Disclaimer: Todo lo que aparece en el fic es de Rowling, incluidas sus contradicciones.

¡Muchísimas gracias a todas por las lecturas y los comentarios! ¡Abrazos y besos!

Trigger Warning: Ataque de ansiedad. Referencias a situaciones sexuales. Tensión sexual latente.


Proyectos de futuro

—Estás muy apagado, Justin.

Rosmerta les había agasajado como a príncipes, ofreciéndoles lo mejor de su cocina. Todos estaban ahítos. Harry no se había dado cuenta de cuánta hambre tenía hasta que vio las fuentes de asado delante de él, que atacó con saña y apetito. Draco, que se había sentado a su lado, había comentado que era normal tras no haber comido apenas, haberse saltado la hora del té y la siesta que se había echado. La conversación había sido animada y, aunque tanto Draco como él habían participado poco, sí habían escuchado atentamente a los demás.

En ese momento, Harry picoteaba golosa y perezosamente de una generosa porción de tarta de melaza casera que Draco había accedido a compartir con él, aunque este había dejado de comer tras dos cucharadas alegando que estaba lleno. Harry se alegraba de que los dos hubiesen ido a la cena. Draco estaba contento y relajado, aunque había hablado poco y únicamente para decir frases de cortesía. Les había sentado bien relacionarse con sus compañeros en un entorno que no era el de la sala común. A Harry le había preocupado que, fuera de la sala común y de los juegos que habían compartido, Draco se sintiese incómodo con el resto del grupo, pero no parecía ser así a pesar de lo reservado que estaba siendo.

—Lo siento —se disculpó Justin, que también había estado inusualmente callado durante la cena, respondiendo a Dean, que había dejado de comer y se había recostado contra el hombro de Seamus, relajándose—. Discutí con Ernie esta mañana y todavía estoy dándole vueltas al tema en la cabeza.

—¿Por eso has estado tan serio todo el día? —preguntó Neville interesándose.

—Habíamos decidido no ir ninguno de los dos a la fiesta de Slughorn —asintió Justin, que pinchaba con la cuchara en el flan que había pedido de postre, destrozándolo sin comérselo—. A mí Slughorn no me cae muy bien. Hasta ahora ni siquiera me había prestado atención en clase, no digamos invitarme a alguna fiesta o algo similar. Lo que dijeron Harry y Neville sobre cómo funcionaba ese Club de las Eminencias me terminó de convencer.

—Te entiendo —dijo Dean con simpatía—. Ya dije que yo tampoco me siento cómodo con esa atención tan repentina. Sigo siendo el mismo, en esencia. O al menos quiero seguir siéndolo.

—En realidad hay… —titubeó Justin, indeciso—, bueno, no sé si os lo he dicho alguna vez: mi familia no está mal posicionada económicamente. Debería estar bastante acostumbrado a este tipo de fiestas: mi padre las organiza constantemente para realizar contactos empresariales y políticos. Mis hermanos y yo teníamos que asistir para conocer gente influyente de distintos entornos académicos o laborales. Yo lo detestaba profundamente, sobre todo cuando se trataba de influenciar alguna ley o un contrato comercial público ventajoso y venir a Hogwarts parecía haberme librado de ese tipo de futuro.

—¡Ugh! —murmuró Seamus con un rictus de desagrado que los representó a todos—. Pero MacMillan sí ha ido a la fiesta al final, ¿no?

—¿Por qué ha cambiado de idea? —preguntó Harry que, aunque durante años había pensado en Ernie como alguien muy estirado, el concepto que tenía de él no era el de alguien que cambiase de opinión en ese tipo de asuntos fácilmente.

—Su padre le ha ordenado asistir. Dice que de ninguna manera puede faltar a una reunión del Club de las Eminencias. —El tono de retintín con el que Justin intentó decir el nombre del club quedó opacado por la amargura de su voz—. Por lo visto es un deber inexcusable.

—Ernie es sangre pura. —Draco había hablado en voz baja, pero todos se volvieron hacia él con una mezcla de escepticismo y curiosidad en sus caras.

—Vamos, Malfoy —dijo Seamus, frunciendo el ceño. Harry se había dado cuenta durante la comida del recelo que le había dirigido a Draco y se había visto retratado a sí mismo apenas unos días antes. No podía tenérselo en cuenta, aquella semana de convivencia había cambiado profundamente a los nueve que habían regresado y sólo había sido el principio del curso y Seamus no había estado en esa transición. No sólo eran la generación de la guerra. Ahora eran, además, la promoción de la guerra que volvió a Hogwarts y eso los diferenciaba del resto de sus excompañeros—. No puedes seguir pensando así.

—No lo hago, Finnigan. —Draco se envaró y Harry, intentando consolarle por lo brusco del comentario de Seamus, hizo lo mismo que había hecho a mediodía, acariciándole la rodilla con la mano por debajo de la mesa. Este se relajó ante su contacto, mirándole durante una fracción de segundo antes de volverse hacia Seamus. Disimulando, Draco puso su mano encima de la de Harry antes de continuar—. Pero si los padres de MacMillan son una mínima parte de tradicionales que los míos, seguramente sí siguen pensando así.

—Ernie nunca ha tenido problemas conmigo por ser sangremuggle —protestó Justin con más asertividad, pero Draco negó con la cabeza.

—Sus padres seguirán encontrando deseable que su hijo haga contactos con otros magos y brujas influyentes y se relacione con los de su clase —dijo Draco, encogiéndose de hombros—. Slughorn es un sangre pura que está relacionado con todas las familias mágicas y parte de las mestizas. Mi padre también organiza fiestas como el tuyo, Justin, pero entre magos y brujas de estirpe mágica.

—Eso me sigue sonando a prejuicios de sangre. ¡Los mismos que nos llevaron a dos guerras!

—Seamus… —reconvino Dean a su amigo, intentando reconducir su tono.

—No voy a entrar en ese tema, lo siento. —El rostro de Draco se había ensombrecido y apretaba la mandíbula—. Sólo estoy diciendo que si mis padres hubieran sabido de la existencia de esa fiesta, seguramente también habrían intentado obligarme a ir. Michael y Morag también son sangre pura y están allí. Quizá la abuela de Neville tiene otro carácter, pero…

—Mi abuela era de la opinión de que debía ir —le interrumpió Neville, asintiendo con la cabeza para darle la razón—. La decisión final la he tomado yo y ella la ha respetado, pero me escribió cuando se lo dije, aconsejándome que acudiese. Considera que los contactos que se hacen allí duran toda la vida.

—Es lo que quiero decir —dijo Draco, suspirando con resignación—. Somos pocas familias de sangre pura, comparados con el resto de magos y brujas. Una de las razones por las que sobrevivimos como tal es precisamente por este tipo de eventos. Allí nos conocemos y establecemos lazos entre nosotros. Slughorn nunca simpatizó con la causa de los mortífagos y presume de invitar a mestizos y nacidos de muggles a sus fiestas; esto es cierto, pero necesitas un talento extraordinario para que sea así. Sin embargo, basta con que tengas un buen apellido y la posición social adecuada y estarás dentro aunque no seas capaz de hilar dos encantamientos seguidos. Hay una diferencia de… clase. —Harry asintió, recordando los integrantes de la única fiesta a la que había asistido en sexto y recordando que, incluso entonces, Draco tampoco había sido invitado porque su posición social estaba comprometida al estar su padre en Azkaban.

—¿Y por qué no estás tú allí, entonces? —preguntó Seamus con acidez.

—Primero, porque no me invitó. Es una fiesta de contactos para relacionarse con gente influyente en un futuro. Un exmortífago hijo de otro exmortífago no es un buen contacto, por mucho dinero que tenga mi padre. Al menos por ahora. No tengo la posición social adecuada ni mi apellido es bienvenido. —Harry notó que Draco apretaba su mano con rabia y se la volteó para aferrársela a modo de apoyo. Este lo aceptó, estrechándola con fuerza—. Segundo, porque no quiero. Es hora de acabar con el sistema desde dentro del sistema, como dijo Hermione esta mediodía.

—Hermione está allí —señaló Justin con gesto de incomprensión.

—En su caso significa ir y en el mío no hacerlo —murmuró Draco, encogiéndose de hombros de nuevo.

—Quiere dedicarse a la política —explicó Harry, interviniendo por primera vez en la conversación—. Dice que tiene un montón de ideas muggles para reformar el mundo mágico entero, empezando por el sistema de justicia y que es un buen momento para plantar algunas semillas en ciertos oídos que regar dentro de unos años.

—Brindo a favor de eso. —Dean y Seamus se unieron con un brindis a Justin, suscribiéndole.

—Necesita entrar dentro del meollo político para poder emprender las reformas necesarias y conseguir que la gente se adhiera a ellas con gusto —explicó Harry. No había hablado con Hermione del tema de la fiesta, pero las largas conversaciones que habían mantenido Ron y él con ella durante el verano no dejaban lugar a dudas sobre las intenciones de su amiga—. Suena hipócrita, pero es un sacrificio necesario.

—Un brindis por Hermione, futura Ministra de Magia, que ojalá consiga desterrar siglos de retraso social mágico —dijo solemnemente Dean, alzando su vaso.

Harry brindó levantando su cerveza de mantequilla con el brazo izquierdo, negándose a ser el primero en romper el contacto con Draco, que había relajado su agarre sin soltar su mano.

—Al final va a acabar teniendo razón McGonagall —dijo Justin con tono de ironía—. Somos la sociedad mágica del futuro.

—Lo somos —asintió Neville con orgullo.

—Hermione aspira alto, Neville, pero… ¿yo? —negó Justin entre risas—. Yo ni siquiera creo que termine dedicándome a algo que tenga que ver con el mundo mágico, aunque me gustaría.

—¿Qué te gustaría hacer? —preguntó Dean con curiosidad.

—No lo sé. Mi padre espera que trabaje en sus empresas, pero no me llama la atención. Lo bueno es que es mi hermano mayor quien ha empezado a ayudarle con la gestión desde que terminó su carrera universitaria y probablemente eso facilite que yo no tenga por qué hacerlo. En cualquier caso, basta con que lo desee y tendré a mi disposición algún despacho de directivo de alguna filial, resolviendo problemas y viajando por todo el mundo.

—No parece hacerte especial ilusión esa opción —dijo Neville.

—Ninguna. Ese mundo no es lo mío. Por eso volví a Hogwarts. Quería completar los máximos estudios posibles y salir formado mágicamente. Quizá cuando acabe me matricule en la universidad muggle y me titule por allí también. Afortunadamente, puedo permitirme hacer eso, mi padre no se opondrá.

—¿Has pensado en alguna carrera en concreto? —preguntó Dean con curiosidad.

—Educación social. —Los nacidos de muggles asintieron con aprobación al oírlo, pero Draco y Neville parpadearon confundidos. Draco intercambió una mirada interrogativa con Harry, pero Justin se dio cuenta y se explicó—: Los educadores sociales apoyan, protegen y ayudan a resolver los problemas de las personas vulnerables. Tratan de establecer relaciones de confianza con esas personas y mejorar la calidad de sus vidas. Creo que es algo que podría utilizar tanto en el mundo muggle, que sigue siendo parte de mi vida, como en el mundo mágico.

—Es buena idea —aprobó Seamus con una sonrisa—. Desde luego, necesitamos educadores sociales así en el mundo mágico. Quizá deberías hablar con McGonagall cuando te gradúes.

—Si es que sigue de directora —bromeó Neville, arrancando una carcajada de casi toda la mesa—. Aunque espero que sí, es raro imaginarse Hogwarts sin ella.

—Creo que lo harías genial, Justin. —Harry estaba pensando en lo útil que podría ser un educador social en un mundo donde la marginación era patente según tu origen y aprobó la idea también, sonriendo a Justin para animarle a ello—. Lo has demostrado durante esta semana en la sala común. Se te da bien trabajar con personas y ayudarlas a adquirir confianza. Necesitamos gente como tú en el mundo mágico, serás un gran educador social.

—Gracias, Harry —dijo Justin con los ojos brillantes de emoción.

—Yo quiero ser sanador —anunció Dean orgulloso, aprovechando el clima del ambiente—. Hubo un tiempo en que pensé ser auror, pero después de la Batalla de Hogwarts me sentí impotente. Sólo podía acarrear gente de allá para acá sin poder ayudar realmente a nadie. Además, sanar siempre es mejor que herir. Hay muchas heridas que curar todavía.

Draco le miró con una expresión extraña en la cara, pero no dijo nada. Soltó la mano de Harry y este lamentó que finalmente se hubiese separado de él, pero Draco volvió a dársela acto seguido, entrelazando los dedos entre los suyos en un agarre más estrecho e íntimo. A Harry el corazón le dio un bote.

—Tú sí que querías ser auror, ¿verdad, Harry? —Seamus le miraba expectante desde el otro lado de la mesa.

—Yo… —dudó Harry, incómodo porque sabía que había sido absurdo ocultar sus intenciones a todo el mundo, incluidos Ron y Hermione, y sintiéndose culpable por no haberles dicho nada antes—. No lo sé.

—¿En serio? —Neville parecía un poco desconcertado—. Siempre creí que tenías madera para ello.

—La verdad es que me pasó un poco como a Dean. Después de todo lo que pasé en la guerra no tenía muchas ganas de seguir entrando en ese juego. Ya derroté a un mago oscuro, le toca al siguiente.

—¡Bien dicho, Harry! —Dean dio otro trago a su cerveza en su honor.

—¿Qué piensas hacer entonces? —preguntó Justin con interés.

—Bueno… —Miró de reojo a Draco para saber qué opinaba él, pero este se limitó a encogerse de hombros y agachar la cabeza. Parecía preocupado, pero Harry no sabía por qué—. Había pensado… —tartamudeó como un idiota. Era la primera vez que lo admitía en voz alta, excepto cuando se lo había dicho a Draco—. Quizá… bueno… estaba planteándome que a lo mejor me gustaría ser profesor.

—¡Eso es genial, Harry! —exclamó Neville tras unos segundos de silencio atónito—. ¡Pues claro que sí!

—Fuiste un profesor buenísimo cuando estábamos en quinto —corroboró Dean, asintiendo.

Todos los demás se unieron, felicitándole por su decisión y reforzando que sin duda, tenía talento para ello. Harry se prometió escribir a Ron lo antes posible y decírselo a Hermione nada más verla, para intentar compensar haberse callado durante esas semanas. Draco le apretó un poco la mano y Harry le miró. Draco seguía cabizbajo, pero dirigió media sonrisa orgullosa, aunque parecía un poco tenso.

—¿Qué asignatura querrías dar? —preguntó Neville, entusiasmado—. Yo quiero estudiar Herbología. Planeaba abrir una botica hasta que Sprout se jubile y entonces solicitar la plaza a McGonagall.

—¡Di que sí, Neville! ¡Por el próximo profesor de Herbología de Hogwarts! —brindó Dean con alegría.

—Puedes intentar que te acepte como profesor en prácticas —sugirió Justin—. A Sprout le vendría bien una mano extra para compaginar con la jefatura de la casa y podrías aprender muchísimo de ella.

—Eso sería una gran idea, Neville —le felicitó Harry antes de contestar—. La verdad es que yo todavía no lo tengo del todo claro. Transformaciones se me da muy bien, pero siempre he sacado mejores notas en Defensa. Supongo que cualquiera de las dos opciones podría valerme y me hace más ilusión la segunda, siempre ha sido mi favorita; pero no creo que haya vacante en ninguna en mucho tiempo. Acaban de incorporar dos profesoras nuevas a la plantilla.

—Nadie se negará a contratar como profesor titular de Defensa contra las Artes Oscuras al vencedor del último Señor Tenebroso. Mucho menos McGonagall, que te adora —argumentó Dean, excitado con la idea.

—Preferiría que lo hiciesen por mis méritos —dijo Harry, un poco disgustado por la idea.

—Tienes méritos más que de sobra, Harry —negó Neville—. Ya has sido profesor. Mejor que algunos de los que hemos tenido y no me refiero sólo a la bruja de Umbridge.

—Lockhart… —Seamus disimuló el nombre con una tos, pero el resto se rio con ganas al oírlo. Draco se limitó a esbozar una sonrisa tensa. Harry pensó que seguía pareciendo afectado por la conversación con Seamus, pero no creía que fuese el momento de preguntarle.

—Gracias, pero…

—Ni peros, ni ostias. ¡Por el próximo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras y jefe de la casa de Gryffindor! —gritó Dean volviendo a alzar su cerveza. Tras dejar que le diese un último trago, Seamus se la quitó discretamente, alejándola de él—. Cuéntales lo tuyo, Seamus, ya que estamos de celebración.

—Hice una entrevista ayer para una empresa muggle de pirotecnia —anunció este con una sonrisa orgullosa—. Me han llamado hace un rato para decirme que estoy contratado.

Todos jalearon, cada vez más excitados, menos Draco, que cada segundo que pasaba estaba más y más tenso. Harry aprovechó el jaleo para inclinarse y susurrarle al oído para preguntarle si había algún problema, pero este negó rápidamente con la cabeza.

—¿Y tú, Draco? —preguntó Justin cuando todos acabaron de celebrar—. ¿Qué quieres hacer cuando acabes Hogwarts?

Draco apretó la mano de Harry tan fuerte que le hizo daño. Asustado, Harry lo miró y vio que seguía cabizbajo, pero estaba mucho más serio que antes. Pensaba que quizá había sido por los comentarios de Seamus a pesar de haberle contestado con aplomo, hasta que cayó en la cuenta de que había comenzado a mostrarse cohibido cuando todos hablaban de su futuro. Recordó que ambos habían conversado sobre la elección de ser profesor de Harry, pero no conseguía recordar que Draco hubiese expresado alguna preferencia u opción. Entendió que por alguna razón ese era un tema sensible para él que hubiese preferido no tocar.

—No tienes por qué contestar si no quieres, Draco —le susurró Harry, consciente de que todos en la mesa se habían callado en un silencio incómodo y estaban mirándoles con cara de circunstancias. Neville se mordía el labio y Justin parecía un poco incómodo. Draco apretó los labios, tensó la mandíbula y apretó todavía más la mano con la que estaba agarrando la de Harry, pero no dijo nada.

—¿Qué empresa es la que te ha contratado, Seamus? —preguntó Justin en voz alta, desviando la atención de todos—. Si es muggle, a lo mejor la conozco.

El resto recogió el cable que les estaba tendiendo y se unieron a la conversación, desviando la mirada de Draco. Harry siguió pendiente de él, preocupándose aún más cuando vio que su respiración era rápida, agitada y superficial y que se le habían llenado los ojos de lágrimas que amenazaban con caer en cualquier momento, reconociendo otro ataque de ansiedad similar al de la noche anterior.

—¿Salimos a la calle? —le susurró Harry aprovechando que todos estaban distraídos hablando de distintos tipos de petardos y fuegos artificiales.

Draco asintió y Harry le ayudó a levantarse, sin dejar de apretarle la mano hasta que estuvieron de pie, soltándosela para sujetarle de los hombros y guiarle a la salida. Los demás los miraron con seriedad, pero nadie hizo ningún comentario al respecto. En la calle, caminaron unos metros, alejándose de la entrada y refugiándose en un rincón que quedaba fuera del círculo de luz de los faroles. Draco se apoyó contra la pared, cerrando los ojos con fuerza, y se dejó caer hasta quedar sentado, abrazándose las rodillas y enterrando la cara en ellas.

—Draco —susurró Harry. Este levantó la cabeza, mirándole con los ojos anegados en lágrimas.

—Te veo a ti —jadeó Draco con esfuerzo. Harry comprendió que estaba hiperventilando—. Farolas… una tienda de ropa… una polilla… ¿preocupación… en tu mirada?

—Sí, sí vale —respondió Harry, comprendiendo la pregunta.

—Tu voz… La mía… gente caminando… el aire silbar… —Draco hizo una pausa para tragar saliva Harry se arrodilló frente a él, con las manos en sus piernas, y transformó una hoja seca caída en el suelo en una bolsa de papel—. Tus manos... el suelo… la pared detrás de mí…

—Lo estás haciendo muy bien, Draco —le animó Harry, tendiéndole la bolsa al ver que todavía respiraba con dificultad.

—Te huelo a ti… y la comida de Rosmerta. La boca… me sabe a… tarta de melaza…

—Muy bien. Toma, mi psicólogo me recomendaba respirar dentro de una bolsa durante los ataques de ansiedad. Sólo respira dentro de ella. Funciona, créeme —añadió al verle poco convencido.

Draco le hizo caso. No habían pasado más de dos minutos, que habían transcurrido desesperadamente lentos para Harry. Finalmente, Draco empezó a respirar más profundamente. Echó la cabeza hacia atrás, apoyando la nuca en la pared y dejando caer la bolsa al suelo, todavía con los ojos cerrados y aspecto cansado.

—No ha sido por lo que ha dicho el imbécil de Seamus sobre los prejuicios, ¿verdad? —Draco negó con la cabeza—. Lo suponía, pero quería asegurarme. Imagino que tiene que ver con nuestro futuro cuando acabemos Hogwarts.

Draco no contestó. Harry observó que una lágrima silenciosa caía por su mejilla y, sin poder resistirlo, la recogió con uno de sus dedos, enjugándola con cuidado. El labio inferior de Draco tembló ligeramente.

—Si alguna vez quieres hablar de ello, puedes contar conmigo —le dijo Harry, secándole otra lágrima más y convirtiendo el gesto en una caricia.

—Lo sé. —La voz de Draco sonó ronca y apagada. Harry se sentó a su lado, dispuesto a esperar lo que hiciese falta hasta que Draco recobrase las fuerzas. Este separó una de las manos de sus rodillas y buscó la suya, entrelazando los dedos como había hecho en la cena y apretándola con fuerza—. Lo haré algún día.

—Cuando quieras.

Permanecieron así un rato más, hombro con hombro, dándose la mano en silencio. Cuando Draco se sintió mejor, ambos se levantaron y volvieron a entrar al local. Los demás los miraron con curiosidad, pero no hicieron ningún comentario sobre lo ocurrido. La conversación giraba en ese momento sobre las rondas de calentamiento de la temporada de quidditch pero Draco, que tenía el semblante serio y pensativo, no dijo nada más durante el resto de la velada.

De vuelta en el dormitorio, Draco se cambió en silencio. Durante el camino de vuelta Harry había sacado el tema de la poción de animagia para ayudarle a ocupar la mente con pensamientos menos nocivos y habían hablado en susurros sobre la necesidad de empezar a recolectar los ingredientes para poder fabricarla en cuanto tocase, pero Draco no había vuelto a tocarle físicamente desde que habían vuelto a entrar al pub. Harry había decidido respetar su espacio, comprendiendo que lo que le hubiese alterado todavía estaba rondando por su mente.

Harry bostezó, cansado. A pesar de haber dormido durante la tarde, el cuerpo le seguía pidiendo más horas de sueño. Entró al baño y Draco lo hizo tras él. Que Draco siguiese compartiendo con él sus momentos de intimidad le hizo sentirse más seguro. Le sonrió a través del espejo mientras se lavaba los dientes, con la boca llena de espuma, y Draco le devolvió una sonrisa tímida y sincera que hizo que el corazón le palpitara más rápido.

Harry se tumbó en la cama bocarriba, pero unos instantes después se movió para quedarse de lado, mirando en dirección a la cama de Draco. Este estaba tumbado igual que él, mirándole también. Le sonrió de nuevo, como en el baño, a modo de deseo de buenas noches y Draco volvió a sonreírle de vuelta antes de cerrar los ojos con una expresión plácida, sin apenas restos de la seriedad de la última hora en el rostro. Harry lo contempló unos minutos más, deleitándose en la forma en que la luz de la luna iluminaba levemente su rostro, haciéndolo parecer de marfil. El pelo le caía sobre la frente en una fina cortina, rozándole las cejas y haciéndolo parecer increíblemente guapo.

Harry era consciente de que en algún momento tendría que pararse a pensar en la dinámica que se traía con Draco. Era reticente a llamarlo amistad, a pesar de que deseaba que al menos fuese eso mejor que la tensión y el desdén de una semana antes. Además, cada vez tenía más claro que a Hermione y a Ron les quería de una manera diferente, madurada con los años, que no tenía nada que ver con el burbujeo en el pecho que sentía cuando estaba con Draco. Se moriría si les pasara algo malo, por supuesto, pero no tenía esa necesidad de estar con ellos todo el tiempo ni de tocarles.

Tampoco era lo mismo que había sentido por Cho o Ginny, pero sí se parecía más y eso le preocupaba, porque temía estar confundiendo sentimientos. Cho no había sido más que un encaprichamiento temporal de adolescente que se había disipado cuando por fin la había alcanzado, como el niño que insiste para que le compren un juguete y acaba dejándolo de lado cuando por fin lo obtiene. Ginny… Lo de Ginny había sido fuego puro. Como prender una cerilla, había comenzado súbitamente y luego la guerra la había ido extinguiendo paulatinamente. Apenas se había dado cuenta de que estaban juntos cuando la llama ya se había terminado y sólo había quedado una chica a la que quería como una hermana y que le gustaría conservar a su lado como amiga y un enorme sentimiento de culpabilidad que no sabía cómo gestionar. Para Ginny, Harry era la persona de la que llevaba toda la vida enamorada mientras que para él todo había sido una fiebre momentánea que se había estirado por el efecto extraño de la guerra sobre sus sentimientos.

Siempre había estado obsesionado con Draco, pero de una manera tóxica y violenta. Ya fuese espiándole, devolviéndole los insultos, sufriendo sus burlas o peleándose, las circunstancias habían abocado a ambos a enfrentarse vez tras vez, como si no pudiese haber nada más entre ellos y hubiesen estado predestinados a ser enemigos mortales. De nuevo, una maldita guerra que los había marcado a todos y obligado a unirse o separarse en función de la familia en la que habían nacido o el señor al que sus padres hubiesen jurado lealtad. Sin embargo, el final de esa misma guerra había cambiado la perspectiva de Harry. Sus pocas ganas de seguir peleando batallas que no llevaban a ningún lado, sumadas a la actitud derrotada de Draco, que había comprobado en sus propias carnes que ningún apellido o estatus de sangre lo elevaban sobre el resto, habían abierto un resquicio por el que Harry se había colado como el agua se abre camino a través de la roca.

No había esperado aquello. Cuando se había resignado a tener paciencia con Draco, sólo había pretendido enterrar el hacha de guerra y mostrarse magnánimo. Encontrar al Draco dulce y vulnerable tras las capas superficiales llenas de amargura y desdén de Malfoy había sido una sorpresa que habían transformado sus sentimientos y le habían permitido agacharse ante él y tenderle una mano amistosa para ayudarle a levantarse. Y lo que había encontrado al hacerlo le había gustado mucho. Sobre todo porque Draco le había visto siempre como Harry, igual que sus amigos, y no como el Salvador del Mundo Mágico. Con los años, Harry había aprendido a apreciar eso en su justa medida. Eran muy pocas las personas que podían hacerlo.

Aunque, a juzgar por el comportamiento de Draco, el aprecio era mutuo, Harry tenía miedo. Aquellos muros de Hogwarts eran un aislante del exterior. Su propio dormitorio estaba aislado del resto del colegio. Tenía miedo de que aquello fuese una llama tan fugaz como la de Ginny. Quizá no para él, sino para Draco y que en ese caso fuese él quien quedase en la posición vulnerable de no poder ser correspondido por la persona que con la que deseas pasar tu tiempo. Preguntándose qué significaba Draco exactamente para él y viceversa, se durmió sin alcanzar una respuesta clara en su mente.

Un grito entrecortado lo arrancó de su sueño. Harry se incorporó, asustado, intentando ubicar dónde estaba. Los últimos retazos de una ensoñación colorida se deslizaron de su mente. Palpó el colchón, echando de menos el tacto del césped que había estado en su sueño antes de darse cuenta que estaba enroscado en la manta de la cama, con las piernas descubiertas debido a la temperatura agradable que reinaba en la habitación. Parpadeó, intentando terminar de despertarse y recordando de repente el grito que lo había arrancado del sueño cuando otro igual de angustiado volvió a romper el silencio de la noche.

Asustado al comprender qué ocurría, Harry miró hacia la cama de Draco. Este se retorcía en las sábanas, pateando las mantas con los pies, prácticamente destapado en su totalidad, sudando profusamente e intentando arrancarse la camiseta que llevaba a modo de pijama.

—¡Draco! —le llamó Harry mientras se desenredaba a toda prisa de las mantas, casi tropezándose en su ansia por levantarse.

—¿Potter? —contestó este en sueños, dejando de retorcer la parte superior del pijama—. ¡Harry!

—Draco, estoy aquí, contigo —le dijo Harry suavemente en tono de consuelo, arrodillándose en la cama a su lado, intentando despertarle sin zarandearle.

Observó los gruesos goterones de sudor que le caían en la frente y la forma en la que la camiseta, empapada, se le pegaba al cuerpo ahora que había dejado de estrujarla. Sin pensarlo más, por el dolor que le producía verle sufriendo, puso una mano en el hombro de Draco. Este, nada más notar el contacto agarró su muñeca como las noches anteriores y tanteó buscando su mano, que llevó al pecho y abrazó, relajándose inmediatamente.

—Mucho mejor que estar en la sala común —susurró aliviado Harry cuando vio que la pesadilla había cesado inmediatamente.

Era consciente de que se había comprometido a despertarle, pero decidió que, dado que agarrarle de la mano había supuesto un alivio, no tenía sentido hacerlo. Al fin y al cabo, no era como si no se hubiesen dado la mano o abrazado aquel día mientras estaban despiertos. Resopló, conteniendo una carcajada, al darse cuenta de que se estaba auto justificando, comprendiendo que era poco probable que a Draco le molestara. Su antebrazo se resintió de la postura cuando Draco se movió para ponerse más cómodo. Con cuidado de no despertarlo, Harry se levantó, intentando no separar el brazo de Draco. Rotándolo lentamente para que quedase bocarriba, se sentó en el borde de la cama despacio para no molestarle. Estuvieron así varios minutos, pero Draco no lo soltó. Sintió los pies fríos al contacto con el suelo de piedra y decidió ponerlos sobre la cama para no congelarse.

Estirando la mano, cogió la varita de Draco de su mesita de noche, notando cómo esta le daba la bienvenida de nuevo con agrado. No habían pasado tantos meses desde que la había usado para vencer a Voldemort, pero no esperaba que la varita le recordase teniendo en cuenta que Draco parecía seguir utilizándola sin ningún problema. Se la había enviado con una lechuza, sin nota alguna. No había sabido qué decirle en ese momento. Tampoco había querido quedarse con ella, las palabras de Draco de que estaba utilizando la varita de su madre porque no tenía ninguna le habían vuelto varias veces a la mente en los días anteriores a decidirse a mandarla. Finalmente, había llegado a la conclusión de que probablemente al otro chico le agradaría recuperar su varita tanto como él le había gustado poder recobrar la suya propia.

Rodándola en los dedos, Harry realizó silenciosamente un hechizo que hizo que las sábanas levitasen y les arropasen a él y Draco. Metió las piernas por debajo de las mantas para estar calentito y se acomodó contra el cabecero, apoyando la nuca, decidido a dar una cabezada hasta que Draco soltase su mano y pudiese regresar a su cama.

—¿Qué haces en mi cama, Potter?

Harry abrió los ojos de golpe, dándose cuenta de que se había quedado profundamente dormido y ya entraban por la ventana los primeros rayos de sol del amanecer. Intentó incorporarse, pero una mano se lo impidió. Asustado, evaluó la situación, pensando con ironía que era la segunda vez que ocurría aquello en pocas horas. Estaba tumbado bocarriba en la cama de Draco, ocupando la mitad del espacio disponible. Draco estaba pegado contra él con la cabeza apoyada en su hombro y tenía uno de sus brazos debajo del hueco de la espalda de Harry. El otro estaba sobre su abdomen, debajo de la camiseta del pijama, descansando relajada. Harry, a su vez, le abrazaba con una de las manos por los hombros. Bostezó y parpadeó, preguntándose si debía responder a Draco ya que, aunque había hablado en primer lugar, parecía seguir dormido profundamente a juzgar por cómo respiraba.

—Potter, sé que estás despierto. Contéstame —insistió Draco con voz somnolienta.

—Yo… —Harry bostezó, muerto de sueño—. Tuviste pesadillas a mitad de la noche. Me levanté a despertaste, pero volviste a calmarte cuando me cogiste la mano.

—Aham. —Draco había asentido, pero Harry empezó a preguntarse cómo de despierto estaba—. No lo recuerdo.

—Cerré los ojos para dar una cabezada mientras terminabas de calmarte, pero me he debido quedar dormido. Lo siento —se apresuró a disculparse—. Me levanto ahora mismo.

—Demasiado pronto —murmuró Draco, que no se había movido hasta ese momento y ahora lo hizo levemente, buscando una postura más cómoda para la cabeza, frotando la mejilla contra su pecho. Movió los dedos de la mano que tenía bajo la camiseta de Harry en una caricia suave, haciéndole agradables cosquillas en el abdomen—. Hoy no hay clase.

—Debo estar aplastándote el brazo —susurró Harry, turbado.

—No importa —farfulló Draco—. Duérmete.

Draco volvió a moverse, restregándose como un gatito mimoso. Con vergüenza, Harry sintió cómo la erección matutina de Draco se apretaba contra su muslo cuando este enredó las piernas con las suyas y se apretó más contra su cuerpo, farfullando sonidos amodorrados incoherentes. Harry se relajó al ver que probablemente Draco tenía tantas ganas de seguir durmiendo como para no molestarse con él por haberle invadido la cama así.

Harry cerró los ojos, disfrutando del calor del cuerpo de Draco contra el suyo. Este comenzó a acariciarlo de nuevo con la mano que tenía bajo su camiseta, subiéndola hasta sus pectorales y tironeando suavemente de los pocos pelos que Harry tenía allí. Comprendiendo que Draco no estaba tan dormido como aparentaba y que probablemente esa era su manera de aprobar que estuviese ahí, Harry le correspondió con la mano que tenía sobre sus hombros, acariciándole en círculos la espalda. Draco soltó un suspiro de placer y Harry sonrió, satisfecho.

Se preocupó al sentir que se excitaba él también. Había asumido que la erección de Draco era la típica que cualquier muchacho sano de su edad presentaba todas las mañanas pero, consciente de que la suya no era así, intentó alejar de su mente cualquier pensamiento que contribuyese a ella, sin éxito. Se asustó cuando Draco fue ralentizando sus caricias hasta pararse, pensando que quizá le había descubierto pero, al bajar la mirada para observarle, se dio cuenta de que su expresión se había relajado y su boca estaba entreabierta y Harry comprendió que había vuelto a quedarse dormido.

Decidido a dejar que las cosas siguiesen el curso que tuviesen que seguir con el mejor talante posible, Harry cerró los ojos. No fue consciente de cuándo volvió a dormirse, pero sí de que en sus sueños volvía a haber algo relacionado con el vuelo de una escoba, un campo sembrado de flores moradas y el tacto de un cabello rubio suave como la seda. Por alguna extraña razón, todas aquellas sensaciones se sumaban a la de unas manos gentiles que le acariciaban, enmarcando su rostro y siguiendo las líneas de los músculos de su torso.

Suspiró de placer, enredando los dedos en el cabello de su sueño, que rotó rápidamente a la imagen de unos labios finos pero suaves y unos dedos largos y delgados que le acariciaban el pecho, abrazándole desde atrás. El campo de flores se desvaneció, dando lugar a la sala común. Sentía en su oreja el cosquilleo de un aliento fresco y suave, unas manos de piel pálida acariciándole el pecho y un estallido blanco de placer húmedo que le cegó antes de caer en un abismo negro.

—Potter…

Harry peleó por abrir los ojos, intentando despegarlos, buscando el origen de la voz que lo llamaba y siguiéndola a través de un laberinto de oscuridad. Entrevió un rayo de luz al final que se alejaba en cada paso que daba en su dirección.

—Potter, despierta.

Abrió los ojos, parpadeando. La habitación estaba en penumbra. Las cortinas, descorridas esa mañana cuando se había despertado, ahora estaban echadas, dejando pasar sólo una pequeña porción de luz. Bostezó, intentando alejar el sueño, consciente de que, a pesar de no saber qué hora era, podía notar en el embotamiento de su cabeza que había dormido muchas más horas de lo habitual.

—¿Qué hora es? —preguntó Harry, con la voz pastosa todavía.

—Buenos días —oyó que decía Draco con una risita cómplice—. Estabas durmiendo profundamente y no quería despertarte, pero es casi la hora del almuerzo y ya nos hemos saltado el desayuno.

Harry miró hacia Draco, comprobando que estaba totalmente despierto. Aun así, seguía abrazado a él en la misma posición que cuando habían despertado al amanecer, con su mano apoyada en su pecho por debajo de la camiseta. Notó que había sacado el brazo de debajo de su espalda y ahora se abrazaba su propio abdomen con él. Sus piernas todavía estaban enredadas entre las suyas y, cuando volvió a frotar la mejilla con su hombro, le hizo cosquillas en la barbilla con el pelo de la cabeza.

—¿Llevas mucho tiempo despierto? —preguntó Harry, intentando reprimir sin éxito otro bostezo.

—Un rato —contestó Draco—. Me desperté otra vez cuando la habitación se iluminó del todo. Tenemos que recordar cerrar las cortinas los fines de semana.

Comprendió que las había cerrado con magia cuando vio la varita de Draco encima de ellos, entre sus cuerpos. Echó cuentas mentalmente, dándose cuenta de que probablemente eso significaba que Draco llevaba despierto al menos cuatro horas.

—¿No te has levantado por mi culpa? —preguntó Harry sintiéndose culpable.

—No me he levantado porque estaba cansado y en la cama se estaba cómodo, calentito y bien.

—Genial —sonrió Harry perezosamente, cerrando los ojos de nuevo y relajándose. Inhaló profundamente, deleitándose en el aroma floral de Draco—. ¿A qué hueles?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Draco, desconcertado por la pregunta inesperada.

Harry abrió los ojos de repente, volviendo a tensarse al darse cuenta de que había formulado la pregunta en voz alta y no en su mente, como había pretendido. El olor fresco y floral de Draco, que ya había percibido en varias ocasiones y que le resultaba muy familiar, había inundado sus fosas nasales una vez más haciéndole preguntarse qué era, pero no había pretendido preguntárselo directamente.

—Yo… Es sólo… Me gusta cómo hueles —confesó Harry, enrojeciendo y decidiendo ser sincero como siempre—. Me resulta familiar, pero no consigo identificar el olor.

—Supongo que ahora mismo y dado que no me he duchado todavía, huelo a sudor, Potter.

—No hablaba de eso, idiota —gruñó Harry al ver que Draco eludía su pregunta—. Yo también debo apestar, si te sirve de consuelo.

—Es agradable —reconoció Draco, frotando su nariz contra su hombro. Harry pensó que debía estar demasiado cerca de su axila como para ser agradable, pero Draco inspiró con fuerza y suspiró—. Parecemos imbéciles.

Harry sonrió, siendo consciente de que tal y como había pensado durante la noche, aquello debía significar algo. Las mariposas de su estómago aletearon entusiasmadas. Movió la mano desde la espalda de Draco hasta su cabeza, hundiéndola en su cabello y acariciándoselo. Un retazo de su sueño acudió a su memoria como la reminiscencia de un recuerdo antiguo.

—Has hecho eso mientras dormías —le informó Draco con voz aprobadora, casi ronroneando.

—Soñé que lo hacía —admitió Harry—. Supongo que una cosa influyó en la otra.

Se quedaron así un rato más en silencio. Harry miraba el techo con los ojos abiertos, disfrutando la sensación del suave pelo de Draco en los dedos, hundiéndolos hasta llegar al cuero cabelludo y luego despeinándole. Recordando cómo le había acariciado Draco el día anterior, intentó masajearle de una forma parecida, suponiendo que también le gustaría. Draco le correspondió volviendo a acariciarle la piel del pecho como había hecho antes, pero esta vez lo hizo en caricias más amplias, recorriendo no sólo el espacio entre sus pectorales sino descendiendo hasta el ombligo y volviendo a subir en movimientos más largos.

—Tenemos que levantarnos ya —dijo Draco al cabo de unos minutos, sonando apesadumbrado—. No creo que sea capaz de aguantar hasta la hora del té si no como algo.

—Yo tampoco —coincidió Harry, escuchando cómo le rugían las tripas.

—Además, aunque no pasa nada si yo me ducho luego, tú sí deberías hacerlo antes de bajar al Gran Comedor. —Harry le miró con un gesto interrogante.

—Claro que planeo ducharme antes de… ¡Oh! —Draco retiró las sábanas, señalándole con la mirada y una sonrisa maliciosa el calzoncillo, que tenía un amplio círculo de humedad en la zona de la entrepierna, a la altura del muslo derecho.

—¡Mierda! Yo… ¡Joder, qué vergüenza! —dijo Harry mientras se sonrojaba antes de pensar que quizá Draco pensaba que se habría orinado encima—. No es… Es… No quería…

—Ya sé que no te lo has hecho encima, Potter. Sé lo que es. A mí también me pasa, te recuerdo que soy un chico. Además, estaba despierto cuando ha ocurrido.

—¿Estabas despierto? —preguntó Harry, muriéndose todavía más de la vergüenza y preguntándose cómo iba a mirarle a la cara—. ¡Oh, joder!

—Deja de lamentarte, Potter. Sólo lo he dicho porque creía que querrías ducharte, no porque me haya molestado. Además… —Harry se horrorizó al pensar que podía haber más o que quizá le había metido mano mientras dormía—, yo te he… te he babeado la camiseta mientras dormía. Lo siento.

—No me importa. —Harry suspiró aliviado—. ¿Eso quiere decir que has dormido bien?

—Hacía mucho tiempo que no dormía así. —Harry sonrió, sabiendo que no le había contestado a la pregunta directamente, pero que por la forma de decirlo era una respuesta afirmativa.

—Está bien. Hay que levantarse entonces. —Draco se removió, todavía disfrutando de la mano de Harry en su pelo. Sacó su brazo de debajo de la camiseta de Harry y se incorporó. Él hizo lo mismo, sentados juntos. En un impulso que no sabía de dónde había salido, Harry acercó su nariz al pelo de Draco aspirándolo antes de levantarse—. Sí hueles bien. A una especie de tipo de flores. Algún día acabaré averiguando cuál.

Se levantó, tendiendo la mano a Draco para ayudarlo a incorporarse. Este la aceptó con una sonrisa, chocando con él al aprovechar el impulso. Harry tendió sus brazos por detrás de la cintura de Draco, sujetándole para que no perdiese el equilibrio. Sus narices se rozaron por un ínfimo segundo, justo antes de que Draco recuperase el equilibrio. Se quedaron quietos un momento, mirándose a los ojos. Harry pensó que estaba tan cerca que podría besarlo sólo con avanzar un par de centímetros. Se preguntó si Draco se separaría o lo rechazaría. La intuición le gritaba que no, pero no se movió. Sintió el pecho de Draco respirar al mismo ritmo que el suyo, sus manos posándose en las caderas de Harry, sin hacer fuerza.

—Hay que encontrar algo que sustituya esas horrorosas gafas, Potter —gruñó Draco con una mueca divertida.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Harry desconcertado, aflojando las manos de la cintura de Draco. Este se rio, separándose unos centímetros de él, rompiendo el momento, pero a Harry no le importó. Sabía que había sido real—. No las llevo puestas ahora.

—Por eso mismo exactamente —dijo Draco con el tono burlón que indicaba que sabía algo que Harry no entendía y dando un paso atrás para apartarse con elegancia, sin darle más explicaciones.

Draco se desvistió, mirándolo todavía con burla y lanzando su ropa al rincón donde la recogerían los elfos en cuanto abandonasen la habitación para ir a almorzar. Harry recordó de repente que sus calzoncillos estaban sucios y que seguramente había manchado a Draco al acercarle tanto a él, pero Draco no parecía estar pensando en ello cuando entró en el baño, entornando apenas unos centímetros la puerta. Unos segundos después, el sonido de la ducha llegó hasta Harry.

Todavía desconcertado, Harry se preguntó qué había querido decir Draco con el comentario sobre sus gafas. Se quedó ensimismado en el sitio donde Draco lo había dejado, pensando en ello y rememorando la sensación que le había invadido justo antes de que se separasen, preguntándose cómo se habría sentido si lo hubiese besado, hasta que el sonido de la ducha cesó, lo que le hizo caer en la cuenta de que debían haber pasado varios minutos. Envuelto en una toalla, Draco abrió del todo la puerta, como invitándole a entrar, pero se quedó junto a los lavabos, mirándose al espejo, lavándose los dientes. Al ver que no se movía, le miró interrogativo.

—¿Todavía estás así? —preguntó Draco al verle allí parado—. Deberías darte prisa, Potter, o llegaremos tarde a almorzar.

—¡Sí, claro! —exclamó Harry, moviendo la cabeza para despejarse.

Mirando el reloj, comprobó que Draco tenía razón y que apenas quedaban treinta minutos para que comenzara la hora del almuerzo. Podrían llegar un poco tarde, pero no mucho más o no les daría tiempo a comer. Draco había comenzado a repasarse la mejilla con la varita, rasurándose con magia. Harry se preguntó si realmente tendría algo que afeitarse, porque siempre le había dado la sensación de que era imberbe, sintiendo deseos de pasar la mano por su mejilla para comprobar si raspaba.

—Puedo salir del baño, si ese es el problema —dijo Draco mirándole dubitativo. Había dejado de afeitarse y de repente había una sombra de incertidumbre en su rostro—. Sí, será lo mejor.

—¡No! —negó Harry moviendo la cabeza enérgicamente y entrando en el baño antes de darle la oportunidad de salir. Concluyó que Draco debía de haber pensado que estaba esperando a que saliese para ducharse. Dándose mentalmente golpes en la frente, entendió que Draco no había pretendido dejarle fuera del baño y que seguramente esperaba que Harry hubiese aprovechado el tiempo que él había empleado en ducharse para asearse a su vez—. Es sólo que todavía estoy un poco dormido y me cuesta funcionar.

—¿Seguro? —dudó Draco—. No pretendía invadir…

—No digas tonterías —le interrumpió Harry, que estaba desnudándose a toda prisa—. No invades absolutamente nada.

De reojo, vio que Draco le estaba mirando a través del espejo, a medio afeitar, inmóvil. Una sensación extraña en el estómago, como un hormigueo, le embargó. Harry terminó de desnudarse, tirando la ropa de cualquier forma sin atreverse a comprobar si Draco seguía mirándolo, y entró en la ducha, corriendo la cortina antes de que su pene terminase de ponerse duro y le avergonzase de nuevo delante de él.

—¿Saldremos a volar esta noche? —preguntó Draco en voz alta, haciéndose oír por encima del ruido de la ducha.

—Por mí sí —respondió Harry, frotándose el pelo enérgicamente.

—Bien. Tenemos que llevar una cuchara de plata.

—¿Una cuchara de plata? ¿De dónde vamos a sacar una cuchara de plata, Draco?

—Yo tengo un par en mi kit de pociones, no hay problema por eso —le atajó Draco antes de que siguiera preguntando—. Deberíamos adentrarnos un poco en el bosque. Necesitamos encontrar un sitio donde haya rocío que estemos seguros de que no le haya dado la luz del sol, así que tenemos que buscar lugares donde tengamos la certeza de que sea así.

—¿En el bosque? —Harry se lavó rápidamente el cuerpo, enjuagándose y cambiando el grifo del agua caliente al agua fría. No sabía por qué, pero aquella mañana encontraba excitante cualquier situación que involucrase a Draco y él cerca. Iba a tener que salir de la ducha mientras ambos estaban en el baño y necesitaba rebajar esa excitación—. Va a haber que adentrarse mucho, entonces.

—No creo. Es probable que encontremos sitios donde haya rocío resguardado. En el hueco de un árbol, bajo un helecho, entre unas rocas… Sólo necesitamos dos cucharadas, una para ti y otra para mí.

Harry cerró el grifo, retirándose el sobrante de agua de la cara. Imbuyéndose de valor, apartó la cortina y salió de la ducha rápidamente, intentando dar la espalda a Draco. Cogió una toalla seca, la primera que encontró, y se apresuró a envolverse en ella, intentando aprisionar su erección para disimularla antes de darse media vuelta. Draco seguía concentrado en el espejo, peinándose con los dedos.

—Debería afeitarme yo también, pero mejor lo dejo para después de comer o no llegaremos —comentó Harry, fijándose en que Draco estaba sacando un cofrecito de madera del estante donde tenía sus cosas de aseo.

Manteniendo la mirada de Harry a través del espejo, Draco se puso unas gotas de un frasco que sacó de él en las palmas de las manos antes de pasárselas por el pelo, el cuello y el pecho. Un agradable aroma invadió el cuarto de baño. Harry inspiró con fuerza al darse cuenta que era el olor floral que siempre detectaba en Draco y que le traía loco desde hacía unos días. Se quedó parado, mirándole a través del espejo, chorreando agua, dado que se había envuelto en la toalla sin secarse previamente, y formando un charco en el suelo.

—Es mi perfume, idiota —contestó Draco, devolviéndole la mirada y sonriéndole pícaramente—. Flor de iris y violeta.

—Lo sabías desde el primer momento que te lo he dicho —le acusó Harry, simulando enfadarse.

—Claro que sí —se burló Draco, dándose media vuelta y mostrándole el frasco, que estaba prácticamente vacío—. Lo hace una botica de Hogsmeade, pero es bastante caro. Lo bueno es que dura muchísimo tiempo porque lleva ingredientes mágicos, así que no es necesario ponértelo todos los días. Este lo tengo desde que empecé en Hogwarts, pero ya está en las últimas —añadió con voz apenada.

Harry sonrió, sospechando que la razón por la que se lo había puesto esta mañana era que él había dicho que olía bien y aquella idea le hizo sonreír de felicidad. Se hizo el propósito de bajar a Hogsmeade en cuanto tuviese oportunidad para comprarle otro frasco aunque tuviera que vaciar de galeones su cámara de Gringotts y pelearse con él para que lo aceptase. Entrecerrando los ojos, planeó que, si Draco ponía alguna pega, podía decirle que era un regalo para sí mismo, dado lo mucho que le gustaba.

—Molly tiene en el jardín una parcela llena de violetas. Con razón me sonaba el olor —recordó Harry, pensando también en el olor de su Amortentia.

—¿Insinúas que huelo a Weasley? —Draco fingió estar muy indignado.

—Afirmo que hueles delicioso —contestó Harry antes de pararse a pensar en si el adjetivo que había utilizado era el más oportuno, aunque realmente lo pensaba.

Draco no contestó. Harry vio en sus ojos la misma determinación que el día anterior, cuando le había sugerido que se sentase junto a él, y se lamió el labio, anticipando lo que iba a suceder. Draco se acercó a él y cogió otra toalla seca. Con energía, le frotó el pelo para secárselo. Harry no se movió, consciente de la cercanía del pecho desnudo del otro chico, su propia erección bajo la toalla y el olor a flores que había creído que iba a terminar por volverle loco. Cuando terminó con el pelo, Draco le secó con cuidado los hombros y el pecho, poniéndole la toalla por detrás de los hombros para cubrirle la espalda.

Abriendo el frasquito, Draco depositó unas pocas gotas en las palmas antes de pasárselas por el pelo, peinándoselo con los dedos. Después, se las extendió por el cuello y acabó deslizando las palmas por el pecho de Harry, imitando los mismos movimientos que había hecho consigo mismo. Cuando terminó, Harry le cogió por las muñecas y, acercándose las manos de Draco a la cara, inspiró con fuerza, disfrutando del aroma fresco y potente.

—Se irá de mis manos en unos minutos, pero el resto del perfume de tu piel y tu cabello durará más de una semana —le aseguró Draco en voz baja.

—No tendrías haberlo hecho. Dices que te queda muy poco, no deberías malgastarlo —lamentó Harry, considerando que era egoísta por su parte haberlo aceptado.

—A ti te gusta. No considero que eso sea malgastarlo. —Draco se encogió de hombros, pero le miraba a los ojos con una emoción extraña en el rostro.

—Me encanta, pero no quiero que te quedes sin él por mi culpa —le contestó Harry, soltándole las manos.

—No te afeites —murmuró Draco pasando las palmas por sus mejillas rasposas, impregnándoselas también del olor del perfume y cambiando de tema—. Estás guapo así.

Mientras Draco guardaba con cuidado el bote dentro del cofrecito de madera antes de devolverlo a la estantería, Harry se arrepintió de no haber hecho lo mismo con Draco. Ese tipo de gestos valientes de Draco, que normalmente se escondía tras su coraza de silencio y cautela, atreviéndose a hacer las cosas que Harry sólo pensaba o deseaba, impresionaban a Harry. Salieron del baño y se vistieron rápidamente. Harry consultó el reloj comprobando que el almuerzo ya habría comenzado y que se habían entretenido demasiado.

—¡El último en llegar al Gran Comedor es un bowtrucle! —gritó Draco al mismo tiempo que salía corriendo de la habitación y corría a toda velocidad por el pasillo.

Cerrando la puerta del dormitorio con una sonrisa, Harry le siguió lo más deprisa que pudo, alcanzándolo en la puerta del Gran Comedor sólo porque Draco estaba recostado contra la pared, jadeando, con una sonrisa y haciendo teatro para hacer parecer que hacía mucho rato que le esperaba. Cuando llegó, Draco se unió a él y ambos entraron en el bullicio del Gran Comedor, despertando miradas curiosas sobre ellos.