Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).


1 de Agosto de 1997, Callejón Diagon

Cuatro horas y 41 minutos.

Ese era el tiempo que le quedaba de vida.

Porque, definitivamente, si Ignatia no encontraba nada que ponerse antes de las cuatro de la tarde y si, por su culpa, Eva se perdía la boda... iba a asesinarla. E iba a usar su vestido para hacerlo. Iba a hacer trizas su hermoso y brillante vestido y lo iba a utilizar para estrangularla.

Y no es que Ignatia supiera que el vestido de su amiga era hermoso y brillante porque lo hubiese visto, sólo lo asumía. Eva se había negado a mostrárselo, alegando que era "una sorpresa".

–Sabes... –dijo Eva sentándose con desgana en el suelo alfombrado de la última sección de vestidos que quedaba por revisar –…me rindo. No elijas ni veas colores, solo toma un montón de vestidos y pruébalos todos. Y el mejor de ellos...se queda. Ya lo compensaremos con el maquillaje y el cabello y te verás espectacular de todas formas. Merlín bendiga tus curvas, por eso, por cierto.

Ignatia hizo una mueca, no estando de acuerdo con Merlín bendiciendo nada que la hiciese parecer como una vaca caminando en dos patas. Aunque, a decir verdad, pensó Ignatia murmurando mentalmente una disculpa a las vacas, ella no era gorda ni nada, sólo...grande.

Su copa C de delantera no le molestaba mucho, nunca le había causado más problema que uno que otro tarado en Hogwarts haciendo comentarios ofensivos al respecto. Eran sus caderas las que la hacían querer maldecir sus genes. Encontrar jeans talla 42 (a veces 44) en los que pudiese entrar su estúpido trasero...era toda una odisea.

–Sé exactamente qué estás pensando, Iggy. –dijo Eva con tono de reprimenda –Deja de insultar mentalmente a tu trasero, no es tan grande como crees. Eres afortunada...muchas no tienen qué poner entre la pelvis y la silla.

Sí, como sea.

Ignatia se levantó del pequeño sillón rojo en el que había estado sentada toda la mañana y dedico una larga y muy ferviente oración a todos los dioses del mundo. Parada en la mitad de la sala, miró a su alrededor y seleccionó una de las hileras de ropas colgadas junto a la pared. Una de las pocas que no habían tocado aún. Se acercó, tomó todo lo que entraba en el largo de sus brazos y entró a uno de los probadores, cruzando los dedos mentalmente.

Si elegía uno de esos (y si Eva aceptaba) aún podría dormir una siesta de una hora antes de prepararse para ir a La Madriguera, lo que en su mente sonaba como un maldito buen plan. Dormir y soñar que bailaba desnuda por el mundo. Un mundo sin vestidos, ni largos, ni cortos. Un mundo donde la gente se casaba en jeans. Y ya que estaba con cosas, un mundo donde todas las tiendas de ropa tenían pantalones talla 44.

Ignatia se desnudó apenas estuvo dentro, deseando terminar con el asunto lo antes posible. En la mitad del amplio probador, en ropa interior, se detuvo a observar los afortunados vestidos que serían sometidos al agudo escrutinio de Eva.

Haciendo una rápida primera revisión, Ignatia notó que había tres vestidos que cumplirían el deseo de Eva de que nadie mirara a la novia. Sip. Porque eran tan cortos que todos estarían ocupados observando su trasero desnudo.

Los descartó de inmediato, lanzándolos con enojo al suelo, a una esquina del probador.

Un minuto después, cinco vestidos más habían sufrido la misma suerte que los ultra-cortos. Tres por ser eternamente largos, uno porque tenía un escote que llegaba aproximadamente al ombligo y uno por ser transparente.

TRANSPARENTE, por Dios. ¿Quién demonios, en su sano juicio, se pondría un vestido transparente? Y encima, era carísimo. En ese caso, era mejor ir simplemente desnuda y ahorrarse el dinero ¿no?

Resoplando malhumorada, Ignatia contempló las tres opciones que quedaban. Tomó el primero y se lo puso rápidamente, antes de girarse y verse en el gran espejo que ocupaba toda una pared.

Era un vestido color perla, sin mangas ni tirantes y que se ajustaba a su cuerpo hasta terminar un centímetro por debajo de las rodillas. Eva diría que era un modelo "lápiz". Tenía además una cinta plateada alrededor de la cintura y un diseño floreado, color plateado también, que bajaba por uno de los costados del vestido. Era lindo.

Armándose de valor, Ignatia dio media vuelta, salió del probador y se quedó quieta mientras Eva la miraba atenta, aún sentada en el suelo.

–Muy bien, veamos –dijo Eva cruzando las piernas como un indio y apoyando los codos en las rodillas –El color me gusta, pero no me encanta. Un tono de gris más oscuro habría sido mejor que ese, más lejano al blanco que usará la novia. Y tu piel es pálida, así que los colores pasteles o tonos como ese no son lo tuyo… –Okay…–Pero el color es solucionable y la falda estilo lápiz me agrada. - ¡JA! ¡lo sabía! –Aunque yo lo cortaría un poco, un par de centímetros. Muy bien, opción uno, no me desagrada.

–¿No puedes decir simplemente que te gusta? –dijo Ignatia, sintiendo como su homicida interior pedía sangre.

–Vamos, Iggy, dije que no me desagrada, ¡ve a ponerte otro! –respondió Eva sonriendo dulcemente.

Estúpida mejor amiga. ¿Quién necesitaba mejores amigas? Podía vivir sin ella. Iba a huir lejos, lejos donde pudiese usar camisetas amplias con animales estampados y ser feliz. Y tenía a Mr. Darcy, su lechuza negra, para que le hiciera compañía. Aunque Mr. Darcy no iba a darle consejos amorosos ni la haría reír como Eva. Maldición.

Suspirando, Iggy dio media vuelta y volvió a entrar al probador, revisando sus opciones. Quedaban dos vestidos. Uno negro de tela suave y uno calipso de falda abultada.

Algo le dijo que si usaba el vestido calipso, no podría cumplir su deseo de pasar lo más inadvertida posible en la boda, el color era demasiado fuerte, así que tomó el negro. Le diría a Eva que eran los únicos dos que no eran largos o transparentes y así no quedaría más remedio que usar el vestido color perla, que era bonito.

Se puso el vestido a la velocidad del sonido, lo abrochó en la parte trasera del cuello y aplanó la falda sobre sus piernas, antes de girarse a verse al espejo.

Y la única palabra que apareció en su cabeza fue "Wow". Y esa ni siquiera era una palabra.

¿Quién hubiese pensado que ella, Ignatia Sin-mucha-gracia Fenwick, podría verse guapa en un vestido?

La parte delantera tenía forma de corazón y alzaba sus pechos haciendo que se vieran más grandes de lo que eran. Lo que ya era bastante, pero no se veía mal. Ni grotesco. Ni la hacía parecer prostituta, sin intención de ofender a ninguna mujer que trabajase de forma honesta. Se veía hasta elegante. Y, además, se amarraba con gruesas tiras de tela detrás del cuello, afirmando todo de forma cómoda. La parte de la cintura era ajustada, pero la falda era amplia y caía como una campana hasta la mitad de sus muslos. Era más corto de lo que Ignatia estaba habituada a usar, pero no se veía mal. Y escondía su trasero.

–¿Por qué tardas tant…?

Eva se detuvo en la entrada del probador, sujetando con un brazo la gruesa cortina que separaba la habitación del resto de la tienda. Ignatia, que la había visto a través del espejo, se giró a verla, apenas conteniendo su emoción.

–¡Eva, mira! ¡Me gusta este! -le dijo con entusiasmo –Es cómodo y sencillo y el negro combina con todo, ¿no?

–Santa Madre de todo lo Vintage. -dijo Eva en un susurro, mirándola de arriba abajo con ojos como platos –¡Iggy, es perfecto! ¡Pareces sacada de una revista de moda de los años 40!

Oh, por Merlín. Le gustaba el vestido…¡Le gustaba!

–A ver...gírate y párate en la punta de los pies.

Ignatia se apresuró a seguir sus instrucciones, emocionada porque, al parecer, la búsqueda había terminado. ¡Alcanzaría a tomar su siesta!

Eva se acercó y se paró tras ella, mirándola a través del espejo.

–Mmh…tengo en mente los zapatos perfectos. Rojos, con cintas negras. Labios rojos, al igual que el marco de tus lentes…¿quién diría que encontraríamos un vestido que pudiese usarse con anteojos? -dijo Eva sonriendo.

-Pero mis lentes no son roj…

-Solucionable. Y con el cabello un poco más corto… -Eva separó el cabello de Ignatia en dos partes y lo alzó, pegado a su cabeza, para que se viera más corto de lo que era. –Voilà. Perfecto.

-Eva…-empezó Ignatia, no queriendo bajar de las nubes a su amiga –no voy a cortarme el cabello.

Ignatia esperaba que eso estuviera claro. Le gustaba su cabello como estaba. Además, la última vez que había ido a que se lo cortaran, la maldita bruja estilista se había dejado llevar por la emoción y lo había cortado un poco más de lo que ella había pedido. Unos 20 centímetros más de lo que ella había pedido.

–Iggy, no hará falta. Ya me encargo yo. –le dijo Eva, con voz segura –Ahora vuelve a tu casa y nos vemos en...90 minutos.

¡Oh, libertad!

Ignatia se desnudó a toda velocidad, pensando en su cómoda cama esperando en su casa, sin siquiera importarle que Eva aún estuviese en el probador, a su lado.

Qué diablos, en la última fiesta a la que había ido, Eva había visto más de ella de lo que le podía mostrar estando en ropa interior. Se había pasado un poquitito con el alcohol. Cosas que pasaban.

Cosas que pasaban cuando no podía aguantar un poco de alcohol en su sistema. Sus antepasados irlandeses todavía lloraban de vergüenza.

–Muy bien…–gritó Ignatia, corriendo hacia la puerta de la tienda –¡Dejaré abierto!


–Hey Iggy, ¡arriba, arriba!

Ignatia abrazó su suave almohada y hundió la cabeza en ella, pero abrió un ojo de todos modos. Eva estaba sentada frente a su tocador, abriendo su gran maleta de maquillaje.

–Uuh…¿qué hora es? –preguntó Ignatia, más que un poco desorientada.

–La una y media. Tienes 30 minutos para meterte a la ducha, luego 20 minutos para comer. Te traje una ensalada de esas que te gustan. Y luego, te transformaré en una diosa de principios del siglo 20. –le dijo Eva rápidamente, con una sonrisa gigante en la cara.

El buen humor de Eva era contagioso e Ignatia se encontró devolviéndole la sonrisa. Una vez pasada la crisis de "no hay vestidos para tu cuerpo deforme", todo volvía a ser lindo. ¡Estaba invitada a una boda! ¡Y se pondría un vestido bonito!

Y por lo visto, no sólo el buen ánimo de Eva era contagioso, también sus ideas. Ignatia no solía emocionarse por ponerse vestidos.

–Muy bien, señorita tan-sólo-un-poco-controladora –dijo Ignatia sentándose en la cama y estirando los brazos por sobre su cabeza –Pero en serio, ¿vamos a ocupar una hora y media en arreglarnos?

–No, Iggy –corrigió Eva –, ocuparemos una hora y cuarenta minutos. Y aun así es poco tiempo. Debemos ocuparnos de todos los detalles. Y, créeme, son muchos detalles.

–¿Por qué la gente se esfuerza tanto por verse bien en las bodas? La finalidad debería ser ver a los novios y aplaudirlos, no verse bien en las fotos.

–Porque en las bodas todos se ponen a pensar en lo corta que es la vida, lo lindas que son las bodas y en lo bueno que sería tener una mujer hermosa de blanco colgada al brazo, listos para comenzar una vida feliz. Es decir, es el lugar perfecto para encontrar marido.

Bendito Merlín.

–No sé para qué me molesto…

–¿En preguntar cosas obvias? Tampoco lo sé, Iggy. Ahora ¡a la ducha!

Ignatia se apresuró a meterse a la ducha. Más por las ganas de comerse su rica ensalada con pollo que porque Eva le hubiese gritado. Eso lo hacía todos los días, después de todo.

Ignatia se acercó a la bañera y echó a correr el agua, esperando pacientemente a que pasara de frío a hirviendo. Si había algo que amaba eran las duchas calientes. Muy calientes.

Varios minutos después, Ignatia salió del baño en la mitad de una nube de vapor, su piel roja por la temperatura del agua, piernas depiladas, cabello húmedo y envuelta en su bata favorita.

–Cinco minutos antes del tiempo límite de ducha. –comentó Eva, dedicándole una rápida mirada antes de volverse nuevamente al espejo –Muy bien, Iggy, muy bien.

Ignatia ignoró su comentario, se sentó en la cama y tomó la ensalada que estaba sobre la mesita de noche. Oh, como amaba esa bendita ensalada.

La vendían en un local junto a la Heladería de Florean Fortescue y era la mejor del mundo. Le ponían una salsa espectacular por la que ella, todos los días, rogaba por la receta. Nunca se la daban.

Miró a Eva, que estaba maquillándose. La mujer era una genia, había que decirlo. Eva era bonita (más bien espectacularmente hermosa) en un mal día, pero cuando se esforzaba, como en aquel momento...era otro nivel. Grandes ligas. Definitivamente la Señora Weasley iba a patear lejos al señor Weasley y le iba a pedir matrimonio cuando la viera.

Sus párpados estaban cubiertos por una leve capa de sombra de un color entre el violeta y el gris y desde la comisura de sus ojos nacían líneas de un polvillo brilloso que hacía que sus ojos también se vieran brillantes. Sus pestañas se veían muy, muy largas; había puesto algo de rubor en sus mejillas y sus labios estaban pintados de un suave color rosa. Al igual que sus uñas.

Ah, qué demonios, ella misma iba a pedirle matrimonio.

–Estás espectacular, Eva. –dijo ignatia, mientras pinchaba lechuga y un trozo de pollo con su tenedor –¿Tanto esfuerzo no tendrá nada que ver con algún personaje, digamos...pelirrojo que tiene un gemelo? –Ignatia estaba segura que la señora Weasley iba a aprovechar la oportunidad y haría marchar hacia al altar a alguno de sus hijos gemelos, del brazo de Eva –Es por mí, ¿cierto? –continuó, guiñando un ojo en su dirección –¿piensas seducirme?

–Por supuesto que es por ti, Iggy. –comentó Eva con una sonrisa, mientras se colocaba unos delicados aros colgantes de color plateado –¿Por qué crees que he estado pegada a ti, digamos, los últimos tres años? Busco la manera de meterme en tus pantalones. Ahora, mueve tu sexy trasero hasta acá, puedes comer mientras soluciono tu cabello.

Y 20 minutos después, Ignatia se encontró estrujando su cerebro en busca de las palabras perfectas para escribirle una oda a Eva. Su amiga había logrado que se viera bonita. De verdad bonita.

Había delineado sus párpados con negro y había puesto una gruesa capa de máscara en sus pestañas, haciendo que se vieran de un kilómetro. Había puesto una buena cantidad de rubor en sus mejillas, pero sin que se viera sobrecargado ni excesivo. En resumen, había hecho milagros. Había pintado sus labios y uñas del mismo color: rojo. Pero rojo, rojo. Y su cabello se veía hermoso.

Eva había arreglado cada mechón de cabello, con mucha paciencia, y había recogido sus rulos para que su cuello quedara descubierto, pero no se veía como un moño. Parecía que tuviese el cabello más corto.

–Eva... –dijo Ignatia, encantada con los resultados –declaro abiertamente mi amor hacia ti. Pídeme lo que quieras, dinero, joyas, pasteles, hijos, lo que quieras.

–Lo que quiero es que te metas al baño y te pongas el vestido mientras yo me pongo el mío. ¡Ah, y no te pongas sujetador!

Ah, ¿qué?

–¿Qué? ¿Por qué diablos no?

–Ugh, Iggy, ¡sólo no lo hagas!

–Está bien, está bien…no hace falta que te enronches, por Dios...Y ponte tu vestido de una vez. Ya me tienes considerando la opción de que elegiste ir en bikini o algo así…

–Eso, mi querida Iggy, sería de muy mal gusto. Ahora ¡shú! –gritó moviendo las manos en señal de "¡vete!" –¡al baño, al baño!

Cuando Ignatia salió de baño un par de minutos después, tuvo que levantar su mandíbula del suelo.

–Carajo, Eva…guau. Ibas en serio con eso de buscar marido, ¿no?

–Yo siempre voy en serio, mi amiga. ¿Te gusta? Lo saqué de la tienda hace un par de meses, pensando que ya llegaría la ocasión de usarlo.

Pues la ocasión sí había llegado, pensó Ignatia. El vestido era de un color rosa perlado, con miles de detallitos de diamantes. La parte delantera tenía forma de corazón, sin mangas ni tiras de tela. Y se ajustaba al cuerpo de Eva como un guante. Lo que era bastante decir porque Eva tenía un cuerpo por el que el 90% de la población femenina cometería asesinato. Además los diamantes eran más abundantes en la tela que cubría sus pechos y en la línea central del vestido, haciendo que su figura se viera aún más estilizada, si eso era posible.

El vestido terminaba en la mitad de sus muslos, pero continuaba hasta el suelo con un velo color rosa, cubriendo casi por completo sus zapatos plateados, que brillaban tras la tela semi-transparente.

–Muy bien, Iggy, sé que te tengo loca, pero debemos apresurarnos. Acá tienes tus zapatos –dijo Eva, sacando a la otra rubia de su estupor. –Son bastante altos, pero son cómodos y firmes. Y harán que tus piernas y ese trasero tuyo se luzcan como nunca antes.

Ignatia se puso los zapatos, no muy convencida de que lucir su trasero fuera una buena idea, pero qué demonios, era demasiado tarde para quejarse. Tomó los anteojos que le estaba pasando su amiga, que ahora tenían marco rojo y se los colocó, girándose para quedar frente al gran espejo que tenía en una esquina de su habitación.

Su amiga hacía milagros. Milagros.


¡Hola, hola! Este fue un capítulo muy divertido de escribir, espero que les haya gustado (:
El próximo capítulo empezará desde el punto de vista de Charlie y lo subiré, espero, que en dos días. Se viene la boda y veremos a nuestras chicas encontrarse con la gente de la otra historia, de Ovejas Negras (que también deberían leer porque se va a poner bueno!)

Y en mi biografía, encontrarán el link de la carpeta compartida, con las imágenes de los vestidos, para que los vean ;D
Ojalá puedan dejarme un review, para saber qué les pareció! (Acepto insultos también u_u)
Besos!