Digimon Tamers no me pertenece.
LA PRINCESA Y EL GUERRERO ESPADACHÍN
(PARTE 2)
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UNIVERSO ALTERNO
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Un atractivo hombre rubio se hallaba meditabundo en sus aposentos, deslizando entre sus dedos una antiquísima reliquia que ha pasado de generación en generación en su familia y que únicamente los terratenientes portaban. Dentro de algunas horas partiría hacia Kioto a visitar a su futura esposa. Él, al ser el Daimio más poderoso de Yoshino tenía que buscar mujer para darle buenos y fuertes herederos y que mejor que de los de una princesa de sangre noble, virgen y muy hermosa como lo era Ruki-Sama. Desde que la conoció quedó prendado a su gran belleza, sin duda alguna una joven deidad sumamente pura, de facciones delicadas y a leguas se le notaba lo apasionada que podía llegar a ser. Sonrió de lado imaginando las intensas noches de placer que tendría a su lado.
De inmediato mandó llamar a la madre de la joven para pedir su mano en matrimonio. No fue difícil conseguirlo ya que ella accedió encantada no sin antes satisfacerla íntimamente, también la madre gozaba de una hermosura sin igual pero su hija la rebasaba en creces y a decir verdad ella era su único objetivo. Volteó a su lado apreciando la delicada silueta de su amante Reika Ootori, una geisha a su disposición y que podía tomarla a su antojo. Lástima que esa mujer pronto se iría de su vida al desposar a Makino, un nudo extraño se instaló en su garganta, siendo sinceros no quería dejarla, se la pasaba increíble a su lado, sin embargo tenía que cumplir con sus obligaciones.
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Ryo y Ruki se encaminaban a la aldea del joven guerrero en absoluto silencio. Después de coincidir la noche anterior cerca de aquel caudal, ella simplemente lo siguió con el pretexto de estar en deuda con él, no le dijo más, solamente le suplicó llevarla y él confundido pero gustoso accedió a cumplir su capricho. Mientras caminaban a paso ligero no podía evitar mirarla de reojo. La chica pese a verse normal cargaba una sombrilla muy elegante de papel y bambú cubriéndole del incandescente sol.
– Oye – comenzó a hablar jalando sin problema la carreta que contenía los víveres.
– Dime.
– ¿No crees que exageras? Si quieres pasar inadvertida tienes que deshacerte de esa wagasa.
– Ni loca, el sol quemaría mi piel.
– Si quieres vivir donde vivo no creo que esa sombrilla sea de utilidad. Las labores diarias son muy rudas. Todos nos dedicamos a trabajar y esas cosas nos estorbarían.
– Mira, tu calladito te vez más bonito. No molestes.
Ryo resopló rendido, esa chica resultó peor que un enfrentamiento con un mítico Yokai, no obstante su sola presencia lo tenía cautivado desde que iniciaron su recorrido. Su aroma, su mirada felina, su andar... Hasta esa mañana pudo notar el color de su cabello, era de un tono rojizo oscuro y aquella sencilla trenza y esa yukata roja acentuaban su verdadera belleza natural. Su piel de porcelana blanca como la leche, resplandecía cual diamante ¿Cómo se sentirá deslizar sus manos por esa tersa piel?... Sacudió su cabeza ante tal idea ¿Qué demonios estaba pensando? No quería comportarse como aquellos hombres indecentes... Era curioso que sin conocerla del todo, ya despertaba en él sensaciones inimaginables y todo su cuerpo reaccionaba de manera involuntaria ante sus atributos.
– ¿Estas bien? ¿No te sientes cansada? ¿Cómo está tu pie? – le preguntó disipando sus cavilaciones e intentar distraerse en otra cosa. Ante todo él era un caballero.
– En absoluto, no dormí toda la noche pero es emocionante caminar y admirar la belleza de la naturaleza. Me causa tanta paz escuchar el canto de los pájaros, los grillos, las cigarras. Estoy bien, no te preocupes, mi pie también – Ruki le sonrió y nuevamente dirigió su mirada al frente, reflexiva como lo había estado todo el recorrido.
El castaño la miró asombrado, enternecido y un poco apenado, pensaba que al pertenecer a una familia imperial, sería una estirada, fastidiosa y berrinchuda muchacha, sin embargo fue todo lo contrario, algo delicada pero la toleraba. Puso su atención en el camino divisando su pequeña provincia, al fin habían llegado a su destino.
– Hemos llegado. Bienvenida a Harima – la pelirroja contempló la pequeña aldea desde lo alto del valle, rodeada de frondosos árboles, coloridos cerezos en flor y ciruelos a los alrededores. La chica sonrió y lo siguió a través del sinuoso sendero.
Cuando se acercaron lo suficiente, algunos lugareños no pudieron evitar observarla desconfiados, sintiéndose de repente cohibida ante su escrutinio. Ryo lo notó y enseguida le susurró.
– No te preocupes ya verás que con el tiempo te querrán – le guiñó un ojo y ella bufó ladeando su cabeza, provocándole al castaño una divertida sonrisa.
Finalmente se detuvieron en medio de la plaza y el moreno comenzó a repartir los víveres a cada uno de los aldeanos. Una de ellas, regordeta y simpática le mencionó sonriendo.
– No me digas que fuiste a conseguirte esposa, joven Ryo.
– ¿¡Que!? – los dos gritaron sonrojándose como tomates.
– No... no... Ella es... es... Es Ruki, la salvé de unos bandidos ¡Eso es! Ella no tiene donde ir y decidí invitarla a pasar la noche conmigo... digo, a pasar unos días en mi casa en lo que le encuentro un lugar donde vivir.
– Si claro. Siempre tan servicial, sobre todo con las jóvenes bonitas ¿No es así? – Ryo se rascó la mejilla y Ruki solo esperaba sonrojada y callada a su lado a ver a qué hora le ofrecía algo de beber, moría de sed.
– Nada mal – los sentidos del castaño se pusieron alerta al advertir al anciano Sentaro cerca de la chica viéndole descaradamente el trasero.
El chico alejó al viejo verde de ella, ese hombre era muy pervertido y no dejaría a Ruki sola después de lo que pasó. El sujeto le hizo una seña con el pulgar entendiendo que la chica tenía dueño y sobre todo de su buen gusto por la jóvenes casaderas, una gotita de sudor resbaló en su sien al comprender el mensaje. Todos agradecieron al joven Akiyama por sus atenciones y enseguida le indicó a Ruki que lo siguiera.
Llegaron a una bonita y tradicional choza en la cima de una pequeña colina. La chica se adentró inclinándose levemente y quitándose sus sandalias.
– Aquí vivo, disculpa si no es como imaginabas. Como veras, somos pobres pero trabajadores y muy honrados – mencionó el castaño deslizando los shojis para que entrara la luz del día.
– Descuida, ya has hecho mucho por mí, es tan acogedora y es tuya después de todo.
– Esta casa me la heredó mi padre antes de morir... Toma, perdona la demora – le dijo alcanzándole un cuenco de agua fresca.
– Gracias... Y... ¿A qué se dedicaba tu padre?
– Era artesano pero también fue un guerrero samurái en su juventud, él me enseñó todo lo que se.
– Con razón manejas muy bien la espada ¿También eres samurái o algo? ¿Sirves a algún señor feudal?
– Haces demasiadas preguntas – Ryo se sentó en la duela de madera cruzando sus piernas y contemplando su espada, nostálgico – No, mi padre fue el único y uno muy respetado pero dejó ese estilo de vida y se retiró a vivir junto con mi madre y conmigo una vida pacifica. Odiaba las guerras y sangre derramadas sin sentido, así que se convirtió en un Ronin, él me enseñó a practicar con la espada poco después de ver con sus propios ojos a mi madre ser asesinada por sus antiguos compañeros. Huyó llevándome consigo, yo era un niño de cuatro años en ese entonces. Se podría decir que también soy una especie de Ronin pero en lugar de redimirme y jurar lealtad a un clan y convertirme en un auténtico samurái, decidí servir a mí aldea. Yo sirvo a los más débiles, los que no tienen voz ni voto ante esa clase de samuráis, simplemente soy un guerrero espadachín sin nombre.
Ruki se conmovió ante las palabras vehementes del muchacho, no había duda que él amaba lo que hacía, ayudar, socorrer y salvar vidas humanas. Recordó entonces lo que quería decirle desde la noche anterior y que no se atrevió por pena u orgullo.
– A propósito de eso. Muchas Gracias por tu ayuda, en serio... yo... como te dije, estoy en deuda contigo. De no ser por ti...
– Hey, ya te dije que no tienes que agradecer. Odio a los sujetos como ellos aprovechándose de los más débiles y sobre todo de las mujeres. Mejor trata de olvidar lo sucedido – la chica asintió y de nuevo lo escuchó hablar – Oye Ruki.
– ¿Si?
– Tengo curiosidad por esa espada que cargas – la princesa se lo meditó un rato y comenzó a explicarle de donde la obtuvo.
– Aunque no lo creas también hago uso de ella, mi padre fue un poderoso shogun y de vez en cuando me enseñaba a utilizarla, él me la regaló. Cuando mi madre se enteró puso el grito en el cielo y le prohibió estrictamente volver a enseñarme, sin embargo yo seguí practicando a escondidas de ellos, no soportaba que me cuidaran a diario, quería defenderme por mi misma aunque esa vez me agarraron con la guardia baja.
Ryo prefirió no seguir indagando y la dejó descansar al observarla pestañear, había sido un viaje agotador para los dos y que mejor que dormir todo el día. Le indicó donde dormiría y él hizo lo mismo desplomándose en la entrada de su casa y hacerle guardia.
Poco a poco Ruki se adaptaba a la vida en Harima, ayudaba a las mujeres en sus tareas como hilar, cocinar, lavar ropa, cosechar... Al principio fue muy complicado puesto que nunca realizó tales cosas en su vida, sin embargo fue tomando el ritmo paulatinamente y no negaba que se la pasaba muy bien a lado de aquellas personas que se mostraban amables y pacientes en enseñarle.
De vez en cuando Ryo le instruía a usar con mayor agilidad la espada en su tiempo libre, al principio se mostró renuente pero cedió al percibirla tan decidida y no se equivocó, era excelente usándola pero le faltaba mucho más práctica y destreza. A cambio, la pelirroja le sorprendía con un delicioso plato de comida, vaya excelente cocinera resultó ser, no se quejaba y gustoso saboreaba sus platillos. Los aldeanos bromeaban con ellos porque parecían una pareja recién casada disfrutando el inicio de su matrimonio y los dos no podían evitar ponerse tan rojos para después terminar riendo ante las locuras que decían.
Pasaron los días, hasta que se convirtieron en meses. Ocho meses para ser exactos, un buen periodo de tiempo para que su amistad se profundizara y empezaran a albergar sentimientos de amor sincero el uno al otro. Y fue cuando ella decidió abrirse ante él y contarle todo.
– Así que huiste porque ya no soportabas aquella vida que tu madre te imponía. No puedo creer que te haya obligado a casarte con un desconocido mucho mayor que tú.
– Increíble ¿no?
– Vaya... pensé que una madre se dedicaba a proteger a sus hijos pero ya veo que hay algunas excepciones.
– Yo quiero a mi madre y todo pero desde que murieron mi padre y mi abuela, ella cambió mucho. Se juntaba con cuanto hombre se le acercase y te puedo asegurar que también terminó en la cama de ese tal Yamaki quien por alguna extraña razón se obsesionó conmigo.
Ruki no pudo evitar temblar al recordar aquella mirada lujuriosa cuando él la vio por primera vez.
– Solo lo he visto una vez pero fue más que suficiente para aborrecerlo... Tengo miedo de lo que pudo haber hecho al no encontrarme y cumplir su mayor deseo – Ruki derramó algunas lágrimas, temía la vida de su madre y amigos, algunas veces pensaba que no fue una buena idea huir y lo mejor hubiera sido afrontar su destino convirtiéndose en la esposa de ese señor.
El moreno la abrazó rodeando sus hombros y ella le correspondió recargándose en el suyo.
– Lo único que quería era vivir una vida tranquila hasta encontrar a alguien que en verdad me amara, no solo por mi belleza o mi título de princesa, sino también por lo que soy realmente, una mujer con sentimientos. No soy cualquier objeto que puedan usar a su antojo para darles poder, herederos o satisfacer sus necesidades.
Ryo apretó la mandíbula, malditos los hombres que solo usaban a la mujer como adorno y se divertían a sus anchas con ellas. Admiraba la valentía de su ahora amiga al huir de esa clase de vida, de haberse quedado... cerró los ojos, ni siquiera podía imaginarla en las fauces de ese sujeto. Conocía a Yamaki Mitsuo, había escuchado la clase de terrateniente que era y sabía hasta donde sería capaz de llegar con tal de obtener lo que quería y si no... pobre del que lo llegase a traicionar. Entendía el sentir de Ruki hacia su madre y amigos.
– Gracias por alojarme sin conocerme realmente. Eres muy noble, Ryo – él no dijo nada, solamente apretó su hombro mostrándole con ese gesto un poco de apoyo pero sobre todo calma.
En un instante los dos se encontraban mirándose fijamente, él no podía dejar de contemplar aquel rostro tan perfecto y bello, y ella se perdió en esos hipnotizantes ojos azules, acarició su ceño fruncido y mágicamente él suavizó su semblante. Como un imán, los dos se acercaron lentamente hasta chocar sus labios y besarse desesperadamente, lo necesitaban, se necesitaban. Afuera la tarde se opacaba con los copos de nieve que comenzaban a caer intensificando el frío invernal de la época pero adentro de aquella cabaña, dos corazones jóvenes ardían de deseo por descubrirse, aumentando la temperatura en aquella habitación.
La noche los sorprendió abrazados y desnudos en el futón de él, sostenían sus manos rozando levemente sus dedos susurrándose palabras de amor sinceras y con sentimiento. Ella se recargó en ese fuerte y varonil pecho sintiendo los acelerados latidos de su corazón. Nunca imaginó entregarse a un hombre antes de llegar al matrimonio pero confiaba en Ryo, él era muy diferente y lo amaba.
– Cásate conmigo, Ruki – dijo de repente. La pelirroja abrió de más los ojos ante su declaración sin atreverse a moverse.
– Bien sabes que si te casas con un plebeyo automáticamente todas tus riquezas y lo que alguna vez fue tuyo dejarían de pertenecerte, incluso aquel compromiso se disolvería. Si Yamaki te llegase a encontrar ya no tendría sentido poner los ojos en ti y si no lo entiende lo retaré, no permitiría que ese hombre se llevase a mi esposa – Ryo acariciaba con cariño sus largos cabellos sintiéndola estremecerse con sus palabras – Como mi esposa ya nadie se atrevería a hacerte daño. Sé que eres lo suficientemente apta para defenderte pero quiero demostrarle a ese hombre que nunca le perteneciste, no le perteneces y nunca le pertenecerás. Eres mi mujer, la mujer que amo y si algo te llegase a pasar no me lo perdonaría. No tengo mucho que ofrecerte, solo estas manos trabajadoras, mi corazón, todo mi ser.
Ruki sonrió llorando mojando su pecho y él se asustó pensando que actuó demasiado rápido al proponerle matrimonio, así que incorporándose levemente y tomando su rostro continuó.
– Si no quieres, está bien. Lo entiendo, disculpa mi atrevimiento, yo no debí...
– No, tonto. Si quiero, quiero ser tu esposa.
– Ruki – al moreno le volvió el alma al cuerpo y la abrazó fuertemente.
– Solo una cosa. La próxima vez que vuelvas a decir que eres un plebeyo, te corto ¡Entendiste!
– Fuerte y claro, preciosa – los dos rieron y no tardaron en perderse bajo la sábanas, divertidos.
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En Kioto el ambiente era distinto, Yamaki bebía sake fuera de los aposentos de Rumiko, contemplando los copos de nieve caer, adoraba el frío calar cada poro de su piel. Volteó hacia el interior observando a la rubia descansar mientras Reika, su geisha favorita le servía otra ronda de sake. Él también festejaba pero de una manera diferente.
– Conque te escondes en Harima – una sonrisa torcida adornó su rostro – Que astuta resultaste ser, niña... aunque no mas que yo. Sigue disfrutando tu pacifica vida, pronto iré a visitarte y reclamarte como mi esposa, Ruki-Sama.
Continuará…
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Me enganché con la trama y decidí dividirlo en tres partes y darle otro capítulo.
Zu: Que bueno que te encantó la idea. Fíjate que esta historia la tenía guardada entre mis archivos, de hecho todo esto lo escribí para otra pareja que me encanta pero cambié los nombres y ¡taran! salió esto, espero no haberte decepcionado con este capítulo y como vez, ya viene otro y final de la "Princesa y el Guerrero Espadachín" c: Saludos, que estés bien.
