Disclaimer: Todo lo que aparece en el fic es de Rowling, incluidas sus contradicciones.

¡Feliz Navidad!

Bueno, esta idea me rondaba desde que acabé el fic. Una escena extra donde se viese la famosa cena a la que Molly invita a Draco. En total había tres ideas, yo pensaba que cada una me iba a ocupar unas 1000 palabras, pero resulta que sólo la primera ha ocupado más de 6000 (yo había pensado a las 8 de la tarde en escribirla y publicarla, pero mirad, hasta ahora. Va sin corregir, según la he terminado, algo muy raro en mí, así que supongo que mañana me arrepentiré y empezaré a corregirla, pero mira, subida queda). Ojalá poder daros las otras dos algún día (las tres están relacioandas con las vacaciones navideñas del final del fic). Bueno, al menos esta sí está.

Trigger warning: Sexo explícito. Sexo oral.


Escena extra: Nochebuena

—Un poco corta.

—Te ves bien —dice Harry una vez más. Draco lo ignora y pasa las manos por la túnica, alisando algunas arrugas invisibles mientras vuelve a mirarse en el hechizo espejo que ha convocado en el dormitorio. Él está tumbado encima de la cama. Está vestido al estilo muggle, unos pantalones vaqueros y una de sus eternas camisetas. Draco se vuelve hacia él con una ceja levantada.

—Desde luego. —Alza la barbilla, petulante, y vuelve a mirarse en el espejo. Harry aprovecha que no lo está mirando para morderse el labio. No se ve bien, qué va. Eso sería quedarse demasiado corto. Se ve jodidamente espectacular. Harry se lo está comiendo con los ojos y podría comérselo con la boca si no fuese porque probablemente Draco lo mataría si se atreve a arrugar la túnica—. Tú deberías cambiarte también.

Draco no espera respuesta. Abre el armario de Harry y rebusca entre las perchas. Harry se ríe entre dientes. Apenas reconoce a este Draco nervioso e inquieto. Lleva toda la tarde como un león enjaulado, caminando de un lado a otro de la habitación, rebuscando en su armario y su baúl.

—No vas a encontrar lo que buscas.

—¿Ni una túnica de gala? —Harry niega. La última vez que se puso una, si no recuerda mal, fue en el baile del Torneo de los Tres Magos.

—Draco… es una cena familiar. No va a ir nadie arreglado.

—Pero me han invitado formalmente, así que debo cumplir con las expectativas.

«Nadie espera nada de ti», está a punto de decir, pero se contiene a tiempo. No está muy seguro de que sea cierto. Para empezar, el propio Draco sobre sí mismo. Por no hablar de todas las expectativas que se han autoimpuesto.

—Estás genial, Draco. —Este se vuelve de nuevo hacia él y Harry le sonríe. Sabe, o más bien intuye, que se ha arrepentido varias veces de haber dicho que sí desde ese último día de trimestre en la que la carta de Molly cayó como un bálsamo sobre la herida que había abierto el vociferador de Lucius Malfoy. Draco no suele llevarse por impulsos, es algo que ha podido comprobar en estos últimos meses, pero esa vez cedió a uno de ellos—. Muy guapo, de hecho.

—Iré con esta y los pantalones blancos. Esos me quedan bien y, al ser una túnica con corte de casaca, no se notará que me queda pequeña —Draco se quita la túnica y los pantalones con cuidado, los deja colgados en una percha para que no se arruguen y, en calzoncillos, se vuelve hacia la montaña de ropa que tiene encima de su cama. Harry ha tardado al menos un par de docenas de túnicas en comprender que el baúl de Draco está hechizado y que tiene toda su ropa ahí. «Afortunadamente», ha dicho Draco, frunciendo el ceño. «Dudo que mi padre esté dispuesto a enviarme nada de lo que haya en mi armario de la mansión». Apenado, ha asistido al proceso de verle probarse túnicas que le quedan pequeñas y desecharlas a un lado con una mueca.

—Ven aquí —dice Harry.

—En un rato tendremos que marcharnos, no quiero dejar el dormitorio hecho un desastre —niega Draco.

Harry se levanta de la cama y se acerca a él. Lo sujeta por la cintura, desde atrás y hunde la nariz en los mechones rubios de su nuca. El pelo está largo, no lo ha cortado en todo el trimestre, y las puntas se curvan hacia arriba con un aspecto ligeramente descuidado que le hace parecer adorable al romper esa imagen de pulcritud que suele llevar.

—Es verdad que has crecido —susurra Harry, haciendo que los cabellos se muevan y le cosquilleen en la nariz.

—Tengo que cortármelo —gruñe Draco.

—Está bien así. —No suelta el abrazo y, con la yema de los dedos, acaricia la piel tersa y suave del abdomen de Draco. Este acaba rindiéndose y, apoyando las manos en los brazos de Harry, se relaja—. Estás guapo con cualquier cosa que te pongas, pero esa túnica y esos pantalones… —Draco hace un sonido ronco y Harry sonríe. No sabe si es consciente de que lo hace, pero desde que es capaz de transformarse en su forma animaga, Draco es capaz de ronronear. Lo ha comprobado por primera vez cuando, sentado encima en su regazo durante la celebración que habían hecho en la intimidad tras haber hablado con McGonagall sobre los detalles del hechizo y haber acordado mantenerlo en secreto, al menos por el momento, Draco había comenzado a ronronear mientras Harry le besaba el cuello y le acariciaba los muslos—. Te los habría abierto para chupártela aquí mismo si no fuese porque me odiarías si se arrugasen.

—Hay hechizos para solucionar eso, ¿sabes? —contesta Draco, en tono picarón. Los dedos de Harry acarician el ombligo de Draco y siguen el camino de vellos casi invisibles que se dirigen hacia su pubis—. Olvidas demasiado a menudo que eres un mago, Potter. —Cuando los dedos de Harry tantean la goma del calzoncillo, Draco se da media vuelta en el abrazo, sujeta las mejillas de Harry entre sus manos y le da un beso suave y cadencioso, que interrumpe con voz resignada—. Tenemos que irnos.

—Draco… —Harry duda un segundo antes de continuar. Draco lo mira, exasperado, con una ceja levantada—. Puedes negarte a ir, si quieres. Haré que Molly lo comprenda.

—Di mi palabra—niega Draco, determinado—. Estaré bien, Potter. Incluso aunque me rodeen cientos de comadrejas.

Con un último beso, depositado con suavidad en los labios de Harry, Draco se separa, con un movimiento de varita las prendas de ropa que se ha probado se doblan solas, introduciéndose en el baúl en orden, y entra en el cuarto de baño para peinarse. Harry lo sigue con la mirada, orgulloso de él. Aún quedan restos del Draco apocado e irascible que conoció en septiembre y el Draco petulante y egocéntrico de los siete años anteriores sale a la luz mucho más a menudo de lo que lo ha hecho en estos últimos meses, pero ve a su novio mucho mejor que cuando lo consolaba de las terribles pesadillas. Cree que el haber conseguido hacer un patronus y luego el hechizo de animagia han ayudado. Draco realmente necesitaba ver que era alguien válido por sí mismo, además de comprobar de primera mano que la gente lo aprecia.

—¿No te vas a peinar, Potter? —se burla Draco, saliendo de nuevo del baño y poniéndose de nuevo los pantalones—. Con ese nido de pájaros nunca vas a ser alguien en la vida.

—Cállate —gruñe Harry, empezando a sacarse la camiseta a tirones y abre el armario. Draco levanta la ceja—. No puedo ir en camiseta si tú te pones esa túnica, cualquiera pensará que soy un pordiosero. Ni se te ocurra reírte —añade al ver que la comisura del labio de Draco se eleva varios centímetros. Rebusca en el armario hasta dar con un pantalón oscuro, de tela más fina que el vaquero que lleva puesto, una camisa verde oscuro y una americana—. ¿Esto valdrá?

—¿Es lo que utilizan los muggles para ir elegantes? —pregunta Draco, examinando las prendas, que Harry coloca por delante de su cuerpo para que Draco vea como combinan, y asintiendo con aprobación.

—Al menos es lo que usan cuando no quieren ir demasiado informales.

—Bastará. Espera —le dice Draco cuando Harry se quita los vaqueros que lleva puestos. Abre la puerta del armario donde ambos guardan sus frascos de perfume y elige el de rosas rojas antes de depositar unas pocas gotas en las palmas de sus manos y acariciar con ellas el cuello, pecho y cabello de Harry. Cuando termina, inspira profundamente y cierra los ojos, esbozando una sonrisa sincera y pacífica.

—Ahora tú —susurra Harry, cogiendo el perfume de Draco y repitiendo los mismos pasos que Draco, que se ha sonrojado levemente.

Tras guardar el frasco en su sitio, Harry comienza a ponerse la camisa y, de reojo, ve cómo Draco comienza a vestirse. El pantalón blanco se ajusta como un guante a la figura de su cuerpo y la casa hace que la forma delgada y juvenil de Draco se acentúe, remarcando las piernas delgadas y musculosas, fruto del ejercicio con la escoba durante muchos años, y la anchura proporcional de sus hombros, cuadrándolo como si fuese un modelo. Draco estira de las puntas de la casaca, valorando el resultado final en el espejo mágico.

—A la mierda —susurra Harry, tirando el pantalón, que estaba punto de ponerse y se acerca a Draco con una zancada, empujándolo contra la puerta del armario para que no pueda escaparse y arrodillándose delante de él.

—¡Harry! —exclama Draco, totalmente desconcertado, pero esté ya está desabrochando el cinturón y el botón del pantalón de Draco, bajando los calzoncillos lo justo para dejar a la vista el pene de este, aún fláccido por haberlo pillado por sorpresa—. Se va a arrugar.

—Hay hechizos, ¿no? —gruñe Harry con voz gutural, enronquecida por el deseo—. ¿Quién está olvidando ahora que es un mago?

Draco no llega a contestar. Harry se ha metido su polla en la boca y succiona con fuerza, por lo que Draco no puede hacer más que llevarse la mano a la boca, morderse con fuerza los nudillos e intentar contener, sin éxito, un gemido de placer. Harry siente cómo el pene de Draco crece dentro de su boca, llenándola. Con una mano, se asegura de que la goma de los calzoncillos de Draco se mantenga fuera del camino de su boca y la otra la lleva por debajo de la camisa y la casaca de corte mágico de Draco, acariciándole el abdomen y el pecho. Con ambas manos ocupadas, se centra en mover la cabeza y la lengua rítmicamente, intentando meterse lo más posible del pene de Draco dentro de la boca, sintiendo cómo la punta, ya grande y dura, roza repetidas veces el cielo de su paladar. Con la mano que le acaricia el abdomen empuja la cadera de Draco contra el armario, conteniendo los movimientos, inconscientes, que está comenzando a hacer.

—Harry… —lo avisa Draco.

En cualquier caso, Draco apenas dura unos segundos más. Quizá por la sorpresa, por el ímpetu de la lengua de Harry o porque la situación resulta morbosa, Harry siente el semen de Draco golpear el fondo de su garganta. Cerrando los ojos, traga con fuerza, aprovechando la saliva que inunda su boca. Draco gime, y un par de chorros más se derraman. Con la lengua, Harry se asegura de que nada se deslice fuera, para evitar manchar ninguna de las prendas de ropa. Con cuidado, mientras Draco está recostado contra el armario, Harry le ajusta el calzoncillo y le coloca la polla, le abrocha el pantalón y le cierra el cinturón. Siente la boca extraña, pero no ha sido tan desagradable como se esperaba.

No lo había planeado así. La primera vez que lo habían hecho así, el orgasmo de Draco le había pillado por sorpresa y no le había avisado, pero se había apresurado a escupirlo, asustado. Ahora, en cambio, sólo había tenido en la mente el pensamiento de que Draco está guapísimo con esa túnica y esos pantalones, que huele condenadamente bien y que no quería que nada se manchase, así que no lo ha pensado hasta que ha llegado el momento de tragar. «Ha sido fácil, en realidad», piensa, satisfecho, planeando que quizá pueda repetirlo más adelante si a Draco le ha gustado.

—Joder… —suspira Draco, todavía recuperando la respiración.

—El hechizo de alisamiento tendrás que hacerlo tú —se disculpa Harry, sin pizca de culpabilidad.

—Lo siento, debí avisarte antes —dice Draco, abriendo los ojos y mirándolo con cautela. En su tono hay cierto tono de inseguridad e interrogación. Harry niega con la cabeza.

—Está bien, lo he hecho porque he querido. En realdad… no lo he planeado —confiesa Harry—. Sólo que no quería que te manchases, así que no podía parar en ese momento.

—Hay hechizos de limpieza, Potter —responde Draco, poniendo los ojos en blanco—. ¡Eres un mago, por Merlín!

—En realidad, no ha estado tan mal —admite Harry. La idea de repetirlo coge más fuerza en su cabeza—. ¿Tú cómo lo has sentido?

—Pues… —Draco lo mira con los ojos entrecerrados. Harry sonríe más ampliamente y el otro parece entender, porque asiente—. Lo sabrás la próxima vez.

—No es necesario que…

—Ya sé que no es necesario, Potter, no te estaba pidiendo permiso —lo interrumpe Draco, cáusticamente, antes de esbozar una sonrisa. Harry se ríe entre dientes, está claro que le ha gustado muchísimo, es incapaz de borrar esa expresión beatífica típica del orgasmo. Con un movimiento de varita, Draco hace que su ropa vuelva a estar lisa e impoluta—. Tenemos que irnos o llegaremos tarde. Odio llegar impuntual.

—Vamos —asiente Harry, terminando de abrocharse los pantalones. No se ha molestado en meterse la camisa por la cintura, pero Draco parece aprobarlo, porque asiente y se dirige hacia la puerta.

No necesitan pedir permiso a McGonagall, ya han hablado con ella y les ha dado libertad de movimiento todas las vacaciones. Tampoco es que antes se lo hubiera impedido en exceso, ha cumplido su palabra de confiar en ellos, la generación de la guerra, como las personas adultas que son. Al pasar por el vestíbulo, el jaleo alegre del Gran Comedor se deja sentir, pero ninguno de los dos se asoma, la cena de Nochebuena en Hogwarts es temprana y suele ser más importante la comida del día de Navidad.

Draco se acerca más a Harry cuando abandonan el castillo y este le rodea los hombros con los brazos. Draco lo mira un segundo, pero no dice nada, sólo hace un hechizo calentador alrededor de ambos. El portón que separa la frontera del colegio del término municipal de Hogsmeade se abre por sí solo. Harry no necesita sujetar a Draco de ninguna manera, dado que ya lo lleva por los hombros, cuando los desaparece a ambos en dirección a la Madriguera.

—¡Harry! —La voz de George los recibe cuando recorren el sendero que lleva hasta la casa. Está en el jardín, a oscuras, y sólo se ve un pequeño círculo rojo.

—¿Sabe tu madre que fumas? —dice Harry, burlón. George apura una calada, mueve la varita para disipar el humo y hacer desaparecer la colilla.

—Mejor no se lo digas.

—No deberías hacerlo.

—Ya lo sé —gruñe George, disgustado. Harry es de los pocos, junto con Ron y Ginny, que sabe que lo hace. Empezó a fumar tras la pérdida de Fred, supone que es una forma de canalizar y gestionar todo lo que se almacena dentro de él. O de rebelarse contra la vida, Harry no lo tiene claro, no ha querido insistir en el tema—. Algún día lo dejaré. En fin… ¿Malfoy? Supongo que me toca darte la bienvenida a la Madriguera.

—Gracias —responde Draco en un hilo de voz. Harry le coge la mano y le da un apretón de ánimo al ver su expresión seria y reservada, más similar a la de los últimos meses que a la que suele tener cuando están en la intimidad del dormitorio o en la confianza de la sala común.

—En fin, voy adentro, antes de que me echen en falta —murmura George, incómodo. Ni siquiera se le ha ocurrido tender la mano hacia Draco y a Harry le preocupa que este se sienta rechazado. Metiéndose un caramelo en la boca, abre la puerta y la cruza—. Caramelos Weasley, garantizan un buen aliento durante al menos dos horas. Ideales si tienes una cita —dice amargamente, hacia la nada, antes de que la puerta se cierre tras él.

—Lo siento.

—¿Por qué? —pregunta Draco. El tono de voz es ligero, pero la expresión de su rostro sigue siendo seria. Alza la mirada y observa la casa con ojo crítico—. No hay nada que disculpar. Sí es verdad que es una madriguera. Potter, no puedes volver a reñirme por llamarlos comadrejas si ellos llaman madriguera a su casa. —añade, mirándolo con un destello de burla.

—Concedido —asiente Harry, contento de que Draco no se haya dado media vuelta para regresar a Hogwarts—. ¿Entramos?

El ruido y caos que provienen del comedor les indican dónde está todo el mundo. Harry, sin soltar la mano de Draco, lo guía hacia allí, esquivando una pila de platos y una procesión de cubiertos que flotan en la misma dirección, probablemente hechizados por la señora Weasley. La sala está llena de gente. Harry en seguida se da cuenta de que hay más personas de lo habitual. Entre la masa de cabelleras rojas de los Weasley destacan los rizos castaños de Hermione, el cabello rubio platino de Fleur y los cabellos morenos de dos mujeres. A una no la conoce, a la otra no la ha visto desde el funeral de Tonks y Remus: Andromeda Tonks. No le da tiempo a mucho más, Hermione ya lo ha visto y se ha abalanzado sobre él para abrazarlo a pesar de que hace apenas unos días que se han separado en Hogwarts por última vez.

—¡Harry! —De puntillas, le da un beso en la mejilla. Con el mismo ímpetu, se acerca a Draco y le da un breve abrazo. Harry nota que este se pone rígido, pero es tan corto que ni siquiera se ve obligado a corresponderlo—. ¡Hola, Draco! Estás guapísimo con esa túnica.

—Hola, Harry. —Ron también los ha visto y se ha acercado. Harry suelta la mano de Draco y lo abraza durante mucho más tiempo que a Hermione. Realmente lo echa de menos cuando están en Hogwarts. «Al menos una parte del tiempo», admite sinceramente en su mente. Ron se vuelve hacia Draco y le extiende la mano con cortesía—. Me alegro de verte, Malfoy.

Draco asiente cortésmente y le estrecha la mano. Harry se apresura a volver a agarrarle la mano izquierda en un intento de darle ánimos y busca la mirada de Draco, pero este está mirando a su alrededor. Está tenso y recto como el palo de una escoba. Harry lo imita y vuelve a mirar a la sala. Ron está hablando, también está nervioso. Comenta algo de presentar a Draco a los demás, algo que tiene mucho de simbolismo, supone Harry, pues todos en esa sala saben quién es Draco Malfoy. «Quizá, como yo, necesiten volver a repetir ese momento de presentación para empezar de cero», piensa, mientras ambos siguen a Ron. Hermione se queda atrás, charlando con alguien más. Todos los Weasley, como Harry ha supuesto, van vestidos de manera informal en un abanico que va desde los elegantes pantalones de cuero de Bill a los vaqueros raídos de Charlie, pasando por una amplia variedad de atuendos más o menos muggles, pero Draco no desentona: el vestido de Fleur es muy refinado, la señora Tonks también lleva un vestido de corte mágico y nada en Bill podría pasar por muggle.

El señor Weasley da una bienvenida pomposa y educada a Draco que, como con Ron, asiente y le estrecha la mano. Bill y Fleur son algo más cálidos de lo que ha sido George, sobre todo ella, pero Charlie también parece incómodo en su presencia. No obstante, todos son educados y Draco tiene la cortesía de ignorar la incomodidad que su presencia causa. «Quizá no deberíamos haber venido», piensa Harry, con el corazón encogido, cuando Ron los conduce delante de Percy, que está con la chica que no conoce y Ginny.

—Percy, Ginny… Harry y Malfoy ya han llegado. —Harry sonríe, la pomposidad de Percy combina muy bien con la actitud cortés y estirada de Draco.

—Hola, Malfoy —saluda Ginny. Aprieta, los labios, pero su voz suena sincera—. Me alegro mucho de que hayas venido.

—Os presento a Audrey —dice Percy. Ginny aprovecha el momento para escabullirse y la sensación de malestar e incomodidad de Harry crece, pero se siente como en una montaña rusa. No puede parar ni retroceder, sólo continuar hacia adelante—. Es mi pareja. Audrey, ellos son Harry Potter y Draco Malfoy.

—Encantada de conoceros. —Audrey lleva un vestido de corte muggle bonito y sencillo. Parece tímida e incómoda, pero sonríe con sinceridad cuando estrecha las manos de ambos y pregunta con curiosidad por la túnica de Draco que se ha puesto aún más tenso.

—Es muggle —susurra al oído de Harry, con tono de aturdida sorpresa, cuando Percy y su novia se alejan de ellos.

—¿Qué? —pregunta Harry, sorprendido.

—Es muggle —insiste Draco, visiblemente incómodo. Harry busca a Audrey con la mirada y no sabe qué ha llevado a Draco a decir eso—. Su vestido es muggle, no mágico. Ha mirado asombrada mi túnica, nunca había visto algo así. Y… —Draco duda un segundo, pero continúa—. No me ha mirado como si fuese un Malfoy.

—Draco… —Harry no sabe bien qué decir, cree saber a qué se refiere con esa expresión.

—En serio, es la primera persona en mucho tiempo que me ha mirado… normal. No como miras a un Malfoy. Y ni siquiera ha reaccionado a tu apellido. Tampoco la hemos visto jamás en Hogwarts —remata. Harry asiente, dándose cuenta de que Draco tiene razón.

—¿Te supone un problema? —pregunta con tristeza, porque sabe que la respuesta a esa pregunta es más trascendental de lo que pudiera parecer, pero Draco niega con la cabeza.

—Las gilipolleces del pasado tienen que quedarse en el pasado.

—Hola, Harry. —La voz de Andromeda los interrumpe. Harry se vuelve hacia ella. Lleva un bebé en los brazos, está despierto y mira con curiosidad a su alrededor.

—Hola, Andromeda —saluda Harry. Ambos mantuvieron una conversación tras el funeral de Tonks y Remus y acordaron que, por el interés de Teddy, ahijado de Harry, eran familia—. Hola, Teddy, pequeñín.

—¿Quieres cogerlo? —Andromeda ya se lo está entregando. Harry suelta a Draco y se apresura a sostenerlo entre sus brazos. El niño ríe, complacido, cuando le hace una mueca la nariz, y cambia el color de su pelo de naranja a azul—. Se alegra de verte. El trimestre en Hogwarts ha sido largo y no has venido a visitarnos.

—Lo siento mucho —se disculpa Harry que, sinceramente, no se ha preocupado mucho de Teddy estos meses de atrás. A veces, como le ha contado en alguna ocasión a su psicólogo, no se siente preparado para cuidar de una criatura que podría ser su hermano más que su hijo—. Andromeda, te presento a Draco Malfoy. Mi pareja.

—Sé quien es Draco Malfoy, es mi sobrino —dice Andromeda, tajante, taladrando con la mirada a Draco, que parece todavía más incómodo—. Me alegro de conocerte en persona por fin.

—Igualmente —susurra Draco con la voz ahogada, asintiendo cortésmente una vez más. Andromeda lo mira durante unos segundos más, en silencio, antes de devolverle el asentimiento y dirigirse a la cocina, mencionando algo sobre ayudar a Molly.

—No sabía que iba a estar aquí —se disculpa Harry, que cree que Draco está incómodo por la presencia de su tía. Aunque quizá eso sea aplicable a todos los demás que están presentes en la sala.

—Da igual. Es el hijo del profesor Lupin, ¿verdad? —Harry asiente y le muestra a Teddy, que mira a Draco con curiosidad—. Eso me convierte en su… ¿primo? ¿Tío?

—¿Quieres ser su tío? —El rostro de Draco se oscurece—. Yo soy su padrino, Remus me lo pidió el día en que nació.

—No creo que le convenga tener según qué tíos —niega Draco.

—Podemos marcharnos, si quieres —le ofrece Harry, que está preocupado todavía por el estado de ánimo de Draco. Este vuelve a negar con la cabeza, pero no dice nada. Harry, que sabe lo difícil que es para Draco expresarse, repite sus disculpas.

—No hay por qué disculparse. —Draco aprieta los labios y sigue mirando a Teddy, que lo observa con curiosidad, serio porque ve que el rostro de Draco también lo está—. Estoy incómodo. Quiero marcharme. No me gusta Teddy.

Harry sonríe, reconociendo el juego y alegrándose de que Draco sea capaz de sincerarse. Y, sobre todo, de que le guste Teddy. Hasta que no ha visto al niño no se ha dado cuenta de lo mucho que lo echaba de menos. Meciéndolo en los brazos, susurra a su oído una promesa de visitarle más a menudo durante el siguiente trimestre, lo suficientemente alto para que Draco lo oiga.

—¿Me acompañarías? —pregunta, curioso.

—Si la señora Tonks está de acuerdo… —Draco no termina la frase y se queda callado, con la mirada fija en Andromeda, que ha vuelto a entrar en el comedor.

—Se lo preguntaremos.

—¡A cenar! —Molly entra en el comedor, levitando una enorme fuente con un gran asado. La fuente se posa en la mesa, llamándolos a todos—. ¡Harry, no sabía que habías llegado!

—Hola, señora Weasley —dice Harry, dejándose aplastar entre los maternales brazos de Molly, que lo cubre de besos.

—¡Enésima comprobación de que te quiere más a ti que a cualquiera de nosotros, Harry! —grita uno de los Weasley, supone que George.

—Molly, querido —insiste la mujer, que lo sostiene en brazos—. Has vuelto a crecer. Ron también ha estirado un par de centímetros, ha tenido que comprarse pantalones nuevos. Creo que era el estrés que no os dejaba crecer como debíais. —Molly vuelve a estrecharlo entre los brazos.

—Este es Draco —dice Harry cuando Molly le deja respirar de nuevo.

—Encantado, señora Weasley. Muchas gracias por invitarme a cenar. —Draco extiende la mano, pero Molly la ignora y lo estrecha entre sus brazos. Incapaz de contenerse al ver la cara de aterrado desconcierto de Draco, Harry estalla en una risotada. El resto de la familia lo imita un par de segundos después, relajando el ambiente.

—Llámame Molly tú también, Draco, querido. ¿Puedo llamarte Draco? —Draco, incapaz de hablar, asiente y parpadea rápido—. Muchas gracias por venir. Mi casa es tu casa. ¡Pero qué delgado estás! ¿No os dan de comer en Hogwarts? Ven, siéntate.

Draco acaba encajonado en una mesa demasiado pequeña para tantos comensales, atrapado entre Harry y Hermione. Enfrente de ellos, Andromeda, que ya ha acostado a Teddy, cena con los mismos gestos educados y refinados que utiliza Draco para comer.

—Lo siento. Molly es… muy efusiva.

—Lo que quiere decir Harry —dice Ron, asomando desde el otro lado de Hermione, sin vergüenza por exponerlos— es que mi madre quiere más a los que no son Weasley, es nuestra desgracia.

—Calla y cena, idiota —lo reprende Ginny.

Harry siente que el ambiente está más relajado, aunque Draco todavía está envarado y come con poco apetito. La conversación, imposible de seguir entre tantas personas, llena la sala de ruido y caos. No han llegado los postres cuando Teddy se despierta por el jaleo. Encantado de poder disfrutar de él, Harry se adelanta a Andromeda y lo sienta en sus rodillas, vigilando que sus deditos no tiren nada al suelo. La conversación es animada y Harry por fin se ha relajado. Observa de reojo a Draco, que parece estar más pendiente de Teddy, curioso por el niño, y de su tía Andromeda, que de participar en la conversación, en la que apenas ha participado.

—Dice Percy que, por lo visto, eres un mago famoso. Una especie de celebridad —dice en un momento dado Audrey, la novia de Percy, confirmando las sospechas de Draco.

—Supongo que sí —asiente Harry, encogiéndose de hombros.

—Entonces, ¿no es broma? —Harry, comprensivo por la costumbre de bromear de los Weasley a pesar de que no se imagina a Percy haciéndolo, niega con la cabeza—. ¿Por qué? ¿Eres más poderoso que el resto?

—¿Eh? No, no. En absoluto. Yo… un mago tenebroso intentó matarme de pequeño. —Con una mano torpe, sujetando al niño con el otro brazo, se levanta el flequillo para dejarle ver la cicatriz que le atraviesa la frente hasta la ceja—. La magia a veces un poco… —«cabrona», piensa, pero busca otra palabra por deferencia a los oídos de Teddy—. Me predestinó a pelear contra él y derrotarlo.

—¿Y qué quería ese mago? —pregunta Audrey, con curiosidad. La pregunta cae como una losa. Incluso Fleur, que estaba hablando de moda francesa con Molly, se queda callada. Todo el mundo mira a Harry, que se siente incómodo. El aire festivo se ha disipado como el gas de un refresco demasiado agitado.

—Lo siento, la verdad es que no le he contado nada sobre… —intenta decir Percy. Audrey ya se ha dado cuenta de que su pregunta no es muy oportuna y está empezando a disculparse.

—En algún momento tiene que enterarse —murmura Draco, que mira fijamente su plato. Harry se percata de que Andromeda vuelve a mirar con intensidad a Draco, pero ahora mismo hay demasiadas cosas en las que pensar como para preocuparse de qué significa eso.

—Lo siento, yo no quería…

—No importa —niega Harry, apretando los labios. Esboza media sonrisa, medio jugando con Teddy. Así le resulta más fácil, no había esperado tener que hablar de Voldemort justo esa noche—. Quería la supremacía de los magos y brujas sobre las personas muggles. —Mira un segundo a Audrey para asegurarse de que comprende qué significa muggle—. Una profecía me destinó a matarlo y él mató a mis padres para intentar matarme a mí, pero no lo consiguió.

—¿Y los magos estaban de acuerdo con él? —Audrey ha fruncido el ceño y mira a Percy, que aprieta los labios.

—La verdad es que… —Percy vuelve a intentar hablar.

—Claro que sí —lo interrumpe George, con amargura.

—George… —El tono de Ginny es apaciguador, pero su hermano niega con la cabeza.

—Hay magos y brujas que quieren el poder y consideran que los muggles sois inferiores, claro que apoyaron. Nos metieron en dos putas guerras mágicas y mataron a Fred.

—Lo siento… —se lamenta Audrey una vez más, mirando a Percy—. Es el hermano que me comentaste que…

—Sí —asiente Percy con un hilo de voz. El resto de la mesa se queda callado durante lo que a Harry le parece una eternidad. El silencio sólo es interrumpido por los sollozos quedos de Molly. Ginny, Hermione y el propio George lloran en silencio. Arthur tiene los labios apretados y tiene la mirada perdida. Los ojos de Harry también se anegan de lágrimas.

—No me habías contado… —dice Audrey, pero su voz no tiene tono de reprimenda.

—Debí hacerlo, pero…

—Es todo muy reciente —comprende Harry, que se siente igual. Él tiene la suerte de que Draco sabe perfectamente, tan bien como cualquiera de esa mesa, lo que ha sido la guerra mágica. Audrey no tiene todos esos prejuicios encima.

—¿Qué… qué ocurrió? —pregunta Audrey, en un hilo de voz.

—Lo maté. O se mató a sí mismo, no lo tengo muy claro. —Además, Harry ha intentado no pensar en ello, prefiere no resolver esa incógnita. No por ahora—. El resto de sus seguidores… murieron en la última batalla o fueron arrestados y juzgados.

—Algunos incluso están en libertad —dice George con amargura.

—¡George! —vuelve a reprenderlo Ginny, pero lo hace sin demasiada fuerza.

—¿Es mentira?

—George, haz el favor de comportarte —dice Arthur, que todavía tiene la mirada perdida. Una lágrima resbala por su mejilla. A su lado, Molly llora desconsolada y son Bill y Fleur quienes la intentan, en vano, consolar.

—Creo que me estoy comportando —responde George, obstinado.

—Lo siento —susurra Harry, derrotado. Lo dice sin dirigirse a nadie en particular, pero en realdad es por Draco. Es demasiado pronto. Su instinto estaba acertado, deberían haber esperado más tiempo. A que las heridas estuviesen más cicatrizadas, a que la gente viese todo lo que Draco puede aportar al mundo, a que…

—Siempre va a ser demasiado pronto —dice Hermione, que se está enjugando las lágrimas. Harry se da cuenta de que ha pensado en voz alta. Teddy, angustiado por el entorno, echa a llorar y extiende los brazos hacia su abuela, que se apresura a cogerlo e intentar calmarlo—. Me pregunto, más bien, si algún día no será demasiado tarde.

—¿Qué quieres decir? —pregunta Fleur, frunciendo el entrecejo, con su marcado acento francés más cerrado que nunca, muestra de que ella también está descolocada.

—Que hay que tender puentes antes de que sea demasiado tarde para que todos los crucemos —contesta Percy, adelantándose a Hermione. Se vuelve hacia Audrey—. Era un mago tenebroso muy poderoso, pero sobre todo era aterrador. Manipulaba las cosas desde las sombras, conseguía sembrar la duda entre amigos y familiares. Yo… yo también apoyé su régimen. —Audrey abre los ojos, asombrada—. ¡No tengo nada en contra de los muggles, nunca lo he tenido! Pero… supongo que me pudo la sed de poder, o el discurso de que estábamos legitimados a gobernaros porque éramos mejores o más poderosos que vosotros, no lo sé. Me arrepentí a tiempo. Justo antes de que Harry lo derrotara. George, no tengo autoridad moral para juzgar a Malfoy. Yo estuve ahí también.

«Draco también se arrepintió antes de que todo acabase», quiere decir Harry, pero no lo hace. Mira a Draco, que tiene la mirada gacha. Extiende una mano bajo la mesa y se la estrecha con fuerza. Draco le corresponde, pero no le devuelve la mirada. «No lo ha pasado mejor que ninguno de nosotros, pero la gente no va a entender eso. No quiere entenderlo».

George se levanta bruscamente. La silla cae al suelo con estrépito y, a grandes zancadas, George sale del comedor. Todos lo miran salir en silencio, sin intervenir.

—Fred era mi hijo. —Todos se vuelven hacia la señora Weasley, que se limpia las lágrimas con un pañuelo—. Pero también lo son los demás. Tú eres mi hijo, Percy. Harry también lo es. Y lo serán las personas que elijáis amar. Dumbledore siempre decía que el amor es una de las magias más potentes del mundo junto con la música. Y yo os quiero a todos con vuestros aciertos y errores y os amaré incondicionalmente.

—Lo siento mucho. —El susurro de Draco casi no se oye, en realidad, pero sus palabras rebotan por todo el comedor. Harry comprende que Draco ha sido capaz de atajar el ataque de ansiedad lo suficiente como para hablar.

—No es tu culpa —dice Molly, levantándose lentamente de la silla—. No podría sentarte a mi mesa si lo fuese. Pero no es tu culpa. La culpa es de quienes nos llevaron a esa locura.

—Mi familia…

—Tú no eres tu padre, Draco. Sólo eras un crío —interrumpe Arthur, apoyando a su mujer—. Todos erais unos críos en una guerra loca.

—Aún así, lo siento mucho —dice Draco, con voz más firme. Levanta la cabeza y su mirada se cruza con la de Andromeda—. Siento mucho las pérdidas de todo el mundo y siento la responsabilidad que tuve en ello.

Audrey también ha estallado en lágrimas. Percy intenta consolarla y le susurra que ella no tenía por qué saberlo, se disculpa con ella por no haberle contado todos los detalles. La mesa vuelve a quedarse en silencio hasta que Arthur convoca una botella de whisky de fuego y un montón de vasos, que rellena con parsimonia.

—Hablaré con George —dice Molly, saliendo del comedor.

Cada uno recibe su vasito, pero nadie lo toca. Uno de ellos se posa en el sitio vacío de George y otro frente al de Molly. La mesa está en silencio, uno reflexivo y cauto. El tiempo pasa lento. Harry se siente tentado a sugerirle a Draco que se marchen, pero este por fin conecta una mirada con él y sonríe. Una sonrisa fugaz de labios apretados. Una sonrisa angustiada, una que expresa cosas que no debería expresar una sonrisa, pero una sonrisa, al fin y al cabo. Tampoco le ha soltado la mano, aunque tiene los ojos vidriosos. Harry quiere decirle que no tiene por qué ser así siempre, pero no puede mentirle tampoco, así que se calla, impotente. Finalmente, Molly y George regresan. Ambos llevan en las manos bandejas con los cuencos donde Molly ha preparado postres individuales para todos y traen los ojos enrojecidos y las mejillas irritadas, pero parecen estar más en paz que cuando se fueron.

George se para junto a las sillas de Harry y Draco. Estos se levantan, comprendiendo que va a decirles algo. La mano de Draco busca, una vez más, la de Harry.

—El dolor por la pérdida de mi hermano sigue siendo muy intenso —dice George sencillamente, tendiendo, esta vez sí, la mano hacia Draco, que se la estrecha con cautela—. No considero que seas el culpable de lo que ocurrió, sólo… a veces cuando algo duele mucho sólo quieres hacer todo el daño que puedas alrededor también.

—Lo comprendo —asiente Draco—. Ojalá las cosas hubiesen sido de otra manera.

—Pero no lo fueron y tendremos que vivir con ello. —George se vuelve hacia Harry—. Somos familia. Malfoy también lo es, si elige estar contigo y tú con él. Siento mi comportamiento.

Harry se funde en un abrazo con George. Comprende que no va a ser fácil. No fue fácil en Hogwarts tampoco, pero lo consiguieron. Si siguen pieza a pieza, paso a paso, quizá haya una sociedad que reconstruir. El ruido de una silla los separa. Arthur se ha levantado y sostiene el whisky con mano temblorosa. El resto lo imita.

—Por Fred. —Arthur mira a Andromeda, que asiente casi imperceptiblemente, con los ojos húmedos—. Por Remus y por Tonks. —Imitándolo, todos apuran el trago del fuerte licor. Harry tiene la sensación de que las fiestas navideñas en casa de los Weasley nunca serán fáciles, el dolor de Fred seguirá ahí, pero si consiguen que las personas y las tradiciones, las nuevas y las antiguas, se combinen, todo saldrá bien.

—Te quiero —le dice a Draco al oído un rato después, terminados los postres. La mesa ha sido retirada y suena una música suave procedente de la radio de Molly. Todos se han repartido en sillones y sofás, convenientemente transformados a partir de las sillas de la cena. Draco no se ha apartado en ningún momento de Harry, que comprende que todavía no se siente cómodo, y apura con lentitud una copa de whisky. Todos beben, pero nadie parece tener prisa por hacerlo ni deseo de emborracharse. El ambiente festivo no se ha recuperado, pero todos parecen sonreír de nuevo.

Suena un villancico en la radio. Es uno de los que comparten tanto muggles como magos, porque Audrey empieza a cantarlo con voz clara. No sabe por qué, Harry siente el impulso de unirse a ella. Cantan juntos la primera estrofa, la voz de ella mucho más aguda que la de él. Percy se une en el primer verso de la siguiente. Segundos después, Molly, Arthur y Hermione también lo hacen y poco después suenan las voces de casi todos los demás. Las voces suenan armoniosas, quizá algunos no canten bien individualmente, pero el conjunto es bonito. Hasta Andromeda se une a ellos en el estribillo y acto seguido lo hace George. Contento, Teddy gorjea y chilla, como queriendo acompañarlos en la canción.

«Molly tiene razón. La música tiene su propia magia y es tan poderosa como el amor», piensa Harry, conmovido y alegre, cuando Draco, el único que ha observado en silencio, comienza a cantar en voz muy baja, sentado al lado de Harry, muy cerca de él. Su voz no se oye en el conjunto, pero a Harry le llega con claridad. Canta bien, con una voz de barítono limpia y que vibra cuando eleva un poco el volumen. Las voces de más de una docena de personas cantando al unísono como un coro llena la sala. Todos sonríen al tiempo que cantan, incluso George y Draco. Molly vuelve a enjugarse una lágrima, emocionada. Harry espera que haya nacido una nueva tradición familiar, como brindar por los que falten.

Cuando el villancico termina, Harry mira a Draco y ve en sus ojos la misma expresión de amor que hay en los suyos. «Todo saldrá bien», piensa. Draco sonríe y le da un beso en los labios.