Digimon tamers no me pertenece.
Hanabi
(Flor de Fuego)
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– ¿Una escapada romántica? – cuestionó Rika a su novio mientras fregaba los platos y se los pasaba uno a uno.
– ¿No te encanta la idea? Solos tu y yo cometiendo toda clase de fantasías prohibidas en algún lugar paradisíaco y mágico – canturreó apasionado Ryo ayudándola a secar los trastes y guardándolos en su sitio.
– Suena muy tentador... – Rika cerró los ojos imaginando la escena por demás placentera y se le antojó ya estar con él en esas instancias – ¿A donde planeas que vayamos exactamente?
– Eso es una sorpresa, amor. Por lo pronto ya hice reservaciones en una posada.
– Con que ya tienes todo fríamente calculado – Rika se dio la vuelta encarandolo, mostrandole una sonrisa ladeada – Y dime, galán ¿que pasa si me rehúso a ir contigo?
El moreno le siguió la corriente sabiendo que ella estaba probando su suerte.
– Usaría mi arma secreta para convencerte... – Ryo se acercó a ella alcanzando ese apetecible cuello rozándolo con su nariz y acariciando lentamente el largo de sus brazos – Tu bien sabes a lo que me refiero.
A Rika le invadió un delicioso escalofrío al sentir el tibio aliento en su oído, aunado al tono ronco y varonil de su voz. Sus manos mágicamente cobraron vida propia subiéndolas con tortuosa candencia sobre su duro torso. Enseguida le rodeó el cuello musitándole queda y sensualmente muy cerca de sus labios.
– Entonces que esperas en convencerme.
La mirada de ambos ya estaba oscurecida por el deseo. Ryo, ni tardo ni perezoso y con tal de complacer a su preciosa reina, la alzó en brazos dirigiéndose a su habitación y cumplir con su pedido, dejando los pocos trastes en el olvido.
Fue así que una semana después, los dos jóvenes se encontraban en el aeropuerto internacional de Shinjuku. Su destino: Niigata. Rika solo sonrió complacida y se alzó de puntitas regalandole un beso al guapo hombre a su lado, ya más tarde le agradecería adecuadamente.
Aunque no lo exteriorizara, por dentro la pelirroja echaba chispas de alegría, desde hace mucho ansiaba visitar esa ciudad costera, solo que no encontraba el tiempo suficiente y como si nada, su novio le ofrecía esa gran oportunidad. Pareciera como si él le leyera el pensamiento, adoraba a su rey por esos detalles que la enamoraban.
Ya a bordo del avión, Ryo leía tranquilamente mientras Rika dormía usando de almohada ese fornido pecho masculino. Ella siempre solía dormitar así cuando viajaban y gustoso Akiyama la abrazaba y no la soltaba hasta que él también se quedaba dormido. Dos almas aventureras y apasionadas como ellos, no perdían oportunidad de recorrer y conocer diferentes y recónditas partes del país, desaparecer por un rato y regresar repuestos a casa para de nueva cuenta volver a disfrutar de un pequeño descanso en cualquier sitio que se les antojase visitar.
Al llegar a su destino, lo primero que hicieron fue descansar y obviamente amarse en esa reconfortante habitación bajo la tenue luz de las lamparas con los shojis entreabiertos. La espesa vegetación y la variedad de flores en el jardín le daban un toque intimo, era lo bueno de esas posadas que ofrecían la mayor privacidad para las parejas y es que ellos nunca perdían ocasión alguna en unir y redescubrir sus cuerpos una y otra vez, olvidarse de todo y de todos y perderse en la pasión y el deseo que los consumía.
La noche cayó rápidamente, Ryo delineaba el blanquisimo y delicado hombro de su pareja meditando en lo afortunado que era de conocerla, de saberla suya, de amarla cada día a su lado. Se conocían desde niños, teniendo en común ser el rey y la reina digimon, además de haber tenido el privilegio de visitar el digimundo y contar con la amistad de sus queridos digimons camaradas. Estuvieron separados cierto tiempo hasta que por gracia de Kami Sama se volvieron a reencontrar, avivando esa pequeña llama de atracción que desde hacía tiempo sospechaban.
No era ningún secreto que la preciosa mujer que compartía el lecho lo traía loco, amaba todo de ella; su temperamento, su cabello de fuego, sus ojos violetas, su esplendida figura y esa sonrisa que tanto adoraba y que rara vez salía a relucir pero por sobre todo, sus detalles para con él. A pesar de ser una chica ruda, bien sabía que contaba con todo su apoyo.
No estaban casados, no lo necesitaban, tal vez en un futuro lo harían pero no ahora. Dos años viviendo juntos, compartiendo de todo, la comida, el baño, los alimentos, la cama... habían tenido un sin fin de aventuras, peleas y reconciliaciones como cualquier pareja normal y todo eso no lo cambiaría por nada. Suspiró enamorado enterrando su rostro en el recoveco de su cuello aspirando su suave fragancia, asió su cintura con posesividad y volvió a dormir abrazándola por detrás.
Al día siguiente, los dos recorrieron las atracciones turísticas que Niigata les ofrecía, a pie, en metro o en bicicleta. En verano, las cigarras se escuchaban con frecuencia, el sol resplandecía vigoroso sobre ellos y los niños salían a divertirse inundando el ambiente con sus risas infantiles y llenas de vida. Los enamorados no pudieron evitar tomarse infinidad de fotos y comprar recuerdos y chucherías para sus amigos y familia.
Fueron días increíbles, maravillosos pero por sobretodo satisfactorios.
Ryo se hallaba sentado en la duela de madera observando a los hermosos peces Koi del gran estanque que adornaba el jardín zen. Esa noche sería su última estancia en la ciudad y quería llevar a su amada a cierto lugar especial.
– Estoy lista – escuchó el joven desde dentro.
Rika deslizó el shoji y Ryo quedó deslumbrado, sus ojos brillaron sin apartar la mirada de tan bella mujer. Ella vestía con una yukata azul con estampados en delicadas flores blancas, su cabello recogido en una trenza hacia un lado y ese lindo y pequeño bolso más su abanico le daban un toque muy femenino... sin duda su mujer con cualquier cosa que se pusiera encima le hacían resaltar esa belleza natural que poseía. Rika, se mostraba sonrojada, tenía en cuenta la mirada de su novio sobre ella, él no se quedaba atrás, vestía con una yukata color guinda entre abierta dejándole ver una parte de su regio pecho.
"Que apuesto y gallardo" pensaba ella, babeando por ese monumento de hombre que le pertenecía.
Casi nunca vestían de manera tradicional pero al ser una ocasión especial, su segundo aniversario de novios, decidieron arreglarse para dicha celebración.
La noche se hallaba despejada y no tardaron en perderse en los diferentes puestos que la costa les ofrecía. El ambiente, la música, el trato amable, enseguida se contagiaron de la algarabía de la gente y el olor a comida rápidamente penetró sus fosas nasales. Ryo no tardó en hablar entusiasmado.
– Ven, comamos takoyaki que muero de hambre... o prefieres un okonomiyaki ...o que tal un yakisoba.
– Lo que sea está bien para mi - lo frenó divertida y enternecida al ver su entusiasmo.
Rika no se pudo negar, también estaba hambrienta.
– Mmmm, esto está delicioso – la joven saboreaba cada trocito de pulpo y esto a Ryo no le pasó desapercibido. Adoraba verla así.
– Que bueno que te gustó, la chica que me detuvo repentinamente me dijo que el puesto de Oba san tiene las mejores bolitas de pulpo.
La pelirroja inmediatamente dejó de comer recordando lo sucedido.
– Aja, que suerte tuvimos al toparnos con ella casualmente - dijo sarcástica y secamente – Y dime ¿acaso no notaste la mirada lujuriosa que te dirigió esa tipa? ¿O de todos sus encantos que trataba desesperadamente mostrarte?
– No, la vedad que no. Yo solo tenía puestos mis ojos en una sexy pelirroja que no paraba de mirarme ceñuda.
– Aja – volvió a decir tajante.
– Oh vamos, Rika ¿Sigues poniéndote celosa cada que una mujer se acerca a hablar conmigo?
– ¿Celosa? ¿De ella? ¡Pamplinas!... Lo que si me molesta es que tenga otras intenciones para contigo ¿que crees que no me di cuenta de como te coqueteaba? ¡Y en mi presencia! la muy sinvergüenza...
La joven pelirroja ladeó su rostro, tenía unas ganas tremendas de zarandear a la mujer esa por su descaro y también, una ganas tremendas de zarandearse a si misma por ser muy desconfiada, si bien sabía que Ryo besaba el piso a sus pies, jamás le sería infiel. No entendía como un hombre como él se fijó en una chica como ella, con ese carácter que se cargaba. Sin darse cuenta, unos fuertes y acogedores brazos la rodearon por detrás.
– ¿¡Que crees que haces!? ¡Hay gente alrededor, Ryo!
– Que importa, que piensen lo que quieran. Quiero que sepan que eres mi mujer y que te adoro, te amo, te venero. Eres la única para mi, preciosa. Que no se te olvide – susurró en su oído para enseguida besar largamente su mejilla.
Rika sonrió, a su novio le encantaba hacerla rabiar y reír al mismo tiempo, además de hacerla sonrojar a más no poder por sus muestras de afecto.
Los dos se olvidaron del incidente y siguieron caminando alejándose del bullicioso lugar hasta llegar a un campo abierto, solitario y sumamente acogedor e intimo debido a la hilera de faroles que adornaban el lugar y donde se escuchaba con más claridad el sonido de las olas del mar.
La pelirroja se soltó de su mano y abrió los brazos disfrutando de la brisa fresca del mar.
– Esto es fantástico, que buena idea la tuya de escoger este lugar para visitar
– Siempre supe que querías visitar Niigata.
– Eres increíble, Ryo.
– Lo se.
Ella le dio una palmadita en el hombro y se abrazó a él obsequiándole uno que otro beso haciendo suspirar a los dos. De repente, todo a su alrededor oscureció, el sonido de unos tambores se escucharon a lo lejos más la voz de una mujer contando hasta diez, seguido de las personas que se encontraban a distancia en los alrededores.
Luces de diferentes colores empezaron a iluminar el cielo estrellado de Niigata más una suave melodía acompañada de un hermoso y apacible cántico.
Los fuegos artificiales de diferentes formas y tamaños formaban parte del espectáculo que cada año se realizaba. Los maestros artificieros siempre se lucían al presentar a los lugareños y turistas su gran obra de arte en pirotecnia.
Hanabi, el día de los fuegos artificiales, significa flor de fuego en japonés. Ryo volteó a donde su novia viéndola maravillada observar dicho espectáculo. Si de por si estaba enamorado de ella, esa escena lo enamoró a un más.
Tenia a su lado a su propia flor de fuego, tan hermosa, tan radiante e increíblemente fiera y poderosa que iluminaba su vida cada hora del día. Cuan feliz era a su lado, no se equivocó al haberse enamorado de ella, al haberla elegido como compañera, porque la amaba, la amaba más que a su propia vida y no dudaría ni un segundo en protegerla.
Un sentimiento de posesión se apoderó de él. Sin dejar de admirarla, se acercó lentamente a ella deleitándose en cada tono de luz que iluminaba su piel, su silueta, toda ella. Tomó el rostro de su novia apreciando sus delicadas facciones y la besó sin más; demandante, fiero, apasionado, ella no se hizo del rogar, se abrazó con todas sus fuerzas amoldándose a su cuerpo gozando la intensidad del beso. Por unos segundos se detenían a verse pícaramente para inmediatamente unir sus labios y perderse en el disfrute de sus bocas.
Un sin fin de aplausos se escucharon cuando terminó el espectáculo mientras ellos se fundían con el fuego de la pasión que más tarde se demostrarían en su habitación o tal vez en algún rincón solitario de esa maravillosa playa, creando sus propios fuegos artificiales.
Fin.
