Disclaimer: Todo lo que aparece en el fic es de Rowling, incluidas sus contradicciones.

¡Llego! ¡Llego, llego! ¡Confirmo que he avanzado todo lo que me gustaría y que he llegado a tiempo de revisar el capítulo que publicaré el sábado. De hecho, el problema ha sido llegar a casa (y ducharme, cenar, etecé) para poder sentarme al ordenador.

Hemos cruzado el ecuador del fic justo entre este capítulo y el anterior. Curiosamente, quedó casi exacto, lo cual es paradójico, porque no lo planifiqué (y originalmente los dos últimos eran mucho más largos que los 14 anteriores, algo que cambió durante la reescritura y no porque quitase palabras de estos xDDDD). Así que nada... aquí os dejo el de hoy y nos vemos en un par de días!

¡Muchísimas gracias por las lecturas y los comentarios! ¡Abrazos!

Trigger Warning: Ataques de ansiedad.


Pesadillas

Avergonzado y sonrojado, Harry se acercó a por otro par de cervezas, enfriándolas con un hechizo antes de tenderle una a Draco, que se había sentado en el mismo sofá en el que había dormido el día anterior. Draco la aceptó con una sonrisa tímida y Harry vio que se había ruborizado también. Harry se sentó a su lado, hombro con hombro, hasta que se dio cuenta que Ernie y Justin, que comentaban algo sobre las clases de ese día, les dirigían algunas miradas curiosas de reojo. Percatándose de que estaba invadiendo el espacio personal de Draco, de manera que ambos ocupaban poco más de un sitio en el amplio sofá, volvió a enrojecer de vergüenza y se separó, lamentando tener que hacerlo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Draco con el entrecejo fruncido.

—¿Eh? —Harry, que se había ensimismado pensando en lo bien que se había sentido estar tan cerca de Draco todo el tiempo, parpadeó sorprendido, sin comprender.

—Te has apartado de repente. ¿Pasa algo?

—Yo… —tartamudeó Harry, buscando una excusa plausible antes de decidir que Draco no era tan idiota como para tragársela—, lo siento; es que me di cuenta que te había arrinconado contra el reposabrazos.

—No me había quejado de ello y es mi opinión la que debería contar en esto —constató Draco, dando otro trago a la cerveza. Parecía más sonriente de lo habitual y Harry se preguntó si era el escaso alcohol que tenía la cerveza o la suma de este con las sensaciones del chocolate y el entusiasmo por haber conseguido algunos resultados con su patronus—. Debería importarte un comino lo que piensen los demás, Potter.

—Pensé que podría molestarte que… bueno, nos mirasen.

—No me he quejado —insistió Draco en un susurro. Harry asintió y volvió a acercarse a él, pegando su cuerpo al de Draco y dejando que sus espacios personales se mezclasen—. Desprendes un calor agradable —le confesó, cerrando los ojos y apoyando la cabeza en la oreja del sofá. Unos minutos después, su respiración se hizo más regular y Harry supuso que se había adormilado.

«Tú hueles muy bien», pensó Harry aspirando disimuladamente para inhalar el aroma floral que siempre desprendía Draco, pero no se atrevió a decir nada. Draco le había confesado que le agradaba y le había permitido tomarse algunas confianzas tras arreglar las cosas después de su discusión, pero Harry no estaba seguro de que la actitud que estaba mostrando en ese momento no fuera fruto de la combinación del chocolate, la euforia y la cerveza y no quería que aquello enrareciese las cosas entre ellos cuando el efecto se le pasase.

Harry suspiró y echó la cabeza hacia atrás también, dándose cuenta que aquello quería decir que sí, Draco le caía bien, pero también le gustaba. Despertaba en él las mismas sensaciones tímidas que habían provocado Cho o Ginny. Se llevó el botellín a la boca y bebió un sorbo, notando que su cabeza tenía la sensación de ligereza que provocaba el beber varias cervezas de mantequilla, sin poder considerarse borrachera, sólo una excitación difusa.

Poco a poco el resto del grupo fue entrando y dispersándose por la sala. Draco abrió los ojos de golpe cuando Dean les llamó la atención para preguntarles si jugaban con el resto y miró a Harry, preguntándole sin palabras qué iba a hacer él.

—Hasta ahora ha sido divertido —susurró Harry con una sonrisa, animándole.

Draco asintió y se incorporó, pegándose más a Harry, con interés. Harry hizo amago de levantarse, pensando que deberían ponerse en círculo, pero Draco le detuvo poniéndole una mano en la rodilla. Sin decir nada, le señaló al resto y Harry vio que todos estaban más o menos como ellos, sentados en los diferentes sillones y sofás alrededor de la chimenea, disfrutando del agradable calor que esta desprendía. Harry se dio cuenta de que precisamente su sofá era de los más alejados de la chimenea y algunos de sus compañeros debían girarse para mirarlos.

—El juego de hoy es sencillo —explicó Dean—. Hermione ha hechizado estas cartas para que aparezcamos cada uno de nosotros. Las repartiré y, por turnos, tenemos que adivinar quién es quién. Como somos tan poquitos, no valen preguntas sobre el aspecto físico, nuestra casa de Hogwarts y cosas así de obvias.

—Podréis preguntar siempre que la persona que esté contestando diga que sí —aclaró Hermione—. Si dice que no, el turno pasará al siguiente. La persona que contesta perderá el turno si dice no lo sé.

—¿Qué me daréis si consigo acertar a alguien yo solito sin que llegue a decir que no? —preguntó Justin con aire retador.

—Si alguien lo consigue, le nombraremos rey o reina de la próxima fiesta, podrá comer y beber todo lo que quiera y decidirá la música que ponemos y el código de vestimenta —propuso Dean, arrancando una carcajada del resto, que asintieron, divertidos.

—Pero sólo el primero —matizó Justin—. No quiero compartir ese privilegio con nadie.

—Te lo tienes un poco creído, ¿sabes? —gruñó Ernie, bromeando, dando un puñetazo amistoso a Justin en el brazo.

—Me parece complicado que alguien lo consiga, la verdad —opinó Morag, ladeando la cabeza—. Pero el premio es atractivo, Justin. Voy a intentar no ponértelo fácil. Va a ser mío.

—En tus sueños, MacDougal —la retó Justin, con entusiasmo.

Dean tocó las tarjetas de su mano con la punta de la varita, susurrando un hechizo que provocó que todas saliesen volando hacia cada uno de ellos. Harry atrapó la suya antes de mirarla y ver el nombre de Michael brillar con intensidad antes de ocultarla de la visión del resto. Giró la cabeza hacia Draco con curiosidad, pero este tapó su tarjeta con expresión pícara y la escondió en uno de los bolsillos del pantalón antes de sentarse de lado en el sofá, poniéndose de cara a Harry y subiendo los pies descalzos de la alfombra al sillón. Harry se movió un poco para hacerle sitio suficiente, un poco decepcionado por verse finalmente obligado a separarse de él.

—Lo siento, no quiero molestarte —susurró Draco abrazándose las rodillas—. Es que tengo frío en los pies.

—Puedes ponerlos encima de mis piernas, si quieres —le propuso Harry en voz baja, con el corazón latiéndole con fuerza, sin saber por qué se sentía así de emocionado—. Se te calentarán más rápido.

Draco le hizo caso, pasando las piernas por encima de las de Harry, que las abrió un poco para permitirle ponerse más cómodo. Poniendo los pies entre sus piernas, los apoyó en el muslo más alejado de él. Harry sintió a través de la tela que, efectivamente, los tenía helados. Se quedó mirando la forma ya familiar de sus pies, viendo cómo se le tensaban los ligamentos cuando apretaba los dedos contra su muslo en busca de calor, el corte recto y pulcro de sus uñas y constatando la irregularidad con la que iban decreciendo sus dedos de tamaño, el segundo un poco más largo que el grueso, como el modelo griego. Eran delgados y largos, pero también lo era su pie, con lo que el resultado era similar al de sus manos: proporcional y elegante.

—Empiezas tú, Harry —dijo Dean, interrumpiendo su línea de pensamientos. Harry alzó la cabeza, sonrojándose al darse cuenta de que se había perdido un buen trozo de conversación. Miró a Draco de reojo buscando alguna pista, pero este le observaba igual de expectante que el resto—. El hechizo que ha hecho Hermione te ha marcado a ti.

Miró hacia arriba, donde señalaba Dean y vio unas chispas rojas y doradas que se desvanecían. Otras similares, de color amarillo, brillaban sobre la cabeza de Ernie. Asintió, tragando saliva e intentando ignorar que, a pesar de que Draco tenía los pies fríos, el sitio donde le estaban tocando se sentía como si ardiese y tuviese fiebre.

—De acuerdo. —Tragó saliva, nervioso. Seguía sin saber muchas cosas de Michael ya que era con el que menos relación tenía del grupo y temió fastidiar el juego con alguna respuesta incorrecta.

—¿Te gusta la cerveza de mantequilla? —preguntó Ernie inmediatamente.

—Sí. —«¿Está bebiéndola, no?», se preguntó, angustiado, resistiendo la tentación de mirar a Michael para comprobarlo.

—¿Sacas buenas notas?

—¡Sí! —«¿Sí? Bueno, es Ravenclaw. O lo era. Digo yo». Se puso más nervioso, suplicando mentalmente porque las preguntas siguiesen en aquella línea.

—¿Te gusta el deporte? —Ernie no parecía impresionado por su ansiedad, ya que disparaba las preguntas sin piedad nada más contestaba.

—Creo… creo que no. O al menos no es mi afición favorita. —Harry miró de reojo a Michael, un poco inseguro. No recordaba haberle oído comentarios sobre quidditch, ni siquiera en las comidas cuando Dean, Ernie, Morag y Neville habían comentado las fechas del primer partido de la temporada de Hogwarts.

—Turno de Draco —sentenció Dean señalando las chispas verdes que había sobre la cabeza de este.

—¡No vale! Ha dicho que cree que no —protestó Ernie con un gesto exageradamente dramático que hizo que el resto se riera.

Con una carcajada, Justin se levantó de su sillón y cogió unas cuantas botellas de cerveza ofreciendo al resto. Harry y Draco rechazaron la suya con un gesto y Justin repartió entre quienes sí habían aceptado

—Ni se te ocurra darle cuartel, Draco. No hay que dejarle ser el-Tío-Que-Venció-en-los-juegos-de-la-sala-común también. El resto merecemos nuestra oportunidad.

—Está bien —se rio este con malicia, todavía abrazándose las rodillas—. ¿Te gusta leer?

—Sí. —Esta la contestó con más seguridad. Había visto a Michael leer totalmente abstraído la noche anterior en la sala común hasta que Morag le propuso una partida de ajedrez.

—¿Y el ajedrez?

—¡Sí! —exclamó Harry, contento de poder seguir contestando preguntas.

—¿Te gusta Transformaciones?

—Eh… —«Mierda», pensó con una risita que le hizo sentir idiota por la situación, comprendiendo que no podría seguir salvándose más tiempo—. No lo sé.

—Turno de Draco para contestar —dijo Dean aplaudiendo, añadiendo con ánimo de pincharle—: Tienes que prestarnos más atención cuando hablamos, Harry. Yo sí sé cuál es tu asignatura favorita.

—Tampoco es necesario ser un lince para saber eso, Thom… Dean —bufó Draco, corrigiéndose en el último momento. Harry sonrió al escucharle—. Cualquiera que le conozca desde tercero lo sabría. O cual es la que menos te le gusta.

—Yo no sé ninguna de las dos cosas, así que tampoco es tan obvio —señaló Morag con una carcajada.

—Es porque no has compartido esa clase con él —le dijo Neville, en tono chismoso, inclinándose hacia —. Los Slytherin siempre disfrutaban mucho viéndonos sufrir en las mazmorras.

—¡No des pistas, Neville! —protestó Justin con una carcajada.

—Estaba preguntando Draco, así que como tiene que contestar, me toca a mí, ¿verdad? —preguntó Morag con timidez. Chispas azules y marrones aparecieron sobre su cabeza, confirmando su suposición—. ¿Has escogido los colores de nuestras antiguas Casas a propósito, Hermione?

—No —negó esta, encogiéndose de hombros—. El hechizo es el que utilizan en los sorteos de los torneos de ajedrez y gobstones, funciona así de serie. Cuando todos hayamos preguntado, el encantamiento vuelve a sortearnos aleatoriamente en otro orden.

—Venga, pregunta —le urgió Justin a Morag.

—¿Te gusta leer?

—No mucho. —Harry miró a Draco con curiosidad. Este había contestado con tranquilidad y su voz había sonado segura. Se preguntó quién podía haberle tocado.

Ahora que la atención estaba puesta sobre Morag y Draco, Harry se relajó, volviendo a bajar la mirada. Draco seguía con los pies apoyados encima de su pierna, pero ahora parecía más relajado. Se preguntó si ya habría conseguido calentárselos y aun así había decidido no quitarlos o si todavía sentiría frío aunque él los notase cálidos.

—¿Juegas quidditch? —preguntaba Michael. Harry cayó en la cuenta de que el turno debía haber cambiado tras la primera pregunta, dado que Draco había respondido que no.

—No. Lo siento —se disculpó Draco con una sonrisa culpable.

Observó que Draco movía los dedos de los pies justo mientras decía eso, como si realmente no se sintiese culpable, más bien parecía estar disfrutando de saber las respuestas. Harry contuvo una carcajada, fascinado por el movimiento de los dedos de Draco, intentando descubrir un ritmo o un patrón de repetición.

—Tu turno para preguntar, Harry —le avisó Hermione. Alzó la vista y volvió a ver las chispas indicándolo.

—Eh… —Harry entró en pánico de nuevo, notando la atención de todos sobre él. Ni siquiera había supuesto que podía tocarle de nuevo tan rápido y se había distraído en lugar de pensar posibles preguntas para hacer—. ¿Te gusta Pociones?

—¡No! —Draco soltó una carcajada divertida.

—Joder, Draco, dije que no tuvieses piedad, pero es que estás fulminándolos a todos —se rio Justin.

—No es mi culpa que hagan preguntas cuya respuesta negativa sí me sé —se excusó Draco con voz petulante. Harry sonrió al leer en su lenguaje corporal que se lo estaba pasando bien y se alegró de verlo tan cómodo. Unas noches antes habría sido impensable.

—Me toca —dijo Hermione, impaciente—. Creo que sé quién eres.

—¿Con sólo tres preguntas negativas? —preguntó Ernie mirándola con incredulidad.

—Es Hermione. Has ido con ella a clase, ¿cuándo no se ha sabido la respuesta a alguna pregunta? —dijo Harry, riéndose.

—¡Harry! —protestó Hermione, con una carcajada.

—Ah, no, Harry no —se burló Harry con una sonrisa maliciosa—. La culpa es tuya, te has labrado la fama solita. Además, yo siempre en tu equipo. Si no, a ver quién iba a haberme salvado el culo en tantos deberes.

—¡No seas idiota! —dijo Hermione, negando con la cabeza y riéndose a su pesar, igual que el resto del grupo—. Es bastante obvio si lo piensas, Ernie. O si conoces a esa persona. No somos tantos.

—Tienes que hacer al menos una pregunta antes de acertarlo. Y tiene que ser un sí o correrá el turno —advirtió Dean.

—Está bien. Me arriesgaré —se burló Hermione jocosamente—. ¿Te cae bien la profesora Sprout, Draco?

—¿Qué clase de pregunta es esa? —preguntó Michael fingiendo indignación—. ¡Ni siquiera sé si me cae bien a mí!

Draco empezó a mover los dedos de los pies en orden ascendente, empezando por el meñique y repitiendo el movimiento una y otra vez. Harry levantó la mirada, curioso y observó que Draco estaba pensando. Se sonrojó pensando en cómo Draco podía expresar tantas cosas diferentes a través de una parte del cuerpo en la que habitualmente no se fijaba. Sintió la tentación de tocarle los dedos y recorrer con las yemas de sus dedos los ligamentos del empeine, que se marcaban y relajaban con el movimiento.

—¿Y bien? —oyó que preguntaba Morag, impaciente.

—Estoy pensando —dijo Draco, pensativo—. No estoy muy seguro de la respuesta.

—Entonces hay que correr turno —gritó Justin triunfante, deseando poder probarse a sí mismo.

—Voy a decir que sí —le contradijo Draco con la cabeza y alzando la voz—. Creo que no me equivoco.

—¿Es Neville? —preguntó Hermione con seguridad.

—Sí —confirmó Draco con una sonrisa. Hermione hizo un gesto de victoria, mientras Neville miraba incrédulo a ambos—. Lo siento, Longbott… Neville, si me he equivocado en algo.

—Todo lo que dijiste es correcto —respondió Neville, pareciendo un poco aturdido—. Es increíble. Si hubiese sido al revés, creo que sólo habría podido contestar la del quidditch.

—Soy observador. —Draco se encogió de hombros, como quitando importancia al hecho de que sabía un montón de cosas de Neville. Harry le miró con admiración, él ni siquiera había pensado en que podría ser él a pesar de que podría haber contestado a todas las preguntas correctamente de haberle tocado a él ser Neville.

—Le toca a Michael contestar y pregunta Neville.

Escuchando de fondo cómo Neville empezaba a preguntar, levantó la vista hacia Draco, que también estaba mirándole, todavía con una sonrisa en el rostro.

—Eso ha sido impresionante —cuchicheó Harry, sonriéndole—. Yo estaba en pánico porque no sabía la mitad de mis respuestas y tú las has contestado con una tranquilidad impresionante.

—Soy observador —repitió Draco también en voz baja, esta vez ensombreciendo su rostro—. Y algunos de esos datos que sé los he utilizado para hacer daño. Tengo esa habilidad, aunque ahora lo lamente. Por eso sé que a Longbottom le gusta la Herbología y odia las Pociones o que es torpe con la escoba: era material aparentemente inofensivo que yo podía convertir en una burla que utilizar como arma arrojadiza.

—Bueno, tus conocimientos ahora han servido para que quedes bien en un juego —intentó quitarle importancia Harry.

—Debería disculparme con él también. Y con Gran… con Hermione. Con mucha gente, en realidad. Con todos los que están aquí si lo piensas bien; en mayor o menor medida todos han sufrido alguna consecuencia derivada o relacionada con mis actos. Pero no es tan fácil, ¿verdad? No puedes imponer al resto la obligación de absolverte de todos tus errores sólo porque pidas perdón y pretender que olviden todo lo que hiciste sin más. No funciona así —lamentó Draco, bajando la voz mientras hablaba hasta que casi se volvió un susurro inaudible.

—Si lo haces, creo que tanto Hermione como Neville te escuchará. Seguramente todos los que están aquí estarán dispuestos a oír lo que tengas que decirles —le animó Harry, con el corazón encogido. Podía ver en el rostro compungido de Draco su arrepentimiento sincero y el dolor que le causaba pensar en lo que había hecho durante la guerra.

—Yo también lo creo. Mejor dicho, lo sé. Todos aquí me habéis aceptado como uno más, a pesar de que no lo era. En gran parte gracias a ti, Potter. —Los ojos de Draco brillaban, reflejando el color cambiante de las llamas, que jugaba con el color de su iris, oscilando entre el gris plateado brillante de las joyas bruñidas y el gris oscuro de una nube de tormenta—. Un día de estos lo haré. Cuando reúna el valor para enfrentarme a mis propios fantasmas.

—Sé que no necesitas que lo valide, pero me parece una idea genial.

Harry le sonrió, intentando darle coraje. Draco bajó la mirada, fijándola en sus pies. Harry la siguió con curiosidad, dándose cuenta que había colocado, sin pensarlo, sus manos alrededor de uno de los pies de Draco, que se notaba fresco al tacto, aunque no tan helado como al principio. Harry se maldijo mentalmente, le gustaba tanto hablar con Draco que no se había dado cuenta de que estaba haciendo eso con las manos.

—Estás helado —se justificó Harry tímidamente, volviendo a levantar a mirada, sin separar las manos de sus pies, renuente a soltarlos.

Aunque Draco todavía tenía los pies fríos, sabía que helado era una exageración. Draco lo miraba fijamente, sonrojado y con la cabeza levemente ladeada. Avergonzado, Harry entendió que debería haberlo soltado inmediatamente, pero no seguía sin convencerse de hacerlo. El tacto frío del otro pie de Draco sobre el dorso de una de sus manos le hizo bajar la mirada de nuevo. Draco estaba acariciándole la mano con el pie, siguiendo los nudillos con el dedo grueso, lentamente. Volvió a mirarle y descubrió a Draco sonriéndole tímidamente antes de retirar el pie y colocarlo de nuevo sobre su muslo. Harry intentó controlar la respiración, excitado y con el interior de su pecho bullendo con un cosquilleo intenso. De fondo, como si estuviese ocurriendo a través de una pecera llena de agua, oyó el algarabío que le indicó que alguien había acertado.

Supuso que aunque Draco hubiese retirado el pie y pareciese tan avergonzado como él aquello había sido una especie de invitación así que, en lugar de retirar las manos, cogió el pie de Draco entre ellas y lo acarició, siendo plenamente consciente esta vez de las sensaciones que le provocaba hacerlo.

—Te toca preguntar, Harry. —Nunca le había fastidiado tanto escuchar la voz de Hermione. Levantó la vista y descubrió a todos sus compañeros mirándoles. Se volvió hacia Draco, pero este había agachado la cabeza, todavía más rojo que antes. Hermione le observaba atentamente, con una expresión inquisitiva en el rostro. Inspirando profundamente para tranquilizarse, siguió acariciando el pie de Draco asumiendo que, al fin y al cabo, todos lo habían visto y considerando que dejar de hacerlo indicaría que se sentía culpable, algo que no era cierto—. Es el turno de Neville.

—Bien. Eh… ¿Te gusta volar en escoba?

—Eso ya lo han preguntado —protestó Dean.

—¡Lo siento! Lo siento, no estaba prestando mucha atención —se disculpó Harry. Apretó el pie de Draco, sintiéndose un poco nervioso y relajándose al contacto de la piel suave del arco inferior—. ¿Juegas al ajedrez?

—Sí —asintió Neville.

—Bien. Eh… ¿Tienes mascota?

—No.

Aliviado porque el turno corriese, Harry volvió a bajar la mirada, centrándose en el pie de Draco mientras oía que Ernie comenzaba a preguntar. Intentó abarcarlo con las dos manos, cubriendo la máxima porción posible, calentándolo. Después, deslizó el dedo por el dorso, desde el empeine hasta el tobillo. Lo levantó y siguió acariciando toda la planta, mirando cómo retorcía Draco los dedos al sentir las cosquillas. Como este no protestó, Harry siguió la forma de los dedos, como si estuviese dibujándolos en un papel y, volviendo a cogerlo con las dos manos, lo masajeó con un movimiento fluido y firme.

Al oír un suspiro satisfecho de Draco, Harry levantó la vista hacia él. Este le miraba con una sonrisa plácida en los labios. Con cuidado, dejó el pie otra vez encima del muslo, centrándose en el otro y repitiendo cada uno de los pasos, mirando de reojo a Draco para cerciorarse de que seguía sonriendo. No volvió a acordarse del juego. Fue consciente de que en algún momento Draco había contestado preguntas tan distraído como él antes, pero Harry ni siquiera era capaz de recordar quién aparecía en la tarjeta que le había correspondido a él.

Afortunadamente para Harry, no llegó a tocarle el turno de nuevo. Bien porque el resto se rindiese al percibir que ni Draco ni él estaban concentrados en el juego o porque se hacía tarde y al haber adivinado algunas de las tarjetas el resto se podían suponer con facilidad, los demás dieron por concluida la sesión de juegos, recogiendo sus botellas vacías y levantándose para salir a dormir.

Draco y él también volvieron al dormitorio, caminando hombro con hombro. Entraron juntos en el baño y, mientras Harry se lavaba las manos y cogía el cepillo de dientes, Draco se puso de espaldas a él para utilizar el retrete. Harry se preguntó en qué momento del día habían adquirido esa confianza con un sentimiento mezclado de vergüenza, excitación y agrado. No es que cuando durmiese en la Torre de Gryffindor no hubiese utilizado el baño al mismo tiempo que Ron estaba por allí, pero nunca se habría imaginado hacerlo con Draco.

—Había que dejar salir los dos botellines de cerveza —bromeó Draco, mirándole a través del espejo, mientras se lavaba las manos.

Harry se agachó a escupir en su lavabo, evitando la mirada de Draco. Él también necesitaba usar el baño, pero había dado por hecho que Draco querría lavarse los dientes en ese momento. Sin embargo, creía que salir del baño y esperar a que el otro chico terminase para volver a entrar se sentiría absurdo así que, imitándole, se puso de espaldas a él para hacer pis.

Draco estaba enjuagándose la boca cuando Harry terminó y se lavó las manos una vez más. Salieron juntos del baño, empujándose entre risas para pasar por la puerta antes que el otro. Harry se dejó caer sobre la cama bocarriba, feliz. Por el rabillo del ojo vio que Draco estaba cogiendo la almohada y dirigiéndose de nuevo hacia la puerta y su ánimo se ensombreció al instante. Draco pretendía volver a irse a dormir a la sala común a pesar de que él ya sabía que lo hacía y por qué.

—No tienes por qué irte —murmuró Harry, sintiendo que la sensación de alegría y excitación que tenía en el estómago se evaporaba. Se preguntó, frustrado, como podía tener alguien la confianza de utilizar el retrete para orinar sin importarle que él estuviese dentro del baño y luego avergonzarse de sus pesadillas y pretender ocultarlas como si fuesen un oscuro secreto que esconder. Draco se detuvo en el umbral y se dio media vuelta para mirarle—. Estarás más cómodo en la cama; los sofás son confortables, pero acabarás con la espalda hecha polvo.

—No quiero molestar —contestó Draco volviéndose de nuevo hacia la puerta antes de continuar, también en voz baja y sonando triste—. Es mejor así, Potter. Créeme.

Draco salió y cerró sin hacer ningún ruido, dejándolo solo en la habitación. Harry suspiró, sintiéndose inútil, y dejó caer la cabeza contra la almohada un par de veces, sin saber muy bien qué hacer. Levantándose las gafas, se masajeó el puente de la nariz, pensando en cómo podría abordar el tema de nuevo y preguntándose si no sería mejor que lo dejase correr. Al fin y al cabo, esa mañana ya habían discutido porque él se había entrometido. Se incorporó en la cama, gateando por encima del colchón para alcanzar un trozo de pergamino y una pluma del escritorio. Sentándose a lo indio, intento evaluar una lista de ventajas y contras de seguir intentando ayudar a Draco también con ese tema.

«No quiero que se vuelva a enfadar conmigo», escribió en primer lugar, remarcando distraídamente el no.

—Sueno egoísta —pensó con pena.

«También quiero que él esté bien por sí mismo, incluso aunque eso implique que no me deje hablarle, o tocarle», escribió al otro lado, subrayando el bien varias veces.

Harry se mordió el labio. Hacer ese ejercicio nunca le funcionaba como se suponía que debía hacerlo. Cuando el psicólogo se lo había enseñado, no había terminado de comprender cómo podía distinguir qué decisión debía tomar sólo con apuntar sus pensamientos. Nunca sacaba ninguna conclusión, a pesar de que su terapeuta le había insistido diciéndole que en cualquier caso era una buena forma de plasmar pensamientos y ordenarlos dentro de su cabeza.

«Miedo», apuntó en la columna de contras, relacionándolo con una flecha con la palabra enfadar de la línea anterior. No le parecía un contra estrictamente hablando, pero era lo que más le echaba para atrás era, precisamente. Miedo a que Draco se enfadase con él y le dejase de hablar o que cosas como sentarse junto a él y tocar partes de su cuerpo desaparecieran. El día anterior no sabía que quería todo eso y de repente le angustiaba perderlo.

«Es posible que yo le guste», pensó Harry, confundido, anotándolo en la columna de ventajas. «Ha dicho solamente que le caigo bien, pero también me ha pedido que me quedase cerca de él y nos hemos sentado muy juntos mientras practicábamos el encantamiento y jugábamos. Ron también es amigo mío y no hacemos eso». Lo subrayó también, sin saber por qué estaba apuntándolo.

—Esto es absurdo, ni siquiera puede ser una ventaja —masculló, cada vez más frustrado. «Pero se ha preocupado porque no he ido a clase, a pesar de que se suponía que estaba enfadado conmigo. Y se le ha pasado el enfado antes incluso de que le pidiese perdón. En cierto modo, sí me ha dejado entrometerme», apuntó, no obstante, también bajo la columna de ventajas—. Claro que ha sido la primera vez. Me advirtió que no se me ocurriese volver a hacerlo.

«De que no volviese a espiarle, más concretamente», pensó con el estómago dándole un vuelco. Una idea se le iluminó en la mente y, tomando una decisión y rezando por no equivocarse, se levantó y abrió la puerta de su armario, cogiendo su Saeta de Fuego. Dudó un segundo antes de hacerlo, pero se convenció de que si su idea daba resultado daría igual cuántos límites sobrepasase. Y si salía mal, sólo sería un problema menor en un lío enorme. Abrió el armario de Draco, sacando la funda donde sabía que estaba guardada su escoba. Hizo un rebujo con la Capa de Invisibilidad y cogió su varita y el Mapa del Merodeador antes de salir de la habitación en dirección a la sala común.

La puerta de la sala común volvía a estar entreabierta igual que la noche anterior, lo que reafirmó el propósito de Harry. Consideró que si Draco realmente hubiese desconfiado sobre sus intenciones tras la discusión podría haber cerrado la puerta fácilmente con un hechizo que le impidiese entrar o le avisase en caso de que lo hiciese. Así que o bien confiaba en que no iba a espiarle de nuevo o bien no le importaba cederle el paso otra vez. Rezó para que fuese lo segundo. Dio dos golpes secos en la puerta antes de entrar en la sala, advirtiéndole de su presencia.

—Hola, Draco —le saludó con timidez, con el estómago retorciéndose de ansiedad y preocupado por su reacción.

Draco estaba sentado en el mismo sofá de siempre, con los pies encima de los cojines y abrazándose las rodillas. Suspiró al oírle, pero no le echó inmediatamente. Harry lo consideró una buena señal. Tragando saliva, dejó las cosas encima de una de las mesas y se acercó con cautela, todavía inseguro de cuál iba a ser su reacción.

—Me estaba preguntando cuánto tiempo tardarías en aparecer, Potter —le dijo Draco con voz seria, volviéndose para mirarle por encima del respaldo—. Sabía que no podrías dejarlo pasar.

—Te prometí no volver a espiarte, pero esto es diferente —se apresuró a aclararle Harry mientras se sentaba con las piernas cruzadas en el otro extremo del sofá, enfrente de él, lamentando la distancia entre ambos a diferencia de un rato antes—. No te enfades, por favor. Me iré enseguida si quieres.

—Es obvio. No vienes escondido. —Harry se sintió más seguro de tener razón y comprendió que su impresión de que Draco realmente estaba esperando que fuese allí era correcta—. No estoy enfadado, está bien por mí si quieres estar aquí.

—Genial —sonrió Harry, queriendo leer entre líneas en su invitación a quedarse con él en la sala común algo más que una simple tolerancia hacia su presencia.

—¿Esa es mi escoba? —preguntó Draco, con los ojos entrecerrados, señalando hacia lo que había dejado encima de la mesa.

—Sí. Tengo una propuesta que hacerte.

—No, Potter. —Draco resopló antes de volver a negarse con rotundidad—. Estás como una cabra. Ni de coña.

—Ni siquiera has oído lo que quiero proponerte —dijo Harry, un poco desilusionado por ver su idea descartada antes de tiempo.

—¿Salir a volar en escoba, quizá? —preguntó Draco con sarcasmo.

—¡Sí, pero hay más! —dijo Harry, intentando hacerse escuchar.

—Está bien —se resignó Draco con un suspiro—. Te escucho.

—Gracias. —Harry era consciente de que estaba sonriendo como un niño pequeño, pero no le importó. Con un escalofrío, se dio cuenta de que a pesar de que no hacía tanto que habían abandonado la sala común, el fuego de la chimenea estaba prácticamente consumido y empezaba a hacer frío—. Deberías avivar la chimenea o tendrás frío cuando te eches a dormir.

—Lo haré luego, Potter —dijo Draco con tono cáustico, poniéndose más serio.

—Anoche no lo hiciste —recordó Harry, frunciendo el ceño—. Y antes de anoche tampoco. Tuve que avivar yo el fuego y poner hechizos calentadores porque la sala estaba congelada.

—¿Qué hiciste qué?

—Estabas muerto de frío —explicó Harry, un poco desconcertado porque Draco había fruncido el ceño y parecía enfadado a pesar de que había dicho que no lo estaba—. Te toqué y estabas helado.

—Eres un entrometido, Potter —soltó Draco, malhumorado, con la voz rota.

—No seas idiota —protestó Harry, todavía confundido por su reacción—. Ya he pedido perdón por eso y volveré a pedírtelo porque realmente lo siento, pero estabas congelado e ibas a pillar una pulmonía. El otro día ni siquiera tenías mantas, habían perdido la transformación mientras dormías. No puedes pedirme que no hiciese eso, hubiera sido inhumano. La gente puede morir de hipotermia, ¿sabes?

—No seas dramático, nadie va a morirse por no encender una chimenea dentro de un castillo —dijo Draco, que se había puesto muy pálido y evitaba la mirada de Harry, parpadeando rápidamente.

—Y una leche que no, Draco. Por algo calentamos los lugares donde vivimos, no me jodas. No tiene sentido.

—Que te jodan, Potter —le espetó Draco, abrazándose más fuerte las rodillas y enterrando el rostro entre ellas.

Harry lo miró, confuso y dolido, preguntándose en qué momento se había torcido la conversación. Había contado con que Draco no se molestase cuando apareciese por allí. Admitía que quizá había esperado un poco más de entusiasmo por su parte acerca de la idea de ir a volar, pero podía haber gestionado eso si le hubiese dado alguna oportunidad. Sin embargo, Draco se había cerrado totalmente en banda, sin darle opción a explicarle los detalles de su plan sólo porque parecía molesto porque Harry había calentado la sala común las noches anteriores.

—No sé qué he hecho mal —musitó Harry, triste—. Me niego a pensar que no dejar que te congelases hasta los huesos sea la razón por la que estás enfadado ahora, cuando esta noche no has tenido inconveniente en que te ayudase a calentarte los pies.

Draco sollozó ahogadamente con fuerza detrás de sus rodillas y Harry dejó de hablar, impresionado al oírle. Había podido vislumbrar la vulnerabilidad de Draco durante los días de atrás. En cierto modo, esa vulnerabilidad era la que le había animado a acercarse a él, a verlo más humano, a comprenderlo y apreciarlo con sus defectos y virtudes, pero no lo había visto derrumbarse de esa forma en ningún momento... salvo en sexto curso. La pena embargó el pecho de Harry, oprimiéndoselo dolorosamente. Consciente de que se le estaba escapando algo importante en todo aquello, Harry descruzó las piernas y se arrodilló en el suelo frente a él, intentando verle la cara. Draco se abrazó más fuerte las rodillas, estremeciéndose de frío. El sonido asfixiado de la respiración de Draco le resultaba angustiantemente familiar.

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno, Draco —lo llamó Harry con suavidad—. No estás ahogándote en realidad, aunque sea una sensación horrible. Si me miras e intentas centrarte en mi voz, puedo ayudarte a respirar.

Probablemente, Draco no iba a comprender qué significaba aquello, pero a Harry no le importaba. Podía identificar un ataque de ansiedad a la perfección. La primera vez que había tenido uno tras una pesadilla había sido el detonante para acudir a un psicólogo. El segundo había sido en medio de la consulta de su terapeuta mientras rememoraba su infancia y había aprendido algo importante ese día. Esperó conteniendo la respiración, contando los segundos, hasta que Draco levantó la cabeza, con las mejillas marcadas por las lágrimas, todavía intentando coger aire sin éxito.

—Dime cinco cosas que veas. No las pienses, no elijas. Sólo nómbralas. —Volvió a contener la cabeza. Draco lo miraba con los ojos desorbitados, cada vez más angustiado—. Puedes hablar, aunque tu cerebro te diga que no. Cinco cosas que veas, Draco.

Draco le miró con los ojos desorbitados, sin verle realmente, intentando coger aire desesperadamente. Harry lo vio cerrar los párpados con fuerza. Tragó saliva, angustiado, rezando porque Draco pudiese oírle y reaccionar. Sabía a ciencia cierta lo complicado que era sobreponerse a la sensación de ahogo y a la presión del pecho que amenazaba partirlo en dos.

—Chimenea… —dijo finalmente al cabo de unos segundos con un hilo de voz—. Sofá… alfombra… ajedrez… a ti.

—Muy bien —le felicitó Harry, forzando una sonrisa. Draco dejó de respirar unos segundos, dejando escapar un sollozo, pero no agachó la cabeza—. Cuatro sonidos que puedas escuchar.

—Tu voz. —Harry asintió, satisfecho al notar que jadeaba menos—. El chisporroteo… de los rescoldos. El castañeo… el castañeo de mis dientes.

—Otra más —le animó Harry.

—El crujido de las ventanas. —Los ojos de Draco parecieron enfocarle. Harry intentó sonreír tranquilizadoramente para animarle.

—Perfecto. Tres cosas que puedas sentir —continuó Harry. Draco temblaba como una hoja, pero parecía respirar con más facilidad—. No pienses, sólo dilas.

—El sofá. Tus manos en… en mis pies. —Harry bajó la vista, percatándose de que, efectivamente, tenía sus manos encima de los pies de Draco—. La tela de mi pantalón.

—Dos que puedas oler, Draco.

—El humo de la chimenea y cerveza de mantequilla —contestó Draco con más determinación, parpadeando. Todavía tenía lágrimas en las mejillas, deslizándose en reguero y temblaba, pero su voz parecía más firme y segura.

—Lo estás haciendo muy bien, Draco. Una que puedas saborear.

—Esa es fácil. —Harry sonrió más ampliamente, viendo que Draco apenas temblaba y podía respirar con facilidad—. La mandrágora de mi boca.

—¿Te encuentras mejor? —Draco se quedó en silencio, respirando cada vez más lentamente. Cerró los ojos, inspirando con fuerza. Harry lo imitó, recordando lo angustiosa que era la sensación de no poder llenar los pulmones.

—Sí. ¿También aprendiste eso con tu psicólogo muggle? —respondió al cabo de unos minutos, rompiendo el ominoso silencio de la sala. Harry asintió, contento de que pudiera hablar—. Me habría venido bien en más ocasiones de las que me gustaría.

—Ahora que ya lo sabes, puedes utilizarlo siempre que lo necesites. ¿Está bien si subo la temperatura? Estás temblando.

Draco asintió, intentando contener la tiritona de su cuerpo. Se limpió las mejillas con las mangas del pijama y volvió a esconder la cara en las rodillas. Todavía respiraba un poco agitado, pero estaba mucho más calmado y había dejado de llorar. Harry hizo un hechizo calentador potente y continuó hablando.

—Lo siento mucho, Draco. No pretendía echarte eso en cara. Si te he acariciado los pies, lo he hecho con la mejor de las intenciones y con mucho gusto. En serio. —Para reafirmar sus palabras, Harry le acarició el dorso de los pies, rozándolos con las yemas de los dedos y sintiéndolos helados de nuevo. Metiendo los dedos entre el cojín y sus plantas, intentó abrazarlos cubriendo la máxima superficie, prestándole su calor. Sabía que lo que iba a decir iba a sonar un poco desesperado, pero no le importó—. Perdóname una vez más. Soy un entrometido y, si quieres que seamos amigos, seguramente vas a tener que disculparme por serlo muchas veces más. Te juro que no lo hice para hacerte sentir molesto, en deuda o lo que sea que te haya molestado. Sólo pensé que estaba haciendo lo correcto.

»Sé que he prometido preguntarte en lugar de entrometerme, por eso he llamado a la puerta antes de entrar y te he intentado dar la oportunidad de elegir si querías que me marchase. Lo haré ahora mismo si lo deseas, de verdad. —Harry guardó silencio unos segundos, deseando que no le pidiese que se fuera, pero Draco no respondió—. No te enfades, por favor, la otra noche aún no te había preguntado y no sé qué hice mal al arroparte. Por eso te pregunto ahora. Puedes contármelo.

—No estoy enfadado contigo. —La voz de Draco sonaba amortiguada y temblaba. Harry sintió alivio al oírle hablar de nuevo—. Tú no tienes la culpa.

Harry le acarició el dorso de los pies con los dedos pulgares, los únicos que podía mover, en un gesto consolador. Draco permaneció en la misma posición unos minutos más. Finalmente, levantó la cabeza, mirándole con los ojos todavía rojos, pero secos.

—Me gusta que hayas venido detrás de mí. No vuelo en escoba desde hace meses. Considero que eres un pesado entrometido e inaguantable —susurró Draco, todavía con la voz tomada.

—La segunda —dijo Harry con seguridad, sonriendo al ver que retomaba el juego una vez más.

—Fallaste —dijo Draco forzando una sonrisa breve para corresponderle.

Harry perdió la sonrisa, creyendo que Draco estaba pidiéndole que se fuera. Retiró las manos, inmediatamente, pensando que quizá estaba asaltando un espacio que Draco no deseaba ver invadido, pero Draco se soltó las rodillas y estiró las piernas, apoyando los pies en su regazo, lo que hizo que Harry le mirase con duda, confuso por la situación. Draco seguía serio, pero su mirada era amable y tenía un brillo travieso.

—La tercera —le explicó Draco. Harry levantó las cejas, sorprendido, y Draco resopló en un conato de risa—. Sólo te lo digo porque me sale hacerlo así. A veces me da miedo que la gente se preocupe por mí. Estoy acostumbrado a que me satisfagan cualquier capricho como ropa, alimento o similares inmediatamente, pero no a que… me hagan mimos o estén pendientes de mí; así que reacciono protestando o burlándome, pero no es una queja real, porque en verdad sí me gusta. Es difícil quitarse hábitos de toda una vida.

Sonriendo con alivio, Harry volvió a sujetar sus pies, todavía en su regazo y siguió acariciándolos como había hecho durante la asamblea del grupo. Entendía que, por la razón que fuese, para Draco había sido importante que lo tocase así y que esa era su forma de invitarle a seguir haciéndolo, así que lo hizo sin dudarlo. Harry se preguntó si Draco estaría dispuesto a dejarse coger de las manos o de la cintura y sintió un ramalazo de excitación sólo de pensarlo.

—Yo tampoco estoy muy acostumbrado, no te creas —confesó Harry al cabo de unos instantes—. Pero asimilo rápido. Tuve que aprender a dar y recibir cariño físico de Hermione y Ron cuando los conocí en Hogwarts, porque mis tíos nunca lo hicieron, me despreciaban demasiado. Supongo que mis padres me abrazarían y besarían durante mi primer año de vida, porque sé que me querían con locura, pero el primer abrazo que recuerdo me lo dio Hermione en un arrebato, allá por primer año. Ron no es muy cariñoso, no de esa manera, es más de dar palmadas en la espalda y esas cosas, pero tanto él como su familia siempre se han esforzado por hacerme sentir querido y se preocupa por mi bienestar todo el tiempo.

—Necesitaré que me enseñes a mí, entonces. Así podré corresponderte yo también —le pidió Draco con voz queda. Harry sintió que el pecho se le llenaba de mariposas al oír aquello, porque significaba que Draco no sólo quería recibir afecto por su parte, sino que también estaba dispuesto a dárselo—. En mi familia mi madre es algo más afectuosa, pero mis padres fueron criados en un entorno donde las apariencias lo son todo y no puedes mostrar abiertamente tus sentimientos. Menos aun cuando un mago tenebroso aprovecha cualquier debilidad tuya para torturarte o castigarte.

—Es curioso las semejanzas que compartimos para haber parecido completos antagonistas, ¿verdad? —Harry incrementó su lista de cosas que tenía en común con Draco. Este asintió con un resoplido—. Aprenderemos juntos, entonces. No te preocupes por eso.

—Y… yo te debo una explicación, creo —musitó Draco, contrito.

—No es necesario que me la des si no quieres —dijo Harry que, aunque sí le gustaría recibirla, realmente no creía necesitarla. Le bastaba saber que Draco ya se encontraba mejor.

—Sí quiero. Confío en ti, aunque a veces haga o diga idioteces.

—Eso es algo más que caerte bien. —Harry lanzó tentativamente la pulla, sintiendo un poco de vértigo ante el riesgo de que Draco se asustase.

—Sí, lo es —sonrió Draco antes de ponerse serio de nuevo—. Apago el fuego y dejo que la temperatura baje porque es única manera que conozco de no tener las peores pesadillas que vienen a mi cabeza durante las noches. Si estoy despierto no me pasa, pero si tengo calor mientras duermo entonces acuden a mí. A más calor, más intensas y vívidas son. En casa utilizaba hechizos enfriadores en mi cuarto. En verano es todavía peor, porque hace mucho calor en Wiltshire y tengo que renovar los hechizos enfriadores durante la noche ya que si el efecto pasa mientras duermo, las pesadillas vuelven para torturarme con saña.

»Aquí, en nuestro dormitorio de Hogwarts no hay chimenea, así que los elfos lo mantienen caliente durante todo el día y también por la noche. Suficiente para que las pesadillas aparezcan, estoy seguro. Enfriarlo contigo dentro no me parecía una opción muy viable, sobre todo porque me fijé la primera noche en que tú duermes en calzoncillos y, como mucho, una camiseta. En cambio, no mantienen los hechizos calentadores en la sala común durante la noche porque se supone que no estamos aquí. Basta con dejar que la chimenea se apague para que la temperatura descienda —concluyó Draco con un tono amargo.

—Tiene sentido —asintió Harry. Draco enarcó una ceja, interrogante—. Tu pesadilla tiene que ver con el incendio de la Sala de los Menesteres, de alguna manera tu subconsciente se dispara cuando percibe calor.

—¿Cómo sabes que sueño con la Sala de los Menesteres? —preguntó Draco desconcertado.

—Hablas —confesó Harry con sinceridad, deseando que Draco no volviese a enfadarse, aunque pensaba que ya era poco probable que ocurriese—. La primera noche no lo supe porque no hablaste, quizá porque como has dicho no subí lo suficiente la temperatura, pero la segunda sí la ubiqué. Tu pesadilla recrea el momento exacto en el que volví a por ti en medio del incendio.

—Sí. Así es. Bueno… en realidad… la cosa es que no siempre vuelves a por mí en la pesadilla. El fuego de Vincent lo consume todo, huelo el humo, siento el calor y tengo que salvar a Greg. La angustia me invade. Suelo despertarme justo antes de morir, si la temperatura desciende lo suficiente o algo así. —Draco parpadeó, pareciendo confuso—. Sin embargo, cuando sueño con eso en concreto al despertarme suelo estar empapado en sudor, me duelen las manos y noto los músculos cansados y entumecidos. Por eso procuro evitar que esa pesadilla aparezca por todos los medios, pero no recuerdo que eso haya pasado ayer o antes de ayer.

—Avivé la chimenea, hice hechizos calefactores y cuando entraste en calor, empezó la pesadilla. Lo siento —se disculpó Harry una vez más, compungido por haberle provocado esa angustia a Draco—, no lo había relacionado hasta que lo has contado ahora. Pero se te pasó enseguida las dos veces.

—¿Sí? —Draco frunció el ceño, reflexionando—. Es raro. No recuerdo que me haya pasado nunca, suele ser muy vívida y al día siguiente me acuerdo de todo. Cuando hablaste de pesadillas, pensaba que hablabas de las pesadillas normales, no de esa en concreto. No es que sean buenos sueños, claro, pero en comparación con la del incendio parecen una tontería. Por eso te dije que realmente no sabías de lo que hablabas cuando comentaste que todo el mundo tiene pesadillas.

—Yo… Te toqué, intentando despertarte —le confesó Harry en voz baja—. Tú cogiste mi mano y la agarraste con fuerza. Creo que en ese momento tu mente interpretó que te había subido a la escoba, porque dijiste que había vuelto o algo así. Después, te relajaste.

—¿Agarré tu mano y acto seguido me calmé? —preguntó Draco, pensativo.

—Sí. La primera noche tardaste un par de horas en soltarla. La segunda… bueno, acabé quedándome dormido en el suelo.

—¿Dormiste en el suelo porque yo te tenía cogido de la mano, Potter?

—La pesadilla se te pasó muy rápido las dos veces que lo hice —Harry asintió, avergonzado. Temiendo que volviese a enfadarse, añadió—: Hermione tenía menos pesadillas cuando dormía con Ron. Soñaba que Bellatrix la torturaba, pero que Ron estuviese a su lado ayudaba a que no fuese tan frecuente ni tan intensa.

—¿A ti también te funcionaba? Que te cogiesen de la mano o durmiesen contigo.

—Yo no tenía nadie con quien dormir —admitió Harry con una mueca incómoda.

—¿La chica Weasley?

—Qué va —resopló Harry, sin muchas ganas de dar explicaciones. Draco tampoco parecía esperarlas, porque asintió sin más—. No… no volví con ella tras la batalla. Si estaba en La Madriguera compartía el cuarto con Ron, que me despertaba, pero su consuelo no me funcionaba. Quizá porque me despertaba del todo y por eso podía recordar la pesadilla con detalles. No es que la pesadilla cambiase a un sueño más tranquilo como pareció ocurrirte a ti las dos noches pasadas. Además, en Grimmauld Place estaba solo, porque Kreacher no contaba.

—¿Qué… qué soñabas? —preguntó Draco con timidez y curiosidad.

—Con la voz de Voldemort ordenando la muerte de Cedric y él cayendo como una marioneta sin hilos, desmadejado, frente a mí. Con Ron desangrándose por una aparición mal ejecutada mientras huíamos el último año de la guerra. Hermione siendo torturada en tu casa. Sirius atravesando el velo tras ser alcanzado por un hechizo. El fantasma de Remus juzgándome porque por mi culpa no puede criar a su hijo… —enumeró Harry, sintiendo que se lo debía. No dejó de acariciarle y calentarle los pies, observándole mientras hablaba—. A veces todavía tengo pesadillas, pero cada vez son más escasas y menos vívidas.

—¿Cómo lo conseguiste si Weasley no pudo ayudarte?

—Hacía ejercicio físico. Mi psicólogo me aconsejó cansarme para poder dormir más profundamente y descansar mejor. Funcionó, aunque creo que el hecho de aceptar que no todas las cosas que ocurrieron fueron culpa mía y perdonarme las que sí lo fueron tuvo muchísimo que ver también. —Se quedaron en silencio. Harry dejó que Draco digiriese toda la información.

—Gracias, Harry —susurró Draco al cabo de un rato—. Por consolarme estas noches de atrás.

—No es nada. —Harry se dio cuenta de que era la segunda vez que le llamaba por su nombre en ese día. No le había dado importancia a la primera porque había sido en un momento de emoción, aunque sospechaba que Draco hacía un esfuerzo por llamarle Potter intencionadamente, pero esta había sido totalmente consciente. Parpadeó para evitar las lágrimas de emoción, no quería quedar como un tonto por un detalle tan nimio—. Por eso había pensado en hacerte una propuesta cuando he visto que volvías a dormir aquí.

—Hacer ejercicio para cansarme.

—Tienes que escucharme —se quejó Harry con un mohín.

—Es verdad —se rio Draco, asintiendo—. Te escucho.

—Duerme en la habitación —le pidió primero Harry—. Estarás más cómodo y yo ya sé que tienes pesadillas, no iba a descubrir nada nuevo. Te iba a proponer que, si tenías pesadillas, me levantaría a despertarte para que no tengas que pasarlo mal. Tampoco me importa si quieres enfriar la habitación ahora que sé esto, puedo echarme encima un par de mantas extra, pero creo que eso deberías dejarlo únicamente como último recurso, si no funciona nada más. Déjate ayudar, Draco.

—Ya me ayudas en muchas cosas, Potter —protestó Draco sin mucha convicción. Harry estaba seguro de que, en su interior, ya había aceptado la propuesta—. En algunos momentos me siento una carga.

—Tú también me estás prestando ayuda. Además, estoy seguro de que podré contar contigo si necesito más en el futuro.

—Por supuesto —se apresuró a contestar Draco.

—No me importa levantarme a cogerte la mano si eso ayuda y hace que no sea necesario despertarte para que se te pase la pesadilla. Y sí, también iba a proponerte volar. Más ahora que me has dicho que hace meses que no lo haces, porque sé que te gusta tanto o más que a mí.

—No tienes por qué cogerme de la mano, Potter —le reprendió Draco sin muchas fuerzas.

—Tengo tus pies en mis manos —le dijo Harry con sorna apretándole la almohadilla de la planta con los pulgares—. ¿Te vas a poner quisquilloso a estas alturas?

Draco negó con la cabeza, sonriendo más abiertamente. Harry se sintió satisfecho, sabiendo que había sido capaz de derrumbar cada una de las absurdas defensas que Draco había levantado a su alrededor y que por fin este iba a dejarse ayudar por él sin ambages.

—Eres insufrible, Potter.

—Tú más, imbécil. —Harry sonrió más ampliamente, disfrutando de su victoria.

—Está bien, tú ganas. —Draco levantó las manos, en un gesto de rendición—. Cuéntame tu plan para salir a volar en escoba y conseguir que McGonagall nos expulse a ambos del colegio.

—Eso no ocurrirá —le aseguro Harry, levantándose para coger la Capa de Invisibilidad y el Mapa del Merodeador. Draco se levantó tras él, curioso—. Tengo un plan.


NdA. El método 5, 4, 3, 2, 1 es MUY efectivo. No me lo he inventado yo ni es ficción. Un dato útil que puede ayudaros en una situación difícil o si os encontráis en la posición de Harry. A veces no sabemos qué hacer durante un ataque de ansiedad (propio o ajeno). Lo más vital: darle al cerebro algo que hacer, que pueda enfocarse en otra cosa. Y el 5, 4, 3, 2, 1 es rápido y eficaz.