanos honestos, sino que arrendaba varias habitaciones del edificio como centro de eventos, reuniones, o lo que fuera que se le antojase a los ciudadanos. En una de las habitaciones más grandes era en donde se había instalado la fiesta de Emilie. Lo que en un principio era enorme y vacía habitación blanca ahora se encontraba llena de vida. Había varias mesas con comida y bebidas repartidas, un equipo de música con bocinas que cubrían toda la pared del fondo sonando y vibrando al máximo. Había serpentinas, guirnaldas y globos repartidos en cada rincón. Era tan enfermante la cantidad de globos que era imposible entrar sin haber pisado uno. También había juegos inflables, un columpio, una resbaladilla, y hasta una piscina de pelotas.
Los invitados no se habían hecho esperar. Emilie ya se encontraba en el lugar junto con varios de sus amigos, entre los que se contaban compañeros de curso, de cursos inferiores, de cursos superiores, de otras escuelas, y de cualquier otro lado que aprovecharon la ocasión de comida gratis para colarse. No los culpo, hasta yo habría hecho eso. Todos se encontraban repartidos en el lugar comiendo, jugando, corriendo o haciendo una competencia por quién reventaba más globos primero o quién se acababa el helado antes de cantar las mañanitas. Todo vigilado por Henry y alguno de los padres que también habían aprovechado de colarse en la fiesta. El señor Chan se había encargado de instalar todo el escenario para celebrar el cumpleaños de su hija. Desde el arriendo de la habitación hasta el contrato de los payasos mayordomos. Todo en un ostentoso gasto que podría clasificarse innecesario con tal de demostrar que era capaz de hacer feliz a su hija.
El atardecer caía lentamente sobre la ciudad mientras que Dennis arribaba al lugar junto con su madre. A pesar de que intentaba mantener su mejor cara, el chico jamás pudo quitarse de la cabeza esa extraña señora, ni mucho menos la reacción de su madre. No podía esperar a la llegada de la noche para finalmente poder meditar con la almohada todo lo sucedido.
El lugar ya se encontraba lleno de vida gracias a la música de fondo cuando por la entrada de puerta doble se le vió entrar a Millie. Ella era seguida por un Yang que arrastraba su pesada caja levantándola con ayuda de su poder Woo Foo. A esta altura ya se había aburrido del esfuerzo físico. Ambos se quedaron un instante de pie en la entrada, observando sorprendidos cada detalle del lugar.
—Vaya, no creí que fuera tan… —comentó Millie sin poder finalizar su frase.
—¡Guau! —exclamó Yang dejando caer la caja junto a él—. Hubiera querido una fiesta así de niño.
—¿Y quién no? —Millie se volteó para regalarle una sonrisa.
Ambos ingresaron hacia el interior de la fiesta mientras no dejaban de impresionarse por el despliegue. Millie en particular buscaba a alguien conocido para preguntarle en dónde dejar su regalo.
—¡Chiwa! ¡Payasos! —Yang dejó caer la caja mientras apuntaba impresionado hacia uno de los payasos mayordomos. Traían un traje de pinguino planchado y negro con la cara pintada de blanco, una naríz roja plástica y una frondosa peluca de colores.
—¿Pudín? —el payaso en cuestión se aproximó con una bandeja plateada perfectamente equilibrada sobre su palma derecha. Su mirada seria contrastaba con su imagen hilarante. Sobre la bandeja había una docena de unos pequeños pocillos de papel color verde agua.
—Eh… ¿si? —respondió el conejo con cierta duda sobre su frase del guión.
Acto seguido le aplastó la bandeja sobre la cara de Yang. Todo el pudín cayó sobre el conejo. Los pocillos cayeron aplastados en el suelo. El conejo quedó con el pelaje completamente cubierto de una pasta color café claro. Millie soltó un gritó ahogado mientras que el payaso lo observaba impasible con la bandeja entre sus manos. Al resto de los presentes parecía no importarle lo que acababa de ocurrir.
Yang, lejos de enojarse, soltó una fuerte y enérgica risotada. Una risotada armoniosa y contagiosa. Tal reacción sorprendió aún más a Millie que la acción del payaso. Un ataque de risa que amenazaba con lanzar al conejo al suelo.
—¡Increíble! —balbuceaba intentando contener su risa mientras se enjugaba una lágrima—. Es un golpe inesperado tras una presentación irónica —comentó ya más tranquilo—. Es una performance postmoderna basada en la mezcla de roles. ¡Eso lo hace aún más divertido!
—¿Qué? —preguntó Millie confundida.
—Tu sabes que me gustan los payasos —contestó alegre su novio mientras rodeaba con su brazo sobre el hombro al payaso—, y este ha sido uno de los mejores que me he encontrado en la vida. Dime amigo, ¿Payasotrópolis? —agregó dirigiéndose al payaso.
—Eh… Royal Woods —respondió el aludido igual de confundido.
—Este… Creo que deberías ir a limpiarte —comentó Millie aceptando que jamás entendería lo que Yang le había dicho.
—Yo tengo algo que podría servirte.
Hurgando en sus pantalones, el payaso sacó una botella que lanzaba un chorro desde su boquilla. Antes de que alguien preguntara algo, apuntó al conejo y presionó el gatillo. Una diminuta gota fue lo único que logró salir de la botella.
—Ups —se disculpó el payaso.
—Bueno, no importa —con ánimos, Yang le dió un par de palmadas en la espalda antes de soltarlo—. Preguntaré por el baño.
Un par de minutos después, Millie se encontraba paseando por el lugar en busca de ubicar su regalo que traía entre manos. A pesar del peso, para ella no había problemas en acarrear la caja entre sus brazos. Junto a una mesa que tenía unas cuantas cajas y bolsas envueltas en papel de regalo, vio pasar a un desconcentrado Dennis. Se encontraba caminando con lentitud mientras llevaba un vaso plástico con bebida en su mano. Aprovechando la oportunidad de dejar su regalo, se acercó al chico.
—Muchas gracias por darme la ubicación de la fiesta. De no ser por tí, me la habría perdido completamente —comentó con sarcasmo mientras dejaba caer la caja junto al montón.
El golpe y la voz de la chica hicieron que Dennis lograra voltearse. El chico la observó con la mirada perdida mientras procesaba lo ocurrido. A Millie pronto se le olvidaron las quejas tras ver las heridas en su rostro.
—¡Hay perdón, Millie! —el chico se golpeó con su palma sobre su rostro—. Estaba muy distraído con un tema que tuve con mi mamá en denante y se me olvidó todo…
—¿Qué te pasó en el rostro? —Millie lo interrumpió estampando su duda.
Pasó otro largo tiempo silencioso mientras el chico volvía a procesar la pregunta. Afortunadamente al momento en que comenzaba a instalarse la incomodidad, Dennis pudo contestar.
—No, no es nada —balbuceó nervioso—. Fue un pequeño problema que tuve hace algunos días, pero sin importancia —agregó rascándose la nuca.
—Okey… está bien —Millie se volteó en busca de la cumpleañera. Decidió no insistir en la pregunta puesto que sabía que si él no quería decirle, jamás lo sabría. De seguro era alguna estupidez hecha junto con Coop—. ¿Y dónde está Emilie?
—La vi junto a la piscina de pelotas junto a sus amigas —contestó el chico apuntando hacia el lugar en donde se encontraba la piscina.
La fiesta continuó con el pastel de cumpleaños y el canto del cumpleaños feliz. Aunque el pastel de chocolate no parecía alcanzar para tantos invitados, pronto todos fueron sorprendidos con cuatro réplicas idénticas. El cumpleaños de Emilie tuvo todo lo que una niña de doce años hubiera deseado en un cumpleaños: amigos, regalos, dulces, juegos, bailes y payasos. Era algo que incluso muchos adultos no se esperaban encontrar tras arribar al lugar. Luego de soplar las velitas y que los invitados se acabaran el pastel, llegó la hora de los regalos. No era sorpresa que la caja más grande sería una de las primeras en ser abierta. Había llamado la atención de todo el mundo, incluyendo a los padres de la cumpleañera. El señor y la señora Chan observaban con recelo el momento en que Millie le acercaba la caja a la niña.
—¡El proyector holográfico! —exclamó impresionada mientras lanzaba un chillido y se abrazaba con una igualmente emocionada Lily.
Millie le sonrió satisfecha al ver la reacción de la niña.
—¡No-no puedo creerlo! —exclamó emocionada dando saltos descontrolados.
—¿Entonces es tuyo? —le preguntó Lily mientras intercambiaba su mirada entre el regalo y su amiga.
Como respuesta, la niña buscó la confirmación en Millie.
—Es todo tuyo —le confirmó la chica.
La niña se volteó hacia su hermano, quien se encontraba detrás de ella observando todo.
—Bueno, ella lo compró —Dennis se encogió de hombros.
—¡Pero si es carísimo! —exclamó volviendo su vista a Millie—. ¿Cómo?
—Eso es lo de menos —Millie le sonrió.
—Es que-es que —balbuceó antes de abalanzarse a los brazos de la chica— ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! —exclamó a punto de estallar de la emoción.
Desde la distancia, Henry se aproximó a su esposa mientras agitaba levemente un vaso plástico con jugo. Ella llevaba un chal negro que ayudaba a remarcar su mirada de pocos amigos. Parecía que acabaría a cualquiera que se le acercara a preguntar por la hora.
—No me gusta que ella se luzca tanto —lanzó Henry observando la escena con desprecio.
—¿Qué se ha creído? —lanzó su esposa—. Venir aquí a humillarnos con sus regalos caros. ¿Por qué le interesa tanto nuestra niña?
—Ese proyector holográfico vale más que toda esta fiesta junta —respondió Henry apuntando primero hacia el regalo para luego apuntar hacia todo su entorno.
—No puedo creer todo esto —la señora negó con la cabeza agitando sus cachetes—. Al menos no vino el otro tipo desastroso, porque ahí sí arruinan la fiesta.
—Ajá —Henry afirmó con la cabeza.
Su esposa alcanzó a Dennis con la mirada. Lo vio con la mirada perdida en un globo flotante empujado por las ondas acústicas lanzadas por los enormes parlantes. Aquella imágen de chico distraído y desarreglado la empujó a conectar sus neuronas. Ella lo había criado. Sabía perfectamente en lo que estaba pensando.
—Oye Henry —se aferró de improviso del brazo de su esposo provocando que tirara su vaso sobre su camisa.
—¿Qué? —exclamó molesto ante el desastre provocado.
—Hoy, luego de que llamé a Dennis para que me ayudara con unas cosas en la bodega, adivina quién llegó a mi peluquería —le dijo alarmada.
—No sé, ¿quién? —respondió su esposo arqueando una ceja aún molesto.
—¡Giselle! —exclamó aterrada—. ¡Y lo peor es que Dennis se topó con ella!
—¿Giselle? —cuestionó extrañado—. ¿Qué Giselle?
—¡La única! —exclamó sujetándolo de los hombros—. ¡La que estaba casada con…!
No alcanzó a completar su oración cuando su esposo la interrumpió con una exclamación de impresión.
—¿Me estás diciendo qué…? —respondió Henry conectándose con el terror de su esposa—. ¿Estás segura?
—Completamente —afirmó con la cabeza totalmente convencida.
—¿Y dijiste que Dennis la vió? —volvió a preguntar su esposo.
—Y creo que la reconoció —contestó su esposa.
Ambos le dedicaron una mirada a su hijo al mismo tiempo, topándose con la mirada recíproca de Dennis. Ambos se percataron al instante de la extraña situación en la que se encontraban. Mirándose uno frente al otro, sujetándose mutuamente de los hombros del otro. Al verse atrapados, inmediatamente se soltaron y se voltearon en dirección opuesta fingiendo naturalidad. A pesar de aquello, los nervios se habían instalado entre ambos. Le regalaban miradas efusivas a su hijo esperando que no los viera para continuar con su conversación secreta.
—¿Estás segura que él la reconoció? —le susurró Henry por la comisura de los labios.
—No del todo —contestó ella en el mismo tono—, pero sé que al menos sospecha.
Cuando notaron que el chico había quitado su mirada de ellos, ella prosiguió:
—Lo conozco bien —dijo con preocupación—. No se va a detener hasta descubrir la verdad.
—¡Oh cielos! —exclamó su esposo con preocupación—. ¿Y qué haremos? —agregó.
—Intentaré convencer a Giselle de que se vaya de la ciudad —le dijo ella—. Así si se enteran de todo, al menos no será peligroso.
—¿Pero qué rayos se supone que hace aquí? —cuestionó Henry apenas controlando su aprehensión.
—No me quiso decir mucho —su esposa se encogió de hombros—. Solo sé que mientras más tiempo se quede aquí, va a ser peor para todos.
La mirada hacia Millie dejó de ser tan inquisitiva como momentos atrás.
Tras la repartición de regalos vino el momento de fiesta y dispersión. Yang se quedó compartiendo con los payasos y comiendo cuanta chuchería se encontraba. Aparte de Millie y el chino de la tienda de tecnología, no conocía a nadie más. Millie se encontraba más feliz junto a Emilie, mientras que no conocía tanto al asiatico como para iniciar una conversación. En el intertanto, vio entrar a la última persona que se imaginó que vería en aquel lugar.
—Miren quién se dignó a aparecer.
Yin había ingresado con sigilo al lugar cuando fue sorprendida por la espalda por su hermano. Él le tocó el hombro haciendo que por poco y ella le diera una paliza por mero acto reflejo.
—Tranquila, tranquila —respondió el conejo aguantándose la risa. Tras compartir con los payasos de la fiesta se encontraba de buen ánimo—. ¿Qué te trae por acá?
—¡Yang! —exclamó molesta—. ¿Qué haces tú aquí?
—Bueno, me colé a esta fiesta —respondió cruzándose de brazos—, y realmente valió la pena —agregó con una enorme sonrisa. ¿Y tú?
—Vengo en busca de Dennis —contestó observando en todas direcciones sin encontrarse con el chico—. Vengo del canal. La directora me despidió de la obra.
—¿Qué? —Yang quedó atrapado por la sorpresa—. ¿Te despidió?
—Y también despidió a Dennis —agregó con pesar—. Dijo que hubo un par de actores que la convencieron más o algo así. ¡Debo encontrarme con Dennis! ¡Esto no se puede quedar así! —agregó decidida.
—Hablando de eso —comentó su hermano mientras comenzaban a pasearse por el lugar—. ¿Qué fue de tí en todo el día? O sea, supe lo del Maestro Yo.
—¿Qué supiste? —Yin se volteó arqueando una ceja intentando ocultar su sorpresa. Esperaba que Yang se conformara con el simple hecho de saber que ella estaba viva y sin heridas. Por la misma razón lo había llamado durante la tarde, sospechando que se preocuparía por no aparecer en la academia durante todo el día.
—Ya pasó —Yang se detuvo de golpe, obligando a su hermana a detenerse—. Creo que discutir si debías tomar o no esa beca e irte a estudiar afuera ya no tiene sentido. Tú ya estás aquí, y nada va a cambiar el pasado.
Fue una respuesta más directa y mordaz de lo que se esperaba. La coneja desvió la mirada buscando la forma de evitar desarmarse ante una respuesta tan contundente. Repentinamente, entre el público, se encontró con la señorita Mushroom. ¿O quizás era una ilusión? Se mimetizó entre la gente tan perfectamente que podía dudar de su presencia. Su solo recuerdo le bastó para conseguir la respuesta ante tal afronta:
—No podré cambiar mi pasado, pero sí mi futuro.
—¿Tienes algo en mente? —le preguntó su hermano.
—No, pero esto no será para siempre —sentenció Yin decidida.
Como respuesta, Yang le regaló una sonrisa.
—Bueno, espero que cuando llegue ese día, no me equivoque al cuadrar la caja —le dijo regalándole una suave palmada en la espalda antes de que ambos retomaran la marcha.
—Estarás bien —contestó Yin aliviada y feliz de recordar que en el fondo siempre podría contar con su hermano.
Patitos! Unos cuantos detalles.
PRIMERO: Me he dado cuenta que he estado publicando los capítulos muy tarde (técnicamente es domingo). Espero que eso no sea problema para ustedes. Si a alguno le molesta que me esté pasando de largo con las publicaciones, me reta (reprende en chileno) por los comentarios y ahí arreglamos.
SEGUNDO: ¡Feliz día de la madre! Bueno, no sé si hay alguna madre leyendo esto, pero si ustedes son de algunos de los países que lo celebran hoy, pues ¡Vayan a saludar a sus madres! En lo que respecta a este fic, pues… mejor visiten el multiverso de regularbluejay-girl. Allí por lo menos Yin y Yang tienen una mamá que los ama. No como en Amor Prohibido en donde su madre los odia, o aquí en Polidrama o en los fics de Brick en donde es inexistente (En Los secretos del Woo Foo mencionan algo, pero aún no se sabe nada de nada).
TERCERO: ¡Capítulo 50! Increíble que este fic haya llegado tan lejos. Le quiero agradecer a todos quienes me siguen y me han apoyado en esta alocada aventura. Sé que ha sido un gran salto darle una oportunidad a esta historia que de buenas a primeras choca con una premisa demasiado inusual. ¿Cuáles fueron sus primeras impresiones tras encontrarse por primera vez con este fic? ¿Cuánto ha cambiado tras aventurarse en esta historia?
Por lo pronto, el Patoverso se reserva la celebración hasta el centésimo capítulo de Amor Prohibido (mañana publicamos el 96).
¡Un abrazo patotástico! ¡Hasta pronto!
