Digimon Tamers no me pertenece.
LA PRINCESA Y EL GUERRERO ESPADACHÍN
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Universo Alterno
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– ¡Si no la encontramos el jefe seguro nos matará!
– ¡Desgraciada! ¡Donde se habrá metido!
Escondida entre la maleza, una joven mujer era testigo mudo del como aquellos hombres trataban desesperadamente por encontrarla, maldiciendo a su paso toda clase de impropios que se les pudiera ocurrir al no hallarla.
¡Malditos!
Pensaba entre furiosa y apesadumbrada la chica. Procuraba hacer el menor ruido posible para no ser descubierta, si tan solo tuviera su katana consigo, seguramente ya los habrían aniquilado; sin embargo, no tenía ni la fuerza suficiente para enfrentarlos. Por desgracia se había lesionado un pie debido a su huida y lo mejor en ese momento era buscar una manera de salir de ahí a como diera lugar.
– Así te quería encontrar.
Jadeó y abrió más los ojos al ser sorprendida, estuvo tan ensimismada que no se dio cuenta del sujeto que la había pillado desde hacía un rato. Se quedó tiesa al no saber qué hacer, dándole la oportunidad perfecta al hombre de sujetarla fuertemente de sus delegados hombros con sus regordetas y pesadas manos.
– Se buena chica y no diré nada, solamente nos divertiremos tu y yo – se lamió los labios con lascivia mirándola lujuriosamente para luego acercar su rostro y lamerle la oreja.
Ante tan asquerosa acción, la mujer reaccionó hecha una furia propinándole un golpe bajo con su pie sano, no permitiría que ningún hombre se propasase con ella. Un terrible dolor se apoderó del individuo provocando que soltara a la chica quien rápidamente aprovechó esa oportunidad escabulléndose torpemente sobre la tierra.
– ¡No tan rápido! – bramó el tipo muy cabreado. La mujer se quejó al sentir el fuerte agarre en su pie – ¡Te haré pagar por tu desplante, mujerzuela! – el tipo la volteó violentamente tratando desesperado de abrir sus piernas – Sí que eres una fierecilla. Me divertiré como no tienes idea.
El hombre la aplastó con su grosor comenzando a restregarse frenéticamente y por mucho que forcejeara la joven, no podía salir de aquella prisión con la que era sometida. Cansada y sin fuerzas para apartarlo de su cuerpo, se rindió cerrando los ojos llorando silenciosamente; no le quedaba de otra, se afrontaría a su cruda realidad, ser ultrajada por esos malnacidos para después venderla al mejor postor. Se arrepentía de haber abandonado su recinto seguro, alejándose de la molesta guardia que siempre disponía.
Antes de que el sujeto siquiera abriese su kimono, un desmedido chorro de sangre salió disparado salpicándole unas cuantas gotas en su asustado rostro. El hombre gordo cayó inerte sobre la chica quien inmediatamente se zafó de aquel cuerpo botándolo fuera de su alcance. Con la respiración acelerada y limpiándose el torrente de lágrimas, volteó por todos lados hasta encontrarse de frente con la silueta de un imponente hombre joven de mirada fiera que sostenía una espada apoyada en su hombro.
La luz de la luna le permitía apreciarlo con claridad. Alto, piel bronceada, vestía una yukata sin mangas, el aire ondeaba ligeramente sus cabellos castaños cubiertos por una desgatada cinta en su frente y esos ojos azules brillaban de una manera sagaz. Por un momento sostuvieron sus miradas, ella con algo de temor, él con extrema indiferencia.
– ¡Ruki-Sama! – oyeron a lo lejos.
Los dos por inercia dirigieron su atención hacia donde provenían las voces.
– Te buscan – dijo el extraño.
Con un movimiento ágil se deshizo de la sangre impregnada en su espada para enseguida enfundarla con maestría. Al no obtener respuesta, el chico decidió hablar nuevamente.
– No tienes que agradecerme. Vuelve – se dispuso a retirarse, asegurándose primero de haber matado a todos esos bandidos y que ninguno anduviera escondido por ahí.
La joven pelirroja frunció el ceño ¿Quién se creía este? ¿Por qué no se inclinaba ante ella? ¿Qué no sabía quién era? Olvidándose de lo sucedido, se atrevió a encararlo incorporarse y tambaleándose ligeramente.
– ¡Espera! – le demandó. El chico en cuestión se detuvo sin saber porque – ¿Tu nombre?
El castaño alzó la ceja confundido, por un momento no supo que decir. Estaba enterado que esa mujer pertenecía a alguna familia imperial, lo sabía porque lo escuchó de la boca de esos sujetos. Al voltear hacia su interlocutora, se sorprendió de verla en pie con algo de dificultad, su elegante kimono arrugado y sucio, su impecable peinado desarreglado, su rostro lleno de tierra. Pero lo que más le llamó su atención desde que la vio fueron esos ojos, tenían un color inusual además de que eran muy hermosos, por un instante se perdió en ellos.
Ruki esperaba impaciente su respuesta ¿Por qué se demoraba en contestar una simple pregunta? El joven espadachín salió de su estupor, sonrió galante para desgracia de la chica y acercándose a ella se inclinó rompiendo todo protocolo besando delicadamente su mano.
– Soy Akiyama, Akiyama Ryo. A sus órdenes, princesa – Ruki se sonrojó y pronto se zafó de su agarre.
Ryo no perdió aquella sonrisa, se levantó lentamente sin dejar de observarla y le guiñó un ojo para posteriormente retirarse hasta perderse en la oscuridad de la noche. La pelirroja inmediatamente cayó al piso debido a la fuerte impresión, fueron tantas emociones esa noche que no aguantó estar otro segundo de pie.
– Ruki-Sama, al fin la encontramos ¿Se encuentra bien? – ella simplemente asintió y luego cayó desmayada ante la sorpresa de sus guardias Takato Matsuki y Jianliang Lee. Inmediatamente los jóvenes guerreros la llevaron cargando a palacio, rogando porque Rumiko-Sama no se haya dado cuenta de la ausencia de su hija.
Cuando despertó se encontraba en sus aposentos ante la mirada preocupada de Juri Katou su doncella y mejor amiga en el palacio. La joven castaña al verla despertar no pudo evitar contentarse.
– ¡Ruki-Sama! ¡Me alegra que haya despertado!
– Soy Ruki, Juri. Ya sabes que odio las formalidades – la pelirroja le corrigió incorporándose de su lecho.
– Lo lamento, Ruki. Es la costumbre.
– ¿Qué pasó? ¿Cómo llegué aquí?
– Takato y el joven Lee te encontraron en medio de un prado. Me dijeron que te desmayaste luego de localizarte... – Katou hizo una pausa para enseguida agregar – Ruki, no quiero que te enojes pero tu madre está furiosa y requiere tu presencia en cuanto estés presentable.
A la joven princesa no le quedó de otra que irse a asear con la ayuda de su amiga. Tendría que enfrentarse a Rumiko como tantas veces lo había hecho en el pasado, aunque ni ganas tenía de hacerlo, bien sabía que su madre nunca la escuchaba.
En cuanto estuvo lista y dispuesta a confrontarla, se inclinó solemne no pasándole desapercibido su rostro iracundo.
– Ruki ¿Se puede saber qué hacías sola en medio de la nada? ¡Por poco y te atacan! Me han dicho que encontraron los cuerpos de bandidos muertos tendidos cerca de ti ¿Qué pasó?
– Madre, no le eches la culpa a nadie. Yo misma me escabullí de su presencia ¿Es que no puedo salir a respirar aire fresco? ¿Todo el tiempo tienen que estar vigilándome?
– Y como consecuencia estuviste a punto de ser violada y secuestrada, hija ¿Sabes el susto que me diste cuando te trajeron en ese estado? – Ruki puso cara ceñuda.
– ¿Te estas escuchando, madre? ¿Desde cuándo te preocupa mi bienestar? ¿No será que solo te preocupas por mí por lo que valgo y te da miedo de que el tal Yamaki deshaga el compromiso al enterarse de mi impureza?
– ¡No te permito hablarme así! Da gracias que el gran señor y soberano Yamaki Mitsuo aceptó casarse contigo.
– ¡En contra de mi voluntad! ¡Yo no quiero casarme! y mucho menos con él. Tengo diecisiete años.
– Dentro de poco cumplirás dieciocho, la edad idónea para contraer matrimonio y darle herederos.
– Es un hombre mayor, tiene treinta y nueve años ¿Cómo se te ocurre?
– Lo hago por nuestro futuro y mantener nuestra dinastía. Es normal, además está muy enamorado de ti.
– Si como no... ¡Me niego! No lo conozco. Solo lo he visto una vez.
– Ruki...
– Si la abuela estuviera con vida, incluso mi padre, no permitirían tal cosa.
– ¡Cállate! – la rubia se levantó propinándole una sonora bofetada – No tienes derecho a decir eso. Estas deshonrando sus nombres y siendo muy irrespetuosa... Prepárate porque Yamaki vendrá mañana a visitarte y no voy a permitir...
Ruki bufó y se fue hecha una fiera ignorando el llamado de su madre, no soportaba más esta situación. Estúpidas costumbres, maldijo la hora en que llegó a este mundo bajo el ilustre apellido Makino pero ya no la consentiría, no más. Huiría, se iría lejos, lejos de todo este embrollo, ya no quería ser parte de nada, el dinero, los títulos, el linaje no le importaban. Lo único que lamentaba era abandonar a su suerte a Juri y a sus queridos guardias, había hecho buena amistad con ellos a pesar de la absurda idea de Rumiko de tratarlos como los sirvientes que eran. Que ridículo.
– ¿Seguro que quieres hacerlo?
– Sí, lo he pensado mucho y estoy decidida a irme. No tengo idea a donde pero con tal de estar lejos de aquí será suficiente. Puedes venir conmigo.
– Gracias por la oferta, Ruki pero no puedo dejar a Takato – ante lo dicho, Juri se sonrojó al pensar en su novio – Deja te ayudo.
– Puedo hacerlo sola... – la pelirroja suspiró un tanto triste – Te voy a extrañar, Juri – la joven castaña no pudo evitar abrazarla y llorar. Su señora y mejor amiga se iría lejos y nadie estaría a su lado, no obstante apoyaría su decisión. Se despidió de ella con una leve reverencia dejándola a solas.
Mientras acomodaba y metía lo necesario para escapar, no podía dejar de pensar en cierto castaño moreno ¿Por qué no lo podía sacar de su cabeza? Sobre todo esa brillante y encantadora sonrisa ¡Por Kami Sama! ¿En que estaba pensando? Ni siquiera lo conocía, aunque debía admitir que era sumamente guapo a pesar de su indumentaria. Es más, debería agradecerle por salvarla de esos bandidos, de no haber sido por él, probablemente a esas alturas estaría dirigiéndose hacia un destino incierto, aunque contraer matrimonio con un completo extraño en contra de su voluntad era igual de peor.
De prisa se vistió con una sencilla yukata roja, odiaba llevar puesto aquellos extravagantes, costosos y pesados kimonos. Tampoco soportaba esos peinados tan ridículos, así que amarró su cabello con una simple trenza hacia un lado. Agarró su morral y no se olvidó esta vez de su inseparable espada porque a pesar de todo ella también era una guerrera. Se cercioró de que su pie no le molestase, solo fue un pequeño tirón que debido al susto no logró defenderse como quería. Respiró hondo encaminándose sigilosamente a la salida de sus aposentos, no sin antes dejar una carta para su madre, ante todo ella era su progenitora, la mujer que le dio a luz.
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Por otro lado, el joven Ryo se hallaba recostado cerca de un riachuelo descansando y observando las brillantes estrellas. No podía dormir, pensaba en aquella chica a la que había salvado y recordó lo sucedido. Por fortuna, por gracia divina o por el destino, llámese como quiera, él andaba de paso por esos rumbos dirigiéndose en dirección a su aldea después de comprar lo necesario para llevar a los pueblerinos. Fue cuando escuchó murmurar a unos tipos diciendo algo de divertirse con una belleza de mujer y luego venderla a un buen precio por ser hija de un gran señor.
"Bandidos" pensó irritado.
Nunca le agradó que abusaran de niñas, niños, jóvenes y mujeres inocentes, no importaba el estatus social que tuvieran, para él, eso era el acto más ruin y bajo que alguien podía hacer. Sin compasión, uno a uno acabó con esos miserables y justo a tiempo llegó cuando divisó a un hombre grande y regordete abalanzarse sobre la pobre chica. No lo pensó ni un segundo, corrió como rayo asestándole un certero corte desde la espalda hasta la cabeza, matándolo al instante.
Cuando la vio, actuó indiferente, ya sabía cómo eran esas jóvenes princesas, aunque nunca le pasó desapercibido las bellas facciones de su rostro. Así que comportándose osadamente decidió presentarse cuando ella le exigió saber su nombre, vaya chica, ni siquiera un agradecimiento de cabeza. En fin, procedió a hacerlo y por impulso le besó la mano, fue en ese preciso momento en que sintió una corriente eléctrica erizar su piel y notar su estremecimiento zafando su mano de la suya precipitadamente. Que preciosa se veía sonrojada. Se levantó lentamente sin dejar de verla y se despidió de ella guiñándole el ojo. La verdad es que nunca olvidaría esos atrayentes y hermosos ojos violetas. Si tan solo ella fuera una chica normal ya la habría tomado por esposa. Rio divertido ante su ensoñación.
Repentinamente un crujido entre los arbustos lo pusieron alerta sacándolo de sus cavilaciones, se incorporó poniéndose a la defensiva e inmediatamente sus músculos se relajaron al advertir a una joven salir entre ellos ¿Qué hacía una mujer a esas horas de la noche sola en un camino totalmente desértico? ¿Acaso sería una espía? Sorprendido y gracias a la luz de la luna se percató que la chica era muy bonita. Por su parte, la joven se puso de una pieza cuando se topó a un hombre a su lado y no cualquier hombre ¿Era una broma acaso? ¿Las deidades estaban a su favor?... No podía ser... él.
Ryo abrió desmesuradamente los ojos al observar con detalle a la chica y sobre todo sus ojos, esos felinos ojos los reconocería a distancia. La mujer que hasta hace poco ocupaba sus pensamientos se hallaba ahí, sin ninguna prueba de ser de alguna familia importante. Debía admitir que ese estilo le sentaba de maravilla. Una suave brisa recorrió sus cuerpos y el tiempo se detuvo sin que ninguno se atreviese a hablar o moverse, únicamente sus ojos titilaban cual luceros al sentirse atraídos el uno al otro sin que lo pudieran evitar.
Continuará…
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Saludos a Zu, gracias por tus comentarios c:
