Disclaimer: Todo lo que aparece en el fic es de Rowling, incluidas sus contradicciones.
Bueno, yo aviso de que hoy toca un capítulo de transición. Harry y Draco se merecían unas palabrejas de relax jajaja.
¡Muchísimas gracias a todas por las lecturas y los comentarios! ¡Abrazos y besos!
Trigger Warning: Referencias bastante explícitas a situaciones sexuales, nada demasiado explícito (aún).
Vuelo nocturno
—Draco, te voy a tener que pedir que guardes un absoluto secreto sobre lo que te voy a contar ahora, ¿de acuerdo? Sólo lo conoce un puñado de personas de entre las que sobrevivieron a la guerra y más de la mitad son Weasley —le advirtió Harry muy seriamente.
—De acuerdo —asintió Draco, dejando traslucir todavía más curiosidad en el rostro.
—Ya conoces la existencia de la Capa de Invisibilidad —dijo Harry en tono de burla, arrojándosela.
—Como para no —ironizó Draco, sosteniéndola entre sus manos y examinándola intrigado. Harry recordó cierto incidente relacionado con bolas de nieve y se sonrojó pensando que, precisamente, aquel fue el primer día que había utilizado el Mapa del Merodeador—. Te he visto usarla en un par de ocasiones. Se conserva excepcionalmente bien tras todos estos años.
—Es uno de los recuerdos que tengo de mi familia, la heredé de mi padre. Ha ido pasando de generación en generación desde hace siglos.
—Eso es absurdo, Potter. El pelo de demiguise va perdiendo lustre y las capas van haciéndose opacas, por buenas que sean.
—Esta no —negó Harry con los ojos brillantes y una sonrisa pícara—. Es la Capa de la Muerte, la de la leyenda de los tres hermanos. De hecho, las tres reliquias son reales.
—¿En serio me estás diciendo que los cuentos de viejas son reales? —resopló Draco, examinando la capa con renovado interés. Harry se sintió satisfecho al ver que le creía sin reservas y sin necesidad de más explicaciones.
—Supongo que no es tal y como lo cuenta la leyenda pero sí, los tres objetos existen. O existían. Voldemort consiguió la piedra a través de su propia familia materna, Dumbledore tenía la varita y yo la capa, pero es todo un poco enrevesado. Si te interesa el tema te lo cuento otro día con más tiempo, ¿de acuerdo?
—Te tomo la palabra —asintió Draco, impresionad, todavía inspeccionando la capa y estudiando el tejido con los dedos—. ¿En qué se diferencia de una capa de pelo de demiguise? Aparte de no perder efectividad, quiero decir.
—No le afectan hechizos de revelación y tampoco obedece a los encantamientos de invocación. Creo que el ojo de Moody podía detectar que había algo, pero no sé exactamente cómo o qué veía— explicó Harry.
—Bueno, creo que tu plan acaba de bajar unos cuantos puntos en la escala de locura; no eres tan osado como yo pensaba, Potter —bromeó Draco, sonriendo.
—Cualquier diría que estás decepcionado.
—No soy yo quien vagaba por los pasillos del castillo con una cría de dragón cuando estaba en primero. Te precede la fama que te has labrado.
—Dragona, concretamente. Ya tenía la capa en ese entonces pero me la olvidé en la torre cuando por fin se llevaron a la cría y por eso nos pillaron. —Harry sonrió, nostálgico, recordando a Norberta y aquella aventura en concreto—. Y te recuerdo que aquel día tú también acabaste castigado, no soy el único que pululaba por los pasillos durante el toque de queda.
—Touché —admitió Draco con una carcajada.
—Si caminamos juntos y con cuidado cabremos los dos, así que será complicado que nos descubran. Pero hay algo más—añadió Harry con tono triunfal extendiendo el pergamino del Mapa del Merodeador encima de la mesa entre los dos—. Este es otro de los recuerdos de mi padre, mi padrino y Lupin.
—¿El profesor? —preguntó Draco para asegurarse.
—Sí. Lo crearon ellos cuando iban al colegio.
—¿Qué es? —Harry sonrió al darse cuenta de que el hecho de que Draco se hubiese criado como mago influenciaba en su reacción. No sólo le había creído inmediatamente acerca de la capa. Donde un nacido de muggles habría señalado que el mapa sólo era un pergamino, Draco daba por hecho que había magia involucrada en el asunto y se mostraba mucho más receptivo.
—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas —recitó Harry, tocando el pergamino con la punta de la varita que se desplegó ante ellos—. Te presento el Mapa del Merodeador.
—Ostia puta —dijo Draco arrastrando las palabras. Harry levantó las cejas, divertido al escucharle maldecir con una expresión tan muggle, preguntándose dónde la habría aprendido. Draco dejó la capa a un lado para coger el mapa y examinarlo de cerca en cuanto comprendió lo que era—. ¿Puedo encontrar a cualquier persona?
—Puedes preguntarle por alguien directamente y el mapa lo buscará por ti en un instante —le explicó Harry.
—Busca a Draco Malfoy —probó Draco inmediatamente. Una exclamación de sorpresa salió de sus labios cuando el mapa se enfocó en ellos dos—. ¿Funciona con todo el mundo? ¿Incluso los fantasmas?
—Sí, si está en el castillo o en sus terrenos. También muestra pasadizos secretos y algunas contraseñas. Lo que mi padre y sus amigos conociesen en ese momento o lo que el mapa sea capaz de identificar. Tiene una magia bastante poderosa, ha sido capaz de recrear los cambios de este ala del castillo por sí mismo.
—Esto es una pasada, Potter. Ahora entiendo muchas cosas, como por qué eres capaz de encontrarme en cualquier parte.
—Sí —se rio Harry con voz de disculpa—. No sé exactamente cómo funciona, aunque sospecho algunas cosas que quiero probar en cuanto avancemos un poco en Teoría Mágica. Se recompone a sí mismo y se adapta a la forma actual del castillo, así que hay más en el que el simple conocimiento de mi padre y sus amigos. Por esta noche, si lo llevamos con nosotros sabremos quiénes están de guardia y por dónde se están moviendo para poder evitarlos.
Draco levantó la vista del mapa con una sonrisa y le miró a los ojos. Harry estaba expectante, seguro de que Draco no necesitaba más detalles sobre cuál era su plan.
—Vamos a volar, Potter —susurró Draco con voz ronca.
Casi una hora después, Harry inspiró el frío aire nocturno con satisfacción. A su lado, Draco hizo lo mismo. Habían conseguido salir del castillo por un pasadizo que les dejaba junto al lago y que Harry no había utilizado nunca. Había sido Draco quien lo había localizado, pues Harry había pensado en salir por la puerta principal sin complicarse mucho más la vida. En cambio, Draco había dedicado casi media hora a examinar el mapa centímetro a centímetro, pidiéndole permiso a Harry para seguir estudiándolo en otro momento. Harry había asentido, conforme y feliz de ver a Draco tan interesado. Mientras caminaban por los pasillos, intentando no hacer ruido, Harry había sujetado a Draco de la cintura un par de veces para acercarlo a él y que no se les viesen los pies sobresalir por debajo de la capa. Este le había correspondido la segunda vez, agarrándole también de la cintura, y ya no le había soltado hasta que habían llegado a la entrada del pasaje por donde habían salido, cuando se habían quitado la capa para guardarla en la mochila que llevaba Harry colgada al hombro.
Antes de salir del pasadizo al exterior, Draco sacó el mapa una vez más y se cercioró de que no hubiese nadie en los terrenos ni el campo de quidditch. Corrían el riesgo de que alguien mirase por una ventana y les viese, pero ambos confiaban en que fuese lo suficientemente tarde y no hubiese prácticamente nadie despierto y mucho menos mirando el paisaje. Además, contaban con el amparo de la oscuridad, los dos se habían vestido con ropa deportiva oscura y abrigada para pasar lo más desapercibidos posible.
—¡El último en llegar al campo de quidditch es muggle!—susurró Draco a su lado mientras devolvía su escoba al tamaño natural, montándose en ella y dando una patada en el suelo para elevarse a gran velocidad.
Harry lo observó alejarse antes de reaccionar. Guardó con cuidado el mapa en la mochila que llevaba, junto a la capa, y se la ajustó a los hombros para que no le molestase al volar. Sacó la escoba del bolsillo, que él también había miniaturizado para que no ocupase sitio bajo la capa y, revirtiendo el hechizo, salió volando tras Draco, entrecerrando los ojos contra la corriente de aire, disfrutando del frío de este contra su cara y de la sensación de velocidad. Aceleró un poco más, apresurándose contra el puntito en movimiento que era Draco en la oscuridad. Lo alcanzó ya en el estadio de quidditch. Draco lo esperaba suspendido en el aire a varios metros de altura justo en el centro del campo, observándole con atención al llegar. Estaba tocándose la mejilla con cuidado, palpándosela tentativamente.
—¿Algún problema? —preguntó Harry al llegar a su altura al ver que tenía un rictus de preocupación en el gesto.
—No. Es sólo que me da miedo tragarme la mierda de la mandrágora. Se me había olvidado que la tenía hasta ahora. —Draco hizo una mueca, buscando con la lengua la hoja y ajustándola mejor en sus encías. Harry se rio por lo ridículo de su gesto y soltó una carcajada más audible cuando Draco le fulminó con la mirada antes de reírse con él.
—Es verdad. —A Harry también se le había olvidado con todo lo que había ocurrido esa noche. Ambos habían conseguido hablar con la intrusión de la hoja de mandrágora dentro de la boca con bastante normalidad una vez se habían acostumbrado y Harry no había pensado en ella—. Mierda, ahora me da miedo a mí también.
—Te fastidias, así no estoy solo en esto —bromeó Draco, burlón—. ¿Una carrera hasta Hogsmeade?
—¡Te vas a cagar, tramposo! —gritó Harry cuando Draco salió volando de nuevo sin esperar su respuesta ni hacer señal alguna.
Forzando la Saeta de Fuego a máxima potencia, Harry alcanzó a Draco sobre el camino que llevaba al pueblo y redujo la velocidad lo suficiente para no rebasarle cuando observó que Draco no buscaba competir realmente y que estaba esperándole. Volaron hasta el límite de las defensas mágicas de Hogwarts en la frontera con Hogsmeade a toda velocidad, sin atreverse a traspasarlos por si McGonagall podía notar la alteración en los hechizos de protección.
—Se respira paz —murmuró Draco, flotando a su lado, contemplando las luces del pueblo en la distancia, destacando sobre la oscuridad del paisaje. Ni siquiera las ventanas del castillo a sus espaldas, estaban iluminadas. Draco hizo un tempus con la varita y un reloj fantasmal apareció flotando en el aire—. Deberíamos volver. Mañana no va a haber quién atienda en clase.
—Habrá merecido la pena —dijo Harry, que se sentía tan contento de estar encima de su escoba que no le importaba en absoluto lo que pudiera ocurrir al día siguiente si no dormía—. Ojalá poder jugar quidditch, no pensé que fuese a echarlo tanto en falta.
—Estoy de acuerdo —asintió Draco, volviéndose con una sonrisa feroz en el rostro—. Bueno, Potter… veamos cómo de rápida puede llegar a ser esa escoba. Hasta el muro del lago donde está el pasadizo, ahora sí, en serio. Quien pierda le escribe la redacción de Encantamientos al otro.
—Hecho. Prepara el tintero, Malfoy —aceptó Harry, tensando las piernas sobre la escoba anticipando la emoción de la carrera.
Draco dio la señal de salida, volviendo a salir disparado antes de terminar la cuenta atrás. Harry se apresuró a seguirle, forzando la Saeta de Fuego y embistiendo amistosamente a Draco con el hombro cuando este intentó impedir que le adelantase. Con el cosquilleo de la emoción de competir de nuevo vibrándole en el pecho, Harry se esforzó al máximo, consiguiendo aterrizar apenas un segundo antes que Draco que, lejos de enfadarse por haber perdido, celebró la carrera con un mudo gesto de triunfo, entusiasmado por la carrera y la emoción de volar. Sudorosos y jadeantes por el ejercicio, pero los dos sonriendo estúpidamente por la excitación de la velocidad y el vértigo de la altura, entraron de vuelta en el pasadizo que atravesaba el muro exterior del castillo tras cerciorarse de que no había nadie cerca que pudiera descubrirlos.
Pegados el uno al otro, caminaron por los pasillos deteniéndose sólo cuando se cruzaron con el Fraile Gordo, que salió súbitamente de uno de los muros de un pasillo pasando por delante de ellos sin percibirlos. Harry estuvo preocupado todo el camino porque era capaz de oler su propia peste a sudor. El olor que subía de su camiseta empapada, que se le pegaba a la espalda, era imposible de pasar por alto, así que le cohibía un poco tener a Draco tan cerca, ya que este parecía seguir oliendo al aroma floral que lo caracterizaba tan agradablemente como siempre. Muerto de vergüenza de tener que ir bajo la capa tan pegado a él y temiendo que estuviese molesto, aunque no dijese nada, Harry intentaba separarse de Draco lo más posible, pero este lo sujetó de la cintura para impedir que les asomasen los tobillos por el borde de la capa.
—Sé que es tarde, pero voy a ducharme; apesto —le informó Harry, cohibido todavía, una vez llegaron a la seguridad del dormitorio, mientras ambos se quitaban las ropas sudadas y las tiraban descuidadamente a un lado. Muerto de curiosidad, Harry no pudo evitar preguntar en voz alta—. ¿Cómo demonios haces para no oler a sudor?
—Claro que huelo a sudor, Potter —dijo Draco con fingido desdén—. No seas absurdo. Que tu olor sea más fuerte que el mío no significa que yo no huela.
Harry se rio, sintiéndose un poco histérico al pensar que eran las tantas de la madrugada y estaba comparando su olor corporal con el de Draco como si fuese la conversación más natural entre dos personas. Mordiéndose la lengua para no decirle a Draco que no sólo no apestaba, sino que olía fantásticamente bien a aquel aroma floral característico suyo que tanto le gustaba, Harry entró en el cuarto de baño antes de decir algo que pudiera molestar al otro chico o enrarecer el ambiente.
Ambos pasaron por la ducha antes de ponerse ropa para dormir y tumbarse en la cama. A pesar de que un sentimiento de incertidumbre le había invadido al salir de la ducha, Harry se había tranquilizado al ver a Draco derrumbarse sobre su cama sin decir nada, envolviéndose en las sábanas. Harry suspiró, terriblemente cansado, pero satisfecho y relajado. Bocarriba en la cama, cruzó las manos por encima del estómago, escuchando la respiración de Draco haciéndose más lenta y regular en la oscuridad. Se preguntó si Draco se había acostado sin realizar un hechizo enfriador de manera intencionada o no lo había recordado, pero no quiso preguntar en voz alta para no desvelarle. Harry tenía la esperanza de que hubiese sido a propósito. Eso querría decir que Draco estaba a dar una oportunidad al ejercicio como técnica para evitarlas y que confiaba en él y en su criterio. O quizá en su consuelo. Aunque aquello le hizo derretirse un poco por dentro, Harry deseó que no las tuviese; definitivamente odiaría ver a Draco pasarlo mal aunque eso le diese una excusa más para tocarlo.
—Potter… —susurró Draco en voz baja. Harry hizo un murmullo de asentimiento, indicándole que todavía estaba despierto—. Me ha sentado genial volar. No me había dado cuenta de lo mucho que lo echaba de menos. ¿Tú no?
—Muchísimo —murmuró Harry, que sentía los músculos de las piernas agarrotados por la presión de mantenerse sobre la escoba, una sensación que había añorado más de lo que creía—. Quizá podamos repetir mañana. ¿Crees que si le pedimos a Hooch alguna snitch vieja nos la prestaría sin demasiadas preguntas?
Sólo le respondió un resoplido cadencioso desde la cama de Draco. Se había quedado dormido en cuestión de segundos. Satisfecho, Harry se giró hacia él para poder verle inmediatamente si se despertaba, cerró los ojos y cayó en un sueño intermitente, desvelándose frecuentemente, lo justo para entreabrir los ojos y cerciorarse de que Draco descansaba sin pesadillas. No se atrevía a quedarse profundamente dormido e incumplir su promesa de intervenir para despertarle o consolarle. En cualquier caso, no fue necesario que lo hiciese, Draco descansó toda la noche del tirón sin apenas moverse, exhausto.
Harry se despertó del todo poco antes del amanecer, agotado pero incapaz de seguir durmiendo. Era insoportablemente temprano y su cuerpo se quejó de dolor cuando se estiró. Sabía que necesitaba dormir: no sólo la noche anterior se habían acostado a altas horas de la madrugada, sino que las dos noches anteriores no había descansado adecuadamente. Se levantó y se desperezó de nuevo, intentando reanimar los músculos de las piernas y la espalda, entumecidos por el ejercicio de la noche anterior y por la mala postura al dormir al pie del sofá de la sala común, respectivamente. Echó un vistazo hacia la cama de Draco, donde este todavía dormía plácidamente. Con la boca entre abierta, de lado y abrazando la almohada, era la viva imagen del descanso. Harry sonrió, feliz de verle tan relajado.
Como no deseaba hacer ruido y despertarle, Harry aprovechó y se sentó en el escritorio, cogiendo pluma y pergamino para escribir una carta a Ron. Se imaginaba que Hermione lo habría mantenido al tanto de todo lo que había ocurrido durante aquella primera semana de clases, pero le apetecía contárselo él mismo. Al terminar, la releyó antes de firmarla, intentando recordar si se estaba dejando algún detalle. Se había explayado no sólo en las clases o describiéndole el dormitorio; también le había contado cómo eran los juegos de la sala común y su intención de intentar hacerse animago. Se había callado una vez más sus deseos de reorientar sus estudios académicos al profesorado, porque aún no estaba seguro de que fuese a ser capaz de aprobar Teoría Mágica, pero Hermione conocía acerca de su trabajo con la animagia y Harry consideraba justo que Ron también estuviese enterado, ya que de haber estado en Hogwarts, lo habría sabido.
No había mencionado nada sobre que Draco también iba a intentarlo a instancias suya. Hermione sí lo sabía y aquello ya no tenía remedio, pero Draco tenía todo el derecho a mantenerlo en secreto y Ron no era amigo suyo. Además, Harry imaginaba que dado que había mencionado a Draco por su nombre múltiples veces a lo largo de la carta, Ron ya tendría bastante con asumir cuánto habían cambiado las cosas sin necesidad de contarle ese detalle o la amistad, intimidad y confianza que habían que habían compartido el día anterior. Sólo esperaba que Hermione ya le hubiese empezado a dejar caer a Ron alguna indirecta sobre su incipiente amistad con Draco, porque tenía dudas de que Ron fuese a aceptarla de buen grado de buenas a primeras.
En cualquier caso, Harry confiaba en que, aunque le chocase al principio, Ron acabaría entendiendo la situación. Sabía que los Weasley tenían prejuicios, bastante justificados si era sincero consigo mismo, contra los Malfoy en particular, pero también que eran personas justas y ecuánimes. Sería cuestión de tiempo que asumiesen la nueva tesitura. Esperando que la forma en que le había contado los sucesos de la semana fuese suficiente para ir ayudando a que Ron abriese la mente cuando llegase el momento de contarle lo mucho que le gustaba Draco y aquella especie de relación de amistad estrecha que habían inaugurado desde el día anterior, Harry firmó la carta. La dobló con una sonrisa, pensando en que daba por hecho que habría un momento en que le haría ilusión hacerlo y que Ron aceptaría con alegría por él la noticia.
Un ruido perezoso detrás de él le llamó la atención cuando sellaba el pergamino con un hechizo. Se volvió hacia Draco, que estaba despierto y le miraba con ojos somnolientos.
—¿No es un poco temprano para estar levantado, Potter? —bostezó, estirándose y pateando las sábanas con los pies hacia abajo.
—Buenos días a ti también —bromeó Harry con desparpajo, empezando a quitarse la camiseta vieja con la que había dormido para ponerse el uniforme antes de ir a enviar la carta. Draco le sonrió en respuesta—. Parece ser que mi cuerpo me odia. Decidí que dado que no podía dormir más, escribir una carta a Ron sería una buena forma de aprovechar el tiempo. ¿Qué tal has descansado tú?
—Muy bien —dijo Draco, esbozando una sonrisa satisfecha—. Tu sugerencia ha funcionado bien, supongo que debo darte la razón.
—Puedo acostumbrarme a ello, desde luego —se rio Harry.
—Me duelen las piernas —confesó Draco, incorporándose con un quejido—. Creo que debí haberme controlado un poco más ayer, he perdido forma física.
—A mí también me pasa. Será mejor que hoy no salgamos, pero de mañana no pasa. No sabía que lo echaba tanto de menos.
—De acuerdo —volvió a bostezar Draco—. Podríamos establecer una rutina de entrenamiento para ponernos en forma. En fin, sé que me acabo de duchar, como quien dice, pero creo que voy a volver a hacerlo, me ayudará a despejarme.
—Yo también tomaré una ducha, no quiero quedarme dormido en Defensa y quedar mal con la nueva profesora. —Harry se sentó en el baúl para ponerse las deportivas—. Voy a llevar la carta a la lechucería en lo que te duchas tú y yo lo haré después, cuando vuelva.
—Como quieras. —La voz de Draco sonó un poco desilusionada, pero se levantó, quitándose la camiseta del pijama con pereza. Harry dudó unos instantes y una idea cruzó por su mente.
—Salvo que prefieras acompañarme —le propuso, estudiando atentamente la reacción de Draco para saber si había acertado—. Puedo esperarte, ducharme yo también y bajamos directos a desayunar después de pasar a la lechucería. —La cara de Draco se iluminó con una sonrisa y Harry supo que había acertado.
—De acuerdo. Siempre me ha gustado ir a la lechucería y no he tenido ninguna excusa para hacerlo desde que volvimos.
—¡Claro! —exclamó Harry al momento, volviendo a sacarse las zapatillas de dos patadas, contento de que Draco quisiese pasar por iniciativa propia ese rato con él, archivando en su mente el dato de que le gustaba ir a la lechucería y notando que su cansancio se disipaba repentinamente con energías renovadas.
Varias horas más tarde, mientras se dejaba caer en la silla para el almuerzo, se preguntaba en qué momento se había escurrido toda ese energía que le había invadido en ese momento. La clase de Defensa no había sido especialmente dura: la profesora Staunton se había limitado a presentarse, conocerlos uno a uno y hablar con ellos sobre sus expectativas sobre la asignatura. Además, que los profesores hubiesen decidido aglutinar las horas de las asignaturas en vez de dispersarlas durante la semana hacía que resultase más cómodo concentrarse y aprovechar el tiempo de clase.
Sin embargo, a Harry se le habían empezado a cerrar los ojos antes de terminar la primera hora de clase. Draco le había dirigido un par de miradas inquisitivas que luego se habían convertido en discretos codazos cuando le veía cabecear. Hacia el final de las clases, la jaqueca por no haber dormido prácticamente nada en tres días se le había extendido hacia los hombros y los notaba cargados y doloridos, pero no se quejó. Hermione le había mirado preocupada durante todo el camino desde el aula hasta el Gran Comedor y se había sumado a los codazos de Draco cuando se sentaron a almorzar.
—Tienes mala cara, Harry —dijo finalmente Hermione, tras varios minutos examinándolo—. Quizá deberías ir a la enfermería y que te vea Madame Pomfrey.
—Es sólo que he dormido poco —se justificó Harry, sintiéndose culpable por ocultarle su pequeña correría nocturna, pero sabiendo que si se lo contaba, la chica le regañaría—. Se solucionará con un poco de descanso.
—A lo mejor podría recetarte una poción de sueño. Por cierto, Ron preguntó por ti en la carta que mandó anoche. Dice que te has olvidado de él —le reprendió Hermione, cambiando de tema.
—Le he escrito esta mañana —dijo Harry, contento de no haberlo dejado pasar—. Tiene razón, esta semana han ocurrido tantas cosas que se me antoja una eternidad y parece como si hiciese meses que no hablo con él en vez de unos días.
—No eres el único con esa sensación —intervino Draco desde el otro lado, demostrando que estaba escuchando.
—¿Le has contado… ya sabes? —preguntó Hermione en tono misterioso, mirando a su alrededor con sospecha, cerciorándose de que ninguno de sus compañeros les estuviese prestando atención.
—Sí —respondió rápidamente para que Hermione no tuviese que especificar nada más—. Sobre eso, Hermione… Le he contado lo que yo —Harry puso énfasis al referirse a sí mismo— voy a intentar. Sé que por cómo se han dado las cosas tú también lo sabes, pero lo más prudente es que nadie más se entere de esto.
—No importa, Potter —dijo Draco en voz baja, entendiendo a qué se referían.
—Draco tiene razón —contestó Hermione, extrañada—. Además, hay un registro público, en algún momento todo el mundo lo sabrá. Entiendo que lo queráis mantener en secreto por ahora, pero antes o después…
—Digamos que algunos de nosotros —Harry volvió a hacer énfasis. Él era reacio a no registrarse, pero no iba a juzgar que Draco no quisiese hacerlo y tampoco había tomado una decisión definitiva al respecto— no están a favor de registrarse llegado el momento.
—No me importa si tus amigos lo saben, Potter —insistió Draco—. Tampoco sé hasta qué punto es viable en este momento considerar la opción de no registrarse.
—Lo decía porque dijiste que no querías hacerlo y…
—Lo sé y te lo agradezco —le interrumpió Draco, mirándole con una sonrisa sincera que tranquilizó a Harry—. Pero no quiero obligarte a tener secretos con tus amigos, no me importa si se lo cuentas también a Weasley. Ya enfrentaré el tema del registro si es que llegamos a ese punto, no comerciemos con las escamas de un dragón que no hemos cazado aún. De todos modos, sí que sigo pensando que es mejor que no lo sepa mucha gente.
—En cualquier caso, no os preocupéis —les tranquilizó Hermione. La chica estaba seria, pero Harry agradeció que la chica no sermonease a Draco al respecto; sólo serviría para ponerle a la defensiva—. No le he dicho nada a nadie, ni siquiera a Ron, sobre eso en concreto. Supuse además que en tu caso, Harry, querrías hacerlo tú mismo.
—Lo cierto es que sí. Gracias, Hermione. Eres estupenda.
—Sí que le he contado cómo van las cosas por aquí, entre nosotros —comentó Hermione casualmente. Harry se sonrojó, pensando que había tenido razón al pensar que seguramente la chica había empezado a allanar el camino—. Dice que se alegra mucho de que hayamos formado un grupo compacto y que ahora le da un poco de envidia no haber regresado a Hogwarts con nosotros.
—¿Ron ha dicho eso? —preguntó Harry, optimista en cuanto a cómo iba a reaccionar entonces a la llegada de su carta, pero pensando que quizá, si Ron hubiese ido a Hogwarts con ellos, las cosas no se hubiesen dado de la misma forma.
Para empezar, Harry y él y habrían compartido el dormitorio con casi total seguridad y eso no le habría permitido acercarse tanto a Draco ni le habría obligado a plantearse un enfoque menos belicoso en su trato con él. Una de las cosas que había ayudado a que se uniesen como grupo había sido la necesidad de no hacer pequeños grupos independientes. Con Hermione no había habido ese problema. Su relación con ella era diferente, el tiempo que habían pasado solos buscando las reliquias les había unido muchísimo, pero la chica solía respetar mucho su espacio personal.
—¡Harry! —le llamó Neville desde el otro lado de la mesa—. Sigue en pie lo de ir a Hogsmeade esta noche, ¿no?
—¿Qué? —preguntó, parpadeando con sorpresa, intentando recordar de qué estaba hablando Neville.
—La fiesta de Slughorn, ¿recuerdas? Es esta noche.
—¡Ah! Sí, claro. —respondió Harry forzando el tono de entusiasmo y mirando de reojo a Draco, que parecía súbitamente muy interesado en el plato de su comida. Harry había olvidado completamente que habían quedado en ir a Hogsmeade a cenar. Pensó con fastidió que en ese momento prefería seguir pasando tiempo con Draco y que lo más fácil habría sido que este cediese y fuese con ellos. Por un segundo pensó excusarse aduciendo que estaba cansado y dolorido, pero tampoco creyó que fuera bueno aislarse del resto de compañeros. Además, le había dicho a Draco un par de días antes que en cualquier caso él sí iría, así que volvió a asentir—. ¿Tú vendrás, Hermione?
—No. Iré a la fiesta de Slughorn —anunció esta con aplomo, sorprendiendo a gran parte de la mesa.
—¿En serio? —preguntó Harry con incredulidad, abriendo los ojos de par en par por la sorpresa—. Pensé que odiabas ese tipo de eventos. En sexto…
—Detesto lo que Slughorn hace en esas fiestas, pero debo empezar a pensar en mi carrera laboral. Ir a esas fiestas puede proporcionarme ciertos contactos que me vendrán bien más adelante, cuando entre en política. Al final, es lo que Slughorn pretende y, mientras las cosas funcionen así, debo utilizar el sistema para cambiarlo desde dentro. Y francamente… soy más inteligente que él, creo que me beneficiaré más yo de sus contactos que él de los míos —concluyó Hermione con un tono presumido que despertó vítores de acuerdo en la zona de la mesa donde estaban sentados Justin y Dean.
—Suerte con eso —murmuró Harry con un resoplido, que no comprendía cómo Hermione podría soportar trabajar toda la vida en un mundo de apariencias y contactos, lleno de personas a las cuales sólo les interesabas por lo que podían obtener de ella. Él, personalmente, había tenido suficiente de personas intentando obtener cosas de él.
—Michael y yo también asistiremos —dijo Morag—. ¿Te parece bien si vamos juntos, Hermione?
—Ya que va a ser una mierda, qué menos que apoyarnos entre nosotros —asintió Hermione con una sonrisa.
—Contad conmigo también. —Ernie parecía, como Draco, muy interesado en mover la comida dentro de su plato, pero su voz había sonado clara.
Harry no comprendió su actitud, porque habían quedado en que todos respetarían la decisión que tomase cada uno y que no habría de qué avergonzarse, pero vio que Justin, que estaba sentado al lado de Ernie, apretaba la mandíbula, enfadado, y supuso que habría sido un tema de conflicto entre ellos.
—Bajaré a Hogsmeade ahora después de comer —les informó Dean a los demás con la boca llena, provocando una mirada de desaprobación general en la mesa por sus modales. Tragó antes de seguir—. He quedado con Seamus para pasar allí el día así que, si queréis, puedo pedir que Rosmerta nos guarde una mesa de los reservados para cenar los seis, si no os importa que Seamus venga.
El resto asintió conforme, celebrando la idea de Dean. Con un rápido cálculo, Harry comprendió que Dean no había excluido a Draco en la cuenta, dando por hecho que iría con ellos, pero este no parecía escuchar la conversación o bien había decidido no darse por aludido. Con un sentimiento de culpabilidad por dejar a Draco solo en el castillo, Harry deslizó la mano izquierda por debajo de la mesa y le rozó con suavidad la pierna para llamarle la atención. Draco levantó la vista al momento, inquisitivo. Harry se mordió la lengua.
Quería insistirle para que fuese con él a Hogsmeade, pero no sabía si era prudente o sólo provocaría que se cerrase más en banda; tampoco quería disculparse por ir él, porque era una dinámica en la que no debían entrar ninguno de los dos. Quería pasar todo el tiempo posible con Draco y le gustaría que pudieran hacer todas las cosas juntos, pero no podía supeditar sus decisiones a las de él si querían tener una amistad saludable. Y, aunque consideraba que no era positivo que Draco no se uniese al grupo para aquella actividad, que no entendería qué ocurría para que Draco los rechazase, también comprendía que Draco era adulto y podía tomar sus decisiones.
Al final, sólo le sonrió. Sabía que debía parecer una sonrisa cansada, pero Harry la sentía sincera y esperaba que Draco también la percibiese así. Draco le devolvió la sonrisa antes de bajar la mano y esconderla bajo la mesa, buscando la de Harry que todavía descansaba sobre su rodilla, y le dio un pequeño apretón antes de soltarla y coger la servilleta para limpiarse las comisuras de los labios con elegancia.
—Si no has terminado, te espero —le indicó Draco al cabo de unos segundos, señalando el plato de Harry, todavía rebosante de comida. Este lo miró y negó con la cabeza. No quería comer nada más. Masticar hacía que le doliese más la cabeza y la hoja de mandrágora le estaba molestando, pues no era capaz de mantenerla apartada junto a la encía y había estado a punto de tragársela dos veces—. Prácticamente no has comido.
—Lo cierto es que no tengo mucha hambre. Vamos —dijo Harry levantándose para evitar que insistiese—. Hermione, ¿vienes?
—Voy a quedarme un poco más —contestó la chica mirándole con preocupación de nuevo—. Tú deberías descansar un poco, Harry. Si vas a ser tan cabezota como para no ir a ver a Pomfrey…
—Estoy bien, de verdad. Te haré caso y descansaré un rato antes de bajar a Hogsmeade. —Harry se despidió de ella dándole un beso en la coronilla del pelo alborotado, agradecido porque Hermione había estado toda la semana pendiente de él a pesar de que había pasado poco tiempo con ella—. Nos vemos más tarde, antes de que salgáis para la fiesta, ¿de acuerdo?
Después de llegar a la habitación y cambiarse el uniforme por ropa deportiva para estar más cómodos, Harry se sentó frente al escritorio dispuesto a estudiar, pero Draco se quedó de pie junto a la cama, mirándole con desaprobación.
—Potter, no pretenderás estudiar, ¿verdad?
—Sí —confesó Harry, perplejo. Se había propuesto trabajar en Teoría Mágica y contaba con que Draco le ayudaría, pero no parecía que este estuviese dispuesto a hacerlo, pues le miraba con una expresión poco conforme y el ceño fruncido—. ¿Tú no?
—Deberías descansar —dijo Draco, apretando los labios.
—No importa —negó Harry, abriendo el manual básico de Teoría Mágica que le había prestado Draco y sacando un pergamino limpio—. Puedo hacerlo más tarde, es casi fin de semana, pero ahora debo seguir con esto, tú mismo dijiste que necesitaría al menos una hora de estudio extra al día si quería alcanzar el nivel de la clase.
La tentación de no hacer nada durante toda la tarde le resultaba casi irresistible. Cuando McGonagall le había ofrecido volver a Hogwarts, Harry había rechazado instintivamente la idea de volver a estudiar. Sin embargo, cuando había empezado a dar vueltas a la idea de ser profesor, en lugar de amilanarse ante la cantidad de cosas que tendría que estudiar y preparar, se había entusiasmado y había decidido seguir rutinas de estudio similares a las que Hermione les había aconsejado a él y a Ron en quinto para preparar los TIMO, resuelto a conseguir su objetivo e ilusionándose por primera vez en la vida en estudiar. Con la animagia le pasaba algo similar: estaba dispuesto a estudiar por placer, sólo por el gusto de saber que podía conseguirlo.
—Sí, sí importa, Potter. —Draco se acercó al escritorio y le quitó el libro de texto de las manos—. Tienes una cara horrible, casi te quedas dormido en tu asignatura favorita a pesar de que querías causar buena impresión a la profesora y apenas has comido.
—Me duele la cabeza —admitió Harry cautelosamente—, pero sólo es porque ayer nos acostamos tarde, no tiene más importancia.
—No sé por qué tengo la sensación de que esta noche no has dormido prácticamente nada por estar pendiente de mí, Potter. —Harry, avergonzado, agachó la cabeza admitiendo tácitamente la acusación de Draco—. Y las dos noches anteriores tampoco, a juzgar por lo que dijiste ayer.
—Si no trasnochamos ahora que tenemos dieciocho años, no vamos a hacerlo cuando seamos viejos —bromeó Harry, intentando quitarle hierro al asunto, pero Draco siguió mirándole con seriedad—. Debería estudiar Teoría Mágica o me perderé también los conceptos que expliquen la semana que viene —insistió Harry, hablando ya en serio.
—Te prometí que yo te ayudaría con eso. Y tú dijiste que te dejarías ayudar —le recordó Draco, sin darle tregua—. Pero ahora necesitas descansar.
—¿No podemos llegar a un término medio? —propuso Harry, intentando negociar. Draco enarcó una ceja, así que siguió adelante—. Estudiar un rato, menos que otros días aprovechando que es viernes. Luego podemos ir a la sala común a relajarnos o, si quieres, a revisar alguno de los manuales de animagia.
—Revisar libros de animagia también es estudiar —negó Draco antes de suspirar y claudicar—. Eres la persona más insufriblemente cabezota que he conocido en mi vida, Potter.
—Pero me aprecias igual —bromeó Harry, intentando sonreír y creyendo que había ganado.
—Eso es lo que te salva. —Draco se sujetó el puente de la nariz, suspirando exasperado. Pareció reflexionar durante unos segundos—. Está bien, esta es mi última oferta: coge un puñetero manual de animagia, el que más te guste, y nos vamos a la sala común, nos ponemos cómodos y lo estudiamos juntos.
—Pero… —Harry perdió la sonrisa, pero Draco meneó la cabeza, inflexible.
—Nada de Teoría Mágica por hoy. Es viernes por la tarde y estás exhausto. Al menos no estaremos sentados detrás de un escritorio. Incluso para estudiar hay que encontrarse bien, o únicamente perderás el tiempo, Potter.
—De acuerdo —se rindió Harry tras unos segundos, al ver que Draco le sostenía la mirada sin ceder. Se levantó de la silla y cogió un manual de iniciación del montón que Hermione les había traído antes de seguirle fuera del dormitorio.
Draco escogió el mismo sofá que habían utilizado el día anterior. La sala común todavía estaba vacía, el resto todavía debía estar terminando de almorzar. Que durante ese curso sólo tuviesen clase por las mañanas para que pudiesen emplear las tardes en estudiar y el comentario de Dean sobre ir a Hogsmeade a ver a Seamus le hacía pensar a Harry que seguramente el resto de sus compañeros no tendrían prisa por regresar a sus habitaciones y que casi todos se tomarían la tarde libre.
—¿Te sigue doliendo la cabeza? —preguntó Draco con voz suave, descalzándose antes de subir los pies al sofá.
—Sí —admitió Harry, que sentía los hombros cada vez más doloridos y la nuca como si le fuese a estallar—. Es sobre todo carga cervical. No te preocupes, estoy acostumbrado a los dolores de cabeza.
—No me preocupo. —Draco se recostó, apoyando la cabeza en la oreja del sofá y estirando las piernas. Se acomodó un cojín tras la espalda antes de indicarle—. Túmbate aquí.
—¿Q… qué? —tartamudeó Harry, súbitamente nervioso. Draco había estirado las piernas a lo largo del sofá y estaba señalándole el hueco que había entre sus piernas.
—Tú sostienes el libro de manera que ambos podamos leerlo a la vez y vas comentándolo en voz alta.
—No quiero aplastarte.
—No lo harás —replicó Draco, perdiendo la paciencia.
—Pero…
—Potter —le interrumpió Draco, exasperado—. Que te sientes.
La voz de Draco había sonado tan imperativa que obedeció sin pensárselo más. Se sentó entre sus piernas abiertas y, antes de que pudiese hacer nada más, Draco le pasó los brazos por las axilas y, poniéndole las manos en el pecho, le atrajo hacia él, tirando hasta que Harry descansó sobre su pecho.
—Empieza a leer, Potter —le indicó Draco en voz baja. Harry sintió la respiración tranquila de Draco hacer que los pelos de la coronilla se le moviesen, haciéndole cosquillas y relajándolo.
Harry, que se había sonrojado de la vergüenza, abrió el libro. Hasta ese momento, la mayoría de las veces que ambos se habían acercado tanto habían sido iniciativa suya, no de Draco, pero no era algo que Harry planease, simplemente se dejaba llevar. Sin embargo, parecía que Draco sí había pensado en ello a juzgar por cómo había tomado la delantera.
—Si estás incómodo o no quieres, podemos dejarlo estar. —La voz de Draco sonó junto a su oído, y Harry notó como su aliento le hacía cosquillas en la oreja, provocando que los mechones de pelo que le salían disparados en esa parte bailasen al ritmo de sus palabras—. Lo siento, a lo mejor he sido un poco brusco.
—¡No! —Harry negó sin pensar, asustado por si Draco le hacía levantarse—. ¡Está bien, de verdad! Es sólo que no me lo esperaba y no sabía cómo reaccionar. Normalmente, tú…
—Lo sé —admitió Draco con voz triste—. Por eso lo siento. A ti te sale natural, no lo planeas.
—Simplemente no lo pienso. Es uno de mis grandes defectos, actuar antes de pensar.
—Yo intento no pensar, pero no siempre me sale. Tiendo a dar demasiadas vueltas a las cosas. Sólo pretendía… Decías que te dolía la cabeza y había pensado… —Draco suspiró, buscando las palabras adecuadas. Harry esperó con paciencia a que aclarase sus ideas—. Creí que te vendría bien relajarte. Y ayer te prometí que intentaría corresponderte.
—¿Era una promesa? —preguntó Harry esperanzado, sintiéndose un idiota al hacerlo.
—Lo era —susurró Draco.
Una oleada de excitación invadió el cuerpo de Harry al oír eso. Sabía que estaba comportándose como un idiota todo el tiempo con Draco en mente, deseando tocarle y pensando que era muy guapo, pero no sabía qué significaba él para Draco exactamente. Tampoco sabía qué era Draco para él. Sólo podía comparar su amistad con las de Ron y Hermione y, desde luego, ninguna de ellas se parecía. Tampoco podía comparar con Ginny o Cho, así que no estaba seguro de que fuese como aquello. Con ellas las cosas habían sido más impulsivas, sobre todo por parte de ellas, que eran quienes habían tomado la iniciativa. Ni siquiera se había parado a pensar qué significaba para Draco todo aquello y si él sí tenía ese trato con sus amigos que, aunque no estuvieran en Hogwarts, Harry sabía que existían: Parkinson, Zabini, Nott, Goyle... Dudaba que hubiese roto relaciones con todos ellos, recordaba haberlos visto juntos en el Ministerio durante los juicios de los mortífagos.
Intentó desechar la sombra que cruzó su mente cuando se le ocurrió que quizá todo aquello sólo era algo fruto de las circunstancias en las que estaban y que no debería emocionarse demasiado. Al fin y al cabo, se conocían de apenas unos días, aunque llevasen años pendientes el uno del otro, se habían limitado a pelear y detestarse mutuamente. Que hubiesen conectado no significaba que pudiesen llegar más lejos. Por otro lado, Draco había afirmado la noche anterior que intentaría corresponder a las muestras de amistad de Harry y que estaba dispuesto a dejarse ayudar y mimar, y había vuelto a afirmarlo al abrazarle en el sofá, así que tampoco podía ser sólo el producto de una circunstancia inusual y casual.
Decidido a alejar los pensamientos negativos, Harry movió la cabeza hacia atrás, frotando con su pelo la barbilla de Draco, que enterró la nariz en sus mechones e inspiró con fuerza. Harry se preguntó si él olería tan bien para Draco como sucedía al contrario, sonrojándose al pensar aquella tontería. Reprimió un gemido de súplica cuando Draco se movió y dejo de hacerlo, pero no tuvo tiempo de quejarse. Draco hundió los dedos en su pelo y empezó a acariciarle el cuero cabelludo. Esta vez, Harry no se contuvo y suspiró de placer. Se acomodó mejor, bajando un poco el cuerpo para apoyar la cabeza en el pecho de Draco, que siguió masajeándole la cabeza, y miró hacia arriba. Draco le estaba sonriendo, así que Harry le devolvió la sonrisa beatíficamente.
Draco dejó de acariciarle el pelo y bajó las manos hasta sus hombros, masajeándolos durante varios minutos. Harry se había olvidado completamente de que supuestamente estaba leyendo el manual de animagia en voz alta para Draco y cerró los ojos. Este siguió dándole un masaje, relajando sus músculos y haciéndolos ceder apretando con fuerza con los dedos. La sensación de dolor y carga se transformó en relámpagos de placer que recorrieron todo su cuerpo. Harry, sintiendo cómo su entrepierna reaccionaba por la delicia del masaje, se ruborizó al recordar que llevaba ropa deportiva lo suficientemente holgada como para que, si la tela se tensaba, Draco lo notara. Abrió los párpados y miró hacia arriba, intentando reponerse a las sensaciones de las manos de Draco en sus hombros para buscar una manera de remediarlo, pero este estaba mirándolo con intensidad y Harry se quedó atrapado en sus ojos.
Harry, que estaba preguntándose cómo de discreto sería abrir el libro, que hasta entonces había estado olvidado en el suelo, y colocarlo de pantalla o acomodarse disimuladamente los calzoncillos para evitar que Draco se fijase en la tienda de campaña, se removió inquieto. Al hacerlo, notó que algo duro en el pantalón de Draco se clavaba en la parte baja de su espalda y se quedó quieto. No sabía si temía más molestar a Draco por frotarse contra él o que interpretase que estaba incómodo y dejase de acariciarle los hombros.
—Potter… —dijo Draco que, concentrado en lo que hacía, llevaba un rato en silencio—. ¿Sigue en pie la oferta de ir con vosotros a Hogsmeade?
Harry parpadeó sorprendido por lo inesperado de la pregunta. Había estado pensando en cómo podía solucionar aquello y no había contado con que sería el propio Draco quien daría el paso para poder hacerlo. Draco subió los dedos hasta su cuello, presionándolos con cuidado y relajándole. El dolor de cabeza de Harry había remitido en gran medida gracias al masaje.
—Claro que sí, idiota. Ya has oído a Dean en el almuerzo cuando ha dicho de hacer la reserva. Todos cuentan contigo. Contamos contigo —remarcó Harry. La comisura del labio de Draco se estiró hacia arriba—. Si no te he insistido para que vinieras era porque no quería presionarte.
—Te agradezco que no lo hicieras. —Draco se calló unos segundos más, dejando de mover los dedos durante un momento—. Entonces, si a nadie le parece mal, me gustaría ir.
—Genial —se alegró Harry. Dudó unos segundos antes de preguntarle—. Necesitas… Quieres… Yo…
—Arranca, Potter —le animó Draco, sonriendo con un resoplido impaciente.
—Lo siento. No quiero que te enfades conmigo.
—Sé lo que vas a decirme.
—No te enfades, por favor —le suplicó Harry.
—No me enfado —dijo Draco, volviendo a masajearle los hombros. Harry hizo un sonido de agradecimiento que hizo que Draco sonriese más—. Pero no será necesario. Mi madre pudo hacerme llegar ayer un par de galeones con el correo matutino. No es mucho, pero me alcanzará para pagar mi consumición.
—Quizá deberías ahorrarlo por si te es necesario más adelante —sugirió Harry tímidamente.
—Potter…
—Prometiste dejarte ayudar. —Draco no contestó, pero Harry percibió que su respiración se había alterado levemente—. Por favor…
—Te lo devolveré en algún momento —prometió Draco en un susurro. Sonaba muy avergonzado.
—No es necesario —murmuró Harry, cerrando los ojos otra vez para disfrutar de las sensaciones del masaje.
—Me dejarás que lo haga o pagaré con mi dinero —amenazó Draco.
Harry cerró la boca, no queriendo forzar más las cosas, pero tampoco asintió. Al fin y al cabo, faltaba mucho tiempo para ese momento. Draco siguió masajeándole los hombros, el cuello y la cabeza y Harry permitió que los músculos de su cuerpo se aflojasen, relajándose. Otro suspiro de placer escapó de su pecho y sintió a Draco resoplar de risa en su oído, haciéndole cosquillas con su aliento.
—Quizá deberías colocártela, puede entrar alguien —susurró Draco junto a su oreja. Harry abrió los ojos de golpe y vio con pánico que, entre el masaje y la conversación, se había olvidado del bulto de su entrepierna. Se sonrojó violentamente, avergonzado de que Draco se hubiese dado cuenta—. Relájate, no pasa nada. Es normal.
—Yo…
—A mí no se me ve porque estás tú encima —murmuró Draco.
—Me había dado cuenta —admitió Harry, ruborizándose todavía más y se apresuró a acomodarse la ropa, atrapándosela en el elástico del calzoncillo y cerciorándose de que tuviera sitio para estirarse hacia un lateral en lugar de hacia arriba.
—Relájate, Harry —repitió Draco una vez, intensificando la presión de las manos en sus hombros.
El aliento en su oreja le hacía cosquillas y no ayudaba a controlar la situación de su entrepierna, así que Harry se rindió. Cerró los ojos otra vez, obedeciéndole. El cansancio acumulado, el aroma floral de Draco inundando sus fosas nasales, sus dedos acariciándole y la presencia sólida y cálida de su pecho sosteniéndole se combinaron y Harry cayó profundamente dormido un par de minutos más tarde, sin enterarse de que acto seguido algunos de sus compañeros habían entrado en la sala común. Lo siguiente de lo que fue consciente era de la voz de Draco hablando en susurros con otra persona.
—Id yendo vosotros, porque nosotros deberíamos cambiarnos de ropa. Os alcanzaremos directamente en Las Tres Escobas.
—Muy bien. No os retraséis mucho o Rosmerta nos matará. —Harry reconoció la voz de Neville, hablando también en voz baja.
El ruido de la puerta de la sala cerrándose suavemente le indicó a Harry que seguramente Neville se había ido. Estaba cubierto por una manta y todavía sentía el calor y el olor de Draco debajo de él. Draco ya no estaba masajeándole los hombros, pero le abrazaba el pecho y tenía la barbilla apoyada en su cabeza. Harry se encontraba muy a gusto y se sentía reacio a moverse, pero cuando sintió la mano de Draco abandonar su pecho y acariciarle la mejilla, se frotó contra ella ronroneando igual que un gato.
—Harry, tienes que despertarte —dijo Draco en voz baja junto a su oído, acompañando la llamada con otra caricia en la mejilla. Harry hizo un sonido de asentimiento para indicarle que le estaba escuchando. Draco volvió a abrazarle y apoyó la mano con la que lo había acariciado de nuevo en su pecho—. Los demás ya están bajando al pueblo. Nos esperarán para cenar, pero tenemos que ir a cambiarnos ya.
Harry abrió los ojos y miró hacia arriba. Draco le sonreía tímidamente. La luz de la sala había disminuido mucho, por lo que imaginó que estaba anocheciendo.
—¿Qué tal tu dolor de cabeza? ¿Estás mejor? —le preguntó Draco con un leve tono de preocupación.
—Estoy mucho mejor. Ya no me duele.
—Lo mejor cuando a uno le duele la cabeza es descansar. Además, estabas agotado.
—Lo habías planeado todo, ¿verdad? —le acusó Harry, sonriendo para mostrarle que no estaba enfadado por ello—. No pensaste ni por un momento que fuésemos a repasar el manual de animagia.
—Culpable —admitió Draco sin pizca de vergüenza.
—El masaje también ha ayudado mucho. Ha sido el mejor que me han dado nunca —dijo Harry a modo de agradecimiento. Prefirió no decirle que había sido el único hasta ese momento. Draco se sonrojó, complacido—. ¿Cuántas horas he dormido?
—En el Gran Comedor ya están cenando.
—Eso es mucho tiempo. No debiste haberme dejado dormir tanto.
—Lo necesitabas.
—Supongo que tienes razón —reconoció Harry con una carcajada. Se encontraba más relajado de lo que había estado en toda la semana.
—Tengo que marcar este día en el calendario, Potter —dijo Draco con otra carcajada. Ambos se rieron durante unos segundos, disfrutando del momento de cercanía. Harry siguió mirándole, observando que tenía las cejas de color rubio oscuro, mucho más que el pelo de su cabello. En cambio, sus pestañas eran espesas y alargadas, pero tan rubias que parecían brillar—. Tenemos que irnos —insistió Draco sin mucha convicción.
—Estoy muy cómodo aquí. —Harry se frotó contra su cuerpo como un gatito mimoso, en un burdo chantaje a pesar de saber que Draco tenía razón y que tenían que levantarse. Paró inmediatamente al percibir que Draco, igual que él, todavía estaba tan duro como antes de dormirse. Se sonrojó—. Parece que ambos deberemos esperar un poco.
—No hay nadie en el pasillo, Potter. Todos están en la fiesta de Slughorn o camino a Hogsmeade.
—Está bien. Me rindo. Vamos —dijo Harry bostezando y haciendo un esfuerzo hercúleo por incorporarse. Draco también se levantó y se estiró, levantando los brazos y curvando la espalda hacia atrás. Harry se sintió culpable—. Ahora eres tú el que debes estar dolorido de estar detrás de mí tantas horas.
—No me duele nada, Potter, sólo estoy un poco entumecido por estar tantas horas en la misma posición, como tú. En verdad he estado muy a gusto.
—¿Qué has hecho mientras dormía? —preguntó Harry con curiosidad.
—Mirarte. —Draco se sonrojó, pero no bajó la mirada ni se amilanó—. Intenté peinar ese pelo indomable que tienes tras el masaje, pero es un caso perdido. Luego estuve revisando el manual que trajiste y avancé un par de capítulos. También hablé un rato con Longbottom y Granger, que pulularon por aquí preocupados por ti; les dije que sólo necesitabas descansar. Pero sobre todo he estado descansando también, disfrutando de estar tumbado en el sofá sin hacer nada más que estar ahí.
—Genial. Puedes contarme por el camino lo que has leído. Así me ahorrarás la lectura a mí —dijo Harry, sintiendo que caminaba en una nube de algodón.
—Tienes mucho morro, Potter —bromeó Draco, saliendo por la puerta de la sala en dirección al dormitorio.
