Disclaimer: Todo lo que aparece en el fic es de Rowling, incluidas sus contradicciones.

¡Muchísimas gracias a todas por las lecturas y los comentarios! ¡Abrazos y besos!

Créditos: El título es idea de Nicangel03.

Trigger Warning: Referencias a situaciones sexuales, nada demasiado explícito. Tensión sexual latente.


Una gata entrometida

Los días habían transcurrido plácidamente en aquella rutina. Los últimos días de verano, paradójicamente frescos y nublados, dieron lugar a los primeros del otoño, soleados y con temperaturas más propias del mes anterior que de principios de octubre. Draco y Harry se acostumbraron a escapar del castillo en noches alternas para volar por encima de las copas de los árboles del bosque prohibido. A petición de Harry, Ron le había enviado un juego de pelotas de quidditch que usaban para competir en juegos de buscador en las noches más claras. Empleaban las tardes en aplicarse a los estudios concienzudamente y pasaban el tiempo libre con sus compañeros en la sala común, hablando, jugando y leyendo. Draco había cumplido su palabra y había ayudado a Harry a ponerse al día con Teoría Mágica. Harry sabía que probablemente suspendería o aprobaría justo el primer trimestre, pero podía vislumbrar que acabaría recuperando la asignatura y sacándola sin problemas y aquello había elevado su ánimo.

—Ojo con eso, Harry. Esa ley tiene tres excepciones, no dos —le indicó Draco en un susurro, señalándosela en la redacción con la pluma.

—¿Tres?

—El genitivo en los encantamientos modifica la…

—¡Ah! Cierto. Ya recuerdo, lo de la estructura de la formulación—le interrumpió Harry al recordar la información. Draco asintió con una sonrisa y Harry le agradeció con otra que estuviese pendiente de sus deberes de Teoría Mágica a pesar de que él estaba estudiando Aritmancia.

Cuando no salían a volar practicaban el patronus de Draco. Este había conseguido hacer importantes progresos, siendo capaz de invocar y mantener un escudo plateado firme. Aunque Draco había menospreciado sus avances diciendo que no era lo mismo hacerlo en la seguridad de la sala común que delante de un dementor, Harry había vitoreado sus progresos y le había felicitado, viendo el brillo orgulloso en los ojos de Draco que revelaba que sólo decía aquello por inseguridad y necesidad de validación externa.

Ya era natural para todos ver a Harry y Draco en la sala común hablando, leyendo juntos algún libro de transformaciones o practicando el patronus, algo a lo que habían acabado uniéndose otros compañeros con curiosidad, lo cual había reforzado los lazos que habían establecido entre ellos durante los primeros días de curso. Harry había observado que Draco cada vez parecía más cómodo con los demás, aunque había acabado cogiendo más confianza con Hermione, Justin y Dean que con el resto. Harry lo achacaba al hecho de que Draco casi siempre estaba con él, que trataba mucho más con Hermione, además de compartir Aritmancia con ella, y al carácter extrovertido de los otros dos chicos, que solían dinamizar las actividades en común.

Ernie y Morag eran educados y corteses y provenir de familias de sangre pura más o menos tradicionales ayudaba a que la relación con Draco fluyese con facilidad. Incluso Michael o Neville, sobre todo el segundo, que parecía haber dejado atrás todo lo relacionado con el Malfoy que habían conocido en sus años iniciales de colegio, estaban cada día mucho más cómodos con Draco a pesar de las reservas de Michael, cada vez menores.

—¿Qué diferencia hay en el tiempo verbal si el conjuro es en latín o en sajón? —preguntó Harry, levantando la mirada—. Lo siento, no estoy dejando que te concentres.

—No importa, idiota —le reprendió Draco, inclinándose hacia él—. Déjame ver qué has escrito antes de explicártelo.

Sus acuerdos iniciales sobre darse clases de apoyo en las asignaturas en las que flaqueaban se habían difuminado y habían pasado simplemente a ayudarse el uno al otro en todo lo que podían. Draco estaba decidido a que Harry aprobase Teoría Mágica y, además, había empezado a entusiasmarse gracias a los ejercicios que Harry le marcaba para conseguir progresos en la animagia y a los resultados obtenidos con el patronus, lo cual había ayudado a que sus resultados en Transformaciones y Encantamientos mejorasen exponencialmente.

La llegada del calor diurno del último veranillo antes del frío otoñal había provocado que el contraste de temperatura con respecto a la noche fuese más grande que en las primeras semanas de curso y los elfos habían aumentado la temperatura del castillo con hechizos y mantenían las chimeneas alimentadas toda la noche. Draco no tenía pesadillas todas las noches, pero sí a menudo. Harry prácticamente ni se despertaba. Se limitaba a levantarse de su cama al sentirle moverse inquieto, sin esperar a averiguar qué tipo de pesadilla era, y se metía en la de Draco, que se abrazaba a él instantáneamente, dejándose atrapar por el sueño de nuevo sin más preámbulos.

—Voy a ir bajando a cenar —les anunció Hermione después de llamar a la puerta—. Sé que es temprano para vosotros, pero Neville y yo queremos bajar a Hogsmeade a hacer unos recados aprovechando que es viernes. ¿Necesitáis algo?

—Trae chocolate de Honeydukes —le pidió Harry, recordando que apenas les quedaba para sus prácticas del patronus y con pocas ganas de mendigar de nuevo a los elfos domésticos. Se levantó, rebuscando en el baúl el monedero y le tendió a Hermione un puñado de sickles.

—Recogeremos también cervezas y golosinas para la sala común, se están terminando.

—¡Lo había olvidado! —Harry miró a Draco, interrogándole con la mirada. Este asintió, comprendiéndolo sin necesidad de decirse nada más. Sacó dos galeones más del monedero—. Ten, Hermione.

El tema del dinero les había costado un par de discusiones más. Harry no quería ni oír hablar de ello y Draco sacaba a relucir el orgullo cuando algún este se hacía cargo de algún gasto en común para ambos, como el chocolate. Al final, Harry le había dejado claro que su dinero iba con él en un mismo paquete y que era absurdo pelearse por algo material que les permitía disfrutar de cosas que compartían los dos y Draco había cedido sin más reticencias. Aquel día, tras la discusión, Draco se había dejado invitar a unas cervezas en Hogsmeade. Desde entonces, habían comido los sábados en las Tres Escobas para despejarse del colegio.

Seguían manteniendo aquella complicidad inicial que habían establecido entre los dos tanto a nivel emocional como físico. Ambos seguían pasando prácticamente todo su tiempo juntos. Harry se había acostumbrado tanto a compartir su espacio personal con Draco que se había descubierto echándolo de menos cuando no compartían clases y no sentía su codo rozando el suyo encima del pupitre. Draco se había acostumbrado a hacerle caricias y mimos, tal y como le había prometido en una conversación que a Harry se le antojaba remota. Harry ya no se contenía y le abrazaba y acariciaba sin preocuparse porque Draco pudiese sentirse incómodo, sabiendo que lo disfrutaba tanto como él.

Solían cogerse de la mano si alguno de ellos se veía afectado por algo negativo o se desanimaba, pero a veces también lo hacían simplemente porque sí. Harry acariciaba inconscientemente el pelo de Draco cuando estaban en la sala común, tumbados juntos en el sofá, oliendo la fragancia de iris y violetas en su cabello. En un par de ocasiones durmieron abrazados en la misma cama sin la excusa de las pesadillas. Harry a veces se preguntaba si Draco estaría esperando que fuese él quien diese el primer paso para besarlo, si sencillamente no deseaba que lo hiciese porque para él aquella relación significaba algo diferente o si era que no lo necesitaba. El miedo recurrente a que los muros de Hogwarts estuviesen creando una situación irreal insostenible en la vida real de afuera todavía le atenazaba algunas veces la boca del estómago.

—Gracias, Potter —le murmuró Draco cuando volvió a sentarse a su lado.

—No me las des.

—Lo haré si quiero —refunfuñó Draco, pero Harry pudo percibir en su tono de voz que no estaba enfadado ni de mal humor.

—De nada —accedió Harry, tocándole la rodilla con la mano con un apretón cariñoso—. ¿Quieres seguir estudiando?

—No me apetece. La verdad es que me siento cansado. Es viernes. Hacía mucho que no estudiábamos los viernes.

Implícitamente, habían decidido después de aquel primer viernes que pasaron juntos en el sofá pasar los siguientes sin estudiar, pero el primer examen parcial de Teoría Mágica traía a Harry de cabeza, así que tras descansar varios viernes había decidido estudiar ese.

—¿Quieres que bajemos ya a cenar?

—¿Tienes hambre? —preguntó Draco a su vez.

—No mucha. Queda empanada de Rosmerta de la que trajo ayer Dean en la sala común. —McGonagall no les había llamado la atención por sus hábitos de asistencia a las comidas, a pesar de sus palabras el primer día de curso, y los nueve habían empezado a hacer su vida a caballo entre el colegio y Hogsmeade como parte del mundo exterior. Hermione quedaba con Ron y Dean con Seamus para tener tiempo de ocio como parejas, aprovechando la facilidad de transportarse con la Aparición. Él también había acompañado a Hermione para ver a Ron uno de los días, pero no le apetecía dejar a Draco solo en el colegio—. Si tenemos hambre, se la robamos. Mañana podemos comprarle más cuando bajemos a comer al pueblo.

—¿Podemos quedarnos en la sala común, entonces? Después, cuando todo el mundo se vaya a dormir, salimos a volar —propuso Draco.

—De acuerdo —asintió Harry y Draco le devolvió una sonrisa cansada, pero sincera.

Ambos salieron del dormitorio después de recoger y se dirigieron a la sala común, dónde sólo estaban Michael y Neville comparando unos ejercicios de clase y Morag, que atizaba la chimenea al modo muggle. Les saludaron y se tumbaron en el sofá que todo el mundo respetaba como propiedad de ellos dos. Harry lo había modificado mágicamente de manera permanente, permitiéndoles recostarse de lado y ensanchando sus cojines, haciéndolo mucho más cómodo. El resto de sus compañeros le habían imitado, personalizando los sofás que acostumbraban a utilizar.

Harry se acomodó mientras Draco se acercaba a petición de Neville, que quería consultarle algo del ejercicio que estaba discutiendo con Michael. Draco llevaba un libro grueso bajo el brazo. Harry supuso que era de animagia. Entre los dos habían acabado devorando toda la teoría mágica sobre el tema que Hermione les había traído inicialmente y luego ambos habían saqueado la biblioteca. Draco ahora estaba mucho más seguro de lo que estaban haciendo y no había vuelto a insinuar que estuviesen locos. Los dos practicaban el movimiento de varita y la pronunciación del hechizo constantemente, cerciorándose de que cuando llegase el momento de dar el paso definitivo todo saliese bien.

Sacó pergamino y pluma, pensando en contestar la última carta de Ron. Draco terminó la conversación al cabo de un buen rato. Los otros chicos se despidieron de ellos cuando bajaron a cenar y Draco se recostó en el otro extremo del sofá, subiendo los pies descalzos al regazo de Harry, que estaba sentado a lo indio. Sin pedirle permiso, los coló por entre las piernas y los pies de Harry, utilizándole como calefactor. Harry sonrió complacido. Estuvieron un rato en silencio, cada uno aplicado a su tarea, hasta que Harry terminó la carta y la firmó, retirando a un lado la pluma, el tintero y el pergamino. Draco parecía muy concentrado, pero levantó la vista cuando se percató de que Harry le estaba mirando.

—¿Has terminado tu carta? —Harry asintió—. ¿Quieres ir a enviarla ahora?

—No. Iremos mañana a la lechucería antes de desayunar, mejor. Ahora se está muy bien aquí.

—De acuerdo —coincidió Draco, volviendo a centrarse en el libro.

Harry se acomodó mejor, descruzando las piernas y estirándolas entre las de Draco, deslizándose un poco más abajo del sofá para quedar medio tumbado también. Este se reacomodó también, extendiendo las piernas. Era consciente de que su pie estaba muy cerca de la entrepierna de Draco y el de Draco de la suya, pero aquello le resultaba agradablemente excitante.

Despertarse con el calzoncillo húmedo se había convertido en otro de esos nuevos hábitos tanto para Harry como para Draco, que también había sufrido alguno de esos accidentes. Harry no había sido tan consciente de su sexualidad como hasta ese momento. Sí, Cho y Ginny habían removido algo dentro de él, pero había sido algo más emocional que sexual. Asumía que tan tímida reacción durante un periodo tan ardiente como la pubertad y la adolescencia tenía mucho que ver con los problemas que enfrentaba año tras año, obligando a su cerebro a establecer prioridades de supervivencia. En cambio, con Draco sentía una conexión emocional mucho más fuerte que con las dos chicas que, además, iba cargada de muchísima excitación sexual contenida. Draco no había dado ningún paso en acercarse en ese sentido, igual que tampoco había dado a entender que deseara besarlo, y Harry lo había respetado, temiendo estar malinterpretando las cosas.

También se había habituado a tener una erección cada vez que compartían algún tipo de cariño físico, a veces incluso con los más absurdos. Draco era más observador y solía darse cuenta rápido cuando le ocurría. Al principio Harry se había muerto de vergüenza, pero Draco se había habituado a tranquilizarle diciéndole que a él también le ocurría. Saberlo había conllevado que Harry se fijaba mucho más en esa zona de Draco en concreto y eso no ayudaba a relajar las cosas en la suya, pero poco a poco se había habituado a disimularlo lo mejor posible si estaban en la sala común y a no avergonzarse cuando estaban solos. Ninguno de los dos se molestaba siquiera en ocultarlo si ocurría en el dormitorio o al entrar y salir de la ducha. Harry había pillado a Draco mirándole de reojo más veces, sobre todo en el cuarto de baño, pero él también lo hacía, intentando no parecer demasiado obvio, aunque sin obsesionarse con disimular tampoco.

Harry era consciente de que era un rarito y de que otros chicos no llevaban ese tipo de situaciones como él. Ni como Draco, porque Harry estaba prácticamente seguro de que él tampoco se masturbaba a juzgar por las poluciones nocturnas. Harry no lo había hecho nunca, demasiado preocupado y estresado por otros temas antes de la guerra, demasiado traumatizado por la guerra justo después. Una vez que su cuerpo parecía haber despertado con toda su potencia no creía que fuese lo más elegante hacerse pajas en la cama por la noche o encerrarse en el baño y que Draco supiese qué era lo que estaba haciendo. No había hablado del tema con él, pero se hacía una idea de que era muy probable que le hubiese ocurrido lo mismo que a él. Además, le daba una especie de vergüenza que no conseguía definir hacer por primera vez algo que suponía que debía de llevar años haciendo, una especie de miedo a lo desconocido.

—Mañana hay luna llena y el cielo sigue despejado —le recordó Draco por enésima vez en esa semana, sin levantar la vista del libro. Había estado un poco nervioso a causa de aquello. Harry también. Los dos habían conseguido mantener la hoja de mandrágora en la boca todo el tiempo, a pesar de que les había resultado complicado—. Esta noche quiero revisar todos los ingredientes y el instrumental que vamos a necesitar detenidamente antes de salir a volar.

Lo habían reunido todo a lo largo de aquellas semanas. Las crisálidas de polilla habían salido de la botica de Hogsmeade, así como las redomas de cristal fino. Cuando habían ido a comprarlas, Draco había insistido en que no quería arriesgarse a que fuesen de vidrio y Harry había accedido sin discutir, pagando el precio sin rechistar. El rocío no lo habían llegado a recoger cuando habían planeado inicialmente, pues se habían dado cuenta de lo complicado que era mantenerlo fuera de la luz del sol o que no se evaporase sin realizar ningún hechizo sobre él y preferían no alterarlo mágicamente de ninguna manera. Habían explorado varios sitios en las lindes del bosque donde se acumulaba en las sombras, tratando de garantizar que durante la siguiente luna llena pudiesen recolectarlo de al menos uno de ellos sin problema.

Draco empezó a narrarle en voz alta lo que estaba leyendo en el libro. Detallaba con sumo cuidado el ritual que ambos debían seguir a partir del día siguiente hasta el momento en que llegase una tormenta eléctrica. Eso les había preocupado, pues habían contado con que octubre sería un mes tempestuoso y les regalaría una buena tormenta antes de Halloween, pero sus inicios se habían presentado despejados. Como Harry había dicho, resignándose a que iba a ser el primer año desde que empezó a asistir en Hogwarts que no iba a ser así, sólo era cuestión de tiempo que hubiese una y no les venían mal algo de margen extra para prepararse.

Sabía que el hecho de que Draco estuviese leyendo en voz alta y repitiendo el proceso de transformación una y otra vez era otro síntoma de su nerviosismo. Intentando no distraerle demasiado, Harry cogió uno de los pies de Draco entre las manos y empezó a masajearlo lentamente. Se había convertido en un verdadero experto en ello a base de practicar. Draco, sorprendido por lo agradable que le había resultado aquella primera vez, le había pedido que lo volviese a hacer un par de días después y Harry se había apresurado a complacerlo recordando lo bien que se había sentido el masaje en los hombros y el cuello.

—Tienes unas manos magníficas —dijo Draco, deteniéndose en la lectura del libro para mirarle agradecido.

—Me encanta que te guste.

Dejando el libro a un lado, Draco cogió uno de los pies de Harry y empezó a corresponderle. Harry suspiró de placer. Tenía que admitir que, si bien disfrutaba calentándole y masajeándole los pies, recibir el masaje de vuelta era aún mejor. Solían aprovechar los momentos en los que ambos se quedaban solos en el sofá de la sala común ya que el sentarse uno frente a otro como en aquel momento propiciaba que ambos pudiesen hacérselo mutuamente y no tenían que exponerse a la curiosidad del resto del grupo.

Harry sintió cómo su pene reaccionaba rápidamente, pero como todavía era temprano para que nadie subiese de cenar, no le importó. Como estaba tan pendiente de las reacciones físicas de Draco dirigió la mirada hacia esa zona en particular en un rápido vistazo, constatando que la ropa deportiva que este llevaba tampoco dejaba nada a la imaginación. Cuando volvió a mirarle a los ojos, Draco le estaba devolviendo una mirada tan llena de cariño que lo abrumó.

Un día, mientras Draco estaba en clase de Aritmancia, Harry se había acercado a Dean, venciendo su timidez, para preguntarle acerca de su noviazgo con Seamus. Este había sonreído abiertamente, comprendiendo lo que ocurría al instante y, a pesar de que Harry le había intentado asegurar que sólo era curiosidad y que no se refería al aspecto físico de su relación, Dean se había apresurado a dejarle un libro que tenía en su baúl y resumirle rápidamente algunas cosas que Harry sólo escuchó a medias, avergonzado.

Él realmente no había querido preguntar sobre la mecánica de aquello. Había cosas que se imaginaba. Había ojeado algunas de las revistas de Dudley en los veranos, más con curiosidad que verdadera excitación y, aunque no salían relaciones entre hombres en ellas, no podía ser muy diferente si algún día Draco mostraba algún interés a ese respecto. Ni siquiera estaba seguro de que Draco fuese a querer hacer aquello, todavía había una pequeña parte de Harry que temía que este sólo lo considerase un amigo con el que tenía mucha confianza.

A Harry le horrorizaba dar algún paso en falso y que Draco se asustase o, peor, hacerle daño de alguna manera si estrechaban su relación más allá de aquella extraña amistad que mantenían los dos. Más interesado en ese aspecto emocional, Harry había intentado interrogar a Dean sobre cómo se había dado cuenta él de que Seamus no era solamente su amigo, pero este se había encogido de hombros, sin comprender, diciéndole que lo había sabido siempre, desde antes de darse cuenta de ello y Harry no sabía si eso aplicaba en su caso.

—De verdad que son unas manos magníficas, Potter. —Draco había echado la cabeza hacia atrás y había cerrado los ojos.

Harry sonrió y dejó el pie de Draco en el sofá, cogiendo el otro y haciendo lo mismo. Draco le imitó y siguieron un par de minutos más hasta que las voces de Justin en el pasillo, llamando a gritos a Morag, les hicieron entender que, aunque sus compañeros fuesen primero a sus dormitorios, seguramente acabarían yendo a la sala común.

—¿Vienes tú o voy yo? —le preguntó Harry al ver cómo Draco dejaba de masajearle y recogía el libro del suelo.

—Voy yo.

Draco se incorporó y se acomodó contra su pecho, restregándose. Subió las rodillas, apoyando los pies en el cojín del sofá y se puso el libro en ellas para disimular su erección, abriéndolo por cualquier página. Harry le abrazó, metiendo las manos por debajo de la camiseta. Le encantaba que Draco le abrazase, pero había descubierto que había algo hipnótico en sentir la suave piel del otro chico bajo sus dedos. Siempre que le miraba parecía lampiño, pero cuando pasó las manos por primera vez por su piel, descubrió que tenía un vello suave y tan rubio que era prácticamente invisible.

Recorrió el pelo que tenía entre los pectorales, separando las manos para llegar a los pezones y rodearlos, sintiendo que también había allí algunos pelos, en menor cantidad. Las tetillas de Draco reaccionaban siempre muy deprisa, poniéndose duras, y Harry las presionaba levemente y luego las rodeaba con una caricia consoladora antes de seguir el camino del vello del pecho hasta el ombligo, cuya forma dibujaba con los dedos antes de bajar por la línea alba hasta la cinturilla del pantalón. Draco suspiró de placer y echó la cabeza hacia atrás, apoyando la nuca en su hombro. Harry sonrió, inhalando el aroma del pelo. A pesar de que cada vez le quedaba menos perfume, Draco insistía en utilizarlo en ambos más a menudo de lo estrictamente necesario para asegurarse de oler siempre así, consciente de lo mucho que le gustaba a Harry.

Cuando Morag, Dean, Ernie, Justin y Michael entraron en la sala común, bromeando y quejándose de que Hermione y Neville no hubiesen llegado con la nueva remesa de cervezas de mantequilla todavía, las manos de Harry volvían a estar recatadamente encima de la camiseta de Draco, todavía abrazándolo a la altura del pecho.

—¿Lo repasamos de nuevo? —le susurró Harry en voz baja en la oreja. Draco asintió y buscó la página del libro correspondiente al proceso de la poción.

Al día siguiente, Harry despertó en los brazos de Draco. Habían salido a volar cuando todos se fueron a dormir, pero no habían estado mucho tiempo fuera. Más preocupados por cerciorarse de que los lugares donde lo habían encontrado tenían una cantidad adecuada de rocío que pudiesen recoger que de disfrutar del vuelo, habían regresado temprano al dormitorio. Además, Draco había sugerido que no debían trasnochar demasiado para evitar estar cansados en la noche siguiente, cuando debían aprovechar el plenilunio para preparar la poción. No obstante, Harry había insistido en repasar una vez más el procedimiento, tumbándose en la cama con el manual que habían estado leyendo obsesivamente los últimos días. Draco había terminado cediendo, también nervioso por querer controlar cada detalle y había acabado tumbándose junto a él en su cama para revisar juntos todos los pasos.

Parpadeó, recordando que Draco se había dormido antes que él con la cabeza apoyada sobre su hombro, pero no recordaba el momento en el que el libro había resbalado hasta el suelo al invadirle el sueño. En algún punto de la noche Draco había rodado hasta ocupar todo el espacio de la cama, bocarriba y Harry había terminado encima de él, firmemente sujeto entre los brazos del otro chico.

—Mierda… —susurró Harry al notar, una vez más, el interior de sus pantalones de pijama pegajosos.

Harry se incorporó con cuidado, intentando no despertar a Draco aunque sabía que, dado que el día anterior había decidido ir a la lechucería, debería hacerlo. Nunca lo había visto enviar ninguna carta, pero no le había mentido el día que le había dicho que le gustaba ir a ver a los búhos y lechuzas del colegio. Mientras él despachaba las cartas de Ron, Draco solía pasear entre ellas, repartiéndoles algunas de las golosinas que el colegio ponía a disposición de los alumnos para premiar y alimentar a las aves y acariciándolas el plumaje con cariño. Aunque no escribía, Draco sí recibía carta aproximadamente una vez a la semana de su madre, en días aleatorios. Leerlas solía ponerle un tanto melancólico, pero aseguraba que le agradaba recibir noticias de ella. Nunca las contestaba, limitándose a atesorarlas cuidadosamente en un fajo atado dentro de su baúl. Harry se preguntaba a menudo por qué hacía aquello. Intuía que había algo que se le escapaba, pero había decidido que esperaría a que Draco le contase lo que necesitase cuando lo creyese conveniente.

Draco reaccionó a su movimiento apretándole más entre los brazos y musitando algo incomprensible en sueños. Harry sonrió, dejándose hacer unos minutos más antes de apoyarse en un codo para volver a incorporarse y llevar una de sus manos a la mejilla de Draco y acariciarla suavemente con el dedo pulgar, notándola un poco rasposa a pesar de que Harry era incapaz de ver sombra de barba alguna.

—Draco… —susurró Harry en voz baja, intentando despertarle de la forma más delicada posible—. Recuerda que voy a ir a la lechucería, por si quieres venir.

—Aham —asintió Draco, todavía adormilado. Harry notó el cuerpo de Draco estirándose bajo él, intentando levantarse con el apoyo de los talones y la nuca, sin conseguirlo por el peso de Harry—. Pesas mucho.

—Ya me quito —dijo Harry, pero Draco se lo impidió al no retirar los brazos de detrás de su espalda, abrazándolo con más fuerza. Harry sintió cómo volvía a desperezarse y se sonrojó cuando, en esta ocasión, la erección de Draco se frotó contra la suya involuntariamente.

—No lo decía por eso, idiota —susurró Draco unos segundos después, liberándole del abrazo y permitiéndole incorporarse.

Harry se quedó de rodillas en la cama, con la pierna de Draco entre las suyas mientras este se levantaba apoyándose en los codos, guiñando los ojos con sueño y bostezando sin molestarse en taparse la boca. Harry admiró durante unos segundos el pelo que le caía sobre la frente, dándole un aspecto despeinado y descuidado.

—Tengo que ducharme antes de subir a la lechucería, por si quieres remolonear unos minutos más.

—No —negó Draco, levantándose la cinturilla del pantalón y mirando dentro, frustrado—. Yo también necesito una ducha.

—¿Quieres entrar tú primero?

—No, ve tú. Yo me afeitaré y lavaré los dientes mientras.

—Sabes que no se te ve la barba, ¿verdad? —dijo Harry levantándose de la cama y empezando a quitarse la ropa mientras caminaba hacia el cuarto de baño.

—Ya, pero pica —gruñó Draco, sentándose en el borde de la cama—. Odio raspar.

—Bien que me dices que no lo haga yo cuando digo lo mismo.

—Es diferente. A ti te da un aire serio porque tienes más pelo y más oscuro que el mío. Y se siente bien que raspes —añadió Draco haciendo que Harry, que ya estaba desnudo y dentro del baño, aunque con la puerta abierta, se sonrojara una vez más.

Harry se metió rápidamente en la ducha y oyó los sonidos que hacía Draco mientras se aseaba a su vez. Después de terminar de enjuagarse, estuvo un minuto más con el agua fría corriendo a tope, como solía hacer siempre para rebajar el calor que parecía sentir constantemente, antes de cerrar el grifo. Draco ya estaba esperando desnudo y se metió en la ducha nada más salió. Harry se lavó los dientes, pasándose la mano por la barbilla y decidiendo que aun podía aguantar la sombra de la barba un día más, intentando convencerse a sí mismo de que no lo hacía por las palabras de Draco.

Mirándose en el espejo, Harry se peinó con los dedos el pelo mojado, provocando que se levantara en picos húmedos y apelmazados. Juntando las manos enfrente de su cara, aspiró el sutil olor que se había impregnado en sus palmas. El aroma del perfume mágico de Draco le inundó las fosas nasales. Aunque se lavase el pelo con su propio champú, el efecto de la fragancia duraba varios días y, gracias a sus cualidades mágicas, no resultaba cargante ni dejaba de percibirlo con el tiempo. Ensimismado en el olor y sus pensamientos, Harry no se enteró de que Draco había salido de la ducha hasta que este le frotó la cabeza con una toalla seca, despeinándole todavía más y pasándole luego los dedos por los mechones intentando colocárselos sin éxito. Harry siempre pensaba que aquella costumbre de Draco le resultaba tierna y la echaría de menos cuando no estuviesen en Hogwarts compartiendo cuarto y baño.

Pasearon tranquilamente hasta la lechucería, conscientes de que habían madrugado tanto que tenían tiempo antes del desayuno. Los días en que caminaban en silencio habían quedado atrás también. Lo que comenzó como un juego de verdades y mentiras poco a poco fue derivando en verdaderas conversaciones. Al principio las charlas habías girado en torno a la animagia y el encantamiento patronus por ser algo que ambos tenían en común, pero con los días Harry había empezado a hablarle de Ron, de sus expectativas de futuro, de la incomodidad que le causaba ser el Chico-Que-Salvó-El-Mundo-Mágico y lo mucho que echaría de menos Hogwarts a pesar de haber sido reticente a volver. A cambio, Draco le había hablado de Malfoy Manor y los campos de colza que rodeaban la mansión, de su amistad durante la infancia con Nott, Goyle y Parkinson, de su madre y, sobre todo, se había interesado mucho en conocer la historia de la Capa de Invisibilidad y del Mapa del Merodeador, interrogándole exhaustivamente sobre ellos.

Una vez entregaron la carta a una lechuza, los dos volvieron a bajar las interminables escaleras para asistir al desayuno. Cuando llegaron todavía era temprano y no había nadie en el Gran Comedor, ominosamente vacío, pero aun así entraron y se sentaron en sus sitios. Los elfos debieron detectarlo, porque llenaron varias de las jarras y fuentes con algunos de sus manjares favoritos que había delante de ellos para que pudiesen empezar a comer. Harry había observado que los elfos mimaban especialmente la mesa de la generación de la guerra, como se habían empeñado en autodenominarse cuando habían oído el término a Harry.

—Se nota que es sábado —comentó Harry casualmente, impresionado al ver el Gran Comedor totalmente vacío. El Barón Sanguinario cruzó la estancia silenciosamente, atravesando el estrado de los profesores en su camino y Harry pensó que hasta el fantasma parecía más etéreo si cabía en aquella soledad.

—¿Cómo lo sabes si es la primera vez que bajamos a desayunar un sábado? —preguntó sarcásticamente Draco, haciendo que Harry resoplara de risa—. Aunque pensé que los profesores sí madrugarían más. De Slughorn me lo esperaría, pero de McGonagall...

—Profesor Slughorn y directora McGonagall, si no le importa, señor Malfoy.

Draco se atragantó al oír la voz de la profesora detrás de él y empezó a toser. Harry se puso rígido de la impresión antes de pensar en ayudar a su amigo y cuando quiso reaccionar y darle unas palmadas en la espalda, Draco ya estaba calmándose, aunque todavía estaba colorado.

—Lo siento, directora McGonagall —se excusó Harry en nombre de Draco, notando que las orejas le enrojecían también. Miró a su alrededor para comprobar que todavía seguían solos en la sala.

—No pueden culparnos por llegar tarde si ustedes se presentan antes de tiempo. El desayuno comienza justo ahora —añadió McGonagall consultando un vetusto reloj que sacó de entre los pliegues de su túnica. Como queriéndole dar la razón, el gran reloj de Hogwarts que coronaba una de las torres tañó para indicar la hora en punto, reverberando durante unos segundos en la distancia gracias al silencio de la estancia vacía—. Me alegra encontrarles aquí ahora, me evitarán tener que enviarles una lechuza para poder hablar con ustedes, dado que no acostumbran a complacernos con su presencia en algunas de las comidas.

—Lo… lo sentimos, directora —balbuceó Harry, sintiéndose como el adolescente de catorce años atrapado en una travesura por su profesora en lugar de un joven adulto que había ganado una guerra y tenía el derecho de hablar con la directora de igual a igual—. Nosotros…

—Tienen una situación diferente, lo sé —concedió McGonagall con una sonrisa, la primera desde que habían empezado a hablar. Se sentó al lado de Harry, en la silla de Hermione, sin pedir permiso. Harry y Draco intercambiaron una mirada intrigada, un poco desconcertados por la situación—. Por eso no les he dicho nada ni a ustedes ni al resto de sus compañeros. Creo que están siendo responsables, sus notas son excelentes y los informes de los profesores dicen que se están esforzando al máximo. Salvo sus calificaciones en Teoría Mágica, señor Potter, pero la profesora Johnson dice que se aplica concienzudamente y confía en que pronto alcanzará el nivel requerido para el EXTASIS. De cualquier modo, no veo inconveniente a su forma de gestionarse el tiempo y sus actividades: están demostrando ser jóvenes, pero también adultos.

—Gracias, directora McGonagall —reaccionó Draco al ver que Harry estaba mirando a la directora con los ojos abiertos como platos y la boca entreabierta, sin saber cómo reaccionar.

—No hay que darlas —rechazó la profesora, contemplando las fuentes y jarras que se habían llenado delante de ella. Cogiendo una taza, se sirvió un poco de té antes de añadir un terrón de azúcar y removerlo con aparente dedicación. Esperó a que se hubiese disuelto para dejar la cuchara en el platito y continuar hablando—. Sin embargo, decía que me alegro de verles aquí porque quería cerciorarme de que han estado pendientes del calendario.

—¿Qué… qué quiere decir? —preguntó Harry, rezando por haber entendido mal e intercambiando una mirada horrorizada con Draco, que se había puesto pálido.

—Que es luna llena, por supuesto. Confío en que hayan conseguido todos los ingredientes necesarios. ¿Se han asegurado de que la cuchara sea de plata?

—¿Cómo… cómo lo ha sabido? —se rindió Harry después de un par de segundos intentando buscar alguna excusa sin conseguirlo. Draco ni siquiera lo intentó: puso los ojos en blanco y se sirvió tocino en el plato mientras su cara competía con el color de las manzanas otoñales que habían aparecido en el frutero.

—Soy la directora de Hogwarts —presumió McGonagall, dando un sorbo al té—. Pasan pocas cosas en el castillo sin que me entere. En eso consiste mi trabajo.

—Dumbledore decía siempre lo mismo —recordó Harry, nostálgico. A su lado, Draco resopló, pero McGonagall sonrió con melancolía.

—Los he oído hablar desde los once años, señor Potter —dijo McGonagall, mirando hacia el techo con atención, como si buscase alguna respuesta en él—. Conozco su forma de pronunciar los hechizos y la forma que tienen de dar los buenos días. También las palabras que utiliza el señor Malfoy cuando está alegre y presume y cómo las arrastra cuando está enfadado o herido. Por la cadencia de sus palabras, señor Potter, averigüé en su momento que se había enamorado por primera vez o cuándo decía la verdad y cuándo la ocultaba por miedo a no ser creído.

»Hace muchos años, también llevé una hoja de mandrágora durante un mes en la boca. Más, de hecho, porque al contrario que ustedes yo la primera me la tragué sin querer en mi primera semana. —Volvió la mirada hacia ellos con los ojos brillando de ternura y orgullo—. Algún día, señor Potter, usted también sabrá tantas cosas de sus alumnos como yo, sin que ellos se den cuenta de que está ahí con ellos, guiándoles y apoyándoles. Forma parte del proceso de verlos convertirse en adultos mientras se les intenta inculcar los conocimientos que necesitarán para la vida que les espera.

—¿Qué yo sabré…?

—Tienes que admitir que eso ha sido impresionante, Potter. No me lo esperaba ni yo —señaló Draco jocosamente, mirando a Harry, que estaba abochornado. Harry resopló, conteniendo una carcajada resignada y McGonagall amplió la sonrisa de sus labios, indulgente.

—No fue difícil deducir en qué estaba pensando el señor Potter cuando me pidió en verano ser admitido en Teoría Mágica a pesar de no haber rendido los TIMO correspondientes. Convendrán conmigo en que no fue mi mejor momento como directora, pero Hogwarts agradecerá algún día que me saltase levemente las reglas de admisión —explicó McGonagall casualmente, dando un trago a su taza de té al terminar de hablar y acercándose más a ellos, añadiendo en un susurro conspirativo—: Además, parece que Harry ha olvidado que no se debe hablar a voces en una taberna llena de gente de aquello que se desea que pase desapercibido.

—Se… se lo agradezco mucho, profesora —dijo Harry, con un nudo de emoción en la garganta, reprimiendo una sonrisa ante la pulla de la directora en referencia al Ejército de Dumbledore y su primera reunión—. Haré todo lo que esté en mi mano.

—Estoy convencida de ello. Va usted por buen camino, señor Potter. El señor Malfoy todavía tiene que encontrar el suyo, pero estoy segura de que Hogwarts le ayudará a resolverlo. Albus siempre decía que Hogwarts ayuda a quien lo necesita, señor Malfoy, no lo olvide. —Draco agachó la cabeza como si comprendiese un mensaje implícito en las palabras de la profesora. Harry deseó cogerle de la mano a modo de consuelo, sabiendo que el futuro más allá de Hogwarts era algo que a Draco le causaba ansiedad, pero no se atrevió a hacerlo delante de la directora, que parecía seguir desnudándoles el alma con la mirada, recordándole de nuevo inquietantemente a Dumbledore—. Y bien, ¿se han asegurado de que la cuchara sea de plata de primera ley? Puedo prestarles una si no están completamente seguros.

—Lo es —reaccionó Draco al observar que Harry no sabía qué contestar—. Pertenecía al equipamiento básico de pociones de Sev… del profesor Snape.

—En ese caso, puedo estar tranquila. Severus sabía lo que se hacía con las pociones —asintió McGonagall. Algunos alumnos de cursos inferiores habían comenzado a entrar en el Gran Comedor y les miraban con curiosidad, cuchicheando mientras se sentaban—. Estuve esperando que acudiesen a mí cuando la profesora Sprout me avisó de que alguien había estado enredando con las mandrágoras, pero Madame Pince me ha asegurado que tanto ustedes como la señorita Granger han leído todos los libros que yo misma les habría recomendado, así que supongo que están preparados. No obstante, si tienen alguna duda...

—Creo que no, directora McGonagall —respondió Draco, frunciendo el ceño. Harry estaba seguro de que estaba repasando mentalmente una vez más todo el proceso—. Bueno, de momento sólo hay que realizar correctamente la poción y luego almacenarla. No creo que estemos en condiciones de realizar el hechizo todavía, pero tampoco parece que vayamos a tener que hacerlo temprano.

—No. Octubre está siendo un mes inusualmente benévolo —constató McGonagall volviendo a mirar el techo del Gran Comedor, donde el cielo brillaba azul con unos pocos retazos de nubes grises que no auguraban agua—. ¿Consiguió hacer el patronus ya, señor Malfoy?

—Sí. Pero no corpóreo —matizó Draco, intentando disimular una mueca de fastidio. Harry contuvo una risita histérica ante la cantidad de información que parecía manejar la directora.

—Es un buen progreso —le felicitó McGonagall—. Bien, espero que ambos sigan esforzándose y les recuerdo que si necesitan algo en lo que pueda ayudarles, pueden acudir a mí.

—Gracias, directora McGonagall —dijeron ambos a la vez, sonrojándose al ver que Ernie y Justin llegaban a la mesa y se sentaban en sus sillas, mirando atónitos a la directora.

—Me gusta el grupo que han formado ustedes nueve —les dijo McGonagall, dando otro sorbo y mirando a Ernie y Justin, que agacharon la cabeza rápidamente, súbitamente concentrados en su desayuno. Harry ahogó otra carcajada, empatizando con cómo se sentían. McGonagall dio otro sorbo de té y sonrió con simpatía antes de añadir, en voz baja para evitar ser oída por los otros dos—: Me alegro de que siguieras mi consejo, Harry, y accedieses a tener un mejor entendimiento con el señor Malfoy.

McGonagall se levantó, dejando la taza en la mesa, que desapareció inmediatamente. Apretó sus hombros en un gesto de ánimo, se despidió dándoles los buenos días, caminó hasta el estrado y se sentó en la mesa de los profesores. Draco suspiró audiblemente, aliviado.

—Eso ha sido… extraño —admitió Harry dejando escapar la carcajada histérica que llevaba un rato conteniendo.

—Iba a preguntaros qué hacía McGonagall sentada en nuestra mesa, pero creo que prefiero no saberlo —dijo Justin con otra carcajada nerviosa—. Si os metéis en problemas con ella, estáis solos, tíos. Mi amistad tiene un límite y en cualquier caso, yo siempre de su lado.

—No hemos hecho nada —se defendió Harry inmediatamente provocando que los otros dos estallasen en más risas por lo apresurado de su excusa.

El resto de compañeros llegaron minutos después excepto Neville que, como informó Dean, seguía durmiendo a pierna suelta después de haber regresado endiabladamente tarde de Hogsmeade la noche anterior. Hermione tenía ojeras, pero se sentó a su lado unos minutos después con cara adormilada, musitando un soñoliento saludo de buenos días.

Harry empezó a desayunar todavía pensando en la conversación con McGonagall. Masticando un trozo de tostada, se inclinó hacia Draco y tragó, pensando en comentar la conversación con él aprovechando que el resto de sus compañeros ya no les prestaba atención, pero Draco estaba mirando su plato fijamente. No se había servido nada aparte del tocino, que no había tocado, y tenía las manos en el regazo, por debajo de la mesa. Harry frunció el ceño al ver que su rostro parecía triste y avergonzado.

—¡Eh! No pasa nada porque nos haya pillado, no es culpa nuestra que parezca saberlo absolutamente todo —le susurró Harry intentando animarle, pero Draco negó con la cabeza—. ¿Qué ocurre? ¿Es por lo que ha dicho de nuestro futuro? —preguntó preocupado por su actitud. Apenas unos minutos antes Draco había parecido hasta divertido con la precisión de McGonagall sobre sus vidas, pero su rostro se había ensombrecido con dudas de repente.

—Nada, no tiene importancia —negó Draco. Harry deslizó una de sus manos bajo la mesa también, buscando la suya e intentando darle apoyo en lo que fuese que ocurría. La encontró y le dio un apretón, pero Draco la dejó laxa y no se lo devolvió, así que Harry se retiró, pensando que quizá estaba invadiendo demasiado su espacio personal. Había imaginado que eso era algo que acabaría dándose en algún momento por el tipo extraño de amistad que tenían, pero no pudo evitar entristecerse. Draco cogió aire antes de preguntar—: ¿Sólo te hiciste amigo mío porque ella te lo pidió?

—¿Qué? ¡No! —negó Harry, sorprendido por lo inesperado de la pregunta de Draco.

—No es lo que ella ha dicho.

—Ella únicamente ha dicho que se alegra de que nos entendamos mejor —matizó Harry, frunciendo el entrecejo, sin comprender cuál era el problema exactamente.

—Porque ella te lo pidió —repitió Draco, apretando los labios hasta que se convirtieron en una fina línea pálida.

—¡Claro que me lo pidió! —susurró Harry, exasperado—. Tú te habías quejado a ella de que compartíamos habitación y me explicó que estabas en una situación delicada, que habías tenido que venir a Hogwarts por razones que no me contó y que debía tener paciencia contigo.

—Lo hiciste —constató Draco, palideciendo.

—Por supuesto. ¿Qué querías que hubiese hecho? ¿Liarme a insultos contigo? —preguntó Harry, cada vez más impaciente con la actitud de Draco sobre ese tema. Él no era capaz de verle la importancia.

—¿Cambiaste tu actitud porque ella te lo dijo, Potter? —El tono de Draco era acusador y Harry tartamudeó antes de contestar.

—Bueno, la conversación que mantuvimos influyó, pero yo ya había declarado…

—¿Vas a venderme que declaraste en mi juicio como un inicio de amistad entre nosotros, Potter? —La voz de Draco había sonado peligrosamente ronca. Además, seguía mirando con suma atención su plato, evitando todo contacto visual con Harry, que empezaba a desesperarse por la conversación.

—Sólo digo que yo no quería llevarme mal contigo. McGonagall quiso cerciorarse al principio del curso de que yo comprendía tu situación y de que no íbamos a tener problemas por compartir habitación.

—Odio que me tengan lástima, Potter —masculló Draco, que parecía cada vez más enfadado.

—No me he hecho amigo tuyo por pena, idiota —replicó Harry, perdiendo la paciencia del todo y enfadándose él también.

—No me insultes, por favor. —Draco levantó la vista y le miró brevemente a los ojos. Harry vio un destello de dolor en su mirada antes de que el ruido del correo de las lechuzas les distrajese a ambos—. Una cosa es llamarnos idiotas si estamos bromeando y otra hacerlo si estamos hablando en serio.

—Tienes razón, lo siento. Perdóname, por favor. —Una lechuza que Harry reconoció se posó enfrente de Draco y le tendió una pata. Se preguntó si sería de su madre a pesar de saber que esta solía escribirle entre semana, porque no recordaba que Draco hubiera recibido nunca correo en sábado. Draco recogió la carta, de un vivo color rojo, mirándola con el ceño fruncido. La lechuza salió volando y Draco se levantó de la mesa bruscamente. Harry se asustó de verdad por primera vez en la conversación. Aunque le había fastidiado, no había terminado de darle importancia a la discusión, creyendo que sólo había sido un malentendido. Tampoco había querido herirle al decir aquello, pero Draco no parecía dispuesto a contestar a su disculpa—. Draco, no pretendía insultarte, perdóname. No considero que seas idiota, de verdad. Lo sien…

Harry había levantado la voz para que el otro chico lo escuchara. Esto, unido al hecho de que Draco saliese del Gran Comedor a grandes zancadas, casi corriendo, todavía mirando la carta que sostenía entre las manos, llamó la atención de todos sus compañeros de mesa, que observaron a Harry con intriga.

—¡Joder! —Frustrado, Harry atacó otra tostada, desmenuzándola pero sin llevársela a la boca. Había perdido el apetito y tenía una sensación terrible en el estómago que le incomodaba. Hermione se inclinó hacia él, acariciándole la espalda en un gesto de consuelo.

—¿Estás bien, Harry?

Negó con la cabeza, incapaz de contestar verbalmente, sintiendo un nudo en la garganta. Supo que si respondía en ese instante, se echaría a llorar. Pensando en lo absurdo que parecía hacerlo solamente porque Draco había malinterpretado las palabras McGonagall, que únicamente había pretendido darles su aprobación acerca de su relación, Harry tragó saliva y parpadeó intentando contener las lágrimas.

—¿Me lo quieres contar? —preguntó Hermione con delicadeza, acercándose más a él para hablar en susurros e intentar aislarle de las miradas de los demás. Harry se encogió de hombros, preguntándose qué podría qué contestar a eso sin que pareciese estúpido y pueril—. Como prefieras, pero si lo necesitas sólo tienes que decírmelo, ¿de acuerdo?

—Ha interpretado mal un comentario de McGonagall y ahora cree que me he hecho su amigo por obligación o algo así —murmuró Harry tan bajito que no sabía si Hermione lo había oído, pero esta le cogió de la mano y se la apretó en gesto de consuelo—. El tono de la conversación se ha puesto un poco intenso, hemos empezado a discutir y le he llamado idiota, que es cuando se ha ido. Me he disculpado, pero…

—Bueno, no está bien que le llames idiota en una discusión, pero tampoco es grave. No deberías haberlo hecho, pero él te conoce, igual que yo, y sabrá que es algo que intentarás que no vuelva a pasar. Ya sé que te duele —añadió Hermione antes de que saltase para contradecirla—. Espera a que se le pase el enfado y habla con él. Tenéis una relación muy bonita y habéis dejado demasiadas cosas atrás como para que rompáis únicamente por esto.

—¿Romper? —preguntó Harry, sorprendido—. No somos pareja, Hermione, sólo amigos.

—Pero yo pensaba… —Hermione frunció el ceño, confundida.

—Sólo somos amigos. Me gusta mucho, lo admito —Harry se sonrojó al manifestarlo por primera vez en voz alta. Sabía que el resto de la mesa, sobre todo Dean, estaba pendiente de él, aunque esperaba que no alcanzasen a escuchar los detalles de la conversación—, pero no somos novios ni nada parecido. Ni siquiera sé si él quiere algo así.

—¿Cómo no va a querer? —preguntó Hermione con un resoplido impaciente—. Tú mismo dices que te gusta y es obvio que también le gustas a él. Estáis juntos todo el tiempo y os comportáis como novios. De hecho, pensaba que pasabais tanto tiempo en la habitación porque…

—¡Hermione, cállate, por favor! —le pidió Harry, sonrojándose más, antes de que la chica siguiese hablando.

—¿Estás diciéndome que os pasáis el tiempo abrazándoos y que os dais la mano sin hacer nada más? —preguntó Hermione poniendo los ojos en blanco y disimulando una carcajada. Harry apretó los labios, intentando no ofenderse—. Dios da pan a quien no tiene dientes; iba a desaprovechar yo oportunidades así si Ron...

—¡Hermione! —protestó Harry, que no deseaba detalles sobre lo que esta hacía con Ron cuando estaban a solas.

—Vale, vale… Me callo. Pero no puedes decirme que no tenéis algo entre vosotros —dijo Hermione con una risita.

—Te he dicho que sólo somos amigos —insistió Harry, malhumorado.

—También eres mi amigo y no nos comportamos así. Tampoco te he visto retozar en los sofás de la sala común con Ron jamás. Y menos mal. —Hermione resopló, riéndose de su propio comentario.

—¡No retozamos! —exclamó Harry en voz más alta de lo que deseaba. El resto de sus compañeros se rio suavemente y Harry tuvo la seguridad de que sabían exactamente de qué estaban hablando.

—¿Ni siquiera os habéis besado? —preguntó Hermione, incrédula.

—Te digo que únicamente somos amigos. Además, te lo habría contado de ser así. Os conté lo de Cho.

—Bueno, visto de esa manera me alivia que sólo sean imaginaciones mías, aunque no puedes culparme por adelantarme a los acontecimientos: últimamente estás más taciturno con tus cosas. —Harry abrió la boca para protestar de nuevo, pero Hermione volvió a adelantarse—. No es una pulla por no habernos dicho antes lo de que querías ser profesor. No pasa nada, está bien que tengas tus tiempos para contarnos las cosas. Está bien por mí.

—Os lo habría contado en algún momento —se defendió Harry, que todavía se sentía culpable por no habérselo dicho antes.

—Entonces te gustaría besarle, ¿no? —dijo Hermione, volviendo al tema de Draco.

Harry la miró. Hermione tenía las cejas levantadas y los labios apretados, haciendo un esfuerzo por mantenerse seria y no echarse a reír. El malhumor de Harry se esfumó al darse cuenta de lo cómico de la situación y que, evidentemente, era absurdo negar que la relación que Draco y él mantenían iba más allá de la simple amistad, aunque no pudieran hablar estar saliendo juntos.

—No sé si él quiere que le bese —confesó Harry, expresando uno de sus miedos en voz alta.

—¿Cómo no va a querer? —preguntó Hermione con sorna.

—No lo sé. A veces pienso que es sólo porque estamos aquí y ahora y que cuando salgamos del colegio esto no será más que un recuerdo borroso. —Hermione bufó al oírle, sin dignarse a rebatirle aquello por lo absurdo que le parecía—. No ha hecho nunca ningún comentario al respecto, amago, nada que indique que desee hacerlo. Sí, nos abrazamos, nos acariciamos, dormimos juntos…

—¿Dormís juntos? —le interrumpió Hermione, poniendo los ojos en blanco.

—Algunas noches —confesó Harry sin dar más detalles, poco dispuesto a aclararle el tema de las pesadillas de Draco—. Pero a lo mejor para él es normal hacer eso con sus amigos y yo lo estoy malinterpretando.

—No seas absurdo, Harry. Nunca le hemos visto hacer eso con sus amigos. Es evidente que él tiene tantas ganas como tú, pero que también tiene miedo o inseguridades.

—No quiero que se sienta forzado a hacer nada que no quiera.

—Entonces, pregúntale —concluyó Hermione, como si fuese algo obvio—. Habla con él y soluciona el malentendido. Estoy segura de que si lo hacéis, ambos os sentiréis mucho mejor. Además, Draco me cae muy bien y me gusta cómo te trata, no querría que lo perdieses. No tan pronto y de esta manera, al menos.

—Tienes razón.

—¿Te sientes mejor? —Harry asintió y se levantó, decidido a volver al dormitorio y hablar con Draco.

—Gracias, Hermione —dijo, agachándose para darle un beso en la mejilla—. Eres la mejor.