Disclaimer: Todo lo que aparece en el fic es de Rowling, incluidas sus contradicciones.
¡Feliz Año Nuevo!
No soy cristiano. ¿Por qué digo esto? Porque es raro no sólo que me ponga navideño (celebro el Solsticio, no la Navidad), pero era necesario :P. La semana pasada Papá Noel dejó un oneshot que terminaba con un regusto un tanto amargo... porque iba seguido de una segunda parte (juntos, habrían sido 14k palabras) porque en mi casa quien trae los regalos es Papá Puerco durante la noche del 32 de diciembre. En nuestro calendario, el 1 de enero. Y me parecía divertido regalar la segunda parte de la escena en esta mañana. Como el anterior, va escrito a vuela pluma, sin corregir ni revisar (supongo que dentro de unas semanas, si me da por releer, me arrepentiré, jajaja). Bueno, eso, que he aquí la segunda de esas ideas que tenía en mente. Bueno, aquí hay un batiburrillo de ideas que quería conjugar para esta ocasión. Queda una tercera, anotada en mis apuntes, pero a saber si algún día la idea ve la luz.
Sin más, feliz Año del Lebrato Lacrimoso, según la cronología del Mundodisco (de donde viene la tradición de Papá Puerco).
Trigger warning: Sexo explícito. Sexo anal. Rimming. Mucho fluff.
Escena extra: Navidad
Harry va directo a la que considera su cama y se deja caer pesadamente encima del edredón, haciendo que los muelles del colchón chirríen y se quejen por lo brusco, mientras la cabeza le flota en una bruma agradable provocada por el alcohol. Draco se queda en la puerta, cerrada tras su espalda, mirando el dormitorio con cautela. Harry duda un segundo, pensando que debería haber escogido la cama de Ron, pero Draco suspira y, con su habitual cuidado, se sienta en el borde de la otra cama.
—Has dormido a menudo ahí, ¿verdad? —pregunta con un susurro. Harry asiente y Draco sonríe. A Harry le encanta verlo sonreír—. Has ido directo.
—He utilizado esta cama cada vez que me he quedado a dormir aquí en los últimos siete años.
Molly les ha ofrecido quedarse a dormir. Tras el primer villancico han venido algunos más, luego Molly y Arthur han bailado una canción de Celestina Warbeck. George ha conseguido hechizar la radio para que reproduzca canciones muggles también y Harry ha acabado intentando enseñar al resto, con la ayuda de Audrey y Hermione, algunos bailes de canciones que se habían popularizado durante sus infancias. A la primera botella de whisky de fuego le ha seguido la segunda y luego la tercera. Andromeda se ha retirado con Teddy a una hora prudente, sin haber bebido nada más que el primer brindis, pero el resto se ha desatado. Las emociones a flor de piel de la cena, el acuerdo tácito de la amistad ofrecida, el intento de reconducir la noche por parte de todos… Harry no sabe bien qué ha sido, pero al final han acabado disfrutando de la noche. Hasta Draco ha aceptado bailar con él, esquivando sus pisotones con agilidad sin apenas burlarse, con los ojos vidriosos por el alcohol. Cuando ha llegado la hora de marcharse, ninguno de los dos ha estado seguro de poder desaparecerse con seguridad, así que han acabado en el dormitorio que Ron y Harry han compartido tantas veces, desplazando a Ron y Hermione a la habitación de los gemelos, que George no utiliza desde la muerte de Fred, ya que prefiere dormir en el ático.
Perezosamente, con movimientos lentos y cuidados para no revelar su nivel de embriaguez, Draco comienza a desvestirse, dejando las ropas pulcramente estiradas encima de la cama. Harry lo imita, pateando los pantalones sin levantarse de la cama y lanzándolos sobre una silla antes de musitar un hechizo calentador para caldear la habitación. Después de hacerlo, observa que Draco duda unos segundos.
—Puedo enfriarla de nuevo, si quieres —ofrece, hablando en voz baja. Draco niega con la cabeza y acaba decidiéndose por obviar la cama de Ron, sentándose al lado de Harry. Este se vuelve hacia él para hacerle sitio. La cama es estrecha, apenas ochenta o noventa centímetros de ancho, pero se siente secretamente complacido de que Draco prefiera dormir con él a pesar de la posible incomodidad que estar separados una noche. Se ha acostumbrado tanto a compartir la cama con él, que la sentiría vacía incluso aunque sus dos brazos colgasen a ambos lados. Draco suspira y le acaricia la espalda—. Estás tenso.
—Supongo. —Los músculos de la espada de Draco se aprietan. Este está sentado muy recto, formal. Ha estado así toda la noche, nada que ver con la pose relajada habitual en él. A Harry le recuerda más al Draco de los primeros días de septiembre que al que duerme con él y se acurruca a su lado, utilizando su pecho como almohada.
—Deberíamos irnos —murmura Harry, incorporándose con cuidado para hacer el menor ruido posible. Draco niega con la cabeza, pero Harry se sienta a su lado—. Tenías razón. Ambos la teníamos, en realidad. Es demasiado pronto, pero Molly insistió y tú accediste por mí, pero ahora no sólo hemos cenado aquí, sino que vamos a dormir en la Madriguera y tú…
—Cállate, Potter —dice Draco. Suaviza las palabras con una caricia en la mejilla. Harry siente cómo su incipiente barba raspa las yemas de Draco. Desde que este le dijo que estaba guapo sin afeitar, ha dejado de hacerlo a diario, sólo por complacerle—. Estás muy guapo cuando no te afeitas —añade Draco, como si le hubiese leído el pensamiento.
—Sé que te gusta —confiesa Harry.
—Y yo sabía que venir era correcto. —Draco lo mira con media sonrisa en el rostro—. No venir también habría sido correcto, no quiero decir lo contrario. Y… bueno, no ha salido tan mal, ¿no?
—No, no ha salido tan mal —coindice Harry.
—Me han sentado a su mesa. No hace ni seis meses, todavía éramos enemigos en bandos contrarios. Han perdido gente.
—Todos hemos perdido algo,
—¿Verdad? —Draco asiente, pensativo. Harry quiere preguntarle, pero parece melancólico y no quiere entristecerlo más. Se supone que es un día para disfrutar y estar alegres, pero esa noche les está saliendo regular—. En mi casa las festividades son más serias. No celebramos la Navidad, claro. No somos cristiano, como los Weasley —Harry asiente. En realidad, él tampoco lo es. Ni siquiera sabe qué fe profesan sus tíos, sólo que las festividades que celebran son típicamente muggles, así que no había imaginado que habría otros cultos hasta años más tarde—, pero estas fechas también son importantes, no en vano han calado en muchos estratos de la sociedad. Celebrábamos bailes, cenas, rituales antes… Antes de que todo se fuese a la mierda.
—¿Y ahora? —se atreve a preguntar Harry, todavía acariciando la espalda de Draco y haciendo presión con los dedos en los puntos en los que nota más tensión.
—No lo sé. Pero no dudo que no esté siendo fácil para mi madre tampoco. Hay que adaptarse, progresar, cambiar… Tu familia está dispuesta a hacerlo, aunque cueste.
—Lo estás haciendo muy bien, Draco. Lo estamos haciendo muy bien —se corrige Harry, porque es consciente de que, si él no hubiese cambiado de perspectiva, todo el esfuerzo de Draco habría sido en vano. Y viceversa. Aprieta más fuerte los dedos en la espalda de Draco, moviéndolos en círculos sobre su omóplato para deshacer un nudo. Draco gime suavemente, un gruñido bajo desde el fondo de la garganta, indicando que le ha gustado—. Vamos a hacer una cosa. Túmbate bocabajo —propone.
Se levanta para dejar sitio a Draco, que lo mira un tanto perplejo. Harry hace un movimiento con la cabeza, insistiéndole, y al final el chico le hace caso y, un tanto renuente, se tumba en la cama.
—En el centro —le indica Harry, dándole unos golpecitos en el muslo. Draco obedece. Harry saca la varita y hace un hechizo sin dejar de sentir la mirada de Draco encima de él—. Es un hechizo silenciador —informa. Draco se muerde el labio.
—Pero… —Antes de que Draco se lo piense mejor, Harry se ha sentado sobre sus muslos. En realidad, carga el peso en las rodillas, a cada lado de las caderas de Draco, pero siente la piel caliente de su novio bajo él—. Potter, estamos en casa de los Weasley. Casi podría decirse que es la casa de mi suegra.
—¿Eso te preocupa? No te hacía tan mojigato —se burla Harry, riendo entre dientes—. Tranquilo. Ni que Ron o Hermione no estuviesen ahora mismo haciendo cosas peores.
—Merlín, Potter, no necesitaba esa imagen mental —gruñe Draco, intentando revolverse bajo su peso. Harry se lo impide poniendo las manos en sus hombros y aplastándolo contra la cama.
—No pasa nada, Draco. Sólo… Estás muy tenso. Quiero… ¿puedo intentar ayudar a relajarte? —Draco guarda silencio unos segundos y luego suspira, rindiéndose. Harry se vuelve a reír, esperaba encontrar más resistencia.
—No es necesario —protesta, no obstante, Draco—. No tienes que hacer nada extraordinario porque haya venido a cenar, Potter.
—¿Quién te ha dicho que sea por eso? —pregunta Harry que, en el fondo, sabe que en cierto modo sí es así. Sin embargo, lo que más le preocupa es que Draco sea incapaz de abandonar esa pose de tiesa formalidad, alerta y en guardia contra el mundo entero. Entiende por qué lo hace, pero le gustaría que, como es habitual entre ellos, desaparezca a su lado—. Sólo quiero… me gusta… Mira, cuando estamos solos sueles relajarte y… bueno, pareces otra persona. Hoy…
—Lo siento —murmura Draco—. Estoy un poco tenso. Y nervioso —confiesa.
—Lo sé, y está bien, Draco —susurra Harry. Se inclina hacia adelante y habla al oído de Draco—. ¿Me dejas que te ayude a relajarte? —Draco asiente con un sonido casi inaudible.
Harry se muerde el labio y culebrea para levantarse de la cama. Draco lo sigue con la mirada, pero no dice nada, simplemente está atento a sus movimientos. Harry rodea la cama y le quita los calcetines, desechándolos encima de la otra cama, y se inclina hacia Draco para tirar de sus calzoncillos. Este lo ayuda levantando las caderas para permitirle sacarlos. Harry no sabe qué tiene en mente, en realidad. Inicialmente, había pensado en masajear los nudos tensos de la espalda de Draco, pero el roce de ambos, a través de los calzoncillos, cuando se ha sentado en sus muslos y se ha inclinado para hablarle, le ha excitado. Sin embargo, se recuerda a sí mismo que lo que haga, tiene que ser sobre todo para Draco.
Sopesa las diferentes opciones, pero no quiere estar incómodo tampoco, así que acaba volviendo a arrodillarse sobre Draco, cuidando de no sentarse sobre él para no molestarlo con su peso. Lamenta que todo haya sido improvisado, porque el botecito de lubricante le habría venido bien, pero no pierde el tiempo. Pasa los dedos suavemente por la piel de la espalda de Draco, acariciándola lánguidamente. Bajo él, Draco se remueve ligeramente y cierra los ojos. Utilizando los dedos, el canto de la mano y haciendo fuerza, se dedica a destensar la espalda de Draco en un masaje que espera que sea relajante y no doloroso. Pierde la noción del tiempo, concentrado únicamente en mover los dedos a lo largo y ancho de los hombros, la columna vertebral o las lumbares, escuchando atentamente la respiración cadenciosa de Draco, que sigue con los ojos cerrados, pero de vez en cuando hace pequeños ruiditos de placer cuando Harry deshace un nudo particularmente tenso o lo acaricia de alguna determinada forma.
Por la presión de los dedos de Harry, que ha intentado ser suave y firme al mismo tiempo, al cabo de un rato la piel de Draco ha enrojecido y está caliente, pero este no parece tener queja al respecto. Inclinándose hacia adelante, intentando no pensar en cómo rozan sus calzoncillos con el culo de Draco ni en lo mucho que le gusta el tacto de su piel, Harry se inclina hacia adelante, apoyando el peso en una mano que pone al lado del rostro de Draco. Con la otra, hunde los dedos en el cuero cabelludo y lo masajea lentamente. Esta vez, el murmullo de placer de Draco es mucho más audible que los anteriores. Sonriendo para sí, Harry se centra un rato, acariciando y peinando el cabello de Draco, que ha crecido y empieza a curvarse en las puntas, presionando la nuca y junto a las orejas para arrancarle más suspiros de placer.
Alentado, Harry continúa por los brazos de Draco, tirando de ellos suavemente para obligarlo a relajarlos a lo largo del cuerpo. Este se reacomoda para permitírselo, abriendo ligeramente un ojo para mirar a Harry y esbozar una sonrisa ladeada. Inicialmente, Harry sólo había pensado en darle un masaje en la espalda. Quitarle los calzoncillos ha sido un impulso excitado. Sin embargo, ahora desea recorrer con las yemas de sus dedos cada centímetro de piel de Draco. Primero un brazo, luego el otro, bajando hasta las muñecas. Después las manos, presionando con los pulgares en las palmas de Draco, delineando sus dedos, fritándolos suavemente entre sus propias manos. Cuando los de dos de Harry, acariciando sin separarse de la piel de Draco, recorren el camino de vuelta hasta sus hombros y luego columna abajo hasta el punto en el que comienzan a elevarse los glúteos de Draco, duda apenas un segundo en incorporarse y darse media vuelta, sentándose igual que antes, pero mirando hacia el otro lado.
En lugar de apoyarse suavemente sobre los muslos de Draco, lo hace sobre sus lumbares, rozándolas apenas y descargando todo el peso en las rodillas a cada lado de la cama. Draco hace un sonido inquisitivo, pero Harry no contesta. Con energía, frota los muslos de Draco en dirección hacia sus piernas, se inclina para alcanzar sus gemelos y los presiona con los pulgares. El sonido inquisitivo de Draco, que ha ido acompañado de una leve tensión de todo el cuerpo, se transforma en una respiración calmada y pronto vuelve a dejar que sea Harry el que mueva sus extremidades a su antojo. Harry lo hace, atrayendo el pie derecho de Draco hacia sí. Como en la mano, hunde los dedos pulgares en la planta del pie. La respiración de Draco se entrecorta con suspiros placenteros. Harry sigue masajeando, delineando el contorno de los dedos de su pie, estrujándolos uno por uno. Antes de depositarlo suavemente sobre la cama para hacer lo mismo con el izquierdo, deposita un beso en la planta.
—No me he duchado —se oye la voz ronca de Draco. Harry se ríe, lo ha hecho dos veces ese día, la segunda vez antes de vestirse para ir a cenar, así que en realidad Draco está limpio y reluciente. Con una sonrisa traviesa, lame la planta del pie izquierdo, interrumpiendo momentáneamente el masaje—. ¡Potter!
—Dime que no te gusta y no lo haré nunca más —promete Harry. Draco guarda silencio, tanto que Harry podría jurar que está conteniendo la respiración. Espera diez segundos, contándolos lentamente en su mente, antes de volver a besarle la planta del pie—. ¿Sabes que me fijé en tus pies el primer día? Cuando volvimos a Hogwarts —aclara Harry. No sabe bien por qué está contándole eso. Quizá porque él mismo no era consciente, pero ahora varios recuerdos de los pies blancos de Draco, sentado a su lado en la sala común, mucho antes de que empezasen a intercambiar caricias o contacto físico, están llegando a su mente como si los hubiese convocado.
—Eres un pervertido, Potter. —Harry se detiene un segundo, así que Draco se apresura a añadir—. Pero sí, me gusta. Me gusta mucho. Y me gusta mucho que te guste.
—Un alarde de vocabulario impresionante —se burla Harry, devolviéndole a Draco una pulla que este utiliza demasiado a menudo con él. Draco comienza a protestar, pero Harry lo calla volviendo a lamerle la planta del pie golosamente.
La necesidad de tocar cada centímetro de Draco sigue siendo imperiosa, pero ahora se ha sumado a la de recorrer con la lengua esos mismos lugares. Conteniéndose para volver a empezar por la espalda y prometiéndose a sí mismo que otro día puede hacerlo, deja caer suavemente el otro pie de Draco encima de la cama, laxo, y vuelve a darse media vuelta. Esta vez, en cambio, se coloca mucho más abajo, sobre los gemelos de Draco. Sólo le queda una zona por masajear. Draco también lo ha adivinado, porque lo mira desde dónde está. Harry le sonríe.
—¿Todo bien? —Draco asiente, mordiéndose el labio.
Harry aprieta los glúteos de Draco. Este suspira de placer, pero no quita los ojos de Harry, observándolo atentamente. Harry los masajea, igual que ha hecho con el resto del cuerpo, pero sus ojos, y la erección que su calzoncillo apenas es incapaz de contener, se van hacia el pequeño agujero rosado que se aprieta rítmicamente cada vez que Draco suspira. Con un gemido de frustración, Draco levanta la cadera y una de sus manos desaparece debajo de su cuerpo para acto seguido sacarla y volver a la posición inicial. Harry se ríe, comprendiendo que Draco ha necesitado colocarse su propia erección de manera más cómoda. Tras acariciar y apretar sus glúteos un par de veces más, los separa con las manos.
—¿Puedo? —pregunta Harry. Draco asiente y, ahora sí, cierra los ojos. Los dedos de Harry acarician de arriba abajo a Draco entre ambos glúteos, arrancando suspiros de Draco que cada vez se asemejan más a gemidos.
—¿Qué he hecho para merecer tantas atenciones hoy, Potter? —pregunta Draco, sin abrir los ojos. Harry sonríe, sabe que a Draco a veces le cuesta entender el altruismo. No sólo no lo ha aprendido desde la infancia, sino que tampoco considera que no es merecedor de él.
—No te preocupes por mí —susurra Harry—. Voy a…
No termina la frase, pero no es necesario, Draco ya está asintiendo. Harry se mete el dedo índice en la boca para empaparlo de saliva y luego, suavemente, lo introduce dentro del culo de Draco tras un par de caricias tentativas. La saliva, mucho más escasa y menos duradera que el lubricante, apenas es suficiente para permitir el roce. Al sacarlo, Harry es capaz de intuir que un dedo, gracias a haber practicado a menudo en los días anteriores, es asequible, pero si quiere meter alguno más, va a necesitar mucha más saliva.
«Más saliva», piensa, tragando fuerte.
—Voy… quiero… Voy a hacer una cosa —avisa Harry, vacilando apenas unos instantes. Draco abre los ojos, alarmado, y lo mira con el ceño fruncido. Harry, que sólo le ha avisado porque necesitaba pronunciar las palabras en voz alta, tragar saliva y deshacer el nudo de nerviosismo y excitación que se le ha formado en la garganta al pensarlo, sigue el impulso y se deja llevar—. Sólo quiero probar una cosa, ¿vale? Si no te gusta, dímelo.
Draco no tiene tiempo de responder. Sólo una exclamación de sorpresa abandona su boca cuando Harry retrocede para coger una postura más cómoda y se inclina hacia adelante, besando el centro rosado y arrugado de Draco. Tantea con la lengua, sigue los pequeños bordes rugosos, hace pequeñas espirales con la punta de la lengua y, justo al final, cuando llega al centro, empuja ligeramente. Deja que la saliva que se le forma en la boca salga con facilidad. Antes de darse cuenta, está sujetando las nalgas de Draco con ambas manos, separándolas para facilitarse el acceso y lame y succiona su culo con fruición.
—Harry… —suspira Draco al cabo de unos segundos.
—¿Te gusta? —pregunta Harry, ansioso, levantando la cabeza—. Pensé… se me ocurrió que iba a hacer falta mucha más saliva y que la forma más fácil era…
—Joder, es el puto paraíso, Potter —masculla Draco, que ha escondido la cara en la almohada para ocultarla del rostro de Harry. Este sonríe, satisfecho, y vuelve a aplicarse a lamer, chupar y succionar.
Seguramente, si se hubiera parado a pensarlo no lo habría hecho. O, al menos, habría encontrado unos cuantos argumentos lógicos que lo desincentivaran. Pero una vez está haciéndolo, le resulta muy agradable. El olor de Draco, ese que es suyo propio, que es tan familiar y agradable, el que se percibe en cualquier momento que inspire a su lado por debajo del delicioso perfume de iris y violeta, es más intenso y almizclado ahí y basta para embriagar a Harry de placer y excitación. Su pene está tan duro, aprisionado por la tela del calzoncillo sin demasiado éxito, pues este ya ha dejado escapar el glande, apenas cubierto por el prepucio de la tensión, por la goma de la cintura, que cree posible ser capaz de correrse mientras le chupa el culo a Draco.
—Joder… —suspira Draco de nuevo, en un gemido un poco más alto—. Circe bendita, esto es la puta gloria.
Harry ríe, y las vibraciones de sus carcajadas se transmiten a sus labios y a su lengua, que entra y sale rápidamente del culo de Draco, relajándolo. Tras un par de minutos más chupándole el culo, Harry se despide momentáneamente de él con un par de lametones que van desde el punto donde los huevos de Draco se unen al cuerpo hasta el inicio de la espalda. Draco se estremece y levanta las caderas hacia arriba, ofreciéndose. Harry disfruta de la vista. El culo de Draco, relajado, húmedo y lleno de su saliva, se contrae un par de veces, cada vez que Draco intenta contener su excitación.
—¿Quieres correrte así? —pregunta Harry. Mientras hace la pregunta vuelve a meter un dedo en el culo de Draco, deslizándolo con facilidad gracias a la saliva y comenzando un movimiento suave de entrar y salir. Draco gime, pero no contesta, así que Harry mete otro más, aprovechando que el ano de este está distendido y entra sin problemas.
—Me gustaría correrme así —dice Draco, con la voz ahogada por la almohada—. Pero tú…
—No te preocupes por mí —susurra Harry, sacando los dedos y volviéndose a inclinar, encantado de seguir haciéndolo.
—Pero… —Draco se interrumpe a media palabra para gemir de nuevo cuando la lengua de Harry vuelve a retozar en el borde durante unos segundos antes de introducirse dentro de él lo más que puede—. No pares… Harry… —suplica, gimoteando—. Por favor… Pero…
Harry hace un sonido de asentimiento para indicar que le escucha, poco dispuesto a parar. Las caderas de Draco se elevan un poco más hasta quedar apoyado sobre sus rodillas, el resto del cuerpo derrumbado sobre la cama, sin fuerza para levantarse sobre los codos, en respuesta a las vibraciones de la lengua y labios de Harry. Este aprovecha para meter una mano entre las piernas de Draco, buscando su pene, duro, y sujetarlo con la mano con firmeza. Un espeso líquido le chorrea desde la punta hasta el borde del glande con varias gotas ininterrumpidas de líquido preseminal y Harry lo aprovecha para extenderlo con la yema de los dedos y así lubricar el pene de Draco para masturbarlo cómodamente.
—Pero hoy no… —consigue terminar Draco la frase.
—¿Qué? —Harry se queda atónito y por un momento cree que ha escuchado mal. Se ha detenido inmediatamente, a pesar de que Draco parece tan suplicante como unos segundos antes.
—Puedes… Quieres… —Draco parece buscar las palabras adecuadas—. Potter, ¿por qué no me la metes?
—Pensaba que íbamos a esperar a… —murmura Harry, confundido. Apenas un par de días antes lo habían hablado. No habían establecido una fecha concreta, pero tener el ala este para ellos solos, estar de vacaciones descansando y no tener que cumplir horarios de clases había parecido buena idea. Draco separa la cabeza de la almohada y lo mira. Tiene el pelo despeinado y las mejillas sonrojadas. El labio inferior está rojo e hinchado, como si se lo hubiese estado mordiendo.
—Lo sé, pero tampoco es necesario planificarlo todo al detalle, ¿verdad?
—Pensaba que lo preferías así —confiesa Harry.
—Quizá, pero… es buen momento, ¿no? Y tú también estás duro —argumenta Draco, respirando agitadamente. Harry se lleva, inconscientemente, la mano a su polla y la presiona por encima del calzoncillo. La palma de su mano queda manchada por el propio líquido preseminal que empapa la tela de su ropa interior.
—No… no se me ocurrió que fuéramos a… Lo de chuparte el culo ha sido porque he pensado que era una lástima no tener lubricante a mano —admite Harry, pesaroso. Las palabras de Draco lo han puesto mucho más cachondo, pero duda muchísimo que el impulso sea buena idea si quiere que Draco disfrute.
—Busca en mi casaca —dice Draco. Harry y él intercambian una mirada larga y el primero acaba asintiendo. Se levanta y busca rápidamente en los bolsillos interiores de la casaca. Hay un botecito pequeño, con una forma plana y discreta. Harry pregunta con la mirada a Draco, que se ríe—. Pensé que podía ser buena idea llevarlo siempre encima. Transformé el bote de un pergamino usado para que cupiese en cualquier bolsillo.
—Buena idea —le felicita Harry.
—¿Puedes seguir haciéndolo un poco más? —pide Draco, mordiéndose el labio.
—Todo el tiempo que tú quieras —promete Harry, volviendo rápidamente a su lado. Se coloca al pie de la cama y, con fuerza, pone las manos en las caderas de Draco para guiarle más cerca del borde. Arrodillándose en el suelo, Harry acaricia el culo de Draco, pasando la yema del dedo por encima de él y hundiéndola ligeramente hasta la primera falange—. ¿Me dirás si te duele?
—Te lo diré.
Sujetando las caderas de Draco con las manos, Harry vuelve a hundir la lengua en su culo durante varios minutos. Los suspiros de Draco lo alientan a seguir y seguir. Sólo cuando siente la lengua ligeramente entumecida, se ayuda con los dedos, aprovechando para extender el lubricante. Cuando Draco siente que entra el tercero, empuja las caderas hacia atrás, acercándolas a Harry. Este los rota suavemente dentro de él y después los saca, consolándolo con varios lametones.
—Creo que ya —indica Draco con voz ahogada.
—De acuerdo.
Aún así, Harry sigue lamiendo y chupando un poco más. Se siente complacido de que a Draco le esté gustando tanto y, al mismo tiempo, está un poco nervioso. Por un lado, quiere hacerlo ya, ver cómo su polla desaparece dentro del culo de Draco igual que lo hacen sus dedos, como el contorno de su ano se ajusta perfectamente a él si el interior caliente de Draco se siente tan bien y suave como parece cuando lo hace con los dedos. Por el otro, quiere dilatar el momento de hacerlo lo más posible. No sólo por el temor a hacer daño a Draco, a que no le guste o a que no salga bien, sino por la emoción de que será la primera vez y es un recuerdo que quiere atesorar para el resto de su vida. Incluso aunque un día Draco y él dejasen de quererse y prefiriesen seguir su camino por separado, aquel momento seguiría siendo una conexión, algo que ambos recordarían. Algo sólo para ellos y entre ellos.
—Voy a hacerlo —dice Harry, y su voz sale estrangulada por la emoción y los nervios. Draco asiente y vuelve a enterrar la cara en la almohada. Harry querría decirle que no lo haga, porque quiere verle el rostro para saber que todo está bien, pero también comprende que Draco quiere controlar sus emociones y poder decidir si para o no por su cuenta.
Un último lametón, un gemido desesperado de Draco y Harry se pone de pie. Casi se arranca los calzoncillos al intentar bajárselos y alejarlos con una patada. Acaban enredados en su tobillo derecho, pero es incapaz de detenerse el tiempo suficiente para quitárselos del todo y los deja ahí. Siente el suelo frío bajo las plantas de los pies descalzos y eso le ayuda a serenarse un poco. Suficiente para sujetarse la polla y dirigirla hacia el ano de Draco, posándola justo encima sin moverse. A pesar de lo distendido que está, le han cabido tres dedos, el agujero apenas parece haberse estirado y aparece diminuto al lado del glande de Harry, que duda unos segundos. Un vistazo a sus dedos, que no son tan largos como los de Draco aunque sí algo más gruesos, le indica que ni la longitud ni el grosor de los tres juntos es suficiente para emular el tamaño de su polla, que ni siquiera es extraordinariamente larga ni gruesa. Traga saliva fuerte, porque quiere que todo sea perfecto y no tiene la completa seguridad de que vaya a ser así.
—Nunca te había visto pensar tanto, Potter —murmura Draco, que ha sacado la cara de la almohada y lo mira, burlón—. Todo va a ir bien —añade, adivinando lo que está pensando Harry.
Harry empuja. La punta entra fácilmente durante unos momentos, pero luego encuentra un punto de tensión. Draco, que no ha vuelto a esconder la cara, aprieta las mandíbulas y respira hondo. Harry se detiene hasta que su respiración vuelve a hacerse regular, y luego empuja otro poco. Y otro poco más. Centímetro a centímetro, permitiendo que Draco respire entre cada uno de ellos, sintiendo cómo se marea cada vez que el culo de Draco se aprieta alrededor de su polla con fuerza para unos instantes después relajarse y permitirle avanzar otro poco. Harry tiene que respirar hondo cuando la punta por fin ha entrado y es entonces cuando comienza el movimiento de vaivén.
Despacio, saca la punta y la vuelve a meter, pero esta vez de manera más fluida, lenta y sin pausa. Draco gime, pero no es dolor. Aprovechando el movimiento, cada vez entra un poco más. Es el turno de Harry de apretar los dientes, si no se ha corrido aún es por pura fuerza de voluntad. Podría haberlo hecho en el mismo momento en que ha posado su pene, antes de empujar. O cuando el glande ha entrado entero, apretado y caliente. Cuando por fin su abdomen topa con las nalgas de Draco, sus huevos chocan con los de él durante un breve segundo y todo su pene está envuelto por el interior caliente de Draco que está a punto de enloquecerlo. Desde su posición, Draco lo mira, con las mejillas sonrojadas y ligeramente jadeante.
—¿Te gusta?
—Es jodidamente genial —dice Harry, extasiado y haciendo un esfuerzo por no correrse en ese instante.
—Y qué, ¿vas a moverte o te vas a quedar ahí como si te hubiesen lanzado un hechizo paralizante? —se burla Draco.
Harry lo mira, recordando súbitamente sus temores sobre hacerle daño. Este le devuelve la mirada bajo las largas pestañas rubias, casi invisibles, las mejillas sonrojadas y una sonrisa de deleite. Comprende que todo está bien y que puede despreocuparse. Mantiene los ojos fijos en los de Draco hasta que el placer lo abruma tanto que le obliga a cerrar los párpados. Unos pocos empujones después, que para Harry podrían haber sido horas como segundos, porque está sobrepasado por las sensaciones, se corre.
—Joder… —suspira, antes de abrir los ojos. Draco sigue mirándolo. Su sonrisa es más ancha y parece complacido. Sin deseo de que todo acabe, porque ha sido demasiado rápido, se queda quieto, sintiendo todavía el calor de Draco alrededor de su pene, y acaricia la piel de la espalda de este—. Lo siento.
Se siente un poco culpable porque ha sido demasiado rápido, no ha sido capaz de pensar en el placer de Draco. Sin embargo, este suspira también y sigue sonriendo. No le pide que se aparte, ni que se separe. Sólo se queda como Harry, quieto, excepto por el hecho de que su culo sigue contrayéndose rítmicamente, de manera aparentemente aleatoria, alrededor del pene de Harry.
—He durado muy poco. Ha sido… las sensaciones son… —se disculpa Harry de nuevo.
—No te preocupes —murmura Draco, para tranquilizarlo—. Me ha gustado mucho, Harry, de verdad. Y vamos a seguir practicando, ¿no? Seguro que la próxima vez duras más tiempo.
—¿Próxima vez?
—En cuanto volvamos a Hogwarts pienso hacerte repetir. —Draco asiente y se ríe, burlón, por la boca ligeramente abierta de Harry, que se siente un poco apabullado por la idea de volver a hacer lo mismo una y otra vez con Draco—. Si te preocupa durar poco, podemos hacerlo dos veces para que la segunda sea más larga.
—Mejoraré, te lo prometo.
—Si es mejor que esto, va a ser espectacular.
Harry por fin se separa de Draco con un leve sonido de humedad. Observa, casi hipnotizado, cómo el culo de Draco se contrae un par de veces. Está más distendido que cuando le ha metido la polla, pero de nuevo parece mucho más pequeño y no muy capaz de acogerle como lo ha hecho. Está un poco enrojecido, pero todo parece estar bien.
—¿Te gustan las vistas? —Draco se burla de nuevo y consigue que Harry se sonroje.
—Sí —dice Harry con voz sincera—. Voy… voy a ayudarte a terminar a ti también.
—No es necesario, Potter. Antes, tú… —Draco no consigue acabar la frase, porque Harry se ha dejado caer sobre sus rodillas de nuevo y ha posado las manos sobre las nalgas de Draco—. ¿Harry? —pregunta este con tono cauteloso, no muy seguro.
—No es necesario, pero es divertido si los dos lo pasamos igual de bien, ¿no?
—No te atrevas a insinuar que no lo he pasado bien, Potter —gruñe Draco, pero el final de la frase queda deslucido por el pequeño gritito agudo que da cuando la lengua de Harry vuelve a entrar en su culo, que cede más fácilmente ahora que está distendido—. Joder, Potter, es cierto que eres un puto pervertido. Sabes lo que acabas de hacer ahí, ¿no?
Harry se ríe sin dejar de lamer el culo de Draco. Como antes, ni siquiera lo ha pensado, sólo se le ha cruzado por la cabeza que quiere que Draco también se corra, que antes ha dicho que le gustaría hacerlo así, y antes de que su cerebro tomase la decisión, su lengua ya estaba dentro del culo de su novio. Seguramente, haberlo pensado le habría hecho dudar, pero una vez en acción, no le importa el sabor salado de su propio semen, que escurre en transparentes gotas, ni la textura espesa del lubricante. Draco dice algo más, burlándose todavía de él, pero Harry lo ignora, aplicándose lo mejor posible y buscando de nuevo la polla, dura, entre sus piernas para masturbarlo con firmeza. Como él, quizá sobrepasado por las sensaciones, Draco tampoco dura demasiado tiempo y segundos más tarde, la colcha de la cama queda manchada por varios hilos espesos que salen abundantemente de la polla de Draco.
—Potter, puedes parar —dice Draco. Harry ha seguido lamiendo y chupando sin parar, a pesar de saber que Draco ya se ha corrido, deseoso de que disfrute lo más posible. La voz de Draco, amable y satisfecha, le reverbera dentro del pecho. Trepando por encima de él, pelea con el edredón hasta conseguir taparlos ambos, decidiendo que pueden limpiar y arreglar el desastre al día siguiente cuando se levanten. Acomodándose, Draco se acuesta contra el pecho de Harry, que se apresura a abrazarlo desde atrás y besar su nuca, inspirando fuerte para disfrutar del aroma a iris y violetas—. Gracias.
—No digas tonterías —susurra Harry.
—En realidad, te aseguro que me ha gustado mucho. Cuando me la has metido —aclara Draco—. Aunque no me haya corrido en ese momento.
—Lo otro también te ha gustado —dice Harry, encogiéndose de hombros. Draco asiente con un tímido murmullo casi ininteligible—. Te lo haré siempre que quieras, a mí también me ha gustado.
Harry cierra los ojos y deja que su respiración se acompase con la de Draco, relajándose, disfrutando del olor de Draco, del calor de su piel desnuda contra la suya y de la intimidad que han compartido, de ese momento que está seguro de que ambos recordarán el resto de su vida. No por primera vez, pero sí la más fuerte hasta ahora, se siente especial por estar con Draco, porque este haya accedido a acercarse a él y permitirle, permitirse ambos, conocerse mejor fuera de los roles en los que fueron educados y aleccionados.
—Tienes una familia muy bonita, Harry —susurra Draco al cabo de un rato. Harry ya está medio dormido, pero las palabras de Draco, que han sonado suaves y perezosas, no suenan como si estuviese durmiendo—. ¿Sabes? Un día estaremos todos sentados a la mesa, felices. Me contaréis anécdotas de Weasley, en mis recuerdos tendré una imagen más agradable de él que ahora, la guerra será un recuerdo lejano y nadie podrá imaginar que las cosas antes no fuesen como son ahora, Harry.
—Estoy seguro —asiente Harry. Draco se arrebuja más en los brazos de Harry, que le besa la coronilla, emocionado por sus palabras—. Y las cosas irán encauzándose, Draco. Quizá tu padre no lo entienda, pero tendrá que adaptarse a la realidad, quiera o no. Podremos compartir estos días con tu madre, al menos. Estoy seguro de que será más pronto que tarde.
—¿Estarías dispuesto?
—Tu madre mintió a Voldemort sobre mí para salvarte a ti. —Harry incluso había declarado en los juicios—. La sociedad le debe algo muy importante y no estoy seguro de que se lo haya retribuido, ¿cómo iba a negarme a algo tan sencillo? Sin embargo… —Harry siente que Draco se tensa entre sus brazos—, eso no es lo importante. Lo importante es que es tu madre, te quiere y la quieres. No sería justo para mí poner condiciones. Tú mismo te has sentado hoy a la mesa con mi familia. Comería hasta con tu padre si fuese capaz de ver lo grande que eres, Draco.
Draco no contesta, pero la forma en la que su espalda se agita le indica a Harry que está llorando. Asustado, se incorpora a medias. Draco se gira dentro de sus brazos para encararlo. Harry traga saliva, un poco sobrepasado. Nunca ha visto llorar a Draco, salvo cuando está en medio de una pesadilla, así que no está seguro de qué debe hacer, porque Draco siempre parece entero, incluso cuando está emocionado. Sin embargo, es el propio Draco quien lo besa suavemente en los labios.
—No es nada. Sólo… que los echo de menos. A mis padres. A los dos, de hecho. A la vez, estoy feliz por lo que acabamos de hacer. Y tu familia me ha gustado más de lo que querría admitir —confiesa Draco. Harry, como si hubiese ocurrido en una vida pasada, recuerda a Hermione recriminándoles a él y a Ron tras haberse besado con Cho y que la profusión de sentimientos de esta lo hubiese confundido.
«Nadie puede sentir tantas cosas a la vez. ¡Explotaría!», había dicho Ron cuando Hermione había intentado explicárselo.
«Que tú tengas la variedad de emociones de una cucharilla de té no significa que los demás seamos iguales», había repuesto Hermione con un toque de crueldad.
Ahora, Harry entiende perfectamente qué quería decir Hermione. Supone que, a veces, todo el mundo necesita un bagaje emocional y psicológico y pasar por ciertas experiencias antes de comprenderlas. En cualquier caso, comprende perfectamente todo lo que pasa por el interior de Draco y lo estrecha fuerte entre sus brazos. Los dos vuelven a callarse unos segundos, hasta que Draco se aparta y Harry aprovecha para secarle los restos de lágrimas de las mejillas.
—No me habías dicho que tenías un hijo —dice Draco, mirándole de nuevo con un brillo burlesco en los ojos, aunque todavía quedan restos de su inseguridad en la mirada.
—Ahijado —matiza Harry, riendo entre dientes—. En realidad… me había olvidado un poco de él. Es… Supongo… Me sentí demasiado abrumado como para cuidar de un bebé. No debo caerle muy bien a Andromeda en estos momentos.
—Yo creo que al contrario. Ella también perdió gente en la guerra. A mí me ha parecido que te ha tendido un puente para que vuelvas al lado del niño.
—Teddy —dice Harry. Draco sonríe y asiente.
—Teddy.
—Es tu primo también.
—Sí, supongo que sí. Claro que ni siquiera conocía a mi tía —suspira Draco, resignado—. No creo que esté muy dispuesta a que el hijo mortífago de su hermana la que se casó con un mortífago, los que mataron a su marido, su hija y su yerno, sea el primo de su nieto.
—Creo que no conoces bien a Andromeda. Yo tampoco, pero… —Harry tiene la sensación de que, durante la cena, Andromeda se ha acercado intencionalmente a ellos dos. No a Harry solo, a ambos—. No adelantemos acontecimientos.
—Tienes razón. Buenas noches, Harry.
—Te quiero —susurra Harry, besando la punta de la nariz de Draco y cerrando los ojos.
A la mañana siguiente, despiertan muy tarde. Han olvidado poner un hechizo despertador y nadie se ha molestado en llamarlos, así que no es hasta que el ruido y estrépito del comedor llega hasta ellos que se levantan. Tras ayudar a Harry a limpiar y hacer la cama con un par de hechizos, ambos se visten y bajan las escaleras. Toda la familia está reunida, incluidos, de nuevo, Andromeda y Teddy.
—¡Los bellos durmientes han despertado! —grita Ginny en dirección a la cocina, donde Molly, George y Bill trastean con cazuelas y platos.
—Ya era hora. —El guiño pícaro de Ron hace que Harry se sonroje y este estalle en una carcajada al adivinar por qué ambos tienen tanto sueño y se han levantado tan tarde.
—Lo sentimos —dice Harry, disculpándose en nombre de los dos y sentándose en la mesa, puesta de nuevo igual que durante la cena—. Olvidamos poner un hechizo despertador.
—No te preocupes, cielo. —Molly entra, dirigiendo a sus pinches con firmeza militar, que llevan frente a ellos varias bandejas con una profusa variedad de bebidas y dulces. Se acerca a Harry y lo aplasta entre sus brazos en un maternal abrazo. Después, ignorando aparentemente la incomodidad de Draco, hace lo mismo con él—. ¿Has dormido bien, Draco?
—Sí, genial. Gracias, señora Weasley —responde Draco, y en su sonrisa Harry adivina que la felicidad de su primera vez sigue coleando dentro de él y que acaba de acordarse de ello.
—Molly, querido. Llámame Molly, señora Weasley me hace sentir demasiado mayor. Sírvete lo que quieras —añade Molly, empujando hacia él una de las bandejas.
Harry acaba con Teddy en brazos, que observa a Draco con mucha curiosidad mientras chuperretea la punta de un cruasán, que Fleur afirma haber amasado ella misma el día anterior. A su izquierda, Andromeda conversa tranquilamente con Molly y Arthur sin quitarles el ojo de encima. Draco, que se abraza a una enorme taza de chocolate caliente que bebe a sorbos, escucha la conversación de George, Hermione, Ron y Ginny con aparente desinterés.
—¿Quieres cogerlo? —le pregunta Harry en un momento dado, cuando intercepta una de las múltiples miradas de reojo de Draco hacia ellos dos.
—No sé si debo. —Draco mira más allá de Harry, directamente a Andromeda, de nuevo con inseguridad en los ojos.
—Tonterías —contesta Andromeda con elegancia—. Tener a un niño en brazos no es tan difícil. Basta con tener cuidado con su cabeza y Teddy ya la sostiene bien.
Alentado por la respuesta de Andromeda, Harry ofrece a Teddy en dirección a Draco. El niño extiende las manitas hacia él, ansioso porque lo coja, y deja caer el cruasán al suelo. Draco acepta, torpemente, mientras Harry le explica cómo sentarlo encima de su rodilla. De reojo, observa que Andromeda tampoco los quita ojo, pero parece aprobarlo. Conoce poco a la mujer, pero conoció a Tonks y sabe que alguien que no esté dispuesta a perdonar a Draco no habría criado a su hija tal y como lo hizo.
—Se parece tanto a ella —susurra Andromeda, pero en su voz hay más nostalgia y cariño que dolor o tristeza.
—Sí —asiente Harry, que no es muy bueno sacando parecidos y que cree que Teddy es Teddy, sin más. Draco, un poco más sueltos, le dice algo en voz baja y el niño se agita. El color de su pelo cambia de castaño a azul y el niño ríe, extendiendo la mano hacia la taza de Draco, que este aleja preventivamente de sus manitas.
—Podríais venir en enero a casa, antes de que las vacaciones de Año Nuevo acaben, y pasar una tarde entera con él —menciona Andromeda. Draco levanta el rostro hacia ella, mordiéndose el labio. Harry le sonríe y asiente.
—Será un placer, señora Tonks —dice Draco con un hilo de voz.
—¡Hora de los regalos! —La voz de George, que parece mucho más animado que la noche anterior, los interrumpe. Se ha levantado, entusiasmado y se ha acercado a su madre—. Ya estamos todos levantados y desayunados, mamá, ahora no puedes decirme que no.
—Malfoy, espero que Harry te haya explicado que no se debe ocurrir abrir nada de lo que George te dé —dice Percy en voz alta, haciendo que toda la familia se ría—. Audrey ya lo sabe, pero…
—Tu desconfianza en mí me decepciona —grita George, dramático. Hasta Draco sonríe cuando ve que Teddy, que refleja el estado de ánimo general de la mesa, también lo hace.
Un gesto de varita de Arthur y la enorme montaña de regalos que se amontaba junto a un abeto estrambóticamente decorado con adornos mágicos y muggles, comienza a levitar hasta sus respectivos dueños. Durante unos segundos, en el salón sólo se escucha el sonido de algunos papeles rasgándose y un par de exclamaciones de sorpresa.
—¡Ah! Tú también tienes uno, Malfoy —dice Charlie cuando Draco coge uno de los paquetes que se han parado encima de la mesa, junto a él.
—Abre primero ese —le indica Harry, que también comprende qué es al momento, señalando un paquete más pequeño pero envuelto igualmente—. Creo que te ayudará a comprender mejor.
Con la torpe ayuda de Teddy, Draco deshace el papel de regalo. Un diminuto jersey de punto amarillo, con una enorme T en el centro bordada en marrón, aparece. El resto de la familia Weasley vitorea cuando Andromeda ayuda a pasar los bracitos del niño por las mangas. Draco traga saliva cuando coge el que le corresponde a él y Harry sonríe.
—Es una tradición familiar. Todos tenemos el nuestro —le dice mostrándole el suyo, rojo y con una H dorada.
—Y siempre se esmera más en los de los de fuera —se lamenta Ron antes de que Hermione lo haga callar con un zape en la cabeza.
Draco saca el jersey verde oscuro con una D bordada en plateado de su envoltorio y se apresura a ponérselo, pidiendo a Harry que sujete a Teddy mientras tanto. El resto de la familia vuelve a vitorear, exigiendo que Draco dé una vuelta sobre sí mismo para mostrarlo. Con un gesto altanero que hace que Harry y Hermione se rían, Draco complace a la audiencia.
Harry se niega a devolverle a Teddy. Draco se apresura a abrir los demás regalos. Un juego de plumas y tintero de parte de Ron y Hermione. Una fina cadena de plata y un par de galeones escondidos debajo de la cajita labrada con esmero que la contiene de parte de Narcissa. Unos cohetes mágicos de Sortilegios Weasley que George ha regalado a todo el mundo. Una carpeta de cuero blando, negra con detalles en plata, para guardar sus apuntes, de Harry. Un libro de alquimia, obsequio de McGonagall.
—«Lamentando que no haya podido cursar la asignatura y deseando que esto le ayude a conservar la ilusión por el gran trabajo que está haciendo». ¿Crees que deberíamos haberle comprado algo? —pregunta Draco tras leer la nota que acompaña al regalo de McGonagall. Harry está intentando que Teddy no haga un destrozo de papel con el que envolvía su propio libro, un manual avanzado de transformaciones aplicadas a la defensa de las artes oscuras.
—Creo… Es su modo de hacernos saber que lo aprueba. —La profesora no había parecido muy conforme de que ninguno de los dos accediese a registrarse como animagos, al menos por el momento, pero Harry está seguro de que el espíritu Gryffindor ha acabado imponiéndose.
—Eso es casi como estar casados —se burla Ron, malinterpretando las palabras de Harry.
—Lo siento —dice Draco en su dirección—. No pude compraros nada.
Ron sólo menea la cabeza, negando. Harry aparta sus regalos y ayuda a Draco a colgarse la cadena de plata de su madre. A pesar de que Draco apenas dispone de dinero y depende de lo que su madre le envía, se las ha arreglado para comprarle una caja de golosinas en Hogsmeade y Harry se apresura a abrirla y convidar a todo el mundo, incluido Teddy, que deja caer el trozo de papel de regalo que está chupando y rasgando para meterse en la boca una golosina ácida que le hace arrugar el ceño de una forma tan graciosa que todo el mundo estalla en carcajadas.
«Tienes razón, Draco», piensa Harry, feliz, rodeado de todas las personas que considera su familia en ese momento, cuando George abre la ventana para lanzar uno de los cohetes mágicos, que no suenan al explotar, pero sí se abren en hermosas formas de luz y fuegos artificiales, mientras cuenta con nostalgia alegre cómo la idea se le ocurrió a Fred tras ver a Fang, el perro de Hagrid, asustado por los fuegos artificiales que fabricaban en Hogwarts y probaban en las lindes del bosque prohibido. «El tiempo es lo que nos curará a todos, porque la buena voluntad ya la tenemos».
Con una exclamación de asombro, se une al resto de la familia y se asoma al jardín, mientras señala a Teddy, que ha vuelto a los brazos de Draco, la figura de un enorme dragón cruzando el cielo silenciosamente en un estallido de luz y color.
—Te quiero —susurra al oído de Draco, que está sonriendo.
—Y yo a ti, Harry.
