Disclaimer: Todo lo que aparece en el fic es de Rowling, incluidas sus contradicciones.
¡Hola!
Sólo comentaros que, con el decaimiento del estado de alarma y el toque de queda en mi país, mi trabajo retoma los horarios normales y habituales. ¿Qué por qué os lo cuento? Porque me va a ser prácticamente imposible actualizar el sábado. Podría intentar correr y publicar en mi mediodía antes de irme a trabajar pero... prefiero no comprometerme (y así no sentirme culpable si no puedo). Por tanto, esta semana sólo habrá capítulo el martes y el jueves.
¡Muchísimas gracias a todas por las lecturas y los comentarios! ¡Abrazos y besos!
Trigger Warning: Referencias a situaciones sexuales, nada demasiado explícito. Tensión sexual latente.
Poción de animagia
Draco no estaba en la habitación. Harry salió y buscó en la sala común, esperando que quizá estuviese allí, pero tampoco lo encontró. Volvió al dormitorio, sacó el Mapa del Merodeador y se sentó en la cama. Estaba a punto de desplegarlo cuando eligió volver a doblarlo, sintiendo remordimientos. Ya había estado mal cuando lo había utilizado para descubrir que estaba durmiendo en la sala común y Draco odiaría que volviese a hacer eso. Sería peor que llamarlo idiota en el calor de una discusión. Harry se había acostumbrado tanto a utilizarlo que le costaba pensar en lo incorrecto que era espiar así a la gente.
Se lamió los labios, sin saber qué hacer. Se sentó frente al escritorio y sacó los libros de Teoría Mágica, pensando que podría estudiar un poco para hacer tiempo en lo que Draco regresaba y así aprovechar el rato. No funcionó. Pendiente de la puerta, levantándose a pasear por la habitación cuando la frustración de no poder hacer nada lo invadía y consultando el reloj para ver cómo se derretían lentamente las horas, apenas logró concentrarse y avanzar dos párrafos del capítulo que se había propuesto aprender.
—¿Aún no ha regresado? —Harry se había levantado de golpe cuando había oído llamar a la puerta antes de pararse a pensar que, obviamente, Draco no iba a llamar antes de entrar. Hermione había entreabierto la puerta y se había asomado, mirándole con curiosidad—. ¿Quieres bajar a comer con nosotros?
Harry negó, sintiendo que se le volvía a cerrar la garganta y que le picaban los ojos. Era sábado. Los sábados, Draco y él comían juntos en Hogsmeade y había tenido la esperanza de que para ese momento todo estuviese arreglado. Hermione apretó los labios, comprendiéndolo. Entró en la habitación y se acercó a él, abrazándolo. Agradecido, Harry le correspondió el gesto y se permitió sollozar cuando hundió el rostro en el hombro de su amiga. Esta le consoló con caricias en la espalda.
—Harry, te quiero mucho —le dijo Hermione suavemente—. Pero desde mi punto de vista estáis haciendo un pequeño drama de algo que se va a solucionar en cuanto habléis, aunque entienda que resulta doloroso para ti que Draco esté enfadado.
—Lo siento —se disculpó Harry, consciente de que, visto desde fuera, debía de parecer un idiota—. Ya sé que parezco un crío, pero no puedo evitarlo.
—Nunca te disculpes por amar, Harry —dijo Hermione separándole para poder mirarle a los ojos.
—Eso te ha quedado muy profundo. —A pesar de todo, se le escapó una pequeña risita sarcástica—. Pero tienes razón.
—Creo que lo que sientes por Draco es muy fuerte. Siempre lo ha sido, supongo, aunque antes no lo expresases de esta manera. Si lo que él siente por ti también lo es, lo arreglaréis.
—He estado pensando…
—Ya imagino —dijo Hermione con sorna.
—No, escúchame —se exasperó Harry. Hermione sonrió, paciente—. He pensado que si hablo con él y… bueno, hablamos sobre esto que tenemos entre nosotros… Si Draco al final sí quiere… Ya sabes…
—Ser tu novio —concluyó Hermione con condescendencia. Harry asintió, sonrojándose—. Claro que querrá ser tu novio, Harry.
—Necesitaré ayuda para contárselo a Ron.
—Ron ya sabe que nos llevamos bien con Draco —le tranquilizó Hermione—. Que tú te llevas especialmente bien con Draco.
—Ya, hace muchos chistes en sus cartas sobre ello. Me refiero a que él cree que simplemente estamos bien todos juntos, no que Draco y yo somos… que tenemos… lo que sea.
—Claro que lo sabe, Harry. Es tu mejor amigo. —Hermione lo miró moviendo la cabeza y poniendo los ojos en blanco—. Se lo imagina como nos lo imaginamos todos en este colegio. Hablas de Draco en todas las cartas que le escribes. Pasas casi todo tu tiempo con él, cuando le cuentas a Ron las cosas que haces es normal que su nombre salga a relucir. Hasta le pediste que te enviara las pelotas viejas de quidditch para jugar con Draco.
—¿Te contó lo de las pelotas? Siento no habértelo dicho.
—Y también que os escapáis algunas noches para volar. —Harry se sonrojó. A Ron si le había contado que salía a volar por las noches cuando le había pedido que le enviase alguna snitch, sabiendo que aprobaría la travesura, pero no había llegado a confesárselo a Hermione, que seguramente le habría reprendido—. No te enfades con Ron, se le escapó ayer mientras hablaba de lo mucho que echaba de menos jugar contigo.
—No me enfado. Debería habértelo contado también. Creo que tienes razón, últimamente te cuento demasiadas pocas cosas —dijo Harry con una sonrisa culpable. Hermione negó con la cabeza, comprensiva y disculpándole—. Un momento, ¿entonces dices que Ron sabe lo de Draco? Que… ¿me gusta y eso?
—Sabe que sois muy muy buenos amigos, pasáis mucho tiempo juntos y se imagina qué es lo que podéis traeros entre manos. No es difícil atar cabos. —Hermione se encogió de hombros—. Le preocupaba sentirse desplazado por no estar aquí pasando todo ese tiempo contigo, haciendo todas las cosas que Draco y tú hacéis, pero cuando me lo dijo le comenté que no tenéis el mismo tipo de relación y creo que entendió dónde residía la diferencia.
—Siento mucho que se sienta así. Deberíamos haberlo hablado antes. Quiero mucho a Ron —aclaró Harry, por si acaso.
—Lo sé. Y él también lo sabe, aunque ya sabes que opino que deberíais decíroslo más a menudo. Quizá existe la posibilidad de que le cueste aceptar a Draco, pero yo creo que no será así, porque te quiere muchísimo y quiere que seas feliz. Los dos queremos que seas feliz, Harry.
—Muchas gracias, Hermione —dijo Harry volviendo a abrazarla y emocionándose. Un par de lágrimas cayeron de sus ojos sin poder evitarlo. Conmovido, le dio un beso cariñoso a Hermione en la frente—. Te quiero mucho.
—¿Os esperamos o vamos bajando? —Neville estaba en la puerta. Dean estaba detrás de él. Ambos se quedaron parados al verlos—. Lo siento, no pretendíamos molestar. ¿Puedo preguntar si va todo bien?
—No importa, Neville —dijo Harry secándose las mejillas—. Es sólo que estoy un poco blando hoy.
—¿Es por Draco? —preguntó Dean. Harry asintió, comprendiendo que no tenía sentido negarlo—. Estaba en el campo de quidditch hace un rato, viendo entrenar al equipo de Ravenclaw.
—¿Ha pasado algo grave, Harry? —se interesó Neville. Harry negó con la cabeza—. Sabes que puedes contar con nosotros.
—Sólo ha sido… ha sido una discusión tonta que se nos ha ido de las manos, creo —admitió Harry, que cada vez se sentía más idiota e infantil con su actitud.
—No te preocupes, entonces. Se solucionará. —Neville entró también en la habitación y le dio un abrazo.
—Sí, tío. Simplemente esperad un rato a enfriar los ánimos y habladlo después —le aconsejó Dean, abrazándole también. Harry aceptó ambos abrazos con gusto, sintiéndose reconfortado—. Seguro que mañana volvéis a estar acaramelados y metiéndoos mano en el sofá de la sala común.
—¡Dean! —exclamó Harry, intentando fingir indignación, pero animado por las palabras de sus compañeros.
—¡Oh! No lo sabéis, pero Harry está obcecado en que Draco y él son sólo buenos amigos —aclaró Hermione con tono de burla.
—¡Ja! —respondió Dean mientras Neville y Hermione se reían. Harry, a su pesar, también empezó a reírse.
—No me vas a perdonar esa, ¿eh? —protestó Harry, siguiendo la broma.
—Yo tampoco. Te la recordaré yo todos y cada uno de los próximos días que os vea hacer manitas en la sala común si no lo hace ella —juró Dean con una sonrisa malévola.
—Venga, Harry. Vamos a comer —le insistió Hermione—. Aunque no tengas hambre. Simplemente baja. Luego quédate en la sala común con el resto. Estudiando, si quieres, pero no te encierres aquí hasta que vuelva Draco.
—Y que sepas que si lo de que sois buenos amigos es porque Draco no quiere ser tu novio, es que es un idiota.
—¡Dean! —le reprendió Harry, sintiéndose otra vez culpable por haber llamado idiota a Draco.
—¿Qué? Tendré que ponerme de tu parte —se defendió Dean, levantando las manos—. Pero si eres tú el que no quieres ser su novio, el idiota eres tú, Harry.
—Él no tiene nadie para que se ponga de su parte y le levante el ánimo —murmuró Harry pensando que probablemente era cierto.
—Eso es lo que tú te crees, Harry, pero no es verdad —negó Neville con una sonrisa.
—¿Por qué lo dices?
—En el campo de quidditch estaba entrando Ravenclaw a entrenar y… Bueno, Morag estaba sentada al lado de Draco y ambos estaban hablando. Bueno, Morag hablaba, ya sabes cómo es Draco de parco en palabras. Parecían muy serios, eso sí.
—Estamos todos en esto, Harry. Draco también es uno de los nuestros —concluyó Dean con una sonrisa—. Quizá los demás no hayamos intimado tanto con él como tú y no querrá abrirse tanto a nosotros, pero le tenderemos una mano si la necesita. Incluso aunque no la quiera —añadió ferozmente, despertando otra carcajada en los demás.
Sintiéndose más reconfortado, Harry les acompañó a comer. Sabía que era poco probable que Draco hubiese hablado con Morag de ningún tema trascendente, pero si era cierto que la chica se había acercado a hablar con él, estaba seguro de que Draco habría agradecido su compañía. Como le había prometido a Hermione, Harry pasó el resto de la tarde en la sala común con un libro abierto entre las piernas, sin prestarle demasiada atención. A lo largo de la tarde, todos sus compañeros fueron desfilando por el sofá. Algunos se sentaban un rato con él, otros charlaban de cualquier cosa durante unos minutos, arrancándole de su ensimismamiento. Justin le pasó torpemente el brazo por los hombros en un intento de consuelo y Ernie le acercó una cerveza de mantequilla, que Harry aceptó agradecido. Incluso Michael se sentó a su lado cuando él y Morag entraron en la sala común para anunciar que bajarían al pueblo a pasar el resto de la tarde y cenar con sus excompañeros de casa.
—Draco no está enfadado —dijo Michael tras unos segundos de silencio, mirándole con una expresión extraña.
—¿Qué? ¿Cómo lo sabes? —Harry frunció el ceño. Había creído que precisamente Michael era, de todo el grupo, el que menos trato tenía con Draco.
—No lo parecía cuando fui a buscar a Morag al campo de quidditch antes del almuerzo. Le preguntamos si venía al Gran Comedor con nosotros, pero dijo que prefería quedarse allí, que necesitaba tiempo para pensar. Estaba un poco desanimado, pero parecía tranquilo y yo creo que sólo necesitaba un poco de espacio y soledad.
—Genial, supongo —dijo Harry, pensando que aquello cuadraba perfectamente con Draco.
—¿Vamos, Michael? —Morag se había acercado a ellos y le miraba con atención—. ¿Estás bien, Harry?
—Dean dice que Draco y él han tenido algún problemilla y anda como alma en pena —contestó Michael por él.
—Voy a matar a Dean —masculló Harry, entendiendo de golpe por qué todos sus compañeros se habían asegurado de pasar un rato con él durante la tarde—. Juro que lo mato.
—Por eso parecía triste —asintió Morag.
—¿Estaba triste? —preguntó Harry, olvidándose de su súbito enfado con Dean.
—No habló mucho, así que no te sé decir. Sólo que parecía triste y, quizá, preocupado. —Morag se encogió de hombros—. Apenas charlamos un rato y fue sobre quidditch.
—No te preocupes, Harry. Todas las parejas tienen problemas algunas veces —dijo Michael apretándole el hombro antes de levantarse—. Verás cómo sois capaces de solucionarlo en un periquete.
—No… no somos pareja —se vio obligado a aclarar Harry. Se sentía como si estuviese traicionando a Draco, porque había asumido que, efectivamente, ellos no tenían una relación de amistad normal sino que iba más allá, pero tampoco le parecía justo ir anunciando por ahí algo que no había acordado con él.
—¡Ah, sí! Dean también comentó que estabas diciendo eso —se rio Michael, provocando una carcajada en Morag.
—Juro que lo mato con mis propias manos —gruñó Harry, que no obstante no estaba enfadado.
—Si necesitas algo, lo que sea… sólo dínoslo, ¿de acuerdo, Harry? —le dijo Morag solícitamente—. E intentaremos que Draco también se sienta arropado incluso si, por lo que sea, no conseguís solucionarlo.
—Gracias, chicos —contestó Harry, sinceramente.
Harry los miró salir, emocionado y sintiendo un calor agradable en el pecho a pesar de lo vergonzoso que le resultaba ahora que todos sus compañeros supiesen qué estaba ocurriendo exactamente. Que se hubiesen molestado en consolarle le hacía sentir bien. Que Morag y Michael se hubiesen preocupado de hablar con Draco, se hubiesen fijado en cómo se sentía, que le considerasen parte del grupo y también quisiesen cuidar de él y apoyarle le emocionaba.
—Estás sonriendo. —Hermione se dejó caer a su lado.
—Estaba pensando en que todos saben lo que ha pasado ya.
—Estás vagando como un alma en pena y Draco, que normalmente no se despega de ti, no ha aparecido en todo el día tras marcharse repentinamente en el desayuno. Justin lo ha comentado en la comida, extrañado, pero tú ni siquiera te has dado cuenta. Todos han preguntado por ti. Y por él —señaló Hermione. Harry sonrió, orgulloso de ello.
—Eso me ha dicho Morag. Que Draco parecía triste, pero no enfadado. Y que han estado un rato con él y que le apoyarán también.
—¿Por eso sonreías? —Harry asintió—. Hemos formado un grupo bonito, ¿verdad?
—La promoción de la guerra —musitó Harry, recordando el término que se le había ocurrido unos días atrás.
—Los nueve de Hogwarts —bromeó Hermione, sonriendo.
—Lo siento, no se me ocurren más títulos épicos.
—Son suficientes.
—Sí. —Ambos se quedaron en silencio varios minutos, mirando el crepitar del fuego de la chimenea.
—Por cierto, ¿qué quería McGonagall esta mañana? —preguntó Hermione—. No recordé preguntarte antes, mientras hablábamos de Draco.
—Recordarnos que hoy es la primera luna llena desde que utilizamos las hojas de mandrágora.
—¡Es verdad! Un momento —dudó Hermione frunciendo el entrecejo—, pensaba que McGonagall no sabía nada.
—Nosotros también lo pensábamos, pero parece ser que no se le escapa nada —dijo Harry con tono de incomprensión fingida antes de reírse.
—Como a Dumbledore, ¿eh? ¿Y qué ha dicho?
—Creo que le ha parecido bien. —La directora había dado su aprobación explícita y les había ofrecido ayuda—. Hoy tenemos que unificar todos los ingredientes de la poción para que salga bien. Si no, tendremos que volver a empezar con una hoja de mandrágora nueva y no creo que haya muchas noches despejadas hasta las heladas de enero. Ya es una suerte que estemos teniendo buen tiempo.
—Tened cuidado, ¿de acuerdo? Aunque McGonagall lo sepa y esté de acuerdo, no hagáis nada de lo que no estéis completamente seguros.
—Todavía queda mucho por hacer. Estos son sólo pasos intermedios, Hermione —dijo Harry intentando tranquilizarla.
—Lo sé. Pero déjame preocuparme.
—Vale, mamá gallina —accedió Harry, abrazándola por los hombros y atrayéndola hacia él en un abrazo amistoso.
Las horas de la tarde pasaron más rápidamente. Harry no bajó a cenar, optando por quedarse en la sala común. Hermione lo miró con ojo crítico, juzgando que se encontraba mejor, antes de aprobarlo. Cuando sus compañeros volvieron un rato después, charló con ellos un poco más antes de retirarse al dormitorio.
Sabía que Draco no había bajado a cenar, porque Dean se lo había dicho, pero no había esperado encontrarlo dentro de la habitación. De espaldas a la cama de Harry y en posición fetal, dormía abrazado a la almohada, aprisionándola entre los brazos y las piernas. Al verle con el ceño fruncido y expresión desasosegada, moviendo los labios en sueños, Harry temió que estuviese teniendo una pesadilla pero, tras observarle un rato, concluyó que sólo era un sueño inquieto.
Se aseó intentando no hacer ruido, sentándose en la cama al terminar. Deseaba despertarlo y preguntarle cómo se encontraba, disculparse de nuevo y darle un abrazo para alejar sus propios fantasmas, pero sabía que no debía hacerlo. Si Draco no estaba preparado para hablar todavía, lo respetaría. Harry se preguntó si el hecho de que estuviese durmiendo en el dormitorio se debía a que estaba bien para Draco dormir allí aunque las cosas entre ellos no estuviesen en su mejor momento o simplemente a que sabía que Harry estaba en la sala común. Prefirió pensar lo primero. Draco, que había dormido varias noches en la sala común muerto de frío, habría estado dispuesto a dormir en cualquier otro sitio si realmente lo hubiese querido así.
Harry se tumbó en su cama, dando la espalda a Draco. Ahora que sabía que estaba allí con él, no tenía tanta necesidad de mirarle. Observó la luna, que inundaba la habitación a través de las cortinas abiertas con su suave luz. Llena y redonda, iluminaba todo el campo y el lago la reflejaba como un espejo, recordándole con su presencia que deberían haber estado preparando el material para preparar la poción de animagia. Rozó con la lengua la hoja de mandrágora, encajada en un rincón de su boca para que no se moviese. En los últimos días la había sentido más pequeña y desecha que al principio y había supuesto que era la acción de la saliva. Le había costado acostumbrarse, pero el truco de Draco de pegarla en la mandíbula superior entre la encía y la mejilla había funcionado y casi no le había molestado durante todo el mes.
Se planteó escupirla sin más dilación, dado que evidentemente Draco no planeaba seguir con el proceso, pero no quería levantarse al baño para tirarla, así que decidió que no pasaba nada por tenerla unas pocas horas más en la boca y quitársela por la mañana. Consideró la idea de hacerlo solo, reflexionando acerca de que no debía supeditar sus propios deseos a los de Draco pero, aunque ambos habían estudiado todo el proceso, era Draco quien se había centrado en los detalles de la poción, planificado cómo iban a organizarlo y se había encargado de preparar los materiales que necesitaban para esa noche. Sabía que estaban en algún lugar de su armario, listos para ser utilizados, pero decidió que no debía hurgar en las pertenencias de Draco sin permiso. Además, Harry no estaba seguro de poder ejecutar todos los pasos por su cuenta, había confiado en Draco para eso, respetando su pacto inicial, aunque conociese la preparación con más o menos detalles. Prefería prepararse concienzudamente e intentarlo con otra hoja de mandrágora que arriesgarse a olvidar algún detalle que hubiese dejado en manos de Draco.
Harry se giró, dando la espalda al ventanal y mirando de nuevo a Draco, llenándose los ojos con su presencia. Decidió definitivamente que si Draco no deseaba volver a intentarlo, él lo haría por su cuenta. Reuniría el material durante el mes siguiente y volvería a meterse la hoja de mandrágora en la siguiente luna llena. Con suerte, podría intentar el hechizo durante las tormentas veraniegas, tras las heladas invernales y las lluvias primaverales. Pensar en ello le animó y sentirse mejor le hizo ser un poquito más optimista con respecto a Draco, así que se propuso que, salvo que Draco se negase en redondo, hablaría con él a la mañana siguiente. Con ambos planes en mente, Harry cerró los ojos, intentando dormir.
Un grito lo despertó varias horas más tarde. Harry miró el reloj y vio que era tan tarde que la hora podría ser considerada demasiado temprano en la mañana a pesar de que todavía era noche cerrada. Parpadeó, intentando ubicar la procedencia del sonido antes de identificar la voz de Draco. Harry se incorporó inmediatamente. El otro chico estaba retorciéndose en la cama, con las piernas enredadas en la manta. Se levantó y se acercó a él, sin saber qué debía hacer. No había contado con que justo esa noche tuviese una pesadilla tan intensa. Llevaba tres o cuatro días con una buena racha y la mayoría de las de las semanas anteriores habían sido bastante más leves. Harry estuvo a punto de meterse en la cama con él y abrazarlo, como hacía habitualmente, pero se detuvo porque no sabía si eso complicaría las cosas al día siguiente cuando despertasen. Al fin y al cabo, todavía no habían hablado.
—¡Potter! —gritó de nuevo Draco con desesperación, sobresaltándole.
Draco estaba sudando a mares y tenía la camiseta empapada. Retorcía las manos sobre las sábanas y pateaba las sábanas con ímpetu. Se dio cuenta que junto con el sudor de su rostro había mezcladas lágrimas. Harry nunca le había visto pasarlo tan mal y supuso que o bien la pesadilla estaba siendo peor de lo habitual o él había tardado más en despertarse que otros días.
—No quiero morir —susurró Draco aterrado, con un rictus en la frente antes de sollozar con fuerza.
Asustado, Harry se dio cuenta que Draco había empezado a temblar violentamente. Cuando un amplio círculo de humedad se extendió por los pantalones del pijama de Draco, empapando también las sábanas, Harry consiguió salir de su parálisis y actuar.
—Te lo prometí. Te lo prometí, Draco, y cumplo mis promesas —susurró Harry, decidiendo que prefería que Draco se enfadase con él que no hacer nada por ayudarlo.
No se metió en su cama para abrazarlo como hacía habitualmente, resuelto a respetar también su distancia hasta que accediese a conversar con él y solucionar lo que fuese que le estaba molestando. Con un susurro, Harry realizó un hechizo enfriador en la habitación, cogió una camiseta de las que había dejado encima del baúl la tarde anterior y se sentó en el borde de la cama, secándole el sudor de la frente y las lágrimas de las mejillas con ella, en una gentil caricia. Le puso la mano en el pecho, acertando en su suposición cuando, en cuanto notó el contacto, Draco dejó de retorcer las manos en la sábana y se aferró a él con todas sus fuerzas.
—Harry… —susurró Draco con alivio—. Has vuelto…
—Sí —le contestó Harry, a pesar de que sabía que Draco no podía oírle—. Estoy aquí, Draco.
Draco dejó de temblar unos segundos después y las facciones de su cara se relajaron. Con la varita, Harry detuvo el hechizo enfriador, imaginando que ya no era necesario. Draco estaba empapado en sudor, lágrimas y orines, podía coger frío.
—Draco —le llamó Harry suavemente, acariciándole la mejilla con la mano que tenía libre, intentando despertarle sin sobresaltarlo—. Draco, tienes que despertarte.
—¿Harry? —parpadeó Draco, somnoliento—. ¿Estás aquí?
—Estoy aquí, sí. Tienes que despertarte, Draco. Estabas en una pesadilla —insistió Harry.
Draco cerró los ojos, pero volvió a abrirlos segundos más tarde, parpadeando más rápido. Harry le soltó la mano, consciente de que sólo la había retenido hasta ese momento porque era muy agradable tocarle después de todo un día sin haber podido hacerlo. Cuando Draco terminó de despertarse, se incorporó sobre los codos, mirándole con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué estás aquí, Potter?
—Tenías pesadillas —le explicó Harry, intentando no sentirse dolido por la pregunta de Draco—. Te calmaste cuando enfrié la habitación y te cogí de la mano para consolarte, pero mojaste la cama justo antes de que lo hiciese y creí que debía despertarte para que pudieses asearte.
—¿Mojé…? Oh, mierda… —Draco se dejó caer hacia atrás en la cama y se frotó los ojos con cansancio.
—Lo siento. No reaccioné a tiempo y debías llevar mucho rato soñando. Además de estar sudando y hablando, llorabas y temblabas. Nunca te había visto así; me bloqueé y tardé en reaccionar —se disculpó Harry todavía un poco asustado por la intensidad de la pesadilla.
—No es culpa tuya. A veces si la pesadilla es realmente mala, si en el sueño no consigo verte, me pasa —admitió Draco, suspirando.
—Dudé antes de despertarte —confesó Harry, mordiéndose el labio—. No quería meterme en tu cama porque no sabía si te ibas a enfadar por hacerlo y mientras decidía qué hacer exactamente… pasó. Si hubiese reaccionado un poco antes…
—No es culpa tuya, Potter —insistió Draco.
—Lo siento igualmente.
Harry se levantó y se sentó en el borde de su cama, totalmente desvelado, mirando a Draco, que permaneció bocarriba en la suya, mirando al techo con resignación.
—Si quieres ducharte, puedo intentar limpiar tus sábanas para que puedas seguir durmiendo —se ofreció Harry—. No soy muy bueno con esos encantamientos porque tengo poca práctica, pero si no me salen bien puedes dormir en mi cama hasta que mañana los elfos te cambien las sábanas.
—¿Por qué estás aquí, Potter? —preguntó Draco de nuevo, sin moverse de la cama.
—¿Qué? —Harry parpadeó, sin saber qué contestar.
Había interpretado que Draco le había preguntado inicialmente qué hacía sentado en su cama, pero que volviese a repetir la pregunta le había desconcertado. Imaginaba que Draco se había molestado con él por lo ocurrido durante la mañana, pero las palabras de Michael y Morag le habían tranquilizado y había asumido que realmente no estaba enfadado, así que no entendía qué quería decir con aquello.
—Que aún no me has dicho por qué estás aquí, Potter —insistió Draco, volviéndose hacia él.
—Yo… estaba durmiendo… es nuestro dormitorio… ¡Oh! —comprendió Harry de repente. Un peso amargo y doloroso le inundó el pecho—. Hoy ya es tarde, así que me iré a la sala común a dormir esta noche. Mañana puedo pedirle a alguno de los demás que me cambie el dormitorio si quieres.
—No digas tonterías, Potter —dijo Draco, exasperado—. Pregunto que qué haces aquí ahora. Deberías estar realizando la poción. Es luna llena y si no la haces hoy tendrás que volver a empezar.
—Draco, tú estabas dormido cuando llegué. El material y los ingredientes están en tu armario y…
—¡Pues cógelos! Tiene que ser hoy —le interrumpió Draco, frunciendo el ceño.
—No iba a registrar tus cosas por una maldita poción, Draco —dijo Harry exasperado, olvidando no levantar el tono de voz.
—Cogiste mi escoba cuando te empeñaste en que saliésemos a volar. —Harry, frustrado, se talló los ojos.
—No es exactamente lo mismo. Mira, da igual, ¿de acuerdo? —dijo, intentando que Draco dejase el tema.
—No, no da igual. ¿Qué hora es? Todavía estás a tiempo, coge las cosas. Te doy permiso, si es lo que necesitas. Si sales ahora…
—No importa, Draco, de verdad —negó Harry con cansancio, subiendo los pies a la cama para evitar quedarse frío—. Ya lo intentaré yo solo más adelante si no quieres hacerlo conmigo, no te preocupes. No pasa nada. Reuniré los materiales por mi cuenta. No es que corra prisa, al fin y al cabo.
—¿No habrás escupido la mandrágora, Potter? —preguntó Draco alarmado e incorporándose de nuevo.
—No. Estuve a punto, pero no quise levantarme de la cama solamente para tirarla.
—Entonces puedes hacerlo todavía —dijo Draco, levantándose y abriendo su armario a toda prisa.
—Draco. —Este se detuvo al oír el tono serio de Harry, volviéndose hacia él—. Eso me da igual ahora mismo. Si quieres que hablemos de algo, prefiero que sea sobre lo de esta mañana, es algo que me importa mucho más. Yo no planeaba hacerlo ahora, quería esperar a que tú estuvieses preparado, pero no quiero ni oír hablar de la maldita poción de animagia en este momento.
—Yo… —Draco le miraba de hito en hito.
—Entiendo que no quieras que hablemos de ello ahora. Lo respeto, Draco. Voy a intentar limpiar tus sábanas mientras te aseas —dijo Harry, levantándose de la cama y cogiendo la varita de su mesilla.
—Harry…
Draco le detuvo cuando Harry hizo el gesto de ir a sacarse la hoja de mandrágora de la boca, aprovechando que se había levantado de nuevo y podía tirarla. Agarrándole de la muñeca, se lo impidió, sosteniéndole la mirada.
—Por favor, Harry…
—Draco, ¿ves la incongruencia en que me insistas en que yo haga algo que tú has decidido no hacer? —preguntó Harry, intentando hacer acopio de paciencia—. Estábamos juntos en esto, me hacía mucha ilusión hacerlo contigo y era emocionante compartir el secreto, pero no me parece mal que te hayas arrepentido y no desees hacerlo o que quieras intentarlo por tú cuenta. De verdad, está bien por mi parte. Yo lo haré más adelante porque realmente quiero probarme a mí mismo con este tema, pero no me siento capaz de preparar la poción por mi cuenta ahora mismo, necesitaré estudiarla más a fondo para estar seguro de que sé bien lo que estoy haciendo. Igual que respeto que tú hayas tomado tu decisión, tendrás que respetar la mía, Draco.
—Lo siento, olvidé que la poción era mi tarea y que a lo mejor no habías prestado toda la atención necesaria a esa parte del proceso —murmuró Draco con cara de culpabilidad.
—No te disculpes. No estoy enfadado, no pretendía sonar tan brusco. Es sólo que estoy… que llevo… quiero… —La voz de Harry se quebró antes de completar la frase. Había estado deseando darle un abrazo desde que lo había visto durmiendo en la cama para lanzar lejos de su pecho el malestar que sentía—. ¿No importa, vale? No pasa nada, Draco. De verdad. Tengo toda la vida por delante para hacerlo, no tiene por qué ser hoy.
—Pensaba que no querrías que lo hiciésemos juntos —murmuró Draco al cabo de unos segundos, agachando la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó Harry, sin comprender a qué venía aquello.
—Porque tienes razón y soy idiota —lamentó Draco, sentándose en su cama, frente a Harry, con cara de tristeza.
—Eh… no digas eso. Siento mucho haberte hecho sentir así. No debí haber dicho eso esta mañana. No estuvo bien y procuraré que no vuelva a ocurrir, Draco. —Harry se sintió culpable de nuevo, arrepintiéndose de haber hecho tanto daño con una sola palabra. Sintió la necesidad de insistir para tratar de borrar todo rastro de duda del semblante de Draco—. No pienso que seas un idiota. No eres un idiota.
—Lo sé. ¿Lo sé? —Abatido, Draco negó con la cabeza—. Mira, yo…
—Draco, dúchate y cámbiate de ropa —le aconsejó Harry, sintiendo que su congoja por Draco volvía a crecer—. Mañana por la mañana lo veremos de otra manera. Y si quieres, hablaremos de todo lo que te ha molestado y hecho daño. Lo solucionaremos. Te daré las explicaciones que necesites, me disculparé o…
—No.
—Bueno, si no quieres hablar no lo haremos. —Harry sintió que se desinflaba. Por un momento había creído que conseguía llegar al otro chico y había vislumbrado que conseguirían solucionar aquello, pero volvía a escurrírsele entre los dedos—. Pero deberías ducharte y cambiarte de ropa igualmente ahora.
—Sí quiero hablar, pero ahora tú y yo vamos a ir a completar esa puñetera poción y no quiero oír ni una queja al respecto —dijo Draco con más firmeza.
—De verdad, Draco…
—¿Tú deseas que sigamos haciendo esto juntos?
—Claro que sí, pero que yo quiera hacer algo así no implica… —dijo Harry, frustrado y sin comprender qué pasaba exactamente con Draco.
—Entonces, hagámoslo. En realidad, sí quiero hacerlo. Me había convencido a mí mismo de que tú no querrías, pero si tú estás seguro yo también lo estoy.
—Pensaba que habías tirado tu mandrágora. —Harry frunció el ceño. Había dado por hecho eso desde el momento en que había visto que Draco no iba a salir a completar la poción.
—No. Supongo que en cierto modo… tenía la esperanza de que me insistieras para que lo hiciese —confesó Draco, avergonzado.
—No nos hemos visto en todo el día, Draco, ¿cómo iba a…? —Harry parpadeó, sin comprender qué esperaba Draco de él, cada vez más confundido.
—Lo sé, no es culpa tuya. He tenido un comportamiento demasiado infantil pero ¿podemos hablarlo mañana, por favor? ¿O cuando volvamos? La poción no puede esperar, pero esa conversación sí. —Draco le miró con súplica en los ojos, expectante.
—¿De verdad quieres hacerlo? ¿Seguro que no estás diciéndolo para que lo haga yo?
—Te lo juro —dijo Draco solemnemente—. Quiero hacerlo porque me hace ilusión. Porque tú has sido capaz de hacerme ver que tengo posibilidades de conseguirlo.
—A la ducha —le ordenó Harry unos segundos más tarde, tomando una decisión—. Yo prepararé la capa, las escobas y el mapa.
—El material está en la segunda balda de mi armario —dijo Draco, levantándose a toda velocidad, quitándose la ropa y tirándola al suelo antes de entrar a toda prisa en el cuarto de baño.
Harry preparó las cosas antes de cambiarse de ropa y calzarse. Dudó un instante, pero abrió el armario de Draco de nuevo, revolviéndolo y preparándole encima del baúl ropa limpia, cómoda y abrigada. Volvió a repasar el material, cerciorándose de que todo estaba bien, en lo que Draco terminaba de ducharse.
—Gracias —dijo aprobadoramente Draco al salir del baño y ver la ropa preparada. Harry sonrió, sintiendo que aunque todavía tuvieran una conversación pendiente, las cosas volvían a encajar en su sitio y habían recuperado aquella complicidad que se les había escapado durante unas horas.
Harry le observó mientras Draco tiraba la toalla a un lado y se vestía. Estuvo a punto de apartar la mirada cuando este se dio cuenta de lo que estaba haciendo, pero la sonrisa que Draco le dedicó parecía que daba su consentimiento, así sólo se mordió el labio con timidez, provocando que el otro chico sonriese más ampliamente, y disfrutó del color de la piel de Draco, pensando en lo mucho que había echado de menos estar con él.
Harry les cubrió con la capa mientras Draco consultaba el mapa, trazando rápidamente una ruta. Aunque McGonagall hubiese dado su aprobación, ambos pensaban que no convenía que nadie les atrapase a esas horas por los pasillos. Hubieran sido demasiadas explicaciones y no tenían demasiado tiempo. Caminaron velozmente hasta el pasadizo que solían utilizar para escapar del castillo las noches que salían a volar. Draco escogió pasillos desiertos, así que no se molestaron en ir demasiado despacio ni en hacer poco ruido. Una vez al aire libre, devolvieron las escobas a su tamaño natural.
—¿Cogiste la cuchara de plata? —corroboró Draco con tono profesional.
—Sí —confirmó Harry.
—Vamos primero a por ese ingrediente. Es el único que nos falta además de la luz de luna.
Los dos volaron hasta la linde del bosque. Se bajaron y caminaron más cautelosamente, conscientes de que, a pesar de estar a las afueras del bosque, no era buena idea llamar la atención de ninguna criatura que pudiese oírlos. Draco examinó con ojo crítico el primer lugar de los que tenían vigilados. Harry le había tendido la cuchara, pero Draco la rechazó meneando la cabeza.
—No hay suficiente para una cucharada. Y está contaminado, tiene demasiadas esporas del helecho que lo cubre. No me fío. Vamos al siguiente.
Afortunadamente, sí aprobó el segundo lugar. Con cuidado, Draco recogió en la cuchara las gotas de rocío acumulada en el hueco formado bajo la raíz de un árbol, depositándolo en un vial de pociones de vidrio oscuro. Descartó el tercero por no estar seguro de su idoneidad.
—Mira la forma en que las hojas están orientadas. Quizá los últimos rayos del crepúsculo, que llegan más horizontales, hayan alcanzado la zona y por eso la planta se estira de esa manera, buscando los rayos del sol. Prefiero no arriesgarme —concluyó Draco tras examinar la planta con cuidado.
—Tú mandas. Aún nos quedan tres sitios posibles —dijo Harry, tranquilizándole.
El cuarto sí obtuvo su aprobación a pesar de quejarse de que sería poco si no conseguía cogerlo todo pero, mientras estaba preparando la cuchara y un segundo vial, Draco levantó la cabeza con preocupación. Un jirón de nubes estaba pasando por delante de la luna en ese momento.
—Mierda —susurró Draco con rabia.
—No te preocupes por eso ahora, Draco. Queda tiempo suficiente hasta que el amanecer claree el cielo. Concéntrate en el rocío solamente.
Respirando profundamente para controlar su pulso, Draco consiguió recolectar suficientes gotas como para llenar la cuchara y depositarlo en el segundo vial.
—¿Dónde lo hacemos? —preguntó Draco, levantándose con esfuerzo. Harry le tendió la mano y Draco la aceptó, sin soltársela cuando estuvo de pie.
—Junto al lago no hay apenas obstáculos y la luz de la luna llegará con plenitud. ¿Vamos volando?
—No —negó Draco—. No quiero que el agua de rocío se agite tanto. Tendremos que caminar.
Entrelazando los dedos con la mano de Harry, Draco dejó que este le guiase hasta la zona del lago que había propuesto. Harry intentó no pensar en el tacto de sus manos unidas, manteniendo la mente concentrada en la poción. Al llegar, Draco miró con ojo crítico a la luna, que volvía a estar despejada, aunque otro jirón de nubes se acercaba perezosamente. Negó con la cabeza y obligó a Harry a seguirle un par de cientos de metros más a través del lodo de la orilla del lago, hundiéndose varios centímetros en el fango cada vez que daban un paso hasta llegar a un sitio de su gusto.
—Aparta, Potter —le indicó Draco, empujándole amistosamente con el hombro—. Es muy importante no hacer sombra.
Harry retrocedió un paso, alejándose, pero Draco le atrajo de nuevo hacia él, recolocándolo a su lado sin palabras.
—Ponte recto —le ordenó Draco—. Ve sacando la hoja de donde la tengas encajada y prepárala en la punta de la lengua. ¡No lo hagas con los dedos! —le reprendió cuando vio que se llevaba la mano a la boca—. Con la lengua. Y no tragues saliva hasta que yo te diga. Acumúlala en la boca.
Se asustó al mover la hoja de mandrágora en medio de la boca, pensando que se le iba a deshacer y notando al tacto de la lengua que la hoja estaba blanda y prácticamente hecha puré.
—Vamos a hacer primero la tuya, ¿de acuerdo? ¡No hables! —le advirtió Draco antes de que se le ocurriese hacerlo—. Dame los demás ingredientes. Toma, sostén tu frasco. Y no te muevas.
Harry obedeció, viendo que Draco se arrodillaba y se quitaba el jersey, extendiéndolo en el suelo blando y enlodado. Con cuidado, sacó los recipientes con los ingredientes y los ordenó cuidadosamente, cerciorándose en todo momento de no inclinarse hacia ellos para no proyectar sombras. Cuando lo tuvo todo preparado de una manera que a Harry le recordaba a una mesa de quirófano muggle, se levantó y se acercó a él.
—Te voy a arrancar un cabello —le advirtió Draco antes de seleccionar uno al azar entre su coronilla y colocarlo cuidadosamente en otro vial de poción vacío para que no se perdiese—. Ponte el frasco en la barbilla. Es importante que lo sostengas por abajo sólo con las yemas de los dedos, intenta taparlo lo menos posible. Ni se te ocurra dejarlo caer.
Harry hizo lo que Draco le pedía, mirándole de reojo. Sentía la necesidad imperiosa de tragar al sentir la boca llena de saliva, pero recordó que Draco le había dicho que no lo hiciese justo a tiempo de evitar hacerlo. Le horrorizó imaginar que se hubiese tragado la hoja de mandrágora justo en el momento más decisivo.
—Así está bien —le indicó Draco, aprobándolo tras examinarlo con ojo crítico—. Tienes que escupir dentro la hoja. Asegúrate de que no sale sólo la hoja, tienes que dejar caer también toda la saliva que hayas acumulado dentro. No pasa nada si cae saliva fuera del frasco, lo limpiaré después, al guardarlo, pero cuanta más caiga dentro mejor, así que intenta babear todo lo que puedas.
Harry lo hizo, notando cómo la baba le resbalaba por la barbilla. Cuando tuvo la boca vacía apartó el frasco, sintiéndose decepcionado ante la poca saliva que parecía haber conseguido meter, que apenas levantaba unos milímetros en el recipiente, a pesar de que había sentido la boca repleta.
—¿Dónde está la hoja? —preguntó Harry con curiosidad al no verla.
—Lo has hecho bien, así que se ha disuelto en la saliva nada más ha entrado en el frasco —le informó Draco—. Forma parte del proceso. No lo sueltes ni te muevas —dijo mientras le limpiaba los restos de saliva de la barbilla con el dedo pulgar antes de secársela descuidadamente en la camiseta.
—Estás helado —murmuró Harry, que se había estremecido al contacto con su mano congelada.
—No te preocupes por eso ahora.
Draco se agachó para recoger los demás ingredientes y, con cuidado, volcó el vial de rocío en el frasco que sostenía Harry, introdujo la crisálida de polilla y depositó dentro el cabello de Harry, mirando la poción en todo momento con mucha atención. Cuando finalizó, tapó el frasco asegurándose de que quedase bien sellado y, cogiéndolo sin privarlo de la luz de la luna con los dedos en ningún momento, lo guardó dentro de un saquito de tela. Aprovechó una vez que estaba cubierto para limpiarlo por fuera, introduciendo un pañuelo dentro de la bolsita de tela. Se cercioró de que quedase bien cerrado con una cuerda antes de dejarlo en el suelo.
—No podremos volver volando al castillo. Y tampoco correr —dijo Draco en tono reflexivo mientras se arrancaba uno de los pelos de la cabeza y lo depositaba en un vial limpio, colocándolo al lado de los demás ingredientes.
—¿Hacemos la tuya ahora? —preguntó Harry, mirando al cielo para asegurarse que ninguna nube caprichosa iba a cubrirla. El jirón perezoso que habían visto un rato antes no parecía desplazarse en esa dirección en ese momento.
—Sí.
Draco sostuvo el tarro como él y escupió la hoja de mandrágora. Harry se apresuró a limpiarle la barbilla con la manga de su jersey, imitando a Draco antes y, siguiendo sus indicaciones, fue vertiendo cada uno de los ingredientes bajo la atenta dirección y supervisión de Draco. Cuando el frasco de Draco estuvo guardado en otro saquito al lado del suyo, ambos respiraron aliviados.
—El tuyo es el azul, el mío el marrón —dijo Draco, señalándolos.
—Ni siquiera me había dado cuenta de que tienen colores diferentes. ¿De dónde los has sacado?
—Los utilizaba Severus para un par de juegos de cuchillos de plata y de oro. No te preocupes —dijo, adelantándose a Harry—, los he guardado en un paño limpio y recuperaré las bolsas cuando hagamos el hechizo de animagia. Los colores casi no se notan a la luz de la luna porque son oscuros, pero tenían que serlo. Sería un desastre que nos bebiésemos la poción del otro. Un desastre que acabaría con los dos muertos o deformes de por vida.
—Tiene sentido —resopló Harry, comprendiendo cuántos detalles había dejado en manos de Draco aunque ambos hubiesen trabajado en los manuales—. Gracias por haberlo tenido en cuenta, yo ni siquiera había pensado en que necesitaríamos distinguirlas al hacer dos al mismo tiempo.
—Por algo reclutaste mi ayuda para esto, Potter —contestó con sorna Draco.
—¿Entonces, ya está?
—¿La poción? Sí. —Draco cogió los saquitos con cuidado y se los pasó a Harry antes de recoger todos los materiales que habían utilizado para la poción, reducirlos de tamaño y metérselos en el bolsillo—. Tú las llevas y yo guio con el mapa y nos cubro a ambos con la capa. Intenta que se agiten lo menos posible.
Draco se puso el jersey, lleno de barro, con un estremecimiento de frío y caminaron despacio hasta la entrada del pasadizo. Una vez estuvieron en el pasillo, Draco los cubrió con la capa y, pegándose lo más posible a Harry, fue guiándolos.
Harry volvió a tener la sensación de que lo que fuese que se hubiese roto esa mañana se había arreglado, al menos en parte. Tendrían que hablarlo todavía, porque creía merecer una explicación y seguramente Draco también querría las suyas, pero la manera en la que Draco se pegaba a su cuerpo, la forma en la que le hablaba o el brazo que le había pasado por la cintura para asegurarse de que no se separaba de él era más propio de su comportamiento habitual que evitarle durante todo el día.
Llegaron al dormitorio sin ningún problema. Harry era consciente que ambos estaban helados, embarrados, sucios y sudados por haber corrido, caminado por la orilla del lago y haberse tirado al suelo para conseguir el rocío, pero se quedó en medio de la habitación sosteniendo los dos saquitos mientras Draco les quitaba la capa de encima, cerraba la puerta y entraba en el cuarto de baño. Volvió a salir con el cofre de madera donde guardaba su perfume. Abriendo el armario, lo depositó en la balda donde había ido guardando los ingredientes para la poción y lo abrió, sacando el frasco de perfume prácticamente agotado, que apartó descuidadamente a un lado. Con reverencia, cogió las pociones de las manos de Harry una a una y las depositó juntas dentro del cofre antes de cerrarlo.
—Ahora no hay que abrirlo hasta el último momento —dijo Draco—. No debe darle la luz del sol en ningún momento y convendría que no se moviese.
—Lo sé —asintió Harry, recordando las instrucciones de los manuales y dejando salir el aire contenido.
—Si no se ponen de color rojo sangre es que ha salido mal. —Draco parecía estar repasando mentalmente todo el proceso de nuevo, nervioso.
—También lo sé.
—No vamos a saberlo hasta que lo abramos y no vamos a poder abrirlo hasta que haya una tormenta —siguió diciendo Draco, hablando cada vez más rápido y comenzando a jadear.
—¡Draco! —lo llamó Harry, sacándolo de su ensimismamiento. Este se volvió, asustado—. Están bien. Estoy seguro.
—Pueden haber salido mal mil cosas.
—En ese caso, cuando veamos que la poción no es rojo sangre analizaremos cuál ha sido el error y volveremos a repetirlo todo desde el principio —le tranquilizó Harry.
—Pero…
—¡Draco! —volvió a llamarlo Harry, intentando impedir que la ansiedad de Draco degenerase en un ataque—. Está bien. Puedes relajarte. Lo has hecho genial.
Draco se quedó mirándole fijamente con una expresión extraña en la cara y respirando agitadamente. Súbitamente, dio un paso para acercarse más a Harry y lo abrazó, apretando las manos en su espalda con fuerza. Harry le correspondió, sorprendido. Normalmente, aunque Draco tomase la iniciativa en algunos contactos físicos, no solía comportarse así. Mientras que Harry actuaba por impulsos, sin pensar, Draco solía meditar cada interacción que tenía con él, aunque le restase naturalidad. Harry sabía que formaba parte de su carácter e idiosincrasia y nunca lo había visto dejarse llevar con un impulso tan fuerte. Escuchó que Draco ahogaba un sollozo en su hombro, así que intentó reconfortarle acariciándole la espalda y el pelo de la nuca.
—Lo siento —susurró Draco en su oído—. Estaba muy nervioso, ha sido todo tan de sopetón… Y realmente necesitaba hacer esto desde hace horas.
—No te preocupes, todo está bien —murmuró Harry, acariciándole el pelo—. Yo también lo estaba deseando.
Estuvieron así unos minutos más. Finalmente, Draco se separó, secándose las mejillas con la mano y sorbiendo por la nariz. Mirándose a sí mismo, frunció la nariz en un gesto de asco.
—Creo que deberíamos ducharnos. Otra vez, en mi caso.
—Desde luego yo pienso hacerlo. —Harry miró por la ventana, evaluando cuánto tiempo quedaría para el amanecer—. Podremos dormir un par de horas antes de tener que levantarnos a recitar el hechizo.
—Entra tú primero, si quieres —ofreció Draco—. Yo limpiaré y colocaré todas las cosas que hemos utilizado mientras tanto. Te guardaré la capa y el mapa en su sitio.
—De acuerdo.
Harry entró en el baño sin cerrar la puerta, como había hecho Draco antes, esperando que este entendiese igual que había hecho él que aunque todavía necesitasen hablar, su relación, fuese la que fuese, seguía en pie. Se duchó rápidamente y cuando acabó Draco ya le estaba esperando desnudo, haciéndole sitio para que saliese y entrando él inmediatamente después. Satisfecho al ver que aquella confianza construida entre los dos no se había roto y se sostenía después de la tregua pactada para realizar la poción, se miró al espejo consciente de que, a pesar de la ducha, tenía un aspecto terrible. Las ojeras se le marcaban bajo los ojos, haciéndole ver como un inferius.
El agua de la ducha dejó de correr mientras Harry se lavaba los dientes con ahínco, aprovechando la ausencia de la hoja de mandrágora para hacerlo cómodamente y a fondo, y Draco salió chorreando. Se envolvió en una toalla antes de coger otra limpia y acercarse a él. Harry le miró a través del espejo y Draco le devolvió la mirada con una sonrisa tímida antes de frotarle el pelo con energía para secárselo. Después, hizo lo mismo con el suyo. Harry se fijó en que tenía las mismas ojeras y comprendió que, a pesar de que era Draco quien se había negado a verlo, también lo había pasado mal. Secó el pelo de Draco, correspondiéndole, mientras este se cepillaba los dientes también. Salieron juntos del baño y Harry se dirigió a su armario en busca de ropa limpia para dormir. Se percató de que Draco se había quedado de pie junto a su cama, sin moverse y recordó el estado en el que esta había quedado después de la pesadilla de esa noche. Harry miró a Draco, que estaba mordiéndose el labio, pensativo, y había cogido su varita rodándola entre los dedos antes de realizar un hechizo no verbal que hizo que parte de la mancha de humedad desapareciese.
—Draco… —Este levantó la mirada hacia él, frustrado por no haber conseguido que la mancha se desvaneciese por completo—. Sé que todavía tenemos que hablar de lo que ha pasado hoy. O ayer. Da igual. Tendrá que esperar a que nos levantemos por la mañana, porque estoy agotado pero ¿puedes dormir conmigo ahora?
—¿Me estás pidiendo permiso tú a mí para que yo duerma en tu cama, Potter? —preguntó Draco, incrédulo.
—Es una forma de verlo. No puedes dormir en tu cama en ese estado y…
—Claro que quiero dormir contigo, Potter —dijo Draco, poniéndose serio de nuevo—. Tienes razón, es mejor que hablemos por la mañana. Gracias.
—¿Por qué?
—Por dejarme dormir contigo.
—No digas tonterías —dijo Harry, quitándole importancia.
—Estarías en tu derecho de estar enfadado conmigo.
—No lo estoy. Ni siquiera sé por qué debería estarlo.
—Lo sé. Pero gracias igualmente, Potter.
Harry sabía que tenía una sonrisa tonta en la cara, pero no le importaba porque podía ver otra idéntica en el rostro de Draco. Este se volvió hacia su armario, buscando entre la ropa. Segundos después, se arrodilló ante el baúl con un sonido de fastidio.
—¿Qué ocurre, Draco? —preguntó Harry, que estaba sacando de su armario unos calzoncillos limpios y una de las camisetas que utilizaba para dormir.
—No tengo ningún pijama limpio. Los elfos deben estar hasta el gorro de mi ropa —se quejó Draco—. Demasiados accidentes en poco tiempo, me parece a mí. Entre el sudor de las pesadillas, despertar manchado y lo de hoy, no ha dado tiempo a que los elfos me devuelvan la colada limpia.
Harry se rio porque era cierto, esa semana él también había gastado al menos una muda de ropa para dormir cada día. Algunos días dos, si Draco se había despertado sudando en una pesadilla en mitad de la noche y habían tenido que cambiarse.
—Ten, puedes ponerte esto. Está sin estrenar, te lo prometo, son los que compré el fin de semana pasado en Hogsmeade —Harry le tiró una de las camisetas viejas que utilizaba para dormir y un calzoncillo nuevo. Draco lo cogió al aire.
—Gracias. —Harry se encogió de hombros, quitándole importancia, y se quitó la toalla para vestirse, observando que Draco volvía a buscar algo en el armario.
—Espera un momento —le dijo Draco, acercándose a él.
Harry, que estaba a punto de ponerse los calzoncillos, se incorporó con ellos en la mano. Las orejas le ardieron cuando fue consciente de que Draco se había parado justo delante de él. Traía el frasquito de perfume en la mano. Depositando unas gotas en la palma izquierda, Draco dejó el frasco a un lado y la frotó contra la derecha antes de pasarle las manos por el pelo, el cuello, el pecho, los antebrazos y las mejillas de Harry. Lo hizo con despacio y con sumo cuidado. Harry cerró los ojos, disfrutando de la caricia como no lo había hecho en ninguna de las ocasiones anteriores. Draco debía estar notando su erección, pues estaba muy cerca de él, pero no dijo nada al respecto.
—Con tanto barro, habías dejado de oler a flores —musitó Draco con voz estrangulada.
—Se te va a acabar —dijo Harry, sintiéndose culpable.
—No me importa.
Draco le tendió el frasco, sin decir nada más, pero Harry entendió lo que quería. Cogiéndolo, repitió los movimientos de Draco y le puso el perfume, acariciándole de vuelta. Draco cerró los ojos también, disfrutando de la sensación. Cuando puso las palmas en las mejillas de Draco, Harry sintió un deseo increíble de besarlo. Estaba tan increíblemente cerca que sólo tendría que mover la cabeza un poco para que sus labios se juntasen.
Poniéndose de puntillas, sin preocuparse más porque el otro chico nunca hubiese dicho que quisiese besarlo, pero bastante seguro de que estaba de acuerdo, Harry acercó sus labios a los de Draco. Apenas fue un roce de un segundo, piel contra piel. Las manos de Draco le rodearon la cintura en respuesta, automáticamente. Se separó, volviendo a bajar sobre sus talones y Draco abrió los ojos, sonriéndole beatíficamente. Repentinamente consciente de que estaba completamente desnudo y el otro chico cubierto solo por una toalla, Harry se retiró deshaciéndose del abrazo de Draco y, recogiéndolo de donde lo había dejado caer, le devolvió el frasco de perfume.
—Está vacío —constató Draco moviendo la cabeza con tristeza cuando lo cogió y lo agitó para comprobarlo.
—Lo siento.
—No lo sientas. Me encanta cómo huele en ti, Potter. Y aún no se ha terminado del todo: lo disfrutaremos mientras esté en nuestra piel y podamos olerlo.
Los dos se terminaron de poner la ropa, intercambiando sonrisas tontas, y se metieron en la cama de Harry para no coger más frío. Draco se acurrucó contra él, enredando sus piernas entre las suyas y abrazándole. Harry le pasó el brazo por los hombros, acariciándole la nuca con las yemas de los dedos. Draco escondió los pies, helados, entre las piernas de Harry.
—¿Has puesto un hechizo despertador? —susurró Draco.
—Sí. Cinco minutos antes de la hora del amanecer, consulté el almanaque ayer. Creo que me sé de memoria las horas de todos los amaneceres de las próximas semanas.
Draco se rio en voz baja, acurrucándose más cerca de él. Abrazados, ambos cerraron los ojos, dispuestos a dormir y descansar durante las escasas horas que les separaban hasta la salida del sol.
—Harry —dijo Draco con voz baja y somnolienta tras unos minutos de silencio. Harry hizo un sonido con la boca, indicándole que todavía estaba despierto y le escuchaba—. Sé que mañana tenemos que hablar y que he de contarte varias cosas, pero…
Harry creyó que Draco se había quedado dormido a mitad de la frase, porque este se quedó callado un rato, pero al cabo de unos momentos volvió a oír su voz, notándola lejana porque tenía la mente embotada de sueño.
—Gracias por haberte hecho mi amigo, Harry.
