Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es bornonhalloween, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to bornonhalloween. I'm only translating with her permission.
Capítulo 9
La paciencia de Edward con prácticamente todo no incluye esperar a nuestras citas predeterminadas —es decir, mis días libres— para verme. Me burlo de él por poner las excusas más endebles posibles, seguramente la más endeble es necesitar unas alitas picantes de Hooters para cenar, pero la verdad es que me encantan sus visitas inesperadas.
Después de dos días sin una visita espontánea, he llegado a apreciar la increíble genialidad de los métodos de cortejo de Edward. Lo extraño con locura a pesar que el viernes de "justo estaba pasando por la biblioteca cuando saliste de clase" fue solo una rápida muestra de las fotografías de nuestra cita en el muelle. Un pedazo de chocolate nunca es suficiente, pero es mucho mejor a no tener nada de chocolate.
Es lo mejor, me digo a mí misma, obligándome a regresar a mi libro de contabilidad. Si no le hubiera contado a Edward sobre mis dos exámenes de esta semana, probablemente me estaría distrayendo ahora mismo—aunque, pensando en ello, él aún no ha venido a casa sin avisar. Ya sea que constituiría cruzar uno de sus límites invisibles o porque le teme a la Sra. Cope, no lo sé, pero el resultado es el mismo—nada de Edward.
Me encuentro estudiando por tres horas ya cuando suena el timbre. No me importa si es un Testigo de Jehová; cualquier cosa es mejor que estudiar el costo de los artículos vendidos. Bajo volando las escaleras, gritando «¡Yo abro, Sra. C!».
Abro la puerta, revelando a un Edward completamente sorprendido.
—¡Ni siquiera preguntaste quién era! ¿Y si era un asesino serial?
—¡Oh! ¡Tienes razón! —Cierro la puerta en su cara, riéndome fuerte mientras echo un vistazo por la mirilla a un Edward incluso más sorprendido.
Le envía una mirada asesina al pequeño círculo de cristal, y entonces golpea la puerta con sus nudillos.
—¿Quién eeeeees?
—Tu querido vecino, el asesino psicópata.
—¿Por qué no lo dijiste? Adelante. —Abro la puerta de nuevo y él entra antes que pueda intentar ser graciosa de nuevo.
—Qué graciosa —dice, inclinándose para besarme a pesar que no está muy feliz conmigo—. Solo vengo a dejar un pequeño paquete de comida.
No había notado la bolsa color rosa brillante en sus manos. A pesar que es muy vivaz, la pobre palidece en comparación con el rostro de Edward, incluso cuando él intenta poner mala cara. Me estiro hacia la bolsa, y él la aparta.
—¿Te has portado bien?
—¡Por supuesto! He estado encerrada en mi cuarto por horas, trabajando como esclava con los problemas de contabilidad.
Mientras estudia mi rostro, debatiendo si me cree o no, el tentador aroma de galletas con chips de chocolate recién horneadas llega a mi nariz.
—¡Oh, por Dios! ¿Horneaste galletas para mí?
Se encoge de hombros como si no fuera gran cosa.
—Quizás.
Doy un paso hacia adelante y planto un enorme beso en sus labios.
—Eres un novio increíble. —Él es el novio más increíble que alguien puede tener, pero ni bien la palabra sale de mis labios, me encojo y ruego que él no se ofenda. La palabra "novio" simplemente se siente demasiado frívolo para aplicarlo a un hombre como Edward. "Novio hombre" sería más preciso, ¿pero quién dice eso?
Su cálida risita llena mis oídos, los cuales se unen a mis ojos, boca, y nariz como los rasgos más felices del planeta. Bueno, uf.
—Quizás quieras probar las galletas antes de hacer cualquier declaración. —Ofrece la bolsa, y la abro.
—Verdad —digo, aunque realmente no lo es. Él ya me tenía con el hola, iluminando este miserable día con solo venir. Le sigo el juego, llevando la galleta suave y cálida a mis labios y tomando el bocado más gemible jamás tomado de alguna galleta—. Obviamente, quédate con tu trabajo de día porque eres bueno tomando fotos también, pero si alguna vez necesitas un pequeño ingreso extra, completamente podrías vender estas.
Él resopla.
—Considerando la cantidad de bandejas que tuve que tirar antes de obtener la consistencia deseada, y luego todas las que sacrifiqué ante los dioses del horno, diría que son más una oferta gancho.
—¿En serio? ¿Jamás has hecho galletas caseras antes?
—Nunca. Usualmente compro en Schuberts o meto las masa de hojaldre de Pillsbury en una fuente. Supuse que como estabas trabajando duro, lo menos que podía haber era cocinarte unas galletas auténticas.
—Vaya.
Él se ríe.
—Sí, lo sé. Primero el coq, ahora las galletas. ¿Qué sigue, crêpe Suzette?
—¡Espero que no! ¡Ni siquiera sé qué es eso?
—Yo tampoco.
—¿No quieres una? —pregunto, tomando otra.
Su mirada se nubla mientras observa mis labios, viéndome consumir la galleta, bocado a delicioso bocado.
—Prefiero mirarte.
Alzo las cejas.
—¿Sabes que hay una palabra para eso?
—Sí —responde con una sonrisa que hace que las pequeñas manchitas grises en sus ojos se vuelvan color plata—. Creo que la palabra es "feliz".
—Iba a decir otra cosa, pero la tuya funciona también.
Levanta la bolsa frente a mí.
—¿Puedo confiarte estas?
—Por supuesto que no. Definitivamente deberías quedarte aquí y monitorear la situación.
—Desearía poder hacerlo, pero tengo una cliente esta tarde.
—Oh. —Esto arruina el momento—. En ese caso... —Arrebato la bolsa y me consolo con otra galleta.
—Muy bien entonces. Buena suerte, Bella.
—Sí, a ti también.
Gira para irse, y entonces se da la vuelta rápidamente.
—Oh, casi me olvidaba decirte...
—¿Hmm?
Desliza una mano detrás de mi cuello y me jala hacia un beso lento. Debería haber estado preparada para "su jugada", pero ya había comenzado a imaginar a la mujer que estaba a punto de desnudarse para la cámara de Edward. Él desliza su lengua entre mis labios, un cruel recordatorio de lo que está a punto de confiscar. Las galletas con chips de chocolate no es un reemplazo para los besos dulces de Edward.
—¿A qué hora sales de trabajar esta noche?
—Al cierre.
Su «oh» es tan triste como el mío.
—¿Acaso no saben que tienes un examen importante en la mañana?
Me encojo de hombros.
—No.
No me gusta limitar a Emmett con mis horarios. Sé que si necesito un favor, él se acomodará a mí, pero a menos que sea realmente importante, preferiría permanecer tan flexible como sea posible. Hasta ahora, todo va bien. Edward no concuerda, a juzgar por el ceño fruncido que se apodera de su rostro. Puedo ver que se siente tentado a decir algo pero, afortunadamente, no lo hace.
—¿Me escribes después de tu examen mañana?
—Claro. Gracias de nuevo por tu regalo. Eso fue realmente dulce de tu parte.
—Fue un placer. —Me deja con un beso en la mejilla y un hueco en mi corazón que no tiene sentido.
Si llevo estas galletas arriba conmigo, las comeré todas y me sentiré incluso peor. Encuentro a la Sra. Cope escondiéndose en la cocina, frente a la estufa.
—¿Puedo hacerte una taza de té, cariño?
—Solo si me ayudas a comer estas galletas.
—Supongo que puedo ser convencida. Huelen maravilloso. No sabía que tu hombre era pastelero además de fotógrafo.
Tomo uno de sus pequeños y hermosos platitos y coloco dos galletas.
—No lo es.
—Bueno, fue increíblemente amable de su parte venir aquí.
—Sí.
La Sra. Cope me observa silenciosamente mientras me ocupo con saquitos de té, cucharas y servilletas que realmente no necesitan ser dobladas o acomodadas bajo los platillos. La pava silba, y ella vierte el agua caliente para las dos.
—Edward tenía que regresar a casa para ver una cliente.
La Sra. Cope comprende lo que está a punto de pasar en la casa de Edward. Ella es una increíble oyente, razón por la que probablemente sea una de las pocas personas con las que me abro de verdad.
—¿Oh? —Toma una galleta y mastica pensativamente—. ¿Eso te molesta?
—No creí que lo haría... —Remojo mi saquito de té... y lo remojo y lo remojo.
—Te molesta.
—No debería.
—Ah —dice con amabilidad—, ¿desde cuándo los sentimientos le prestan atención a lo que se debería o no?
Un suspiro agotado se extiende sobre mi taza de té.
—Él es un profesional, y sé que todo lo que sucede en su estudio es completamente inocente, y hermoso, de hecho. Es completamente irracional de mi parte estar celosa de quien sea que esté con él ahora mismo.
—Concuerdo. Estas galletas son deliciosas. ¿Estás segura que no quieres otra?
—Sí.
Se estira en busca de otra galleta.
—Bella, está perfectamente bien sentirse como te sientes. Eso lo sabes, ¿cierto?
—No. Quiero decir, Edward y yo discutimos esto. Él me contó cómo algunas mujeres con las que ha salido en el pasado se sentían intimidadas por su trabajo. Sabía que yo no sería una. —Tomo un sorbo sin cuidado y me quemo la lengua. Mierda.
—¿Y cómo estabas tan segura?
—Sé que él no mira a ninguna de sus clientes de la manera que me mira a mí.
La Sra. Cope levanta la mirada de su té, un brillo cómplice en su ojo.
—Y bien, ¿qué ha cambiado?
Lo que ha cambiado es que él me echó de su estudio antes de que pudiera terminar de desnudarme, y aunque comprendo por qué, racionalmente, supongo que aún así duele. Tomo un sorbo del té caliente lentamente, escogiendo mis palabras con la misma precaución.
—A veces, tengo la sensación de que Edward teme... ya sabes... estar conmigo.
—Eso ciertamente no es lo que he percibido. Él va a tu escuela y trabajo casi todos los días, ¿o no?
—Sí.
—Y cuando está cerca de ti...
—¿Sí? —¿Qué tan patética suena que necesito que ella me diga lo que ya sé?
—Bella, querida. —Le da unas palmadas a mi mano—. ¿No puedes ver que Edward difícilmente puede mantener sus manos lejos de ti?
—Logra hacerlo —mascullo, sintiéndome como una niña malcriada que no puede esperar hasta Navidad para desenvolver su regalo.
La Sra. Cope sonríe.
—Sí, lo hace. Obviamente le importas tanto como para tomarse el tiempo así. Sin ofender, Bella, pero ese chico James que solía venir... Jamás quise herir tus sentimientos, pero...
—No tienes que decirlo, Sra. Cope. Lo sé. No volveré a verlo. —Cuando has probado filete mignon, no regresas al jamón.
—Bien. —Se reclina en su asiento y une sus manos frente a ella—. No quiero sonar como una señora mayor, pero tu generación se toma todo tan rápido. Has encontrado un verdadero caballero en Edward. Esas cosas toman tiempo.
—Comprendo lo que dices. Simplemente siento lástima por mí misma porque él... —Me rechazó.
—¿No te trató como a una de sus clientes?
Eso me quita el aliento. Me echo hacia atrás en mi silla. ¿Eso es lo que realmente quiero? ¿Ser tratada como una de sus clientes? Por supuesto que no es eso.
—Gracias, Sra. C.
—Cuando quieras, querida. ¿Sabes? Edward es el tipo de hombre que necesita ser compartido con el mundo, así como comprende que él debe compartirte. Pero eso no quiere decir que alguno de los dos obtenga menos. Solo necesitas recordar todas esas partes de ustedes mismos que guardan solo para el otro, incluso si todo no ha sucedido aún. Sabes a lo que me refiero, ¿cierto?
Un profundo sonrojo me envuelve.
—Sí.
—De acuerdo entonces, jovencita. Creo que has postergado lo suficiente tus estudios, ¿o no?
—Sí, señora.
~OS~
Si tuviera dinero para tirar, esta sería la noche perfecta para ir a casa en Uber desde el trabajo. Al menos, puedo usar mi viaje en autobús para un último repaso antes de irme a la cama. Mi trasero se arrastra a las 11:45, cuando finalmente salgo.
La puerta de un coche se abre y se cierra, retumbando en la silenciosa noche. Mi cabeza se levanta hacia el estacionamiento, y allí se encuentra Anticuado, corriendo hacia mí.
—¿Edward?
—Hola. Pensé que podrías querer un aventón a casa esta noche.
—¿Por cuánto tiempo has estado aquí afuera esperándome?
Encoge sus hombros de "sí, te horneé galletas".
—Un tiempo.
Estoy demasiado cansada y agradecida como para hacer algo más que caer en sus brazos y entregar mi respuesta directamente contra su camisa.
—Gracias. Me encantaría.
Termina nuestro abrazo y prácticamente me carga hacia su coche.
—Vamos, llevémoste a casa.
Mi plan de revisar mis notas se desmorona al segundo que mi cabeza se hunde en el respaldo de su asiento. Escucho a Edward ubicarse detrás del volante y encender el coche, pero no puedo convencer a mis ojos para que se abran. Solo puedo esperar que esta no sea una de esas siestas feas de día donde me despierto con un fuerte resoplido y un rastro de baba cayendo por mi barbilla.
—Belllllllla... Estas en caaaasa. —Su voz es suave en mi oído, despertándome tan gentilmente de mi pequeña siesta—. Lo siento. Odio despertarte, pero no creí que fuera apropiado cargarte hasta tu cuarto.
Me río porque eso es exactamente lo que Edward estaba haciendo justo ahora en mi sueño. Me ayuda a salir del coche y me acompaña hasta la puerta.
—Muchas gracias por traerme.
—Cuando quieras —dice. Inclina la cabeza a un lado y pregunta—: ¿Por qué sonríes?
—¿Lo hago?
—Sí.
—Supongo que simplemente pensaba que probablemente no pasas a buscar a tus clientes a la medianoche para llevarlas a casa después del trabajo.
Sus ojos se iluminan con comprensión.
—No, definitivamente no lo hago. —Desliza su brazo alrededor de mi espalda y se acerca a mí—. ¿Sabes qué más no hago con ellas?
Cierro los ojos con la anticipación más dulce.
—Dime, Edward.
Sus suaves besos me dejan mareada.
—Buenas noches, hermosa. Hablamos mañana.
En 20 minutos tengo un examen y no tuve a ningún Anticuado que me trajera galletas jaja
¡Buen comienzo de semana!
