Disclaimer: Todo lo que aparece en el fic es de Rowling, incluidas sus contradicciones.

Penúltimo capítulo ya. ¡Muchísimas gracias a todas por las lecturas y los comentarios! ¡Abrazos y besos!

Trigger Warning: Escenas sexuales explícitas. Petting y fingering.


Hueles a mí

—¿En serio vas a leerte todo esto, Hermione? —preguntó Harry cuando salieron de la librería del pueblo, cargados por todos los libros que ella había comprado.

—Algunos incluso podrías leértelos tú —dijo Hermione con tono pinchón. Harry bufó, arrugando la nariz e intentando subirse con un contorsionismo de brazo las gafas, que se le habían resbalado hasta la punta.

—Demasiada lectura acumulada, lo siento. —El primer trimestre estaba a punto de terminar y, aunque admitía que seguía disfrutando de la sensación de estudiar por placer, Harry también estaba un poco agotado mentalmente hablando. Conteniendo una carcajada comprensiva, Hermione sacó su bolsito de cuentas y le liberó de su carga de libros, haciéndolos más pequeños. Harry levantó la vista y tuvo una idea cuando ver la tienda enfrente de la cual se habían parado—. ¿Te importa si entramos en la botica un momento?

Hermione asintió, pateando el suelo, helada de frío. Diciembre había comenzado con las lluvias que no habían hecho acto de presencia en octubre y noviembre. Después de tantas semanas claras y soleadas a pesar del frío otoñal, el desplome de la temperatura provocado por la humedad había sido brusco y todos estaban aclimatándose a él todavía.

Harry y Hermione habían bajado a Hogsmeade con la intención de comer con Ron. Draco había rechazado la invitación igual que las dos veces anteriores, con amabilidad y argumentando que era bueno que los tres amigos tuviesen ratos a solas y que Harry pudiese disfrutar de su mejor amigo sin que él estuviese presente robándole atención. Al principio, Harry había temido que fuese algún tipo de rechazo a pasar tiempo con Ron, pero Draco lo había negado diciendo que ya habría oportunidades para ello más adelante. En ese preciso momento, con el frío y la humedad calándole los huesos, Harry en realidad le envidiaba porque imaginaba que estaría en la sala común calentito junto a la chimenea, seguramente desafiando a alguna partida de ajedrez a Michael y a Morag, su última afición al descubrir que ambos eran diestros jugadores.

—¿Buscas algo en concreto? —le preguntó Hermione al entrar en la botica, curioseando los estantes y los productos expuestos.

La tienda olía a una mezcla entre farmacia muggle, perfumes y mercado de especias. La combinación era extrañamente reconfortante. Había un par de personas siendo atendidas en el mostrador, así que esperaron pacientemente su turno mientras examinaban con curiosidad los ingredientes que estaban primorosamente ordenados en las estanterías.

—El regalo de navidad de Draco. Se lo habría comprado antes, pero seguramente me habría mandado a la porra —bromeó Harry, consciente de que seguramente eso no era cierto a aquellas alturas. Si no se lo había regalado antes era porque no había querido hacerle sentirse incómodo, pero creía que la Navidad era una excusa ideal para ello.

—¿Un perfume? —adivinó Hermione. Harry asintió—. Qué clásico.

—Es… especial para nosotros. Olí esas flores por primera vez en la Amortentia, hace años. Molly las cultiva en La Madriguera, por eso reconocí el olor cuando lo noté en Draco. Él lo usaba a principios de este curso y… —dejó la frase en el aire comprendiendo que su amiga podía quererle mucho, pero no necesitaba más detalles sobre aquella especie de cortejo que ambos habían realizado.

—La magia a veces tiene caminos inescrutables, ¿verdad? —reflexionó Hermione, no muy interesada en los detalles escabrosos e íntimos de su relación con Draco y sí en la conexión intrínseca de la magia con el porvenir—. Que pueda saber que algún día estarás relacionado no con una, sino con varias personas que comparten un mismo olor característico es…

—¿Te refieres a Ginny?

—Has dicho que lo oliste en La Madriguera —asintió Hermione, disimulando un estremecimiento. Como Harry, ella tampoco era muy partidaria de las facetas de la magia que implicaban profecías y la Amortentia empezaba a parecerse demasiado a una.

—Sí, lo averigüé el último verano. Era un olor que me recordaba a La Madriguera y descubrí que Molly tenía un parterre lleno de violetas… ¡Oh! —Como siempre que sacaban el tema de la predestinación y conocer el futuro, la cabeza le dio vueltas y le invadió la misma sensación de vértigo que asomarse a un abismo.

Habían mantenido varios debates del estilo en la sala común, posicionándose en dos bandos: el de las Runas Antiguas y el de Adivinación. A Draco le interesaban y, aunque hablaba poco, sus compañeros le escuchaban con respeto cuando lo hacía. Harry consideraba que eran aburridos, no llevaban a ninguna parte y además le provocaban dolor de cabeza si intentaba pensar detenidamente en ello, pero le gustaba que Draco se hubiese integrado tanto en el grupo como para dar su opinión y argumentarla sin reparos.

—Ya me parecía peligrosa la Amortentia con lo poco que sabíamos de ella, pero cada vez me resulta aterrador saber que hay algo mágico que puede tener en cuenta olores que probablemente ni siquiera conoces o relacionados con personas que aún no están en tu vida.

—Demasiado temprano para filosofar sobre el destino —rechazó Harry con una sonrisa incómoda, intentando finalizar la conversación con amabilidad—. Simplemente me gusta mucho que Draco huela así, se le terminó el perfume y lo echo de menos, así que pensé en que podía comprárselo. Lo habría hecho antes, pero la vez anterior que vinimos aquí, lo hice con Draco y eso habría fastidiado la sorpresa.

—Que sepas que eso es un regalo egoísta —se burló Hermione. Harry se encogió de hombros, admitiéndolo, y avanzó hasta el mostrador donde el dependiente, un hombre corpulento, alto, con barba y aspecto hosco movió la cabeza a modo de saludo.

—Busco un perfume. Sé que lleva flor de iris y violeta. Viene en un cofrecito de madera labrada —tartamudeó Harry, dándose cuenta de que ni siquiera sabía si el perfume tenía nombre—. Sé que se vende aquí porque la persona que me lo enseñó lo compró hace muchos años.

Un sentimiento de temor le atenazó el estómago cuando pensó que quizá ya no lo fabricaban o que podía haber decenas de perfumes con esa descripción, pero el vendedor asintió antes de desaparecer en la trastienda durante unos minutos. Harry esperó, impaciente, pensando que si conseguía dar con él a lo mejor podría dárselo antes de Navidad. No veía necesidad de esperar después de más de un mes sin haber podido olerlo. El hombre volvió con tres pequeños cofres de madera similares y los depositó en el mostrador. Harry reconoció inmediatamente uno de ellos, idéntico al de Draco.

—Con las esencias de esas flores tenemos estos dos —le indicó hombre, moviéndolos hacia él con gesto inquisitivo—. Este es más apropiado para hombres y este otro es más adecuado para mujeres.

—Es este —confirmó Harry, señalando el cofre similar al de Draco, completamente seguro. Era el que el dependiente había indicado como apropiado para hombres. A Harry ni siquiera se le había ocurrido concretar que buscaba una fragancia masculina—. El cofre es igual al que tenía la persona que me lo enseñó.

El hombre giró el cofre con habilidad hacia él y levantó la tapadera, descubriendo el familiar frasco. Lo sacó con cuidado y lo abrió, ofreciéndole. Harry intentó negarse, pero Hermione le dio con el codo y cedió, extendiendo las manos. El vendedor depositó un par de gotas en sus palmas antes de cerrar el frasco.

—Extender en el cabello y en los pulsos —dijo el dependiente, tan parco en palabras que Harry reconocía que le imponía un poco de respeto.

—¿Los pulsos?

—Cuello, muñecas, pecho. La cara interna del muslo, si lo desea —le aclaró el hombre con amabilidad—. También puede aplicarse en sienes y cuero cabelludo con el mismo efecto. El perfume es mágico, durará varios días sin perder fragancia si se administra adecuadamente.

Harry se pasó las manos por el pelo, el cuello y las muñecas, sintiéndose idiota. Había creído que la manera de perfumarse de Draco era una costumbre o su forma personal de hacerlo, no que hubiese una forma correcta de aplicárselo, pero eso explicaba por qué las manos no quedaban impregnadas con el olor una vez se lo había extendido.

—¿Confirmamos que es el que busca? —preguntó el vendedor, divertido al verlo pegar la nariz a la muñeca y aspirar profundamente con un gesto de deleite. Harry asintió, borracho de placer por el olor que tanto había añorado, rebuscando en los bolsillos el monedero para pagar—. Muy pocas personas compran este perfume.

—Sí. —Harry se detuvo, sorprendido por sus palabras. El dependiente no había vuelto a colocar el perfume y lo miraba con curiosidad genuina. Harry se puso nervioso de nuevo al suponer que muy pocas personas en ese contexto significaban únicamente Draco Malfoy—. Una persona muy especial para mí lo utilizaba y se le terminó hace poco.

—Es un regalo entonces. Comprendo. Eso está bien porque, aunque es un perfume ideal para esa persona, no hubiera sido la fragancia que le habría recomendado a Harry Potter. —Enrojeció al sentirse reconocido. Se había acostumbrado al aislamiento del castillo y a veces le costaba recordar que seguía siendo una cara popular en el mundo mágico—. Había sacado también este otro por si quería valorarlo. Esencia de rosas rojas. Creo que sería ideal con su tipo de piel, el grosor de su cabello y, probablemente, con su personalidad.

—No entiendo —parpadeó Harry desorientado, sin siquiera imaginar cómo podía saber aquel hombre nada de su personalidad, pero el vendedor sonrió ampliamente.

—Nuestros perfumes son mágicos —repitió de nuevo el dependiente, con paciencia—. El que usted acaba de comprar se fabricó especialmente por encargo para una familia de magos de sangre pura, aunque lo comercialicemos a cualquier persona que lo solicite. Para uno de sus miembros, en concreto, basándose en su complexión, piel, cabello y las esencias preferidas que podían encontrarse en su jardín.

—No… no lo sabía —admitió Harry. Draco no le había explicado todo aquello sobre su perfume, sólo que lo tenía desde hacía muchos años atrás.

—La persona que posee el otro cofre similar a este podrá confirmárselo. Por favor, recuérdele de mi parte que sólo hay una unidad más fabricada además de esta, por si desea encargar otra remesa o adquirirla antes de que se venda, aunque es poco probable que eso ocurra por lo personal que es la esencia.

—Lo haré —prometió Harry, incapaz de recobrar el control de la conversación intentando organizar todos aquellos datos en su cabeza.

—Y si algún día busca un perfume más adecuado para usted, esta esencia de rosas rojas le estará esperando, señor Potter.

—¿Puedo olerla? —preguntó Harry con curiosidad, intercambiando una mirada rápida con Hermione, que le animó con la mirada.

—Por supuesto. Sólo que no podrá aplicársela ahora, dado que ha utilizado el otro perfume. Si su acompañante quiere hacerlo… al contrario que el de iris y violetas, esta fragancia está diseñada tanto para hombres como para mujeres.

Harry asintió, instando a Hermione, que había escuchado toda la conversación con intriga y accedió sin atisbo de dudas. Un potente aroma a rosas rojas, menos fresco que el de iris y violetas y más penetrante, invadió la sala por un momento antes de desvanecerse en una fragancia suave y relajante. Harry tuvo que admitir, a su pesar porque compartir el de iris con Draco le encantaba, que el vendedor tenía razón y seguramente resultaría un perfume más apropiado para él. Se preguntó si a Draco le gustaría olerlo en su piel como a él le gustaba oler a Draco y decidió que podía probarlo.

—Me lo llevo. —La sonrisa del vendedor se ensanchó, complacido ante la perspectiva de la venta.

—Serán trescientos galeones los dos —dijo el dependiente mientras envolvía ambos cofres para que pudiesen llevárselos.

Cuando salieron a la calle, Harry volvió a acercarse la muñeca a la nariz. Inspiró profundamente, deleitándose en el aroma del perfume, dándose cuenta de lo muchísimo que lo había echado de menos. Su pene comenzó a endurecerse, reaccionando al estímulo, y Harry deseó volver a Hogwarts para extenderle él mismo el perfume a Draco, con esa forma de aplicación que podía derivar fácilmente a un ritual erótico y disfrutar de las sensaciones de su cuerpo desnudo. Sonrió al pensar que apenas dos meses atrás ni siquiera se habría planteado eso y lo mucho que habían cambiado las cosas para él en el aspecto sexual.

Draco había cumplido su promesa de aquella primera mañana en que habían tenido sexo por primera vez, más allá de calentarse el uno al otro de una manera más ingenua que inocente. Harry solía bromear con que parecían querer recuperar el tiempo perdido, pero Draco meneaba negativamente la cabeza con una sonrisa y le recordaba que todo seguía su curso y que era algo normal. Despertar todos los días al amanecer para realizar el hechizo de animagia les daba la excusa perfecta para retozar en la cama hasta la hora del desayuno. Compartiendo la cama desde el momento de acostarse ya no había pesadillas ni lugar a que se produjesen. Draco percibía los días en las que estas le amenazaban por las noches como tiempos lejanos. Si alguna vez despertaba inquieto durante la madrugada, buscaba los brazos de Harry o le estrechaba entre los suyos antes de volver a conciliar el sueño. Solían dormir en la cama de Harry, la más cercana al ventanal, para asegurarse de que la primera claridad del día los despertaba si el hechizo despertador fallaba.

Poco a poco, sus caricias se habían vuelto más atrevidas. Harry no había tardado ni veinticuatro horas en probar a mordisquear los pezones de Draco. Este se había metido en la ducha con él en la primera oportunidad que se les presentó. Los pijamas y las camisetas para dormir habían pasado a la historia, prefiriendo añadir mantas a la cama y realizar hechizos calefactores para aligerar la ropa que llevaban puesta. Harry adoraba despertarse al lado de Draco y mirarlo dormir. O descubrirle observándolo mientras dormía cuando despertaba. Le encantaba frotarse contra su cuerpo desnudo, sintiendo sus erecciones juntas, el calor del semen de Draco deslizarse por su abdomen y el tacto de su piel contra la de él. La timidez y la inocencia de las semanas anteriores se habían disipado tras aquella mañana, traduciéndose en una complicidad atenta. Los dos estaban decididos a explorar sus cuerpos y las sensaciones que eran capaces de despertar en el otro lentamente, tomándose todo el tiempo que fuese necesario.

Dean había jaleado con entusiasmo cuando los había visto aparecer juntos por la puerta de la sala común el día después de haber realizado la poción de animago, celebrando su reconciliación. Ambos se habían sonrojado, abochornados, y se habían sentado juntos en su sofá como de costumbre. El resto les había sonreído, contentos de que hubiesen arreglado sus problemas. Cuando creyeron que no les estaban prestando más atención de lo normal, Harry y Draco se habían acurrucado más cerca el uno del otro, entrelazando los dedos de sus manos.

—¿Qué tal vuestra noche? —había susurrado Hermione un rato después, sentándose en el reposabrazos.

Harry se había sonrojado antes de comprender que su amiga no se refería a lo que Draco y él habían estado haciendo en la cama tras el amanecer.

—Creemos que bien, pero no tendremos modo de comprobarlo hasta que llegue el momento crucial.

—Tendremos que esperar a que sea el momento adecuado —había añadido Draco amablemente—. Además, todavía nos queda practicar algunas cosas, así que el tiempo de espera nos vendrá bien.

—¿No has convocado un patronus corpóreo aún? —había preguntado Hermione. Harry frunció el entrecejo, sin comprender por qué preguntaba. Draco y él practicaban el patronus en la sala común así que Hermione, como el resto, estaba al día de los progresos que habían conseguido. Draco había apretado los labios antes de negar con la cabeza y desviar la mirada hacia el fuego. Harry le apretó la mano en un intento de transmitirle ánimo y decidió que esa noche volverían a practicar un rato antes de irse a dormir, pero Hermione había insistido—. ¿Has probado a hacerlo hoy?

—Hermione, no creo que Draco necesite…

—Creo que sería buena idea, Harry —le había interrumpido Hermione con un gesto de impaciencia—. Quiero decir… Se te ve feliz, Draco. Más de lo habitual, quiero decir. A lo mejor es buen momento para intentarlo.

Draco miró a Harry, desconcertado. Había tratado bastante con Hermione a través de Harry, pero siempre le miraba así cuando la chica hablaba en aquel tono avasallador. Harry, que sabía que cuando Hermione hablaba así era un indicio de que tenía una idea concreta en la cabeza y que sus ideas era conveniente tenerlas en cuenta, asintió con la cabeza.

—No pierdes nada por intentarlo —le había alentado Harry. Draco le había mirado con una ceja levantada y Harry le había sonreído, dándole ánimos—. Al fin y al cabo, es cuestión de práctica y de ir encontrando recuerdos que no estén empañados por la tristeza o la ansiedad.

—Es obvio que habéis arreglado lo que pasó ayer. Sea lo que sea, habéis hablado y se te ve más relajado que nunca, Draco —había vuelto a insistir Hermione—. No digo que la felicidad de una reconciliación baste para convocar al patronus porque es preciso utilizar un recuerdo feliz que sea potente, pero…

—No era una reconciliación —comenzó a protestar débilmente Draco, intentando ganar tiempo.

—¡Expecto patronum! —había exclamado Harry sin avisar, interrumpiéndolos y haciendo aflorar en su mente el recuerdo de él desnudo junto a Draco en el dormitorio la noche anterior, agasajándose mutuamente con el perfume en caricias sensuales antes de que Harry se pusiese de puntillas para darle su primer beso. El ciervo había cargado con ímpetu, más definido y brillante que nunca—. Es suficiente para mí, al menos.

—Brilla bastante —murmuró Draco al verlo, impresionado.

—Estaba pensando en nosotros —dijo Harry, girándose hacia él, sin importarle que Hermione estuviese escuchando y que el resto de compañeros se hubiese girado a mirarlos, admirando el ciervo plateado de Harry, que estaba en medio de la sala, solemne—. Inténtalo. No pasa nada si no funciona.

—¿En nosotros? —dudó Draco, soltándole la mano y sacando la varita, haciéndola rodar entre sus dedos mientras la miraba, reflexivo e inseguro. Harry había mirado a Hermione, que le entendió sin palabras y se levantó, alejándose del sofá y distrayendo con conversación banal al resto de sus compañeros, para darles intimidad.

—¿Recuerdas anoche, después de ducharnos? Cuando se terminó el perfume. —Draco había asentido, sonriendo inconscientemente al recordarlo, y Harry había pensado que Hermione tenía razón y parecía más feliz que nunca—. Yo he pensado en ti concentrado haciendo la poción, tu pelo manchado por el barro del lago —susurró lo más bajo que pudo, decidido a convencerle—, pero sobre todo en tus manos poniéndome el perfume, en el sabor de tus labios, en nuestra conversación, en lo que hemos hecho esta mañana… en tú y yo juntos, enfrentando lo que tenga que venir.

Draco asintió, lamiéndose los labios, nervioso, pero no hizo nada.

—Soy feliz, Harry —había musitado Draco en voz baja al cabo de unos segundos—. De verdad.

—¿Es lo que te preocupa? —preguntó Harry, comprendiendo su temor—. ¿Qué si no te sale yo crea que tus recuerdos conmigo no son lo suficientemente felices? —Draco no había contestado, mirándole con los ojos muy abiertos y mordiéndose el labio—. Eso no va a ocurrir. Los recuerdos que has escogido hasta ahora eran felices, Draco. Si no, no habrías conseguido el escudo. Quizá estén empañados por el pasado y ese sea el problema. Son felices, pero también son sensaciones lejanas y difíciles de recrear. Han pasado demasiadas cosas entre medias. Merece la pena intentarlo con recuerdos felices nuevos. Y si no sale, seguiré estando seguro de que lo que sientes por mí te hace feliz, te lo prometo. Sólo necesitarás encontrar otros que sí funcionen.

—Recuerdos nuevos… ¿de ti y de mí?

—De ti decidiendo vivir tu vida al margen de los planes de tu padre. Del hecho de que estás aquí, formándote para conseguir lo que quieres y no viviendo algo que no deseas —había dicho Harry, ofreciéndole más alternativas.

—De nosotros —había contestado Draco, esta vez sonriendo y mucho más seguro. Apuntó con la varita hacia la chimenea e inspiró profundamente, concentrándose, antes de recitar con voz segura—: Expecto Patronum.

Una exclamación de sorpresa había escapado de los labios de Draco al ver que, al contrario que en otras ocasiones, el vapor plateado no se condensaba enfrente de la varita sino que se extendía en hilos estilizados hasta formar una figura felina que caminó con elegancia hasta el ciervo de Harry, restregándose contra su pata con el rabo en alto. El ciervo reaccionó bajando la cabeza y tocando con los belfos las orejas del patronus de Draco antes de desvanecerse ambos en el aire.

—Harry… —había murmurado Draco, extasiado.

Los demás se habían levantado al ver el segundo patronus y se acercaron a felicitar a Draco. Todos habían visto el empeño y el esfuerzo que este había puesto en conseguir realizarlo durante aquellas semanas, ya que habían practicado en la sala común a menudo e incluso se habían unido a los intentos de realizarlo, ya fuese por ganas de aprender o por deseos de colaborar.

—¿Te gusta? —había preguntado Harry, emocionado.

—¡Sí! —había exclamado entusiasmado Draco, levantándose excitado. Había agradecido las palabras de felicitación de sus compañeros, devolviendo los abrazos que Hermione y Justin le dieron y aceptando con gusto las palmadas en la espalda de los demás. Cuando por fin se alejaron de él, algunos de ellos invocando sus propios patronus para mostrárselos mutuamente, se volvió hacia Harry, que estaba de pie con las manos en los bolsillos, sonriendo feliz—. ¿Crees que me transformaré en uno? —le había preguntado en un susurro entusiasta.

—Ojalá sea así, porque serás tan precioso en esa forma como lo eres en esta.

—Lo he conseguido —había susurrado Draco excitado, cogiéndole de la cintura. Harry sacó las manos de los bolsillos para rodearle también y se pegó a él, no muy seguro de si Draco querría que le diese un beso delante de sus compañeros—. Gracias por ayudarme a conseguirlo.

No pareció que Draco tuviese muchos reparos, pues se había inclinado hacia adelante, besándole con delicadeza, instándole con la punta de la lengua a abrir los labios. Harry lo había hecho, disfrutando del beso durante varios segundos hasta que Draco se separó.

—¡Eh, tortolitos! —había gritado Dean en tono de broma—. ¡Buscaos un hotel!

Harry había levantado el dedo corazón en una peineta en respuesta mientras, con la otra mano, había vuelto a acercar a Draco hacia él, poniéndose de puntillas, para volverle a besar.

Parpadeando y saliendo de sus recuerdos, la mente de Harry volvió a la realidad de Hogsmeade cuando Hermione tiró de su brazo justo a tiempo de evitar colisionar contra alguien. Harry se volvió, murmurando una disculpa y sorprendiéndose al descubrir a Parkinson y Nott, detenidos unos metros más adelante, sosteniéndole la mirada. Parkinson hizo un gesto de decir algo, pero finalmente sólo asintió para aceptar las disculpas. Nott se llevó una mano a la sien a modo de saludo, como si llevase un sombrero invisible, antes de coger del brazo a Parkinson y continuar su camino. Harry parpadeó, pensando en que la mirada de ambos parecía destellar con la misma vulnerabilidad apagada que había visto meses atrás en la de Draco. No recordaba haber vuelto a ver esa mirada en él en las últimas semanas, al menos no con tanta frecuencia. Suspiró, pensando que todavía quedaba mucho que trabajar como sociedad si querían llegar a un mundo donde nadie se sintiese así por haber estado en un bando equivocado con sólo dieciséis años o por haber nacido en una familia concreta.

Hermione, que había asistido a la escena con interés, tiró de Harry de nuevo, insistiéndole para que se moviera y guiándole a través de una de las calles. Harry se dejó llevar, mirando todavía por encima del hombro, hasta que Hermione dio un grito para llamar la atención de Ron. Contento por ver a su mejor amigo, relegó los pensamientos sobre Nott y Parkinson a un rincón de su mente, esbozando una sonrisa de alegría.

—¡Aquí, Ron! —llamó Hermione.

—Pensaba que estaríais en Las Tres Escobas ya —dijo Ron, acercándose a ellos. Dio un beso en los labios a Hermione estrechándola entre sus brazos con ansia, intercambiando caricias tiernas y susurrándose cosas durante unos segundos, antes de volverse hacia Harry para abrazarle, dándole también un beso en la mejilla cariñosamente—. Me entretuve hablando con Ginny y pensaba que llegaba tarde.

Harry observó que, efectivamente, Ginny estaba detrás de Ron. Absorto en sus pensamientos, no se había dado cuenta de su presencia. Recordando que la última vez que habían hablado había sido al inicio del curso para mantener una desagradable discusión sobre Draco, Harry apretó los labios en una sonrisa forzada. No sabía muy bien si la chica conocía, como todo el colegio, lo suyo con Draco, pero se prometió a sí mismo no buscar confrontación con ella e intentar empatizar con su forma de ver las cosas para no herirla.

—Hola Harry, hola Hermione —dijo Ginny, pareciendo un poco cohibida.

—Buenas días, Ginny —saludo Harry cortésmente, asintiendo con la cabeza y metiendo las manos en los bolsillos de manera inconsciente.

—Hola, Ginny. —Hermione sí se acercó a ella, dándole un abrazo alegre que la chica correspondió—. Nos hemos retrasado porque Harry quería comprarle el regalo de Navidad a Draco —comentó Hermione, ganándose un codazo discreto de Harry, que consideraba que tampoco era necesario restregarle a Ginny su relación con Draco.

—Chico previsor —le felicitó Ron riéndose y palmeándole la espalda—. ¿Vamos a comer y me ponéis al día?

Harry había quedado con Ron la semana siguiente a empezar a salir con Draco oficialmente. Le había pedido a Hermione que no le comentase nada para poder decírselo él personalmente y confió en que el rumor tardase lo suficiente en llegar a todos los rincones del castillo y en filtrarse al exterior. Con una jarra de cerveza de mantequilla cada uno, habían hablado casualmente de varias cosas intrascendentes antes de que Harry se decidiese a abordar el tema que le había llevado a quedar con él. Harry había temido una reacción similar a la de Ginny a principio de curso, aunque confiaba en que la cantidad de veces que tanto Hermione como él habían hablado de Draco en sus cartas bastasen para que sus miedos resultasen infundados.

Ron había esbozado una sonrisa comprensiva al escuchar a Harry tartamudear sobre Draco y lo ilusionados que ambos estaban, felicitándole cuando terminó de hablar. Al ver la cara sorprendida de Harry, Ron le había aclarado entre risas que desde su punto de vista había sido cuestión de tiempo y que, sinceramente, lo había dado por hecho un par de semanas atrás.

—Se notaba a la legua en las cartas que estabas pilladísimo por él, tío. Hermione tampoco paraba de hablar de lo bien que habíais conectado a pesar del pasado. Admito que al principio me puse celoso, pero eso es una tontería. Lo importante es que seas feliz.

—Gracias —había susurrado Harry, aliviado al saber que no tendría que enfrentarse a una discusión con él para defender a Draco.

—¿Por qué? —había negado Ron con la cabeza—. Es tu vida, Harry. Tú decides. No me gustaría que sufrieses porque creyeses que nos iba a parecer mal. Somos familia, recuérdalo. Debes buscar tu felicidad y nosotros queremos lo mejor para ti —repitió de nuevo, sonriéndole de nuevo.

—Tu familia… bueno, él no deja de ser un Malfoy —había dudado Harry, consciente de lo difícil que iba a ser unir esas dos partes de su vida estando las cicatrices de la guerra tan recientes. Draco podía detestar a su padre y lo que hacía, pero no se avergonzaba de su apellido, sino de sus acciones; Harry veía mucho más sentido a esa forma de pensar que a tachar a todos los individuos de una familia por las decisiones de uno sólo.

—Lo entenderán, Harry —le había tranquilizado Ron—. Seguramente al principio les desconcierte, no te lo voy a negar. No va a ser todo tan sencillo, pero es cuestión de tiempo, nada más, estoy seguro. Todos confiamos en tu criterio. Si crees que es la mejor persona para ti, adelante. Además… tú te has enamorado de él, ¿no?

—Sí —había admitido Harry en voz baja, siendo sincero.

—Algo bueno debes haber visto en él, porque eres la mejor persona que conozco, Harry. Hermione también habla muy bien en sus cartas y yo he dejado caer en casa ya algún comentario, previendo que este momento podría llegar.

—¿Tú creías que acabaría saliendo con Draco? —había preguntado Harry, levantando las cejas.

—No me ha sorprendido enterarme, siempre estuviste un poco obsesionado con él, pero más bien contaba con que, si erais tan amigos como Hermione decía en las cartas y se adivinaba en las tuyas… bueno, ya he dicho que somos familia, no habría sido justo obligarte a separar nuestras amistades. Antes o después, si las cosas seguían el curso más previsible, era inevitable que acabásemos coincidiendo con Malfoy.

—Gracias otra vez —había dicho Harry, con gratitud. .

—No hay que darlas.

Harry había bebido un trago de su cerveza, feliz ante el resultado de la conversación. Ron había levantado la jarra con un gesto de brindis, sonriéndole y pasando a contarle sus últimos inventos a la venta en Sortilegios Weasley.

—¿Vienes a comer con nosotros, Ginny? —estaba preguntando Hermione en ese momento, atrayendo de nuevo la atención de Harry a la conversación.

—Yo… —la chica negó, sorprendida por la invitación—. No, habíais quedado vosotros, no contabais conmigo, no quiero molestar.

—A Rosmerta no le importará poner un plato más en la mesa —dijo Ron, encogiéndose de hombros.

—No creo que deba… —repitió Ginny. Miró directamente a Harry y este comprendió que él era la causa de su incomodidad—. Además, he quedado con Dennis luego.

—A mí también me parece bien que vengas si quieres, Ginny —dijo Harry, encogiéndose de hombros y sonrió, dispuesto a enterrar el hacha de guerra si ella quería aceptar su oferta.

—De acuerdo —accedió Ginny, correspondiéndole la sonrisa.

Los cuatro entraron en Las Tres Escobas. Sentados en una de las mesas, charlaron alegremente de cosas intrascendentes. Ron les puso al día de los principales cotilleos mágicos y Ginny les habló de los chismes que ocurrían en el colegio y de los que Harry, que apenas salía del ala este para ir a clases, no se había enterado. Harry se alegró de haberle insistido a Ginny para que comiese con ellos, pues la chica se estaba comportando con una naturalidad propia de cuando habían sido amigos antes de empezar a salir juntos. Reconoció que, en parte, había echado de menos esa faceta de ella, que les había llevado a ser buenos amigos en su momento antes de que el noviazgo, primero, y la ruptura, después, se interpusiesen entre ambos.

—Hueles muy bien, Hermione —comentó Ron cuando los cuatro tuvieron los platos rebosantes de la apetitosa comida de Rosmerta—. Juraría que no te conozco esa colonia.

—Porque no es mía —admitió Hermione con una risita—. Es de Harry, que acaba de gastarse una pequeña fortuna en ella. Es para él.

—¿Y por qué la llevas tú? —Harry bajó la mirada, sonrojándose, porque no quería dar explicaciones sobre el perfume de Draco y las razones por las que se lo regalaba. Consideraba que pertenecía a un ámbito muy íntimo de ellos. Habría preferido hablarles del sexo antes que de lo que sentía cuando olía la fragancia de Draco.

—Él se acababa de probar el perfume que quiere regalarle a Draco y no podía mezclarlos, así que me la puse yo —explicó Hermione, dándose cuenta de la actitud de Harry.

—Acércate, que te olfateemos, entonces —le pinchó Ron con una sonrisa traviesa. Harry se inclinó hacia él y Ginny, permitiéndoles percibir el aroma a violetas del perfume de Draco—. Buen gusto, desde luego. Aunque me gusta más el que has escogido para ti, no te voy a engañar, este tiene un toque fresco que no tiene el tuyo. Pero ambos huelen genial.

—Por la cuenta que le trae —se burló Hermione con una carcajada—. Sigo escandalizada por el precio. Por lo que ha dicho el vendedor…

—No es necesario dar tantos detalles, Hermione —la interrumpió Harry, alarmado al darse cuenta de que iba a hablar sobre la exclusividad que les había mencionado el vendedor, recordando que la familia Weasley había pasado apuros económicos en el pasado que Draco les había restregado en sus pullas y burlas—. Es de mal gusto hablar del precio de un regalo.

—Harry tiene razón —coincidió Ron, riéndose y dándole un par de palmadas cómplices en el hombro—. Eso sí, tío, como regalo, resulta un tanto clásico y manido, ¿no? Aunque por lo menos no es una corbata ni unos guantes de quidditch. —Harry se encogió de hombros, preguntándose cómo cambiar de tema, pero el propio Ron lo hizo acto seguido, sin darle oportunidad de pensar—. Por cierto, Hermione, ¿hablaste con tus padres sobre lo de Navidad?

—Sí. Al principio estaban reticentes, pero creo que los tengo convencidos.

—Me he perdido algo aquí —intervino Ginny. Harry asintió también, intrigado por las palabras de los dos.

—Ron pensó que, dado que no tengo hermanos, en lugar de repartirnos las Navidades y Año Nuevo entre vuestros padres y los míos, lo que haría que mis padres tuviesen que pasar en solitario una de las festividades, podrían ir a La Madriguera y así estaríamos todos juntos.

—Me parece una idea genial. Además, es una buena oportunidad de conocerlos, apenas los hemos visto un par de veces —aprobó Ginny.

—Mamá no nos perdonaría que no estuviésemos ningún día allí y nos daba pena que los padres de Hermione estuviesen solos en esas fechas. Así que este año estaremos más apretados que nunca, pero tendremos que apañarnos —dijo Ron, guiñándoles el ojo—. Bill vendrá con Fleur por lo visto, al menos en Navidad. Y Percy también traerá a su novia Audrey para presentárnosla.

—¿Percy tiene novia? —preguntó Harry, sorprendido—. No lo sabía.

—Si te sirve de consuelo, Harry, yo tampoco —bromeó Ginny, riéndose—. Y eso que soy su hermana sanguínea.

—No te lo he contado en mi última carta porque nosotros nos enteramos el domingo pasado, cuando tartamudeó durante media hora mientras se lo decía a mi madre para que contase con ella a la hora de la comida de Navidad. Supongo que luego ambos irán a las casas de sus suegros en Año Nuevo, así que ahí estaremos más holgados.

—Me alegro. Suena que vais a pasar unos días geniales —aprobó Harry, sintiendo un peso en el estómago al decir eso, preocupado por si Ron no entendía su decisión de pasar esas fechas en Hogwarts.

—¿Qué quieres decir, Harry? Un momento, ¿es porque no te hemos invitado formalmente o algo así? Ni se te ocurra pensar esas cosas, tú no necesitas invitación, eres familia. —Ron frunció el ceño mientras hablaba, haciendo hincapié en la última frase—. Además, mamá no te perdonará si no vienes, cuenta contigo y ya está tejiendo tu jersey.

—Le escribiré para disculparme. Y te prometo que iré un par de días a comer durante las vacaciones —se comprometió Harry, lamentando no haber pensado en decírselo antes. No se le había ocurrido que los Weasley estuviesen planificando la Navidad con tanta antelación.

—No puedes no estar en Navidad, Harry —se indignó Ron, sin comprenderle.

—Ron tiene razón —dijo Ginny, apoyándole—. No puedes faltar, te echaremos de menos. Ya lo ha dicho Ron y lo sabes, pero te lo repito: eres de la familia.

—Y es nuestro primer año sin Fred —añadió Ron con gesto de dolor. Harry tragó saliva al oírle, sintiendo el aún demasiado reciente dolor por la pérdida de, como habían dicho Ron y Ginny, alguien de su familia. También Ginny y Hermione se pusieron repentinamente serias—. Mamá, papá y George, sobre todo, nos necesitan allí con ellos, ver que la vida sigue adelante y recordarlo juntos.

—Lo siento mucho, Ron, de verdad. Quizá el año que viene, si las cosas son de otra manera… —dijo Harry, sin querer comprometerse del todo—, a lo mejor puedo hacer como Bill o Percy y pasar uno de los dos días con vosotros.

—Pero… ¿por qué? —preguntó Ron desconcertado—. No lo entiendo, Harry. ¿Qué problema hay? Si ha pasado algo puedes decírnoslo, intentaremos comprenderlo, pero no esperes soltar que no vas a pasar la Navidad con nosotros y que no preguntemos por qué. ¿Es por Malfoy? —Harry asintió, incómodo. Había hablado del tema con Draco en una sola ocasión, cuando este había dicho que se quedaría en Hogwarts, pero no habían decidido nada—. Puedes ir con él en Año Nuevo, como harán los demás. Se trata de pasar las fechas con los seres queridos. Si Malfoy prefiere venir en Año Nuevo, estamos a tiempo de avisar a Percy y Bill para estar todos juntos en esa fecha en lugar de en Navidad.

—En realidad... —dudó Harry, suspirando antes de añadir, lo más sucintamente que pudo—: Es que no me gustaría que Draco se quedase solo ninguno de esos días. Volver a casa de sus padres no es una opción para él.

—¿Malfoy no va a casa de sus padres por Navidad? —Harry negó, no queriendo dar más detalles—. Vaya… Había dado por hecho que sí. ¿Vais a quedaros en Hogwarts los dos, entonces?

—No lo hemos decidido aún, pero creo que sí. La otra opción es Grimmauld Place, pero tardaríamos todas las vacaciones en adecentarlo, incluso aunque Kreacher lo esté manteniendo en buenas condiciones.

—¿Y por qué no viene él también a La Madriguera? —preguntó Ron, en tono de señalar algo obvio—. Podéis venir todas las vacaciones si queréis, ya os acomodaremos en alguna habitación. Mamá estará encantada de teneros allí.

—¿Qué? —Harry abrió los ojos, sorprendido por la propuesta. Ni siquiera la había considerado, pero pensó rápidamente que si no era justo imponerle su presencia a Ginny, mucho menos lo era imponer la de Draco a toda la familia Weasley—. No… no creo que sea buena idea, Ron.

—Pero…

—Ya, ya sé lo que me vas a decir. Somos familia y todo eso, pero no es tan sencillo. Yo también os quiero mucho, Ron. A todos. Sois mi familia, de eso no hay duda. Es… Hay heridas muy recientes que conviene sanar antes de forzar las cosas.

—Mira, Harry. Eres mi hermano. Y Malfoy es tu pareja, ¿no? —Harry asintió, sin saber dónde quería llegar. Ron se inclinó hacia adelante, con gesto serio y hablando en tono vehemente—. Entonces, Malfoy es mi hermano político. Tienes razón, no debería quedarse solo en esas fechas, como tampoco deberían los padres de Hermione. Así que la solución es la misma, venid ambos.

—No —negó Harry más firmemente, pensando que aquello era mala idea. La última conversación con Ginny volvió a su cabeza. No dudaba de que la chica acabaría aceptando la situación, era fuerte y con el tiempo lo entendería. La última vez que habían hablado, Ginny no había tenido tiempo de asimilar el golpe de la ruptura, pero era su amiga y lo haría antes o después. Sin embargo, los Weasley eran muchos, no le parecía lo mejor presentarse allí de golpe con Draco. Además, estaba bastante seguro de que este se negaría en rotundo también—. No es buena idea.

—Creo que Ron tiene razón —dijo Hermione entusiasmada. Harry la miró con los ojos abiertos como platos. Había pensado que ella sí entendería su posición—. A mí también me gustaría que estuvieseis ambos.

—Harry… —Ginny había hablado en voz baja y parecía un poco cabizbaja—. Yo… yo también creo que deberíais venir los dos. Es tu novio y tiene derecho a estar bajo nuestro techo como lo tiene cualquier persona con la que quieras compartir tu vida. Eres nuestro hermano.

—¿Qué? —preguntó Harry, atónito, todavía más sorprendido que antes.

—¡Claro que sí! Lo siento, Harry, pero somos tres contra uno —dijo Ron con determinación—. No entiendo por qué eres tan reticente.

—Creo que Harry piensa que vamos a recibir mal a Malfoy, porque… —comenzó a decir Ginny con tono culpable.

—Tampoco es algo que no comprenda, Ginny —la interrumpió Harry, que no quería ser injusto—. Draco no hizo bien las cosas en la guerra. Ni tampoco antes, en el colegio fue un verdadero capullo. No pretendo justificarle ni disculparle, pero entiendo que hay heridas que tienen que cicatrizar y creo que es mejor hacer las cosas despacio. Lo mínimo es que yo comprenda que necesitéis vuestro tiempo, no es que crea que vais a recibirlo mal y ya está.

—Déjame terminar, Harry, por favor —le pidió Ginny con firmeza.

—Lo siento —se disculpó Harry, dándose cuenta de que ni siquiera la había dejado hablar—. Es que estoy un poco a la defensiva con esto porque… tengo miedo —confesó en voz baja.

—A que no le aceptemos —entendió Ginny, cogiéndole la mano en un gesto de consuelo por encima de la mesa.

—No quiero renunciar a vosotros —asintió Harry, abatido—. Sois mi familia. Pero tampoco quiero renunciar a Draco.

—No vas a tener que hacerlo, Harry. —Ginny se dirigió a los otros dos, que les miraban por curiosidad—. Harry y yo discutimos hace unas semanas a cuenta de Malfoy. Supongo que… fui un poco desagradable.

—Me lo puedo imaginar —admitió Ron, asintiendo—. Yo también lo habría sido no hace mucho.

—Harry… lo que dije… lo siento mucho —dijo Ginny con voz culpable—. No fui justa. Todavía estaba un poco dolida por la ruptura, porque me ignorases y verte con Malfoy me enervaba. El dolor por Fred tampoco ayudó a ver las cosas con mejor perspectiva.

—Ginny, siento mucho que lo nuestro no funcionase. No fue tu culpa —le aclaró Harry una vez más, por si acaso—. Tampoco pretendía ignorarte, simplemente pensé que sería positivo para ti no tener que lidiar con mi presencia constantemente.

—No podemos obligar al corazón a tomar decisiones que no desea. Lo entendí cuando se me pasó el enfado contigo y comprendí que prefería ser tu hermana y tu amiga.

—A mí también me gustaría que lo fueses —contestó Harry, parpadeando para contener las lágrimas de emoción.

—Cuando te fuiste ese día, después de discutir, Luna nos habló de lo que había ocurrido en la mansión de los Malfoy —confesó Ginny—. Y Dennis se enfadó porque según dice, y tiene razón, por prejuicios así su hermano murió en una guerra. Y me aconsejó que dejase que esos prejuicios atrás para poder vivir una vida de paz.

—Tampoco es justo culparte a ti de eso —dijo Harry, frunciendo el ceño.

—No me culpo y él tampoco lo hacía. Sólo constataba un hecho. Él preferiría conocer a Malfoy a odiarle por la muerte de Colin.

—Los prejuicios no nos van a llevar a ningún sitio, desde luego —concordó Harry, recordando a Lucius y la actitud que tenía—. Si la sociedad mágica no cambia habremos derrotado a un mago oscuro, pero no arreglado el problema de fondo.

—Podemos empezar nosotros —dijo Hermione, que había estado callada escuchándolos atentamente.

—Eso fue lo que dijo Dennis. Hemos ganado la guerra, tenemos que ser quienes tendamos la mano para establecer lazos —añadió Ginny—. Siento haber tardado en comprenderlo, pero ahora lo veo claro.

—No somos enemigos —dijo Harry, recordando las palabras que le había dicho a McGonagall meses atrás—. Todos hemos necesitado ayuda para verlo también, Ginny. No te responsabilices de eso tampoco. Tenemos nuestros tiempos para procesar todo lo ocurrido durante estos años y aprender a canalizar nuestro dolor.

—Venid a casa en Navidad, Harry —concluyó Ginny—. Los dos. No sólo a cenar, quedaos a pasar la noche, os vendrá bien salir de Hogwarts y despejaros un rato. Seréis bienvenidos y recibidos como la familia que sois.

—No puedo decidirlo yo solo.

—Propónselo, al menos. Cuéntale lo que hemos hablado, si quieres y crees que puede ayudar. —Harry sintió que los ojos se le empañaban. Ginny le apretó más la mano, también con la voz ahogada por la emoción—. Y si no quiere venir este año, lo entenderemos y os echaremos de menos, pero te seguiremos queriendo igual y esperaremos a que sea el momento adecuado para que nos presentes a Malfoy formalmente —añadió Ginny mirando a Ron con un gesto de advertencia.

—Gracias, Ginny —susurró Harry, emocionado, enjugándose una lágrima que se derramaba por su mejilla.

Ginny se levantó y él la imitó, estrechándola en un intenso abrazo. Después, Ginny le cedió el turno a Ron, que le abrazó también y que, con un beso en la mejilla y un gesto de cariño, le recordó una vez más que eran hermanos.

—Somos la generación de la guerra —dijo Hermione cuando volvieron a sentarse, enjugándose ella también las lágrimas de emoción.

—¿El qué?

—Un mote absurdo que nos hemos puesto en Hogwarts —explicó Harry, resoplando de risa y sintiéndose ridículo por lo absurdo que le parecía el concepto—. Los que ya no pertenecemos a ninguna casa somos la promoción de la guerra, los nueve que pelearon contra Voldemort y volvieron a Hogwarts para intentar hacer del mundo un lugar mejor. Algo así, yo ya me hago un lío con todos los nombres que nos hemos adjudicado.

—En la sala común, a veces hablamos de que seremos los que reconstruyamos la sociedad mágica, el futuro —añadió Hermione—. Nos toca a nosotros, los que peleamos contra Voldemort y lo derrotamos, tenemos que vencer también a los prejuicios de una sociedad cuyas raíces están contaminadas.

—Es cierto —constató Ron, escuchándoles con seriedad.

—Y una gran responsabilidad sobre nuestros hombros —murmuró Ginny en tono reflexivo.

—El primer paso para ello es dejar de pelear y unirse, además de haber participado en una guerra, así que os podemos aceptar en tan selecto grupo —bromeó Hermione, mezclando las risas con sollozos emocionados todavía.

—Poco a poco —dijo Ginny con media sonrisa—. A unos nos costará más que a otros, pero lo conseguiremos. Estaremos a la altura.

Harry le apretó la mano como había hecho ella antes, dándole de nuevo las gracias silenciosamente, alegrándose de que la chica por fin lo hubiese entendido, feliz de haber recuperado a su hermana.

—Hablando de traer novios a casa para presentárselos a los padres, no veo por qué Harry debería ser el único —dijo Ron, cambiando de tema en tono socarrón—. ¿Por qué dices que no invitas a Creevey?

—¡Sólo somos amigos! —se defendió Ginny rápidamente. Hermione y Harry no pudieron evitar soltar una risotada por lo poco creíble que había sonado su apresurada defensa.

—Harry habla menos de Malfoy en sus cartas que tú de Creevey —le pinchó Ron, haciendo que Ginny se pusiese colorada.

Dispuesto a ayudarla, agradecido todavía por sus palabras, Harry cambió de tema. Los cuatro disfrutaron del resto de la velada charlando de cosas más intrascendentes. Cuando Dennis llegó para recoger a Ginny, Harry pudo ver en la mirada de ambos los mismos síntomas de ensimismamiento enamorado que reconocía en la de Draco y él. Dennis saludó a Ginny con un beso en la mejilla, tímido, antes de salir del local caminando muy cerca de ella. Harry sonrió satisfecho, contento de que todas las cosas fuesen encontrando su sitio poco a poco y deseando que Ginny fuese tan feliz como lo era él, ya fuese sola, con Dennis o con cualquier persona que eligiese.

Se despidieron de Ron un rato después y volvieron al castillo después de comer. Hermione le dio la mano, pegándose a él, un poco melancólica por no haber podido pasar tiempo a solas con Ron, y Harry comprendió la necesidad que tenían de no estar separados durante las vacaciones también, preguntándose si él habría sido capaz ahora que sabía lo agradable que era dormir y poder estar todo el tiempo con la persona deseada. Se separaron en la puerta de los dormitorios, dispuestos a cambiarse de ropa para verse de nuevo en la sala común.

—¡Hola! —saludó a Draco, que estaba tumbado encima de la cama de Harry, leyendo un libro—. Pensaba que estarías en la sala común.

—Y yo no te esperaba tan pronto —dijo Draco con una sonrisa, levantándose para darle un beso.

—Voy a cambiarme, vengo helado y necesito entrar en calor.

—Date una ducha caliente —le sugirió Draco pícaramente, acercándose para abrazarlo—. O quítate toda esa ropa helada y yo me encargaré de…

Draco se calló de golpe y se separó de él, mirándole con los ojos entrecerrados con sospecha.

—¿Ocurre algo, Draco? —preguntó Harry, desconcertado.

—Hueles a mí —dijo Draco con voz seria, inspirando de nuevo—. A mi perfume.

—Mierda —maldijo Harry. Se le había olvidado aquel detalle. Se llamó imbécil mentalmente por no haber pensado en que Draco lo identificaría en cuanto estuviesen juntos—. ¿Qué posibilidades tengo de salir de esta sin preguntas? —Draco enarcó la ceja, divertido, con una sonrisa aleteándole en la comisura del labio. Harry se rindió—. Aproveché para comprar tu regalo de Navidad.

—Potter, ese perfume cuesta un dineral. No puedes gastarte esa cantidad de dinero en mí. —La expresión de Draco había cambiado a una más seria al oírlo—. Al olerlo había pensado que simplemente habrías ido a curiosear a la botica de Hogsmeade o algo así.

—La cosa es que sí puedo, porque lo he hecho —admitió Harry sacando los dos paquetes del bolsillo, dejándolos encima de la cama y devolviéndolos a su tamaño natural con la varita—. El vendedor hasta me ha convencido de comprarme uno para mí.

—Yo no puedo regalarte nada —lamentó Draco, compungido, mirando los dos paquetes—. Deberíamos haber hablado esto antes.

—No quiero que me regales nada. Lo que intento decir es que claro que me gustan los regalos, pero no te hago un regalo de Navidad porque espere otro a cambio. Nunca he tenido muchas oportunidades de hacer regalos, al menos hasta que conocí a Hermione y los Weasley, y me gusta hacerlo. No pretendía que te sintieses incómodo, sólo… bueno, a mí también me gusta el perfume y me encanta cuando me lo pones y ponértelo yo a ti. Si no lo he comprado antes ha sido porque creí que con la excusa de la Navidad sería más fácil...

—Estás como una cabra, Potter —le interrumpió Draco. Harry disimuló un suspiro aliviado. Había contado con que Draco no se enfadaría cuando abriese el regalo, pero no las había tenido todas consigo al verse descubierto antes de lo esperado—. No era necesario.

—No lo he hecho porque lo fuese. Lo he hecho porque me gusta y pensé que a ti también te gustaría.

—Me gusta —le confirmó Draco, besándole en los labios suavemente antes de abrazarle, hundir la nariz en su cuello e inhalar con fuerza—. Me encanta como huele.

—Puedes abrirlo ahora, si quieres —ofreció Harry, pensando que quizá debería comprarle también alguna chuchería sin importancia para que pudiese abrirla el día de Navidad.

—Me gustaría mucho hacerlo, sí —confesó Draco.

—Si lo abres ahora, ¿te molestaría mucho si en Navidad te hago otro regalo?

—No, no me molestaría, Potter. Pero no te gastes tanto dinero, ¿de acuerdo? —dijo Draco, frotando sus narices antes de darle otro beso—. Muchas gracias.

—Te quiero, Draco.

Draco se separó un poco de él, parpadeando al oírle. Harry enrojeció. Lo había dicho sin pensar, ni siquiera había pretendido formularlo en voz alta. Tragó saliva, intentando parecer tranquilo mientras Draco lo miraba con intensidad. No le dio tiempo a preguntarse cómo iba a reaccionar Draco, porque este le abrazó por la cintura, atrayéndole hacia sí antes de contestarle.

—Yo también te quiero a ti, Harry —susurró Draco, volviendo a besarle, esta vez con más ímpetu—. Sabes a tarta de melaza.

—Es lo que he comido de postre.

—Ya lo imagino. Sé que es tu favorita.

Harry frunció el ceño, intentando recordar cuándo le había dicho eso. Draco lo ignoró, sentándose en la cama y cogiendo uno de los paquetes.

—No sé cuál es cual —admitió Harry al ver que los dos paquetes envueltos en papel de estraza eran idénticos—. Pensaba que tendría tiempo de envolverlo en papel bonito antes de dártelo.

—¿De qué es el tuyo? —preguntó Draco con curiosidad, rompiendo el papel.

—Esencia de rosas rojas. Fue una sugerencia de quien me atendió en la botica.

—Muy apropiado —asintió aprobadoramente Draco.

—¿Tú crees? No sabía que entendías tanto de perfumes.

—Hay muchas cosas que todavía no sabes de mí —bromeó Draco, abriendo el primer cofre—. Si has comprado uno para ti, ¿por qué hueles al de iris y violetas? —preguntó, intrigado.

—No conocía su nombre y el dependiente me lo dio a probar para asegurarse de que era el que buscaba. Creo que no se fiaba de que fuese el que yo buscaba porque dio a entender que había sido un encargo especial —confesó Harry con una carcajada.

—Así es. Mi madre lo encargó para mí. —Draco sacó el frasquito y lo sostuvo entre sus manos con reverencia—.Tardó mucho tiempo en elegir las flores. Eligió el iris por mí y la violeta por ella, mezclándolas. Encargó dos perfumes, uno de mujer y otro de hombre. Cualquiera puede comprarlos, pero son mágicos y eso hace que sean muy específicos. Y muy caros.

—Algo así dijo el vendedor. Creo que cuando dije que era este y que era para un regalo supo que era para ti, porque me pidió que te recordase que sólo quedaba un frasco en reserva salvo que pidieses más.

—Recuerdos de tiempos en los que la vida era más sencilla y estaba llena de caprichos —suspiró Draco, volviendo a guardar el frasco en el cofre y cerrándolo.

—Pensaba que querrías utilizarlo —comentó Harry, sintiendo una ligera decepción. Había contado, secretamente, con que le permitiese a él ponérselo.

—Estoy deseándolo, pero me gustaría oler primero el tuyo. Creo que el dependiente debe de saber muchas cosas de Harry Potter y admirarlo mucho si se ha atrevido a recomendarle una esencia mágica tan concreta.

—Sólo me ofreció esa —asintió Harry, incómodo por la referencia su fama y preguntándose con nerviosismo qué opinaría Draco, que parecía entender bastante, cuando lo oliese.

—Creo que las rosas rojas pueden ser adecuada para tu tipo de piel y cabellos, sí. Aunque, como buen perfume que es, olerás bien tanto con el mío como con el tuyo así que si prefieres el de iris y violetas no tienes más que pedírmelo.

—De acuerdo —aprobó Harry, que no estaba seguro de que la conexión que sentía con el perfume de Draco fuese a producirse con la esencia de rosa roja, por adecuada que fuese. Le tendió el otro paquete y se sentó a su lado, ya relajado al ver que iba a aceptar su regalo—. Ahí tienes, veamos si el gran Draco Malfoy, experto en perfumes, da su aprobación.

—Calla, idiota —respondió Draco dándole un codazo amistoso antes de abrir el cofre y sacar el frasco que en la luz de la habitación brillaba con un color rojo intenso—. No puedes ponértelo tú o se mezclarán ambos olores durante varios días y no será agradable.

—Eso dijo el dependiente, por eso se lo probó Hermione.

Draco se levantó, le entregó el frasco y se quitó la camiseta, tirándola encima de la cama antes de tenderle la mano para ayudarle a levantarse. Harry entendió inmediatamente lo que pretendía y abrió el frasco.

—El dependiente dijo que el tuyo era más apropiado para ti porque tú eres más delicado —le pinchó Harry mientras se ponía unas gotas en la palma de la mano, dejaba el frasco con cuidado en el cofre y se frotaba con la otra mano.

—Potter, si sigues por ese camino, la próxima vez que me meta tu polla en la boca morderé.

Harry se mordió el labio, excitado. Aquel había sido su último gran descubrimiento. Draco se había dado la vuelta en la cama unos días atrás. Al principio Harry había pensado que simplemente era una postura un poco más cómoda para masturbarse a la vez, en lugar de sentarse frente a frente o cada uno a un lado, pero Draco le había dicho que por su parte hiciese lo que desease y que él iba a chupársela. Harry se había apresurado a imitarle con más entusiasmo que maña, pero a Draco, que tampoco se le daba mejor, no le importó.

—El dependiente ha dicho que también hay que ponerlo en la cara interna de los muslos —dijo Harry en tono sugerente.

—Que también se puede aplicar en el pulso de la cara interna de los muslos —matizó Draco, quitándose los pantalones y los calzoncillos con un movimiento fluido, quedando desnudo delante de él—. Si quieres verme desnudo, no necesitas tantas excusas.

Harry hundió las manos en el cabello de Draco, aprovechando para acercarse y darle un beso en los labios, sin ir más allá. Después, le distribuyó el perfume por el cuello y el pecho. Se puso de rodillas para frotarle la parte interior de los muslos, rozándole los testículos de forma que pareciese casual. Draco suspiró de placer cuando Harry se metió su polla en la boca y succionó con fuerza, ayudándose con la mano para masturbarle con fuerza, y hundió las manos en su cabello sin presionar ni marcar el ritmo. Con la mano que tenía libre, Harry le acarició el culo. Un gemido de súplica de Draco le indicó que quería que fuese un poco más allá, así que, metiendo los dedos en la abertura que las separaba, Harry los deslizó suavemente en busca del tacto de piel rugosa y el pequeño agujero que tanto le excitaba tocar.

Un sollozo de placer y una gentil caricia en su pelo con agradecimiento le confirmó a Harry que había acertado con lo que Draco deseaba. Acariciándole superficialmente el ano, Harry siguió chupando y masturbándole, sabiendo que aquello le volvía loco. No tardó mucho en oír un gemido más fuerte y sentir el suave tirón de pelo que lo alertaba y apartó la boca, poniendo la mano delante del glande para contener la corrida de Draco. El primer día les había pillado de sorpresa a ambos, pero ahora sabían controlarse y avisarse con tiempo. Limpiándole cuidadosamente con la camiseta que se acababa de quitar, Harry se incorporó y, abrazándolo, le besó con cariño.

—Ya no sabes a tarta de melaza, Potter —bromeó Draco, lamiéndole los labios.

—Puedo irme a lavar los dientes si te molesta —se disculpó Harry, pensando que siempre se besaban después de hacer eso, pero nunca se había planteado que para Draco pudiese ser desagradable porque para él no lo era.

—Sólo quería pincharte —le tranquilizó Draco, volviendo a besarle despacio, lamiéndole la lengua—. Si me das un minuto, te lo hago yo.

—No es necesario, me gusta mucho hacértelo, no tienes por qué hacérmelo tú a cambio —negó Harry, que lo había hecho sin pensarlo y, aunque no se arrepentía de haber seguido su impulso, tampoco esperaba recompensa por ello

—Ya lo sé, pero a mí también me gusta hacértelo, Potter.

—El perfume de rosas huele muy bien —murmuró Harry, frotándose la nariz contra el cuello de Draco e inhalando—. Me gusta más el tuyo en ti, pero tengo la sensación de que este me gustará más en mí.

—Estoy de acuerdo. También me encanta como huele. —Draco se frotó contra él, mimoso—. Me voy a poner cachondo cada vez que lo uses pensando en este momento.

—Genial, porque yo me he puesto cachondo en la botica cuando he olido el tuyo en mis muñecas —admitió Harry, avergonzado.

—Y dime, Potter… ¿qué he hecho para merecer tantos mimos en una sola tarde?

—Ser así de bonito. —Harry le dio un lametón en la punta de la nariz, pinchón.

—Voy a tener que quedarme sólo más a menudo para recibir recompensas tan extraordinarias cuando vuelvas.

Sus palabras hicieron que Harry recordase súbitamente la conversación con Ron y Ginny sobre la cena de Navidad y su expresión mudó, haciéndose más seria. Draco se dio cuenta y frunció el ceño.

—¿Ocurre algo, Harry? —preguntó con preocupación.

—No… es sólo… quería comentarte una cosa. No había pensado hacerlo ahora, pero me he acordado de repente —le dijo Harry, sentándose en la cama antes de resumirle la conversación que habían mantenido durante la comida acerca de ir a casa de los Weasley.

—No creo que sea buena idea. —Draco se había sentado a su lado, escuchándole atentamente sin interrumpirle. A pesar de sus palabras, Harry vio que no parecía hostil, sólo pensativo y empezó a acariciarle la pierna desnuda con las yemas de los dedos, incapaz de tenerle tan cerca y no tocarle—. Son tu familia, Harry, lo sé. Y también creo que tú tienes razón: es un poco pronto. Habrá más oportunidades.

—A mí me vale —asintió Harry, feliz al ver que Draco no se cerraba en banda, sino que lo racionalizaba de un modo similar a él—. Lo entenderán, no te preocupes, y cuando decidas que es el momento, lo aceptarán.

—Me alegra oír eso. Ahora, Potter —dijo Draco levantándose de la cama para sentarse, todavía desnudo, encima de él, de frente y con las rodillas a cada lado de sus piernas y quitándole las gafas con cuidado—, más vale que te quites toda la ropa que llevas, porque voy a tener que recompensarte por haber sido tan generoso conmigo.

—Pensaba que habíamos quedado en que no era necesario recompensarme —dijo Harry, riendo excitado cuando Draco le empujó hacia atrás hasta hacerle apoyar la espalda en la cama, todavía con los pies en el suelo.

—Entonces, tendré que recompensarme a mí mismo, y tengo una idea bastante aproximada de lo que me apetece como premio —murmuró Draco en tono sugerente, acariciando la ya presente erección de Harry por encima del pantalón.

—¿Qué planeas? —preguntó Harry, excitado y levemente alarmado ante la sonrisa traviesa de Draco, similar a la que ponía cada vez que quería proponerle algo nuevo en el sexo.

—Chupártela, claro —ronroneó Draco en su oído, mientras empezaba a besarle el cuello. Harry gimió excitado—. Pero necesitaré que te quites toda la ropa y saques ese lubricante que pediste la semana pasada porque voy a probar a meterte un dedo por el culo.

Excitado por la idea, Harry se apresuró a quitarse la camiseta y se inclinó hacia la mesilla, rebuscando en el cajón hasta dar con el botecito que había comprado tras haber hablado con Draco sobre que les vendría bien tenerlo a mano, seguros de que en algún momento empezarían a necesitarlo. Draco se lo arrebató de las manos, impaciente, devorándole la boca con ansia.

Draco no se quitó de encima de él inmediatamente, aprovechando que Harry se había incorporado sobre los codos para dedicarle un rato a su cuello. Cuando deslizó la punta de la lengua a través de la carótida, lamiéndole la cara hasta llegar a los labios para devorarle la boca, Harry ya estaba impaciente.

—¿Nervioso, Potter? —preguntó Draco, empujándole sobre la cama de nuevo e inclinándose sobre su pecho, mordiéndole un pezón hasta que le arrancó un pequeño quejido. Con mimo, lo lamió para consolarle antes de repetir con el otro.

—Un poco —admitió Harry, intentando coger aire, unos segundos después.

—Puedo parar si no estás seguro —ofreció Draco, incorporándose—. Se me ocurrió que, como te gusta que te toque ahí, te gustaría…

—¡Sí! —le interrumpió Harry, antes de que Draco se arrepintiese de la idea—. Estoy nervioso porque no sé qué esperar, pero sí quiero que lo hagas. Por favor —insistió al ver que Draco todavía dudaba.

Draco asintió, volviendo a empezar por su cuello antes de bajar hasta los pezones, retomando el camino que había empezado a seguir en dirección a su ombligo. Desabrochándole el vaquero, lo deslizó por sus piernas hasta los tobillos. Harry le ayudó pateándolos para terminar de sacárselos.

—Túmbate más adentro de la cama, Harry —le indicó Draco con voz ronca.

Harry obedeció inmediatamente, impaciente, levantando el culo para facilitar que Draco le quitase los calzoncillos. Antes de tirar de ellos hacia abajo, Draco se inclinó y depositó un beso suave en el frenillo que hizo que la polla de Harry diese un respingo.

—Párame si estás incómodo, si no quieres seguir… lo que sea —le pidió Draco en voz baja mientras le agarraba por los tobillos, levantándolos hasta hacerle apoyar las plantas de los pies en la cama. Se situó entre sus piernas, abriendo el bote de lubricante y untándose las manos con él.

Con una mano, Draco le sujetó la polla y con la otra le acunó los huevos, extendiendo el lubricante por toda la zona. Harry, inmerso en las sensaciones, pensó que deberían haber empezado a utilizarlo antes, pues hacía que las manos de Draco pareciesen más suaves de lo que ya eran y, al resbalar con facilidad, resultaba mucho más placentero que la simple saliva, pero no dijo nada en ese momento, ya que no quería interrumpir a Draco, que parecía sumamente concentrado en lo que hacía.

—Voy a usar más —murmuró Draco sirviéndose más lubricante en las manos y volviendo a frotar las palmas antes de volver a agarrarle la polla, comenzando un delicioso movimiento de vaivén.

Harry sintió la otra mano de Draco en las nalgas, acariciándole suavemente. Le soltó un momento, dejando de masturbarlo, para separárselas. Harry apenas tuvo un segundo para pensar que se sentía muy expuesto, pues rápidamente la mano de Draco volvió a apretarle la polla con firmeza, su dedo pulgar repasando el frenillo en círculos lentos y los dedos de su otra mano se movieron sobre su ano de manera similar a la que Harry había utilizado antes con él.

Draco estaba fascinado mirándole el culo con atención. Harry sonrió, complacido. Sabía que a Draco le gustaba su culo tanto como a Harry el de él. Ambos solían llevar sus caricias por la zona, a pesar de que todavía se contenían, más por inseguridad y no saber qué esperar que por falta de ganas.

—Voy a hacerlo —le avisó Draco con voz estrangulada. Harry asintió, alentándole.

Draco empezó a masturbarle más rápido. Harry notó el dedo de Draco tanteando en su ano y presionando levemente, húmedo y tibio. Una presión más fuerte hizo que el dedo se introdujese hasta la primera falange. Harry apretó instintivamente como gesto de defensa, pero las caricias en su polla le distrajeron rápidamente.

—¿Todo bien? —Harry, inundado por las sensaciones que le embargaban, asintió con la cabeza.

Draco metió el dedo más adentro, superando el área del músculo. Harry suspiró cuando lo notó, complacido. Levantó las rodillas, sujetándoselas con las manos, abriéndose lo más posible y exponiendo el culo, queriendo sentir el dedo de Draco más profundamente. Si unos minutos antes se había sentido un poco inseguro, ahora sentía que era insuficiente. Miro a Draco, que miraba fijamente el punto donde tenía el dedo, extasiado. Harry supuso que él tampoco querría perderse un solo detalle de su dedo en ese momento imaginando que, algún día, sería su polla. Sin embargo, la sensación del dedo de Draco dentro era tan buena que Harry decidió que, por él, ese día podía esperar un poco más si era la polla de Draco la que entraba dentro de él.

Draco deslizó el dedo hacia afuera sin llegar a sacarlo y luego de nuevo hacia adentro hasta que sus nudillos chocaron con sus nalgas. Harry sollozó de placer, suplicando por más. Draco aceleró los movimientos de ambas manos, intentando acompasarlos. Harry jadeó cuando, en una de las veces que el dedo entró, el placer se multiplicó, intensificándose como cuando estaba a punto de correrse. Sin poder contenerse gimió en un sollozo largo, interrumpido sólo para coger aire, cerrando los ojos con fuerza. Cuando el orgasmo por fin llegó, después de aquella sensación de inminencia, que habitualmente duraba solo unas décimas de segundo y esta vez se había alargado durante lo que le pareció una eternidad rebosante de placer, se corrió en espesos chorros durante tanto rato que se sorprendió.

Exhausto, Harry abrió los ojos y vio que Draco le miraba igual de sorprendido, pero con una sonrisa complacida en la cara. Apretó el culo a propósito, disfrutando de cómo se cerraba alrededor del dedo de Draco con fuerza.

—¿Lo saco? —preguntó Draco, dudando.

—Déjalo un poco más, por favor —le pidió Harry, mirando hacia abajo y dándose cuenta de que Draco, a pesar de que no hacía mucho que se había corrido también, volvía a estar duro—. Veo que a ti también te ha gustado.

—No te haces una idea, Harry. No te la haces. —Draco sonó estrangulado al decir aquello y tragó saliva con fuerza.

—Si me das unos segundos, lo comprobaré de primera mano.

—Por favor —le suplicó Draco, ansioso, deslizando suavemente el dedo hacia afuera y hacia adentro otra vez, esta vez más despacio, provocando otro suspiro de placer en Harry.