Disclaimer: Todo lo que aparece en el fic es de Rowling, incluidas sus contradicciones.

Jo, último capítulo. Me da mucha pena cuando acabo de publicar una historia y me deja un vacío en el pecho, jajaja. No tanto como cuando pongo el punto final a la historia porque estoy revisando una y otra vez hasta que publico. Eso sí, no quiero terminar sin agradecer de nuevo a Nicangel03 por el apoyo durante la escritura de este fic.

Muchísimas gracias por haberme leído y comentado. ¡Un abrazo muy fuerte!

Trigger Warning: Referencias sexuales. Nada demasiado explícito.


Hechizo de animagia

Inundado de la felicidad de estar con Draco, Harry se dejó llevar lánguidamente por los días de diciembre. Habían incorporado el conjuro de animagia a su rutina, realizándolo puntualmente al amanecer y al ocaso y recitándolo con la seguridad que daba la práctica. Draco y Harry habían adoptado la costumbre de mirar todos los días, tras despertarse para realizar el hechizo, por el ventanal de su habitación. También escudriñaban durante el desayuno el cielo reflejado en el techo de Hogwarts a pesar de saber que era complicado que durante la estación invernal hubiese una tormenta eléctrica en Escocia. Harry había contado con que antes de que lo más crudo del invierno llegase el otoño les regalase una de esas tormentas que recordaba de cursos anteriores alrededor de Halloween o a principios de diciembre, pero se había tenido que resignar a esperar a la primavera o, si la suerte seguía sin acompañarles, a las tormentas veraniegas. La paciencia inicial, amortiguada por la necesidad de progresar en el patronus de Draco, y la incertidumbre de no sentir nada con el hechizo se habían disipado cuando el latido de su forma animaga hizo acto de presencia.

Draco había comenzado a percibir el segundo latido dentro de su pecho el mismo día que había conseguido el encantamiento patronus por primera vez. Ante las preguntas curiosas de Harry, lo había definido como un golpe débil que sonaba anticipando el latido de su propio corazón justo en el momento de recitar el hechizo de transformación. Sabiendo qué buscar, Harry se había concentrado en encontrarlo, pero sus esfuerzos habían sido inútiles hasta el día después de haber estado en Hogsmeade e intercambiar con Draco sus perfumes. Al recitar el hechizo, el fuerte latido había reverberado en su pecho como un tambor, siguiendo al de su corazón en lugar de anticipándolo. Se había asustado por las diferencias con el de Draco pero este, tras consultar un par de manuales, le había tranquilizado diciéndole que era normal.

Cuando el último domingo antes de las vacaciones navideñas apareció en el tablón de la sala común el listado para que quien quisiera quedarse en Hogwarts pudiera inscribirse, sólo Draco y Harry de entre la promoción de la guerra apuntaron sus nombres.

—Sois un par de cochinos —se burló Dean detrás de ellos, fingiendo un gran escándalo—. Queréis quedaros solos para mancillar la sala común.

—Dean, el único pervertido aquí eres tú —murmuró Draco, volviéndose dignamente y dirigiéndose al sofá.

—Por si acaso, cuando volvamos de las vacaciones pienso traer una luz ultravioleta para examinar los sofás de la sala común y cerciorarme de que no hayáis hecho ninguna guarrada durante mi ausencia. Me tranquiliza pensar que nadie ha puesto su culo desnudo donde yo pueda sentarme.

—Pero es tarde para eso, Thomas —contestó Draco con un deje de sorpresa en la voz, exagerando el gesto en la cara al levantar las cejas con gesto desconcertado—. Harry y yo nos escapamos todas las noches para hacerlo aquí una y otra vez como dos conejos en celo. Hasta ahora, mi favorito es tu sillón orejero. ¿No nos has oído gemir depravadamente desde tu dormitorio?

—Eres insufrible, Malfoy —se quejó Dean lastimeramente, levantándose prestamente del sillón orejero y mirándolo con desconfianza.

—¿Qué ocurre? —preguntó Justin, que entraba en ese momento en la sala acompañado de Michael, mirándoles con curiosidad. Contuvo una carcajada al ver cómo Dean examinaba su sillón con detenimiento—. ¿Qué has hecho ahora, Draco?

Harry y Michael, que escuchaban en silencio, rieron entre dientes. Draco y Dean habían comenzado aquella particular disputa después de que el segundo se hubiese burlado de Draco al insinuarle que entendía que le hubiese salido un patronus corpóreo tan brillante tras ver la cara de bien follado que traía. Draco le había soltado una pulla en respuesta y ambos habían establecido una dinámica en la que, cuando estaban en la sala común, se pinchaban mutuamente, insultándose entre sí y tratándose por el apellido en una pelea tan encarnizada como poco seria.

—Harry y Draco han mancillado mi sillón orejero haciendo cosas que ningún hombre inocente como yo debería comprender —se quejó Dean dramáticamente—. Tendrás que vaciar tu cámara de Gringotts para pagarme la terapia y que pueda superarlo, Malfoy.

—Lo próximo que queríamos era probar tu cama durante estas vacaciones, Thomas, pero sin público la cosa pierde un poco de interés. De todos modos, le pediremos a Michael el hechizo de la puerta para poder practicar en vuestra ausencia.

—Por supuesto, Draco —dijo Michael, pasando al lado de Dean, que le bufó en respuesta—. A cambio, respetaréis mi cama como pago por mis servicios.

—Hecho. —Draco había sonado tan feroz que todos se rieron con ganas. Harry se dejó caer en el sofá, absurdamente contento por la situación, mientras Dean seguía paseándose por la sala sobreactuando dramáticamente, arrancándoles más carcajadas. Draco se apresuró a acurrucarse contra el pecho de Harry, cogiéndole de las manos y abrazándose a sí mismo con ellas.

—¿Qué es luz ultravioleta, Harry? —preguntó Draco en voz baja un rato después, asegurándose de que nadie les escuchaba.

—Se refiere a una luz especial que puede mostrar restos de fluidos humanos —intentó explicarle Harry, que no sabía cómo ser más concreto, preguntándose una vez más cómo podían llegar los magos a la mayoría de edad sin ciertos conocimientos elementales de física—. Está por encima del color morado en el espectro y…

—¡Ah! Ya sé —dijo Draco—. Los estudiamos en Astronomía. Los rayos químicos.

—¿En serio los rayos químicos de Astronomía son lo mismo que la luz ultravioleta? Ahora entiendo algunas cosas —suspiró exasperado Harry, meneando la cabeza—. La sociedad mágica necesita actualizar sus nomenclaturas.

—Harry, Draco… —carraspeó Justin, interrumpiéndolos. Estaba a su lado, de pie, con aire dubitativo—. Escuchad, bromas aparte… si no queréis quedaros en Hogwarts y no tenéis ningún otro sitio a dónde ir, puedo preguntar a mis padres si…

—No te preocupes, Justin —se apresuró a interrumpirle Harry, sorprendido por la oferta—. Hemos decidido pasarla aquí para estar juntos, más que nada.

—Lo imaginaba, pero se me ocurrió que quizá no teníais un sitio al que volver y… bueno… quería que supieseis que si lo necesitáis, tenéis un sitio en mi casa ya sea para pasar todas las vacaciones o sólo el día de Navidad —repitió Justin con una amplia sonrisa. Draco, que se había tensado entre los brazos de Harry, miraba a Justin atónito, incapaz de articular una respuesta.

—Muchas gracias, Justin, de verdad —sonrió Harry de vuelta.

—Sin problema, tíos. Si cambiáis de idea o si no queréis comer aquí en Hogwarts ese día, no tenéis más que decírmelo —asintió Justin, alejándose en busca de Ernie, que estaba charlando animadamente con Hermione.

—¿Justin Finch-Fletchley acaba de invitarnos a pasar la Navidad con él? —susurró Draco, incrédulo.

—Yo diría que sí —le confirmó Harry, que se sentía reconfortado por el gesto de Justin aunque no lo considerase necesario.

Draco se removió entre sus brazos, intentando girarse para mirarle a la cara. Harry aflojó el abrazo para permitírselo, sorprendido al ver que Draco tenía el ceño fruncido, no muy seguro de qué era lo que lo había provocado. Él había creído que la invitación de Justin era algo bueno, no un motivo de enfado o desconfianza.

—¿Por qué? —preguntó Draco a bocajarro.

—Supongo que porque somos amigos. —Harry se encogió de hombros, quitándole importancia.

—Sigo siendo un Malfoy —señaló Draco ácidamente.

—Imagino que es la razón por la que es él quien nos invita, ¿no? —razonó Harry, comprendiendo lo que Draco quería decir. No habría muchas familias mágicas dispuestas a sentar en la mesa a un ex mortífago, por mucho que Harry Potter lo acompañase—. Los padres de Justin son muggles. No saben nada de nosotros, para bien o para mal. Como mucho, lo que Justin haya contado en casa.

—Razón de más, Potter. Nadie invita a unos desconocidos a su casa.

—¿No vamos a ir, no? —Draco negó con la cabeza, poniendo cara de susto al considerar la idea—. Entonces no le des más vueltas, sólo es un detalle de cortesía.

Draco le miró unos segundos más antes de volver a recostarse sobre su pecho, incitando a Harry para que lo abrazase de nuevo y lo acariciase de manera relajante. Harry aprovechó que Draco se había escurrido sobre el asiento para deleitarse en la fragancia de flores de su pelo. Lo hacía tan a menudo que se sorprendía de que no le cansase inhalarla una y otra vez.

—Harry, Draco… —Harry resopló divertido al oír a Neville, sospechando qué era lo que venía después—. Acabo de ver que han puesto el listado de los que se quedan en Hogwarts.

Draco se incorporó de golpe, mirando a Neville con los ojos desorbitados antes de volverse hacia Harry, que soltó una carcajada.

—¿Te ocurre algo, Draco? —preguntó Neville, mirándole preocupado.

—Sólo que es idiota, Neville —aclaró Harry, riéndose más—. ¿Querías decirnos algo?

—¿Eh? —Neville pareció sorprendido un segundo, pero se repuso rápidamente—. ¡Sí! He visto que os habéis apuntado para quedaros en Hogwarts durante las Navidades y me extrañó que no fueseis a casa de los Weasley, pero luego pensé que a lo mejor allí son muchos y… bueno… mi abuela y yo vivimos solos con el tío Algie. Si queréis comer con nosotros o pasar algunos días de vacaciones en casa, no hay problema.

—¿Qué? —preguntó Draco, estupefacto—. ¿En serio? ¿Quieres que vayamos a tu casa a pasar las Navidades?

—Eh… sí, eso es lo que estoy diciendo —contestó Neville, pareciendo un poco desconcertado.

—Discúlpale, Neville. Draco no pretendía ser maleducado —dijo Harry, incidiendo en las palabras para llamar la atención de Draco, que se volvió a mirarle, todavía con el desconcierto en el rostro—. Es que creo que no se lo esperaba.

—¡Ah, bien! Bueno, eso. Pensé que quizá os vendría bien salir del castillo un rato a un sitio que no fuese Hogsmeade. Podéis quedaros a dormir, hay habitaciones de sobra y mi abuela no tendrá problema, es muy abierta de mente con las parejas jóvenes y os dejará compartir el dormitorio si queréis.

—En realidad, los Weasley sí nos han invitado, Neville —aclaró Harry, observando divertido a Draco que seguía mirando a Neville con los ojos desorbitados—. Decidimos que quizá no sería buena idea ir este año, nada más. Pero ambos te agradecemos que hayas tenido el detalle de invitarnos. —Golpeó discretamente a Draco para hacerle reaccionar y que dejara de comportarse como un idiota alelado.

—Eso es absurdo —dijo Neville—. Claro que es buena idea. Os vendría bien salir del castillo a ambos. Puedo imaginar las razones de Draco para no ir con su familia, pero…

—¿Mis razones, Longbottom? —La voz de Draco había sonado peligrosa y ya no parecía sorprendido. Harry comprendió que Draco se había erizado al oír a Neville por la forma en la que había arrastrado su apellido en lugar de utilizar su nombre y le estrechó más fuerte entre sus brazos para intentar tranquilizarlo—. No entiendo cómo podrías imaginar mis razones.

—Mi abuela me contó que no estabais en muy buenos términos —dijo Neville, indiferente, encogiéndose de hombros—. El tío Algie se lleva bien con la familia Greengrass y parece que no hablan muy bien de ti.

—¿Qué me importa lo que digan los Greengrass de mí? —escupió Draco.

—Espero que nada, porque si hablan mal de ti es que son imbéciles —respondió Neville, que parecía comprender qué le pasaba a Draco y no había perdido la paciencia—. Lo decía porque puedo entender tu postura con respecto a ellos. Mi abuela dijo que alguien que planta cara de esa manera a tradiciones arcaicas siempre será bienvenido en su mesa. Pero no pasa nada si no queréis.

Neville se alejó, con las manos en los bolsillos. Draco le siguió con la mirada antes de volver a mirar a Harry, atónito. Este, que comprendía cómo se sentía Draco y lo difícil que le resultaba aceptar ayuda de desconocidos, no supo qué decirle y puso cara de circunstancias, encogiéndose de hombros como Neville. Sus compañeros de clase no eran exactamente desconocidos, pero estaba seguro de que la autoestima de Draco le hacía pensar que no merecía algo así de ellos.

—Tengo que pedirle una disculpa, ¿verdad? —Harry asintió, contento de que Draco hubiese leído bien la situación y ya no se sintiese atacado—. Y darle las gracias por el ofrecimiento, supongo. Él no es hijo de muggles, Harry. Y le traté peor que a Finch-Fletchley. No entiendo por qué…

—A lo mejor tienes que asumir que tus compañeros han sabido ver la persona que eres ahora, te han cogido cariño en estos meses y están dispuestos a hacer cosas bonitas por ti. Porque eres buena persona, Draco, incluso cuando bufas y te erizas. No eres la misma persona que hace tres años, para mejor. Te mereces que te traten bien.

Draco le miró, serio, pero con los ojos empañados de emoción. Tragó saliva y asintió antes de darse la vuelta completamente para abrazarlo, restregando la nariz contra su cuello, inspirando fuerte y escondiendo la cara del resto de la sala. Harry sonrió, acariciándole la espalda en un gesto consolador, dándole tiempo para que digiriese lo que acababa de ocurrir y se recuperase.

—Me encanta tu olor a rosas —murmuró Draco en su oído cuando su respiración volvió a ser más regular.

—A mí también me gusta cómo hueles —dijo Harry, inhalando el aroma del perfume del pelo de Draco a su vez. Un carraspeo burlón junto al sofá hizo que se separaran.

—¿Queréis? —dijo Dean, que se había acercado para ofrecerles una cerveza de mantequilla. Tanto Harry como Draco negaron con la cabeza—. Se me ha ocurrido que para evitar que mancilléis mi cama y tenga que dormir sobre vuestros fluidos corporales durante el resto del curso…

—Piérdete, Thomas —masculló Draco, mordaz—. Por si no te has dado cuenta, estábamos en un momento íntimo que más tarde podrás ver con tu luz ultravioleta.

—Decía que para evitarlo —continuó Dean, ignorando la pulla de Draco—, podéis venir a mi casa a pasar las fiestas. Yo puedo dormir en la habitación de mi hermano con Seamus, cabremos los tres y vosotros os podéis quedar en mi cuarto.

—¿Quieres que Harry y yo durmamos en tu cama?

—Podéis mancillarla, incluso —dijo Dean con una carcajada—. En serio, si queréis venir a casa, seréis bienvenidos. No tenéis por qué quedaros aquí. Nos juntamos un montón de personas en Navidad y Seamus también vendrá. Será divertido.

Harry no contestó, mirando a Draco, que se había incorporado sobre su pecho y observaba atentamente a Dean con una expresión extraña en los ojos, por si quería hacerlo él en esta ocasión. Draco tragó saliva antes de contestar.

—Gracias, Dean —musitó Draco al cabo de unos segundos, cuando Harry creyó que ya no iba a hacerlo—. De momento creo que prefiero no aceptar, pero tendré en cuenta tu invitación y significa mucho para mí.

—Como digáis. Si queréis venir, sólo tenéis que decirlo, incluso si es en el último momento. Donde comen veinte, comen veintidós —asintió Dean antes de marcharse.

—Vas mejorando —dijo Harry en tono burlón cuando estuvo seguro de que Dean no les oiría.

—A la tercera iba la vencida —contestó Draco en tono petulante antes de ponerse serio—. Estuvo prisionero en mi casa y aun así me invita a la suya. Dices que me lo merezco, Potter, pero yo creo que están siendo algo más que generosos.

—No digas tonterías, Draco. Todo está bien, la guerra es algo del pasado.

—Menos mal. Sobre todo por la parte que me toca —suspiró Draco, recostándose de nuevo sobre su pecho.

Harry parpadeó, emocionado. Había intentado disimular con las bromas para quitarle hierro a las invitaciones, pero sentirse cuidado y protegido por sus amigos era una sensación agradable. La imagen del encuentro que había tenido con Nott y Parkinson en Hogsmeade le volvió a la memoria al pensar en ello. Carraspeó, sin saber si Draco querría saber sobre ellos. Este los había mencionado en algunas ocasiones y Harry estaba más o menos seguro de que lo había hecho con cariño, pero hasta donde sabía no se había comunicado con ninguno de sus antiguos compañeros durante todo el trimestre y todas las veces que había abandonado el castillo había sido para ir a Hogsmeade había ido con él, sin quedar con nadie más.

—Suéltalo, Potter —murmuró Draco, que había cerrado los ojos, mimoso como un gato—. Puedo oírte pensar desde aquí.

—Draco… ¿dónde están tus amigos? —dijo Harry, maldiciéndose por su poco tacto cuando Draco se tensó entre sus brazos, abriendo los ojos—. Lo pregunto porque me acabo de acordar de que el otro día me crucé en Hogsmeade con Nott y Parkinson. Se me ocurre que a lo mejor querrías saberlo.

—Supongo que sí —refunfuñó Draco al cabo de unos segundos. Harry le acarició por encima de la camiseta y le besó el pelo—. ¿Qué tal estaban?

—No lo sé. Apenas nos cruzamos un segundo. Parecían serios, es lo más que puedo decirte.

—Sus padres entraron en Azkaban cuando todo acabó. Estuvimos juntos en los juicios, pero cuando cayeron en desgracia mi padre nos prohibió toda comunicación con sus familias —dijo Draco en voz muy baja, sonando apesadumbrado—. Por supuesto, obedecí. Todo era todavía un caos y yo no había decidido volver a Hogwarts. En ese momento sólo me dejaba llevar por la vorágine que era intentar sobrevivir indemne a mi propio juicio.

—Ellos dos no fueron juzgados. Theodore y Pansy, quiero decir —dijo Harry en tono dubitativo, temiendo que su memoria le fallase.

—No, nunca llegaron a engrosar las filas de los mortífagos. Quizá fueron unos idiotas con ideas horribles, pero nadie merece ir a la cárcel por ser un idiota. No daríamos abasto.

—Estoy de acuerdo —asintió Harry, intentando no recordar todas las veces que había tenido que apretar la mandíbula ante comentarios de Parkinson.

—Pero tampoco me escribieron. Imagino que tenían sus propios fantasmas y preocupaciones con las que lidiar. No los culpo, todo se vino abajo muy rápidamente y yo también me alejé. Me daba… me daba miedo enfrentarme a ellos, que me recordasen todo lo que estaba mal en mí simplemente con su presencia. Que quizá a lo mejor no querían seguir siendo amigos de alguien que se había librado de lo que sus padres están pagando en prisión —explicó Draco del tirón en voz baja.

—¿Y Goyle? —preguntó Harry, comprendiendo que el miedo de Draco podía no ser infundado, incluso aunque su ansiedad estuviese jugándole una mala pasada de nuevo—. Una vez me contaste que los cuatro erais muy amigos de pequeños.

—También Vincent, éramos cinco. Mis padres eran amigos de los suyos, sí. No en vano todos somos hijos de mortífagos —asintió Draco con voz ahogada—. Greg está interno en San Mungo, perdió la cabeza tras el incendio. Fui a verle varias veces. La última vez poco antes de entrar en Hogwarts, para despedirme de él y decirle que no volvería a verle en un tiempo, pero no… no salió muy bien. Me dio un ataque de ansiedad y él se alteró bastante. No… no es fácil, pero sí me gustaba ir a visitarlo. Me… me siento responsable de él. Y de Pansy y de Theo. Incluso de Vincent, aunque me traicionase y casi nos matase a todos. No era peor que yo, sólo intentábamos sobrevivir y hacer lo que se esperaba de nosotros.

—Lo siento mucho, Draco. Si quieres, durante las vacaciones podemos ir a San Mungo a verlo.

—Quizá —dijo Draco. Harry notó en su voz que parecía perceptivo a hacerlo y deseó que se animase a hacerlo. Draco necesitaba cerrar también esas heridas—. Mis amigos están aquí ahora, imagino, en esta sala.

—Me alegra mucho oír eso, Draco. —Harry volvió a parpadear, tragando saliva con dificultad. Ya suponía que Draco no era indiferente a la amistad que el resto del grupo le había brindado, pero no había estado seguro del todo—. Pero no creo que deban ser cosas excluyentes. No me malinterpretes, estoy de acuerdo contigo en que tenemos a nuestros amigos aquí con nosotros y me encanta pasar tiempo contigo. Sin embargo, también soy amigo de Ron y eso no es incompatible.

—Va a ser otra de tus cabezonerías, ¿verdad, Potter? —Harry se encogió de hombros.

—Sólo digo que a lo mejor deberías escribirles una carta, explicándoles qué ha pasado en este tiempo —insistió Harry, intentando convencerle—. Quizá ese miedo que tienes sea irracional, una mala pasada de tu ansiedad. Y si no lo es… al menos te habrás quitado ese peso de encima.

—Tienes razón —dijo Draco, retorciéndose para mirarle. Harry vio que no había tristeza en sus ojos, sino esperanza. Alzó las cejas con sorpresa, había pensado que sería una conversación más difícil—. No me mires así, Potter. Yo también le he dado vueltas al tema durante bastante tiempo. Creo que tengo miedo a que todo haya cambiado tanto que no podamos entendernos, que ya no podamos ser amigos; pero cambiar no es necesariamente malo, ¿no? Yo he cambiado, tú lo has dicho antes. Y no pierdo nada por intentarlo, desde luego.

—Desde luego —confirmó Harry.

—Les escribiré. Y pensaré acerca de ir a ver a Greg durante las vacaciones. Creo que es buena idea, si tú me acompañas.

—Eso suena muy bien, Draco —le felicitó Harry—. Y por supuesto que iré contigo si tú quieres.

—Harry… Muchas gracias por contármelo y animarme a dar el paso —murmuró Draco al cabo de unos segundos—. Creo que necesitaba un pequeño empujón.

—¿Te encuentras bien, entonces? —preguntó Harry preocupado. Había temido acabar con el buen humor de Draco.

—Sí. Me he quitado un peso de encima sólo con verbalizarlo. Debí haberles escrito mucho antes y tomar la decisión de hacerlo me alivia la conciencia.

—Genial. Me alegro —dijo Harry, con una sonrisa.

Tras hacer un sonido parecido a un ronroneo, Draco se giró y cogió las manos de Harry de nuevo y se las pasó por la cintura, mimoso, como había hecho inicialmente. Harry se apresuró a sacarle la camiseta de los pantalones para meter las manos debajo y rozar su piel y Draco se relajó contra él, apoyando la nuca en su clavícula, haciéndole cosquillas con el pelo en la mejilla. Sabiendo lo que deseaba, Harry deslizó las manos lo más discretamente que pudo hasta los pezones de Draco, acariciándolos y pellizcándolos suavemente.

—Harry, Draco… —Harry retiró las manos rápidamente y le colocó la camiseta en su sitio, asustado porque no se había dado cuenta que Hermione se había acercado a ellos. Draco había saltado, incorporándose y mirándola de hito en hito. Hermione se rio avergonzada y Harry adivinó que los había pillado.

—¿También vas a invitarnos a comer con tus padres? —espetó Draco, que parecía pensar que estaba alucinando.

—¿Qué? —preguntó Hermione, desconcertada por la pregunta—. ¿Por qué iban a venir a cenar mis padres? Se trata de nosotros nueve.

—¿Eh? —replicó Draco, totalmente descolocado—. ¿De qué hablas?

—¿De qué hablas tú? —Hermione alzó las cejas, divertida ante la confusión.

—Justin, Neville y Dean nos han ofrecido pasar unos días de descanso en sus casas y comer con sus familias en Navidad al ver que nos quedamos en Hogwarts durante las vacaciones —le explicó Harry, conteniendo una carcajada.

—Vaya, sí que estáis demandados —se rio Hermione, comprendiendo—. Yo sí venía a deciros de quedar para comer, pero no con mis padres, por eso no lo entendía. Algunos estábamos proponiendo almorzar todos juntos en Hogsmeade el último día de clases antes de volver a nuestras casas. Estoy preguntando a los demás a ver que os parece. Podéis avisar a alguien más si queréis, yo invitaré a Ron y Dean a Seamus.

—Sí, iremos —le confirmó Harry. Hermione asintió y se alejó para decírselo a Morag. Draco se removió para mirarle con una expresión extraña en el rostro—. Ni se te ocurra poner ninguna pega —le advirtió antes de que pudiese abrir la boca—. Ya has visto que tienen ganas de pasar tiempo con nosotros. Contigo —insistió, intentando convencer a la autoestima de Draco de que era así—. Así que no quiero oír ni media palabra sobre knuts ni sobre lo que te mereces o dejas de merecer.

—No iba a oponerme —refunfuñó Draco para defenderse, volviendo a recostarse contra su pecho. Harry volvió a meterle las manos por debajo de la camiseta en el acto, incapaz de contenerse y dispuesto a maldecir a la siguiente persona que se acercase a interrumpirles—. Es agradable sentirse aceptado.

Harry comenzó a besarle el cuello mientras volvía a explorarle el torso con los dedos. Draco echó la cabeza hacia atrás, complacido. Harry levantó la vista para cerciorarse de que ninguno de sus compañeros miraba antes de dirigir una de sus manos hasta la cinturilla del pantalón, metiéndola por debajo del calzoncillo. El pene de Draco dio un respingo, ya duro, cuando lo rodeó con los dedos mientras con la otra mano volvía a pellizcarle un pezón.

—Potter… —le advirtió Draco en un murmullo de placer que tenía poco de resistencia.

—No está mirando nadie. Sólo quería tocarlo—le susurró Harry en el oído, soplándole con el aliento de la nariz los pelos que caían sobre sus orejas—. Deberíamos bajar a Hogsmeade y cortarte estas greñas.

—Pensaba que te gustaban mis greñas —se quejó Draco, retorciéndose bajo los dedos de Harry, que le agarraban firmemente, intentando mantenerse quieto sin conseguirlo—. En cualquier caso, al menos las mías se quedan en la posición que les marco cuando me peino. Eres cruel —lloriqueó Draco cuando Harry realizó lentos círculos en su frenillo con la yema de uno de los dedos.

Harry retiró la mano, volviendo a llevar ambas al abdomen de Draco en una postura mucho más recatada antes de que ninguno de sus compañeros mirase en su dirección y se diese cuenta de lo que estaban haciendo. Draco hizo un sonido de disgusto cuando dejó de tocarle y Harry rio silenciosamente.

—¿Quieres que vayamos a la habitación? —le ofreció Harry, conociendo de primera mano lo doloroso que era dejarle en esa tesitura. Una parte de él esperaba que aceptase, porque le gustaba mucho hacer disfrutar a Draco y verle retorciéndose de placer cuando se la chupaba—. Todos se imaginarán lo que estamos haciendo, pero tampoco sería muy difícil acertar aunque intentásemos disimular mejor.

—No es necesario, Potter —bromeó Draco con la voz ahogada—. Yo no soy un sátiro salido como tú, necesitado de sexo todo el día.

—¿Seguro? —preguntó Harry, volviendo a meter la mano bajo su calzoncillo y apretándole la polla.

—Lo retiro —murmuró Draco con voz sollozante. Harry sacó la mano, divertido y excitado—. No necesitas sexo todo el día, de vez en cuando paras a comer.

—Es verdad. En cambio, tú sólo lo necesitas durante toda la noche, como buen íncubo.

—Cállate y bésame, idiota. —Draco echó la nuca hacia atrás todo lo que pudo, permitiendo que Harry llegase a sus labios y los besase, notando el aliento de su nariz en la barbilla. Se separaron, pero Draco se quedó en esa posición, mirándole—. ¿Qué está haciendo el resto? —preguntó en voz muy baja, tanto que Harry casi no le entendió.

—Algunos charlan. Neville escribe algo. Justin y Ernie juegan a un juego de cartas.

—Quiero pedirte algo especial —dijo Draco, mordiéndose el labio con timidez de una manera tan sugerente que hizo que Harry se excitase todavía más.

—Espera —le indicó Harry, suponiendo que lo que iba a pedirle Draco estaría mejor a salvo de posibles oídos indiscretos—. Muffliato.

—¿Para qué sirve?

—No nos oirán. Hermione lo identificará, estoy seguro. Quizá también Neville, porque no es la primera vez que lo uso. Sabrán que estamos hablando de algo que no queremos que se enteren, pero no de qué.

—Perfecto. —Draco volvió a mirar hacia el frente, desviando la mirada y acurrucándose como un gatito mimoso.

Harry esperó con paciencia. Suponía que Draco debía estar buscando las palabras. Se había habituado a aquella costumbre de su novio, que solía actuar más reflexivamente que él, que corría hacia adelante sin pensar demasiado en las consecuencias. A veces tenía la impresión de que él influía a Draco para que fuese más impulsivo y Draco hacía que Harry se detuviese a pensar dos veces. Sin embargo, Draco pasó tanto rato en silencio que Harry pensó que se había arrepentido de lo que fuera que fuese a pedirle. Intentando restarle importancia, Harry volvió a acariciarle el abdomen suavemente, en un gesto más relajante que excitante.

—Me encanta lo que hacemos, Potter —dijo Draco al cabo de varios minutos, cuando Harry estaba planteándose retirar el hechizo porque sabía que el zumbido podía volverse molesto para sus compañeros tras un rato—. En el sexo —aclaró, aunque no era necesario, porque Harry le había entendido perfectamente.

—A mí también.

—Y estoy pensando que estoy preparado. —Draco se giró en sus brazos, quedando de lado, sobre él, de manera que podía mirarle mejor a la cara.

—¿Eso es lo que querías pedirme? —El corazón de Harry latió con más fuerza, queriendo salírsele del pecho. Harry intentó controlar conscientemente la respiración, planteándose volver a reiterarle la invitación de irse a la habitación.

—¿Te acuerdas anoche cuando te pedí que metieses un dedo más? —asintió Draco, mirándole con tanto cariño en los ojos que a Harry le dolió el pecho—. No quise proponértelo en ese momento porque no quería que te sintieses presionado a hacerlo o que dijeses que sí por el estar obnubilado por lo que estábamos haciendo y luego te arrepintieses pero, si tú quieres, me gustaría que lo hiciésemos. Del todo.

Harry tragó saliva, excitado. Aquel dedo inicial de días atrás se había convertido en dos en un par de encuentros después. Harry no se había equivocado en sus previsiones, aquel primer día que se habían besado, al suponer que aquello iba a suponerle mucho placer. Él también llevaba varios días considerando la idea de que Draco se lo hiciese o hacérselo él. La noche anterior, cuando Draco le había suplicado que introdujese un tercer dedo, la visión de su culo distendido apretándose alrededor de él, sus tres dedos moviéndose y haciéndose hueco y los sollozos de Draco, que había parecido a punto de correrse a pesar de que Harry ni siquiera le había tocado el pene todavía, le habían hecho desear ser él quien estuviese allí dentro provocándole todas esas sensaciones.

—Yo también quiero hacerlo —contestó Harry, tragando saliva, excitado con la idea.

—No tiene por qué ser hoy —se apresuró a aclarar Draco, que parecía un poco nervioso de repente—. Pero me gustaría que fuese en algún momento próximo.

—¿Quién lo hace primero?

—¿No escuchas, Potter? Te estoy diciendo que me gustaría hacerlo.

—Y yo te estoy diciendo que también quiero —insistió Harry. Draco abrió los ojos, comprendiendo—. No es necesario que sólo lo haga uno de los dos, ¿no?

—Claro que no. De acuerdo, entonces, lo echaremos a suertes para ver quién empieza y luego nos turnaremos en riguroso orden —bromeó Draco con una carcajada. Luego se puso serio de nuevo—. Esto último es broma, podemos hacerlo como más nos apetezca en cada momento y me parece bien si quieres ser tú el primero. Siento haberlo planteado así, sé que puede parecer poco romántico intentar negociarlo de esta manera. Otras veces lo hemos propuesto más en el acto, pero en este caso me pareció que…

—A mí me parece muy romántico que hablemos de esto, Draco. Me gusta que me lo hayas propuesto así. Tienes razón, es más adecuado decidirlo fuera del calentón del momento. Sobre quién empieza… Tú lo has propuesto, así que me gustaría hacértelo yo a ti la primera vez.

—Consideraré eso una promesa. Creo que deberíamos esperar a un momento en el que sepamos que vamos a tener mucho tiempo para ello. Quizá durante estas vacaciones. Ducharnos juntos y luego probar tranquilamente, sin presiones. Mientras tanto, seguimos teniendo dedos, ¿no? Tú todavía no has probado con tres y no quiero que te pierdas esa experiencia después de saber lo que se siente —murmuró Draco con la voz ronca de deseo.

—Me parece una idea genial —asintió Harry, sintiendo que los huevos le dolían de anticipación y que una sensación de mariposas volvía a instalarse en su estómago. Se inclinó para besar a Draco de nuevo, reafirmando sus palabras, antes de retirar el hechizo, sintiéndose culpable cuando todos sus compañeros se frotaron las orejas a la vez, incómodos.

A la mañana siguiente, mientras se vestían para bajar a desayunar, se dedicaron una sonrisa cómplice. Cumpliendo con el trato que habían hecho la tarde anterior, tras despertarse para realizar el hechizo de animagia habían limitado las caricias compartidas a aquellas a las que estaban habituados y Draco se había asegurado de que Harry disfrutase las mismas sensaciones que él con tres dedos, aprovechando el rato hasta el momento de comenzar a ducharse y prepararse para las clases para relajarse. Haber decidido que en algún momento de los siguientes días iban a acostarse había instalado un sentimiento de anticipación en el estómago de Harry, que se sentía como un niño pequeño ilusionado por la proximidad de la Navidad y los regalos. Suponía que Draco estaba igual de deseoso, porque podía ver en sus ojos la misma chispa de ilusión y nerviosismo que había en los suyos.

Salieron del dormitorio cuando Michael golpeó la puerta para avisarlos y bajaron en grupo al desayuno, bromeando sobre el partido de quidditch que había enfrentado a Slytherin y Ravenclaw esa tarde y que había provocado que Draco y Michael discutiesen sobre las tácticas de los capitanes de ambos equipos cada vez que tenían oportunidad. El colegio entero bullía de excitación. Era jueves y el último día de clases del trimestre. El Expreso de Hogwarts saldría con todos los alumnos el viernes a primera hora de la mañana, pero ellos nueve terminaban sus clases el jueves a medio día y utilizarían la Aparición para regresar a sus casas ese mismo día tras comer todos juntos en Hogsmeade.

Sólo Draco y él se quedarían en Hogwarts. Además, habían averiguado que poca gente lo haría aquel año. Draco sólo se había quedado en el castillo en escasas ocasiones por las fechas, una de ellas durante las Navidades de cuarto año por el Yule Ball pero Harry, para animarlo, le había contado entusiasmado cómo la magia envolvía al castillo cuando parecía prácticamente deshabitado y todas las posibilidades de explorarlo con el Mapa del Merodeador y la Capa de Invisibilidad que se abrían ante ellos.

Sin soltar la mano de Harry, que se limitó a escuchar con interés la conversación mientras pensaba en lo mucho que echaba de menos jugar un partido de quidditch de verdad, Draco pasó todo el trayecto hasta el Gran Comedor hablando con Michael y Dean de formaciones y lanzamientos hasta que se sentaron en la mesa para desayunar.

—Es para ti. —dijo Harry, señalándole la diminuta lechuza que, entusiasmada, daba saltitos de emoción delante del plato de Draco, impidiendo que Harry le desatase la carta que llevaba en la pata.

Draco le miró extrañado, alzando luego la mirada hasta los ventanales del techo, por donde seguían entrando lechuzas. No las había prestado atención desde hacía varios días, cuando envió una carta a su madre informándole, con el máximo tacto que había podido, de que no iría a pasar las Navidades a casa mientras la actitud de su padre no cambiase. No había llegado respuesta, aunque Draco había asegurado que probablemente su madre lo entendería y que esperaba que pudiera encontrar una manera de verle a solas en algún momento.

—No puede ser, Potter, es la lechuza de Weasley —murmuró Draco, sin poder evitar hacer un gesto de desagrado ante aquella pelota excitada de plumas que parecía haberse tomado una dosis doble de poción energizante.

—Pero te está ofreciendo la carta a ti —constató Harry con paciencia. Había intentado coger el sobre pensando que sería para él, pero Pig había dado un par de saltitos hacia atrás para impedírselo—. Sólo cógela —le insistió, ofreciéndole a la pequeña lechuza un terrón de azúcar, que esta aceptó encantada.

—¡Pero no le des azúcar, Potter! —le riñó Draco dándole un golpe en la mano para impedírselo. Pig ululó, indignado por el gesto—. Lo que le hacía falta a esa lechuza es más energía.

Draco desató la carta de la lechuza, que revoloteó por encima de Harry unos segundos más antes de marcharse. Draco miró el sobre, perplejo, cuando un enorme búho real que le resultaba muy familiar a Harry dejó caer otro sobre, este de color rojo, delante de él, sin llegar a posarse encima de la mesa antes de remontar el vuelo y salir del Gran Comedor.

—Sí que estás solicitado hoy —murmuró Harry quien, a pesar de sus palabras, no pudo ocultar del todo de preocupación en la voz—. ¿Es tu madre?

—No… —Draco miró fijamente la carta. Había reprimido el impulso inicial de cogerlo y salir corriendo como la vez anterior y, por un segundo, estaba arrepintiéndose—. Mi padre.

—Un vociferador —comprobó Harry, retirando la silla hacia atrás con un empujón—. ¿Nos vamos? Si echamos una carrera, estaremos a suficiente distancia cuando…

—Da igual —dijo Draco, tomando la carta y tirándola a un lado con desprecio. Esta empezó a arder lentamente por las esquinas—. Que se desahogue. No hay nada que pueda decir que deba afectarme.

—Como quieras. Yo estoy contigo. —Harry le cogió la mano por encima de la mesa y Draco le devolvió el apretón, agradecido. El resto, que se habían dado cuenta de lo que ocurría, les miraban con interés e intriga—. Es un vociferador de su padre. No creo que vayamos a oír cosas agradables —les aclaró Harry, creyendo que era mejor ser previsor, mirando a Draco para saber si estaba haciendo bien. Este asintió aprobadoramente, pero estaba serio.

—ERES UNA GRAN DECEPCIÓN PARA EL APELLIDO DE NUESTRA FAMILIA… —comenzó el sobre unos segundos después, cuando la temperatura fue demasiado alta. Harry apretó la mano de Draco, que levantó la barbilla, orgulloso e impertérrito, mientras el sobre seguía vociferando. Harry dejó de escuchar cuando el apellido de los Greengrass y la humillación que había supuesto la relación de ellos dos para ambas familias salieron a relucir. Todos sus compañeros en la mesa se habían callado en un silencio sepulcral, mirando al sobre con cara de repugnancia—. …EL COMPORTAMIENTO QUE SE ESPERA DE UN DIGNO HEREDERO MALFOY Y EL CUMPLIMIENTO DE TUS DEBERES PARA PERPETUAR NUESTRA SANGRE Y LOS IDEALES QUE…

Harry miró a su alrededor, evaluando las reacciones del resto del colegio. En las demás mesas los alumnos se dividían entre mirar desconcertados y desviar la atención, ignorándolos cuidadosamente. Ginny susurraba enfurecida algo a Dennis y cuando encontró la mirada de Luna, esta tenía los labios apretados. En la mesa de los profesores, todos estaban mirando en su dirección y, a pesar de la distancia, Harry creía ver un gesto de desaprobación en el rostro de McGonagall.

—POR SUPUESTO, SEGUIRÁS SIN RECIBIR UN GALEÓN HASTA QUE ENTRES EN RAZÓN. ¿ES ESA LA VIDA QUE ESPERAS MANTENER?

—Nadie piensa que esto sea vergonzoso para ti, Draco —susurró Harry, esperando que Draco le hubiese oído. Le apretó la mano con más fuerza, entrelazando sus dedos con los de él. Draco le miró un segundo, esbozando una sonrisa apretada, pero con los ojos serenos.

—TE CONMINO A REGRESAR A MALFOY MANOR PARA COMPROMETERTE CON TUS OBLIGACIONES ANTES DE TERMINAR EL AÑO O SERÉ YO QUIEN VAYA A ESE CASTILLO DONDE TE ESCONDES A RECORDÁRTELAS.

El sobre ardió una última vez con una violenta llamarada, consumiéndose en cenizas. Tragando saliva, Draco soltó la mano de Harry, sacó la varita y las desvaneció con un movimiento hábil. El silencio que se había generado cuando la carta se silenció duró un par de segundos más antes de que el murmullo de las conversaciones interrumpidas se retomase, llenando el Gran Comedor de algarabía poco a poco, aunque en su mesa todos siguieron serios y callados.

—¿Estás bien? —preguntó Harry en un murmullo.

—Lucius es más imbécil de lo que yo creía si pensaba que esto iba a surtir algún efecto —declaró Draco en voz alta, dejando la varita a un lado antes de servirse, con tranquilidad y elegancia, más huevos con beicon—. No es precisamente que haya conseguido transmitir el espíritu navideño. —Mirando al resto con una ceja levantada, añadió—. Supongo que a vosotros tampoco os ha convencido, ¿verdad?

—Draco… —dijo Justin, con aspecto de dudar entre seguir la broma de Draco o hablar en serio. Acabó decantándose por lo segundo—. Con perdón, pero tu padre es gilipollas.

—No es necesario que te disculpes, Finch-Fletchley; no puedo pelear contra la evidencia que él mismo ha querido difundir a voces —bromeó Draco con tono amargo. Harry le puso la mano en la rodilla, consciente de que, a pesar de su fortaleza y de lo decidido que estaba a separarse del camino de su padre, no debía resultarle fácil—. ¿Te importaría si le contesto que prefiero cenar contigo y con tus padres muggles el resto de mi vida que volver a sentarme a la misma mesa que él?

—Hazlo, joder. Y ojalá poder ver su reacción al leerlo —masculló Justin con tono feroz.

—Eres muy valiente, Draco —le felicitó Morag, también seria— No es fácil enfrentarse a la familia. Siento mucho que tengas que pasar por eso.

—Si te sirve de consuelo, dudo que ahora mismo haya más de uno o dos idiotas que todavía se crean estas tonterías de tradiciones sangre pura en esta sala, Draco —dijo Neville, que tenía los labios fruncidos en una mueca de desagrado—. Creo que si tu padre esperaba que quienes escuchásemos esto nos riésemos de ti o te empujáramos hacia él, es que vive en una nube.

—Sólo hay que ver cómo ha reaccionado el resto —apostilló Dean, que había entrecerrado los ojos en una mirada fiera y todavía oteaba el resto de mesas—. A la gente… bueno, le ha dado lo mismo. La mayoría ha puesto los ojos en blanco y ha seguido con su vida. Cotillearán sobre esto unos días y luego lo olvidarán. Las palabras de tu padre no tienen cabida aquí dentro, me temo.

—Eso me tranquiliza más de lo que puede parecer —admitió Draco, suspirando profundamente—. Sé que debería darme igual pero…

—No debería darte igual, Draco —dijo Hermione, inclinándose por delante de Harry para ver mejor a Draco—. Recuerda lo que hemos hablado alguna vez. Hogwarts es el motor del cambio. Una generación que ha vivido una guerra y no desea comenzar otra, sólo sanar.

—Tu padre podrá intentar pelear todo lo que quiera, pero antes o después deberá aprender a vivir en una sociedad donde sus ideas no tienen cabida si no queremos otra guerra que termine con todos nosotros de una vez por todas —afirmó Ernie, apoyando las palabras de Hermione. Harry

—Gracias por vuestro apoyo, chicos —dijo Draco, apretando los labios en una sonrisa cortés y serena que Harry sabía que ocultaba un torbellino de emociones. Deseando que fuesen buenas, le apretó durante un segundo la rodilla que le estaba acariciando para llamar su atención y le dirigió una sonrisa alentadora cuando le miró—. Es… significa mucho para mí, de verdad.

—Estamos juntos en esto. Los nueve —le recordó Justin, asintiendo con una sonrisa sincera.

—Draco… —Este miró a Michael, que parecía avergonzado—. No… no sabíamos que tus padres no te estaban pasando dinero.

Harry recordó que, en su momento, habían encargado a Michael de gestionar el dinero que todos ponían en común para las compras de los suministros de la sala común porque él y Morag eran los que más a menudo bajaban a Hogsmeade. Harry no solía pensar en ello porque él no había vuelto a bajar al pueblo a comprar provisiones y siempre le había entregado el dinero a Hermione, que era la persona más discreta que había conocido nunca.

—No tiene importancia —interrumpió Draco, cortante.

—Pero la comida de hoy... —insistió Michael, pareciendo abochornado—. Si quieres, entre todos podemos…

—No es necesario. Potter lo ha estado poniendo por mí, incluida la comida de hoy —admitió Draco de mala gana.

—De acuerdo —asintió Michael, comprendiendo que le estaba incomodando.

—De todos modos, si necesitas algo, sólo tienes que pedirlo —señaló Dean—. Por cierto, hablando un poco de todo… ¿habéis visto el horroroso sombrero que lleva hoy Madame Pince? Debería estar prohibido en todos los condados, por Merlín —añadió cambiando de tema. Draco suspiró con alivio y le dirigió una sonrisa de agradecimiento que Dean correspondió con un guiño cómplice.

El resto comenzó a charlar más animadamente y Harry recordó la carta que había llevado Pig.

—Te confieso que me muero de curiosidad por saber qué te quiere decir Ron —admitió Harry, señalándosela.

Draco le miró con un gesto de desconcierto antes de recordar a qué se refería. Limpiándose las manos en la servilleta y frunciendo el ceño, la cogió y abrió sin miramientos.

—Ten. —Draco le pasó una nota garabateada con la letra de Ron que había leído rápidamente antes de desplegar la carta. Harry leyó cómo Ron le pedía disculpas a Draco en nombre de su madre, asegurándole que todos entendían su decisión, pero que Molly había insistido en escribirle—. ¿Todos los Weasley son así?

—¿Qué dice? —preguntó Harry, aunque empezaba a sospechar qué podía querer Molly de Draco en ese momento.

—Léela tú mismo, si quieres —dijo Draco entregándole la carta e inclinándose para sacar pergamino y pluma de la mochila y apartando los platos para hacerse sitio, escribiendo rápidamente—. Y termina de desayunar, debemos darnos prisa; si no, no llegaremos a tiempo a clase después de pasar por la lechucería.

Harry leyó la carta.

«Estimado Draco Malfoy,

Mi hijo Ronald ha tenido a bien comentarme que Harry se quedará en Hogwarts durante las vacaciones haciéndole compañía. Me ha pedido que respete su decisión y no me entrometa en lo que, según me ha informado, es su relación de pareja.

Tengo que admitirle que para mí Harry es un hijo más. Me llena de orgullo que crezca, como han hecho todos los demás, madure y busque su camino. Eso implica, claro, que busque a personas con las que compartir su vida y cariño. Cometí en una ocasión el error de juzgar la idoneidad de la persona elegida por uno de mis hijos más mayores al sentir que me estaba desplazando en mi papel como madre, pero puedo asegurarle que eso no va a volver a ocurrir. Si Harry considera que es usted la persona más adecuada para él, para mí también lo será.

Sin embargo, ese cariño que le profeso a Harry hace que, aunque entienda su deseo de permanecer en Hogwarts junto a usted, le escriba esta carta con ánimo de suplicarle. Amo tener a mi familia reunida en estas fechas. Una familia que por las circunstancias de esta horrenda guerra que intentamos dejar atrás tiene huecos irremplazables y que sigo necesitando a mi alrededor más que nunca, aunque sea con la excusa de una fecha en el calendario.

No sé escribir invitaciones formales como seguramente usted haya visto en muchas ocasiones en las celebraciones de sus casas solariegas, pero sí puedo hablarle con el corazón. Me gustaría tener a Harry conmigo en las fiestas y que usted también me honrase con su presencia. Deseo conocerle, compartir mi casa y mi cena con la persona que mi hijo ha elegido para entregarle su amor.

Por favor, considérese formalmente invitado a cenar con nuestra familia, la que espero que considere algún día como suya.

Con afecto, Molly Weasley».

—Nunca… nunca había visto a Molly escribir una carta así —musitó Harry, con los ojos empañados de la emoción por el cariño hacia él que destilaba la carta.

Sabía que Molly le quería como a un hijo, pero verlo plasmado en aquella carta, donde la mujer había intentado ser cortés y formal creyendo que así Draco la comprendería mejor, hizo que sintiese un nudo en el pecho. Ver que estaba dispuesta a aceptarles tanto a él como a Draco sin reservas ni condiciones, hasta el punto de escribir una carta de súplica como aquella, era uno de los gestos más bonitos que habían hecho por él nunca. Sin embargo, no quería que Draco se sintiese obligado a responderla o acceder a sus deseos y temía que Molly se hubiese extralimitado en su papel de madre adoptiva.

—Lo siento mucho, Draco. Te aseguro que Molly no lo ha hecho con mala intención, le escribiré para explicarle que es una decisión meditada y hablaré con ella para que comprenda por qué no debe presionarte así —murmuró Harry, un poco abochornado, devolviéndole la carta. Draco le miró con cara extraña, doblando el pergamino que había escrito y levantándose—. ¿Dónde vas?

—Dónde vamos, Potter —le corrigió Draco, dándole un par de golpes impacientes en el hombro para que se levantase de la silla—. A la lechucería, tengo que enviar esto a la señora Weasley.

—Pensaba que preferirías que hablase yo con ella…

—Soy adulto, Potter —dijo Draco muy serio, instándole a levantarse de nuevo y caminando hacia la puerta sin esperarle. Harry cogió la mochila y corrió para alcanzarle—. Y me ha escrito una invitación formal, soy yo quien debe responder. Muy educada, he de decirlo. Aunque espero que cuando vayamos a comer en Navidad esté dispuesta a tutearme, sería muy incómodo que me tratase de usted toda la noche.

—¿Qué? —balbuceó Harry, aturdido, intentando mantenerle el paso. No sabía en qué momento se le había escapado la situación y le parecía como si las cosas estuviesen ocurriendo al margen de él.

—Cenaremos en la casa de los Weasley en Nochebuena, pasaremos la noche allí y comeremos con tu familia en Navidad antes de volver a Hogwarts —le explicó pacientemente Draco, con media sonrisa satisfecha al ver los ojos de Harry abrirse de la sorpresa. Se paró en medio del pasillo, mirándole a los ojos con cariño—. Tiene razón, Harry. Tú eres su hijo adoptivo. No puedo ser egoísta y quitarle a parte de su familia en una fecha tan importante para ella. Y tampoco puedo privarte a ti de estar con ellos. Os necesitáis.

—Draco —susurró Harry con la voz estrangulada por las lágrimas que amenazaban con derramarse por sus mejillas, sin saber qué decir.

—Has escuchado lo que tenía que decirme mi padre. Las amenazas que ha empleado para exigirme que vuelva a casa y acceda dócilmente a sus planes —dijo Draco con seriedad. Alzó la mano y acarició la mejilla de Harry con ternura—. Molly Weasley me ha escrito para decirme que te quiere mucho y que está dispuesta a quererme a mí también. Sé que mi autoestima no es todo lo fuerte que debería de ser, Harry, pero tengo claro qué es lo mejor para mí en este momento. Puedo ver la diferencia. Y conste que estoy siendo egoísta reteniéndote conmigo aquí el resto de las vacaciones, no creas que vas a escaparte de mí.

—No pasa nada si no vamos, Molly lo entenderá si se lo explico, estoy seguro de ello.

—Tampoco pasa nada porque vayamos. Y sí, te quiere tanto que lo entendería, pero también sé que sufriría innecesariamente por ello. Además —un brillo malicioso brillo en los ojos de Draco—, estoy seguro de que encontraré la manera de que mi padre se entere.

—No lo harás por eso, ¿verdad? —se escandalizó Harry, frunciendo el entrecejo.

—Por supuesto que no, Potter, no seas absurdo —negó Draco con una sonrisa, dándole un beso antes de volver a caminar, tirando de él. Harry lo siguió, más tranquilo—. Pero iremos a pasar un día entero con tu familia y cuando volvamos, lo haremos como conejos en tu cama hasta que no puedas mover los músculos en agradecimiento por mi infinita magnanimidad.

—Me gusta el plan —admitió Harry, con una sonrisa.

—A mí también. Aunque preferiría no tener que esperar a Navidad, no es necesario hacer un voto de castidad.

—Me parece genial. Eres un poco mandón, pero tus planes merecen la pena —bromeó Harry, entrelazando su mano con la de Draco.

—Por supuesto, Potter.

Aceleraron el paso, preocupados por no llegar a tiempo a la primera clase de la mañana. Al llegar a la lechucería, mientras Draco estaba eligiendo a una de las aves y atándole la carta a la pata, Harry se asomó a una de las terrazas, contemplando el cielo grisáceo y lleno de nubes que amenazaban lluvia.

—¿Con decirle a la lechuza que busque a Molly Weasley bastará?

—Dile que vaya a La Madriguera, directamente. No tiene pérdida —contestó Harry, distraído.

—Hecho. Podemos irnos —dijo Draco unos segundos más tarde, detrás de él. Harry sintió el revoloteo de la lechuza al lado de su cabeza y la observó perderse en el horizonte—. Potter, llegaremos tarde, ¿qué ocurre?

Harry señaló el cielo, cubierto de nubarrones negros al este. Distraído por las cartas, esa mañana no había mirado el techo del Gran Comedor y no se había fijado en que el día se había levantado encapotado de nubes grises y plomizas. La noche anterior, Hermione había especulado sobre si nevaría antes de Navidad, ya que en Hogwarts las primeras nevadas habitualmente llegaban mucho antes y aquel año estaban retrasándose, pero el resto habían sido escépticos porque el otoño estaba siendo poco lluvioso. Sin embargo, ahí estaba, una enorme espiral de nubarrones negros cargados de agua que se movía perezosa y pesadamente por el cielo.

—Eso no son nubes de nieve —dijo Draco, comprendiendo qué quería decirle sin necesidad de más. Un breve destello entre las nubes lejanas las iluminó durante una décima de segundo, confirmando las sospechas de Harry—. El viento se mueve hacia acá. Acabarán encima de nosotros.

—Son enormes, aunque tarden en llegar va a caer un buen chaparrón —murmuró Harry, intentando calcular mentalmente la distancia cuando el sonido lejano del trueno les llegó.

—Basta con que sea eléctrica, llueva o no —le recordó Draco, que había empezado a respirar agitadamente.

—Podríamos hacerlo —dijo Harry, volviéndose hacia él y abrazándole para tranquilizarle a pesar de que él mismo se sentía en una montaña rusa de emociones—. No creo que volvamos a tener una oportunidad como esta hasta el verano. Pero Draco, sólo si estás seguro, podemos esperar a que…

—Estoy preparado, Harry —contestó Draco, interrumpiéndole con impaciencia—. Habría que buscar un aula vacía. Joder, deberíamos haber pensado en eso durante estas semanas en lugar de perder el tiempo lamentándonos porque no lloviese en todo el otoño.

—Tranquilo, hay cientos de aulas, buscaremos una con el mapa, no te preocupes.

—Y deberíamos avisar a alguien para que no nos busquen e interrumpan. O para que vengan en nuestra búsqueda si algo sale mal. Quizá Hermione podría…

—Draco —dijo Harry, reconociendo los primeros síntomas de un ataque de ansiedad y cogiéndole de los hombros para hacer que este le mirase a los ojos.

—No deberíamos mover la poción en tanto no estemos seguros —murmuró Draco en retahíla, sin escucharle, cada vez más nervioso.

—Draco, escúchame —dijo Harry más fuerte. Draco reaccionó, mirándole con los ojos desorbitados—. Todo va a salir bien. Estamos más que preparados.

Draco siguió mirándole fijamente durante un minuto que a Harry se le hizo eterno. Harry respiró profundamente, marcándole el ritmo a Draco. Cuando por fin se hubo tranquilizado, Harry le sonrió alentadoramente.

—Sólo si estás seguro.

—Lo estoy —dijo Draco, asintiendo con la cabeza.

—Puedo mandar un patronus a Hermione diciéndole que es el momento. Entenderá a qué me refiero. Tenemos clase con McGonagall, en cuanto vea que hay tormenta, comprenderá qué estamos haciendo y no hará preguntas incómodas —propuso Harry.

—De acuerdo —asintió Draco.

Harry no tuvo ocasión de sacar la varita. Un gato hecho de hilos de plata llegó trotando hasta ellos. Sentándose y acicalándose con una pata, habló con la voz de McGonagall.

—Aula 31 del tercer piso, junto a las escaleras que conducen a la torre de Gryffindor.

—¡Vamos! —le urgió Harry, pero no hubiera sido necesario. Gracias a sus piernas más largas, Draco le adelantó corriendo por la derecha. Con la adrenalina corriéndole por las venas, Harry corrió tras él lo más rápido que podía, derrapando al girar las esquinas y bajando los escalones a saltos.

—¡No te mates ahora, Potter! —le gritó Draco antes de aullar de excitación con un grito salvaje de euforia que provocó caras de desaprobación en uno de los fantasmas que cruzaba por el pasillo.

Harry rio a carcajadas e hizo un esfuerzo para correr más rápido; alcanzándole, agarrándole la mano al paso y tirando de él al sobrepasarlo. Draco se dejó llevar, aullando de nuevo y acelerando para volver a adelantar a Harry. Llegaron jadeando al lugar donde les había citado McGonagall, que les esperaba sentada junto a la puerta en su forma animaga. Cuando los vio llegar, observó a ambos lados del pasillo y recuperó su forma humana. Apoyándose en las rodillas, Harry intentó recuperar el aliento.

—Deduzco por la sonrisa de sus rostros que van a intentarlo. —Harry asintió, todavía sin aliento, sujetándose el costado con una mano—. Lo suponía. He pensado que sería oportuno que yo conociese el lugar donde van hacerlo, así que he acondicionado un aula para su comodidad, si les parece bien —dijo McGonagall. Harry pensó que la profesora no cabía en sí de orgullo.

—Muchas gracias —jadeó Draco, todavía intentando recobrar el aliento—. Mejor en un aula vacía que en el dormitorio o en la sala común.

—Imagino que lo tienen todo controlado. ¿La poción ha sido resguardada de cualquier rayo de sol? ¿Han realizado puntualmente el hechizo dos veces al día y sentido el doble latido? —Harry y Draco asintieron con vehemencia. McGonagall asintió, felicitándoles—. Todo parece en orden, entonces. Señor Malfoy, tengo entendido que consiguió usted el patronus corpóreo.

—Algún día tendrá que contarme cómo averigua todas esas cosas, Minerva —dijo Harry, conteniendo una carcajada. La directora sonrió brevemente, aceptando la broma.

—Hace semanas —asintió Draco—. Y estoy seguro de que se corresponderá con mi forma de animago, he podido vislumbrarlo durante el doble latido.

—Deduzco que sus palabras quieren decir que han valorado que eso no pueda ser así —dijo McGonagall, mirando a Harry por encima del puente de sus gafas.

—Sí —confirmó Harry, que no había conseguido ver la forma de su animal tan claramente como Draco, pero estaba convencido de que no era un ciervo astado—. Tengo bastantes dudas sobre que vaya a ser un ciervo o algo similar, aunque creo que sí es un mamífero mediano.

—En ese caso, es importante que se centre en dejar la mente en blanco, señor Potter —le advirtió McGonagall. Harry asintió, llevaba semanas practicando hacerlo por consejo de uno de los manuales mientras hacían el hechizo.

—Necesitarán preparar el material, imagino.

—Tenemos que ir a recoger la poción —confirmó Draco, volviendo a mostrar síntomas de ansiedad— Está en nuestro dormitorio, en el ala este. Traerla hasta aquí llevará un buen rato.

—Tienen tiempo. Calculo que la tormenta tardará una hora en llegar aquí. No les pediré que tengan cuidado —la voz de McGonagall se tiñó de preocupación—, porque una vez llegados a este punto, no hay precaución posible. O lo consiguen o no lo hacen. Pero quiero que sepan que cuento con ustedes y estoy muy orgullosa del que ya considero su éxito seguro.

—Estamos preparados —aseguró Harry.

—Muchas gracias, profesora —dijo Draco, dando la mano de Harry en una silenciosa petición de apoyo. Harry le correspondió con un apretón, tranquilizándole.

—Estoy totalmente segura de ello. Conociendo su tendencia a flexibilizar las normas —añadió en tono de conspiración y taladrándolos con la mirada—, sospecho que quizá no estén dispuestos a hacer esto público, por lo que después de las vacaciones no mantendremos una conversación sobre los aspectos legales de la animagia y, como la edad no perdona, podré olvidar las cosas que crean oportunas. Así tendrán tiempo de meditar cuidadosamente su decisión durante el tiempo de descanso; ahora despreocúpense de ello y céntrense en seguir el orden de los pasos correctamente.

—Sí, profesora —asintieron ambos. McGonagall les tendió una llave dorada que Draco se apresuró coger con la mano que tenía libre, pero la directora no se movió, estudiándoles detenidamente con la mirada.

—Son ustedes, junto con sus compañeros de clase, mis alumnos más prometedores de este curso. —Harry miró a Draco y vio la misma emoción en sus ojos que él sentía en el pecho. La profesora no era muy dada a los halagos y este era el segundo que les hacía en un minuto—. Espero grandes cosas de ustedes. De los nueve que regresaron. Esta sólo es la primera de ellos.

—Las haremos —prometió Harry, parpadeando para contener las lágrimas y sintiéndose un poco blando con tantas emociones—. Cada uno a su manera, todos estaremos a la altura.

—No me cabe la menor duda. —McGonagall carraspeó, aclarándose la voz y continuó con tono más aséptico—. Estaré dando clase a sus compañeros o en mi despacho. La contraseña es «verruga de cerdo». Por favor, búsquenme cuando hayan terminado el proceso. Sé que cuando lo hayan conseguido querrán pasar un buen rato cambiando de forma y disfrutando de la sensación, así que intentaré no preocuparme hasta que hayan pasado varias horas, pero no se olviden de informarme.

—Por supuesto, profesora —dijeron Harry y Draco a la vez.

—Señor Malfoy. —McGonagall miró por encima de sus gafas a Draco, intensamente—. Le advertí al principio del curso que Hogwarts siempre ayudaría a quien lo necesitase. No he podido evitar oír las… amables palabras de su padre. Recuerde que es usted adulto y que el castillo está a su disposición. Nadie podrá traspasar sus protecciones sin mi autorización expresa.

—Muchas gracias, directora —dijo Draco, emocionado.

—Perfecto, entonces. Harry, Draco… Mucha suerte a los dos.

McGonagall se transformó en gato, mirándolos durante un segundo más antes de guiñarles un ojo y trotar en dirección al piso inferior. Harry se volvió hacia Draco, cogiéndole también la otra mano antes de empezar una lista de las cosas que necesitaban.

—La poción.

—Ropa cómoda —le recordó Draco, asintiendo—. Cuanta menos, mejor. El uniforme tiene demasiadas capas, mejor un pantalón y una camiseta solamente.

—Y la varita —asintió Harry—. ¿Algo más?

—La capa y el mapa para volver hasta aquí. No quiero miradas indiscretas.

—De acuerdo.

Se apresuraron a volver a la habitación y cambiarse. Mientras Draco trazaba sobre el Mapa del Merodeador la mejor ruta a seguir para llegar más rápido, Harry sacó el cofre de madera donde habían guardado la poción, resistiendo la tentación de abrirlo a pesar de que cada vial estaba cubierto por la tela de la bolsa en la que lo habían guardado. Envolviéndose en la Capa de Invisibilidad, pegados el uno al otro, caminaron de nuevo hasta el tercer piso, esta vez con paso lento y cuidadoso, intentando transmitir el mínimo movimiento posible al cofre de las pociones. Draco, que era quien lo había cogido al salir de la habitación, se la pasó a Harry cuando las manos volvieron a temblarle por culpa de los nervios.

—Eh… eh… espera, Draco… —Harry le instó a parar al darse cuenta de que el temblor se incrementaba.

—No debemos entretenernos, Potter —dijo Draco. Harry lo ignoró y lo abrazó con la mano que tenía libre, atrayéndole hacia sí y besándole la coronilla.

—Trata de respirar profundamente, Draco. Podemos esperar unos minutos, pero necesito saber que tú estás bien, eso es lo más importante —murmuró Harry, intentando respirar él también y relajándose a la vez que lo hacía Draco.

—Estoy bien. Únicamente… un poco nervioso.

—Yo también —admitió Harry, apretando los labios en una sonrisa estresada—. Pero podemos parar un momento y respirar.

Se quedaron así, medio abrazados durante un par de minutos, acompasando sus respiraciones antes de seguir el camino hacia el aula. En total, les llevó más de una hora realizar todo el trayecto, pero una vez en el aula todavía tuvieron que esperar un rato más. Cerraron la sala con llave por dentro, asegurándose así de que nadie les interrumpiría accidentalmente. El aula era enorme, más grande que muchas de las que había visto Harry a lo largo de todos aquellos años y estaba en penumbra debido a que la luz que entraba por los grandes ventanales era escasa por lo encapotado que estaba el cielo. En el resto del castillo habían encendido las antorchas, pero allí estaban apagadas. El suelo estaba cubierto de una mullida alfombra que cubría dos tercios de la sala. Harry se descalzó, dejando las zapatillas en la puerta, cuando vio que Draco hacia lo mismo antes de caminar hasta el centro del aula.

—Hay espacio de sobra —constató Draco, que también estaba evaluando el aula con ojo crítico—. Puedes dejar el cofre en el suelo, justo aquí. Todavía tenemos tiempo, aún no es el momento adecuado.

Harry obedeció. Dobló la capa con cuidado y la dejó en un rincón junto a su jersey, que se había quitado para quedarse en camiseta. Se giró con agilidad para atrapar en el aire el jersey que Draco le estaba lanzando. Después se acercó a él, que se había apoyado en uno de los ventanales, mirando hacia fuera y le abrazó por detrás. Draco se recostó contra él y Harry frotó la nariz en su pelo, deleitándose en el aroma a iris y violetas, que tuvo un efecto calmante en sus nervios. Poniéndose de puntillas para ver por encima de su hombro, miró también por la ventana, contemplando el paisaje y el cielo.

—Ya ha empezado, pero todavía no ha cogido toda la fuerza posible. Va a desatarse aquí arriba, justo encima de nuestras cabezas —musitó Draco, impresionado cuando un rayo iluminó la estancia, deslumbrándoles por unos momentos. Harry contó los segundos en silencio hasta que el trueno retumbó, pero Draco se adelantó—. Está a menos de un kilómetro.

—No tardará mucho en llegar.

—Estoy nervioso —confesó Draco. Harry le estrechó más fuerte. Él también sentía esa sensación de vértigo en el estómago—. Sé que todo va a salir bien, pero estoy nervioso.

—Yo también. Supongo que es normal estarlo, dado lo que vamos a hacer. No te preocupes, Draco, todo saldrá bien. Lo vamos a conseguir juntos, como tantas otras cosas.

—Estoy deseando ver tu forma animaga, Harry —dijo Draco, girándose hacia él dentro de sus brazos y hundiendo los dedos en su pelo, aspirando el perfume de rosas de Harry con fruición.

Sintiendo la tentación de preguntar, Harry se mordió la lengua. No debía hacerlo, ni siquiera a sí mismo, si quería que el hechizo funcionase correctamente. Ya había estado segurísimo de que no sería un ciervo tras haber visto la forma del patronus de Draco. Sabía que su instinto había estado acertado pero, durante el hechizo de animagia, cuando se suponía que podría vislumbrar la forma en la que iba a convertirse, esta se le había escurrido. Podía afirmar que tenía cuatro patas y rabo, de tamaño similar a un mamífero mediano, pero la incertidumbre sobre en qué animal se convertiría le abrumaba. Draco al menos tenía una idea de qué esperar y no importaría tanto si su mente se desviaba en el momento del hechizo hacia esa forma, pero él debía tener cuidado de no sugestionarse o su mente podría interactuar con el hechizo de manera negativa y causar un desastre.

Permanecieron en un cómodo silencio mirando por la ventana mientras respiraban profundamente para relajarse y contemplaban cómo la tormenta crecía y se acercaba. Otro relámpago. Un trueno que les ensordeció, haciendo vibrar el cristal del ventanal, que emitió un sonido quedo de diapasón. Otro relámpago e inmediatamente un rayo que cayó en las copas de los árboles del bosque prohibido y, casi al instante, sus truenos mezclándose con más relámpagos en una sucesión de ruido que reverberó en el aula con fuerza.

—Ha llegado la hora —murmuró Draco ominosamente, deshaciéndose de su abrazo y empezando a caminar hasta el centro de la habitación. Harry le sostuvo un momento de la muñeca. Draco lo miró, sorprendido, antes de darse cuenta de lo que pretendía Harry. Acercándose, este le dio un beso en los labios, acariciándole las mejillas cariñosamente—. Buena suerte, Harry.

—Buena suerte, Draco.

Abrieron el cofre y extrajeron cada uno su saquito. Se separaron intentando quedar a la misma distancia entre ellos que del resto de las paredes, para aprovechar mejor el espacio disponible de la sala. Harry desató su bolsa y extrajo el frasco de la poción. Lo examinó con ojo crítico, levantándola a la escasa luz de la sala.

—Rojo sangre —informó a Draco en voz alta.

La falta de luz le daba matices negros, pero Harry supo que había funcionado. Intercambió una mirada con Draco, que estaba haciendo lo mismo. Al verle asentir con cara seria para confirmarle que la suya también tenía el color correcto, Harry supo que había llegado el momento crucial.

La tormenta rugió encima del castillo, desatándose con tanta fuerza e intensidad que los muros de piedra se estremecieron y retumbaron. El color rojo carmesí de la poción destelló a la luz de los relámpagos y los rayos. Harry destapó el vial y cerró los ojos con fuerza, concentrándose en dejar la mente en blanco. Oyó la voz de Draco, lejana por la reverberación de los truenos y el golpeteo del agua contra los cristales, recitando cadenciosamente el hechizo y se dio dos segundos más de margen para no distraerle solapándose con él. Cuando Draco guardó silencio, Harry se apuntó con la varita al pecho, con la poción preparada en la otra mano, y apretó la punta contra su corazón. Un relámpago lo deslumbró a través de los párpados cerrados.

Amato animo animato animagos —recitó Harry con voz clara, vocalizando lo más claramente que pudo.

No esperó a sentir el segundo latido, tragándose rápidamente la poción que, a pesar de su aspecto, no sabía a sangre. De textura espesa, como un puré, se deslizó por su garganta dejándole una sensación de picante en la base de la lengua y el paladar. Un segundo latido estalló en su pecho al mismo tiempo que el trueno hacía vibrar el suelo. Un latido de su corazón, seguido por otro segundo latido, hizo que su cabeza chillara de dolor y su pecho pareciera expandirse. Intentando mantener la mente en blanco, Harry inspiró profundamente para aliviarlo. El olor del iris y las violetas que inundaba el aula, mezclado con las rosas rojas de su perfume, contribuyeron a que Harry pudiera despejar la mente de todo pensamiento.

Un tercer latido del hechizo entre dos más de su corazón le hizo caer de rodillas y el pecho también empezó a dolerle. Intentando no pensar en que a partir de ese momento la transformación era irreversible, Harry boqueó en busca de aliento. Un cuarto latido le mareó, haciéndole sentir como si flotase en el aire. Su cabeza se inundó de un olor muy familiar, distinto del perfume que había percibido unos segundos, quizá minutos, antes. Inspiró con fuerza, buscando identificar el olor e intentando abrir los ojos para localizarlo, pero la poción debía interferir con sus sentidos, pues no era capaz de oler ni ver nada que no estuviese en su cerebro.

Un jadeó que había oído decenas de veces y que relacionaba con Sirius resonó en sus oídos y la imagen de un perro apareció como un flash en su mente. Una, dos, tres veces. A la cuarta, la imagen se grabó en su cerebro y Harry se concentró en ella, aprendiéndose todos los detalles, la forma de sus patas y orejas, el color de su pelaje. No conocía el nombre de la raza, pero sintió una emoción indescriptible llenarle el pecho, tapando el dolor que se había empezado a extender hasta sus extremidades cuando entendió que estaba viendo su forma animaga.

El perro de su imagen mental, alegre, trotó por un prado de hierba. El olor del césped se mezcló con el de perro mojado tras un día de lluvia. Su pelaje era negro, con una gran mancha blanca en el pecho que llegaba hasta su cabeza, extendiéndose alrededor de los ojos marcando la forma de sus gafas y continuando por su frente en zigzag. Sabía que aquellos perros no tenían esa mancha exactamente así, pero supuso que esa sería su marca distintiva de animago. Deseando retozar con él, Harry extendió la mano para atraerlo y acariciarlo, sin recordar que lo que veía era un producto de su mente y no la realidad.

Un latigazo de dolor que se extendió por todo su cuerpo volvió a borrar toda imagen de su cerebro y Harry dejó de ver al perro. Apretó los dientes con fuerza, intentando contener un gemido, pero no lo consiguió. Se dejó caer de rodillas antes de derrumbarse hacia adelante, intentando sostener el peso con las manos, pero las fuerzas le fallaron y se desplomó sobre el piso, perdiendo el conocimiento.

Unos segundos después, parpadeó. La habitación seguía en penumbra y los colores de las cortinas se veían desvaídos, pero parecía haber más claridad que antes. Inspiró con fuerza y el olor picante de la poción y el de la flor de iris le llenaron las fosas nasales, haciéndole estornudar. Intentó levantarse, enredándose al apoyar los brazos para hacerlo.

Confuso, azotó el rabo contra el suelo como un látigo, disgustado.

Se quedó parado, poniéndose alerta y sintiendo los músculos de sus orejas levantarse ligeramente. Percibió sonidos más allá del repiqueteo de las gotas de agua contra el cristal. Podía distinguir las diferentes notas que provocaba el viento al pasar entre los muros y los árboles, el sonido de unas uñas rascando en la alfombra del suelo y la vibración de los cristales durante varios segundos después de cada trueno.

Movió el rabo, curioso por las sensaciones que percibía.

El olor a iris y violeta se hizo más intenso cuando algo más pequeño que él, pero igual de peludo, se frotó contra su pelaje. Harry olfateó con fuerza, deleitándose en el perfume de Draco, el olor a lluvia y hierba mojada que se colaba por los resquicios del ventanal, a polvo de aula sin utilizar y el de la magia de la alfombra, que era producto de una transformación. Harry imaginó que la autora había sido McGonagall, convencido de que podría identificar con el olfato su magia a partir de ese momento.

Volvió a menear el rabo, contento, y entonces, y sólo entonces, fue consciente de que estaba moviendo una parte de su cuerpo nueva que no conocía.

Harry jadeó de asombro, sacando la lengua y babeando la alfombra, ante la sensación de esa parte de su cuerpo que se movía casi por voluntad propia y que unos minutos, quizá segundos, antes no tenía. Cuando la alegría lo embargó, su cola también se emocionó, azotando a ambos lados. Se giró y la persiguió durante unos segundos. Corrió en círculos en el sitio, disfrutando de la sensación, antes de recordar que Draco también debía estar transformado y una imagen de sí mismo en forma humana buscando al pequeño animal peludo que se había restregado contra él invadió su mente.

Pensar en sí mismo en forma humana hizo que de repente el suelo se alejase de él. Confuso, Harry se miró las manos, comprendiendo que bastaba sólo con desearlo para conseguirlo. Ni siquiera había sentido nada más que una sensación de desubicación momentánea al volver a su propio cuerpo, a diferencia del dolor que le había embargado durante la transformación inicial. Estaba desnudo, pero no le importó. Al parecer, transformarse con la ropa debía requerir algo de práctica; ningún manual decía nada al respecto, pero McGonagall lo conseguía con facilidad.

—¡Draco! —le llamó, dejando sus reflexiones para otro momento más adecuado.

Harry lo buscó con la mirada, viendo su ropa también en el suelo justo en el sitio donde este se había situado para transformarse. Dio varios pasos en su dirección, pero la sensación de algo peludo y suave frotándose contra su pierna con cariño y un maullido demandante desde el suelo lo detuvo.

—Ey… Draco… —Harry saludó al gato que insistía en llamar su atención—. Debería haberte buscado nada más revertir la transformación en lugar de quedarme pensando en mis cosas. Perdóname.

Draco abrió la boca en un maullido digno, levantándose sobre sus patas traseras para frotar sus mejillas contra las piernas de Harry. Emocionado, Harry se arrodilló antes de sentarse con las piernas cruzadas. Draco era delgado, pero de tamaño grande para lo que era habitual en los gatos. Se apresuró a subirse encima del regazo de Harry, clavándole las uñas en la piel de las piernas para sujetarse, pero Harry no se quejó. Draco paseó su rabo bajo la nariz de Harry, haciéndole cosquillas y demandándole caricias. Este le acarició el lomo, empezando desde la nuca y acabando en la base de la cola. El gato ronroneó, complacido, y se arqueó, pidiendo más.

Harry hundió las manos en su pelo abundante y sedoso. El color era claro, una especie de blanco brillante, como el de su cabello. Sólo estaba interrumpido por un mechón de pelo de color negro azabache que le cruzaba la pata delantera izquierda. Harry comprendió que era su marca de animago y deseó que Draco no se desmoralizase por ello. Esa marca también representaba las buenas decisiones que tomó para distanciarse de lo que representaba. La pupila vertical de sus ojos, dilatada, no ocultaba el color gris plateado de sus ojos jaspeados de chispas azules. La punta de la cola de Draco vibró, indicándole que estaba complacido con los mimos.

—Eres un gato de angora precioso, Draco —murmuró Harry, acariciándole sin descanso. Pensó que podría hacerlo durante toda la vida—. El gato más bonito que he visto en mi vida, tienes un pelo suave y sedoso. Creo que te pega muchísimo, ¿sabes? Eres cauteloso, desconfiado y un tanto arisco, pero cuando te entregas a alguien lo haces al cien por cien, volcando en esa persona toda tu dulzura y amor. —Draco maulló en respuesta, en un tono complacido, y cerró los ojos con lentitud, mirándole fijamente—. Gracias por dejarme ser tu humano, Draco.

Draco saltó dentro del hueco de sus piernas antes de tumbarse bocarriba, retozando entre sus piernas para permitir que Harry pudiese acariciarle la tripa y ronroneó con fuerza cuando este le complació con caricias suaves y largas, empezando desde la base de la barbilla y pasando los dedos por el pelo extraordinariamente suave de su vientre. Draco se retorció con placer y ronroneó más fuerte cuando Harry le acarició las mejillas, recordando que a los gatos les gustaban ese tipo de caricias. Draco se frotó contra su mano, todavía ronroneando, antes de recuperar su forma humana.

Harry abrió las piernas cuando el cuerpo de Draco se expandió, incapaz de determinar cómo había sido el proceso, igual que le había pasado con él mismo. Suspiró de placer cuando sintió los dedos de Draco acariciarle el pecho. Estaban desnudos y sentados muy juntos, frente a frente, con las piernas de Draco rodeando la cintura de Harry. Draco le puso las manos en las mejillas y le atrajo para besarle en los labios. Harry los entreabrió, disfrutando del beso, del tacto de la boca de Draco y del sabor de sus lenguas en la boca del otro.

—Lo hemos conseguido —susurró Draco, emocionado.

—Sabía que podíamos hacerlo —dijo Harry, asintiendo con la cabeza y sonriendo ampliamente.

—Sí, tenías razón.

—Puedes repetirlo tantas veces como te apetezca —bromeó Harry, alegre. Draco se inclinó hacia él e hizo amago de mordisquearle la nariz a modo de protesta.

—¿Sabes? Creo que podría pasarme el resto de mi vida convertido en gato si eres tú el que me acaricias, Harry —confesó Draco con una sonrisa tímida—. Tienes unas manos maravillosas para acariciar. Aunque yo eso ya lo sabía —dijo con tono petulante antes de darle otro beso.

—Yo soy un perro —dijo Harry, notando cómo su sonrisa se hacía amplia. Había intentado no preguntarse qué forma adoptaría para acostumbrar a su mente a no fijarse en ningún animal en concreto, pero ahora que por fin había descubierto que era un perro se dio cuenta que estaba satisfecho y que le encantaba.

—Un perro precioso. Un mastín, creo. Te pega —asintió Draco con una mirada de orgullo en los ojos.

—¿Por qué?

—Es una raza familiar, cariñosa, inteligente, amable y muy leal —dijo Draco con la voz teñida de cariño, acariciándole la mejilla—. Como tú, que conseguiste llegar a mí por eso.

—No tenía ni idea de que sabías tanto de perros como de perfumes.

—Vivía en una casa solariega en medio de un montón campos de canolas, Potter. Tener perros y caballos era parte de mi vida —resopló Draco, señalando con el tono la obviedad de la respuesta. Harry tragó saliva, perdiéndose en sus ojos, buscando las motas azules que parecían moverse en la plata fundida de su iris. Draco le quitó las gafas y las dejó a un lado. Harry no se había percatado hasta ese momento de que las gafas sí se habían transformado con él en todo momento—. Hay que encontrar algo que sustituya estas horrorosas gafas, Potter.

—Ya me lo dijiste una vez pero, ¿por qué te molestan? —preguntó Harry, confundido. Sin gafas, su miopía le impedía ver con claridad. Afortunadamente, el rostro de Draco estaba tan cerca que no necesitaba guiñar los ojos para verlo con claridad.

—Porque tienes los ojos más bonitos del mundo y no me fijé en ellos hasta que te quitaste las gafas y pude verlos sin ellas de por medio.

—No me lo habías dicho nunca —susurró Harry, azorado por la declaración de Draco.

—Sí te lo había dicho, pero eres tan obtuso que no pillas las indirectas —dijo Draco, volviendo a cogerle de las mejillas para darle otro beso. Harry se sintió blando por dentro y, puesto que ambos estaban por hablarse empalagosamente, frotó su nariz contra la de Draco—. Lo observador que puedes llegar a ser para unas cosas y lo lento que eres para otras.

—Lo siento.

—No lo sientas. Me gustas así. Lo suficiente observador para ver a través de mí y no tanto como para dejarme mi propio espacio. —Draco meneó la cabeza, mordiéndose el labio en una sonrisa divertida. Los dos se quedaron en silencio unos segundos que se alargaron perezosamente.

—Gracias, Draco —murmuró Harry cuando pudo contener el nudo de su garganta—. Por permitir que me acercase a ti. Por creer en mí como profesor. Por hacer esto conmigo. Por venir conmigo a pasar la Navidad con mi familia.

—Gracias a ti por ser tan cabezota y no rendirte conmigo a pesar de todo —musitó Draco, emocionado.

—Ha merecido la pena hasta el último segundo de tiempo pasado contigo todas estas semanas.

Harry le acarició las mejillas antes de besarle de nuevo, cadenciosamente. Estaba deseando probar su forma de animago de nuevo, pero supuso que podía esperar por ese beso.

—Te amo —susurró Draco, cuando Harry se separó.

—Y yo a ti.

Draco cerró los ojos, concentrándose durante un par de segundos, y se transformó en el gato de angora de nuevo. Harry lo imitó, tomando la forma del perro y tumbándose en el suelo, permitiendo que el angora se frotase contra él, apoyase las patas en su cuello y amasase antes de enroscarse pegado a su pelaje. Harry lamió la cabeza de Draco, provocando que su pelo se apelmazase. Draco maulló indignado y se apresuró a sentarse con mucha formalidad, lamerse la pata y pasarla repetidas veces por su cabeza hasta estar seguro de estar adecuadamente peinado. Cuando terminó con la cabeza, empezó a lamerse otras partes del cuerpo. Harry suspiró de satisfacción y cerró los ojos cuando Draco continuó el ritual de acicalamiento lamiendo, mordisqueando y peinando el pelaje de Harry. Creía recordar que la vieja señora Figg le había mencionado una vez en algunas de las ocasiones que había estado en su casa que la mayor muestra de confianza que un gato podía dar era acicalar a otros gatos o humanos y se sintió orgulloso de que Draco le otorgase esa confianza precisamente a él.

Volvió a suspirar con satisfacción, apoyando la cabeza entre las patas, cuando Draco se enroscó al lado de su cuello, compartiendo mutuamente el calor de sus cuerpos, sintiéndose feliz. A partir de aquel momento, Draco y él tendrían toda la vida por delante y todo saldría bien.