Disclaimer: Si leer algo y les parece familiar, no es mío (y).
Charlie Weasley lo estaba pasando muy bien.
Algunas personas podrían considerar el asistir a una boda con 100 invitados y ser amenazado por una madre histérica (gritando que o se cortaba el pelo o lo dejaba calvo) como algo un poco lejano a la definición general de "pasarlo bien". Pero, por otro lado, había pasado las últimas 24 horas riéndose de Bill y sus nervios-de-novio, lo que era definitivamente compatible con su definición de "pasarlo bien".
Charlie todavía no podría creer que Bill se casaba.
Habían pasado horas y horas, durante años, comentando que nunca se casarían. Que serían los solteros Weasley por siempre, y que iban a disfrutar sin culpas dicha soltería.
Y lo habían hecho.
Para Charlie, la "eterna soltería" había significado completa y absoluta libertad. Ir por el mundo, conociendo nuevos lugares, nuevas personas. Nuevas especies del ser vivo más alucinante que pisaba la tierra y a los que él había dedicado su tiempo completo. Sus dragones.
No había nada en el mundo entero que lo apasionara más. Porque sí, no era un gusto. No era un capricho. Era una pasión. Era parte de lo que lo definía como persona. Y lo sería siempre, hasta el día en que dejara de respirar.
Y, para Bill, había significado recoger una que otra mujer hermosa en algún bar dentro del continente. No cualquier mujer, por supuesto, sino alguna que de verdad dejara a Bill sudando frío con una sola mirada. Algo que ocurría con más frecuencia de la que se podría esperar.
Su hermano, el enamoradizo.
Pero eso había sido en sus días de juventud…días que, al parecer habían terminado.
"Hermanito…estoy enamorado", le había dicho Bill, hace algo más de un año. Nada nuevo en aquella frase. Había conocido a una de esas mujeres, las que le hacían volverse loco. Pero esa vez era diferente. Algo en el tono de voz de Bill le dijo que esta mujer sería la última.
Fleur Delacour había sido transferida al banco Gringotts, para mejorar su inglés, o al menos eso había dicho ella. Sí, claro. Excusas. La mujer sabía usar sus recursos, eso estaba claro.
Y Charlie, luego de recoger su culo del suelo y trasladarlo a una silla, le pidió a Bill que elaborara más su…frase.
Bill, entonces, se había deshecho en adjetivos hermosos y soñadores. Había dado una descripción, de cerca de diez minutos, de sobre cómo brillaban los ojos de la chica-veela, cómo brillaba su cabello a la luz de las velas y de cómo brillaba ella en general en todo momento del día. Le había dicho que era muy divertida y que le hacía reír. Que pensaba en ella todo el día y cuando no pensaba en ella, estaba hablando con ella, pensando en qué cosa decirle para hacerla reír.
En ese momento, Charlie se había apoyado pesadamente en el respaldo de la silla y había pensado dos cosas.
Primero, Bill estaba perdido. Muchas veces se habían sentado a hablar de mujeres, pero nunca antes su hermano se había esforzado tanto en describir las diferentes formas en que ella movía las manos.
Y, segundo, si Bill estaba enamorado y era en ese momento la descripción gráfica de "estar enamorado"…eso quería decir que él, Charlie Weasley, estaba entonces perdidamente enamorado de sus dragones.
Lo que, por lo demás, sonaba hermoso. Podía vivir con y de sus dragones hasta el día en que se muriera y él sería feliz haciéndolo; pero, mientras esperaba de pie a que aparecieran los primeros invitados de la boda, junto a la colina más cercana a La Madriguera, no podía dejar de pensar en las palabras que su hermano mayor le había dicho hace no más de una hora.
"Puedes reírte todo lo que quieras, Hermanito –le había dicho Bill mientras él se revolcaba de la risa. El novio estaba preocupado por su corbata, porque quizá no combinara con los ojos de la novia –ya me reiré yo cuando te suceda a ti…no puedes esconderte tras los dragones por siempre, y cuando esa persona aparezca, ya sabrás a lo que me refiero...la vida te alcanzará en algún momento…es sólo cosa de tiempo"
Charlie se había puesto de pie, limpiando las lágrimas que habían sido resultado de su ataque de risa y le había dicho que eso no sucedería nunca. Que era imposible.
No es que no pudiera admirar, de vez en cuando, la belleza de alguna mujer. Lo hacía, pero admirar a una mujer era muy distinto a sentir pasión haciéndolo. Pasión admirando a una mujer, quería decir. Al menos no una pasión comparable con lo que le hacía sentir el cálido aliento de un Vipertooth peruano recién nacido sobre las manos, por ejemplo
Su madre creía que estaba loco. Y quizá sí lo estuviera. Debía acostumbrarse pronto a la idea de que lo tratara como si algo hubiese salido mal durante su crianza. Con Bill casándose, era esperable que su madre comenzara a presionar con que él era el siguiente.
Lamentable.
Los primeros invitados comenzaron a llegar entonces y Ginny, que estaba a su lado, se apresuró a darles la bienvenida, dedicando amplias sonrisas y cálidas palabras. Era increíble todo lo que había crecido su pequeña hermanita. Cada vez que volvía a casa después de meses en Rumania, se encontraba con que estaba más alta y más hermosa. Había considerado seriamente dejarse caer en Hogwarts en algún momento para amedrentar a los estúpidos y hormonales adolescentes que compartían año con ella y que creían que podían poner sus grasientas manos sobre su hermanita, pero luego decidió en contra. Sabía que estaría a salvo con Fred, George y Ron a sus espaldas. Y si resultaba que sus tres hermanos menores no hacían un buen trabajo protegiendo el honor de su pequeña Ginny, ya los haría pagar él. Y no sería lindo.
–Muchas gracias por venir, si sigue por la alfombra le indicarán su lugar, adelante.
La voz de Ginny llegó a sus oídos, sacándolo de sus pensamientos homicidas.
Otra pareja hizo su aparición y luego otra y otra y otra. Y entre él, Ginny y su padre, que estaba a su otro lado, repartieron sonrisas y palabras de bienvenida a las decenas y decenas de personas.
–Hey, papá –dijo Fred, luego de correr por sobre la alfombra roja que unía la carpa con el lugar junto a la colina donde estaban recibiendo invitados –, mamá necesita ayuda. Hagrid se sentó en las sillas equivocadas y está histérica.
–Santo Merlín, quédate acá un segundo hijo, mientras lo soluciono.
Los tres Weasley vieron como su padre corría a toda velocidad.
–¿En serio se sentó en las sillas sin protección? –preguntó Charlie, tratando de no reír al imaginarse a Hagrid enterrando las sillas en el césped. Le caía muy bien Hagrid, era sencillo y un muy fiel aliado. Compartían el amor por los dragones y tenía reacciones de lo más divertidas.
–Sip. Casi pude oír a las delicadas sillitas doradas gritar pidiendo auxilio.
Ginny soltó una risita y Charlie sonrió ampliamente, sacudiendo la cabeza. Hagrid era todo un caso.
Su sonrisa duró menos que la cena de un Longhorn rumano, porque frente a él hizo aparición otra pareja de invitados. Nada nuevo ahí, pues llevaban cerca de una hora dando la bienvenida a diferentes personas.
Pero no era cualquier pareja invitada. Era una pareja de mujeres. Un par de mujeres espectacularmente…espectaculares. O al menos una de ellas lo era, la otra mujer se perdió en la periferia de la vista de Charlie.
La mujer que se robó toda su atención era media cabeza más baja que él, pero llevaba zapatos altos, por lo que probablemente fuera un poco más baja de lo que parecía.
Tenía el cabello ondulado, de un rico color rubio con un leve tono cobrizo, que flotaba alrededor de su cuello. Y cuando ella alzó la vista, los ojos azules de Charlie se encontraron con los color verde de la mujer, a través de los anteojos de marco rojo que ella usaba. El rojo combinaba perfectamente con sus labios, que estaban pintados del mismo color. Y su vestido negro…santísimo Merlín.
La mujer parecía sacada de una fantasía Pin-up. Su vestido se ajustaba a sus curvas de tal forma que a Charlie le entraban ganas de averiguar quién era el creador de tan maravilloso vestido y hacerle una cuantiosa donación.
Porque…por Dios qué curvas. Y qué piernas.
Cuando Charlie logró, con mucho esfuerzo, que su vista volviera a la altura de la cara de la mujer, le dedicó una amplia sonrisa, más amplia que la que había tenido en la cara cuando la vio por primera vez.
Qué equivocado estaba su hermanito mayor. Claro que podía disfrutar de una mujer. Estaba casado con sus dragones, pero eso no tenía por qué ser impedimento para disfrutar de una buena tarde y noche junto a buena compañía, ¿no?
Lo primero que hizo Ignatia, luego de aparecerse junto a Eva en la colina detrás de La Madriguera, fue asegurarse que su vestido aún mostrara sólo la piel que se supone que debía mostrar. No sabía por qué diablos le había hecho caso a su amiga y no se había puesto sujetador. Ahora se pasaría la tarde revisando si sus pechos no estaban tomando más sol del que deberían.
Aunque…al parecer no sería la única revisando si su vestido la mantenía decente aún. Frente a ella estaba un hombre pelirrojo que luego de mirarla fugazmente a los ojos (con unos increíbles ojos azul brillante) se quedó pegado en su escote.
Santo cielo.
Ignatia no sabía si sentirse ofendida o abrazar a Eva.
Ignatia aprovechó el tiempo que el pelirrojo tardó en mirarle las piernas y el escote nuevamente, antes de volver a sus ojos, para tratar de descubrir su identidad. El cabello rojo daba una pista grandota, ¿pero quién?
Podía ser uno de los muchos parientes repartidos por el continente, pero si estaba en la comisión "bienvenido a la mejor boda de todos los tiempos", junto a…alguno de los gemelos y a una chica pelirroja, debía ser del círculo Weasley más cercano e inmediato.
El problema era que no venía a La Madriguera desde que ella tenía…14 años. Es decir unos buenos 10 años.
Y, por lo visto, mucho podía pasar en 10 años, porque el pelirrojo que ahora (por fin) la miraba a los ojos, era un espécimen de lo más espectacular. Y, definitivamente, si alguien con la piel así de bronceada y con brazos así de…wow, ella…pues ella lo recordaría, ¿no?
Entonces el espécimen pelirrojo le sonrió e Ignatia se olvidó por completo de lo que había estado intentando descubrir. ¿Qué era? ¿Que si sus brazos tendrían realmente la fuerza que aparentaban? ¿Si su piel bronceada conservaba el calor del sol y era tan cálida como parecía?
El silencio que la rodeaba fue lo que la sacó de sus acalorados pensamientos y alejó la vista del (espectacular) pelirrojo, para mirar al otro pelirrojo, uno que sí conocía. Fred. O George.
No era muy importante cuál gemelo era. Lo importante era que claramente el gemelo estaba haciendo esfuerzos para no reírse mientras miraba de ella al otro pelirrojo, el de los brazos increíbles y ojos luminosos.
¿Ojos luminosos? ¿Ojos luminosos?
¿Y quién se supone que era ella ahora? ¿Lord Byron?
–¡Eva! ¡Iggy! –gritó Fred/George con exagerada alegría, aun escondiendo (muy mal) una sonrisa.
Eva, que al contrario del gemelo, le importaba un cuerno reírse en su cara, sonreía abiertamente y respondió al gemelo no sin antes enviarle a Ignatia una "no-creas-que-puedes-engañarme" mirada.
Qué demonios, ¡no podía culparla! ¿Le había visto los brazos, por Merlín?
–¡Fred! –el cómo lo identificaba, estaba más allá de la comprensión de Ignatia – ¿qué le sucedió a tu oreja?
¿Ah?
Lo primero que pensó Ignatia era que Eva había abusado de la laca de cabello y estaba en algún estado intoxicado. Pero luego notó lo que Eva había visto. El gemelo, Fred, tenía una oreja menos. ¿Qué diablos le había sucedido?
–No es nada, mi querida Eva. Ahora no podrás jactarte de saber diferenciarnos, ¿eh?
–¡Ja! Por favor, podría diferenciarlos con los ojos cerrados, Fred. De todas formas, sigues siendo el gemelo más guapo.
Santo cielo…Eva. Sutileza pura.
–La que está dolorosamente hermosa eres tú, Eva. ¿Pretendes que nadie mire a la novia esta tarde? –le dijo Fred, con una pequeña sonrisa en los labios.
Definitivamente esos dos iban a terminar casados antes de que terminara la velada.
Y la Sra. Weasley se iba a hacer pipí de la emoción.
Antes de poder intervenir y decir…cualquier cosa, como para que se acordaran que ella seguía ahí; apareció otro pelirrojo, caminando apresuradamente por la alfombra roja que se perdía más allá de la colina. Un pelirrojo que ella sí conocía muy bien.
–Muy bien, ahora las sillas resistentes son plateadas, para evitar posibles futuras confusi…
–¡Señor Weasley!
Oh, le encantaba el señor Weasley. Era un hombre con un sentido del humor y una forma de ver la vida envidiables. Amaba a su mujer más que a nada en el mundo y había sacrificado mucho para sacar adelante a su familia, con esfuerzo y mucho orgullo. La había recibido como una más de sus hijos las veces que se había quedado en La Madriguera y había sido buen amigo de su padre.
El Sr. Weasley pareció no tener ni idea de quién era la mujer que le hablaba, pero un par de segundos después, y bajo la atenta mirada de sus hijos (menos de Fred que seguía mirando a Eva) su cara se iluminó con comprensión.
–¡Ignatia! ¡Por Merlín, casi no te reconocí! –dijo el hombre pelirrojo acercándose rápidamente y tomando sus manos –de hecho, no te reconocí, ¡pero esos ojos son difíciles de olvidar, señorita! ¡Los ojos de tu padre!
¡Aaaaaw! ¡Por eso le caía tan bien! ¡Era tan dulce!
–Bueno, usted sigue igual que siempre, Señor Weasley, los años no pasan en usted –le respondió Cassandra y sonrió amablemente cuando el hombre se sonrojó como loco –pero los años sí han pasado por sobre sus hijos, no logro reconocerlos, además de a Fred.
Dijo eso intentando sonar lo más despreocupada posible y no desesperada por conocer la identidad del pelirrojo guapo de la piel exquisita. No.
El pelirrojo en cuestión miraba de su padre a ella con cara de "¡woah!". Bueno, él ya sabía quién era ella. Y no tenía que mirarla con esa cara tampoco. ¡Sí, ella podía verse así de bien con un vestido! ¡Y sí, ahora tenía pechos!
Ignatia ya sabía exactamente quién era él. Sólo quería la…confirmación.
–Oh, esta mujercita de acá es Ginny…
–¡No es cierto! –dijo Ignatia antes de poder contenerse. ¡Santo cielo! ¡La última vez que la había visto estaba en pañales aún! –¡Estás enorme Ginny! ¡Y muy linda! Debes estar volviendo loco al montón de hermanos trogloditas que tienes, ¿eh? ¿Cuantos novios tienes ya en tu cuenta?
–Ninguno –dijeron a la vez Fred y Charlie. Completamente serios.
Ginny la miró y se rió bajito. Estaba roja como un tomate, pero claramente estaba disfrutando de la reacción de sus hermanos.
–Unos cuantos.
¡JA!
Ignatia le sonrió contenta y Eva se rió a su lado. Las caras de los hombres pelirrojos eran dignas de portada de diario. Incluyendo al Sr. Weasley, pese a que él no había dicho nada.
–Bueno, Ginny Weasley –continuó rápidamente Ignatia, antes de que los señores iniciaran una escena y pusieran en vergüenza a la pobre muchacha –Yo soy Ignatia Fenwick, pero puedes decirme Iggy y te conocí cuando eras de este tamaño, aproximadamente –le dijo, acercando sus dedos pulgar e índice, para demostrarle lo pequeña que era. –Mi padre era amigo de los tuyos y conocí a tus hermanos mayores en Hogwarts. Y esta es Evadine Malkin, también conocida como Eva, mi mejor amiga.
Ginny les sonrió ampliamente. De verdad era muy linda. Y el jefe de los Weasley aprovechó el silencio para aclararse la garganta e ir a lo importante. El pelirrojo de los súper-brazos.
–Y este, es Charlie, ya debes acordarte de él.
Oh, sí, lo hacía. Sólo que su recuerdo de Charlie era bastante lejano al Charlie que tenía frente a ella ahora. El cabello rojo y los ojos azules era lo único que quedaba del Charlie de los tiempos de Hogwarts.
Ignatia y Charlie habían sido algo así como amigos, más o menos, hasta que ella inició su cuarto año en Hogwarts. Había pasado los primeros días de las vacaciones en La Madriguera y al volver a Hogwarts se habían…distanciado de a poco. Charlie iniciaba su quinto año y al ser elegido Prefecto, y sumando eso al hecho de que era el buscador de Gryffindor y ese año fue elegido Capitán del equipo…bueno, se distanciaron.
Qué demonios, el tipo se hizo popular, hizo nuevas amistades y la Ravenclaw flacuchenta quedó en el pasado. Nada que hacer.
Ignatia no se lo había tomado a pecho ni nada. Lo había lamentado al comienzo, pero no había hecho nada para solucionarlo tampoco.
Charlie se adelantó y tomó su mano.
Maldición, ¿quería que se desmayara? ¡No podía llegar y tocarla sin aviso!
–Ignatia, tanto tiempo –le dijo con una voz rica y profunda. Oh, quizá sí se desmayara, después de todo. –Ven, te acompaño a tu asiento.
Le ofreció su brazo derecho e Ignatia dudó por un segundo. Buscó a Eva con la mirada, y la encontró caminando por la alfombra, ya varios metros más lejos, tomada del brazo de Fred.
Maldita yegua.
Le sonrió a Charlie y tomó su brazo. Debía tranquilizarse, y debía hacerlo rápido. Estaba armando demasiado alboroto. Era atractivo, sí. Ridículamente atractivo, si debía ser sincera, pero tenía 23 años, no 13. Era una mujer adulta, madura e independiente. Segura de sí misma.
O al menos así se había sentido 10 minutos atrás.
Sí, era cierto. Hace más de un año que no tenía nada con ningún hombre, después del fiasco que resultó ser su última relación. Pero eso no era excusa para ponerse nerviosa. Charlie era digno de segundas, terceras y cuartas miradas, pero tampoco pensaba terminar con él en la cama esa noche.
Así que mejor se tranquilizaba y se enfocaba en pasarlo bien. Estaba en la boda de Bill, algo que pensó que nunca ocurriría y se veía bonita en un vestido, lo que pensó que tampoco ocurriría nunca. Y si Charlie estaba dispuesto a lanzarle miradas acaloradas como la que estaba recibiendo en ese momento…bien ella podía devolverlas. Calor no le faltaba, ¿no?
25 minutos más tarde, Ignatia estaba sentada en la tercera fila del millón de sillas ubicadas dentro de la carpa, junto al pasillo central, por donde la novia acababa de hacer aparición del brazo de un hombre bajito y de barba chistosa y que se veía como si fuese la persona más orgullosa y contenta de la tierra. Que, probablemente, lo era.
Fleur Delacour era…de otro mundo. Se veía preciosa con su vestido blanco lleno de plumas y que tenía el diseño de dos pavos reales en la parte delantera. Incluso Eva, que estaba en un comienzo enfadada porque no había conseguido verse más espectacular que la novia, tuvo que admitir que el vestido era increíble. Y siendo la opinión de una Malkin, era algo enorme.
La novia se detuvo junto a su futuro marido, que se veía radiante, igual que ella. Bill había cambiado mucho desde la última vez que Ignatia había pisado La Madriguera, pero eso ya lo sabía. Lo había visto un par de veces en el Callejón Diagon, aunque no se había acercado a él para hablarle. Su cara estaba marcada con cicatrices que en un hombre menos feliz se verían horribles. En él, en ese momento, eran casi imperceptibles.
Bill sonrió a la novia con amor y se pararon juntos de la mano, frente a un hombre tan pequeño que Ignatia estaba segura que debía tener sangre de duende en alguna parte de sus minúsculas venas.
–Oye Iggy, ¿quién crees que era el duende? –preguntó Eva en un susurro, cerca de su oído. Por eso eran tan amigas, pensaba igual –¿Su madre o su padre?
–Espero que no haya sido el padre…sino habría sido una relación bastante aburrida. –le respondió Ignatia en un susurro también.
–Sí…aunque pensándolo bien, si hubiese sido al revés, habría sido una relación algo dolorosa.
Ignatia le dio un codazo en las costillas a su amiga, haciendo esfuerzos dignos de aplausos para no reírse.
–Damas y caballeros –habló el hombre-duende con voz suave, interrumpiéndolas y provocando que la carpa quedara en absoluto silencio –Estamos aquí reunidos para celebrar la unión de estas dos almas, de la cual seremos esta tarde fieles testigos. El amor es un gran proyecto, sin duda alguna, pero es ante todo una forma de estar en el presente y de defenderlo todos los días. Cuanto más grande es, más grandes y poderosos han de ser las horas y los días que abarquen ese amor.
Wow…el hombre-duende sí que sabía dar discursos, pensó Ignatia mientras se limpiaba las primeras lágrimas de la cara. Primeras, porque sabía que serían muchas.
Miró a los novios otra vez y sus ojos se desviaron hacia el pelirrojo parado junto a Bill. Charlie. Estaba mirado hacia el frente, así que sólo podía verle la parte trasera de la cabeza, la espalda y bueno…el trasero.
Bien ahí, Charlie. Bien ahí…
En el tiempo que tuvieron desde que comenzaron a caminar por la alfombra hasta que la acompañó a su asiento, hablaron prácticamente de todo.
Ignatia estaba un poco sorprendida con lo fácil que era conversar con Charlie. En el último año en Hogwarts en el que habían hablado, sus conversaciones se habían vuelto más y más incómodas, antes de cesar por completo.
No había sido el caso ese día.
Habían bromeado y se habían reído. Ignatia le había dicho que había dejado de hablarle en Hogwarts porque le daba vergüenza ser visto con una Ravenclaw sin gracia. Él había respondido que la idiotez adolescente alcanzaba a veces dimensiones desproporcionadas, porque vergüenza era lo último que estaba sintiendo en ese momento, mientras la llevaba del brazo.
Ignatia, por supuesto, se había puesto roja como el cabello de Charlie, pero había reído con ganas de todas formas.
Le había sorprendido también que él recordara algunas cosas de ellas. Cosas que no tendría por qué recordar. Como que era una adicta al chocolate y que no le gustaba el café ni la mermelada de mora. Malditas pepitas siempre encontraban la manera de meterse entre sus dientes. Siempre.
Ignatia había intentado que la sorpresa no se notara en su voz, y le había bajado el perfil. Le había dicho que el chocolate era el motivo por el que su trasero tenía el tamaño de la cabaña de Hagrid. Luego se había arrepentido de inmediato de su comentario, cuando el tema de conversación se trasladó a su trasero.
Charlie le había dicho que la cabaña de Hagrid nunca antes había sido comparada con algo tan lindo e Ignatia casi se había tropezado y caído sobre su cara. ¡Le había dicho que tenía lindo trasero, en nombre de Merlín y su…trasero mágico!
Entonces Ignatia se había apresurado a cambiar el tema de inmediato y le había preguntado por sus dragones. Su amor por ellos había comenzado en algún momento entre el tercer y cuarto año del pelirrojo y desde entonces no se había callado al respecto. Al menos hasta que dejó de hablarle.
La cara de Charlie se había iluminado más que la decoración navideña que Eva había puesto en su tienda el año anterior. Y eso…era bastante.
Le había hablado sobre las distintas especies que tenía a su cuidado en Rumania, de las que había conocido en su paso por diferentes países del mundo y de las que le faltaba por conocer todavía. Que le encantaba su trabajo, aunque fuera peligroso. Aunque ese detalle lo agregó cuando Ignatia le preguntó si no le daba miedo que su piel quedara del mismo color que su cabello si se cruzaba con alguna dragona en la mitad de su síndrome pre-menstrual o algo así.
Le contó que volvía pocas veces a su casa, y que pasaba la mayor parte del tiempo en Rumania, abrazando con amor a sus criaturas escamosas, pero que de ahora en adelante pensaba viajar más seguido, una vez al mes o algo así.
¿Por qué el cambio de rutina? Ni idea. E Ignatia tampoco preguntó, de todas formas.
–Iggy… –dijo Eva a su lado, llamando su atención –deja de mirarle el trasero al pobre hombre. Se lo vas a gastar. Y sería una pena, porque es un buen trasero.
Ignatia levantó de inmediato la vista, avergonzada porque había estado mirando aquella parte de la anatomía de Charlie quizá por cuánto tiempo.
–Tú, William Arthur, ¿tomas a Fleur Isabelle como tu esposa, prometes amarla, respetarla, protegerla, abandonando todo y dedicándote sólo a ella?
Bill respondió que sí de inmediato, con voz firme e Ignatia no pude evitar pensar que Charlie no podría hacer esa promesa nunca. No podría abandonar todo y dedicarse a algo más que no fueran sus dragones.
La misma pregunta fue hecha a la novia y entonces Ignatia saltó en su asiento y escuchó como Eva soltaba una palabrota muy poco digna de una dama en vestido rosa, cuando un fuerte ruido sonó desde el fondo de la carpa.
Ignatia se giró en su asiento, riéndose de su amiga y encontró en la parte trasera de la carpa a Hagrid, el guardabosques de Hogwarts, sonándose la nariz, claramente emocionado.
Ignatia se giró rápidamente cuando escuchó que alguien decía "oooh" y encontró al hombrecillo o duendezote, dependiendo de cómo se viera, con la varita alzada sobre la cabeza de los novios, mientras una lluvia de estrellas plateadas se arremolinaban alrededor de ellos. Ahora era Ignatia la que necesitaba sonarse ruidosamente la nariz.
La gente comenzó a aplaudir y entonces los globos dorados que adornaban el lugar estallaron y pequeñas avecitas y campanas cayeron de su interior, resonando entre los vítores, sollozos y aplausos.
–Damas y caballeros –dijo el hombrecito, llamando la atención de todos nuevamente –Si son tan amables de ponerse de pie…
Todos siguieron rápidamente las instrucciones del pequeño mago, quien entonces alzó otra vez su varita en el aire, haciendo que las sillas doradas volaran desde sus posiciones hasta ubicarse alrededor de las mesas que se encontraban repartidas por el lugar, dejando espacio en el centro, donde ahora había una brillante pista de baile.
Y entonces una banda de músicos dorados apareció, las bandejas con distintos brebajes también y la celebración comenzó.
Ignatia se alejó de la pista de baile, donde dejó a Eva en la compañía de los gemelos, y caminó en dirección a los novios, que en ese momento descansaban de las muchas rondas de baile que habían disfrutado y recibían alegremente las felicitaciones de la gente.
Y a eso iba ella, a ofrecer sus felicitaciones.
Charlie, que estaba de pie al lado de su hermano recién-casado, fue el primero en notar que se acercaba a ellos.
–Hey, Iggy, ¿cómo va todo? –le dijo sonriente.
Ese hombre tenía que dejar de sonreír así, pensó Ignatia, antes de que ella se pusiera en vergüenza e hiciera algo completamente fuera de lugar, como…okay, fuera de lugar.
–Todo bien, Charlie, vengo a dar las felicitaciones a los novios –le respondió Ignatia con una sonrisa enorme.
–Iggy, ¿como Ignatia Fenwick? –preguntó Bill, que acababa de despedir a una pareja de magos ancianos que al parecer habían ido con la misma intención que ella, para luego girarse hacia la recién llegada, con su recién adquirida esposa pegada al costado viéndose radiante.
–La misma, hermano, la misma.
–Hola, Bill –le dijo Ignatia al pelirrojo. No le ofreció la mano, porque lo consideró muy frío para saludar a alguien que conocía hace muchos años, pero tampoco lo abrazó, viendo cómo sería de incómodo teniendo a su esposa ya abrazada –Tantos años, ¿no? venía a darte mis felicitaciones. Ha sido una boda hermosa. –eso último lo dijo dirigiéndose a Fleur. –Y tu vestido es lo más espectacular que he visto en mi vida, y mi mejor amiga es hija de Madam Malkin, así que he visto muchos vestidos espectaculares en mi vida, créeme.
Fleur le sonrió feliz. Aunque feliz probablemente era su estado basal en aquel día.
–Muchas ggacias. Estoy muy contenta, en segio.
Ignatia le sonrió. Su acento era adorable.
–Estás muy cambiada, Iggy. –le dijo Bill entonces –No te habría reconocido ni en un millón de años. Y gracias por venir, es el día más importante de mi vida. Me siento como el hombre más afortunado del mundo.
–Y deberías sentirte como el hombre más afortunado del mundo, Bill –le respondió Ignatia, la risa notándose en su voz–mira la mujer que tienes bajo el brazo, por Merlín. ¡Muy lejos de tus ligas!
Charlie rió con ganas y Fleur abrazó a su esposo mientras sonreía soñadoramente. Bill le besó la frente a su esposa, viéndose realmente como el hombre más contento y afortunado que pisaba la Tierra.
Eso le gustaba de los Weasley. Eran abiertos y transparentes. Y sinceros. Y tenían buen humor. Su comentario podría haber sido fuera de lugar en alguna otra boda y podrían haberla echado de una patada antes de que ella se tomara su segunda copa de champagne, pero no en la boda de un Weasley. Ahí se sentía cómoda. Era como si no hubiesen pasado 10 años.
–Bueno, los dejo. Iré a rescatar a mi amiga de tus hermanos gemelos. ¡Nos vemos luego y felicitaciones otra vez!
Y dicho eso, Ignatia se giró y caminó hacia la pista de baile. O intentó caminar hacia la pista de baile.
Una mano la tomó del brazo con suavidad y la detuvo y cuando Ignatia se giró, algo sobresaltada, se encontró con los ojos brillantes y espectacularmente azules de Charlie.
–Hey, antes de que te vayas, –le dijo regalándole una sonrisa ladeada, matándola lentamente en el proceso. Demonios –¿quieres bailar?
Ah…¿desnudos? Claro.
Actúa natural, Iggy.
No, no natural. Lo natural versión Iggy era ser torpe y sin gracia, tenía que actuar coqueta y sexy, no natural.
Ja…si el muy infeliz iba a bombardearla con sonrisas como esa toda la tarde…ella no se lo iba a poner fácil.
–Eh…está bien. –le dijo, mirándolo por debajo de sus pestañas –Búsqueme más tarde, señor Weasley, más tarde. Saque a lucir sus instintos de buscador de Quidditch y siga el color de mi cabello. Hasta luego.
Y con un último giño dirigido al pelirrojo, se retiró caminando con seguridad, asegurándose que sus caderas se balancearan con cada paso que daba, sonriendo como imbécil todo el camino hasta su casi olvidada amiga Eva.
–Woah, Iggy, ¿en serio le dijiste eso?
Ignatia estaba sentada junto a Eva en una de las muchas sillas repartidas por la carpa. La música sonaba con fuerza y la gente se reía y charlaba bulliciosamente alrededor de ellas. La fiesta estaba en su máximo apogeo.
–Sip.
–Wow. Me parece muy bien, mi casi-célibe amiga. Ya era el momento de que te lanzaras de cabeza sobre un hombre. Vas a volver a ser virgen al paso que vas.
–¡Eva! –girtó Ignatia, golpeando el brazo de su amiga –Por Merlín, tampoco ha pasado tanto tiempo. Un…par de meses, nada más.
–¿Un par de meses, nada más, Iggy? Más de un año. Eso es mucho. Eres una mujer atractiva y estás perdiendo el tiempo entre libros en vez de perderlo entre las sábanas de algún hombre sexy.
–No pierdo el tiempo entre libros, Eva…amo mis libros, no es pérdida de tiempo. Y tampoco es que vaya a ir acostándome con cualquier tipo con el que me cruce, ¿no? Primero tendría que encontrar al único en un millón, aparte de ti, queridita, que me encuentre atractiva.
–No he dicho que te acuestes con cualquiera, sólo que deberías salir más…ampliar las opciones. ¿Y me estás jodiendo? Sí hay mucha gente que te encuentra atractiva.
–A ver, ¿como quién?
–George te encuentra muy sexy. Sé que bromea con todo el mundo de esa forma, pero lo dice en serio. Pero eres muy mayor para él, por eso no dice nada. Y Joseph, el chico que trabaja de ayudante en Flourish & Blotts, se tropieza con su propia lengua cada vez que los saludas. Y el hijo de Florean Fortescue, que en paz descanse, siempre te da los helados más gigantescos del lugar, sólo porque vas y le dices "hola, Frank" y no voy ni siquiera a empezar con Félix Standfield. El pobre tipo ha estado detrás de ti los últimos 2 años y no le das ni la hora. Y eso que Félix tiene un 7 en mi escala del 1 al 10 de hombres guapos.
Cassandra intentó no sonrojarse. Eva la hacía parecer como una perra descorazonada. Pero ni siquiera se había dado cuenta de que le gustaba a Frank y a Joseph. Ninguno era de su gusto, eran muy dulces y amables con ella siempre…pero, no. Y bueno, Félix Standfield era otro asunto. Trabajaba medio tiempo en Artículos de Calidad para Quidditch, y en realidad no era vendedor. Sólo iba a hacer las actualizaciones al local, a asegurarse que en la tienda se manejara siempre la información más reciente. Y la había invitado a salir más de una vez.
Y Eva tenía razón, el hombre sí era guapo. Félix tenía más o menos su edad y había estado en el equipo de Hufflepuff de Quidditch, no era muy alto y eso había sido de utilidad en su posición de cazador, porque era muy veloz sobre una escoba. Tenía cabello oscuro y ondulado y ojos de un color entre el verde y el amarillo. Su piel era algo morena y tenía un cuerpo de muerte…pero Ignatia nunca había sentido la chispa.
Por suerte, en ese momento apareció Fred (a quien ahora Ignatia si podía distinguir) y la salvó de que Eva siguiera analizando su vida amorosa. O la falta de ella.
–Hola, señoritas, ¿interrumpo?
–No, para nada –se apresuró a responder Ignatia.
–¿Puedo secuestrar a Eva entonces? –le dijo, moviendo la cejas de arriba abajo.
Ignatia tuvo que reírse.
–Claro, aunque difícilmente es un secuestro si la víctima está tan contenta de acompañarte. Yo iré por un postre, creo que hay de chocolate.
Y, oh por Dios, sí que encontró un postre de chocolate. El mejor que hubiese probado en su vida. Era algo cremoso y tenía frutillas, que era una de sus frutas preferidas en el mundo entero.
Oh, por Dios…
Estaba bastante segura de que hasta gimió en la mitad de su éxtasis provocado por cacao, antes de notar que estaba siendo observada.
A su lado, estaba una chica bonita, enfundada en un vestido verde, que contrastaba maravillosamente con su cabello rojizo. Alguna otra Weasley, seguramente.
Antes de seguir avergonzándose a sí misma, se enderezó en toda su altura, que no era mucha. Ni siquiera habiendo notado que se había encorvado tanto sobre su hermosa copa de crema achocolatada. Copa que dejó apresuradamente sobre la mesa.
–Uh…está muy bueno –le dijo, sonriendo. Maldición, por el calor que sentía, se había puesto de un color rojo furioso. Seguramente sus labios pintados ya no se notaban entre tanto rojo. Mirando de reojo, vio pasar una cabeza roja (otra…) y lo llamó de inmediato, considerándolo su campana salvadora de vergüenzas. –Oh, Charlie, ¡ven! Tienes que probar esto, es lo mejor que he comido en mi vida.
Lo tomó del brazo y lo tiró hasta la mesa donde estaban los postres. Lo había tironeado un poco más de lo que esperaba, pero a Charlie no pareció molestarle. Gracias a Merlín.
–¿Tú encontrando bueno un postre de chocolate, Iggy? Me sorprendes.
Salvador de vergüenzas sus pelotas. Maldito.
–Cállate, Charlie –dijo acompañando sus palabras de un golpe en el brazo del pelirrojo –, harás que la gente piense que me trago todo lo que encuentro a mi paso.
Le sonrió a la chica pelirroja, disculpándose sin palabras.
–Ingatia Fenwick, vieja amiga de la familia –comenzó Charlie, mientras la chica le sonreía de vuelta –, te presento a Cassandra, nueva amiga de la familia, quien además es la creadora del postre de chocolate.
¿Qué? ¿En serio?
–¡No es cierto! ¿Tú los hiciste?
–Eh…bueno, sí –respondió la chica, Cassandra, llevándose una mano al pecho y respirando aliviada. ¿La había asustado? A veces gritaba y no se daba cuenta. De todas formas todo el asunto de "ella es la dueña del paraíso de chocolate cremoso en copas" fue más fuerte.
–Eso te transforma en mi nueva persona favorita del mundo entero –le dijo a Cassandra, mientras sacudía en el aire la pequeña cucharita de postre, que no había soltado. Y no pensaba soltar, porque no se iba a detener en un solo postre. Oh, no. Charlie la miraba, claramente intentando no reírse en su cara, el muy maldito –Hey, en serio, están muy buenos.
–Bueno –dijo Charlie mirándola directamente a los ojos, sonriendo hacia ella con una de sus tontas e irresistibles sonrisas ladeadas –, toma una copa para el camino. ¿Te molesta si te dejo sola, Cassandra? La señorita aquí me prometió un baile y pretendo obligarla a cumplir su palabra.
Ignatia intentó suprimir la sonrisa y la risita que luchaba por abrirse paso en su garganta, pero no le fue tan bien. Aunque al menos logró evitar la risa de ratoncito nervioso. Peor era nada.
–Para nada –respondió Cassandra, sonriendo en dirección a Ignatia. Oh, ella sabía que estaba nerviosa. Y si ella lo sabía…bueno, todos lo sabían, porque significaba que estaba disimulando muy, muy mal. Bueh… –, yo seguiré acá, alimentándome de los buenos comentarios sobre mis postres.
Entonces Charlie le ofreció un brazo musculoso y una copa de postre de chocolate e Ignatia tuvo que reprimirse para no besarlo ahí mismo.
Que alguien aplaudiera su autocontrol, por Dios.
Un minuto después, estaban bailando entre las muchas parejas y no-parejas que había en la pista de baile, bromeando y riendo felices.
Si debía decir la verdad, Ignatia lo estaba pasando de maravilla. Hacía mucho tiempo que no lo pasaba tan bien. Estaba toda elegante con su vestido, pero aun así podía juguetear y dar vueltas y reírse como una chiquilla y a nadie le importaba.
Y menos le importaba a Charlie, que se veía encantado de ser quien provocaba tanto alboroto en ella. La hacía girar a toda velocidad, haciendo que su falda negra girara también en el aire, mostrando más de lo que se veía con el vestido quieto y la forma en que Charlie miraba sus piernas no pasó desapercibido para Ignatia, que sonreía para sus interiores.
Y luego de girar mucho, la sujetaba por la cintura, mientras esperaba que el mundo de Ignatia dejara de moverse a su alrededor.
–Ah, Charlie, vas a matarme. No más vueltas, por favor.
–Si te tengo así de cerca después de tantas vueltas…he de votar a favor de las vueltas, Iggy. Lo lamento.
Ignatia tragó saliva y apoyó la cabeza en el hombro de Charlie, aprovechando la música lenta para esconder su acalorada cara de la vista del resto.
–Uhm…no vas a votar a favor de ellas después de que te vomite encima.
Charlie se rió y no comentó nada más. Solo la envolvió en sus enormes brazos y la apretujó contra su firme pecho, inundando los sentidos de Ignatia con su perfume. Olía tan bien como se veía, maldición.
–Me alegro mucho de que hayas venido, Iggy. No había notado lo mucho que podría llegar a extrañarte.
Ignatia cerró los ojos y hundió la cara en su cuello, sintiendo ganas de quedarse ahí por siempre.
Pero como las hadas del destino eran unas perras celosas, claro que no iba a ser posible.
Había comenzado una segunda canción lenta y suave, cuando el caos se desató.
De la nada, un destello de luz plateada atravesó el aire, haciendo que Ignatia levantara la cabeza mirando alrededor sobresaltada. Los brazos de Charlie la sujetaron con fuerza, cuando vieron que la luz plateada tomaba la forma de algo similar a un lince o un gato enorme, no muy lejos de ellos, apagando por completo cualquier sonido dentro de la carpa.
La luminosidad de lugar disminuyó rápidamente, dejándolos entre sombras, mientras el lince/gato abría la boca y una profunda voz se hacía escuchar en todo el lugar, logrando que los cabellos de la nuca de Ignatia se erizaran en advertencia.
–El Ministerio ha caído. Scrimgeour está muerto. Van en camino…
El silencio duró tan sólo unos segundos, mientras todos retenían la respiración. Y entonces, tan bruscamente como había iniciado el silencio, terminó. Y el lugar se llenó de gritos y de gente corriendo.
Ignatia no entendía nada, pero sacó su varita rápidamente. No sabía si iba a hacer falta utilizarla, pero se sentía más segura con ella firme en su mano. ¿El Ministro estaba muerto? ¿Quiénes venían?
Aquella última pregunta no tardó mucho en ser respondida, pues bajo la poca luz que había, y en la mitad de los gritos asustados y los sonidos de gente desapareciéndose, comenzaron a aparecer figuras encapuchadas. Figuras que no se contentaron sólo con aparecer en la mitad del caos, sino que arrasaban con todo a su paso, volcando mesas y sillas, rasgando la carpa y haciendo reventar copas de cristal por todo el lugar.
Ignatia se giró y buscó los ojos de Charlie, esperando encontrar respuestas en ellos.
No fue respuestas lo que encontró, sino furia. Y miedo.
–Charlie…
Charlie la interrumpió, tomando su cara con ambas manos. Sus manos eran ásperas, pero Ignatia se encontró pensando que se sentían muy bien contra su piel. Se sacudió mentalmente, para enfocarse en lo importante ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué estaba asustado? ¿Por qué lo estaban todos?
–Vete, Iggy. Busca a Eva y desparece. –le dijo en voz alta, para hacerse escuchar por sobre los gritos.
–Pero…
–¡Vete!
Antes de que Ignatia supiera que estaba pasando, Charlie le dio un pequeño beso en la punta de la nariz y salió corriendo, perdiéndose entre la multitud presa del pánico.
Las palabras de Charlie resonaron en su cabeza. No la parte de desaparecer, pues no pensaba ir a ningún lado. No entendía por qué demonios habíamortífagos en el patio de La Madriguera, pero ella se iba a quedar a hacerles frente. ¿Qué demonios se creían? ¿Qué podían venir y arruinar la boda de un Weasley sin que Igantia Fenwick no tuviese nada que decir al respecto? Nah…los infelices ya se enterarían.
La parte de las palabras de Charlie que sí resonaba en su cabeza, y con mucha, mucha fuerza, era la parte de "busca a Eva".
¿Dónde estaba? ¿Por qué estaba tan oscuro? ¿Por qué se había puesto zapatos tan poco apropiados para una batalla contra mortífagos?
Una persona que pasó corriendo a toda velocidad, lanzándola contra una mesa, la hizo despertar. Debía moverse. Debía actuar. Debía encontrar a Eva. YA.
Y eso hizo, disparando hechizos protectores y desarmadores, se abrió paso entre la multitud, pisando vidrio y, para hacer crecer su pánico, cuerpos. Esperaba que fueran del equipo contrario.
Se giró en la mitad de la pista de baile, buscando un vestido rosado. Y lo encontró varios metros más allá. Con Eva dentro del vestido, viva y aparentemente intacta, gracias a Merlín.
Una figura apareció de la nada y comenzó a disparar en su dirección. Ignatia actuó sin pensar y utilizó su varita para protegerse y para lanzar lejos al muy bastardo, olvidándose de él de inmediato. Debía acercarse a Eva.
Iba a correr en su dirección, cuando una enorme figura apareció delante de ella, cortándole el paso, otra vez. Enorme y encapuchada. Mala combinación.
–¡Protego! –gritó Ignatia cuando un rayo de luz violeta voló en su dirección, proveniente de la varita de Enorme-y-Malvado. –¡Depulso! ¡Desmaius!
Enorme-y-malvado reaccionó lo suficientemente rápido como para rechazar la segunda de sus maldiciones, perdiendo el equilibrio pero recuperándose rápidamente y devolviendo el ataque.
–¡Crucio! –Ignatia, con el corazón apretado en un puño de pánico, se lanzó al suelo, esquivando la maldición imperdonable. Había pasado su vida sin conocer los efectos de la maldición Cruciatus y quería mantener su record.
El tipo se quitó la capa de la cabeza, mostrando facciones crueles, cubiertas de gruesa barba. Estaba sonriendo con malicia mientras miraba las piernas desnudas de Ignatia, cuya falda se había subido en su intento de escapar de ese último ataque.
Poco le importaba a Ignatia el proteger su virtud en esas condiciones, pero la asquerosa sonrisa le provocó largos y terribles escalofríos a lo largo de su columna. Se sintió amenazada. Y expuesta. Y no le gustaba sentirse así.
Ignatia se puso de pie y pateó lejos sus zapatos de taco, adoptando la postura de ataque que había aprendido de su padre tantos años atrás, cuando tenía algo así como cinco años. Ya iban a enterarse los de la Oficina de Aurores y su "perfil para ingresar a sus filas".
–¡Expelliarmus! ¡Protego!
Mientras avanzaban los segundos y seguía disparando maldiciones y protegiéndose, Ignatia se encontró cada vez más concentrada en su pequeña batalla y menos en lo que sucedía alrededor. En algún momento, la concentración permitió que abandonara los encantamientos verbales y simplemente blandiera su varita con experticia en el aire, ganando espacio y haciendo retroceder a Enorme-y-Malvado.
Eso, hasta que su concentración de deshizo en mil pedazos cuando una mano apareció desde su espalda para sujetar su garganta con firmeza y lanzar su espalda contra un pecho duro, con fuerza. La suficiente para dejarla sin aire un par de segundos.
–Deja de jugar, Jugson. –dijo una voz profunda y baja por encima de su cabeza, haciendo que el pecho en el que estaba apoyada retumbara. Ignatia intentó no sucumbir al pánico y buscar rápidamente la mejor manera de escapar de la situación.
Más allá del hombro de Jugson, ex Enorme-y-Malvado, estaba Ginny, lanzando hechizos como loca, espalda con espalda con su hermano, Charlie.
Como sintiendo la mirada de Ignatia sobre su espalda, Charlie se giró y encontró sus ojos.
Ignatia observó cómo los ojos de Charlie se abrían en sorpresa. Seguramente ella, en su poca altura después de quitarse los zapatos, siendo sujetada por el cuello por un tipo, Nuevo-Enorme-y-Malvado, mientras era apuntada por la varita de Jugson. Que era igual de enorme y bueno…malvado.
No debía de verse, para nada, como una situación prometedora.
Saliendo de su momentáneo estado de shock, Ignatia actuó. Simplemente actuó.
Había llevado su mano libre, la izquierda, hacia la mano del hombre que la tenía sujeta por el cuello, pero su otra mano aún alzaba su varita hacia el otromortífago, Jugson.
Medio nanosegundo después, una gruesa llama abandonó la varita de Ignatia, encendiendo por completo la túnica negra de Jugson, al mismo tiempo que alzaba su mano y la metía bajo la capucha de Nuevo-Enorme-y-Malvado.
Sus dedos encontraron la oreja del maldito y pensando brevemente en Fred, enterró sus firmes y afiladas uñas postizas en la piel, tirando con fuerza hacia su izquierda, quitándose de encima al mortífago que soltó un agudo grito. Su grito se unió a los del Jugson que corría lejos, aún en llamas.
–¡Maldita perra! ¡Crucio!
Esa vez, Ignatia no fue tan rápida como la primera vez. Alcanzó a ver el destello y a pensar fugazmente "ahí va mi record", antes de encontrarse en la mitad de un mar de puro y absoluto dolor. Como si alguien la hubiese sumergido en una piscina de hierro fundido. Como si miles y miles de agujas se clavaran profundamente en su piel y más allá, todas al mismo tiempo. La sensación era tal que inundó cualquier otro sentido de Ignatia.
Y luego todo se terminó.
Abrió los ojos y no entendió muy bien qué sucedía en el mundo. Rápidamente entendió que estaba en el suelo, sobre su costado izquierdo, antes de que la tomaran de un brazo y la pusieran nuevamente en posición vertical.
–Iggy…¡Ignatia! –de golpe todos los sonidos volvieron a sus oídos, haciéndola sentir levemente mareada. Y todo calzó en su propio lugar. La Boda. La Madriguera. Mortífagos. La maldición Cruciatus. El hijo de puta le había disparado una maldición Cruciatus. ¡¿Dónde estaba el muy hijo de perra?! –¡Ignatia!
Se giró y vio que Charlie estaba su lado, y notó además que su brazo la rodeaba por la cintura. ¿Cómo había pasado por alto eso?
–¿Estás bien? ¡Protego!
El grito vino tanto de la boca de Charlie, como de Ginny, que estaba a su lado. Frente a ella estaba también el Señor Weasley, viéndose absolutamente enfadado.
–Sí, sí…–le respondió Ignatia, sintiendo que las fuerzas volvían a ella –¿dónde está el bastardo que me atacó? ¿Dónde?
Oh, estaba enfadada. El maldito iba a desear no haber nacido.
Charlie le sonrió, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos. La apretó un segundo contra su costado antes de soltarla y volver a la lucha.
Ahora la batalla era con Nuevo-Enorme-y-Malvado (pronto a ser Mortífago-Muerto) y otro de sus amigotes, igual de enorme. Más dos mortífagosbastante bajos, pero que eran muy hábiles con sus varitas.
Con el paso de los minutos, los mortífagos siguieron apareciendo e Ignatia se encontró batallando con todas sus fuerzas junto al Señor Weasley, sincronizando sus movimientos con los del hombre pelirrojo, que se movía como si tuviese 20 años y no 50.
Charlie y Ginny estaban a unos metros, disparando maldiciones en todas direcciones.
Y por más que aturdieran, congelaran e hicieran volar lejos figuras encapuchadas, éstas seguían apareciendo.
De un momento a otro, Cassandra sintió como si un oso se hubiese sentado sobre su pecho, haciendo difícil meter aire en los pulmones.
Asustada pensó que podía ser Eva. Siempre era capaz de sentir cuando algo iba mal con ella y si estaba teniendo una reacción tan…tremenda, debía pasar algo grande.
Gritó un último "¡protego!" y tiró al suelo a uno de los mortífagos antes de girarse y buscar a Eva entre las sombras.
Por favor, que esté bien…Por favor…
Alcanzó a visualizar a su amiga, parada junto a una mujer de cabello rojo brillante antes de que algo más atrajera su vista.
Un par de metros más allá, cerca de un grupo de mesas volcadas, estaba Cassandra, la chica pelirroja del vestido verde. Tenía los ojos cerrados y estaba parada muy quieta, mientras ríos de sangre recorrían sus antebrazos, que estaban frente a ella, con las manos a la altura de su cara.
Alguien gritó "¡Cassandra!" y luego Ignatia no pudo moverse. Era como si el aire a su alrededor se hubiese vuelto sólido y la hubiese dejado atrapada en su posición.
Sin poder mover un músculo y sin poder meter aire a los pulmones tampoco, observó como la sangre de la chica, Cassandra, llegaba hasta sus codos y en vez de seguir cayendo al piso, se elevaba en el aire, cambiando de color rojo brillante a negro.
Ignatia nunca se había sentido más asustada en su vida.
La sustancia negra, que solía ser la sangre de Cassandra, se esparció alrededor de todos hasta cubrir todo el espacio, dejándola sumida en la oscuridad.
Y justo cuando pensó que iba a morir ahogada, en la mitad de…la nada, todo se terminó.
El aire volvió a ser transparente y no-sólido e Ignatia se desparramó en el suelo, aterrizando, para su mala suerte, sobre un montón de vidrios, que en sus mejores días habían sido hermosas y delicadas copas de cristal.
Levantó la vista, con el corazón latiendo en su pecho a mil por minuto, y miró a su alrededor.
La chica pelirroja ya no estaba.
Tampoco los mortífagos.
Hola! Capítulo extra largo! Estuve toda la tarde escribiendo esto ajajajaja espero que les haya gustado. Ahora trabajaré en el siguiente de Ovejas negras, a ver si mañana o el martes subo un capítulo nuevo. Y para el próximo fin de semana deberíamos tener un nuevo capítulo sobre Iggy y Charlie ;D
Será divertido, porque es una parte que no aparece en los libros, que es la interrogación por parte del ministerio. Ya veremos como resulta.
Por cierto, parte del discurso del hombrecillo-duende son palabras de Alejandro Gándara, escritor español.
Gracias por leer! Son los mejores! Amor para ustedes y gracias por la paciencia! (':
